Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18


Capítulo editado por Jo Ulloa de Betas FFAD

Recomiendo: What You Need – The Weeknd

Capítulo 11:

El fin de las excusas

"Sólo quiero llevarte allí

Él no tiene que saber a dónde

¿Acaso él te toca así?

Déjame ver cómo te muerdes los labios…"

Edward se fue hacia la cocina americana para intentar ocultar su erección, mientras yo me escabullí en mi habitación para ponerme pantalones y no seguir con el espectáculo que pudo ser descubierto por Alice.

Rápidamente me miré en el espejo de cuerpo completo, viendo las ligeras marcas rojas que Edward había dejado en mis caderas, solo en minutos de una intensidad abismante. Aún conservaba los movimientos agitados en mi pecho, como también las mejillas rojas como un par de fresas. Me toqué los labios; estaban hinchados y aún podía sentir el calor de su lengua.

Escuché cómo Alice se alegraba al ver a Edward en la cocina, para luego preguntarle hace cuánto tiempo había llegado.

—Solo hace minutos. Venía a verte por un rato, pero no te encontré —le comentaba Edward con la voz serena.

Era increíble cómo cambiaba su tono cuando me hablaba a escondidas, cómo esa melodiosa voz encantadora que usaba para el exterior se tornaba radicalmente en una poderosa arma que podía volverme loca.

Si en este momento fueran los premios Oscar, de seguro él sacaría el premio principal y yo estaría en el público, viendo mi fracaso en pantalla.

—¿Y Bella? —le preguntó su sobrina.

—¡Aquí! —exclamé, caminando con toda la naturalidad que pude a la sala.

Edward al verme me dio una mirada prometedora, casi arriesgada, desde la cocina. Estaba con ambos codos apoyados en la isla, sujetando su barbilla con los nudillos de sus manos. De pronto hizo un gesto ligero con sus manos, apuntándome hacia el pecho. Me miré y noté que tenía parte del sujetador al descubierto, probablemente por el jaleo de hace un minuto. En cuanto me acomodé la playera él sonrió.

Entonces Alice se giró a verme y darme un abrazo, ajena a todo. No sé por qué, pero sentí que había hecho algo malo.

¿Realmente lo era?

—Iba a irse, pero alcanzaste a llegar —le comenté, caminando hacia Señor Calabaza para que dejara de mirar a Edward con cara de pocos amigos.

—Es verdad, aunque con tanta insistencia de parte de la Srta. Swan para que me quedara estuve a punto de esperarte toda la noche si era necesario —dijo con su increíble y natural encanto.

Tensé la mordida y luego me obligué a sonreír.

—Es lo menos que puedo hacer —solté.

Edward podía sacarme de quicio de un momento a otro. Claro que, con esa misma facilidad, podía hacerme desearlo de una manera férvida y casi animal.

—Es bueno que pasen tiempo juntos —nos dijo ella, sentándose a mi lado para acariciar las regordetas mejillas de mi perro—, no quiero una boda como la de Jessica.

—Fue una amiga de Alice —me explicó Edward al notar mi cara de curiosidad—. Sus padrinos de boda se odiaban y acabaron dando un espectáculo en plena fiesta de casados.

Nos miramos, conscientes de lo que podía suceder con la concisa historia que llevábamos. Explotar quizá era una de las cosas más mínimas que podíamos provocar en una boda.

—Hace un rato tuvimos una charla bastante alentadora. El Sr. Cullen tiene una labia bastante interesante —musité. Él enarcó una ceja de forma juguetona, mientras su sobrina no nos miraba.

—Eso quiere decir que se están llevando bien —dijo ella, volviendo a poner sus ojos en nosotros.

Nos volvimos a dar una mirada. Recordé el ajetreo de sus besos y sus caricias, justo en la pared que colindaba con la sala de mi departamento.

—De maravilla —expresó él—. Pero bueno, te esperaba para comentarte que mis padres ya están en Nueva York, lo primero que han hecho ha sido preguntar por ti. Quieren verte pronto, están muy ansiosos.

—Oh… —suspiró Alice—. Los he extrañado tanto este último tiempo. Los llamaré mañana a primera hora, ¡no puedo esperar por verlos!

Se notaba muchísimo que Alice fue una niña muy especial en esa familia, sus abuelos debían quererla muchísimo, tanto como ella. La expresión ansiosa en su rostro por verlos reflejaba incluso más de lo que se podía calificar.

—Y créeme que están muy entusiasmados por ver a Jasper. Aunque mi aprobación los ha tranquilizado, aún están muy ansiosos por saber quién fue el chico que le robó el corazón a su pequeña Alice.

—Mi precioso Jasper les robará el corazón —dijo ella con determinación.

—Por supuesto, los Swan tenemos una habilidad casi mágica para robarles el corazón a los demás —exclamé divertida.

—¿Al menos te ha llevado al restaurante que yo les recomendé? —inquirió Edward.

De seguro era el restaurante donde Ángela trabajaba, aquel precioso lugar en el que ella vio a Edward y a su… amiga.

—Por supuesto. Era un restaurante fabuloso, ¡todo era magnífico! —exclamaba con entusiasmo—. ¡Estoy enamorada del hombre más increíble del mundo!

—Moriré de envidia, créeme —le dije divertida.

Ella me dio una mirada engreída y elevó su barbilla en plan de broma.

—Deberías encontrar un hombre igual o mejor que el mío, estoy segura que estarías prendada de él peor a como estoy yo ahora.

—Lo que sucede es que caballeros como mi hermano hay pocos. —Miré detenidamente a Edward, quien aún mantenía esa ceja enarcada—. No he tenido la oportunidad de encontrarme con uno.

—O quizá la Srta. Isabella ya lo ha hecho y no quiere contárnoslo —respondió él, volviendo a recargarse en la isla de mi cocina.

Entrecerré mis ojos, captando su mensaje. No iba a darle en el gusto.

—Bueno sí. Trace, mi colega, resultó ser un hombre muy detallista y caballeroso. Es una suerte que pueda verlo todos los días.

La expresión de Edward se tornó seca. ¡Bingo!

Pero entonces dedicó su atención al iPhone que vibraba en su pantalón. Al leer la pantalla frunció ligeramente el ceño y escribió con rapidez, probablemente respondiendo un mensaje bastante importante.

Quise seguir mirando, pero Alice comenzó a hacerme preguntas sobre Trace, por lo que tuve que centrar mi atención en ella.

—Bien, tengo que irme. No quiero importunar, ya es bastante tarde —dijo Edward, guardando su móvil en el bolsillo del pantalón.

—¿Te han llamado desde la oficina? —inquirió su sobrina.

—N—no —musitó él—. Otros asuntos.

Le dio un beso en la frente, prometiendo verse pronto. Como estaba al lado de ella, Edward también se acercó a despedirse, pero solo con un apretón de manos, el que aprovechó para tocar con suavidad la extensión del dorso.

—Gracias por la hospitalidad, Isabella —murmuró, sonriéndome de manera fugaz.

Lo vi marchar por la misma puerta en la que había entrado, con esa fachada tan imponente que me volvía loca. Me fue inevitable suspirar como una tonta, recordando lo que estuvimos a punto de hacer hace un rato.

—¡Hey, Bella! De pronto te has perdido —dijo Alice.

—Perdón, ¿qué me decías?

El efecto Edward era increíble. ¿Cómo podía quitarme de la realidad con solo recordarlo? Dios mío.

—Te comentaba que Jackie me ha llamado esta tarde —Jackie era la gestora de recursos humanos en una reconocida empresa humanitaria de Nueva York—. Quiere entrevistarme personalmente esta semana, ¡le ha encantado la recomendación que hicieron de mí!

—Eso es increíble, a este paso tendrás trabajo en un santiamén.

—Solo espero dar una buena impresión.

—Por supuesto que la darás.

Resopló y se recostó con Señor Calabaza, que dormía a mi lado del sofá.

—¿Te cuento un secreto? —Asentí, expectante—. Jackie trabaja para una amiga muy íntima de mi tío, fue él quien le comentó mis deseos de trabajar para su empresa, que es muy importante en Estados Unidos.

—¡Entonces no tienes por qué preocuparte! Habría dado la vida por tener alguna ayuda cuando más necesitaba encontrar trabajo.

—Mi plan era buscar trabajo por mis propios medios, no con las influencias de mi familia.

—No digas eso. Fuiste la mejor en tu generación, ¡yo no dejaría pasar una oportunidad como esa! Tener a alguien como tú en mi personal sería un privilegio.

Alice alargó sus brazos hasta mi cuello para darme un abrazo. Me puse a pensar en el tiempo que ya llevábamos de conocernos y cómo nuestra relación se había hecho tan estrecha. No me equivocaba al pensar en Alice como una amiga más en mi vida.

—La verdad es que Tanya no es muy abierta a contratar a cualquier persona para su empresa. Me he sorprendido al saber que Jackie quería entrevistarme. Mi tío supo convencerla o simplemente le ha encantado mi proyecto.

Tanya… Claro, la amiga de Edward.

—¿Tanya? —pregunté, haciéndome la tonta mientras acariciaba el lomo de mi perro.

—Tanya Denali es una amiga de mi tío, se conocen hace muchos años. Es la directora de una compañía sin fines de lucro, encargada de ayudar a muchas fundaciones de países en guerra. Entrar ahí es muy difícil.

Vaya, una mujer con un plan de vida muy interesante. Debía ser muy inteligente, como Edward.

—Debe quererte mucho y confiar enormemente en tus capacidades para haber sido convocada a una entrevista con su personal de recursos humanos, ¿no lo crees?

—Yo creo que también lo ha hecho por Edward —dijo. Aquello llamó suficientemente mi atención.

—¿Por qué lo dices?

—Porque haría cualquier cosa que él le pidiera.

Unos muy buenos amigos. Por un momento me pregunté si algún día podría conocerla, algo me hizo despertar cierto interés por aquella mujer.

—Tu tío te quiere muchísimo, ¿eh? —Alice sonrió en cuanto le dije eso, parecía consciente del cariño que él le tenía, pero cada vez que se lo decía se notaba tan orgullosa de escucharlo. Sin lugar a dudas ella debía admirarlo profundamente.

—Cuando yo era pequeña recuerdo ir a su habitación alegremente cada vez que regresaba de Princeton para las fiestas de navidad. Me subía a sus brazos y él me giraba por toda la casa. Odiaba que le dijera tío Edward —rio, contagiándome de ella—. Prefería que le dijera simplemente Edward.

Fue inevitable no imaginar a un Edward joven, con unos 20 años a cuestas, inmaduro, con toda la vida por delante, lleno de sueños y deseos. Debió ser tan atractivo como lo era ahora. Pero también pensé en esa adorable relación que tenía con su sobrina. Sonreí, porque aquello me parecía lo más hermoso del mundo.

El Edward coqueto y seductor me encantaba, no podía negarlo, pero el adorable y familiar me gustaba incluso más… aun cuando él jamás sería así conmigo.

—Debiste ser muy celosa con sus novias, no puedes negármelo —exclamé. Alice asintió, muerta de la risa.

—Odiaba saber que estaba con alguien, ¡dejaba de prestarme atención!

Debieron ser muchas las chicas que quisieron intentarlo con él, no me cabía duda. ¿Habrá habido alguien que penetrase su corazón? Tenía 41 años, me parecía imposible que en toda su vida no haya encontrado a alguien suficientemente buena para él.

—Ninguna me gustaba, todas parecían más interesadas en lo que significaba estar con un hombre como él, más que quererlo de verdad —me dijo—. Hasta que…

Cerró los labios de golpe y prefirió dejar de mirarme.

—¿Hasta qué? —insistí.

—Nada —dijo categórica.

Claro que no, Alice no quería contármelo. ¿Qué significaba eso?

—Entonces, ¿ahora es un hombre soltero? —inquirí con atrevimiento.

Ella enarcó una ceja.

—¿Es que te interesa conocerlo? Tanto interés parece sospechoso.

Me ruboricé de forma instantánea. Carajo, ¿se había notado mi entusiasmo por saber más de él? Pero Alice volvió a reírse, esta vez de mí.

—Tranquila, solo bromeo, no parece ser de tu tipo.

Carraspeé. No sabía qué responderle.

—No, la verdad no suelo estar interesada en hombres mayores —susurré.

Me sentía pésimo mintiéndole a una amiga, sobre todo a Alice, que siempre ha sido sincera conmigo. Me estaba convirtiendo en un monstruo mentiroso.

—Eso es bueno. Muchas amigas mías han querido salir con él, ¡mi respuesta categórica es no!

Bastante categórica, la verdad. Me pregunto qué cara pondría si supiera…

—Preguntaba porque me llamaba la atención, nada más —le dije.

—Pues no lo sé, no puedo asegurar que esté soltero. Es decir, es guapo, inteligente e interesante, ¿crees que una mujer deje pasar la oportunidad de conocerlo? Además, hace un tiempo supe que se mensajea con una mujer, solo espero que no me la presente porque me caerá mal enseguida.

Me levanté del sofá, algo incómoda por lo que Alice me estaba contando. "Tú fuiste la interesa en saber más de su vida, ahora te aguantas", pensé internamente. Dios, ¿quién me envía a andar de curiosa por la vida?

—Parece que sí he despertado tu interés por él, ¿eh, Bella? —volvió a molestar.

—Solo… quiero saber más del padrino —murmuré dándole la espalda.

Me metí a la cama luego de una larga ducha reflexiva, mirando el techo desde donde colgaban diferentes atrapasueños, los que acostumbraba a confeccionar hace algún tiempo para vender y costear algunos medicamentos de Todd. Siempre solía mirarlos para conciliar el sueño cada vez que alguna preocupación o incomodidad me quedaba en la cabeza y mi entusiasmo por no amargarme la vida no era capaz de eliminarlos.

Y heme aquí, dándome vueltas en la cama mientras recordaba a aquel dueño de ojos verdes. Entonces llegué a la conclusión de que mi vida era mucho más fácil antes de conocerlo, antes de siquiera ganarme ese ticket en su puto crucero. Mis mayores preocupaciones eran Todd, mi padre y mi maldito trabajo, no había ningún hombre que fuese capaz de desequilibrar tanto mi paz interior, hasta el punto en que prefería no haberme cruzado con él para mi propia salud mental.

Me di otra vuelta, ahora mirando hacia la ventana de mi habitación. Las luces neoyorkinas también eran suficientes para calmar mis inquietudes, pero por supuesto, ¿qué podía tranquilizarme cuando se trataba de él? Lo único que hacía mi cabeza era imaginar el caos que se habría producido si Alice nos hubiera encontrado en medio de la sala, besándonos acaloradamente, a punto de quizá cometer el peor de los errores. Porque, si besarlo la primera vez se había convertido en mi condena, permitir que sus caricias fuesen aún más allá sería realmente mi sentencia de muerte.

—Una muerte anunciada —susurré en la oscuridad.

No sabía por qué tenía esta extraña sensación en mi pecho, algo de alivio y desesperación. Me aliviaba que Edward no estuviera casado, o comprometido, pero me desesperaba que una de mis excusas para separarlo de mí ya no tuviera validez. Era cosa de repasar lo que habíamos estado a punto de hacer de no haber aparecido Alice.

Pero la conversación con ella tampoco fue alentadora. Por más que me regañara a mí misma por sentirme molesta por lo que me había comentado hace un rato, no podía dejar de sentirme embaucada por él. Sí, no estaba casado, pero la mujer del mensaje existía, y Edward tampoco negó tener una relación con la mujer de aquel maldito texto que leí en el crucero. Alice también lo sabía, o al menos lo pensó.

Por alguna razón, odiaba ser el juguete de Edward mientras existía ella detrás de sus putos mensajes. Me enervaba a tal punto que la rabia comenzaba a consumirme de a poquito.

Y aún así olvidé todo, entregándome a sus besos, olvidándome hasta de mi nombre.

—Hijo de puta.

Golpeé los edredones y luego me oculté entre medio de ellos, solo con los ojos y la nariz fuera de la cama.

—¿Qué hago? —susurré a la nada.

A los segundos volví a tener una rabieta.

—Si quiere coger que busque a esa zorra del teléfono —exclamé, tapándome toda la cara con la sábana—. ¡Y buenas noches, hijo de puta! —exclamé, sacando la cabeza de mi improvisada cueva.

Los ojos brillantes de Señor Calabaza asomaron desde los pies de mi cama, como si me estuviera reprochando.

—Y tú duérmete —lo regañé. En respuesta solo recibí un suave bufido.

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Estaba nerviosa frente a mi closet, mirando detenidamente mi ropa y sin saber qué ponerme.

Alice me había llamado hace tres horas para decirme, sin preámbulos, que iríamos a cenar a casa de sus abuelos, la cual quedaba bastante lejos de la ciudad. Nos acompañaría Jasper, por supuesto, con quien iríamos en su nuevo coche. Los Cullen tenían especial entusiasmo por conocerlo, pero también por conocerme a mí, probablemente por todo lo que Alice les estuvo contando.

—¡Bella! ¿Estás lista? —exclamó mi cuñada, cerrando la puerta principal.

—¡Tengo un problema! —le grité desde mi habitación, mirando con descontrol el desastre que había dejado en mi cama, con toda la ropa desparramada y los zapatos y tacones revueltos por el suelo.

Su cabeza curiosa asomó por el umbral de mi puerta abierta, largándose a reír enseguida al ver mi desesperación.

—Al menos ya estás duchada —me dijo, entrando al cuarto y levantando en cada paso un par de tacones.

Bufé y me senté en el pequeño sofá de una pieza, el único lugar despejado para descansar.

—¿Estás nerviosa? —inquirió con una sonrisa.

—Sí —respondí con sinceridad—. Digamos que conocer a los Cullen resulta intimidante.

—Jasper estaba igual de nervioso que tú. —Comenzó a revisar entre mis cosas, buscando alguna prenda que fuese a sentarme bien para una cena sofisticada, con la familia más sofisticada que podré conocer en mucho tiempo.

—¿Al saber que conocería a tus abuelos?

—No. Al conocer a mi tío —murmuró divertida.

Me puse a reír. ¿De verdad estaba nervioso por conocer a Edward?

—No imaginaba que conocerlo fuese tan tenebroso para mi hermano.

—Lo era. Mi tío fue especialmente serio con él en un principio, pero no puede ocultarlo, suele ser muy celoso cuando quiere a alguien.

Un Edward celoso. Debía ser gracioso presenciar una rabieta celosa, viniendo de un hombre que exteriormente suele verse tan maduro y controlado.

—La diferencia es que tú no te casarás conmigo —exclamó, caminando hacia mí con un vestido que había pasado por alto—. Aunque viendo nuestra química, creo que me equivoqué de hermano. —Me movió las cejas de forma coqueta y puso el vestido frente a mí—. Te verías hermosa con esto, ¡póntelo!

Tomé las esquinas de él y lo modelé frente al espejo, apretándolo contra mi cuerpo. Parecía ser de dos piezas, pero no lo era. La parte superior era de un delicado color amarillo claro, con el pecho levemente descubierto para lucir un collar y las mangas hasta la mitad del brazo; la espalda tenía un escote delicado y natural. La zona inferior era negra azabache, lisa y apretada a la anatomía, provocando que mis atributos se lucieran de forma natural y sofisticada, acabando dos dedos antes de mis rodillas.

—Estoy pensando seriamente en quitarle la prometida a mi hermano, ¡este vestido está perfecto!

—Mis abuelos ya te adoran —me comentó desde atrás, apretando mis brazos y mirándome a través del espejo.

Me giré para comprobar que ello no sea una broma. ¿Ya me adoraban? ¿Cómo, si no me conocían?

—Les he platicado mucho de ti —dijo—. Mueren por conocer a la mujer que se ha ganado mi corazón de tal manera que la he asignado sin pensarlo en el papel más importante de mi boda.

—Espero no decepcionar sus expectativas —musité con una sonrisa.

—Solo sé tú, ¡yo ya te quiero por quién eres!

Le di un abrazo apretado, pero entonces miré el reloj de mi pared y comprobé que ya se estaba haciendo demasiado tarde, Jasper llegaría muy pronto y él odiaba esperarnos.

—Tengo que vestirme, ¡y tú ve a hacerlo también! Tu novio llegará y si nota que ambas estamos atrasadas, a quien querrá culpar será a mí —le ordené.

Alice se marchó mostrándome la lengua y dejándome con una sonrisa sincera en la cara y con aquella ansiedad propia de mí cada vez que estaba a punto de llegar tarde a algo. Bueno, algo recurrente en Isabella Swan.

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.

El nuevo coche de Jasper era un regalo que se había hecho por haber encontrado trabajo tan luego. ¿Quién iba a decir que necesitarían tan pronto a un físico aquí en Nueva York? Lo importante era que, si Alice brillaba en esa entrevista —lo que sería así, por supuesto—, ambos estarían estables para cuando se casaran, quizá con su nueva casa lista.

—¿Entonces me dejarás, Alice? —le pregunté con un puchero.

—No es definitivo, pero tampoco quiero abusar de tu hospitalidad.

—No es ningún abuso —murmuré—. Al menos tengan muchos bebés. Quiero ser la tía favorita de todos ellos.

Ellos se miraron y sonrieron de inmediato.

—¿Te cabe alguna duda? —inquirió mi hermano, mirándome por el espejo retrovisor.

—¿De qué? ¿De los hijos que tendrán o de mi indudable papel de tía divertida?

—De ambos —respondió Alice.

—Al menos ustedes lo saben. Además los querré más, porque Emmett y Rosalie parecen querer tenerlos cuando su fertilidad esté seca como una pasa.

El recorrido a casa de los Cullen resultaba eterno. El paisaje se había tornado oscuro, apenas podía ver los frondosos bosques a las afueras de Nueva York. Según mi reloj de pulsera ya debían ser las 8 de la noche; llevábamos media hora ya de viaje.

Alice hablaba con Edward, quien también cenaría con nosotros en casa Cullen. No podía mentir, saber que estaría ahí me provocó un intenso remezón en las entrañas. "Al parecer no has aprendido nada de la conversación de ayer", me dijo mi conciencia. La envié de inmediato a freír monos al África, no necesitaba de mis auto sermones.

La ansiedad comenzó a acrecentarse en mí cuando Alice le dijo a Jasper que ya estábamos cerca. ¿Por qué me ponía tan nerviosa? "Porque son los padres de Edward", afirmó la voz en mi cabeza.

Aparcamos frente a un camino de piedras que conducían a una casa muy grande, en medio de un bosque casi fantasioso. Unos cuantos coches también estaban aparcados a un lado de nosotros, incluido el maldito Cadillac de Edward.

En cuanto bajé me quedé boquiabierta por la hermosa casa de los Cullen. Era moderna, llena de luces diminutas, con una arquitectura digna de ellos. Podía imaginar rápidamente cómo serían ellos, con una delicadeza única y tan sofisticada que escucharlos debía ser un encanto.

—Hace tanto tiempo que no venía —susurró Alice, tomando la mano de Jasper.

—Es precioso todo el lugar —comenté.

Mis tacones resonaron por el camino de piedras y por un instante temí caerme. No era demasiado ágil cuando estaba nerviosa.

Mi cuñada, con cierto entusiasmo, tocó el timbre principal, una caja dorada con un escudo en la parte superior. ¿Qué significaba? Iba a preguntarle, pero nos abrió una mujer delgada y muy alta, con un cabello cano y en lo alto de la cabeza. Sonrió al vernos, especialmente al ver a Alice.

—Bienvenidos, los están esperando.

—¡Rebecca! —exclamó la pequeña Cullen, dándole un abrazo muy apretado—. Te presento a mi prometido, Jasper, y a su hermana, mi amiga y, por supuesto, mi flamante madrina de bodas, Bella.

—Es un gusto conocerlos. Soy Rebecca, ama de llaves de la casa —dijo con solemnidad, abriéndonos la puerta de par en par para que pudiéramos pasar.

Debía parecer una tonta y maleducada, mirando tan atentamente la grandeza de la casa Cullen. Todo era tan iluminado, y las ventanas tan grandes que podías ver el espectacular bosque en todas las esquinas. Había muchos cuadros colgados, muy probablemente originales y de artistas consagrados, como también jarrones marroquís e hindús. La chimenea no estaba encendida, pero pensé en lo hermosa que debía verse brillando en un lugar como este.

—Hey, Bella, ven a saludar —me dijo Alice entre risitas, quitándome de mi paseo por la hermosa decoración del lugar.

Al girarme me encontré con los Cullen de frente. Casi me muero de la impresión.

—Así que esta señorita tan curiosa es la famosa Isabella Swan —exclamó una mujer. Tenía los ojos tan verdes e inconfundibles, que no dudé en ningún minuto de quién era.

—Lo siento, tiene una casa preciosa —le dije con algo de pudor. Dios mío, el tipo de pudor que no frecuentaba en mi vida.

Ella sonrió de improviso. Era una mujer preciosa. Si no supiera que tenía un hijo de 41 años, sinceramente no le daría más de 50 y algo. Sus facciones eran finas, delicadísimas, con un cabello caramelo que me hacía recordar un tanto al cabello de su hijo. Llevaba un vestido recto de color azul marino, que entallaba su figura de manera elegante.

—No tienes que disculparte, ¡todo esto es para que lo vean! —Se acercó, puso sus manos en mi hombro y me dio un beso en cada mejilla—. Soy Esme, es un gusto conocerte. Supieras lo bien que han hablado de ti.

Dios, me arrepentí de haberle dicho "hijo de puta" a Edward tantas veces.

—Créeme que Alice ha hecho gala de tu encanto, pude notarlo de inmediato, por supuesto —afirmó él, que hacía gala de su sofisticado semblante y de su increíble forma de llevar los años. Era indudable, Edward había sacado aquel brío tan delicioso de parte de su padre y, por supuesto, aquella fachada masculina, imponente y atractiva—. Soy Carlisle.

Era un hombre de intensos ojos azules y un cabello que, si bien podía ser cano, también tenía un toque rubio que llamaba mucho la atención.

—Les dije que era encantadora —exclamó Alice.

—Y este muchacho es el famoso Jasper, ¿eh? —Carlisle y Esme se acercaron a la pareja para saludar, sobre todo a mi hermano que parecía bastante tranquilo.

Edward me miraba con aquel brío divertido en sus ojos, expectante por mi saludo. Cada vez que lo veía mi estómago se retorcía de una manera que me hacía perder por unos segundos la razón, porque en cada momento parecía más y más atractivo. ¿Cómo demonios lo hacía? Era impresionante cómo cada prenda que utilizaba le hacía realce a lo que Dios le había dado. Ahora, con su elegante pero "sencillo" traje caro de color gris, el color de sus ojos parecía más intenso… como también su forma de fijarse en mis movimientos.

—Buenas noches, Srta. Swan —me saludó, entregándome una copa de champagne—. Es un gusto tenerla en casa de mis padres. —El tono de su voz era sencillamente delicioso, pero con algo de diversión pícara.

—Buenas noches, Sr. Cullen. Veo que hoy está de muy buen humor —señalé, mirando el nudo de su corbata azul para huir de sus intensos gestos hacia mí. ¿Cómo demonios hacía que me pusiera tan nerviosa, si solo anteayer lo había insultado más de tres veces en mi mente, indecisa entre la idea de alejarlo de mí o seguir con sus jueguitos?

—Es complicado no tener una sonrisa en los labios si usted llega aquí y se planta tan preciosa con ese vestido —confesó, llevándose la copa a los labios. Luego acercó sus labios a mi oreja derecha y susurró—: a pocas mujeres les queda tan bien ese color, aunque, si lo pienso bien, quitárselo debe ser aún más delicioso, ¿no lo cree?

Me obligué a tragar para calmar mi ansiedad.

—Es una lástima que no pueda hacerlo, ¿no lo cree? —le dije, copiando su descaro.

Se largó a reír, dejando ir su respiración en mi oído. Tuve que aferrarme a la copa para no dejar ir un jadeo y terminar con mi actuación.

—¿En serio crees que no puedo hacerlo? Mírate, sé que lo deseas. —Su voz se fue haciendo más baja, hasta el punto en que se convirtió en un gruñido feroz.

¿Cómo engañarlo? Mi cuerpo hablaba por sí mismo y Edward era capaz de entenderlo perfectamente. Mi deseo era su nuevo lenguaje.

—Gracias por el champagne, Sr. Cullen —exclamé para que los demás escucharan. Se separó de mí, chocando su copa con la mía.

Esme nos llevó a la sala, comentándonos que la cena estaría lista en un rato. Desde el sofá podía sentir el aroma a especias y algo más, quizá pavo.

El salón estaba a desnivel, para llegar a él debías bajar cuatro escalones. Tenían un piano en una esquina, desde donde Edward seguramente aprovechaba de tocar de vez en cuando. También un pequeño bar, con una repisa detrás llena de licores, tragos varios y vinos de diferentes estilos. Carlisle Cullen debía ser un entusiasta de los sabores, de lo contrario no podría explicarme la exacerbada diversidad de alcoholes.

—Debo admitirlo, Jasper, me has resultado increíblemente guapo. Creo que mi nieta se ha ganado el premio mayor —comentó Esme, sentándose a mi lado con total elegancia. Su vestido ciruela apenas se movió, sus movimientos eran calculados, dirigidos con una presencia abismante.

Ver a mi hermano sonrojarse me provocó tanta gracia que casi me largo a reír a carcajadas, pero preferí evitarlo para no destruir la elegancia del ambiente.

Mientras, Carlisle estaba junto a su hijo, conversando de algo que no me incumbía en absoluto. Parecían muy enfrascados en el tema. Ambos tenían algunos gestos muy similares, por lo que me fue inevitable sonreír.

—Esperaba que lo del premio mayor se lo dijeras a Jass y no a mí —exclamó Alice, haciendo un puchero muy infantil.

Cuando ella hacía esas cosas Esme la miraba con ternura y le pasaba su mano por el brazo, acariciándola. Debía quererla de una manera muy intensa, como si fuera su verdadera madre. Me habría encantado tener un soporte materno como el de ella; me hacía muy feliz saber que Alice sí lo tuvo.

—¿Lo ves? El encanto Swan es impresionante —la molestó mi hermano—. Muchas gracias por la invitación, Sra. Cullen, es un placer poder estar aquí. Alice hablaba de ustedes todo el tiempo allá en Austria, sin duda los extrañó.

El sonido del timbre volvió a sonar. Rebecca, la ama de llaves, fue tras la puerta con su recurrente solemnidad.

—Debe ser Ethan —dijo Esme, levantándose con entusiasmo de su sofá.

¿Ethan? ¿Quién era él?

—Es mi tío menor —me comentó Alice, seguramente por mi rostro curioso.

Cuando Rebecca abrió, unos brazos masculinos la rodearon con total confianza, abrazándola de manera entusiasta.

—No incomodes a Rebecca, Ethan —lo regañó su madre, caminando hacia ellos.

Ethan Cullen era una versión más joven de su padre, tanto que era indudable su parentesco. Tenía un atractivo tan fresco que me fue inevitable no quedar mirándolo por un buen rato.

Cuando vio a Alice, se acercó tan rápido como pudo a darle un fuerte apretón en las mejillas y luego un abrazo.

—Estás cada vez más grande. Es culpa tuya hacerme sentir viejo —exclamó con alegría—. Tú debes ser Jasper, el famosísimo novio de mi sobrina. —Le tendió la mano y mi hermano la estrechó con la suya de inmediato.

Ethan me miró, curioso por mi presencia. Sus ojos azules me repasaron de pies a cabeza, sin miedo de que todos fueran testigo de su descaro. Su sonrisa se hizo más ancha, brotando un hoyuelo en cada lado de su mejilla. De cerca su atractivo resultaba mucho más notorio, era indudable lo guapo que era.

—Mucho gusto —susurró, tomando mi mano con desfachatez y depositando un suave beso en el dorso de ésta. Para mí fue inevitable sonreír—. Soy Ethan, por si no has escuchado mi nombre —dijo divertido—, el menor de los Cullen.

Ethan no debía tener más de 30 años.

—Te presento a Bella, mi cuñada, amiga y madrina de bodas —exclamó Alice.

—Tenemos una madrina de bodas muy hermosa, por cierto —murmuró, guiñándome un ojo.

Miré a Edward, quien tenía fuertemente agarrada su copa, mirándonos a través de ella con cierto recelo. Fue inevitable sentir un pequeño gozo en mi pecho.

—Cuida tus manos —lo regañó Alice con una sonrisita—, la pondrás incómoda.

—No me culpen, debo ser sincero. —Ethan se encogió de hombros, sin poder quitarme los ojos de encima.

Así que había llamado la atención del joven Ethan Cullen. La idea me gustaba, no pude evitarlo. Y, al parecer, a nadie le incomodaba que él haya puesto los ojos en mí, excepto a Edward, razón suficiente para sentirme aún más divertida con la idea.

"¿De verdad crees que es fácil jugar conmigo?", quise decirle.

—No podía faltar tu increíble descaro, hermano —musitó Edward en voz muy baja. Solo Ethan y yo pudimos escuchar.

—Vaya, extrañaba tus comentarios.

Ambos se saludaron, pero no de una forma muy amigable. Parecía que no se llevaban tan bien como lo hubiera esperado.

—¿No deberíamos pasar a la mesa? —inquirió Edward, mirando su Rolex. Se veía un poco molesto.

Tocaron el timbre nuevamente, por lo que Rebecca fue tras la puerta. Esme sonrió.

—Aún faltan invitados —le explicó ella a su hijo—. Charlotte, Peter, queridos. —Se acercó a la pareja que recién había llegado, para darles un beso en cada mejilla. Al parecer eran los últimos invitados de los Cullen a la cena de la noche.

—¿Quiénes son? —le pregunté a Alice y a Jasper.

—Peter es el sobrino favorito de mis abuelos —me comentó mi cuñada—, Charlotte es su esposa.

—Fue gracias a él que Alice y yo nos conocimos —acotó Jasper, con una sonrisa—. Fue profesor en la universidad, uno de los mejores. Hace un año se marchó, le ofrecieron algo mejor aquí en Nueva York.

—¡Jasper, Alice! —exclamó Peter, estrechando sus brazos en la pareja—. Al fin han llegado a Nueva York.

—Es un agrado conocerlos —dijo Charlotte, con una voz suave y femenina. Ella era muy atractiva, tenía unos ojos tan grandes como fascinantes, de tono azul muy intenso. Su pálido cabello rubio resultaba muy brillante bajo la luz del salón, el cual llegaba a sus hombros de forma suave—. ¡Vaya!, tenemos otra sorpresa. Tú debes ser la madrina de la boda, ¿no es así? —Ella me sonrió y puso sus manos en mis hombros, tocándome con suavidad.

—Sí —le respondí con una sonrisa como la suya—. Soy Isabella.

—Es un encanto conocerte. Charlotte. —Dio dos besos, uno en cada mejilla—. Él es mi esposo, Peter —me lo presentó con dulzura, refiriéndose al hombre que me observaba con entusiasmo.

—Mucho gusto, Srta. Swan. —Él tomó mi mano y se agachó ligeramente. Era un hombre muy educado.

Peter fue tras Edward, saludándolo con un cariño muy palpable. Parecían muy amigos, lo que no era de sorprender ya que ambos debían tener la misma edad.

—Te ves más viejo, primo —le comentó Edward con una sonrisa burlona.

—Extrañaba tus malditos comentarios —le contestó él—. Charlotte, querida, ven a saludar a Edward.

Rebecca se acercó al salón, esperando la orden para ir a comer.

—Bien, Rebecca, puedes avisar en la cocina que estamos listos para saborear sus delicias. Vamos al salón comedor —dijo Carlisle con entusiasmo.

El lugar era inmenso y espacioso. La mesa, muy grande, por cierto, estaba puesta de una manera preciosa, casi le saco una fotografía. Todo en esta casa resultaba bastante sofisticado, incluido los miembros de ella. Excepto por Alice, que ante su exorbitante espíritu juvenil parecía no querer encajar en ello.

Fue una sorpresa algo incómoda saber que me debía sentar frente a Edward, que recientemente se había tensado de una manera que me llamó la atención, la mayoría de las veces (por no decir siempre), parecía un hombre relajado y despreocupado, pero ahora no. Cuando se dio cuenta de que sería yo la persona que tendría en frente solo se limitó a entrecerrar sus ojos y enarcar la ceja. Y, para peor, quien debía estar a mi lado izquierdo era precisamente su hermano menor.

Ethan fue tras mi silla para correrla como un caballero y yo pudiera sentarme. Le di una sonrisa agradecida y él la correspondió con un guiño.

—En esta familia nos gusta tratar a nuestros invitados con total entusiasmo —musitó muy cerca de mí.

—Sobre todo usted, ¿no es así? —le dije, viéndolo sentarse junto a mí.

—¿Con alguien como tú? Por supuesto.

—Entonces debe ser recurrente que mujeres como yo pasen por esta casa —musité, mirando con recelo a Edward. Él estaba haciéndose el tonto, pero sabía que nos estaba escuchando.

—¿La verdad?, no. Me he llevado una grata sorpresa al encontrarte aquí —susurró—. Por cierto, no me trates con tanto respeto, solo tengo 30 años. Dime Ethan.

Nuestra pequeña conversación se terminó cuando trajeron la entrada de camarones a la parmigiana. Se veía delicioso; me pregunté si tenían un chef especial para comer todos los días.

Ethan iba a tomar el vino, pero Edward se lo atribuyó celosamente. Ambos se miraron con cierto resquemor, lo que, por supuesto, me puso muy incómoda, todos los demás parecían estar enfrascados en su conversación sobre "la magia de la cocina francesa", mientras nosotros tres estábamos en algo bastante más alejado.

—¿Vino? —me preguntó el cobrizo. El tono de su voz no me gustó, pero lo dejé pasar porque no tenía por qué importarme su comportamiento.

—Sí, por favor —murmuré.

Edward le dio una mirada corta a Ethan, junto con una sonrisa ácida y ruin.

—¿Y entonces? ¿Cuándo será la boda? —preguntó Peter, juntando sus manos con entusiasmo. Toda la atención se centró en la pareja.

Alice y Jasper se miraron con confidencia, parecían hablar a través de las palabras. Bueno, eso sucedía cuando se estaba enamorado.

—Deben disculpar a mi esposo, se siente demasiado emocionado al saber que fue su hada madrina.

—Yo no usaría ese apodo para mí, cariño —exclamó él, lo que nos sacó un par de carcajadas—. Más bien soy… —rebuscó entre sus pensamientos— ¡un gurú del amor!

—Es cierto, es un apodo que te sienta muy bien, especialmente por lo mucho que costó conquistar a Charlotte, ¿no es así? —le dijo Edward, retomando una de sus tantas sonrisas.

Charlotte se largó a reír, mirando al cobrizo con un falso rencor en sus cuencas.

—Me comentaron que usted había sido profesor de mi hermano allá en Austria —le comenté a Peter.

—Así es. Y dime Peter, por favor, que con tanto respeto me haces sentir viejo.

—Fue el mejor profesor de física que conocí en esa universidad. Recuerdo muy bien todas las veces que me quedaba hasta más tarde para conversar tras las clases —comentó Jasper.

—Ibas tras Alice, no mientas —exclamó él entre risas—. Sucedía que Alice iba a mi clase cada tarde para almorzar juntos. Comprenderán que una chica de 21 años, sola en un país con una cultura francamente diferente, no se adapta fácilmente a ello. Fue bastante grato saber que podía contar conmigo, era su única familia ahí. Pero como deben saber, se conocieron, se enamoraron y yo quedé en segundo plano.

—Oh no, eso nunca —dijo Alice—. Cuando te marchaste te extrañé mucho y eso fue hace ya un año.

—Me marché tranquilo, sabía que estabas bien acompañada. Mis tíos estaban desesperados al saber que estarías sin mí allá en Austria, pero simplemente les dije que Jasper era el chico perfecto para ella y que la cuidaría mejor que yo. Tienes un hermano digno de admirar, Bella, debo imaginar que en tu familia son todos así.

Miré a Jasper con muchísimo orgullo, ¿cómo no sentirlo? Lo único que escuchaba eran elogios para él, viniendo de una familia muy honesta y franca como lo eran los Cullen.

—Por supuesto —respondí—. Mi padre nos crio de una manera increíble.

—¿Y cómo va el trabajo? ¿Al fin te sientes a gusto fuera de la universidad? —le preguntó Ethan a Peter, sirviéndose la copa de vino con lentitud.

—Al principio no me sentí muy cómodo, estaba acostumbrado a enseñar, pero un trabajo aquí en Nueva York era lo que necesitaba. Veía a Charlotte muy pocas veces en el año, temía que esta mujer dejara de quererme.

—Yo creo que ya lo hizo —exclamó Edward en plan de broma. La aludida le dio una mirada cómplice que probablemente a muchos ni siquiera les llamó la atención, excepto a mí.

—Peter me visitaba cada tres meses, era tan triste —exclamó ella, llevándose una mano al pecho—. Saber que al fin podía verlo más seguido significaba terminar con tantos periodos de extrañarlo. Además nuestro hijo lo extrañaba mucho más, al fin iba a verlo más seguido.

—Oh, por supuesto. ¿Qué edad tiene su hijo?

—Cinco años —dijo con orgullo.

—¿Cómo está el pequeño Dylan? —le preguntó Esme.

La conversación cambió al pequeño hijo de ellos, mientras servían el plato principal, Coq au vin, un plato bastante llamativo que jamás había visto en mi vida, con un exquisito aroma a carne, hortalizas y ligero tinte de vino.

—Es un plato muy común en Francia, suele hacerse con vinos de gran importancia, aunque es una pena que se desperdicie de esa manera, ¿no es así? —me comentó Ethan, recargándose en el respaldo de mi asiento para mirarme de más cerca.

—No creo que se desperdicie si el plato sabe tan bien —le comenté con una sonrisa.

Él también me sonrió, acercándose cada vez más a mí. En definitiva, no debía importarle en lo absoluto que estuviéramos rodeados de su familia.

—¿Qué tal le ha parecido la entrada, Srta. Swan? —me preguntó Carlisle, quien estaba en la cabeza de la mesa.

—Deliciosa, Sr. Cullen —respondí—. No había probado algo tan sabroso en mucho tiempo.

—El chef es un antiguo amigo de la familia. No creerá que siempre comemos de su mano —se largó a reír y yo me uní a él—. Solo viene a nuestra casa cuando hay motivos importantes, como ahora.

Cariño, hemos hablado mucho de la familia. Cuéntanos, ¿a qué te dedicas? —inquirió Esme, centrando su atención en mí.

Sentir la atención de todos fue un poco intimidante, pero nada podía intimidar por mucho tiempo a Isabella Swan.

—Soy contadora en Contadores Vulturi Ltda., participo en auditorías de grandes empresas internacionales.

Esme elevó las cejas.

—¡La empresa de Aro Vulturi! Es un antiguo amigo de la familia…

—No es un amigo —interrumpió Edward con frialdad.

Ella rodó los ojos y suspiró.

—Un… conocido. —Hizo un movimiento con la mano, como si le quitara importancia al asunto—. Precisamente, nuestra familia está pasando por un momento de tensión. —Se acercó un poco para susurrar—: alguien estuvo malversando fondos. Creíamos que recurrir al contador de la empresa resultaría contraproducente, ¡y tú nos has caído de cajón!

—Bueno, si a usted confía en mí podría ayudarlos.

Mientras cenábamos, el ambiente estaba dulcemente acompañado con tonadas suaves del piano, con las cuales me deleité profundamente. La Sra. Cullen pareció darse cuenta, como también su hijo Ethan.

—Te gusta el piano, eh —exclamó él.

—Suele relajarme mucho —musité un poco tímida. De seguro sabían mucho más de piano que yo.

—Mi hijo toca el piano, es fascinante —me contó Esme, mientras acariciaba suavemente el antebrazo de Edward.

Claro, ¿cómo olvidarlo? Aún recuerdo aquella vez que él me lo comentó mientras bailábamos en medio de esa hermosa pista.

—Podrías tocarnos un poco luego de cenar —le susurró ella. Edward le respondió de forma condescendiente, dándome otra mirada.

—¿Por qué no? Estoy seguro que a la Srta. Swan le encantará. —Me sonrió de forma prometedora.

—Sí, estoy segura —susurré.

—A propósito, Edward, ¿qué tal va el trabajo? Supe que estás queriendo dar un giro a tu rubro —Peter llamó la atención de todos, quienes alternaban las miradas entre él y el aludido.

Edward le dio una mirada un tanto incómoda.

—Sí, dejaré los cruceros en un tiempo más —respondió junto a un suspiro. Parecía que de un tiempo a otro ya no le gustaba hablar de eso—. Me uniré a la asociación de unos amigos, construiré buques especiales para la ONU…

—Oh, vamos, Edward, no quiero volver a escuchar eso —exclamó Esme, dándole una corta repasada con sus potentes ojos verdes—. Y tú, Peter, no deberías tocar ese tema en la mesa, sabes que no me gusta que Edward piense en bobadas de beneficencia.

Edward tragó de forma violenta y se bebió el resto del vino con algo de rabia.

—Creí que, el no haber preferido los negocios que llevas con mi padre, había sido pasado para ambos —murmuró de forma hosca.

—Basta. —Carlisle sacó la voz de forma suave pero enérgica—. Ya sabemos las reglas en la mesa: no política, religión ni temas del pasado. —Tomó su copa con elegancia, se levantó de su silla y dijo—: quiero hacer un brindis por Alice y Jasper, a quienes les deseo de todo corazón y, en nombre de la familia, que el camino hacia el matrimonio sea provisto de amor, dedicación y, lo más importante, respeto.

Todos le imitamos, elevando nuestra copa y llevándola a nuestros labios. Pero yo no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido recientemente.

Miré a Edward por un largo momento, un poco triste de que su madre haya sido tan dura con sus nuevos proyectos. A pesar que era un hombre adulto, no podía fingir que aquello no le había afectado, aunque sea un poco.

Por un instante quise arrastrar mi mano por la mesa hasta alcanzar la suya, pero por supuesto que no lo hice. Ni siquiera sé por qué pensé en hacerlo.

—Estoy muy agradecido de su hospitalidad, Sr. Cullen —afirmó mi hermano, sonriendo frente a todos los ojos expectantes—. Es un agrado estar aquí, rodeado de la familia que tanto ama a Alice. —Ambos se miraron de forma intensa.

La cena acabó con un postre de almendras a la crema, algo similar a un helado, pero no como tal.

—Hey, parece que tenemos al hijo favorito aquí —dije, mirando el postre de Ethan.

Le habían dado algo diferente, cubierto de chocolate y fresas.

—Solo soy alérgico a las almendras —me susurró con una sonrisa—. Ten, está delicioso. —Él me ofreció una cucharada de su postre, poniéndola a la altura de mis labios. En otra instancia habría disfrutado de coquetear con Ethan Cullen, pero ahora no parecía una buena idea. Sin embargo, lo hice. Me di cuenta que Esme nos observaba y, lejos de encontrar algún mohín molesto en su rostro, parecía que la imagen le divertía muchísimo.

Pero Edward tenía la mirada tan prendada de mí que comenzaba a ponerme nerviosa. ¿Qué demonios pretendía?

—Voy a considerar mentir sobre las almendras en un futuro incierto —musité, saboreándome los labios.

.

Alice me mostraba fotografías de ella cuando era solo una nena de meses. Era preciosa. Apenas tenía cabello y su pequeña nariz parecía brillar bajo la intensa luz del sol, desde donde una mujer la tenía sujeta fuertemente.

—¿Ella es…?

Asintió, mordiéndose el labio al mismo tiempo.

Tomé el álbum de fotografías con mis propias manos, mirando de cerca el rostro de la madre de Alice. Ella era hermosa, tenía el cabello negro azabache y muy largo. Usaba un vestido de esos años, lo que le sentaba perfectamente a su cuerpo.

—Esta fue nuestra última foto, antes la tenía yo pero con el paso del tiempo me fue un poco difícil mirarla. Es gracioso, ¿no? Se supone que con los años los dolores se terminan o disminuyen, sin embargo, para mí parece acrecentarse.

Claro que sí. La idea de que las tristezas mengüen con el tiempo era una babosada para mí. ¿Quién mejor que yo para decirlo?

Jasper abrazó a su novia y la apretó contra ella mientras se sentaban más juntos en el sofá. Los dejé en su burbuja mientras observaba a los demás charlando frente a la mesa de café, mientras bebían bajativos. El único que faltaba era Edward, quien se había retirado hace un buen rato a charlar por teléfono sobre "trabajo", o al menos eso le hizo creer a los demás.

—Tranquilos, no molestemos a la Srta. Rebecca, ya es bastante tarde. Yo iré a por el té —exclamó Charlotte con una más de sus complacientes sonrisas.

—Si quieres yo te ayudo —le dije.

—Oh no, tranquila, he hecho esto muchas veces.

—Ven con nosotros, esos no dejarán sus arrumacos por un buen rato —comentó Ethan, tomando suavemente mi mano para acercarme a donde estaban los demás.

La conversación se había tornado bastante divertida en boca de Peter, que tenía una increíble gracia para contar sus infortunios. Además, era un hombre muy agradable.

—Me permiten, tengo que ir al baño —le comuniqué a ellos.

—Claro, cariño —susurró Esme, más interesada en la conversación que en mí.

La casa Cullen era tan grande que parecía un laberinto sin fin. La cantidad de puertas era exorbitante. Busqué a Rebecca por algún lado para preguntarle por el baño, pero no la encontré. La única luz que se veía resplandecer era la cocina, o eso suponía. La puerta estaba entreabierta y desde la lejanía escuchaba un par de susurros que llamaron mi atención.

—Ya no puedes contar conmigo —decía Edward con voz enérgica.

¿Con quién estaba…?

—Sabes lo que esto significa para mí —le respondió una voz femenina, como si pidiera clemencia.

Me llevé la mano a los labios, sorprendida al escuchar a Charlotte.

—Tienes que contar con Peter, no conmigo —insistía él. El tono de su voz fue tan gélido, tan duro, era como si Charlotte se estuviera enfrentando a un verdadero témpano de hielo—. Esto se acabó y lo sabes bien.

—Dame una oportunidad más, Edward, por favor.

¿Oportunidad? ¿De qué?

—Basta, ya te lo dije. Esto se acabó, no hay vuelta atrás.

Sentí un remezón en mis entrañas.

—Desde que volviste de ese crucero te has vuelto…

—¿Qué? —espetó de manera más fría aún.

Bajé la mirada, inquieta y con los labios secos.

—La última vez que nos vimos ni siquiera fuiste capaz de tocarme. ¡No contestaste mis mensajes! ¡¿Qué ocurrió en ese crucero?! ¡¿Eh?!

Oh Dios mío… Charlotte era la mujer del mensaje.


¡Hola! Vengo con otro capítulo para ustedes. ¡Dios! ¿Qué me dicen? Dos nuevos personajes que son de cuidado, tanto para Bella y como para Edward. ¿Qué creen que le pasa a Bella? ¿Por qué quiso consolar a Edward en medio de esa cena con sus padres? ¿Y qué piensan de Edward y la conversación con Charlotte? ¿Por qué Charlotte habló del crucero? Aún queda mucho para estos dos, pero algo es sabido... la tentación no demorará en hacerlos estallar

Una vez más, ¡gracias por sus comentarios! Me alimentan a seguir escribiendo, de verdad ¡gracias!

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