-¿Listo?- preguntó Bellatrix, parado frente a él en la oscuridad. Iluminar la habitación a esas horas de la noche era exponerse a ser descubiertos.
-No. No sé que tengo que hacer.- respondió Draco con brusquedad. Bellatrix lo miró unos segundos antes de hablar.
-Intenta detenerme con la mente, cariño. Puedes empuñar la varita, aunque no te servirá de mucho... no sería conveniente que hechizaras a Snape- dijo la morena, con una risita- Supongo que con tus sesiones de entrenamiento contra el imperius no tendrás muchos problemas ¿verdad?... Listo ¡Leregemens!

Draco sintió que la habitación le daba vueltas y enseguida unas imágenes de su pasado pasaron frente a él.

Era un niño, se encontraba en el callejón Diagon con su madre y la jalaba hacia una tienda con objetos curiosos... se encontraba en su mansión junto con Crabbe y Goyle, burlándose de ellos porque les había aplicado una hechizo que había salido mal... estaba en Hogwarts, mirando con odio a Potter y los demás Gryffindors, les habían arrebatado la Copa de las Casas en primer año...

-Creí que lograrías cerrar tu mente antes, Draco- le dijo la voz de Bellatrix, mientras las imágenes que lo rodeaban empezaban a tomar forma. Después de aquel recuerdo, había logrado frenarla y regresar a la realidad.
-Es difícil- se limitó a responder.
-Pero no imposible- respondió con sorna la mortífaga- Volveremos a intentarlo. ¡Esfuérzate!
-¡Sí lo hago!
-No lo parece. Prepárate ¡Legeremens!

Otra vez lo mismo. Escenas de la vida de Draco pasaban frente a sus ojos, incluso algunas que el ya casi ni recordaba, pero a pesar de que lo intentaba, no lograba concentrarse completamente como para evitar que Bellatrix se adentrara en su mente. Sin embargo, al cabo de unos segundos lo logró.

Esperaba alguna señal de felicitaciones por parte de su tía, pero lo único que recibió fueron reproches por no bloquearla antes, que Snape ya habría averiguado todo sobre lo que tenía planeado.

Siguieron practicando durante horas y horas. Draco no sabía como aún lograba mantenerse en pie después de aquel largo día, con sus sesiones de entrenamiento con Amycus y Alecto, y ahora las de Oclumancia, que no resultaban tan sencillas como él había pensado. Sentía sus piernas como mantequilla y que el cerebro le iba a explotar, pero consideró que aquello era necesario para poder cumplir con aquella misión tan importante que se le había encomendado.

En ese instante, en verdad deseaba jamás haberse unido a los mortífagos.

-Eso será todo por hoy, Draco.- dijo Bellatrix al amanecer, lanzado un gran bostezo.

Draco se encontraba apoyado contra la pared completamente agotado. Le hervía la sangre al ver como su tía podía estar tan tranquila viéndolo en ese estado; entonces recordó a su madre, si lo veía así le bombardearía con preguntas y de una u otra forma lograría sacarle que estaba recibiendo clases de Oclumancia con Bellatrix.

-¿Dónde está mi madre?- preguntó el rubio, intentado que su voz no temblara al hablar.
-En una misión.- le respondió secamente la mortífaga.- Tienes el tiempo suficiente para prepararte y luego ir a tus entrenamientos.
-Claro.- refunfuñó el rubio.
-No olvides practicar.- le dijo Bellatrix, como si no hubiera escuchado nada.- Nos vemos esta noche, querido.

Dicho esto, la mortífaga salió de la habitación en silencio, por lo que Draco, cuando vio que la puerta se hubo cerrado detrás de ella, al fin pudo descansar su cuerpo después de toda una noche de agotamiento.

Los días en aquel pasaron de igual manera para él. Antes, cuando era un niño, creía que sería divertido ingresar al grupo mortífago, donde podría mandar a otras personas e inspirar respeto, pero ahora, viviendo aquel mundo por primera vez, le resultaba muy difícil pensar que en verdad quería pertenecer.

Tenía una mezcla de sentimientos, sabía que estaba decidido que él sería un mortífago, por lo que había llegado a acostumbrarse a la idea y aceptarla, pero ahora su padre estaba encerrado en Azkaban y su madre no demostraba un gran apoyo para él. Definitivamente las circunstancias habían cambiado; pero él tenía que demostrar que podía con ello.

Logró perfeccionarse en las maldiciones imperdonables, aunque aún le costaba un poco de trabajo el Avada Kedavra, no porque no lograra realizarlo, sino porque no habían muchas cosas con que practicar, mas que animales pequeños y de vez en cuando elfos domésticos.

Lastimosamente para él, que se mostraba orgulloso ante su avance en las Artes Oscuras, Narcisa decidió que era el momento en el que tenían que regresar a la mansión, argumentando que pronto volvería a Hogwarts y no podían levantar sospechas.

La mañana de la partida, Bellatrix le recordó que tenía que regresar esa misma noche para seguir con las clases de Oclumancia, en las que Draco había mejorado notoriamente, aunque Bellatrix seguía considerando que debía practicar más.

Bellatrix Lestrange causaba la impresión de ser una mujer fría y sin sentimientos, que aprovechaba cada oportunidad que se le ponía en frente y no le importaba a quién tuviera que quitar del camino.

Pero como Draco y Narcisa, Bellatrix no era exactamente lo que demostraba.; por supuesto que era orgullosa y que buscaba oportunidades para su beneficio, pero todo era para darle un mayor sentido a su vida.

Desde su infancia, al ser la hija mayor, había estado obligada a ser un ejemplo para todos, ser la Black que más honor le dé a la familia; aunque por ser mujer no tenía tantas oportunidades como, por ejemplo, Sirius.

Que este fuera elegido un Gryffindor fue la oportunidad que Bellatrix había esperado siempre. Pensaba que siguiendo el comportamiento que su familia le impartía, y ahora siendo la Black principal en la familia, todas las presiones que tenía encima se esfumarían, y podría disfrutar un poco más de su niñez. Lamentablemente para ella, no fue así.

Al pasar los años su interés por las Artes Oscuras crecía enormemente, dedicando horas al estudio de estas, practicando maldiciones en la oscuridad, cuidando que no la sorprendieran en Hogwarts. Su familia se enorgullecía de ella, pero no dejaban de presionarla, exigiéndole ser la mejor en todo, lo cual ella intentaba cumplir para hacerlos felices.

Poco tiempo después de su graduación en Hogwarts se comprometió con Rodolphus Lestrange, mago de sangre limpia que sus padres consideraban excelente para ella. Aprendió a quererlo, cosa que no fue muy difícil ya que él también tenía un gran interés por las Artes Oscuras, pero consideraba que el tener hijos era una perdida de tiempo; él tenía que dedicarse a mejores cosas que atender a un niño. Y una de las cosas que Bellatrix más deseaba era tener un hijo.

Un duro golpe para ella fue enterarse que su hermana menor, Andrómeda, había huido con un sucio muggle, deshonrando a su familia y su apellido, y sobre todo, alejándose de la vida de Bellatrix. La morena decidió olvidarse completamente de ella y considerar que sólo tenía una hermana, la cual se había comprometido con un miembro de una de las familias más importantes del mundo mágico.

Ella y Rodolphus escucharon sobre Lord Voldemort, un mago que había logrado llenarse aliados y tenía un plan para liberar al mundo de los impuros, idea que la fascinó totalmente, con lo cual se unió a él junto a su esposo, junto a quien aprendió a ser como era ahora.

Después se unió su hermana con su esposo, cosa que le alegró en gran medida, pero Narcisa no se encontró con la Bellatrix que ella conocía, que a pesar de su fascinación por las Artes Oscuras junto a ella volvía a ser quien era, sino se encontró con alguien que ya ni en su presencia mostraba su verdadero yo, porque este estaba enterrado en su interior junto con los sueños que alguna vez tuvo.

Bellatrix quería como las demás personas, pero lo demostraba de manera diferente a los demás. Para ella, detrás de un gesto frío o un insulto estaba escondida una sonrisa. Ahora, veía como su sobrino seguía los mismos pasos que ella. Se preguntó si eso sería bueno o malo.