Simplemente AMO relatar desde el punto de vista de Mello.

Debe ser porque además de que es mi personaje favorito de Death Note, me sirve mucho el estilo de narración que estoy usando para descargarme. Además de que las cosas últimamente me están saliendo tan mal que si no encuentro pronto una casa que cueste barata terminaré robando en las calles como él jaja (ahora ya saben qué fue de mí en el caso de que no vuelva a actualizar).

Ahora sí, me dejo de quejar y al capítulo...


Diablo

Detestaba aquel lugar más que a nada en el mundo. Su odio más profundo despertaba con la evocación de cada rincón, cada objeto y cada persona, incluso cada salmo y oración que allí oyera. Le había caído mal desde que bajase del amplio, oscuro automóvil en el cual lo habían transportado el primer día. Quizás la imponente construcción y sus antiguos y cuidados detalles arquitectónicos y esculturales no hubiese formado parte de su enorme colección de repulsas si no fuera por las interminables escaleras labradas que tuvo que subir a pesar de su pierna entablillada y sus diversos yesos y vendajes. Por supuesto que nadie le había dado una mano. Después de todo, no tenía demasiado equipaje, excepto por los humildes lápices y vestimentas que la caridad le había conseguido antes de enviarlo a Potsdam.

—Joven Mihael Keehl, ¿verdad?

—Sí...

Los saltones ojos celestes del sujeto que se encontraba delante suyo, un hombre de estatura considerable, rasgos y dedos largos y consumidos y abundante cabellera gris, se despegaron del grueso libro en el cual escribía con su birome dorada para observarlo como mucho dos veces, estudiándolo de arriba abajo con expresión severa.

—Bienvenido al Instituto. Esperamos que estudie como es debido y se mantenga siempre en la misericordia y el temor de Dios.

Luego de haber recibido incontables instrucciones física y mentalmente imposibles de poner en práctica a la vez, fue conducido al comedor en donde todos los pupilos estaban ya reunidos para almorzar. Lo sentaron entre un montón de niños que, debido a sus posturas rígidas y soberbias y a sus cabellos ridículamente engominados, si no fuera por sus rostros aún tiernos e inmaduros, habría sido difícil adivinar que tenían su misma edad.

La terrible incomodidad que lo agobiaba se esfumó momentáneamente en cuanto una abundante ración de comida caliente fue depositada frente a sus ojos. El aroma proveniente del plato le recordó el hambre que sentía y que había sufrido durante toda su vida, así que tomó la cuchara plateada que se encontraba a su derecha y la hundió en la sopa humeante.

—¿Pero qué crees que estás haciendo?—oyó que alguien preguntaba. Justo antes de que saborease el primer sorbo, notó cómo el niño que se hallaba exactamente frente a él le dirigía una mirada cargada de reprobación. —Aún no hemos bendecido la comida. Debería darte vergüenza.

—Lo... lo lamento—atinó a decir, dejando caer el contenido de su cuchara nuevamente en el plato.

El que lo reprendiera durante el almuerzo, se enteró al comenzar la primer lección, resultó llamarse Oscar Hartz. También resultó ser el individuo más desagradable que Mihael hubiese conocido hasta el momento. Era el primer alumno de su clase, el monaguillo preferido del Padre Frederik(aquél que le había dado esa no tan cálida bienvenida) e hijo de una familia de renombre. Parecía ser que, además de demostrar su aparente superioridad delante de todos, su pasatiempo favorito era hacerle notar al recién llegado lo desubicado que estaba en aquel sitio. Lo cómico era que sobre aquello le concedía la razón. Porque Mihael podía ser muchas cosas, pero no un imbécil. Él había oído, mientras se encontraba hospitalizado debido a la golpiza que había recibido de la pandilla, varias voces desconocidas hablando acerca de un nuevo plan de la Iglesia para reformar jóvenes delincuentes de la calle. Y claro que un pequeño e insignificante granuja como él era el espécimen indicado para poner a prueba dicho experimento. Sin embargo, no sentía que hubiese nada que "reformar" para mejor. Todo lo que percibía en el Instituto era soberbia. Un montón de inútiles creídos, niños de mamá. ¿Para qué querría él, que había conocido al verdadero ser humano, a la verdadera crudeza de la vida, aprender algo de esa clase de gente? No quería saber nada con ellos. Le daban asco, arcadas. En especial ese petulante de Oscar.

—¡Keehl!

Con toda su alma detestaba que lo molestaran durante sus oraciones. Por supuesto que no creía en Dios ni en ninguna deidad similar. Quien se tragase esas patrañas era un completo estúpido. Pero disfrutaba de los momentos en los que la respetuosa calma de la capilla reinaba, o cuando todos estaban lo suficientemente concentrados repitiendo rezos de memoria como para molestarlo. Incluso se había familiarizado con la estética y los objetos que allí podían hallarse. Los crucifijos, las estatuillas y los íconos religiosos le transmitían cierto estado de paz inexplicable. Imaginaba que quizás le recordaban a su madre, como el bello rosario rojo que le había regalado el maestro de catecismo al notar que carecía de dicho elemento para sus rezos. Entre las bonitas piezas que le había ofrecido, había elegido aquél que se parecía tanto al que solía llevar mientras vivía en las calles.

—Keehl—. Las palabras de Oscar se oyeron con resonancia en el sagrado sitio. Su expresión era la de costumbre, seria y arrogante. —Tu cabello está demasiado largo. No puedes pretender permanecer en este Instituto si tu presencia no es la correcta. ¿No te lo había ordenado ya el Padre Frederik? Tienes que cortártelo.

—Métete en tus asuntos, Oscar. ¿Sólo a eso has venido?

—No—masculló el chico tras unos instantes de silencio. Se lo veía ahora bastante alterado, lo cual era un poco extraño.—El Padre Frederik me ha enviado a buscarte. Quiere informarte que... has sacado la mejor nota de la clase.

Mihael parpadeó, sorprendido. Si existía alguien que esperara menos que Oscar que él sacase la mejor nota, ese era él mismo. ¿Adónde había quedado esa superioridad que supuestamente no le pertenecía? De pronto, un sentimiento de satisfacción y malicia combinadas lo embargó. Oscar, el niño modelo, el hijo de su importante familia, el favorito de las autoridades del Instituto, el popular, el amado por Dios, había sido superado por él, un pendejo de la calle, un delincuente, un incrédulo. Un hijo de puta.

Cierto era que se había dedicado a los estudios. Tal vez la llamita de esperanza de ser alguien más de lo que su desafortunado nacimiento le había legado estaba encendida en su corazón. Pero aquello era algo impensado, y seguro impensado no solamente por él.

—Qué desperdicio, otorgarle el primer lugar a alguien así... Se me hace más un chiste que otra cosa.

—¿Qué quieres decir?—le preguntó, arrancado de su momento de bienestar.

—¿Que qué quiero decir? Sólo mírate—contestó, levantando un poco el mentón.—No quiero imaginar lo que habrás hecho antes de venir aquí, ni con quién te has juntado. Puedes sacar las notas que quieras, pero a Dios no le agradan las basuras como tú. ¿Sabes?—continuó mientras se llevaba ambas manos a la cintura.— Me ha llegado el rumor de que te han traído del puerto de Hamburgo, donde tus "amigos" casi te matan a golpes, y que tu madre no sólo se dedicaba a hacer la calle, sino que también estaba involucrada con las drogas. ¿Qué cosa buena puede salir de alguien así? Ella ha de estar quemándose en el Infierno.

El joven Mihael no dejó pasar un solo segundo antes de arrojarse sobre su compañero, sin importarle que sus heridas y sus varios huesos rotos aún no habían sanado del todo. No que le interesase demasiado defender la memoria de su madre ni nada de eso. Simplemente estaba harto.

Oscar se arrojó al suelo de parqué antiguo, cubriéndose la cabeza con los brazos y gritando como poseso. Nunca lo había visto así, por lo que sintió cierto placer frente a su cara sonrojada, sus piernas temblorosas y sus lágrimas a punto de desbordarse. Un espectáculo en verdad patético que nadie esperaría del modelito del Instituto.

—¿Pero qué está ocurriendo aquí?

Como era obvio, el Instituto entero, en donde solían reinar el orden y la disciplina, se vio alarmado por los gritos frenéticos. Para desgracia de Mihael, el primero en llegar y encontrarlo golpeando la figura indefensa de Oscar fue el Padre Frederik, quien, totalmente escandalizado, se encargó de separarlos y de enviar al atacante a su oficina.

—Joven Keehl, no toleramos este tipo de conducta en nuestro distinguido Instituto—le dijo el viejo sacerdote una vez allí. —Le informo que tendrá que atenerse a las reglas de convivencia si desea permanecer aquí. Recuerde que es la Iglesia la que está manteniendo su estadía y sus estudios, por lo que deberá demostrar un mínimo agradecimiento por ello y rendir sus frutos.

—No fue mi culpa—se atajó antes de seguir escuchando tanta sarta de idioteces. —Fue Oscar quien me hizo enfurecer insultándome.

El Padre Frederik cerró con fuerza el grueso libro del cual parecía ser inseparable, produciendo un ruido seco.

—El joven Hartz me informó que usted lo atacó luego de que éste le recordara que debía arreglarse el cabello. No me parece un motivo justificado para hacer lo que usted hizo.

—Eso no es cierto...

—¡Silencio! Ahora está castigado. Deberá hacer tarea extra para todas las clases, ayudar con la limpieza y se le prohibirá salir a recrearse hasta que decida mejorar su conducta. Además, su nombre no aparecerá en la lista de las mejores calificaciones. Espero que esto le sirva de lección.

En cuanto oyó el último de los castigos, que no le concederían el primer puesto en las calificaciones, el corazón pareció detenerse dentro de su pecho. Podían enviarle libros enteros de tarea, limpiar mil sanitarios y reemplazar el total de su tiempo libre por Padres Nuestros. Pero ese puesto le pertenecía. Él había superado a Oscar en inteligencia y sabiduría.

—¿Ha entendido el castigo que se le impone, joven Keehl?

—Sí...

Se levantó de la silla completamente rígido, tenso. Entonces, todo lo que hizo fue dejarse llevar por su instinto. Ese instinto que había aprendido en las calles sucias de Hamburgo, entre putas, criminales e indigentes, durante días enteros de hambre y miseria. No le debía casi nada al Instituto, excepto por haberle demostrado que, a pesar de su despreciable procedencia, él tenía la capacidad de ser el mejor. En cuanto llegó a la habitación de Oscar, que en ese momento debía encontrarse dando lástima a sus compañeros y profesores por los diminutos moretones que le había dejado, se mantuvo algunos instantes inmóvil, aún rígido, contemplando la biblioteca repleta de libros y ejemplares de la Biblia de aspecto carísimo, el armario en el que colgaban trajes de calidad excelente y la superficie del escritorio, perfectamente ordenada, donde reposaban algunos lápices acomodados por color y tamaño. Experimentaba unas náuseas terribles.

No era envidia. Él no tenía por qué sentir envidia de un niño rico y malcriado y de sus frivolidades. Así es, al mundo no le afectaría en nada que desaparecieran. En esto pensaba mientras dejaba que el piso se cubriese con los libros que arrojaba de la biblioteca. No le hubiese importado dedicarse a arrancarles sus delicadas páginas, una a una, o recortar los trajes elegantes del armario hasta dejarlos hechos retazos. Sin embargo, pensó que hacer un infierno de la habitación de aquel niño que le encantaba hablar acerca de a quién amaba Dios y a quién no era probablemente la idea más indicada. Sólo tuvo que apilar las citadas pertenencias y dejar caer una cerilla encendida sobre ellas. Luego, el averno fue creado. El ardor, el caos, la purificación. Pronto se encontró caminando en círculos alrededor del dormitorio en llamas, nervioso, deseando que el Instituto entero formase parte de aquella hoguera. Los odiaba a todos y a cada uno. Se sentía miserable. ¿Quizás él también debería arder?

Justo en el momento en que el calor comenzaba a hacerle doler la piel, un par de brazos le enroscaron el cuerpo y lo arrastraron lejos. Él se dejó llevar, demasiado perturbado como para oponer resistencia. Una vez fuera de la habitación, el maestro de matemáticas, dueño de aquellos brazos que acababan de salvarlo del fuego, pareció asustarse a causa de su mirada perdida. Por algún obvio motivo lo llevó consigo cuando se echó a correr por los pasillos en busca de ayuda.

—¡Por Dios y todos los Santos!—exclamaba el Padre Frederik, presa de un ataque de histeria, persignándose tras cada minuto. Mihael, quien no pronunciaba palabra desde el incidente, el cual había resultado ser mucho menos grave de lo que le había parecido(el incendio no se había extendido más allá del montón de libros y ropa de Oscar), se hallaba sentado frente al gran escritorio del sacerdote. Se negaba a dar cualquier explicación acerca de los hechos.

—Tiene que tranquilizarse, Padre—le dijo otro clérigo que estaba en la habitación. Reconoció su voz inmediatamente; era aquella que había oído hablar acerca del plan de la Iglesia en el hospital. —Los daños no son muchos y, lo más importante, nadie ha salido herido.

—¿Tranquilizarme? ¿Cómo quiere que me tranquilice con este niño delante de mí? Él no puede quedarse aquí. No estoy dispuesto a arriesgarme a que le ocurra algo terrible a este Instituto mientras espero que su conducta se reforme. Mejor que le consiga otro sitio a este... diablo.

—No debería ponerse así. El que las expectativas hayan fallado una vez no significa que siempre vayan a hacerlo.

—Su positivismo me importa un bledo. Sólo lléveselo.

Al final, no solamente lo borraron de la lista de las mejores calificaciones. También terminaron erradicándolo de la del alumnado del Instituto. El maestro de catecismo, igualmente horrorizado por lo ocurrido, le pidió de forma no muy cortés que le devolviera su rosario. Se iría al Infierno, orase o no. ¿Para qué querría malgastar su tiempo rezando Aves Marías?

Se vio de nuevo habitando las calles frías, revolviendo basurales, desamparado. Comparado con su actual estilo de vida, aquél sonaba bastante más soportable. Fue aproximadamente una semana después, cuando ya hacía varios días que su equipaje estaba armado y todos se desesperaban por encontrarle otro hogar, que llegó el sujeto raro buscándolo. Parecía ser joven, aunque sus profundas ojeras y sus extraños movimientos hacían difícil adivinar su edad. La misma tarde de su arribo, luego de que se pasase varias horas hablando con el Padre Frederik y el otro sacerdote, se le encomendó a Mihael hacer un curioso examen que poco tenía que ver con los que solían tomarle sus maestros. Al terminarlo, estaba casi convencido de que podría haber contestado las preguntas de la misma forma incluso sin haber atendido una sola clase.

A la mañana siguiente, el chico raro regresó y el Padre Frederik le ordenó que juntase sus cosas. Para su sorpresa, al pie de la escalera del Instituto lo aguardaba una larga limusina color negro.

—¡Buenos días!—lo saludó alegremente el viejito que conducía.

Un poco confundido, preguntándose adónde terminaría esta vez, se acomodó en el asiento tapizado de cuero.

—Creo que esto es tuyo—comentó el de las ojeras marcadas tras sentarse a su lado. Había reemplazado el idioma alemán, que tan perfectamente había pronunciado en el Instituto, por el inglés, el cual Mihael dominaba como su segunda lengua gracias a la diversidad de nacionalidades de la gente del puerto de Hamburgo. Del bolsillo de su pantalón de jean, el mayor extrajo el rosario que Mihael tanto extrañaba llevar al cuello.

—¿Cómo...?—preguntó, asombrado.

El otro respondió su pregunta llevándose el dedo índice a los labios, manteniendo su rostro inexpresivo. A partir de ese simple y singular hecho, supo que lo admiraría. Que, a pesar de no saber absolutamente nada sobre él, la magnificencia de ese muchacho superaba por eones a la de todas las personas que podría haber conocido. Pero no dijo nada. Sólo después de unas horas, habiendo recorrido una gran cantidad de kilómetros, volvieron a hablar:

—Tu nombre es Mihael Keehl, ¿verdad?

—Sí—contestó con cierta timidez.

—A partir de ahora, te llamarás Mello.

Y así fue.

Continuará...


¡No ha habido sexo! Increíble pero cierto jaja

Nos vemos la próxima... si no termino en la calle xD