11. Accidente
Bella POV
El celular de Alice sonó luego de haber dicho esas palabras.
Según llegué a captar a través de su mente, sus padres se habían perdido ni bien llegaron a Forks. Charlie no dejaba de gritarle. Alice estaba en grandes problemas.
-Papá, no te preocupes. Bella y yo iremos a buscarlos- dijo Alice.
-Tienes que preguntarles dónde están, tonta- susurré. Ellos no sabían que su linda hijita tenía como mejor amiga a una vampira lee mentes. Me miró ofendida y yo le respondí con una sonrisita.
-Solo díganme en dónde están- hubo una pausa. –Okay, okay, entendí, ¿cómo es el lugar? –otra pausa más. Está bien, quédense allí- dijo Alice y colgó.
-Están a un kilómetro de la entrada a Forks. No hay nada por allí. Vamos, antes de que Charlie se enfurezca más. Mi auto está en el garaje.
-¿Usaremos el Volvo?
-Pues si, con tu auto quizás lleguemos para Navidad.
La puerta automática se abrió y salí cuidadosamente. Luego arranqué a toda velocidad.
Pero una imagen horrible hizo que detuviera el auto en seco. Mantuve mis manos aferradas al volante.
-No…- dije ahogadamente.
-¿Qué sucede Bella?
-Alice, yo, emm… No se cómo decirlo.
-¡¿Qué pasó? ¡Habla ya Bella!
-Tus padres… Chocaron.
-¡¿Qué?
-Lo que acabo de decir.
-¿Están bien? No me digas que ellos…- Alice comenzó a sollozar.
-Alice, no, no saques conclusiones apresuradas- me concentré por unos segundos. Suspiré.
-¿Qué? ¿Qué ves? ¡Dilo, dilo!- me gritó desesperada.
-No murieron, pero están muy graves o eso creo. Me cuesta ver con claridad sus pensamientos. Están muy borrosos y confusos.
-¡Debemos llamar a emergencias! ¡Ya!
-Piensa Alice, si no llegamos antes que ellos, ¿cómo explicaremos el haber sabido lo del accidente?
-¡Tenemos que hacer algo Bella! Son mis padres…- dijo acongojada.
-Alice, la única forma de llegar lo bastante rápido es que yo corra. Pero no puedo dejarte aquí y no puedo aparecerme así como así. Así que, abróchate el cinturón- dije.
Ni bien se lo ajustó, pisé el acelerador. El velocímetro marcaba cincuenta, setenta y cinco, cien kilómetros por hora. Puse quinta velocidad. Doscientos kilómetros por hora. Alice se aferró al tablero del auto.
Tomé las curvas sin desacelerar, teníamos que llegar pronto o sería demasiado tarde.
-Alice, ahora si, llama a una ambulancia, a la policía o a lo que sea. ¡Hazlo ahora!- gruñí. Tenía los nervios de punta.
Frené a pocos metros del auto. Menudo problema habían tenido los Silverwood.
Bajé del auto y corrí hasta el lugar del hecho.
-¡Humanos imbéciles! Se creen que son todopoderosos y no ven los riesgos estúpidos que toman- grité. -¿Qué esperan, tener un ángel guardián a su disposición las veinticuatro horas del día? Pues les tengo una noticia: ¡los ángeles no existe!- seguía gritando. Tenían suerte de todos modos. Quien podría ser su destructora hora se convertía en su única salvación. Un auténtico ángel negro.
Charlie se había golpeado la cabeza muy fuerte contra el parabrisa por lo que podía ver. Su sangre manaba de un gran tajo, por lo que tuve que luchar con todas mis fuerzas contra mi otro yo, que hubiera succionado esa sangre. Reneé no estaba mucho mejor.
-¡Rayos!- pensé. Si no paraba esa pérdida Charlie moriría desangrado. Y sólo había dos posibilidades.
Debería inyectar un poco de mi ponzoña o no sobreviviría, no a tiempo de que llegara la ambulancia. Pero, si lo hacía, debería sacar el cuerpo. No podría permitir que lo llevaran al hospital: el moriría, su corazón dejaría de latir, y, sin embargo, saldría caminando pocos días después, sin que su corazón hubiera recuperado su ritmo. Jamás lo haría, jamás funcionaría nuevamente.
Esto significaba dejar al descubierto nuestra existencia y, con ello, mi aniquilación. Los Vulturis no permitirían que se revelara el secreto de ninguna manera.
Tomé una decisión apresurada. Supongo que sería por su bien.
Saqué a Charlie de dentro del auto. Abrí su camisa y clavé mis dientes en su pecho, para que la ponzoña llegara más rápido al corazón. La sangre dejó de manar de la herida.
Levanté su cuerpo y lo escondí detrás de unos árboles. Volví al auto rápidamente y limpié la sangre contra el parabrisas. Aún quedaba un poco en e asiento pero no importaba. Escondí mi chaqueta, toda manchada ya, en mi Volvo, para luego volver y sentarme en el asiento que había estado ocupando Charlie. Fingí estar desmayada. Me aseguré de abrocharme el cinturón de seguridad.
La ambulancia no tardó en llegar. Alice se acercó corriendo a nosotras. Se quedó sorprendida al verme allí tendida.
Antes de que vinieran los paramédicos, Alice susurró:
-Bella, tu boca.
-¡Demonios! Había olvidado limpiarme. Con el puño derecho de mi manga limpié los restos de sangre.
Alice no comprendía aún lo que había hecho. Ya habría tiempo para explicar.
