Capítulo 11
Sophia se acercó a la mesa que hacía las veces de escritorio y pasó la mano derecha sobre los papeles, desparramándolos sobre la superficie de madera brillante. Algunos documentos tenían siglos de antigüedad y estaban escritos en tinta sobre pergaminos viejos y arrugados, resecos y quebradizos o amarillentos y con olor a humedad, mientras que otros eran recientes. Incluso, algunas notas las había escrito ella ese mismo año. Y otras, con algunos años encima, eran los registros que llevaba el Patriarca desde que esa generación de caballeros llegó al Santuario. Aunque no eran recientes, tampoco superaban las tres décadas de antigüedad, y se encontraban en perfecto estado. Había de todo: escritos a modo de bitácoras personales, bosquejos en carbonilla que reproducían fielmente algunos rincones de las doce Casas, retratos en tinta y acuarela cuyos colores apenas se distinguían unos de otros, planos de batalla... Inclusive, Sophia había encontrado, mientras revisaba los arcones y la biblioteca, una lista de compras.
Sin embargo, pese a la gran montaña que había allí, los papeles que reposaban sobre la mesa no eran ni más ni menos que una selección. Desde que el Patriarca le había comentado lo que interpretaba del recorrido de las estrellas por el cielo le era prácticamente imposible dormir, y pasaba noches enteras leyendo una y otra vez las mismas anotaciones, intentando encontrarle algún sentido al asunto, tratando de encontrar alguna relación entre las predicciones del Sumo Pontífice y los datos que tenía en mano.
Y finalmente, creía haber entendido.
Pasó los dedos sobre un dibujo hecho en tinta negra, pero que con el tiempo y la humedad se había vuelto marrón. Era la representación de la constelación de Virgo.
Astrea, la única titánide virgen. Hermana de Dices, quien la reemplazó como representación de la justicia cuando subió a los cielos...
Sophia respiró hondo y volvió a tomar asiento en la silla de madera, al lado de la mesa. Le había pedido al Patriarca que buscara en la biblioteca y en los arcones personales algún registro sobre los Caballeros de Oro que habían protegido el Santuario un par de generaciones atrás, porque creía que allí estaba la clave del asunto... Esperaba no estar equivocada. Aunque, siendo sincera consigo misma, sería mejor no tener razón. Tenía el presentimiento de que la situación era más grave de lo que habían previsto en un principio.
¿Y si lo era?
Sophia no quería pensar en esa posibilidad. Habían puesto demasiado en juego, habían hecho demasiado mal «por el bien de todos» como para que fuera inútil. Tenía miedo de que, después de todo, no hubiera sido suficiente como para frenar los acontecimientos. Y lo que era peor: ellos..., ellos sufrirían de igual forma y no sería, bajo ningún punto de vista, justificable. No habría excusa que valiera ni disculpas que pronunciar, porque todo el dolor ni siquiera tendría como recompensa el hecho de haber salvado al mundo de una catástrofe.
Tal vez no debería haber permitido que los separaran. Tal vez no debería haberse dejado llevar por los consejos del Patriarca. Tal vez la decisión que había tomado de niña, con apenas once años, le pesaría por el resto de su vida.
Tal vez.
De todas formas no había mucho que pudiera hacer para revertir la situación, y, de hecho, se odiaba por ello. Deseaba poder entender, tener la capacidad de analizar todo desde un punto de vista práctico para, esta vez, tomar la decisión correcta. Quería proteger al mundo porque se suponía que era su deber y, a la vez, su parte más humana sólo pensaba en impedir a toda costa que sus santos sufrieran más de lo que ya lo habían hecho. Porque, pese a todo, daba igual que no recordaran... no era justo que tuvieran que pasar por ese dolor de nuevo, por más que pudiera borrarlo después.
Pero, lamentablemente, no había nada que ella pudiera hacer.
― ¿Athena? ―Sophia volteó y vio al Patriarca cargando una pila de papeles en sus brazos, pidiéndole permiso con la mirada. No sabía qué Casa había protegido en su momento, si se detenía a pensar en ello; jamás se lo había dicho. Tampoco estaba muy segura de por qué le interesaba saberlo precisamente en ese momento―. Es todo lo que pude encontrar.
La joven se levantó y se acercó a él, extendiendo las manos para que depositara los documentos en ellas. Asintió con la cabeza cuando los recibió, dándole la espalda y dirigiéndose a la mesa de nueva cuenta, donde los depositó con sumo cuidado. De pie y sin apartar la mirada de ellos, simplemente dijo:
―Gracias.
El Sumo Pontífice pareció entender que quería estar sola, de modo que, aunque no estaba de acuerdo, inclinó la cabeza y se retiró cerrando la puerta tras sí, no sin antes aclararle que estaría en la Sala Patriarcal y que si necesitaba algo no dudara en llamarlo. Ella se limitó a asentir una vez más.
Tomó asiento y atrajo la pila de papeles hacia sí, dispuesta a leer uno por uno.
A medida que el día avanzaba y el sol cruzaba el cielo, Sophia pudo ver que la mayoría de los documentos eran observaciones, más que otra cosa. No había diarios personales, salvo alguna que otra nota que relatara una situación en particular. Daba la impresión de que no habían tenido tiempo para escribir. El autor del noventa y cinco por ciento de los escritos era, por lo que pudo ver, Shion de Aries: uno de los tantos Patriarcas que habían pasado por allí a través de los siglos. Sin embargo, para su enorme frustración, no encontró ni el más mínimo registro sobre el movimiento de las estrellas o las constelaciones. Cansada y comenzando a pensar que era inútil, presionó el puente de la nariz entre el pulgar y el índice mientras revisaba el último grupo de papeles. Eran unas cuantas hojas sujetas en las esquinas por un pequeño broche, y resignada a tener que leer palabra por palabra sólo para terminar en cero otra vez, se echó hacia atrás en la silla dispuesta a acabar con eso de una vez por todas. Tendría que buscar en otro lado al día siguiente; no había logrado aclarar nada.
Los ojos celestes viajaron por la primera página, perezosos, pero se abrieron con asombro cuando se dio cuenta de lo que era eso que tenía en las manos. Repentinamente despierta hojeó lo demás, sintiendo que una sonrisa triunfante tiraba de las comisuras de sus labios.
En la mayoría de los casos cada página detallaba las características principales de los caballeros, pero unas pocas tenían notas al margen, algunas más extensas que otras. Esos comentarios iban más allá de lo específicamente técnico; no se limitaban a la edad, el peso, la altura y todo ese rollo, sino que aclaraban cosas más personales. Al terminar de leer la de Aldebarán de Tauro, inhaló profundamente. Con mucho cuidado, casi como si temiera romper el papel, dio vuelta la página para leer la ficha del Caballero de Géminis. Para su decepción, sólo encontró los datos básicos.
Dejó los documentos sobre la mesa y apoyó su peso en el respaldar de la silla, cruzando los brazos sobre el pecho. Cerró los ojos e hizo una mueca cuando notó un dolor palpitante en la base del cráneo. Quería darse por vencida, al menos por ese día, pero... tal vez debería terminar de leer. O, al menos, buscar la del Caballero de Virgo. Y sin embargo había algo que le decía que no, que lo que buscaba no estaba allí, que sería una completa pérdida de tiempo.
Suspiró, cansada. El sol se ocultaba en el horizonte y era el segundo atardecer que veía sin pegar un ojo en el lapso de tiempo entre uno y otro. Obligó a sus ojos a centrarse en los documentos que acababa de dejar de lado, resintiendo la falta de luz. Decidió hacer un último intento.
Iba a volver a agarrarlos, sí, pero se detuvo cuando reparó en un sobre de papel madera, algo abultado, enterrado entre los cientos de papeles que había sobre la mesa. Frunció el ceño. ¿Cómo es que no había reparado en él antes? Lo tomó con cuidado por si había algo frágil en su interior, y se dirigió hacia la ventana para captar los últimos rayos del sol. Dudó antes de abrirlo.
El cielo, rojo y dorado.
Sangre y oro.
―Athena, lamento que crean que vives en mí. ―Habló al aire, con la mirada perdida en algún punto del horizonte―. Lamento no poder desmentir al Patriarca, lamento que todos y cada uno de los santos que viven allí abajo estén dispuestos a morir por una simple humana que ni siquiera es la encarnación de su diosa. Lamento que estén cegados a la verdad. ―Respiró hondo―. Pero por favor, ayúdame a resolver esto. Quiero protegerlos, quiero... Quiero revertir el error que cometí cinco años atrás.
Una suave brisa penetró en la habitación través de la ventana, echando hacia atrás los mechones que enmarcaban su rostro. De alguna manera eso le dio fuerzas.
Bajando la mirada, deslizó los dedos por debajo de la solapa y abrió el sobre con parsimonia, sin saber muy bien qué esperar pero deseando entender de una vez por todas qué era lo que estaba pasando a su alrededor. Las yemas rozaron algo frío y liso, y tiró hacia afuera. No pudo evitar enarcar una ceja al ver que lo que tenía enredado entre los dedos era... un collar. Muy pronto su escepticismo se transformó en confusión. ¿Qué era aquello? Le resultaba familiar, pero no lograba ubicar de dónde...
Hasta que recordó al Patriarca. Él llevaba uno exactamente igual, estaba segura. O... ¿no?
Que ella recordara, el del Sumo Pontífice no tenía cuentas púrpura. Y, sin embargo, allí estaba: entre las del centro, las verdes que deberían ir debajo del pecho, había una de ese color. Una sola, y brillaba tenuemente como si tuviera una chispa en su interior... Un pequeño resplandor que podía apreciarse pese a que el material del que estaba hecha era opaco. También le resultaba familiar, pero por más que lo intentó, no logró recordar de dónde. Se conformó con acercársela a los ojos para examinarla de cerca, aunque no esperaba encontrar nada. Después de todo, a simple vista parecía lisa, pero...
El corazón le dio un vuelco.
Había un pequeño dibujo tallado sobre la superficie de la cuenta, casi invisible. Una medialuna cuyas puntas apuntaban hacia arriba, sobre un círculo desde el cual, hacia abajo, nacía una cruz.
Sin poder detenerse, se acercó a la mesa en dos zancadas y revolvió los papeles hasta encontrar el que buscaba: el que hablaba sobre el Caballero de Géminis. Cuando lo halló sus ojos no tardaron en moverse izquierda a derecha, veloces, absorbiendo cada palabra como si le fuera la vida en ello, hasta que...
"Saga de Géminis, Patriarca del Santuario a lo largo de trece años, obtuvo ese puesto tras asesinar al legítimo, Shion de Aries. De él se decía que era la encarnación de un Dios..."
Probablemente el texto decía que era por cosas como su bondad y su justo actuar, pero Sophia no pudo leer más. Sintiendo un nudo en la garganta, pasó página tras página hasta hallar su próximo objetivo: la ficha del Caballero de Virgo.
"Shaka de Virgo, el hombre más cercano a Dios..."
Y dejando esas notas de lado, rebuscó hasta dar con la carta astral que el Patriarca había elaborado años atrás. Recordó sus palabras.
Había encontrado la respuesta que buscaba.
…
Kairos se detuvo al llegar a la Casa de Virgo.
Estaba a punto de entrar sin llamar, justo como solía hacerlo al menos una vez a la semana durante esos últimos cuatro años, pero algo le hizo vacilar. El cosmos de Dharma seguía ausente, de esa forma que, como ella bien sabía, indicaba que estaba totalmente absorbido por su mente. Perdido en la más profunda de las meditaciones, ignorante de lo que pasaba a su alrededor. Lo conocía lo suficiente como para poder afirmar que había algo que lo turbaba. A tal punto, que debía recurrir al estado más puro de reposo para ordenar sus ideas.
Sin embargo, no fue eso lo que la detuvo. En circunstancias normales, habría dado media vuelta para seguir con su vida, dejándolo a él en paz hasta que terminara. O habría entrado en la Casa de Virgo de todas formas para arrancarlo de ese estado e intentar obligarlo a confesarle qué le pasaba aunque no diera resultado.
No, ella estaba acostumbrada a ver a Dharma así. Lo que la había paralizado en el lugar fue el hecho de percibir cierta... «dualidad» en su cosmos. Y es que no se le ocurría otra palabra para describirlo excepto esa. Eran como dos fuerzas chocando entre sí pero a la vez conviviendo en armonía. Era guerra y gloria. Era paz y vacío. Era odio y amor. No estaba segura de cómo lo sabía, pero allí estaba.
Una imagen revoloteó delante de sus ojos por unos instantes, desencajándola y obligándola a reaccionar. Reprimió un escalofrío. Entró en el templo imprimiendo fuerza y peso a sus pasos, buscando que resonaran e hicieran eco, como si el ruido fuera suficiente para borrar la visión velada.
Ríos de sangre. Hilos de oro.
La sala principal de la Casa de Virgo estaba vacía. Algunos rayos de sol se colaban entre las columnas de la entrada, haciendo que el mármol brillara tenuemente. Era extraño; Dharma solía meditar allí mismo, de forma que pudiera percibir presencias extrañas pese a su estado de aletargamiento terrenal, pero no lo veía por ningún lado. Se dirigió al ala privada, a la cual se accedía por una puerta de cedro sencilla. Nada. La sala de estar estaba tal cual la había dejado cuatro días atrás, cuando ella, Deyanira y el dueño de casa se reunieron para tomar una taza de té. Ni siquiera se molestó en revisar la cocina, la habitación o los demás espacios: era evidente que su amigo no estaba allí.
Iba a dirigirse hacia la salida de la Casa de Virgo cuando percibió el cosmos de Dharma otra vez. Frunció el ceño, porque según lo que parecía, provenía de las puertas dobles que daban al jardín. Se acercó a ellas con lentitud, casi como si temiera que le saliera tentáculos y la estrangularan. Nunca había estado allí, pero tenía la sensación de que, de alguna forma, conocía el lugar.
Últimamente tenía muchos presentimientos y muchas sensaciones infundadas.
Renegando consigo misma, empujó las puertas hacia adentro y éstas se abrieron sin oponer resistencia alguna. Una suave brisa cálida le echó el cabello hacia atrás y le hizo llegar un sutil perfume de flores, que vagamente identificó como cerezos.
El lugar era impresionante.
Pese a que el sol ya estaba ocultándose en el horizonte cuando Kairos entró a la Casa de Virgo, allí todavía había suficiente luz como para ver cada brizna de pasto y cada flor. La tierra bajo el césped formaba colinas bajas, y sobre una particularmente más alta, elevándose sobre las otras con gracia, había dos árboles gemelos. Debajo de ellos, Dharma de Virgo meditaba.
Se acercó a él en silencio, deteniéndose a unos dos metros. Había algo en ese lugar, en esa situación, que le hacía «ruido». No era exactamente una sensación de déjà vu ni un presentimiento; era, más bien, como un zumbido molesto en el fondo de su mente. Lo sentía como una mosca: incapaz de ignorarlo, incapaz de atraparlo.
―Kairos. ―La Amazona de Acuario se limitó a mirar a su compañero, quien como gesto de reconocimiento, le sonrió con cierta dulzura―. Te noto preocupada. ¿Ocurre algo?
Ella desvió la mirada pese a saber que él no la estaba viendo. No directamente, al menos. Era consciente de que Dharma se guiaba por los cosmos para entender quién era quién, y debía admitir que ese método parecía mucho más efectivo que simplemente absorber todo por los ojos. Por ese motivo, enfrió el suyo unos cuantos grados. No quería que la sometiera a un examen psicológico.
―Eso debería preguntar yo.
―No veo por qué. ―El Caballero de Virgo acentuó un poco la sonrisa, sin molestarse en abrir los ojos―. No soy yo quien se siente atascado en el presente por una decisión que tomó en el pasado.
Kairos se tensó imperceptiblemente.
―Es evidente que no. Jamás tomaste una decisión de la que te arrepintieras.
― ¿Cómo puedes estar segura?
―Porque eres... ―Tuvo que morderse la lengua por un instante, sintiendo que su corazón se aceleraba un tanto al darse cuenta de que estuvo a punto de cometer un error garrafal―. Eres la reencarnación de Buda.
Dharma notó la pequeña pausa en mitad de la frase, pero decidió ignorarla. En cambio, se dedicó a juguetear con el rosario que llevaba enredado en el brazo derecho, sin dejar de sonreír.
―No veo cuál es el punto de eso ―comentó―. Sigo siendo un ser humano.
La Amazona de Acuario sintió como si la hubieran golpeado en el pecho. Meneó con la cabeza ligeramente, aún sabiendo que su amigo no podía ver ese gesto.
―Supongo.
Dharma ladeó la cabeza levemente, como invitándola a continuar con lo que fuera que quisiera decir, pero Kairos lo ignoró y él no insistió. La joven finlandesa se sentó en el pasto y apoyó la espalda en uno de los árboles, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.
¿Durante cuánto tiempo más seguirían jugando ese juego?
