Capítulo 12
-El idiota de mi ex novio y el idiota de mi marido-
-Os digo que tiene un plan. No sé cuál es ni por qué motivo, solo sé que Malfoy se está comportando de una manera muy extraña.
Harry y Ginny escuchaban a su amiga con atención. Se encontraban los tres sentados en una terraza del Callejón Diagon, disfrutando de un helado ahora que había llegado el buen tiempo. A diferencia de Ron, con Hermione podían hablar libremente del tema, algo que agradaba especialmente a Ginny Weasley, que sentía verdadero interés por todo lo que estuviera relacionado con el matrimonio de Malfoy y Hermione.
-Creía que te había insultado y que por eso te habías ido de allí.
-Bueno, sí, pero eso fue después –admitió Hermione-. Teníais que haber visto cómo se comportó antes, en la consulta. Es como si en el fondo no quisiera divorciarse.
-No pensarás que se está enamorando de ti, ¿verdad? –dijo Ginny, antes de comerse la cereza que el camarero había puesto en su copa de helado.
-¿Malfoy? ¿Estamos hablando del mismo Malfoy? –se burló Hermione-. Quiero decir, pensadlo detenidamente, ¿Draco Malfoy, el Príncipe de Slytherin? ¿El anticristo de los sangresucia enamorado de mí? Pffff, ¡no!
Lo dijo y tenía sentido. Pero entonces se hizo un silencio muy extraño entre los tres amigos, como si ninguno de ellos se atreviera a ahondar verdaderamente en esta cuestión. Imposible… se trataba de Malfoy, por lo que más quisieran. Le hubiese resultado más fácil que Snape se hubiese enamorado de ella en los días en los que el profesor de Pociones le ignoraba deliberadamente cuando intentaba darle una respuesta en clase.
-En cualquier caso, cambiando de tema, ¿qué tal está Ron? Le hicisteis ayer una visita, ¿no? He intentado contactar con él, pero nunca lo consigo. ¿Creéis que ya querrá verme, ahora que las cosas se han calmado y los periodistas ya no dan tanto la tabarra?
-Bueno… nosotros… es decir… Ron… está atravesando una fase que…
-¡Hola! ¿Alguien ha dicho mi nombre?
Los tres amigos levantaron la vista y se encontraron con un muchacho pelirrojo que debería haber sido Ron, si no llega a ser porque, por su aspecto, distaba mucho del amigo y hermano con el que habían tratado todos esos años.
Ron se había sometido a un encantamiento crecepelo y ahora llevaba recogida la melena pelirroja en una ridícula coleta que le colgaba hasta la mitad de la espalda. Sus ojos estaban cubiertos por unas gafas de sol de pasta negra que Harry había visto mucho durante su infancia Muggle en los ochenta y llevaba puesta una túnica dorada con hombreras, que resplandecía al contacto con la luz. De hecho, el resplandor de su túnica les impedía ver con claridad las facciones de su amigo, y quizá por este motivo en un principio ninguno se fijó en la barbita medieval que lucía su barbilla.
Ron iba acompañado por tres chicas a las que Harry estaba seguro de haber visto correr por los pasillos de Hogwarts el año anterior. Lo cual le hizo preguntarse muy seriamente si serían menores de edad, pero sobre todo si su amigo estaría al corriente de esto.
-¿Qué tal lo lleváis, colegas?
-¿Ron? –se extrañó Hermione, frunciendo el ceño.
-El mismo que calza y viste. ¿Qué? ¿Qué me decís de mi nuevo look? ¿Lo mola todo o no?
Ginny Weasley, que era una de esas mujeres que antes preferiría comerse un hipogrifo crudo que mentir a sus amigos, puso palabras a los pensamientos que estaban teniendo todos.
-Ron, estás de pena. ¿Quién te ha hecho eso? –dijo.
-Mi nuevo estilista. A mí me gusta llamarlo "Tormenta dorada" –comentó, atusándose la barbita.
-Déjalo simplemente en "tormenta" –ironizó Ginny-, es como si te hubiera alcanzado un rayo.
-Un rayo muy resplandeciente –puntualizó Harry, que intentaba disimular una sonrisita detrás de la cuchara de su helado.
-Pensad lo que os dé la gana –se defendió Ron-, pero os aconsejo que os vayáis haciendo a la idea porque éste, amigos míos, es el nuevo y mejorado Ronald Weasley.
Las tres chicas que le acompañaban le dedicaron unas sonrisitas de apreciación que Ron decidió interpretar como un halago. El pelirrojo les hizo el símbolo de la paz y siguió su camino, abrazado a las tres muchachas que formaban parte de su club de admiradoras.
Al principio, Hermione se abstuvo de opinar. Los observó, caminando callejón arriba, hasta que se perdieron de vista en la esquina de un edificio. Y luego se quedó mirando la nada absoluta, porque su cerebro había dejado de emitir señales. Harry tuvo que pasarle la mano varias veces delante de la cara para comprobar que seguía teniendo pulso.
-¿Estás bien? ¡Herms, vuelve! –Ginny chasqueó los dedos delante de ella.
Hermione pestañeó un par de veces, se reacomodó en la silla y finalmente preguntó:
-¿Alguien me explica qué ha sido eso?
-"Eso" –Ginny puso comillas en el aire con un movimiento de sus dedos – es mi hermano perdiendo el juicio.
Harry asintió.
-Es lo que trataba de explicarte –dijo-. Ron ha perdido la cabeza. Ahora dice que si tú puedes salir con otras personas, él también puede.
-¡Pero yo no estoy saliendo con nadie!
-Bueno, Hermione, técnicamente sí estás saliendo con alguien. Te has casado.
-Lo cual no quiere decir nada –especificó Ginny que pretendía echarle un cabo a Harry, antes de que se metiera en camisas de once varas-, porque todos sabemos que es un matrimonio nulo.
Pero Hermione ya no escuchaba lo que decían sus amigos. Estaba más preocupada pensando en lo que había ocurrido la última semana. Intentaba encontrarle sentido a su vida, pero por más que lo pensaba, no encontraba la manera de devolver todo a su sitio. Y las cosas iban a peor.
-¿Qué voy a hacer? –lloriqueó-. Ron me odia, tengo a Draco Malfoy viviendo en mi casa, Hansel lleva varias noches de serenata bajo mi ventana y ahora la sexóloga se cree que tengo una verruga horrible con un pelo, y que me gusta que me la acaricien.
Ginny y Harry intercambiaron miradas confundidas, pero pronto se dieron cuenta de que había detalles que era mejor no preguntar. El de la verruga parecía ser uno de ellos, aunque lo hubiesen leído en el periódico aquella misma mañana.
-Vamos, cariño –intentó animarle su amiga, acariciándole el pelo-, ya verás como al final todo va a salir bien.
-¿Cómo? ¡La gente me odia, Ginny! Hoy mismo, una señora que no conozco de nada me ha parado por la calle para decirme que soy una pervertida. Y ayer me llamó mi madre, preocupadísima porque una señora le había dicho en la cola del supermercado que existía una bruja llamada Hermione que iba a realizar un encantamiento para quedarse con todos los maridos de su barrio. ¡Y eso que se trataba de una Muggle!
-Ea, ea, ya vendrán tiempos mejores –continuó diciendo Ginny, que se estaba quedando sin argumentos.
-¡No, no vendrán! ¿Y sabes por qué no?
-¿Por qué no?
-¡Porque el idiota de mi ex novio no es capaz de confiar en mí cuando le digo que no me he acostado con el idiota de mi marido! ¡Y de la noche a la mañana parece que ha usado un giratiempo defectuoso para retrotraerse a los años setenta! ¡Lleva túnicas doradas con purpurina y hombreras! ¡Con unas feísimas hombreras, Ginny!
Llegados a este punto, Hermione rompió cómicamente a llorar, producto, sin duda, de las noches que llevaba sin pegar ojo gracias a Hansel y del estrés sufrido esos días. A Harry le incomodaba ver a la gente llorar y le molestaba mucho más si esa gente era una de sus mejores amigas, así que intentó consolarla de la mejor manera que pudo.
-¿Sabes qué? –comentó.
-¿Qué? –preguntó Hermione, entre sollozos, mientras Ginny la consolaba.
-Si el idiota de tu ex novio es incapaz de ver lo maravillosa que eres, él se lo pierde. Ya vendrán otros idiotas que sí sabrán apreciarlo.
-¡Bien dicho, Harry! –exclamó la pelirroja.
Estas palabras tenían por objeto animar a Hermione, claro está, pero al decirlas Harry no tuvo en cuenta el delicado estado de ánimo en el que se encontraba su amiga, por lo que no tuvieron el efecto deseado.
-¡Tienes razón! –exclamó Hermione-. ¡Lo único que tengo que hacer es restregárselo! ¿Cómo no me había dado cuenta antes?
-Bueno, yo no he dicho exactamente que…
-¡Esto es la guerra!
Harry intentó retractarse, pero Hermione fue más rápida; se levantó, recogió su bolso y se despidió de sus amigos con un fuerte abrazo.
-Gracias, gracias, sois estupendos –dijo, antes de marcharse corriendo. Y es que por primera vez en su vida tenía ganas de reunirse con el idiota de su marido.
Como Draco no trabajaba en nada en concreto -"negocios familiares", respondía siempre que se lo preguntaban-, pasaba gran parte de su día en casa. Llegada la noche, solía salir a dar un paseo solo o acompañado, daba igual con tal de despejarse un rato. Pero el resto del día le gustaba pasarlo en su casa, llamando por la red flu a sus conocidos, recibiendo a sus amigos u ocupándose de esos "negocios familiares" en su despacho.
El problema era que no podía llevar una rutina en casa de la maldita Sangre Sucia y, debido a su extraño comportamiento, el Ministerio había decidido vigilarle. A Draco, por ejemplo, le habían puesto un dispositivo hechizado para controlar las horas que pasaba en el apartamento, y no le estaba permitido pasar fuera de la casa conyugal más de un 60% del día. Así que tenía que pasar largas horas de aburrimiento en la casa de Hermione, donde había prohibido a algunos de sus amigos que le visitaran porque no quería que vieran la pocilga en la que cohabitaba con la Sangre Sucia.
Por suerte para él, ya no quedaba nada para que tuvieran que mudarse a su casa y entonces las cosas cambiarían mucho. Se acabaría la raya verde, las descargas eléctricas y los cada vez más frecuentes paseos a lomos de su elfo doméstico. Todavía no había decidido cómo iba a torturar a la sabelotodo para hacerle pagar por sus sufrimientos, pero barajaba posibilidades que iban desde encerrarla en un armario hasta hacerle compartir la madriguera donde dormía Hokey, su elfo doméstico.
Mientras recapacitaba sobre las múltiples posibilidades que le brindaba el traslado, sonó el timbre de la puerta.
El elfo doméstico se dirigió hasta la entrada y Draco escuchó el crujido de las bisagras.
-Cariño, ¿ya estás en casa? –preguntó, burlón, desde la butaca que ocupaba en el salón.
Pero la contestación fue muy diferente a lo que él había esperado.
-Sí, ya estoy en casa –contestó una voz varonil, fría como el acero.
-Padre…
Draco pegó un respingo y se levantó al ver a su padre de pie, plantado frente a él con cara de pocos amigos. Hokey le había indicado el camino a seguir, por lo que no había pisado la raya verde, que ahora observaba con detenimiento e interés.
-Observo, hijo, que los matrimonios actuales son muy diferentes al que vivimos yo y tu madre. Dime, ¿para qué sirve esta raya verde?
Draco bajó la cabeza con vergüenza. –Es una raya divisoria de la casa. Granger la trazó para que cada uno tuviera su espacio.
-Comprendo –contestó Lucius Malfoy con sequedad.
Draco le hizo un ademán a su padre para que tomara asiento a su lado, pero éste se negó.
-Estaré aquí solo un minuto. Quería comprobar con mis propios ojos en qué se había convertido mi hijo. Ahora que ya lo he visto, puedo irme.
-Padre, sabes que yo no…
-Los motivos que hayas tenido no son de mi incumbencia, Draco. Eres mayor y sabes lo que haces –le interrumpió Lucius, con desdén-. Lo único que te pido es que no ensucies más el nombre de los Malfoy. Hagas lo que hagas, recuerda siempre de dónde vienes y quiénes son tus antepasados, hijo. A ellos no les gustaría ver a uno de los nuestros en la portada del Corazón de Bruja cada semana. Tenlo presente.
-Sí, padre.
-También quería comentarte personalmente que el juicio es la semana que viene. Espero que puedas hacer un hueco en tu mediática vida para estar presente.
-Sí, padre.
Lucius Malfoy volvió a colocarse el sombrero y desanduvo sus pasos hasta el quicio de la puerta de entrada. Allí se encontró con una Hermione tan agitada que apenas le saludó con un "¡Hola, señor Malfoy!" extremadamente rápido. La muchacha había subido las escaleras corriendo. Lucius Malfoy se limitó a saludarla con una imperceptible mueca de desagrado y un discreto asentimiento de cabeza. Luego se fue por donde había venido.
Hermione avanzó rápidamente por el pasillo, buscando como una loca a Draco, que estaba sentado en una butaca, ahora muy deprimido.
-¡Malfoy! ¡Malfoy! ¿Dónde estás? ¡Ah, ahí estás! ¡Tenemos que hablar!
Al principio Draco la miró con recelo, porque Hermione se había negado a hablarle desde el día de la visita a la sexóloga. Durante cinco días, la Gryffindor había entrado y salido de la casa sin mediar palabra, como si él no estuviera. Draco intentaba provocarla con sus burlas y comentarios salidos de tono, como siempre, pero ella no reaccionaba. Si le hablaba, se levantaba, pegaba un portazo y se encerraba en su habitación. Si no le hablaba, actuaba como si él no existiera.
El asunto había tocado fondo durante la cena con Neville Longbottom y Hannah Abbott. Todos habían tratado de que la cena se celebrara en cualquier restaurante, pero Hermione insistió en que debían hacerla en su casa porque se negaba a que Draco coaccionara su vida de aquella manera. Para Hermione era importante demostrarle al Slytherin que podía seguir adelante, con su presencia o sin ella, por lo que la cena, al final, se hizo en su casa.
Hermione había arrastrado la mesa del salón para colocarla en su lado del salón. Draco intentó protestar por esta intromisión en su territorio, pero ella siguió ignorándole. Después se había metido en la cocina para dar los últimos retoques a la cena.
Harry y Ginny ya habían llegado y, al parecer, ambos tenían la consigna de ignorarle porque nada de lo que dijo Draco les inmutó. Siguieron sentados en el sillón, fingiendo que él no estaba presente, mientras saboreaban unos aperitivos que la morena les había servido para amenizar la espera de la cena.
Draco, que estaba sentado en su parte del salón, les observaba enfurruñado. Al principio pensó en largarse y Aparecerse en cualquier otro sitio, porque aquel día ya había cumplido la cuota del 60% de tiempo en el hábitat conyugal. Pero luego pensó en lo divertido que sería arruinarles la cena a Potty-potty y todos sus amiguitos, por lo que se quedó en el salón, saboreando un whisky reserva que acababa de servirle su elfo doméstico, mientras esperaba el momento de entrar en acción.
Neville y Hannah no tardaron en llegar. Primero saludaron a todos los presentes con besos y abrazos, luego se acercaron a él para estrecharle la mano. Pero el maldito Potter les hizo un gesto para que no lo hicieran. Confundido, Neville dijo:
-¿Mejor no le saludamos?
Ginny asintió. –Tenemos órdenes de ignorarle lo máximo posible.
-Si yo os lo permito –afirmó Draco, con cara de pocos amigos.
Neville y Hannah se encogieron de hombros, pero fueron discretos y no hicieron preguntas. A los cinco minutos de su llegada, la cena ya estaba servida y lista para degustar. Al principio Draco no estorbó demasiado, parecía ocupado en beberse su copa de whisky. Pero cuando Neville y Hannah mostraron interés por la evolución de su divorcio, Draco empezó a hacerse notar.
-Estamos en ello, pero va todo muy despacio –les informó Hermione-. El otro día visitamos a la sexóloga…
-¿Les has contado ya lo de tu verruguilla? –preguntó Draco. Hermione decidió ignorarle.
-… y ahora solo nos queda la última entrevista con Lavender Brown, que es la agente del Ministerio que está llevando el caso.
-¿Es Lavender Brown? WOW! –exclamó Neville.
-Lo sé, yo también pienso que está muy buena.
-Cállate, Malfoy –le ordenó Harry, molesto con sus comentarios.
-La verdad es que no sé por qué la dejó la Comadreja. Y eso que tenía un par de poderosas razones para no hacerlo.
-Te lo advierto, Malfoy…
-Ignórale, Harry, de verdad, lo mejor es guardar silencio.
-Pues nunca eres tan silenciosa cuando intentas seducirme.
-Malfoy, estás agotando mi paciencia.
-¿Contigo también lo hace, Potter? Venga, Hermione, sé sincera. Además de con Potter, Hansel y la Comadreja, ¿con cuántos más te has acostado? ¿Longbottom?
Neville, que solía ser bastante tímido en situaciones de confrontación, se puso de color escarlata.
-¿Ves? Puro sinsentido, lo mejor es ignorarle, no le hagas caso, Neville –comentó, pacificadora, Hermione, que hacía todo lo posible por guardar la calma y continuar la cena como si nada.
Pero los demás estaban incómodos. Neville no dejaba de rellenar su copa de vino y Hannah seguía con la mirada puesta en el plato, removiendo los guisantes.
-El asunto es para preguntárselo, ¿eh? –continuó Draco, después de saborear el whisky de su copa-. Me pregunto qué tendrá la sangre sucia que a todos les gusta tanto. ¿Un olor especial, quizá?
-Cállate, Malfoy.
-Imagino que es casi como tener un cerdo en casa. Al final uno acaba habituándose.
-Ignórale, Harry –se desesperó Hermione.
Pero el muchacho estaba demasiado enfadado. Tenía los puños apretados y Draco podía percibir su ira emanando poco a poco de su cuerpo. Si seguía intentándolo, a lo mejor conseguía sacar a Potty-potty de sus casillas. Lo que Draco no previó fue lo que sucedió poco después. Abrió la boca para soltar otra de sus bravatas, pero nada más hacerlo un rayo de color rojo intenso salió despedido de la varita de Harry e impactó directamente en su pecho. Lo siguiente que notó fue la incómoda sensación de estar empapado en whisky.
-Así está mejor –se alegró Harry, que retomó su cena con una sonrisa en la boca.
Ginny, Hermione, Neville y Hannah le miraron asustados, pero permanecieron en silencio. Lo único que se escuchaba en la habitación era el ruido animal que procedía de donde antes había estado sentado Draco Malfoy.
Harry le había convertido en un hurón y el contenido de su vaso de whisky le había caído encima.
Después de aquella cena, Draco se había convertido en un completo fantasma para ella y eso le deprimía muchísimo. Si antes le contestaba con monosílabos, ahora ya ni siquiera se dignaba responderle. Hermione le ignoraba por completo y el humor del Slytherin empeoraba por momentos.
Ahora que no era capaz de molestar a Granger, ¿qué le quedaba en esta vida? Había perdido su reputación y Granger había arruinado el factor X que tanto atraía a las chicas. Había perdido también a su prometida y el derecho de estar a solas en su casa. Su padre creía que estaba enamorado de una Sangre Sucia y que tenía adicción por figurar en las revistas de cotilleos. Por si todo esto fuera poco, las estúpidas normas del Ministerio prácticamente le obligaban a estar encerrado la mayor parte del día en compañía de un elfo doméstico que usaba su nombre de pila en una de cada tres palabras. Y tampoco podía invitar a Crabbe o Goyle a beber unas cervezas de mantequilla porque los dos se negaban a visitar la casa de la sangre sucia.
En resumen: ¡Su vida era una mierda sin la posibilidad de torturar a Granger!
Así que cuando ella le habló, una llama de esperanza se encendió en el interior de Draco.
-¿Ahora me hablas? Pues ahora no estoy de humor –le espetó. A fin de cuentas, ella no tenía por qué saber lo alegre que se había puesto-. Además, tu compañía es mucho más agradable cuando no hablas.
-Te hablo porque es importante.
-Vale, pues di lo que tengas que decir, y vete.
-Quiero que me ayudes a hundir al idiota de mi exnovio.
-¿Quieres qué?
-Ya lo has oído, no me obligues a repetirlo –refunfuñó ella.
-¿Quieres que te ayude a enfadar al roñoso de tu exnovio?
-Al idiota de mi exnovio.
-Al roñoso de tu exnovio o no hay trato.
-Al roñoso de mi exnovio –accedió a decir Hermione, con los dientes apretados.
-¿El mismo que amenazó con matarme si me acercaba a menos de cien metros de ti cuando estábamos en último curso?
Hermione asintió con la cabeza.
-¿El mismo que mide dos metros y me dio una paliza el otro día?
Hermione asintió de nuevo.
Draco hizo una pausa teatral. -Eeeehmmm, gracias, pero no, gracias. Aunque ha estado bien que le llamaras roñoso. A veces tienes tu punto, sangre sucia –dijo, poniendo rumbo a su habitación.
Rápidamente, Hermione deshizo el hechizo de la raya verde y agarró de la manga a Draco para impedir que se fuera. Se le notaba desesperada.
-A cambio, haré lo que me pidas.
Malfoy se quedó pensativo durante un instante, barajando sus posibilidades.
-¿Lo que te pida? –preguntó, escudriñando sus ojos para saber si era una trampa.
-Lo que quieras, lo prometo por mis antepasados Gryffindor.
-Tú no tienes antepasados Gryffindor, eres una Sangre Sucia.
-Bueno, ya me has entendido –rectificó ella-. Lo importante es que una promesa es una promesa y sabes que voy a cumplirla porque soy una Gryffindor.
-Lo quiero por escrito.
-Hecho.
-De acuerdo, sabelotodo, tenemos un trato.
Lavender Brown sabía ahora lo que era sentirse una estrella. Antes, sus amigos siempre estaban demasiado ocupados con sus respectivas parejas y familias para quedar los fines de semana. Pero desde que le habían asignado el caso de los Malfoy, la agenda de Lavender estaba tan llena que no le quedaba un solo fin de semana vacío en los próximos ocho meses.
Lavender nunca lo habría reconocido en público, pero estaba encantada del trato que todos le profesaban. Los periodistas se la llevaban a comer a diario y le hacían regalos. Rita Skeeter le había dado carta verde para visitarla siempre que quisiera y el director de El Profeta le había prometido entradas en primera fila para el próximo Mundial de Quidditch, a cambio de que le diera a él la siguiente exclusiva.
La verdad era que Lavender había estado muy atareada esos días filtrando detalles a la prensa que hacían la vida de Hermione y de Draco un infierno. Ninguno de ellos lo sabía, pero fue Lavender quien contó la historia de la verruga de Hermione nada más leerla en el expediente que le facilitó la sexóloga. Y fue Lavender también quien filtró a la prensa la noticia que calificaba a Draco como un serio caso de complejo de Edipo, que luego el periodista aderezó con fantasías sobre Narcisa que nada tenían que ver con la realidad del asunto.
Pero Lavender no se sentía en absoluto culpable por haber violado el secreto profesional que le exigía su puesto de trabajo. De hecho, se sentía orgullosa de estarle devolviendo a Hermione el sufrimiento que le había provocado al alejarle de Ron. Y ahora que tenía que entrevistarles, ya estaba maquinando nuevas maneras de utilizar la información que la pareja le iba a proporcionar.
Tras haber sellado aquel pacto con Draco, Hermione ni siquiera se había molestado en reactivar la raya verde, que ya nunca más regresó a su apartamento. Además, lo último que quería era cabrear a Lavender, por lo que recibirla con una descarga eléctrica no era la idea más conveniente.
Lavender les saludó con frialdad nada más entrar en la casa. Tomó asiento en una de las sillas del comedor y sacó un vuelapluma de su bolso, que pronto empezó a escribir frenéticamente sobre su cuaderno.
-Bien, como ya sabéis estoy aquí para realizar una de las últimas entrevistas, antes de evaluar vuestra relación y ver si le damos el visto bueno al expediente de tramitación de divorcio –comentó con frialdad-. No sé si tenéis alguna duda sobre el proceso o si quedó todo claro en la lechuza que os mandamos hace unos días.
Draco, que no sabía de qué le estaba hablando, observó a Hermione, que le hizo un gesto disimulado para aclararle que ella sí la había recibido.
-Está todo correcto, podemos empezar cuando quieras –comentó la morena.
-Lo que vamos a hacer hoy es someteros a un par de preguntas para descubrir hasta qué punto deseáis el divorcio. Pero antes debéis tomaros esto.
Lavender les tendió un tubito a cada uno. Malfoy miró el suyo con recelo.
-¿Qué es? –preguntó.
-Veritaserum, ¿no? –contestó Hermione rápidamente. Había reconocido la poción por el color.
-Relájate, Granger, no estamos en Pociones –replicó él.
-¿Y esto es legal? –le ignoró Hermione-. ¿Nos puede obligar el Ministerio a tomar Veritaserum?
-Puede y debe, si queremos asegurarnos de que digáis la verdad –agregó Lavender.
Draco puso cara de pocos amigos, pero bebió el contenido del tubo de un trago. Hermione hizo lo mismo. Ninguno de los dos sabía en qué consistía el test, pero Draco pensó que no podía ser demasiado difícil si las preguntas tenían por objetivo descubrir si era conveniente que se divorciaran. Estaba claro que ellos no tenían nada en común, eran incompatibles. Un estúpido test no iba a revelar lo contrario.
Lavender hizo un par de anotaciones más en su cuaderno y continuó hablando.
-Bien, para que el examen sea más efectivo, me gustaría hacéroslo por separado –dijo-. Hermione, si no te importa dejarnos a solas, te llamaré cuando sea tu turno.
Aunque no le hacía ninguna gracia no poder estar presente, Hermione acató las órdenes de Lavender y salió de la habitación. A diferencia de Draco, ella sí estaba moderadamente preocupada con las preguntas de aquel test. ¿Y si Ginny estaba en lo cierto? ¿Y si en el fondo Draco estaba enamorado de ella y el Veritaserum acababa desvelándolo? ¿Qué haría ella entonces? ¿Cambiaba eso algo las cosas? ¡No! ¡Por supuesto que no! Necesitaba el divorcio para devolverle el juicio a Ron cuanto antes y para recobrarlo ella misma. Y alguien tan estúpido como Draco no iba a ser capaz de impedírselo.
Sentada en su cama, estuvo mordiéndose las uñas un buen rato. Tenía tentaciones de realizar un hechizo que le permitiera escuchar lo que ocurría en la otra habitación y aunque tardó un par de minutos en decidirse, finalmente se atrevió a hacerlo.
-¡Auris Magna! –susurró, moviendo discretamente su varita.
Pero aún así era incapaz de escuchar lo que ellos dos estaban hablando. Seguro que la maldita Lavender había realizado un hechizo para asegurarse de que intentara escucharles.
Al otro lado de la puerta, Draco había empezado a sentir los efectos de la poción y Lavender ya estaba preparada para comprobar que el Veritaserum funcionaba, primero con preguntas básicas, luego con otras más complejas.
-Nombre completo.
-Draco Malfoy Black.
-Fecha de nacimiento.
-5 de junio de 1980.
-Eres hijo de…
-Lucius Malfoy y Narcisa Black.
-¿Cuánto tiempo llevas casado con Hermione?
Draco tuvo que meditar ésta. Hacía ya una semana que había tenido lugar la fiesta del Aniversario, así que supuso que esa era la contestación correcta.
-Siete días y unas cuantas horas, supongo.
-¿Cuántos días lleváis juntos?
-Siete días y unas cuantas horas.
-¿Hace cuánto que conoces a Hermione?
-Doce años.
-¿Qué pensaste la primera vez que la viste?
-Mmmmm… está buena.
-En tus motivos para alegar el divorcio, comentas que no recuerdas nada sobre la noche en que se produjo el enlace. ¿Es cierta esta afirmación?
-No.
-¿Entonces reconoces que sí lo recuerdas?
-Sí.
-¿Qué ocurrió aquella noche?
Hermione, cansada de la espera, había optado por un remedio mucho más Muggle como era pegar la oreja a la puerta. Sabía de sobra que no iba a funcionar, pero era mucho mejor intentarlo que estar esperando, comiéndose las uñas.
-Bueno, Malfoy, tu confesión cambia ligeramente las cosas. Supongo que eres consciente… -afirmó Lavender, tras escuchar lo que le había dicho.
-Sí, lo soy.
-Sólo por curiosidad, ¿quién le propuso matrimonio a quién?
-Ella a mí.
Lavender sonrió maliciosamente.
-¿Te sientes atraído por Hermione?
-¿Esa pregunta forma parte del cuestionario? –se resistió a contestar Malfoy.
-Si tengo que ser completamente sincera… no, no forma parte del cuestionario –admitió Lavender con una sonrisa-, pero aprovechando que estás bajo los efectos del Veritaserum, me apetece despejar una antigua duda. Así que, dime, Malfoy, ¿te sientes atraído por Hermione Granger? Contesta a la pregunta.
Malfoy trató de resistirse todo lo que pudo. Pero él ya sabía cómo actuaba la poción de la verdad. Sus efectos eran imposibles de frenar. Sentía que su lengua se movía sola por su boca para contestar. Iba a decir la verdad lo quisiera o no. Lo único que le consolaba era no tener testigos de aquel momento tan penoso.
-Ssssss….. sí –admitió finalmente.
-¡JA! ¡LO SABÍA! –exclamó, triunfante, Lavender que se ganó una mirada asesina del rubio. Draco hizo ademán de meter la mano en el bolsillo interior de su túnica. -Te advierto, Malfoy, que si atacas a un agente del Ministerio acabarás en Azkabán, no bromeo –Draco se detuvo y Lavender sonrió con malicia-. Dile a Hermione que ya puede pasar.
La entrevista con Hermione fue mucho más rápida que la de Draco. Lavender le realizó las mismas preguntas acerca de su matrimonio con Malfoy, pero la muchacha insistió en todo momento que no recordaba nada de lo que había ocurrido la noche del Aniversario. Lavender se sintió muy defraudada al descubrirlo. Estaba convencida de que los dos estaban haciendo teatro para ocultar un amor prohibido, pero si Hermione había dado esas respuestas bajo los efectos del Veritaserum, Lavender no era quien de ponerlas en duda.
La agente del Ministerio dio la sesión por concluida tras una hora de entrevista. Se levantó, recogió sus cosas y prometió hacerles una visita en días sucesivos para hacerles saber el veredicto.
-¿A quién tenemos que dirigirnos si no dan por válido el divorcio? –preguntó Hermione, temiéndose lo peor.
-Podéis apelar y se revisaría el caso.
-¿Y si aún así no nos lo dieran? –inquirió Draco.
-Entonces la decisión pasaría a manos del Ministro de Magia, que tendría la última palabra sobre el caso.
-¿Y si…?
-…y en caso de que él se negara –se adelantó Lavender-, pasaríais a formar parte de un campamento de rehabilitación de parejas, que duraría una semana. Si todavía desearais el divorcio después de este período, se os concedería sin dilaciones. Pero es muy raro tener que pasar todo el proceso.
Draco y Hermione asintieron sin demasiada esperanza. Si la disolución de su matrimonio dependía de Lavender Brown y del Ministro de Magia, estaba claro que les esperaba un futuro muy negro. Draco podía verse en el campamento de parejas, aguantando a la sabelotodo las veinticuatro horas del día. La imagen le dejó muy deprimido.
-En fin, ahora tengo que irme, pero os deseo toda la suerte del mundo –les deseó Lavender Brown-. La vais a necesitar.
