CAPITULO DOCE
SUEÑOS DE UNA MADRE
La noche era tan fría como esos comienzos de invierno que te calaban hasta los huesos, impidiéndote correr o salir a fuera a tomar aire. Pero a Hermione no le importó en los más mínimo, no se interesó en tomar su abrigo del castillo, ni en correr descalza, mucho menos rajarse el vestido caro con las ramas que osaban a tomarla y aumentar la distancia entre el peligro y ella. Porque no lo recapacitaba dos veces, no cuando el extraño de máscara oscura y trajes abrigados corría hacia el bosque prohibido con su hija en brazos, esperando algún milagro que lo transportara a las lejanías del Instituto, sin que nadie pudiera atraparlo. Ella lo sabía, era inteligente, quería secuestrar a su bebé para pedir a cambio muchos galeones y no le importaba, estaba dispuesta a entregar su mansión con tal que se la dieran sana y salva, porque eso era lo que ella quería. Que volviera a sus brazos. Y muy, muy dentro de su corazón, algo le dijo que esa noche la iba a perder, que no iba a tener esperanzas, pero hizo caso omiso porque era una Gryffindor y no se detenía hasta conseguir lo que quería.
Con el corazón en la garganta, bajaba rápidamente el sector hacia la casa de Hagrid porque la voz aun de su pequeña retumbaba entre los árboles, llamándola agudamente, con llantos desconsolados y gritos de terror. Y Hermione le contestaba a todo pulmón, para que su Alexa supiera que estaba ahí cerca de ella con una varita y toda su determinación a matar al secuestrador, si él no respetaba los límites de cordura, ella mucho menos. Ya no había una línea que separara lo malo de lo bueno y esa noche de gala, cuando lo notó, tiró todo por la borda. Prácticamente estaba sola, tratando de alcanzar al fugitivo, sin saber cómo estaba su marido ni de dónde se hallaban sus hijos, ni siquiera tenía el tiempo para avisarles y allí a esas alturas, no había ni un auror que vigilara, porque era el límite del colegio y ningún invitado de la fiesta iría hasta allí a menos que fuera por causas extremas. Como esas.
-¡MAMI!
-¡ALEXA! ¡ALEXA! ¡HIJA! –gritó ella secando brutamente sus lágrimas, que le impedían ver el lugar donde pisaba.
Sus pies sangraban y su cuerpo estaba magullado y lleno de arañazos mientras que sus manos temblaban perdiendo el control de puntería, no podía herir al extraño porque lastimaría a su pequeña y tampoco podría hechizarlo ni mandarle un aturdidor, porque fallaba cada vez que se le ocurría realizarlo. Tan sólo le quedaba correr, porque su vida dependía de ello y la de su hija también, correr hasta alcanzarlo y tomarla en brazos para volver al castillo, sanas y salvas. Correr…
No estaba nada cerca de ellos, aunque la atisbaba a lo lejos gritando y pataleando sobre el cuerpo agitado del intruso, que la tomaba sobre las piernas. El aire comenzaba a faltarse, por los años de inactividad, y el dolor era cada vez más agudo y punzante en su abdomen plano, sin contar que los mareos eran constantes y la visión se tornaba borrosa e indescifrable. Pero no se rendía, ella no podía rendirse, no cuando sus oídos sólo escuchaban los gritos de una niña de diez años siendo torturada por un hombre que sólo quería dinero, según lo que Hermione pensaba.
-¡ALEXA! ¡MUÉRDELO!
No supo nunca si su hija hizo lo que le gritó, nunca podría preguntarle si había obedecido a su madre como cada día le indicaba a lo largo de su enseñanza, porque un rayo azul venido de lo más lejano, de lo más oscuro del bosque, de repente impactó en su pecho, dejándola completamente inconsciente allí en el césped húmedo cercano a la casa de Hagrid. Esa noche en que cerró los ojos, sólo volvió a oír el grito de su pequeña llamándola desesperadamente, sin saber que no la salvaría, que nadie acudiría a ella. Alexa esa noche dejó de hablar porque sus lágrimas le habían mostrado a su madre tirada, con la duda de si estaba muerta o viva. De si alguien también correría como su mami por rescatarla. Solo una niña como ella seguía esperanzada de que su papá aparecería de golpe y la salvaría como todo un héroe. Esa noche cuando despareció del castillo, su memoria se borró para siempre. En parte por un hechizo, pero lo demás sólo porque su mente se lo había bloqueado.
Entonces Hermione despertó de su sueño, de ese recuerdo tan aterrador.
