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El caso Regulus
12
Yo no te soltaré
By Gyllenhaal
Veo gente en el suelo,
está deslizandose hacia el mar.
No puedo quedarme aquí más,
nos estamos convirtiendo en ladrones.
The National "Sea of Love"
I see people on the floor
They're slidin' to the sea
Can't stay here anymore
We're turning into thieves
The National "Sea Of Love"
Opening: Brown Eyes de Lady Gaga
Nunca antes Sherlock Holmes había sido consciente de su propia vulnerabilidad. Estaba convencido de que su capacidad deductiva, así como su inteligencia, eran suficientes para contener las emociones y los sentimientos. Se había creído a sí mismo tan capaz de dominar su lado emocional, y siempre se había jactado de ello al compararse con el resto de las personas, quienes, según pensaba, suelen ceder fácilmente a éste, que en ese momento se sintió profundamente arrepentido.
Él nunca se había dejado vencer por sus emociones. Sin embargo, en el momento que la inseguridad comenzó a abatirlo, tuvo miedo. No supo de dónde, no supo en qué momento, ni entendió por qué. Tuvo pánico cuando los pies comenzaron a temblarle, cuando el nudo en su pecho amenazó con asfixiarlo, cuando su vista se volvió borrosa a causa de las lágrimas que brotaron de sus ojos.
De pie, frente a la señora Hudson, Sherlock llegó a la conclusión de que debía marcharse. Debía aclarar su mente, puesto que se estaba volviendo inútil al estar tan influenciado por las desconocidas emociones que lo embargaban. No obstante, darse cuenta de esto último lo ayudó a contemplar la posibilidad de que estuviera tomando una pésima elección. La señora Hudson se puso de pie frente a él, y tomó sus dos manos entre las de ella.
—No importa lo que decida, señor Holmes —dijo—, no podrá huir de lo que es usted, y de lo que el señor Watson representa para usted. Y asimismo, no importa lo que decida, yo lo apoyaré cien por ciento.
Ambos se miraron. Él con los ojos llorosos, como los de un niño que sufre por la pérdida de una mascota, y por primera vez conoce la muerte. Y ella, con los ojos maternales, llenos de compasión.
Pero en el intercambio de miradas no hubo más que el débil consuelo que el mismo que proporciona una madre a un hijo que se enfrenta al mundo entero y a la vida; solo.
La señora Hudson se dio la vuelta y abandonó la habitación para dejar pensar a Sherlock. Entonces él se asomó por la ventana, escudriñando en la vista de la calle Baker alguna señal que le ayudara a decidir. Pero no la encontró. Sacó entonces de debajo de la cama la maleta en la que había estado pensando, y la abrió. Estaba vacía, como él mismo la había dejado después del último viaje que hizo con Watson a resolver un crimen.
¡Watson, Watson, Watson!, pensó. Quería dejar de verlo en cada cosa, dejar de olerlo en cada respiración y dejar de quererlo tanto.
Entonces se dio cuenta: si no se alejaba lo más pronto posible terminaría por comenzar a amarlo. Y no estaba dispuesto a hacerlo.
Por un instante pensó también en Regulus, y en cuán mal debía sentirse por no poder estar al lado de Sherlock.
Abrió el armario y los cajones, y buscó sus pantalones preferidos, las camisas que mejor le parecieron, un par de botas más, la ropa interior, tres sacos, cuatro pañuelos y dos bombines. Y dispuso todo en la maleta con tal meticulosidad que le quedó espacio para un par de libros, su tabaco y la pipa. Sacó de la caja que tenía debajo de la cama algo de dinero, y después se metió a bañar.
Mientras el agua acariciaba su cuerpo desahogó lo que le quedaban de lágrimas, y mientras se cambiaba, prolongaba cada paso, cada botón… deseando por dentro con todas sus fuerzas que Watson apareciera para detenerlo.
Entonces tomó un pedazo de pergamino y su pluma, y escribió:
Querido Watson:
Y repentinamente sintió náuseas. No fue capaz de comprender por qué. Quizá el pesar que sentía en el pecho continuaba consumiéndolo. La mano le temblaba, y con ella la pluma. No pudo continuar escribiendo.
Dejó el papel ahí, con un trazo sin concluir, y soltó la pluma en el suelo. La tinta se derramó, pero Sherlock ya no quiso molestarse en levantar la pluma o en limpiar la tinta. Tomó un bombín y se lo puso, y agarró la maleta (que no era muy grande), entonces vio sobre el perchero la bufanda que Watson le había regalado. La tomó con una mano y buscó en ella la fragancia de su amigo. La miró fijamente, pensando qué sería lo correcto hacer con ella. Entonces la dobló y la puso sobre la cama, y salió del cuarto, sin cerrar si quiera.
La señora Hudson lo esperaba al pie de las escaleras. Su rostro develó una real sorpresa cuando vio a Sherlock bajando con la maleta.
—Pero señor Holmes, ¿qué va usted a…?
—Por favor no me detenga, señora Hudson. Necesito irme.
—¡¿Pero a dónde?! ¡¿Por cuánto tiempo?!
Sherlock la miró, ligeramente cabizbajo. Sacó su reloj de bolsillo y leyó la hora.
—Cuando lo sepa me comprometo a hacérselo saber, señora Hudson. Por ahora tomaré el primer tren que salga de la estación. Y quizá ya se me esté haciendo tarde.
—Pero…
La señora Hudson fue incapaz de terminar lo que iba a decir, porque Sherlock salió de inmediato de la casa. Entonces un gritó que lo llamaba lo estremeció, pero no flaqueó y se apresuró a abordar un carruaje.
Watson había regresado del café, junto a Regulus, y al ver a Sherlock salir de la casa con una maleta no pudo evitar preguntarse qué sucedía. Gritó a su amigo para detenerlo y pedirle una explicación, pero éste no se detuvo y abordó apresuradamente un carruaje.
Entonces Watson corrió lo más rápido que pudo a la casa, acompañado de Regulus y en la entrada se encontró con la señora Hudson, con sus ojos llorosos.
—¿Qué pasó, señora Hudson? —le preguntó—. ¿A dónde ha ido Holmes?
—Él se fue, señor Watson. Va a tomar un tren y alejarse de Londres cuanto pueda… él… él…
No era capaz de poner en palabras lo que sentía.
En ese instante Watson reparó en que Regulus ya no estaba. Pensó que seguramente habría ido tras Sherlock, y por un momento tuvo la intención de salir corriendo también, pero ante lo precipitado del acontecimiento quiso seguir interrogando a la señora Hudson.
—¿Por qué se va? ¿Qué pasó?
—Escuchó lo que usted me dijo en la comida, que él sólo le hace daño. ¡Señor Watson si no hace algo para detenerlo es probable que nunca lo vuelva a ver en su vida!
Watson quedó perplejo ante la sentencia de la señora Watson. Repasó el rostro de la mujer rápidamente, tratando de encontrar una mentira, pero no la halló. Hizo a un lado a la señora Hudson y subió a toda prisa las escaleras. Encontró arriba el trozo de pergamino y la bufanda bien doblada. Tomó ambas. Buscó en los cajones, pero lo que encontró en ellos lo dejó aún peor: Sherlock se había llevado su ropa preferida.
Salió corriendo del cuarto, con la bufanda en la mano y el pergamino en un bolsillo y comenzó una carrera hacia la estación.
Al llegar tuvo muchas dificultades para adentrarse. Muchísima gente pululaba por todos lados, y había mucho ruido por los griteríos y el sonido de los trenes. El humo dificultaba su visión, y el tumulto de gente hacía casi imposible que transitara por la estación. Entonces lo vio, sentado en una de las salas de espera, con la cabeza hacia abajo y con la maleta a un lado. Watson se acercó sigilosamente.
Antes de que llegara hasta donde estaba Sherlock, Regulus lo interceptó.
—Lo esperaba, señor Watson —dijo—. Hay algo que quiero decirle.
Watson no prestó mucha atención, preocupado por Sherlock y la impertinencia que pudiera cometer.
—¿Qué quieres? —preguntó, sin dejar de avanzar.
—Acerca de lo que hablamos. Creo que será mejor si él se va, estará a salvo.
—¡No seas ridículo! No dejaré que se vaya.
—¡¿Y por qué no?!
—Porque él tiene que estar aquí, con los que lo quieren y lo necesitan.
—¿Usted?
Aun estaban lo suficientemente lejos como para que Sherlock no fuera capaz de escucharlos. Ante este último cuestionamiento Watson no fue capaz de contenerse y empujó a Regulus hacia uno de los pilares de mármol que sostenían la estación.
—¡Deja de decir esas cosas de una vez por todas!
—¡No hasta que admita que lo ama! ¡O hasta que me deja a mí amarlo en paz!
Watson lo miró con rabia desenfrenada. Resistió el impulso de golpearlo y gritó:
—¡Sherlock no es tuyo!
Soltó a Regulus y se dirigió hacia el lugar en el que estaba Sherlock. Éste lo vio llegar. Watson se sentó a su lado.
—¿Qué crees que estás haciendo, amigo? —preguntó Watson, con voz tranquila.
Sherlock se sorprendió mucho. Buscó con la mirada alguna forma para poder escaparse, pero Watson tomó su quijada y volteó su rostro hacia sí.
—Mírame —le dijo.
Incluso cuando Watson tenía puesto el rostro de Sherlock frente al suyo, éste se resistió a mirarlo fijamente. Desviaba la mirada descontroladamente, tratando de que él no notara lo enrojecidos que estaban sus ojos.
—Sherlock, ¿qué estuviste fumando? —preguntó Watson.
—Nada —respondió Sherlock.
—¿Entonces por qué…? —se detuvo antes de preguntar por qué tenía los ojos rojos. Entendió la razón.
Watson apartó su mano del rostro de Sherlock.
—¿Estuviste llorando? —preguntó.
Sherlock se resistió a responder.
Entonces comenzaron a anunciar la partida del tren, y Sherlock se puso de pie.
—Es el mío —explicó—. Debo tomarlo.
Watson, aún sentado, no supo cómo detenerlo, y sólo lo siguió con la mirada, incrédulo, mientras Sherlock hacía la fila para entrar al vagón. ¿Si lo detenía, sería admitir el sentimiento que Regulus afirmaba que él sentía por Sherlock? ¿Si lo detenía confundiría aún más a Sherlock?
Entonces apareció Regulus de alguna parte con un boleto para el tren.
—Señor Watson, es momento de que decida: ¿se va con él, o me voy yo con él?
Le extendió el boleto para que Watson resolviera tomarlo o no.
Watson respiraba con nerviosismo, miró el boleto. Por un instante sintió el dolor de perder a Sherlock, y entonces observó al detective perderse en el interior del vagón, y tomó el boleto y corrió hacia el interior del tren.
Buscó entre los vagones el compartimiento de Sherlock, y lo encontró al cabo de un momento. Lo miró desde el pasillo. Estaba sentado, con la misma mirada extraviada que tenía mientras esperaba el tren. Watson sintió un retorcijón en el pecho por lo que sus impulsos le proponían hacer, pero cedió a ellos.
Entró al compartimiento, y cerró la puerta detrás de él. Sherlock lo miró, completamente atónito.
Watson tomó asiento al lado de Sherlock, lo tomó por una mano, y con la seguridad que lo caracterizaba lo envolvió en un abrazo y lo jaló hacia él, para que se acostara sobre sus piernas.
Sherlock se recostó sobre las piernas de su amigo, sin que éste dejara de acariciarle el cabello.
—No sé qué me pasa, Sherlock —admitió Watson, con una voz tranquilizadora—. Pero tendré todo este viaje contigo para comprenderlo…
Sherlock apretó la mano de Watson que lo abrazaba, y cerró los ojos.
—¿Watson?
—¿Sí?
—Te amo.
Watson se sorprendió ligeramente, pero no lo suficiente como para quedarse sin palabras. Sin saber por qué, sonrió.
—Lo sé, amigo —dijo—. Ahora descansa. Yo no te soltaré.
En aquel momento el tren comenzó su marcha hacia el norte.
Ending: "Sea of Love" de The National
Espero que les guste. Este capítulo es muy importante porque aquí comienza la travesía de Sherlock y John.
