Kilómetros a partir de allí se extendía el bosque, esperando por él. Podía escuchar su silencioso llamado haciendo eco en todas las fibras de su ser. Era mediodía y el sol desplegaba su manto más lujoso sobre aquella región del corazón de Illinois. No era una buena hora para salir a descubierto, supuso, con desgana, dibujando un mohín de desencanto en su atractivo rostro; la última vez había pescado demasiado sol y hasta una ligera fiebre. No que eso lo detuviera de ordinario pero, al menos por ese día, reconocía que no era aconsejable jugar al vagabundo aunque le apeteciera enormemente. Inconforme con su destino, resolvió volver a tumbarse en el sillón, para contemplar desde el solarium la hermosa marcha de la vida mientras pensaba en África y en sus sueños.

Kenia le quedaba lejos, así que bien podía conformarse con el magnífico paisaje que se desplegaba ante sus ojos como una obra de arte viva.