Capitulo 12

El accidente de Eliza había tenido grandes repercusiones en el Colegio San Pablo. Resultaba extraño para todos, que dos accidentes hubieran sucedido en el mismo lugar, y con tan poca diferencia de tiempo. Especialmente, porque ninguno de los dos parecía ser algo casual. Comenzando por el de Annie, en el cual era obvio que alguien había entregado ese paquete con el objetivo de hacerle daño. Pero lo que le había pasado a Eliza había sido mucho peor. Annie tenía la mitad de su rostro desfigurado, eso era cierto, pero Eliza probablemente no recuperaría la vista jamás, por no decir que las consecuencias podrían haber sido mucho peores.

No había sido un trabajo sencillo para el equipo de médicos tranquilizar a Eliza, pero después de un fuerte calmante, ella logró quedar dormida. Sus padres y hermano estaban inconsolables, aún no se explicaban como había sucedido aquello. La única persona que lo sabía con exactitud era Harper, pero no se atrevía a decir una sola palabra, tenía miedo que la culparan a ella, y suficiente tenía con los malestares que la agobiaban día y noche desde la fiesta de compromiso. Estaba convencida que nada malo sucedía con ella, pero tampoco quería hacerse revisar. Harper siempre había sido de salud delicada, así que no debía preocuparse en lo absoluto.

Solo a unos pasos de ella se encontraba Neil, quien a juzgar por las miradas que le brindaba, aún no había olvidado aquel día en que estuvieron juntos. Había sido una buena experiencia, no podía negarlo, pero a Harper no le interesaba Neil. Ella tenía en claro cuáles eran sus expectativas. Y aunque Archie todavía no había caído a sus pies, estaba segura que lo conseguiría. Harper era hija de duques, cualquier familia estaría encantada de casar a sus hijos con ella. Si Archie no la aceptaba, haría que la tía abuela Elroy lo obligara a hacerlo.

- ¡Oh, cariño! – Escuchó Harper a sus espaldas ¿Por qué su madre siempre se entraba de todo lo que sucedía? - ¿Cómo se encuentra tu amiga? – Le preguntó preocupada, mientras le daba un reconfortador abrazo que molestó en sobremanera a Harper.

- ¿Cómo crees? – Le contestó ella con desdén, separándose de su madre – ¡Se ha caído de un caballo!

Amelia sentía dolor cuando Harper la trataba de ese modo. Siempre le había dado todo su amor, no entendía porque siempre la rechazaba.

- ¿Se... se pondrá bien?

- Los daños en el cerebro pueden ser permanentes. Eliza esta ciega.

- ¡Oh, por Dios! – Amelia se llevó las manos a la boca. Eliza era demasiado joven para haber perdido la vista. Era consciente que terribles cosas estaban sucediendo en esa escuela, y sabía perfectamente lo que tenía que hacer – Harper...

- ¿Qué? – Le contestó de mala gana.

- He estado reconsiderando los hechos recientes en el San Pablo... y he llegado a la conclusión de que lo mejor que podemos hacer es buscar otra escuela para ti.

- ¿De qué estás hablando? – Preguntó ella sorprendida.

- Temo que algo malo te suceda – También temía por Candy, pero era consciente que nada podía hacer por ella más que hablar con Max sobre el asunto. Estaba segura que él la protegería como ella no podía.

- No iré a ningún lado – No al menos sin Archie.

- No era una pregunta – Amelia sabía que debía ponerle limites a su hija, pues ya la había malcriado demasiado – Hablaré con tu padre, y buscaremos una nueva escuela para ti.

- ¡No puedes hacerme esto! – Le gritó Harper – Primero me obligas a asistir al San Pablo, y luego, cuando por fin logro hacer amigos, intentas sacarme de allí.

- Podrás hacer nuevos amigos en tu nueva escuela.

- ¡No!

- ¡Ya basta! – Dijo Amelia con firmeza – Eres mi hija, y será lo que yo diga.

Se dio media vuelta y salió del hospital, dejando a Harper completamente sorprendida. Su madre jamás le había hablado de ese modo, ni siquiera cuando la obligo a asistir al Colegio San Pablo.

Entonces el suelo se movió bajo sus pies, igual a lo que había pasado en la fiesta de compromiso.

Al despertar, se encontró acostada en una cama de hospital, con un suero conectado a sus venas. Aún no se sentía del todo bien cuando el doctor se acercó para hablar con ella.

- ¿Qué me ha pasado?

- Has sufrido un desmayo – Le contesto el doctor con una sonrisa reconfortante.

- Otra vez... – Dijo ella para sí misma – Quedaron en hacerme unos estudios para averiguar qué es lo que tengo.

- No se preocupe señorita...

- Wharton. Harper Wharton.

- Señorita Wharton – Entonces su sonrisa cambio por una mueca de preocupación – Ya hemos descubierto la causa de sus malestares.

- ¿Qué es lo que tengo, doctor?

- ¿Es usted casada, señorita Wharton? – Era muy joven, pero no era de extrañar que estuviera casada.

- No ¿Por qué?

El doctor no quiso dar más rodeos al asunto. Tal vez lo más conveniente sería hablar con sus padres, pero ella tenía derecho a saber lo que estaba sucediendo.

- Esta usted embarazada.

- ¿Qué? - Harper no podía creer lo que estaba escuchando ¿Cómo podía ella haber quedado embarazada? - ¡Eso es imposible!

- Lamento decepcionarla – Contestó el doctor con calma – Pero los exámenes han sido concretos. Usted tiene al menos tres semanas de gestación.

- No lo creo – Intentó lucir indignada - ¿Por quién me está tomando? Soy una doncella.

- Señorita Wharton – Le decía el doctor con paciencia – Sabemos que no lo es. Recuerde que la han examinado.

El rostro de Harper se tornó rojo.

- Escuche, doctor – Sabía que tenía que decir la verdad si quería salir de aquella situación embrollosa – Es cierto, no soy virgen. Pero tampoco es posible que este embarazada. Solo ha sucedido una vez – Moría de vergüenza por lo que estaba diciendo – Pero el sujeto no... él no... ya sabe...

- Entiendo lo que quiere decirme – Le explicó con calma – Pero a veces no es necesario que un hombre eyacule dentro de una mujer para que ésta quede embarazada. No es muy frecuente, pero ocurre a veces.

- No entiendo.

- Verás... – El doctor parecía no tener prejuicios en hablarle a una jovencita sobre esas cosas, después de todo, era un asunto biológico – Durante las relaciones sexuales, el hombre...

- ¡No quiero escucharlo! – Dijo ella tapándose los oídos. La apenaba en sobremanera aquella situación, y deseaba que el doctor la dejara en paz - ¡Fuera! – Le gritó – Necesitaba tiempo para pensar en lo que iba a hacer. No podía decirle a sus padres que estaba embarazada, pero tarde o temprano tendría que hacerlo - ¡Espere! – Le pidió al doctor cuando estaba saliendo de la habitación.

- Dime...

- No quiero que le digan a mis padres nada de todo esto.

- Pero...

- Quiero ser yo quien se los cuente.

- De acuerdo – Asintió el doctor. Lo mejor sería que fuera ella quien les contara a sus padres por lo que estaba pasando – Pero entonces... Hay algo que debe saber – Su expresión se tornó preocupada – Esta clase de noticias generalmente son notificadas a los padres cuando se trata de menores de edad, pero haré una excepción.

- ¿De qué se trata?

- Es sobre su embarazo.

- Creí que ya me había dicho todo lo que debía saber sobre eso.

- Hay algo más... señorita Wharton, su embarazo es de alto riesgo.

- ¿Qué significa eso? – No sonaba muy bien.

- Como le dije al principio. Le hemos realizado exámenes para comprobar la causa de su malestar. Y a parte de su embarazo, hemos descubierto algo que no figura en su historial médico.

- ¿Qué?

- Usted tiene una cardiopatía congénita. Una disposición anormal de los principales vasos sanguíneos que salen del corazón.

- ¿Es eso grave?

- De hecho, si lo es – Contestó el doctor con total sinceridad – Pero lo que lo hace aún más riesgoso, es el hecho de que el embarazo conlleva una serie de cambios hemodinámicos como el aumento de la volemia, o el aumento de la frecuencia cardiaca, sin olvidar que el aumento del tamaño del útero afecta el retorno de la sangre por la vena cava inferior.

- No entiendo.

- Seré más específico. Existen grandes probabilidades que su embarazo no llegue a buen término, arriesgando la vida del bebé y la suya propia.

- ¿Eso quiere decir que moriré? – Le preguntó Harper con lagrimas en los ojos, sintiéndolo más por ella misma, que por el bebé que se estaba gestando en su vientre.

- Haremos todo lo posible para que eso no ocurra.

Una vez que Harper se quedó sola, comenzó a pensar que podría hacer para salir airosa de esa situación. Había hablado un rato más con el doctor acerca de su enfermedad, y la había tranquilizado saber que las probabilidades de que ella sobreviva eran bastante altas.

Entonces una idea cruzó por su mente. Tal vez ese embarazo no deseado la ayudaría a conseguir lo que, de otra manera, le resultaría imposible.

ooo

Amelia llegó a su casa y preguntó por su marido. Necesitaba hablar urgentemente con Samuel sobre su hija.

- Esta en su despacho, duquesa – Le dijo el mayordomo.

Caminó hacía el despacho de su marido y golpeó la puerta.

- Adelante – Contestó la ruda voz de su marido.

Amelia entró y se sentó frente a Samuel.

- Hay algo sobre lo que debemos hablar.

- ¿De qué se trata? – Le preguntó sin siquiera mirarla. Amelia ya se había acostumbrado a sus desplantes, y ya no le dolían.

- Creo que habrás oído hablar sobre los extraños sucesos que han estado ocurriendo en el Colegio San Pablo.

- Si... algo he escuchado ¿Qué tiene eso que ver conmigo?

- Harper está en el San Pablo – Intentó no subir la voz, pero su indignación ante la falta de preocupación por parte de Samuel era evidente – Debemos sacarla de ese colegio de inmediato. Antes que algo malo le suceda.

- ¿Y por qué crees que algo malo pudiera sucederle?

- No lo sé. Las posibilidades siempre están.

- Creo que estas siendo demasiado exagerada.

- Ya veo – Dijo Amelia desanimada. Nunca conseguiría nada de él – No darás tu consentimiento para sacar a Harper de esa escuela.

- Te equivocas.

- ¿Cómo dices? – Preguntó ella sorprendida.

- Sacaremos a Harper de la escuela, pero no por los motivos que tú me das.

- Entonces...

- Nos mudaremos a América – Contestó Samuel poniéndose de pie.

- ¿Puedo preguntar por qué has decidido tomar esa decisión?

- Las tensiones entre las potencias europeas han estado yendo en aumento. La guerra es inminente.

- Pero...

- Partiremos en cuanto termine los asuntos que tengo pendientes – No le dio la oportunidad de reclamar, y Amelia sabía que sería en vano. Una vez que Samuel tomaba una decisión, era definitiva.

Fue hacía su habitación. Las cosas no eran como ella las había planeado. No quería irse de Londres, estaba segura de que Samuel exageraba en cuanto a la guerra, pero al menos lograría sacar a Harper del Colegio San Pablo.

Sentada en el diván de su alcoba, Amelia recordó a Candy. Ellos se irían a América, y volvería a perder a su hija. Aunque en verdad nunca había llegado a recuperarla, la hacía feliz verla de vez en cuando en la escuela, cuando iba a visitar a Harper. Cada vez que la tenía frente a frente, le costaba contener sus impulsos por abrazarla y contarle la verdad. Candy era una niña adorable, pero Amelia estaba segura que nunca le perdonaría si se enterase de que ella era su madre.

Tendría que hablar con Max para asegurarse de que Candy estaría bien durante su ausencia.

- ¿Estás hablando en serio? – Dijo Max irónicamente cuando Amelia fue a verlo – Jamás te ha importado tu hija ¿Por qué estas diciéndome estas cosas?

- ¿Eso crees? – Le dijo ella con lágrimas en los ojos, viendo como Max levantaba pesados bloques de heno, con su torso desnudo, despertando en ella sentimientos que creía dormidos - ¿Crees que nunca he pensado en mi hija?

- Pues... tú la abandonaste. Dudo que te haya importado su bienestar en aquellos momentos.

- ¿Qué esperabas que hiciera? – Le gritó – Estaba desesperada. Samuel nos mataría a los tres si hubiera sabido la verdad.

- Podrías haberme buscado – Max dejo uno de los bloques de heno en el piso del establo y se dirigió a ella, quedando ambos a escasos centímetros de distancia – Yo me hubiera quedado con la niña su tú no la querías.

- No se me ocurrió – Dijo ella, bastante nerviosa por la cercanía.

- Claro que no – Max la estaba mirando con desprecio – Solo pensaste en tu propio bienestar. No te importo abandonar a tu hija para remplazarla por otra.

- Yo... – Un calor comenzó a bajar por su vientre. No pudo evitar recordar aquellas interminables tardes en compañía de Max, haciendo el amor hasta quedar exhaustos.

Deseó volver a vivir todos aquellos momentos, volver a sentirse mujer en sus brazos, volver a ser amada. Pero él ya no sentía lo mismo. La había amado, y ella le había roto el corazón de la peor manera posible: abandonándolo primero, y luego, deshaciéndose de la hija que ambos habían tenido.

- Quiero que te vayas de aquí – Le dijo Max, separándose de ella.

A Amelia le dolió su rechazo, pero lo entendía.

- Prométeme que cuidaras de Candy.

- No era necesario que vengas aquí solo para eso. Daría mi vida para proteger a mi hija.

- Bien... – Amelia no soportó más el desprecio que veía en los ojos de más, y salió del establo.

De camino a su casa, no entendía que demonios le había pasado allí adentro. Hacía años que no sentía algo parecido, específicamente, desde la última vez que ella y Max hicieron el amor. Pero él ya no era el mismo joven de 20 años con quien Amelia había mantenido un sórdido romance. A sus 36 años, Max lucía aún más apuesto que antes, y los músculos que había adquirido con el tiempo, le daban un aspecto más varonil. No entendía por qué no se había casado aún, seguramente, Max tendría una larga lista de mujeres esperando por él.

ooo

Estaba cayendo la tarde cuando Candy sintió unos golpes en la ventana de su habitación. Corrió a abrirla, probablemente fuera Terry.

- ¿Qué haces aquí? – Le preguntó, haciéndose a un lado para dejarlo entrar.

- ¿Recuerdas lo que hablamos ayer?

- ¿Qué parte exactamente?

- Cuando te dije que deberíamos casarnos cuanto antes.

- Si... si lo recuerdo, pero...

- Bien – Dijo él, tomándola de la mano y dirigiéndose hacia la ventana.

- Espera ¿Qué estamos haciendo? – Terry fue el primero en bajar por el balcón, tomando a Candy de la cintura para ayudarla.

- ¿Cómo que estamos haciendo? Vamos a casarnos.

- ¿Qué? – Exclamó ella sorprendida.

- Te dije que no quería esperar más para que te convirtieras legalmente en mi mujer. Y eso es lo que vamos a hacer ahora – La miró fijamente a los ojos – Amenos que ya no quieras casarte conmigo.

- ¡Oh, Terry! ¡Claro que quiero casarme contigo! Pero... ¿Estás seguro de lo que quieres hacer? Creí que solo era una broma.

- Jamás bromearía con algo así – Llegaron al piso – Escucha, ya lo he organizado todo. Hay una pequeña capilla no muy lejos de aquí. El cura ha aceptado casarnos, incluso ya he conseguido dos testigos. Nos están esperando.

- No puedo creer que lo hayas hecho.

No perdieron más tiempo y corrieron hacia la salida, previniendo que nadie los viera escaparse del colegio. Probablemente estarían en problemas mañana, pero, desde esa noche, nadie podría separarlos.

Llegaron hasta la pequeña capilla que Terry había mencionado. No se comparaba con la gran iglesia donde el duque había planeado casarlos al año siguiente, pero para Candy no había lugar más hermoso. Incluso teniendo en cuenta que no llevaba puesto el vestido blanco con el que todas las mujeres soñaban. Lo único que Candy lamentaba, era no tener a su lado a sus amigos y a su padre. Pero estaba segura que ya tendrían una ceremonia la cual podrían compartir con todas sus amistades. Esta, era solamente para ellos dos.

El padre estaba esperándolo, junto con una pareja de ancianos, que probablemente serían los testigos que Terry había conseguido.

- ¿Están listos? – Preguntó el padre con una sonrisa.

- Si – Contestaron Candy y Terry al unísono. No tenían dudas al respecto.

- Bien...

El padre comenzó con la ceremonia. Candy no podía creer que eso estuviera sucediendo en realidad. Había soñado con su boda desde que era pequeña, pero estar casándose con el hombre que amaba, superaba todas sus expectativas.

- Entonces... Terrence Greum Grandchester ¿Aceptas a Candice White Andrey como tu legítima esposa, para amarla y respetarla, tanto en la riqueza como en la pobreza, en la salud como en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

- Si, acepto.

- Y tú, Candice White Andrey ¿Aceptas a Terrence Greum Grandchester como tu legitimo esposo, para amarlo y respetarlo, tanto en la riqueza como en la pobreza, en la salud como en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

- Si, acepto.

Intercambiaron los anillos. Unas sencillas alianzas de oro que Terry había comprado.

- Yo los declaro "marido y mujer"

Terry besó a Candy en los labios, sellando así una promesa que duraría por el resto de sus vidas.

- No puedo creer que al fin lo hayamos hecho – Dijo ella, saliendo de la capilla - ¿A dónde iremos ahora?

Candy no era tonta, sabía que era lo que venía después de la boda, y le asustaba, pero también lo deseaba fervientemente.

- He hecho una reservación en un motel – Le contestó Terry – Pero si no quieres...

- No – Se apresuró a decir ella – Si quiero hacerlo, Terry.

Él le sonrió y ambos caminaron rumbo al motel. No era la gran cosa, pero para ellos era suficiente. Terry pidió su llave en la recepción y luego subieron por las escaleras hasta su habitación.

- Aquí es – Dijo él, abriendo la puerta y dejándola entrar primero.

- Es perfecta – Candy miró a su alrededor. La habitación no era demasiado grande, pero sí acogedora.

- ¿Estás segura de que quieres hacerlo? – Terry estaba tan nervioso como ella. También era su primera vez. Nunca había querido acostarse con las cortesanas que su padre le llevaba, pues, a pesar de su rebeldía, siempre había esperado encontrar a la mujer para él, y ahora la había encontrado.

- Estoy segura.

Acortaron la distancia entre ellos, y Terry le tomó el rostro para después besarle los labios apasionadamente.

- Dentro de unos minutos ya no podre parar – Le dijo él con voz entrecortada.

- No quiero que pares.

Y no lo hizo. La fue desnudando lentamente. Tenían la noche completa, y quería que todo fuera perfecto.

Candy también se ocupó de desnudar a su ahora marido. Dejando un sendero de besos en cada parte de su piel que iba quedando expuesta, hasta solo quedar ambos en ropa interior.

- Vamos a la cama – Terry la tomó en brazos y la deposito suavemente sobre el lecho. Se acostó a su lado, mientras sus manos recorrían cada centímetro de su cuerpo. Lentamente, la fue despojando de las últimas prendas. Candy intentó cubrirse con las manos, pero Terry no se lo permitió, quería verla desnuda – Eres tan hermosa – Volvió a besarla. Ya no sabía cuánto tiempo más iba soportar, así que se sacó los calzoncillos y se posicionó en medio de las piernas de su esposa.

- Terry... – Murmuró ella con algo de temor al sentir su duro miembro presionar contra su entrepierna.

- Todo estará bien – Intentó tranquilizarla él, mientras le acariciaba el cabello y le besaba todo su rostro – Voy a cuidarte.

Empujó un poco más fuerte, y Candy gimió de dolor al sentirlo dentro. Sabía que la primera vez siempre dolía, pero nunca se imagino que a tal extremo.

Terry empujó una vez más, introduciendo su miembro completamente en ella. A Candy se le derramaron un par de lágrimas, y Terry sufrió con ella al sentir su dolor.

- Lo siento mucho – Le dijo, quedándose quieto unos momentos, hasta que ella lograra adaptarse – Pasara en unos instantes – O eso esperaba.

Candy solo asintió con la cabeza. Después de unos segundos, el dolor ya se había ido, siendo remplazado por el deseo. Terry comenzó a moverse dentro de ella, primero lentamente, para después aumentar la velocidad, al sentir a Candy moverse a su ritmo.

Los gemidos de su esposa excitaron a Terry, quien ya no pudo contenerse más. Llegaron al clímax al mismo tiempo.

- Te amo – Le dijo Terry, derrumbándose sobre el cuerpo de ella, completamente exhausto.

- También te amo – Candy nunca se había sentido más feliz en su vida. Haber compartido ese momento tan intimo con Terry, había sido la experiencia más maravillosa de su vida, y estaba segura que volvería a repetirse todas las noches de ahora en adelante.

Continuará...


Mil gracias por todos los reviews =)

Espero que les guste este capítulo!

Besosssssssssssss