Cap. 11
Elena cogió el teléfono y marcó rápidamente. Se tumbó en el sofá y sacó un pintauñas de color granate. Se repasó los dedos de los pies, mientras se colocaba algodón entre ellos, para que la pintura no quedara con marcas ni grumos.
- ¡Caroline! – exclamó ella.
- Elena... – La voz de su amiga, sonó al otro lado del teléfono.
- ¿Qué te pasa? ¿Llamo en mal momento?
- No, no, nada, da igual.
- No, ahora me lo cuentas. – dijo, como una niña caprichosa. Aun que siempre estaban la una para la otra.
- Dave…
- ¿Qué pasó con él?
- Que me dejó plantada. Ayer.
- Joder Caroline. - Elena suspiró. - ¿Puedo darte un consejo?
- Siempre lo haces. – sonrió su amiga al otro lado del aparato.
- Entonces, ¡deja de meterte en chats de mierda!
Caroline suspiró también.
- Es que ya no sé cómo encontrar al amor de mi vida.
- Eso no existe.
- Pero tú encontraste a Damon.
- Y aún así, a veces, nos peleamos.
- Pero os amais. Sois la pareja ejemplo. A punto de casaros, con una hija. Y seguro que no pasa de una semana a que tengáis un buen polvo.
A Elena le entró la risa. Una semana, pensó en su mente.
- Bueno, mejor hablamos luego de esto.
- ¿Cómo? – se rió Caroline. - ¿No folláis cada semana?
- Ermh… - Elena empezó a reír. – no es eso, es que justamente ayer, Damon y yo apostamos.
- Adivino.
- Adivina.
- A ver quien aguanta toda la semana sin caer en la tentación.
- Casi.
- ¿Qué me he dejado?
- Que aparte de no follar, no podremos ni besarnos, ni masturbarnos.
- Tortura.
- Lo sé. Pero nos divertimos.
- Podrías jugar algo sucio, ¿no crees?
- ¿A qué te refieres con jugar algo sucio?
- Pues mira… - Caroline se rió. – me refiero a que… toma nota.
- Te escucho. – dijo Elena divertida.
****
Damon giró la llave, metida en la cerradura de su casa. Cerró la puerta y dejó su chupa negra mal colocada en el perchero de la entrada. Tiró con desinterés, las llaves en el platillo del corredor y entró hacia la cocina. Cogió una cerveza.
- ¿Mi amor? – dijo, buscando el interruptor. – no te creerás lo que me pasó hoy.
Las luces no tardaron en encenderse. Damon primero cerró los ojos, por el destello. Luego sus pupilas se acostumbraron. Se giró, entrando al comedor.
- ¿Qué te pasó hoy, mi vida? – dijo Elena con una voz totalmente sensual.
Damon no podía creer lo que veían sus ojos. Elena yacía semi tumbada en el sofá, mirando algún programa de marujeo. Con un camisón negro medio transparente, que no dejaba casi nada a la imaginación, con un toque de picardía. Reina del sexo, de la sensualidad, Damon no tardó en empalmarse, fijando sus ojos en la diminuta braguita, subiendo por su vientre plano, detallando el tatuaje, que aún la hacía más suya, más mujer, más sexy. Deteniendo su mirar en sus pechos, desnudos, que delataban unos pezones, como bayas. El pantalón formó una deleitable carpa, que Elena gustaba de todos modos sobar. Pero no podía. No sabía que haciendo todo aquello también se torturaba a ella misma. Se sintió húmeda, al fijar la vista en la erección de Damon. Y él aún la miraba. Con malicia, con lujuria a la vez. Pensando 'Que zorra eres… Pero así me gustas. Mi zorra…' Su mirada color cielo aún parecía más sensual. Damon se sintió desnudo. Y así es como le gustaría estar. Desnudo. Debajo o encima de ella, no importaba. Quería acercarse, besarla, besar aquella boca suya. Elena finalmente esbozó una sonrisa. Él se frotó los ojos.
- Ya te vale. – suspiró. – juegas sucio.
- Lo sé. – ladeó la cabeza. – pero te gusta.
- La verdad es que no. Porque no puedo hacerle nada.
- Nada de nada. – concluyó Elena.
- Solo duchas frías.
- Solo duchas frías. – repitió Elena sonriendo.
- Pero apuesto que tú también necesitas una.
- ¿Yo?
- Podría oler desde aquí lo cachonda que estas, mi vida.
Elena se sonrojó. ¿Cómo lo sabía?
- ¿Yo? Creo que te equivocas. – sonrió ella.
- Yo creo que no. Te conozco más que nadie y se cuando estás excitada, mojada, preparada para mí. – susurró Damon. ¿Quería jugar sucio? Pues él también sabía jugar. – Cuando estás deseando que meta todo esto… - señaló su erección. – dentro de ti, y que te joda sin parar, hasta quedar saciada, hasta que te corras por enésima vez, hasta que tu apretada vagina me exprima, arrebatándome todo el semen. Hasta que me tengas encima, dándote pequeños besos… hasta que nuestros cuerpos dejen de temblar por la ardua pasión.
Elena jadeó, quedándose sin aire. Nadie la podía poner más que él. Nadie. Nadie la dejaba sin aliento con tan solo unas pocas palabras. Absolutamente nadie. Caroline tenía razón. Damon era su todo.
- Cabrón. – jadeó Elena, apretando las piernas. Necesitaba sentirlo suyo.
- Y tú cabrona. – siseó Damon, acercándose y sentándose a su lado. Cogió las piernas de Elena y las puso encima de sus muslos. – Dijiste que no valían besos ni masturbaciones. Pero no te opusiste a los masajes. – apretó uno de los pies haciéndola gemir. – mójate, mójate más. – paseó sus dedos por los de ella. Masajeó cada uno de ellos. Se dirigió a la mitad del pie. – esto representa tu busto. – lo apretó de una manera que Elena se arqueó de placer. Nunca nadie la había hecho jadear por un simple masaje en los pies. – esto la cintura. – de nuevo otra sobada. - ¿sabes qué pasa si toco aquí? – dijo haciendo círculos. - ¿Sabes que representa esto, no?
- Mmh… - Elena siseó. – eres un jodido cabrón. – sonrió.
- Te lo buscas… - Le devolvió la sonrisa. Damon apretó ese lado del pie. Elena gimoteó, mojando aún más las bragas. – muy rico, ¿verdad? - Se levantó. - Hay, mi vida. Que dura va a ser esta semana.
Elena se incorporó.
- Ni que lo digas. – dijo enseñándole la lengua. – santísimas manos que tienes. Pero esto no queda así…
- Oh, ni lo dudes. – rió. – hace calor aquí.
Se incorporó y se quitó el jersey. Elena jadeó, molesta.
- ¿Hace falta? – dijo, recorriendo toda la musculatura de Damon.
- Si, hace falta. – se burló él. – que conste que empezaste tu. Y todo esto puedes terminarlo tú.
Dirigió una mano hacia la mejilla de Elena y la acarició con el dedo pulgar.
- Sabes lo que tienes que hacer… - sonrió Damon. – Lo deseas…
- Lo deseo, pero no voy a caer. - Elena se levantó y se quitó el camisón, quedándose metida en la pequeña braga. – a ver quién puede más, diablillo. – sonrió, pasando sus manos por debajo de sus senos. – porque yo sé lo que se te está antojando ahora mismo…
Lo esquivó y se fue hacia la cocina. Damon la siguió. Elena estaba agachada en el frutero, buscando alguna cosa.
- ¿A si? ¿Qué, dime?
Su mirada quedó fija en el culo de Elena. Por su mente solo pasaron cosas sucias. Muy sucias.
Elena se giró hacia a Damon. Algo que él no se esperaba. Se acercó hacia su hombre y repasó aquel plátano que sujetaba con ambas manos, con la lengua.
- Oh… - Damon jadeó. – no puedes ser tan malvada como para hacerme esto…
Elena metió parte del platano en su boca.
- ¿Hacerte el que? – dijo con una sonrisa, lamiendo la punta del plátano.
Damon jadeó, desabrochándose el pantalón.
- ¿Cedes?
- No, tonta. – le dijo él. – es que si no, los vaqueros van a petar. – sonrió. – más te gustaría que cediera.
Elena ladeó la cabeza y se acercó más a él. Rozando sus duros pezones con el torso de Damon, mientras volvía a meterse el plátano en la boca. Él jadeó. Intentó apartar la mirada, pero era imposible. Una boca con demasiados delitos. Chupando un jodido platano.
- Nena, en serio, deja ese pequeño plátano y coge otro más grande…
- Todos los del frutero son del mismo tamaño. – dijo sonriendo.
- Me refería al que tengo yo entre las piernas y no a uno del frutero.
- Umh… - Damon no pudo evitar cogerle el plátano y canastar a la basura.
- Ya basta de jugar con tu boca, sabes que es mi debilidad…
- Por eso la pongo en uso práctico. – le guiñó un ojo y buscó en la cesta de ropa plegada. Deshizo un jersey de pijama y se lo puso.
- Gracias a dios. – dijo Damon mirando al cielo. – esta puede ser la primera cosa decente que haces en todo el día.
Elena lo miró mal.
- Creo que por hoy… - golpeó un poco el pecho desnudo de Damon. – ya basta de torturas. Voy a ver cómo está Nai. – sonrió mirando el endurecido pene de Damon, aún cubierto por el bóxer. – tu deberías hacer algo con eso.
*****
- ¿Cómo estás, mi vida? – dijo acariciándole el pelo.
Naiara estaba tapada hasta la barbilla con una manta amollada. Sonrió y se tapó hasta la cabeza.
- Veo que mejor. – sonrió Elena y le empezó a hacer cosquillas. Naiara reía con gracia y gusto.
- Ya, ya, mamá. – dijo con la respiración acelerada.
Se destapó, el pelo le quedó de una forma algo graciosa. Elena rió y se lo puso bien.
- Ahora estás animada ¿eh? ¿Quieres comer algo? – Naiara negó con la cabeza-
¿Un poco de pollo? ¿Fruta? Hay fresas, mi vida.
- Mmhh… ¿y el spray?
- Sí, hay nata ¿quieres?
- Siiiii. – se levantó corriendo.
- Eh, eh, ponte las zapatillas, no sea que te constipes más.
Naiara hizo morros y se fue a buscar sus zapatillas. Coloco sus piececitos dentro de estas. Bajó dando pequeños saltitos por las escaleras, hasta que llegó al comedor.
Elena salió de la habitación. Escuchó unos golpes que venían del gimnasio de Damon. Abrió la puerta. Lo vio golpeando con fuerza su saco de boxeo. Aquellos músculos que se tensaban, la espalda brillaba, tentando a Elena de pasar su lengua por su salada piel. El pelo alborotado también resbalaba con algunas gotitas de sudor. Un pantalón corto de chándal que atraía la atención de Elena, observando su bien puesto culo. Más abajo sus fuertes piernas. Tuvieron un cruce de miradas suyo. Esos ojos llenos de energía, penetrantes hasta el alma. Una mirada que literalmente, podía matar a cualquiera. Damon agarró el saco de boxeo y hizo que se parara de balancear. Se sentó en una de las maquinas de pesas.
- ¿Qué me encuentras? – le sonrió él.
- Que eres hermoso, te mire por donde te mire.
Damon suspiró. Agachó la mirada y se tiró el pelo hacia atrás. Elena yacía a seis metros de él, apoyada en el marco de la puerta.
- Te daría un buen beso pero es que si no pierdo la apuesta, nena.
Elena rió.
- Voy abajo, no sé lo que estará haciendo la pequeña.
- ¿Naiara está despierta?
- Si.
- Vamos a ver como está. – sonrió, cogió una toalla del estante que había cerca de allí y la colocó en sus hombros.
Nata. Nata, nata y nata. Elena entreabrió la boca.
- Naiara, ¿Qué has hecho? – tartamudeó Elena. - ¿Naiara?
¿Y dónde estaba Naiara? La ronca risa de Damon la quitó de sus pensamientos. Elena se giró.
- No te rías, tú me ayudarás a limpiar todo esto.
- No me rió por eso. Mira. – señaló a Naiara, sentada en el sofá.
¿Quien vive en la piña debajo del mar?
- ¡Bob esponja!
Elena fue hacia a Naiara. Ella estaba igual que la cocina entera. Llena de Nata. Su pelo, la nariz. Los labios. Fresas en un bol, nata por todos lados. Su pijama, las zapatillas. Elena no sabía ni que en un pote de spray cabía toda esa nata.
- Vamos a la ducha, anda… - suspiró Elena.
- ¿Puedo venir yo también? – dijo Damon, tirando la toalla hacia a un lado.
- ¡No! – dijeron las dos a la vez. Naiara miró a su madre y se rió.
