LAS VEINTE RAZONES
Ella sabía que había más de veinte, por supuesto, pero quería creer que veinte bastaban para aclarar su cabeza, para que el corazón, apretado en su prisión de huesos aligerara la presión en todo su cuerpo y dejara de hacerle sentir así: tan confusa, tan enamorada.
11.- NOSTALGIA
Aún no podía explicarse a sí misma cómo es que había terminado ahí, en una habitación que aunque lucia cómoda también le daba miedo. Sabía desde la primera semana que había pasado ahí que estaba en un agujero, infinito, pesado, elegante. Pero un agujero al final del día.
Cuando miraba por la ventana podía distinguir jardines espléndidos, jardines que a pesar de sus bellos colores y aromas estaban vacíos. Tal vez estaba en una haciendo elegante, pero no sabría decir en dónde, lo único de lo que estaba segura era que estaba en un agujero de magia, sólo que en ausencia de ella.
Cuando despertó ahí sin su varita supo que no podía usar magia, pero la magia estaba en todas partes, no había un mundo sin ella, porque en general, el mundo no estaba separado de la magia; pero en ese cuarto todo era vacío, no había magia, no existía en esa especie de agujero.
Cada día en esa habitación empezaba a ser una tortura, ella era un ser de magia, ella era magia y ahora simplemente estaba vacía. Ni ella misma era capaz de sentir su magia y la extrañaba, la extrañaba mucho.
La tristeza de su pérdida empezaba a marcarsele en el rostro a pesar de que comía todo lo que le daban, a pesar de que no la trataban mal.
Y llevaba cuatro meses ahí, cuatro meses sola, encerrada en esa habitación elegante sin escuchar nada más que su respiración, sus latidos y su voz, aunque ya no con la misma frecuencia de la primer semana. Usaba la palabra encierro para no decir aquella otra que le causaba más ansiedad que ninguna.
Se negaba a estar secuestrada.
-Rose – escuchó. Pero podría ser una alucinación.
-Rose... – esta vez sonó más débil. Más dolorosa, ni ella misma se había llamado así alguna vez. – Weasley, contesta.
Scorpius.
Era la voz de Malfoy, al otro lado de la puerta que jamás se abría. Se arrastró a gatas sobre la alfombra hasta apoyar sus manos en la puerta.
-Malfoy – gimió ella, con la voz quebrada. Ya no sabía si sus incipientes lágrimas eran porque por fin escuchaba otra voz o porque fuera esa voz en particular. Un nudo que fue tragando lentamente le hizo preguntar.
-Malfoy, ¿cuánto tiempo llevas en ese cuarto?
-Tres meses – le respondió. Su voz mandona sonaba derrotada. – No hay magia en este hueco, Rose.
-La extraño – lloró ella.
-Vamos a salir de aquí. – le consoló. La nostalgia se abría paso en su corazón como un cuchillo, hiriendo todo, rompiendo esa bolsa de lágrimas que había contenido.
-Te extraño, Scorpius – dijo ella.
Por primera vez era consciente de lo mucho que lo apreciaba.
-Tranquila, pecosa. Saldremos de esta.
