"Agridulce San Valentín"

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XII

Entre canciones y confesiones

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(Minako)

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Pocas cosas, pequeñas e inanimadas, le causan a una mujer tanta satisfacción. Como comerse una rosquilla de chocolate en medio de una dieta, conseguir un bolsito con muestras gratis cuando apenas esperabas comprar un perfume, o para irnos más hasta la cima de la dicha, los diamantes. O en mi caso, haberme deshecho del éxito de la radio del momento, al tirarlo por la trituradora de basura de la cocina. O sea, el CD de Kakyuu Sayama.

Cada vez que tronaban las aspas en la máquina, una parte de mí sentía con bizarro placer que de verdad era la lengua deshonesta de Kakyuu. Trozos de su cabello rojo y deslumbrante desintegrándose, y su sonrisa tan fingida en ésa sesión de fotos que le sacaron para la portada.

Lo único que no podía aborrecer, y aunque estuvieran poseídas por su horripilante voz, eran las canciones que contenía. Y eso, aunque yo no lo había preguntado y él tampoco al parecer me lo iba a confesar, estaba casi segura de que todas habían sido escritas por Yaten.

Despedí moviendo con ritmo los dedos de la mano, al tiempo que sonreía a los restos del disco. Como una reconfortante terapia a corazón receloso, cuando vi el último trocito de acrílico desaparecer de mi vista e irse al infinito.

Luego de que Yaten confesara un par de cosas que me habían sorprendido bastante, debo decir que nuestra relación dio un giro inesperado:

Enterarme de la forma en que Kakyuu lo había tratado, me dejó con un mal sabor de boca. Con muchos pensamientos confusos y acciones idiotas. Cuando lo conocí, había dejado en claro que una chica se había aprovechado de él, y era más que obvio que eso le había afectado a niveles que yo no sería capaz de comprender. Por la sencilla razón, de que nunca a mí nadie me había roto el corazón. Muy por el contrario, creo que yo había roto bastantes, y no estaba orgullosa -al menos no ahora- de haberlo hecho con tan poco tacto, con tan poca consideración. El había perdido, en menos de un par de meses, a las dos personas que más quería en el Mundo, y lo único con lo que pudo resguardarse fue en el aislamiento y la desconfianza.

Y aquí es donde viene la parte que me tenía más inquieta. Un asunto es que te cuenten de un amorío pasado, cuando las cosas están la mar de bien. Y otra, es que te enteres que ya había una antes que tú. Una que podría haber sido su primer amor, ése que dicen te cuesta tanto superar, al que te aferras con uñas y dientes. Y bueno... yo no era esa persona.

¿Y si aún no la olvidaba?

Para mí era distinto.

Yaten era el primer chico con el que había tenido una relación, y el único que me había interesado conocer. De hecho, el único por el que he sido capaz de sentir algo más que simpatía, o interés. El único del que me había enamorado sin remedio.

Y la verdad, no estaba segura si pasaría siempre igual, si eso se debía a que era lo que llaman románticamente el «primer amor», o si en serio él era lo que en una ironía, o algo como lo que uno ve en las películas de Katherine Heigl y lo llama el amor de tu vida.

Pero daba lo mismo.

A fin de cuentas, motivos, nombres o denominaciones no iban a cambiar lo que yo sentía. Tenía más que clara ya hasta éste momento, una idea: tener a Yaten conmigo se había vuelto algo vital para mí. Como respirar, como comer, o como comprarme el primer Prada de la temporada en turno. Así que, pensándolo en una forma desalentadora, inexistente pero posible, no se me ocurría como me las iba a arreglar para soportar su ausencia si esto se acababa. Si por consecuencia de algo, o de alguien, él ya no fuese para mí.

Pero intentar buscar culpables o algún consuelo, era algo tan inútil como dramático. Yo ya era bastante dramática, hacía drama siempre por todo. O por dos cosas específicamente: Porque sí, y ¿por qué no?

Y siquiera la idea de verme con algún otro, se me hacía demasiado absurdo. Si yo lo quería a él ¿Cómo iba a soportar estar con alguien más? Eso no me cabía en ninguna parte de mi rubia cabeza.

Pero debería ser madura, hacerle caso a la conciencia aunque fuera una vez, y empezar a pensar en cómo desaparecer lo único que en éste momento, podría apartar a Yaten de mi lado.

Las mentiras.

¿Ustedes saben lo que significa que alguien te influya tanto, como para cambiarte, y cambiarte la vida de paso?

Y no estoy siendo romántica ni poética, como Katherine Heigl.

Ese día, el día que supe lo de Kakyuu y todo terminó en una sesión genialosa-rara-pasional de panqués en la cocina, me di cuenta de que, si pasara algo más, no me importaría. Mi curiosidad y mi cuerpo despertó, y lo repetiría sin problema.

Me dejé caer sobre mi cama, hundiéndome más de la cuenta por la caída libre, sacando el aire profundamente, por millonésima vez.

No necesitaba un escenario con un cielo estrellado ni una playa solitaria, para ponerme a delirar de amor y pasión por él. La cocina parecía un lugar perfecto, porque él lo hacía todo perfecto.

Porque era entregado, misterioso, tranquilo, interesante...

Sonriendo como tonta, abracé el Chococat que me había regalado, mientras daba pataditas sobre el colchón.

Había sido tan cariñoso, tan apasionado... y me había besado de ésa forma, tan... ¡Taaan...!

Con esto supe, que nadie me había pegado tan fuerte, y siendo honestos... quizá no me hubiera atrevido a proponerle «¿Y si vamos a mi cuarto?», aunque tampoco me opondría a lo contrario si él sencillamente me llevaba por ahí...

¡Qué irresponsable!

Pepe Grillo tenía razón. Habría sido una locura de las buenas hacer algo como éso, así, sin pensarlo... sin planearlo, sin estar segura.

Una sonrisa traidora se me colgó de los labios. ¡Total, no había pasado nada! No me mucho importaba eso ahora, todavía me quedaba un poco de masa, muchas mermeladas, y podría volver a invitarlo para terminárnosla. Me acordé otra vez del momento, suspendida en la nada, mirando el techo.

¡Y me había llamado «Ma chérie»...!

Me giré, apretando el rostro contra la almohada y grité de emoción, para desahogarme y liberar la eufórica felicidad que sentía. Esta tenía que ser sin duda, una de las mejores etapas de mi vida.

El teléfono sonó justo en ése momento. Yo corrí a alcanzarlo sin fijarme en quién era o llamaba, apenas había podido reaccionar ante mi sobresalto. Siempre era igual, asustadiza y susceptible, a pesar de que tenía muchos años viviendo sola ya.

—¿Diga?

—Hola, Minako.

...

Yo tenía un especie de sexto sentido para recordar las voces de las personas. Nunca era de las que preguntaba quién era. Se me grababan los tonos, los matices, las risas, los silencios incluso. No sabía exactamente cómo, pero creo, algo tenía que ver con el origen de mi existencia. O sea, que siempre esperaba que en fondo fueran mis padres quienes llamaban, y si un día caía una lluvia de estrellas fugaces y llegaban a hacerlo, yo no quería olvidarme de las de ellos, ofendiéndolos preguntando quiénes eran en realidad.

Lita tenía una voz muy particular. Siempre era educada, y en ella se escuchaba cierta calidez que les faltaba a las otras. A lo pensaba que a mi parecer, Lita era una chica muy madura. O porque tenía un perfil de chica adorable y centrada. O...

¿O por qué me llamaba? Quizá debería empezar por ahí.

Era la primera vez que lo hacía, desde el fracaso de nuestra amistad. Sólo se dirigía a mí para algo que era específicamente necesario e indispensable.

A lo mejor esto era necesario e indispensable.

—Oh, hola —hablé medio tarde, porque estaba estupefacta —. Esto... ¿Cómo estás?

—Bien —dijo ella, sin devolverme la típica pregunta en contrapartida, y supe que nada había cambiado. Torcí los labios con pesar —. Te llamo porque Serena se ha quedado sin teléfono, otra vez...

Oí el sonido de una licuadora en la lejanía, y como varios trastos chocaban unos con otros. Estaba preparando algo de comer. Cuando niñas, Lita y yo pasábamos horas en la cocina de su casa, jugando con moldes de juguete, con aparatos de entrenamiento, y más tarde, ella ya era capaz de cocinar las delicias que impresionarían a cualquier chef de la pastelería más fina. Siempre era tan mona y femenina, que sentía verdadera envidia de su talento. Ya quisiera yo poder hacerme una sopa instantánea, sin tener que llamar a los bomberos...

—¿Y qué ocurre con eso? —retomé el tema, al ver que Lita no seguía con más conversación.

—Bueno, ya sabes que el cumpleaños de Rei es el fin de semana. Yo haré la tarta, pero Serena quiere tu opinión sobre la... celebración, como siempre.

Lo último lo dijo arrastrando las palabras, y yo me quedé mirando el gran ventanal los altos edificios que eran mis vecinos. Y un montón de rascacielos que se alzaban muy arriba de mi cabeza, como si quisieran llegar hasta las nubes. Toqué el vidrio con las yemas de los dedos, tanteando la superficie lisa y pura, reflejándome en él.

Era lógico lo que Lita me pedía. Yo siempre imponía mi decisión sobre la de las demás, si algo no me parecía lo alegaba hasta que las otras, por cansancio o por falta de argumentos, cedían ante mis caprichos. Que si ése lugar era poco agradable, que la comida no era suficientemente buena, que patatín, que patatán.

Todo con tal de que se hiciera lo que yo quería.

Pero ya todo eso, me importaba lo mismo que me importaba la reproducción sexual de los cangrejos.

O sea, nada.

Primero, porque a Rei no la consideraba en éste momento una amiga particularmente con todas sus letras. Y a mí qué, si quería celebrar en el casino del Hilton o comprarse un helado del señor granoso de la esquina. No brincaba de gusto por celebrar un año más de vida a alguien que había pretendido sabotear la mía, pero pensé que no debía ser rencorosa. Y luego de mucho meditar sobre el asunto, llegué a la conclusión de que Rei únicamente se había guiado por lo que yo le había dado a entender, desde el principio. Y bueno, si quería que me vieran diferente, quizá primero debería empezar a actuar diferente.

Y en segundo, porque ése sábado pensaba ver a Yaten.

Pensaba, verbo conjugado del pretérito imperfecto.

Ush.

—Donde sea estará bien —contesté con aburrimiento —. No me... digo, no creo que a Rei le importe eso, sino que estemos con ella, ya sabes.

Tosí en seco a propósito, para que no se interpretara mi poco interés en el próximo cumpleaños de la segunda más importante Pop Shot.

Lita guardó un extraño silencio, e incluso dejé de escuchar los aparatos electrodomésticos en ése mismo instante. Me daba la impresión de que quería decirme algo más, y además, creía tener la ligera -o no tan ligera- noción sobre qué:

Apenas hacía unos días, me quedé esperando a Serena en la esquina del Colegio arriba del coche por casi una hora de más. El profe de Español le hizo limpiar todo el condenado salón, luego de que entrara a clase -según ella- muy contenta con un helado de tres bolas, proveniente de la cafetería. El profesor, indignado por faltar a las reglas internas, le hizo tirar a Serena su helado, sin probarlo siquiera. Y ella se puso a chillar como una cría. Gimoteando cosas que nadie entendió, pero al final tuvo que cumplir su castigo.

El caso es que mientras me limaba las uñas para matar tiempo, vi como Lita salía muy apurada, llevando una bolsita en sus manos de la clase de cocina doméstica. Un muchacho alto y de pelo oscuro la estaba esperando, y se fueron juntos de la mano. El no traía uniforme, por lo que supuse, pertenecía a la facultad.

Había entrecerrado mi vista de halcón para verlo mejor, pero se alejaron con prisa. Ciertamente, no me había imaginado que Lita saliera con alguien, y menos que no se lo haya dicho a ninguna de nosotras. No lo parecía. Nunca andaba sonrojada ni soñadora como Serena, ni se avergonzaba como Amy cuando veía pasar al chico de la clase de Lógica. Ni como Rei, que no perdía la oportunidad de presumírselo hasta a su perro. Se parecía más bien a mí. A la Minako de hoy en día, ocultando la verdad, viéndose a escondidas con su novio y reservándose tantas cosas...

¿Por qué?

Tú sabes por qué.

—Había pensado... en un karaoke del centro —sugirió, probablemente al ver que yo no decía nada más —. Ese al que fuimos, cuando iniciamos el Colegio, el primer San Valentín. ¿Recuerdas?

Claro que lo recordaba. Fue el primer San Valentín al que fuimos fuera. Aunque éramos entonces unas niñas resentidas, por no poder entrar al horario nocturno, conformándonos con malteadas y sin poder admirar chicos más grandes que nosotros. Antes de que se me ocurriera intervenir en su vida amorosa, y de meter a Rei en el grupo. Todo era más fácil, las dos éramos más felices.

—Sí, algo me acuerdo... —mascullé, fingiendo indiferencia —. ¿Quieres hacerlo ahí? Es todo un lío conseguir entradas y como ya se viene el día...

—No hay problema —anunció de pronto —. Mi...mi novio trabaja ahí —soltó al fin.

Yo me quedé con el teléfono en la mano algunos segundos, escuchando ahora únicamente su respiración. Lita me había confesado su secreto, aunque no sabía porqué razón exactamente. Si era buena, o mala, o ninguna de las anteriores. Si me estaba advirtiendo que aquél muchacho que nos toparíamos era sólo para ella, y una amenaza implícita en aquel diálogo para alejarme lo más posible, y evitarse la pena de arrancarme el cabello si me lo ligaba, de nuevo.

O, sencillamente, estaba siendo sincera conmigo. A lo mejor a ella le sucedía lo que a mí. Quería compartir su emoción y su vivencia con alguien. Para un consejo, o para cualquier cosa.

Cosas... como las que hacen las amigas. ¿Correcto?

Mi estómago se llenó de mariposas de todos colores.

—Oh —exclamé, sinceramente sorprendida —. Eso es... bueno, es genial. No lo sabía.

—Eres la primera que lo sabe —habló, tímida —. No tiene mucho, en realidad.

Respiré con fuerza y dije muy claro.

—Me da gusto.

Es realmente curiosa una capacidad que tienen las personas, para leer sonrisas en la voz de otra, incluso hablando por teléfono. Algo que todos sabemos, y qué nadie aprende en ninguna escuela. Como a través del tono del interlocutor, te alerta de gestos, de intenciones, en aquella curvatura de labios. Es algo sobrehumano, instintivo, especial...

Son coincidencias extrañas e inexplicables. Como levantar la vista al mismo tiempo que otro, o sentir miradas a lo lejos, de quedarte viendo el teléfono y que suene. Como los deja vú, o los presentimientos. Como recibir a un amigo cuando más lo necesitas. Vueltas de tuerca, hilos rojos, todo eso.

Eso fue lo que sentí. Sonreí yo también, y supe que la había sentido de igual forma, incluso a tantos metros de distancia.

—Gracias, Minako —respondió, más relajada.

—¿Y ya sabes que te vas a poner? —aventuré, con aquella burbuja optimista en el pecho, naciendo de pronto.

—No... E-esperaba que me ayudaras con eso, en realidad.

Cuando la llamada terminó, dejé el sonido de la línea cortada unos segundos más. No me creía que acababa de tener una conversación casual con Lita. Algo había pasado. Quizá me había perdonado sin que yo le ofreciera una disculpa, dándome una rama de olivo por medio de una confesión como la de su novio, o el consejo del vestuario. O le sucedía lo que a mí, que me extrañaba. O tendría que ver con aquel nuevo chico que estaba en su vida, que le había hecho ver las cosas distintas, dándole una perspectiva diferente.

Qué valiente era Lita al dar el primer paso. Siendo que yo, con todo y mis buenas intenciones, había sido la responsable de lo que pasó. Así era la vida, siempre uno tenía que tirar la cuerda o aflojarla, porque si no, es una tirante lucha que nunca se termina, hasta que la cuerda se rompe, y los dos involucrados terminan tirados en el suelo.

Eso me recordó, con nerviosismo, que tendría cuanto antes que hablar un par de cositas con Yaten. Aprovechar la oportunidad que fuera, para que nada volviera a atormentarme más. Esperaba poder aclarar las cosas con él, y, fuera cual fuera la decisión que él tomara al respecto, la aceptaría.

Yo quería que él estuviera bien y hacerlo feliz, como él lo hacía conmigo. Respetaría el acuerdo al que ambos llegáramos. En la primera cuestión, ya sea teniendo que renunciar a tenerlo hasta que confiara en mí, o en la segunda, hasta que pudiera amarlo como algo más que un amigo muy querido. O dándole todo de mí durante el tiempo que fuera necesario para las dos, aún sí me pasaba un montón de noches en vela, esperando.

No dejaría que la cuerda se rompiera.

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(Yaten)

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Luz de...

Luz de...

¿De qué mierda, iba la luz?

¡Eso no funciona!

No, no estaba alucinando. No me había fumado nada de la hierba que tenían los amigos de Seiya en sus casilleros y que te pone los ojos rojos, al tiempo que te ríes como imbécil. Trataba de darle el remate final a la tercera estrofa de la canción que estaba escribiendo, que era no precisamente para mí y que tenía únicamente dos días para dársela a Seiya. Maldito el momento en el que le puse fecha de entrega a ésto. Y es que, esto de escribir, para quien sea que lo intente, no es como hacer palomitas de maíz. No es como si presionando un botón, las palabras fueran a explotar y resultar ricas y perfectas. No. Esto es más complicado, efímero, y por donde quiera que se le mire, inestable.

Ahora, yo necesitaba concentrarme para obtener la inspiración, si quería que el dichoso plan de conquista de Seiya funcionara. Necesitaba la mente clara, tiempo, y paz. Mucha paz. Y no tenía ninguna de las tres cosas en este momento.

Me había pasado varios días huyéndole a Minako. Pero no huyéndole como siempre, huyéndole de verdad porque si no lo hacía, nunca terminaría esto. Ninguno de los atributos que ya mencioné que necesitaba para completar la canción, eran poseedores de mi encantadora e incontrolable novia. No lograría que se quedara sentada, callada ni quieta. Nunca. Eso era como pedir que la Tierra se detuviera de pronto, y todos nos iríamos al demonio, disparados hacia el espacio exterior.

Antes, me salían las ideas muy fácilmente. Quizá por la cantidad de horas que tenía muertas, invirtiéndolas en este tipo de cosas o en libros. Me acostumbré a hacerlo. Me había acostumbrado a ir solo al cementerio y al lago a tirar piedras de colores que nunca volvería a ver. Me acostumbré a desvelarme viendo películas gore, sin tener nadie que me quisiera arrancar el brazo de miedo. Me acostumbré a quedarme dormido hasta más del medio día, porque no tenía otra cosa que hacer.

Me acostumbré, a pesar de todo.

Pero después recién comenzando el año, llegó Minako, arrasando todo como siempre hacía, como un huracán. Se llevó a su paso mi gusto por la soledad, y revivió mi necesidad de tener a alguien. Y pese a que esto era principalmente positivo, sintiéndome mejor que nunca, había resultado un arma de doble filo. Porque al derrumbar el muro que tanto me había costado levantar para que nada volviera a afectarme o lastimarme, me había dejado expuesto, feliz, pero expuesto.

Y yo la quiero, de verdad. Pero en estos momentos no puedo luchar con su cercanía. No es que no quisiera verla, sencillamente no me favorecería. Porque si hay algo que Minako consigue, pronto o tarde pero seguro, es lograr por completo mi atención. Y eso no es algo que ahora me convenga, al menos hasta que cumpla mi cometido y todo vuelva a la normalidad. Y me pesa toneladas ignorar o cortar pronto sus llamadas, o no pensar en ella, pero sé que es lo mejor ahora. Ya se me había ido un poco la lengua al decirle que estaba ayudando a Seiya con algo, algo que no podía contarle, y era consciente de haber despertado el pequeño diablillo de la curiosidad, que siempre llevaba dentro de ella. Dándole a pensar en algo que no debía saber, porque era una sorpresa.

Y sólo faltaban un par de días, me dije, mirando otra vez el calendario de Rolling Stones que tenía en la pared. Sólo dos días, y podría bajar las defensas y tener de nuevo la vida que quería. Invitar a Minako a la casa, o irme yo a la suya, y encargarnos de recuperar todo el tiempo perdido. Hasta entonces, tendría que mantenerla alejada, pese mi enfurruñamiento.

Aunque todo el tiempo renegara de él, aunque casi lo único que tuviéramos en común era el apellido y el grupo sanguíneo, Seiya era la persona que más me había apoyado desde siempre. Su pegajosa forma de ser era como imán para todo el Mundo, poniéndose solo el gafete de hijo, hermano, y amigo modelo. De lo único que siempre se mostró molesto era -según él- la preferencia que mamá tenía para conmigo, aunque yo nunca me di cuenta de nada de eso. Es cierto que mamá y yo pasábamos mucho, demasiado tiempo juntos, pero yo creí que eso se debía a que a mí casi no me gustaban salir y socializar, y a ella tampoco. Y él y papá parecían disfrutar los deportes y la música. Me parecía muy lógica la conformación de los "dos equipos".

Como sea y volviendo al tema, Seiya siempre había velado por mí. Aunque yo lo apartara a patadas, aunque le haya decepcionado y muchas cosas más, nunca dejó de hacerlo. Ni siquiera de lejos, cuando yo no era consciente del todo, como con lo que pasó con Kakyuu. Y aunque yo lo viera largándose a fiestas y llegar borracho, yo sabía que esa imagen no era sólo lo que mostraba.

No era sólo un tipo al que todos les caía bien, uno al que todos adoraban en la familia, y uno al que todas las chicas lo perseguían.

Todas, excepto una.

Bufé. Pero me dediqué a tomar el bolígrafo de nuevo, recordando que tenía trabajo por hacer todavía.

Hay algo que describe a la luz, y eso puede ser lo blanco que...

—¿No vas a cenar?

Dejé caer la pluma sobre la hoja, harto.

—Seiya —me giré sobre la silla, para verlo de pie en la puerta —. ¿Por qué si mamá nos enseñó siempre, siempre a tocar, nunca, nunca lo haces? ¿Por qué sigues interrumpiéndome y por qué no dejas de joder?

Él se sonrojó, y bajó un poco la cabeza.

—Es que papá ya preguntó dos veces por ti. Y ya sabes...

—Carajo, pues explícale que no pretendo arrojarme de un acantilado. Sólo que tengo un montón de deberes y ya. Y dile a Masari que me suba un sándwich. ¿Es muy complicado? —me quejé—. Además sé que sólo vienes para ver qué tal va, ¿no? —desconfié también.

No respondió la pregunta.

—¿Sándwich de qué? —evadió.

—¡De lo que se te ocurra! Ahora, sùr, sùr —hice un gesto como si espantara un insecto, cuando mi teléfono sonó. Apenas lo encontré, entre tanto desmadre en el escritorio y lo tomé con rapidez —¿Hola?

Me preguntaba si debería llamar a «Personas desaparecidas», ya sabes.

La voz de Minako me traspasó los oídos, estaba extrañamente baja y siseante. Tal cual advertencia de cuando las mujeres se preparan para atacar.

Sentí un escalofrío, y carraspeé.

—¡Ah! Hola, belle. No, no digas eso. Es que... sigo ocupado —expliqué mirando la hoja con un montón de tachones, anotaciones y varias bolas de papel esparcidas por el escritorio, que eran todos mis intentos fallidos —. Lo siento.

Ella gruñó.

Disculpa no aceptada —farfulló, y enseguida escuché unos maullidos al otro lado del auricular —. Además no aguanto a ésa bola de pelos, que viene a maullar y rascar mi puerta, creyendo que estás aquí.

¡Julieta!

—Oh, vaya... —lamenté —. Eso está mal.

¡¿Te importa más el condenado gatucho que yo, verdad?! Apenas lo mencioné, tú...

Tuve que apartar el teléfono de mí, pero juraría que estaba unas décimas más sordo que antes, luego de que mi oído tuviera que soportar semejante grito.

Dejé el teléfono a la distancia más prudente, porque acababa de lesionarme el tímpano, de nuevo. Volví a sostener el aparato algo más cerca, aunque con cierto temor. Un alarido más de esos y mi capacidad auditiva estaría perdida definitivamente.

—No, claro que no.

Escuché una risita, pero no precisamente al otro lado del teléfono. Cuando giré para reconocer su procedencia, vi como Seiya estaba todavía parado en el mismo sitio, tapándose la boca con la mano. Escuchando todo. Riéndose de todo.

O de mí, más bien.

Percibí como los colores se me subieron de todas partes, y sentí ganas de matarlo.

—¡Cállate, imbécil! —le grité, lanzándole el libro de Química Avanzada -creo- directo a su rostro.

El lo sostuvo con agilidad, como uno de esos balones de americano que solía atrapar todos los días en las canchas del Colegio.

¿QUÉ? —escuché al otro lado de la línea.

Cerré los ojos.

—Tú no, Minako —dije, agotado y arrepentido. Y fue un error, porque dicha acción hizo que Seiya estallara en carcajadas —. Le estoy diciendo al idiota de mi hermano.

¿Ves como nunca me pones atención? A Seiya si y tú...

Algo debería yo haber hecho mal en mi otra vida. Algo feo y grande. Seguramente yo había reencarnado de algún militar nazi, o de algún noble aristócrata y sádico de ésos que torturaba doncellas, o algún sacerdote psicótico de la Inquisición. O no me lo explicaba. De veras que no.

O esto, este pago, esta condena o karma, era el resultado de no haber mandado ésas cadenas lelas que me llegaban a mi correo electrónico desde que existía la tecnología, sin que yo lo pidiera. Sí, no encuentro otra explicación.

—Te llamo en un rato —corté, aún sabiendo que tendría que soportar un extenso sermón de su parte —. Es que tengo algo que hacer. Tengo...

Le eché una mirada fulminante a Seiya, que se burlaba de mí sin piedad. Sonreí.

—Tengo que... sacar la basura —dije mordazmente, y esperando que se desintegrara en el aire. Minako me hizo prometerlo una y mil veces, pero no estuvo satisfecha hasta la millonésima primera. Y además, que pasaría a verla al día siguiente, luego de que terminaran las clases —. Sí, lo prometo.

—¡Sí, señor! —coreó Seiya, haciendo un gesto de saludo militar, con una mano sobre la frente, derecho como un soldado —. ¡No se repetirá, no señor!

Rechiné los dientes.

Mi nivel normal de tolerancia era más o menos, el mismo que la temperatura invernal de Siberia. Por lo que comprenderán que ahora, así y de ésta forma, acababa de llegar al límite.

Yo hablaba en serio cuando dije que no soportaba a las chicas. Porque me había costado mucho, el no mandar a volar el jodido teléfono al extremo opuesto del salón. Y eso que, definitivamente la única que podía escapar de mi círculo de indiferencia y fastidio era Minako, por aquello que pudiera llegar a sentir por ella, pero ya era bastante para un día.

Tenía ganas de llorar de frustración, en serio.

Seiya pareció darse cuenta, pero todavía le temblaba el labio de la risa. Se cruzó de brazos, como si eso pudiera detener sus ganas de seguir viéndome hacer el ridículo. A mí, al experto de la frialdad, ser atacado por los berrinches de una niña, y yo sin defenderme siquiera.

—Tú —le dije señalándolo muy quedo, y Seiya dejó de sonreír —. ¿Sabes qué será gracioso? Ver tu cara de perdedor cuando Serena Tsukino se ande paseando con otro.

Frunció las cejas, como un mocoso al que acabara de arrebatarle una paleta de cereza, por portarse mal.

—Bueno, es que verte así... yo...

Sin pedirlo, una idea se me cruzó por la cabeza.

—Luz de noche —declaré, mientras tomaba rápidamente el bolígrafo y lo anotaba como otra idea más —. Luz de noche y...

El chasqueó los labios, y supe que no estaba de acuerdo. Me giré.

—¿Qué? —solté, defensivo.

—¿Por qué trae el significado de tu nombre? ¿No pensará Serena algo equivocado? —se intrigó, de pronto preocupado.

No lo había pensado así. Pero en unos cuantos segundos rodé los ojos.

—Serena ni siquiera logra definir un polígono, ¿Y tú quieres que entienda metáforas profundas, y sus significados? —repliqué con crueldad.

¡Bueno, era la verdad!

Seiya logró cerrar la boca aunque sea un poco. Poco más que me permití no desaprovechar del todo, al recordar la llamada que acababa de recibir. Me dirigí a él.

—Llama a la floristería, y pide un arreglo, el más grande —le indiqué, mientras veía lo poco que llevaba de la canción, como repasándola. Seiya se quedó muy atento, como un cachorro cuando estás a punto de lanzarle un hueso —. Rosas... no, mejor tulipanes. Que sean rosados y... —seguí — que lleguen hoy. ¿Entendiste?

Asintió con más ganas.

—¿Hoy? ¿Y cómo averiguaste cuales son las flores favoritas de Serena? —preguntó inocente y estúpidamente.

Y como siempre es el turno de uno para todo, mi turno de reír llegó.

—¿Serena? —pregunté irónico —. No pequeño idiota, son para Minako. Porque es tu culpa que esté enfadada y contribuirás a remediarlo...

—¡Pero no es justo! —protestó.

Ensanché mi sonrisa, al tiempo que me giraba para seguir escribiendo.

—Oh, claro que no lo es —dije en tono falsamente conciliador y luego sentencié—. Bienvenido al injusto mundo del buen Cupido, hermanito.

Lo oí resoplar, y cerró la puerta a las malas, mientras que yo sonreía complacido.

Extorsión, eso sí funciona.

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(Minako)

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Dios creó a los hombres para hacernos sufrir.

¡Como si los tacones y los cólicos menstruales no fuera suficiente!

Me había hecho papilla la cabeza, revolviendo al derecho y al revés, cada una de mis neuronas hasta dar con alguna explicación coherente. Algún tipo de ensayo o monólogo, que más o menos diera a entender lo que yo quería hacerle saber a Yaten, antes de que el destino o alguien más, se me adelantara.

Recuperar simbólicamente a Lita me había llenado de esperanzas, acerca de que la gente cambia, y saber perdonar. De que no todo está torcido, cuando uno intenta con todas sus fuerzas recuperar lo que se pierde, pegar ─o pagar─ lo roto, o cualquier analogía que pudiéramos elegir, para el caso al cual me enfrentaba.

La semana se me había hecho solitaria, larga y como plus, no podía dormir.

Miré el reloj de mi buró, que marcaba la una de la mañana.

Ni Made of honor, ni 27 dresses, ni siquiera Grease me ayudó a darme una mediana idea de lo que quería conseguir. Todas ésas películas que había visto estaban hechas por productores. Productores hombres, pues. Y ahora que lo pensaba, ellos siempre eran los malosos en cualquiera de ésas historias.

En todas, la chica era la afligida, la decepcionada y la engañada. La buena...

En la boda de mi mejor amigo no. Era una de las excepciones. Podría, pero...

¡Julia Roberts no se había quedado con el chico!

De acuerdo, basta de pensar por ahora. Es tarde, es jueves y debo dormir. Necesito dormir. No porque sea responsable o porque mañana tenga un examen de literatura clásica. No. Sino porque la vigilia deja dos marcas moradas y feas bajo los ojos que traen los adultos, los enfermos y los feos. Y yo ni soy adulta, ni estoy enferma, ni mucho menos soy fea. El maquillaje lo soluciona, pero por un tiempo, pero a la larga deja horribles rayitas, esas cosas abominables, llamadas arrugas.

Cerré los ojos apretándolos fuerte, suplicando que Morfeo se compadeciera de mí y me llevara a su lado.

Debería intentar para hacer sueño, leerme alguna de las novelas sugeridas que el profesor Takeda había pedido que repasáramos, como el El conde de Montecristo, La divina comedia, Mujercitas. Aunque lejos de entretenerme, leer libros me aburría. Prefería las películas. Hablar, comprarme zapatos, hablar, jugar voli...

Hablar también.

Aunque claro, dicen que es un pasatiempo que te cultiva, y también que hay mucha gente que le gusta leer.

Como a Yaten.

Involuntariamente pensé en él, y en la forma insonora y astuta de cómo caminaba con las manos en los bolsillos para todas partes con algún ejemplar. En cómo se enfadaría si se lo quitaba, o en el esplendor de sus ojos verdes y brillantes, cuando me miraba si lo tenía demasiado cerca...

Le lancé una sonrisa al techo, en medio de la habitación oscura y silenciosa.

¡Mis flores estaban tan lindas!

Me cubrí con la sábana y luego la aparté. Hacía calor, el ambiente estaba medio húmedo, luego de que una llovizna ligera de primavera callera sin soltarse del todo. Decidí enderezarme, prender la luz a las malas y tomé el libro que elegí para la evaluación: Sentido y Sensibilidad. Abrí en la página veintisiete, para sumirme en el mundo del romance de Austen.

Haría algo de provecho, porque profundizar precisamente en «cosas que quitan el sueño» definitivamente no ayudarían a recuperarlo.

Por la mañana, las calles parecían estar tapizadas de una cubierta de suave rosado, todo atestado de pétalos de cerezo. El ambiente, dulzón y tibio, me invadía los pulmones con su aroma y deliciosa composición.

Por haberme distraído tanto con las flores, llegué apenas corriendo. Choqué con un chico de primero que me miró muy colorado, luego con la mitad del club de natación y al final, casi con el mismo profesor Takeda.

Para mí, era impensable ser puntual, y esto lo digo con toda la seriedad que Minako Aino es capaz de transmitir. No me resultaba humanamente posible el llegar a tiempo a ninguna parte, por más entusiasmo que generara, por más temprano que me despertara. Y por más que me mantuviera deseado que llegara ése momento con cada poro de mi ser, era completamente inútil. Siempre terminaba cambiándome el peinado o las uñas, o me disgustaba como se veía de lejos – o de cerca- el uniforme, la ropa o los zapatos.

Sin embargo, cuando pasaba en las clases, todos festejaban mi audacia para librarme de los castigos donde los maestros venían pisándome los talones. Unos me echaban miraditas asesinas, y otros, como el profesor Takeda decía jocoso "Te salvaste por un pelo de ranita calva", era su típica frase. Aunque odiaba a las ranas ─imagínense a las calvas─ yo dejaba caer mi cuerpo sobre el asiento muy sonriente. Aguantando sus bromas simplonas por mi impuntualidad innata, mientras que todos reían y festejaban que una vez más, había salido victoriosa.

El examen resultó ser un ensayo. Escribí mi nombre con calma hasta que quedó muy mono, y luego leí la única pregunta:

Escribe tu opinión de la personalidad de uno de los protagonistas.

¡Esto es muy fácil! A mí me encantaba opinar de lo que fuera, más si era de personas. Doblemente más si se trataba de mujeres, y al infinito y más allá cuando eran chicas tan simpáticas, bellas y románticas como las hermanitas Dashwood.

Elinor era la típica madura, consciente y prudente señorita que nada tenía que deberle a la sociedad. Siempre era muy adecuada, reservada… aburrida. Perdió el amor del buen Edward por andar haciéndose la interesante ─a mi parecer─ y se lo robó la muy descarada Lucy, que aparte de que nada de bonita tenía ─por algo no es la protagonista─ resultó ser una chica insípida y mentecata.

Marianne, en cambio, era de las mías. Siempre apasionada y feliz, abierta en sus sentimientos que quiso declararle su amor al guapísimo Willoughby así. De frente, sin tabús y sin apariencias. Aunque… el caballero parece que se asustó con "tanta entrega". Yéndose a visitar a la dama en turno más refinada que encontró.

Marianne cometió un error.

¿Quién hace eso, de gritar a los cuatro vientos te gusta alguien?

¿Tú?

Fruncí el ceño. Por alguna razón, esto ya no parecía un ensayo sino… más bien una biografía.

Elinor fue reservada, tranquila y capaz. Y no le sirvió.

Marianne fue honesta, amorosa y transparente. Y no le sirvió.

¡¿Qué se supone que haría yo?!

Rayoneé otras cuantas cosas con lápiz, para poder borrarlo después. Un pez, una tortuga sonriente entre ellos, el nombre en cursiva de uno que no era ni Edward ni Willoughby, y empecé a desvariar de nuevo.

Yaten Kou. De origen japonés y francés. Con familia japonesa aquí. Y con alguna otra relación con el otro país. Y esta consideración, comenzó a alertarme de que estaba pensando demasiado en su persona, preocupada por su nacionalidad y demás cosas referidas a su extraña, arisca, y por qué no, intimidatoria forma de ser. Aún sin hacerlo a propósito.

Hacía más calor que ayer y el ruido de los lápices chocando contra la madera parecía tan confortante. Me recargué sobre una mano, cuando quise volver al mundo exterior y pensar en las hermanas Dashwood, y cuál estrategia habrían empleado ellas, con todo su romance y buenas palabras, para convencer a sus novios de que no son malas. Que cometieron un error, pero que ellas… pues, ellas están…

Me sentí de pronto terriblemente cómoda.

Estaba soñando con un pato gigante, cuando oí un gruido amedrentador que me hizo saltar como resorte. Perezosa y sin ganas de saber de nada ni de nadie, me acomodé sin darme cuenta sobre los brazos, todavía sin abrir los ojos. Gruñí y estiré uno de ellos con la intención de apagar ése condenado despertador, y dormir un poco más. Debería cambiarlo y suplirlo por alguno de esos novedosos que te despiertan con Mozart. ¡Qué es ese escándalo! Sin embargo y por mucho que tanteé en mi mesita de al lado, lo único que conseguí fue encontrarme con un despertador que no era el que sonaba.

Y no sonaba, porque no era un despertador.

—¡AHHHH! ¡Dios mío, creo que me has roto la nariz!

Tenía la vista borrosa, bostecé con descaro y parpadeé confusa.

Oh, oh. Los despertadores que yo recuerde, no hablan.

Todo el lugar explotó en carcajadas, porque yo tenía enfrente al profesor Takeda, con toda la cara roja, con un hilillo rojo de sangre escurriéndole por el mentón, y sobándose como si le acabaran de propinar un buen puñetazo. O como si le hubieran sopeteado la nariz.

Como si fuera un… reloj despertador.

Enrojecí como una granada, pidiendo auxilio a la Divina Providencia, a Tutankhamun o a cuanto a ser muerto contara con buena fama y cuanto ser divino existiera, incluyendo los que no estaban descubiertos aún.

¡¿Por qué soy tan desastrosa y torpe?!

—¡Oh, profesor! —chillé, tapándome la boca con las manos —. Lo siento tanto. Lo siento, lo siento…

Me acerqué para corroborar que estuviera bien, pero él se apartó, mirándome con recelo.

—No —me advirtió—. ¡Aino, parece usted un monstruo cuando duerme! ¿¡Cree que soy su almohada para golpearme de ése modo?! —me retó.

Estaba segura de que la cara me iba a estallar en cualquier momento, y que de las orejas, me saldría vapor al igual que una olla de presión.

¡Yo no era responsable de lo que hacía cuando estaba durmiendo, y menos era consciente de ello, por muy raro que fuera! Y apostaría cualquier cosa a que él, con sus lentes de marca, libros sofisticados y todo, llenaría su almohadón todo de babas…

No sabía exactamente cuál sería mi récord en hacer ridículos, pero estaba segura de que era bastante alto. Y que ahora estaba oficialmente invicta, después de haber confundido la cara del profesor Takeda en un lindo saco para boxear. Mi marca quedaría muy lejos del alcance de cualquiera, incluso de Serena.

—Vaya a la dirección por su reporte. Antes de que… comience a aterrorizar a la ciudad —murmuró, secándose la sangre con la manga de la camisa. Todos rieron más fuerte que antes.

Bajé la mirada, y me disculpé.

—Lo siento, profesor.

La cara que de niña de coro de iglesia ─como decía Yaten─ que yo ponía en SPSC (Situaciones Pop Shot Críticas) tenía casi un noventa por ciento de efectividad. El profesor Takeda no fue la excepción, y pronto se vio afligido, contrariado y me atrevería a decir que bastante arrepentido por el comentario que soltó.

—Deme su examen, Aino. Y vaya... vaya a la dirección. O a su casa, a dormir. Como prefiera.

Asentí, muy sumisa. Tomé mis cosas y me largué al área de jardineras, al tiempo que en los corredores escuchaba los coritos del aula de música y los gritos de emoción de los chicos de tercero, que jugaban al fútbol. Me senté en una de las bancas empedradas y miré las nubes, que eran un montón de arremolinados blancos, hinchados como algodones.

Suspiré.

Tendría que apurar el paso. Tarde o temprano, el grillo se olvidaría de decirme por dónde debía caminar, y quizá terminaría eligiendo el camino que quizá no me llevaría al lugar más feliz…

Pero tenía dudas. Tenía temores sobre lo que Yaten pensara de mí, sobre la desconfianza y que siguiera sintiendo cosas por Kakyuu. Era normal, supongo. Las primeras ausencias, los primeros conflictos…

Las primeras ansias de evaporar a Kakyuu Sayama de la faz de la Tierra, sin que nadie me lo permitiese.

¿Eso era normal?

Bueno, pero él estaba conmigo. Y eso significaba que le importaba lo suficiente, para no irse de mi lado. O al lado de otra.

Aunque no lo suficiente como para saber que estaba en lo cierto.

Me tapé la cara con las manos, demasiado agotada como para seguir pensando.

No sé cuánto tiempo pasé exactamente en ésa posición. A pesar de eso, no quería moverme de mi sitio. Aún sabiendo que la hora destinada a Literatura Clásica se me estaba terminando, preferí ausentarme del Mundo un poco más. No es como si de todos modos alguien me necesitara, o me anduviera buscando.

—Te estaba buscando.

Mi sentido extrasensorial de las voces me alertó al máximo, inflándome el pecho y encogiéndome el estómago. Levanté los ojos. Yaten traía varios libros en las manos, y supuse que vendría de la biblioteca.

Su sonrisa me habría cautivado más tiempo, a no ser porque una niña curiosa y alegre de primero pasó, mirándolo y robándosela. Porque él nunca sonreía frente a ninguna otra persona, que no fuera yo.

—¿Por qué tantos? —me quejé, quizá involuntariamente, al acordarme de lo mucho que me había costado leerme unos cuantos capítulos de Sentido y Sensibilidad.

—Oh —dijo, distraído, mirándolos —. No los leo, solo recolecto frases de ellos.

—¿Frases?

—Ajá. Es para… un trabajo que estoy haciendo —se encogió de hombros y los puso sobre la banca, a mi lado —. ¿Y… el profesor Takeda necesitará una operación o…?

Lancé una patada desde mi sitio, que Yaten esquivó dando un imprevisto salto hacia atrás.

—Hoy andas echa una fiera —picó —. Ya sabes… insituto chico, infierno grande.

—Todo es tu culpa.

Sus ojos chispearon, lanzando destellos verdosos.

—¿Y yo qué tengo que ver?

—Todo.

—¿Entonces?

—Nada.

—¿Pues no que todo? —se extrañó él, frunciendo sus delgadas cejas al máximo. —. No puede ser todo y nada… es ilógico.

—¡Sí puede! —me quejé, estaba realmente frustrada y todavía avergonzada por el incidente en el salón. Y nadie me entendía. —. ¡Yo lo digo y tiene sentido!

Necesito un terapeuta, ya sé.

Saqué el aire. Mi novio no tenía la culpa del pato que había intentado comerme en mi sueño, ni en haber casi desfigurado al profesor. Ni de mi cobardía por mis errores pasados ni mi inseguridad de ex novias, y por todo estaba tomándola con él.

—¿No quieres contarme? —tanteó, suave como siempre —. Tú no eres así. Bueno… no siempre —corrigió algo cómico.

Intenté calmarme, convenciéndome de que Yaten tenía razón. Porque en realidad sí la tenía, hacía cosas sin sentido, porque ni yo misma sabía darle un orden a lo que sentía y pensaba.

No sé cuantos segundos tardé en jugar mis dedos sobre mi regazo, sentía sus ojos clavados sobre mí, con una paciencia increíble, pero que a mí estaban comenzando a picotearme como una gota sobre una roca.

—No me mires así —espeté.

El en vez de enfadarse, se rió.

Excusezmoi, mademoiselle Aino —dijo, arqueando una ceja, y luego habló natural —. Soy nuevo en esto. Debería usted dejarme ejercer mi destreza y emocionarme también. Gracias a esas mierdas de películas románticas e infantiles que me ha obligado a ver…

Hubiera querido creerle, pero no lo hice.

—Ya has tenido novias. ¿No?

Él no se lo tomó personal.

—Bueno, pero nunca alguien me inspiró lo suficiente, como para cambiar mis malos hábitos. ¿Puedo practicar contigo?

Fue una tontería, pero llámenle que estaba en mis «días difíciles», o que estoy loca, o todo junto, pero la palabra "practicar" me puso de muy mal humor. Yo no quería ser la práctica de nadie. Ni la segunda parte de nadie, ni el consuelo de nadie.

—No, no puedes.

—Si te molesta que te vea, no lo hago más. Pero es que tú me… —se detuvo un momento —, me fascinas, y a veces me pongo a averiguar por qué.

Sentí mis mejillas tibias, y consiguió lo que quería. Que los demonios de la ira y el dolor me abandonaran.

—Eso de fascinar es demasiado… fuerte —confesé, entrecortada —. Digo, a los astrónomos les fascinan las estrellas y a los escritores las letras —miré una catarina que se me posó en la falda y dije —. Y los insectos les fascinan a los… insectólogos. No sé si quiero que se me estudie de ésa forma.

Yaten negó con la cabeza, y lo escuché ahogar una risa. Sí, yo debería escribir mis estupideces en tarjetas de regalo.

Pero todo esto, nada tenía de gracioso, créanme.

Me arrugué la falda con las manos, y tragué pesado. Cerré los ojos en un gesto lastimero, antes de susurrar:

—No sé si valgo ser estudiada por ti.

No pude ver su reacción, sólo habló muy serio:

—Pues yo creo que sí. Eres… muy hermosa —agregó —. Y no debes enfadarte por eso.

Me había esforzado por no dejar que mi expresión revelara mis verdaderos sentimientos, pero no pude. A pesar de eso, él estaba equivocado, yo no estaba enojada. Estaba desilusionada. No quería que alguien ─mucho menos él─ me observara con todos mis rasgos perfectos y mi figura despampanante. No quería que mi cara ni mi esencia le hiciera sentirse abrumado. Quería que simplemente me viera, que viera lo que hace que sea yo, Minako Aino… y entonces se fascinara.

Estaba asqueada de escuchar que personas, que nunca llegarían a conocerme ni de lejos, dijeran lo hermosa que era. Todo este tiempo, quise creer con el corazón que Yaten estaba siendo entregado por mi verdadero yo, no con el que yo estaba destinado a ser. Quizá una cara bonita en la portada de una revista internacional, y nada más.

—Eso es lo que ves. Una estúpida fachada —sentencié.

—Oye…

Me hizo girarme hacia él, moviendo mi hombro hasta quedar de frente. El viento se apuró, y un montón de pétalos de cerezo cayeron cerca de nosotros, incluso sobre la ropa y nuestras cabezas.

—No entiendes nada, como de costumbre —dijo, y subió los ojos hacia los árboles, como para tratar de buscar en ellos las palabras adecuadas para mí —. Lo que eres es lo que hace que seas bella. En todo. Yo no hablaba de tu rostro, pero no debes permitirte ser diferente. A mí me gusta tu empeño en demostrar ser buena. En que te esfuerces y no te dejes caer. Y es ésa pasión, tu gran pasión por la vida es lo que hace que me fascines, Minako.

Nos miramos, y le regalé una sonrisa auténtica y tímida.

—Oye, Yaten…

Mi voz se fue muriendo con lentitud, perdiéndose en la profundidad de pensamientos, mientras él seguía mirándome en silencio. La furia había sido nada sutilmente reemplazada por el remordimiento y la certeza de que todo era culpa mía… y aunque también, yo no iba a dejarme hundir por eso. Aunque pudiera estar sintiéndome la peor novia del universo, al pensar en todas las cosas que había hecho y seguía haciendo, y que no iba a cambiar a estas alturas.

Era un buen momento. Estábamos solos, en un momento de confianza y…

¿Para qué esperar?

De los males el menor, Minako.

—Tú… —empecé, mirándolo aprensiva —. ¿Todavía sigues pensando mucho en Kakyuu?

Mi novio abrió la boca, bastante sorprendido. Lo siguiente que hizo fue bajar la cabeza, dejándola en un ángulo lo suficientemente visible como para no me impidiera la vista hacia su rostro. El pelo plateado le caía en parte de la cara, y con la luz matutina acentuaba la palidez de su piel.

—Yo no… me di tiempo de pensar en realidad, Minako —confesó, con una sonrisa amarga en los labios —. Lo que hice fue enterrarlo todo, emparedarlo en alguna parte de… mí, creo. Sabía que si lo sacaba dolería, y cuando te conocí tuve que sacarlo, de una u otra forma.

Sus ojos ya volvían a traslucir cierta tristeza, al igual que el tono manso de su voz. No había tomado en cuenta que al pensar en hablarle de Kakyuu era como abrir las heridas y echar un puñado de sal dentro de ellas.

Y eso no era buena señal, ¿verdad?

—Pienso en lo mucho que me permití sumirme en el lodo, sí —admitió, cruzándose de brazos —. Y en las consecuencias que ha acarreado eso. Pero ya es diferente. Todo es diferente.

Confiaba en su criterio, y dudaba que él fuera insensato como para moverse por instintos masoquistas a éstas alturas, como algunos hacen con el amor.

No sólo Lita, Yaten era muy maduro también.

En momentos como estos, sabiendo la clase de persona extraordinaria que era él, era cuando me preguntaba qué podía haber visto Yaten en Kakyuu. Aparte de su inusual belleza y después su habilidad para el engaño, su insensibilidad...

Y la verdad, es que la respuesta era que el amor era a veces demasiado caprichoso y cruel con algunas personas, desafortunadamente.

Me aclaré la garganta, dando el primer paso.

—Sabes, cuando nos conocimos yo…

Lo miré a modo de prueba, estaba atento y callado.

—Yo… bueno, es que…

El corazón me latía en sacudidas, como un tambor de guerra, a punto de salir a luchar a terreno abierto.

—¡MINAKO─SAAAAAAAAAN!

Un montón de niñas del grado de secundaria ─porque el Colegio tenía secundaria y preparatoria ─atravesaron la verja que separaba los niveles, y corrieron hasta nosotros, o hasta mí, para ser más específicos. Llevaban peinados infantiles todavía, como dos coletas o una de lado, y no usaban nada de maquillaje.

Yaten las miró con pánico, igual que su una nave espacial hubiera aterrizado, y quisiera secuestrarlo para llevárselo a otro planeta.

En segundos las tuve rodeándome, a la vez que me miraban con adoración.

—¡Minako─san! —dijo la más alta y desinhibida, que suponía yo era como la líder del grupo —. Por favor… necesitamos hablar contigo.

—¡Tu cabello! —gimió otra, mirándome la cabellera —. ¿Siempre lo has tenido así de largo? ¿Cómo lo haces? ¿Dónde compras tu ropa…?

—¡Eres nuestro ídolo, Minako─san! Estamos pensando en abrir una web con…

¿Una web?

¡Guau, soy única!

—Esto… —Yaten se levantó, como si de pronto le hubiera dado una especie de alergia y quisiera sacudirse la ropa —. Te dejo con tus… minions. Adiós.

—¡Espera, Yaten!

Pero él tomó los libros con ansias, y se marchó.

—Minako─san —dijo solemne, una niña de pelo cortito y oscuro con las manos sobre el pecho —. ¿Es cierto que tu postre favorito es el flan napolitano? ¿O es otro invento de las de nuevo ingreso?

Pestañeé.

—Yo… no como azúcar —respondí.

—¡Te lo dije, Naoko!

Detrás de ellas, y entre los estudiantes, él ya se había adentrado en el edificio.

—¿Es tu novio, Minako─san?

—Claro que no —alegó otra, conmocionada —. Minako─san sale con un profesor de la facultad de Derecho, ¿verdad?

Rodé los ojos, exhausta.

¡Qué difícil es ser yo!

.

.

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(Yaten)

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Si como yo, eres de esa clase de personas que adoran deambular por las calles a cualquier hora del día o de la noche, posiblemente acabarás topándote de frente con una pequeña librería que sólo algunos inadaptados saben apreciar.

Y no es que esté tan oculta en un oscuro callejón, o haya que susurrar una contraseña a un misterioso sujeto en una puerta corroída. Es, simple y llanamente, uno de esos lugares que pasan desapercibidos en ésta dinámica y moderna ciudad, donde la mayoría de los transeúntes buscan centros comerciales, no estas excepciones.

Era un edificio enano de pintura marrón será lo primero que veas, y posteriormente, prestando un poquito más de atención, descubrirás que es casi un milagro que la estructura aún siga levantada, y que la fachada no se haya caído a pedazos hace tiempo. Si para entonces, eres lo suficientemente excéntrico o idiota como yo, descubrirás que la puerta de oscura madera siempre está entreabierta. Y luego, si eres aventurero atravesarás la puerta y sonará una campanilla que te confirmará que acabas de entrar a otra dimensión.

Entonces, olvidarás todo lo que has dejado afuera, las pantallas espectaculares que anuncian refrescos y zapatos, los aparadores y las luces. El ruido. La gente. Los cerezos en flor. Y en resumen, el verdadero Japón.

Se te van a olvidar las personas, las cosas de afuera y te limitarás a observar atónito y extasiado las altas estanterías de madera desgastada que casi vomitan libros. Los puntos de luz tenue, y los silloncitos viejos que te invitan a tomar asiento y beber café o un té mientras te lees algo, y te olvidas de lo demás.

Algo que yo hice muchos meses, como habrán notado ya.

—¿Buscas algo en especial, Yaten?

La voz me sobresaltó, haciendo que me girara algo paranoico. Me encontré con su extrema menuda y lánguida figura tras un mostrador un poco polvoso. Estaba seguro de haber pasado por ahí, y de no haberla visto, aunque siempre era casi así. Sonrió de forma malévola, como un duendecillo encantado que había aparcido para ayudarme y asustarme al mismo tiempo.

Espero.

—Hotaru...

Ella se recargó sobre sus huesudos codos y me miró con falso interés.

—Tiene un montón de tiempo que no vienes. Me sentía sola.

Dubitativo, avancé el par de pasos que nos separaban para quedar enfrente suyo. Vi sus enormes ojos violáceos que me escaneaban con interés y burla.

—Es cierto. He estado… ocupado.

Ella se dio por satisfecha, ampliando su sonrisa y poniendo delante de mí una taza de café humeante y cargado. Yo la tomé, era lo único que servían allí.

—¿Y… qué hay de nuevo? —preguntó, mientras se agachaba para desempacar de una caja polvosa, muchos ejemplares con las hojas amarillentas y rotas de las esquinas.

Hotaru Tomoe era la hija del Doctor Tomoe, un tipo que tenía mucho cerebro pero nula actitud de servicio como para crecer su negocio. Había sido un científico reconocido, y lo echaron de una trasnacional cuando inventó un curioso programita que después, haciendo trucos y malabares empresariales corruptos, conoceríamos más tarde como Tokyo Electron.

Pero nada de eso parecía importarle al sujeto, porque se la vivía en el piso de arriba encerrado, trabajando en una investigación que no parecía tener fin ─según Hotaru─ y que le había valido el matrimonio, mucha graduación en los anteojos, y la burla de todo el que lo conociera incluso oídos.

La chica que siempre se vestía de negro y que era un año menor que yo, pasaba largos ratos en la tienda que les proveía el sustento. Era bastante extraña, huraña y enigmática, pero a mí me daba un poco igual. Conseguía lo que yo le pedía: libros y libros que me transportaban a lugares lejanos y fuera de mi realidad, y por un tiempo, eso fue lo que siempre quise.

Luego de que las pastillitas de la felicidad hicieran su efecto progresivo, yo llegué por error ─porque en realidad buscaba una tienda de discos─ a la pseudo librería de los Tomoe, y ya no salí.

El lugar me agradaba.

Me agradaba que no me toparía nunca a alguien conocido, me agradaba que Hotaru no hablara más de lo humanamente necesario y no preguntara cosas. Y me agradaba aún más la forma en la que el Doctor trataba a los pocos clientes que tenía. Me hacían sentir que no era el único demente del Mundo, y por eso siempre regresaba.

Pero tenía más de tres meses que no me aparecía, y era una evidente diferencia. De estar metido ahí todas las tardes, a no poner un pie ni por asomo, no era algo que no se pudiese notar.

Cuando decidí refugiarme aquí, supuse que en algún momento tendría que dar cuenta de dónde había estado mi paradero últimamente, que acabaría contándole que se habían acabado las pesadillas, que mi familia ya no era una interrogante y que además ahora tenía una novia. Ella me daría otro café y sonreiría como lunática, invitándome a contarle más y más. Y yo se lo debía, porque aunque Hotaru y yo nunca habíamos sido oficialmente amigos, ella parecía haber comprendido lo que me pasaba todo ése tiempo que estuve ahí, sin sentir lo que todos, lástima.

Fue sólo una vez, un momento de debilidad que me noqueó, harto de traspasar las páginas sin avanzar y sin encontrar respuestas. Creo que no pensé lo que hacía, porque acabé confesando que en realidad, me sentía terriblemente solo. Que la chica que yo creía que me amaba se había burlado de mí, que ya nunca hablaba con mi hermano, mi padre me trataba como si fuera una carga y que mi madre se había muerto hace mucho, pero yo no conseguía olvidarla.

No respondió absolutamente nada, y se dedicó a pasar en ratos a ofrecerme té o café, y sentía su mirada cautelosa los días curiosamente peores, y eran esos justo cuando me recomendaba un nuevo libro.

A su manera, pienso que Hotaru me había ayudado.

Pero era demasiado temprano aún como para ésos temas heavys, así que preferí una evasiva:

—¿Y a ti? Tu padre salió en el periódico, lo leí el otro día. Probablemente sea más interesante que la mía.

Ella puso los ojos en blanco, tomó asiento en una silla muy alta para ella, mientras el humeante café traspasaba mi garganta, dejando su sabor fuerte y reconfortante.

—Papá quiere irse a Sudáfrica. Probablemente esté enloqueciendo un poco más. Dice que ahí valorarán su trabajo —Hotaru desvió sus ojos y me echó una ojeada punzante. Tan punzante que sentí que me traspasó hasta la nuca —. Siento que has venido a preguntarme algo… ¿No es verdad?

—Verdad —me incomodé —. Pero…

En cierto modo, Hotaru en este momento me recordaba a Minako. En ocasiones en las que a esa niña se le metía algo entre ceja y ceja, era una absoluta pérdida de tiempo el intentar darle vueltas o andarte con cuentos. Supongo que porque todo el tiempo que no invertía en hablar sobre ella misma, prefería gastarlo en sonsacarle información al resto de la gente.

Igual, yo ya sabía en lo que me había metido. Y era bobo intentar hacerme el imbécil, de modo que me di por vencido. Apoyé un codo sobre el mostrador de vidrio y me decidí a hablar:

—Tú padre es un programador —hablé —. Y aunque nadie lo respete, sé que tiene las neuronas suficientes para hacer temblar las bases de datos hasta del gobierno.

Hotaru asintió con la cabeza, seguramente resignada y acostumbrada también. Yo me metí la mano en el bolsillo del pantalón, sacando un papel arrugado que traía desde hace varios días. Pesándome tanto, como si fuera una pelota de boliche.

Se lo entregué.

—Quiero localizar a ésta persona —escupí, y bajé los ojos al café evitando los suyos.

A través del vidrio opaco, la sonrisa bizarra que cargaba todo el tiempo se anchó de más. Quizá ella me preguntaría por qué no le pedía este favor a algún otro, pero creo que entendió el motivo.

Que yo confiaba en ella.

—Y bueno, a tu padre puedo pagar...

—Nada de eso —declaró. Y se guardó el papel en el bolsillo en los pantalones gastados, para luego decir muy seria —. Ya llegará el momento de cobrar.

Me mordí la boca. Me sentía en una película de crimen, de artimañas que involucran negocios sucios y venganzas.

—Vale —accedí, sin poder negarme a esa expresión que Hotaru hacía, y que me provocaba algo de miedo.

Pareció detectarlo, porque me guiñó un ojo.

—Comprando libros, por supuesto.

Sonreí con alivio.

—Ah, ya.

Ella ladeó la cabeza, extrañada, como si mi simple respuesta hubiera estado dicha en otro idioma. Y que yo recuerde, no había hablado en francés.

—Mira éso —señaló mi cara con su dedo delgadísimo desde su sitio —. Sí tienes dientes.

Di un respingo casi imperceptible, y miré a Hotaru como la rara que era. ¡Pues claro que tenía!

A no ser que...

A no ser que se refiriera a que yo nunca tenía ese gesto, ésa particularidad de quien está disfrutando un poco de la vida.

La campanilla sonó otra vez, indicándonos que había una nueva alma que quería adentrarse a éste muladar. Yo opté por despedirme, igual no había nada que decir entre nosotros, como siempre.

—Nos vemos.

Escuché su ligera risilla, y me sentí contagiado.

.

.

.

Aunque me moría por echarme a dormir un par de horas, resistí la tentación de la cama tibia y el cuarto a media luz, y cené con papá y Seiya esa vez. Antes de eso, me enjuagué con agua fría y puse mi mejor cara, cuidando que no se viera fingida. Estaba realmente exhausto, pero luego del patético historial que tenía sobre dormir mucho y hablar poco, era riesgoso que papá pensara algo equivocado de la situación. Aún cuando yo lo único que tenía era un montón de horas de sueño perdidas entre yo y Seiya toda la semana, por terminar el cometido que se revelaría dentro de muy poco.

La pasta estuvo muy buena, pero demasiado copiosa, y luego de andar de un lado para otro, me quedaría dormido en cualquier momento. Tenía demasiadas cosas en qué pensar. El encargo de Seiya, los deberes, Minako y lo que le había encargado a Hotaru. Muchos pendientes y nada de resoluciones empezaban a estresarme. Sobre todo eso, me preocupaba que Mina creyera algo, que estaba evitándola, formando ideas, como lo que había preguntado por Kakyuu.

Resoplé, porque tenía la certera sensación de que algo seguía sin dejarla ser feliz. No algo, alguien específicamente, y me jodía el no poder arreglarlo para cambiar su situación. No importaba lo mucho que sonriera, que se escondiera o que lo negara, no estaba bien.

Incluso el neurótico profesor Tomoe pasaba revolviéndole el pelo a Hotaru, con un gesto de evidente cariño.

Decidí que algo tendría que hacer, cuando apenas, en el festival de primavera todas las chicas de la clase de cocina se organizaron para poner un negocio de postres. Vi como Serena, Mizuno y Hino corrieron a pedirlos con envoltorio para llevarlos a casa, para que sus padres los probaran, y seguramente les dijeran que estaban muy orgullosos y satisfechos.

De no muy lejos, vi como Minako firmó su calificación y tiró el resto a la basura.

Y siempre evadía el tema. Decía que estaba acostumbrada, y que estar sola tenía muchas ventajas -aunque la mayoría de esas ventajas no las practicara- y que los valores familiares eran un cuento que sólo se veía en la televisión. Que me entendía, por tachar su estilo de vida solitario y quizá algo triste, pero que ella era una chica fuerte. Que su modo de vida no me entraría en la cabeza, del mismo modo que no me entraría a mí, si me dijeran que mi madre no había sido una mujer alegre y cariñosa, tratándome de forma completamente opuesta de como la habían tratado a ella.

¿Qué problema podría darles Minako? Ella no hacía más que sonreír, hacer sentir bien a los demás, iluminarme la existencia. ¿Cómo alguien, en su maldito sano juicio se había atrevido a hacerla a un lado? ¿Cómo?

Y por eso entendía su actitud. Su optimismo excesivo y apabullante. Minako peleaba con el aura de soledad que la rodeaba todo el tiempo. Nadie la había mirado así, de manera fraternal y con protección, y ella se había tenido que refugiar en un apartamento lleno de peluches y comodidades. Se había convencido de que era normal, y podría resolverlo del mismo modo que, con astucia, resolvía cada una de las dificultades que le pasaban todos los días.

Y en comparación a eso, me sentía cobarde. Después de una muerte, no imaginaría mi vida sin lo que quedaba de mi familia. Aunque viviendo aparte me sintiera más libre y con menos responsabilidades, o con más dinero, o la mierda que fuera. No debería ser agradable, y los ojos de Minako me lo decían, aunque ella no quisiera aceptarlo.

Dejé a un lado el libro de Historia, y tomé la foto de tamaño mediano que tenía en la mesa a un costado.

A mamá le habría caído bien Minako.

Y algo tendría que hacer, porque yo más que nadie, sabía que era insoportable ocultar rasguños, en vez de esforzarse por sanarlos.

Porque si uno no se enfrenta al problema, a cada paso que se da, siempre vuelven a abrirse los cortes, una y otra vez. O todo queda ahí, como una nube sobrevolando tu cabeza.

Mi Minako...

—Oye...

Gracias al amplio catálogo que mi cerebro había almacenado con contenido de libros y películas de terror, yo no me asustaba con facilidad. Y gracias al cielo yo no padecía arritmia o alguna enfermedad del corazón, porque ya me habría dado un jodido infarto a estas alturas, con las irrupciones del simpático de mi hermano.

Voy a ponerle alambrado eléctrico a esa puerta, lo juro.

—Oh —balbuceó, cuando miró la fotografía y dejó su guitarra sobre la cama —. Yo, bueno...

Más le valdría que no se le ocurriera empezar a...

—¿Todavía le das vueltas a eso? Ya sabes que... bueno, que aquí estoy.

Tarde.

—Hum, lo sé.

No estaba melancólico, carajo. Ni siquiera estaba pensando en eso, y no era mi culpa que él siempre se metiera en mi cuarto y en mis cosas, como una sanguijuela chupa sangre.

—Y no tienes porqué culparte más por eso, ya pasó.

—Lo sé.

—A mamá no le habría gustado...

—Lo sé...

—Ahora además de ser un fenómeno, ¿Eres un robot?

Fuera la cercanía o mi agotada paciencia, pero esta vez mi puntería acertó. Apenas levanté el brazo con fuerza, con satisfacción admiré como en cada uno de sus rasgos, a Seiya quedaba marcadas las líneas del encuadernado de Historia, en su entrometida jeta.

.

.

.

Cuando abrí los ojos, me sentía terriblemente cómodo y descansado. Parpadeé unas cuantas veces, y luego decidí que quería estirarme, aunque la posición y la tibieza en la que estaba sumido, me invitaban a echarme una siesta de al menos dos horas más.

No sé cuanto tiempo llevaría dormido, pero juro que había sido muy diferente a dormir como siempre.

Diferente y mucho, muy agradable. Y...

¡Vaya, ese no es mi techo!

No supe qué me había despertado, ni qué estaba soñando antes, porque un movimiento perezoso contra mí, seguido de alguna especie de abrazo alrededor de mi torso y sobre mi pecho, distrajo toda mi soñolienta atención. Bajé los ojos sólo para encontrarme con la larga -y espléndida- cabellera dorada que caía desparramada sobre sus hombros y espalda.

La criatura más deliciosa de la creación se encontraba de repente encima de mí, manifestando la tortuosa contradicción que hubiera vuelto loco a cualquier mortal. Una cara y una expresión de muñeca de porcelana y de ángel, portando un cuerpo demencialmente pecaminoso.

Sentía como me sonrojaba, pero no me moví. Minako me tenia sujeto como si verdaderamente me fuera a escapar de ahí, aunque su respiración era serena y regular. Una de sus piernas se enredaba con las mías, y la condenada faldita se le había subido y desacomodado de tal forma, que no dejaba nada a la imaginación.

Antes de que yo pudiera decidir si me sentía agradado o invadido con aquella posición, Minako se removió un poco, y me abrazó de forma aún más cercana, con su nariz rosando mi cuello, haciéndome cosquillas y embriagándome con su olor a manzanas.

Tranquilo, tranquilo...

Hinché los pulmones hasta llenarlos de aire, y lo fui soltando poco a poco, tan disimuladamente como pude, hasta que mi corazón se normalizó.

Dejé que su calor me traspasara, como si realmente compartiéramos la misma piel. Aquel abrazo me hacía sentirme en una poderosa sintonía. Era como si yo estuviera cuidándola, y a la vez me sentía protegido de cualquier cosa negativa o dañina, de cualquiera que se le ocurriera arruinar mi momentánea felicidad.

No me di cuenta hasta ese momento, el cuánto la había echado de menos.

Unos golpecitos y una sombra rápida, que iban de aquí para allá sobre la alfombra me llamaron la atención. Levanté lo menos que pude el rostro, para no despertar a Minako, sin alcanzar a ver nada extraño.

Otra vez de regreso, y ahora sí no estaba imaginándome cosas. Al final pude descubrir al intruso, que era intrusa. Julieta corría de un lado para otro, arrastrando una especie de broche que yo le había visto a Mina en el pelo hace unas horas. Lo jalaba y deshilaba, bufando y sacudiendo la cabeza, muy entretenida.

Me mordí la boca. Ojalá que no fuera cosa importante para ella, porque ya estaba destruido.

Me entretuve viendo como seguía jugando, y mirando a Minako alternadamente. Ella no era exactamente una fanática de los animales, pero siempre que yo estaba aquí, Julieta terminaba metida en el departamento, y ella ya no parecía dramatizar demasiado porque se subiera en sus muebles o corriera hiperactiva por el lugar.

Pero de eso, a que acabara con sus preciados accesorios, no sé...

Un zumbido hizo que otra cosa dispersara mis pensamientos. Mi celular no dejaba de vibrar sobre la mesita que tenía a un costado, donde antes, habíamos comido un montón de botanas y sushi.

Estiré el brazo para tomarlo, pero no llegaba hasta ahí.

El teléfono no dejaba de sonar, o de vibrar, más bien. Avanzando de a centímetros, pero quedando cada vez más lejos de mi alcance.

Cuando menos me di cuenta, Julieta dio un saltito sobre la mesa, tirando envoltorios y una charola, y se puso a patalear el aparato.

—¡No, Julieta! —cuchicheé, espantándola. Aunque ella sólo me miró con las pupilas dilatadas, la típica mirada juguetona felina, y siguió intentando cazar a ese bicho que no estaba vivo —. ¡No, chist!

Pero la cabrona me ignoró, y consiguió tirar mi teléfono, para después patearlo y jugarlo sin control como quiso y cuanto quiso, sobre toda la lustrosa duela del penthouse.

—¡Ven acá, gata loca! —le llamé en un susurro. Se le erizó todo el pelo del espinazo y salió disparada cuando el teléfono volvió a vibrar, asustada, pasó por encima de mí y Minako, por qué no.

Ella se revolvió, y supe que lo que había querido evitar se había cumplido.

—¡Ay! ¿Qué sucede? —murmuró, aturdida.

No respondí, dejé que ella se acomodara, y me sonrió. El lugar apenas contaba con una media luz, ahora que se había hecho un poco de noche. Y su boca entreabierta expelió una tibieza enloquecedora tan cerca de mi rostro, que me puso la piel de gallina.

—Lo siento —explicó, sacando la lengua en un gesto infantil —. Cuando te quedaste dormido viendo la película, tuve que imitarte. Estaba cansada también.

Asentí, luego de que el arreglo de tulipanes que Seiya envió tuviera el efecto deseado -o sea, que Minako me perdonara y no me diera la lata a la vez- decidí que debería pasar a verla aunque fuera un rato. Nos moríamos de hambre y yo había comido tanto, y la película era tan ñoña, aburrida y melosa, que no tardé pasar a otro plano astral en pocos minutos.

—¿Y por qué dices que lo sientes? —quise saber.

—Bueno, porque... vas a pensar que fui una encimosa —se abochornó.

—Qué va, ya estoy acostumbrado.

Pero aquella respuesta no pareció suficiente, porque enseguida tuve que enfrentar al par de ojos celestes que repentinamente me miraron con voracidad.

Minako se acomodó sobre mí, y una corriente eléctrica me recorrió desde los pies, hasta la columna. Y estaba seguro de que si la sentía un par de veces más, quedaría noqueado.

Su nariz me rozó el mentón, y cerré los ojos antes de acceder a su muda petición.

La besé mordiendo la carne de su labio inferior, contagiándome de un escalofrío. Entre besos ligeros e imperceptibles, sólo para asegurarme de que como de costumbre, estaba tan dulce como un caramelo. Y bueno, ante semejante manjar yo terminé por explorar todo su interior.

Nuestras lenguas se encontraron, y la escuché ahogar un suspiro cuando mis manos acariciaron la piel desnuda de sus muslos. Me retribuyó mi atrevimiento devorándome los labios con un beso entusiasta.

Giré de imprevisto y la aferré entre mis brazos. El cuerpo de Minako se doblegó bajo mi fuerza, y sus manos se prendieron a mi espalda, debajo de la camisa, como le gustaba hacer siempre.

Repetimos el beso, mientras ella enterraba sus dedos en mi pelo, haciendo que me rozaran la nuca mimosamente.

Una de mis manos fue hasta su cadera, y la otra me sirvió para levantarle una pierna y hacer que se enredara a mí. Ella profundizó en mi boca lo que quiso, y yo me pegué más a ella, yo intentaba pensar con coherencia, resistiéndome a la posibilidad de que cada vez me costaba más trabajo dejarla escaparse viva, y no sé si hoy...

Minako no creo que sintiera mucho por mí, —al menos no de la misma forma que yo — y no estaba dispuesto a forzar nada, ni llegar a una situación de la que después se arrepintiera. Es decir, no iba a arrastrala a una cama y dejarme llevar, por mucho que me apeteciera, honestamente.

Me separé, abrí los ojos para admirarla, y nos sonreímos.

Ella tenía bastantes métodos de tortura suave, y así lo hizo, esparciendo un montón de besos suaves y largos por mi cuello. Yo dejé que mi mirada se perdiera en los muebles de su casa, sólo para mantener los pies en la Tierra.

En el reloj de la pared, se marcaban las siete y cuarenta.

Así, el éxtasis se quebró en pedazos, acabando con todo lo placentero que podría llegar a sentir. Desgarrando la conexión mística y obligándome a volver a la realidad.

¡Mierda!

Mierda, mierda, mierda.

—Ya tengo que irme —jadeé. Y cuando mi rostro se encontró con el de Minako, ya no había rastro alguno de rubor en sus mejillas. Algo se encendió en sus ojos -y créanme, no era deseo- arrugando el ceño con fuerza.

Con ambas manos me empujó del pecho y se levantó, dándome la espalda.

—Haz lo que quieras —farfulló, mientras buscaba sus zapatos en la alfombra.

Yo chasqueé los labios, mientras como una desagradable infección, me invadía la culpa.

—Mina, no es lo que crees...

Claro, yo era un idiota por mi poco tacto. Pero de verdad que tenía que marcharme. Hacía cuarenta minutos yo tendría que estar en otro lado, como se lo prometí a Seiya. Y si yo era bastante estúpido por haberme quedado dormido, Minako no tenía por qué pagar eso. Y yo había estado más que ausente en los últimos días y en resumen, ya saben lo que pensaba.

Se lo dije de frente, yo no era de los que se iba por las ramas.

—No estoy rechazándote...

—Sí, sí lo haces —espetó sin mirarme, en una mezcla de sarcasmo y amargura.

Tanteando figurada y literalmente el terreno, me incliné sobre ella llevando mi mano hasta su cintura. Ella siguió inmóvil, esperando que explicara mi comportamiento de patán, seguramente.

—Oye —le hablé sobre hombro—. Sabes que estoy loco por ti... Pero tengo algo qué hacer, se lo prometí a Seiya. Y no puedo fallarle. ¿Me entiendes?

Luego de unos segundos de silencio y sólo un leve gruñido por respuesta, Minako giró el rostro, desconfiada. Yo me mantuve firme, porque aunque ella fuera mi prioridad casi siempre, no lo era esta vez. Y aunque lo lamentara después, no me iba a echar para atrás.

Se acercó, pasando ambas manos sobre mi cuello, esbozando una sonrisita con travesura y picardía, y me preguntó:

—A ver, ¿cómo es eso de que estás loco por mí?

Puse cara de pocos amigos.

—Sabía que era lo único que ibas a retener de lo que te dije.

Levantó las cejas, como si me retara.

¡¿De verdad esperaba que yo, le contestara eso?!

Primero muerto. Primero me veía todo el catálogo de Disney, y me quedaba a acampar en la Hello Kitty Store. O incluso me haría amigo fiel del séquito de las Pocks, o como sea que se llamara el grupo al que pertenecía y lideraba.

Notando que iba en serio, me fastidié. Igual no me dejaría largarme si no le aclaraba el asunto, y los minutos seguían pasando, así que opté por ceder.

—Bueno —empecé haciéndome el desentendido, como si no me importara, aunque ya empezaba a sentir otra vez el calor sofocante —. Ya estaba loco, sólo que ahora puedo echarte a ti la culpa, ya sabes...

Minako negó con la cabeza, divertida, probablemente pensando en que había decidido juntarse con el ser más orgulloso del Universo, y que aquello no tenía remedio.

Busqué mis zapatos con apuro, y me fui a despedir, robándole un beso desprevenido.

—¿¡Eso que está tirado, es mi broche nuevo de orquídeas!? —escuché su grito histérico.

Aborta la misión, Kou.

Excelente idea Conciencia, aunque no iba a esperar el consejo.

—¡Te llamo luego!

Iba a cerrar la puerta tras de mí, cuando Julieta salió como un rayo entre mis pies y casi hace que me tropiece con ella.

A eso llamo yo instinto de supervivencia.

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(Minako)

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Ni bien pude vengarme de la injusticia a la que acababa de ser sometida, porque Yaten había huido, cual cobarde salta al agua cuando el barco comienza a hundirse.

Recorrí la puerta que ocupaba toda la pared y encendí las luces interiores, abriéndome la ventana al Paraíso.

¡Ah, closet lleno, corazón contento!

¿No recuerdan?

Yo también tenía un compromiso, el cumpleaños de Rei. Y antes tenía que pasar a casa de Serena para asegurarme que se pusiera algo decente, para que se viera adecuada y no me quitara puntos al venir en el Pop Shot mal vestida, de paso.

Me tardé más de una hora en conseguir que Serena pudiera caminar con plataformas, media más en conseguirle una chaqueta, que no se le arrugara con lo patosa que es. Y otro cuarto y medio en ponerle un maquillaje que se viera natural. En resumen, era todo un trabajo de jornada pesada tener el cargo de Hada Madrina, pero valió la pena, porque quedó guapísima.

El ambiente seguía sintiéndose húmedo, y opté por ponerme unos pantalones entallados con una simple blusa lisa y blanca, que se abrochaba al cuello en un moño.

Y abajo... bueno...

Tragué pesado, mientras Serena a mi lado cantaba a todo pulmón una canción de Katy Perry. Sin atreverme a bajar demasiado la vista hacia los frenos, porque sabía lo que había allí.

Cuando terminé de arreglarme, el outfit me había parecido «demasiado simple» y tenía el tiempo contado -o eso intentaba repetirme- y bueno...

¡Todos esos zapatos ya estaban muy vistos!

¡Era una noche especial!

¡Yo no podía quedarme atrás y...!

Había abierto la caja de Pandora, o lo que es lo mismo, la flamante envoltura de los Jimmy Choo que yo había jurado, por deber moral, nunca usar.

Hinché los cachetes haciendo un puchero, al mirar cambiar de rojo a verde el semáforo. El nunca al parecer me había durado bastante poco, porque los llevaba muy bien puestos y...

¡Es que se veían taaan divinos!

Bueno, nadie tendría por qué enterarse. ¿Verdad? Igual yo ya había decidido hablar con Yaten. Pronto, lo más pronto posible. Y no era mi culpa que todas ésas veces que lo había intentado, siempre algo o alguien me interrumpiera.

Primero, el martes, había sonado la maldita campana del Colegio, haciendo que todos los estudiantes se interpusieran entre nosotros.

Luego el jueves, el club de seguidoras no oficial de Minako Aino no me dejó.

Después, había sonado su celular. Y cuando iba a retomar el tema se marchó, porque tenía «muchas cosas que hacer».

Y hoy, que se había quedado dormido justo cuando yo iba a ponerle pausa al DVD, y enfrentar a mi destino.

—¡Estoy muy emocionada, Mina! —me dijo Serena, bajándome de la nube —. Tiene mucho que no celebramos un cumpleaños...

—Es cierto —admití, sonriendo mientras ubicaba el lugar y me estacionaba —. ¡Serena! ¿En qué momento te manchaste los dientes de labial? Límpiate, por lo que más quieras. ¿Lista?

—¡Muy lista! —gritó ella, igual que una scout.

Serena tenía razón. Debería divertirme, ver a la banda que tocara y olvidarme de la apuesta por hoy. Igual nada iba a ganar masacrándome, si había tenido los pantalones para usar los Jimmy Choo. Y también pensé que al final, las cosas tienen el valor que uno les da.

Y yo sé, que una vez aclarada ésta gran metida de pata, todo quedaría en el olvido, sí.

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El lugar se veía muy distinto que hace dos años. Todo estaba lleno de mesitas con adornos luminosos y colgantes, y el escenario estaba tan próximo a nosotros, que supuse todo habría sido arreglo de Lita, porque habíamos llegado sin reservación, sin hacer fila y teníamos los mejores lugares del bar.

El novio de Lita resultó ser un muchacho más grande que ella, como supuse aquella vez. Tenía el pelo un poco largo y rubio, y era bastante amigable. Sus amigos eran distintos, no trataban de parecer conquistadores ni hacerse los graciosos, e imaginé que esa clase técnicas de ligue se terminan cuando acaba el Colegio, a saber.

Las demás ya nos esperaban, y le di el correspondiente feliz cumpleaños a Rei, -que vestía una blusa rojo sangre- con su abrazo y un juego de Pupa que yo creía que le iba a gustar bastante.

¡Nada de resentimientos!

—Oh Mina, está increíble —dijo en cuanto lo abrió —. Es fabuloso, gracias...

—Yo también ya quiero que sea mi cumpleaños —aplaudió Serena cuando vio el kit —. Eres genialosa, amiga.

—Más bien «fascinante» —corregí, guiñándole un ojo y sintiendo una cosquilla en el estómago.

—¿Genialoso ya no está de moda? —preguntó con ingenuidad.

—Lo que sí está de moda, son las bellezas que traes puestas —admiró Rei señalando el piso —. Ya me parecía sospechoso que no los hubieras usado.

Todas las cabezas se inclinaron hacia mi lugar, por debajo de la mesa.

—Esto...

—Se ven muy bien —incluso Amy, que nunca hablaba de moda ni de estas cosas, le gustaban.

¡Pues claro, son unos Jimmy Choo! Sólo alguien que estuviera mal de la cabeza no lo admitiría.

Pero junto con un hormigueo que me recorrió las manos, las palabras no me salieron. Al contrario, a las que les salieron, fueron a ellas:

—Yo creo que hay que pensar en el nuevo reto —propuso Rei. Yo seguía inmóvil como una estatua, con las manos hechas un puño —. Te toca a ti, Lita.

—No es verdad, le toca a Serena —se zafó al instante.

—Lo que sea, no puede ser tan difícil como el reto de Mina —sacudió Amy la cabeza —. Debo decir que nos sorprendiste.

Me costó hablar, y las sílabas me herían la garganta al intentar cerrarla para mantener un tono sosegado:

—Fue cosa fácil —alardeé encogiendo un hombro, al tiempo que me sentía observada. Rei, particularmente, tenía una mirada suspicaz y burlona —. No es tan... rudo como aparenta. Pero estaba pensando... que podríamos ya no incluir chicos y conquistas en los retos. No sé...

—Minako se ha ablandado con la edad —sonrió Rei, haciendo que todas rieran, aunque no escuché la de Lita, que estaba a mi lado derecho —. ¿Alguien le cree eso?

—¡Yo no! —dijo Serena, que nunca se quería quedar atrás —. Perdón amiga —agregó un poco penosa.

—¿Por qué no? —me enfadé, con un repentino estallido de rabia en el pecho. Contrarrestando con el frío que sentía cada vez que recordaba la apuesta —. ¿Qué, por qué yo no podría enamorarme de Yaten o de cualquier otro?

Y si me obligaban, lo gritaría a los cuatro vientos. Si eso servía para mantener a Yaten a mi lado. Aunque tuviera que reconocer que me había vuelto vulnerable, susceptible y todo eso. No me importaba nada, más que guardar el secreto que me costaría su amor.

—Pues... porque tú no eres así, Mina —dijo Amy, muy seria y yo me giré hacia ella —. Nunca nos has hablado de que quieras a nadie, ni siquiera de tu familia. Reniegas cada que puedes de tus padres y se supone que lo más valioso para uno, siempre es la familia.

Como cada vez, Amy llevaba razón. ¿Cómo iban ellas a creerme, cuando había sido tan cínica y descarada con tantos en el pasado? ¿Cómo podían pensar que yo amara a un chico, al que a su consideración yo conocía poco y nada? Y si ellas pensaban que yo renegaba de mis padres, era únicamente porque no podía confesar mi triste realidad. Que yo les estorbaba igual que un chicle en el zapato, y que pasaban de mí cuanto podían.

—Chicas, en realidad yo...

Las luces se apagaron y todo mundo comenzó a gritar y aplaudir. Derrotada, tomé un poco más de mi bebida y me resigné a que ése no sería el día, después de todo. Era el cumpleaños de Rei como sea, y si ya había esperado bastante podía esperar un día más.

Pero me quedé atónita, cuando de la nada, no apareció el novio de Lita en el escenario. En lugar de él estaba otro, que yo conocía, o que todas conocíamos.

El estaba muy colorado, aunque sonrió con gran seguridad, como si fuera una verdadera figura pública ante la audiencia. Abrí mucho los ojos, y estuve a punto de frotármelos para cerciorarme que estaba ahí y no era un espejismo.

¡Era Seiya Kou!

Todas nos miramos, aunque sin duda la que estaba más confundida era Serena.

Y él se sentó en una alta silla, se acomodó una guitarra acústica entre el brazo y vi como sus ojos se dirigieron a mi amiga, y a través del micrófono dijo:

—Es para ti.

Decir que se puso del color de un pimiento, es quedarse a años luz de distancia. Hubo varios que emitieron sonidos de emoción y él, como hubiera nacido para eso, sólo se puso a cantar.

Boquiabierta, escuché cada una de las notas que salían de la boca de Seiya. Cada acorde y cada estrofa había sido pensado en ella, dedicado a ella. Había planeado todo esto para confesarle sus sentimientos, de la forma más sincera, romántica y genialosa que ningún otro hubiera podido hacer.

Otra cosa que recibo como balazos, son las miradas. Y si son de ésas miradas profundas, atrayentes y verdes, imagínense la dimensión de lo que yo hablo. Así que, giré la cabeza para terminar de atar el último cabo suelto. Que era Yaten, quien estaba parado con los brazos cruzados en el fondo del bar, donde no había mesas ni nadie, y seguía la canción distraídamente sólo con sus labios.

Nadie notó cuando me levanté, porque todos estaban pendientes de la canción de Seiya Kou.

—¿Esto era lo que estabas ocultando? —pregunté, con las manos sobre la cintura.

—Si te lo decía mi secreto no estaría a salvo.

—Qué poca credibilidad me das —me quejé y miré a Serena. Estaba notablemente conmovida, con la mano sobre el pecho y los ojos iluminados de felicidad —. ¿Es en serio todo esto?

El se encogió de hombros.

—Mi hermano está idiotizado por tu amiga —explicó —. Y creo que a ella le gusta. ¿No crees que merecen una oportunidad?

—Es que... yo creí que no sería su tipo —me empeñé.

Yaten sonrió de lado, haciendo una mueca sarcástica.

—¿El tipo para qué o en función de qué, Mina? —preguntó —. Y si existiera tal cosa, yo tampoco creía que fueras mi tipo.

Me sentía una mocosa regañada, así que le di la razón a las malas.

La voz de Seiya me removió tantas cosas por dentro, que tuve que cerrar los ojos, sosteniendo mi alma y esperando que él entendiera mi desesperada confesión también.

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(Yaten)

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Ya podía respirar tranquilo, porque Seiya ni había vomitado, ni se había desmayado y ni siquiera se había desafinado una sola vez. Realmente, me dije a mí mismo que su futuro estaba en esta cosa de la música, y la sonrisa radiante de Serena Tsukino valió cada uno de los desvelos que nos pusimos toda la semana.

Mi trabajo estaba hecho.

Mis cavilaciones fueron interrumpidas por Minako, que jaló mi mano un poco, para llamar mi atención.

—Yaten —me llamó, con una voz extraña, como si estuviera atragantándose con algo. Llevó la otra mano hasta mi rostro y la dejó ahí, a la vez que dibujaba una sonrisa rota —. No sé si lo imagines, o lo hayas pensado...

Empezó a mover mucho las piernas, y yo esperé, pero no terminaba de comprender por qué Minako le daba tantas vueltas al asunto.

—No sé como empezar... —murmuró. Yo apenas la escuché, con la música y el ruido del fondo.

—¿Qué tal por el principio? —le invité.

Yo y mis consejos tarados.

Minako giró hacia la mesa donde estaban sus amigas, como si quisiera asegurarse de que nadie nos mirara. A mi no me importaba del todo, pero la verdad es que prefería que estuvieran más entretenidas con el asuntito de Seiya, que con otra cosa.

Me dio la impresión de que no encontraba las palabras para explicarse, y eso me daba mala espina. Que Minako no tuviera algo que decir, era lo mismo que si yo quisiera subirme al mismo escenario, y participar gustoso en un concurso striptease.

—Al diablo con eso —se enfadó ella sola, y tomó la decisión de besarme, yo apenas pude corresponderle por tomarme tan desprevenido, y luego lo hizo de nuevo casi sólo rozando sus labios. Me contempló, con una seriedad que nunca le había visto antes —. ¿Yaten?

—Eh... ¿Minako? —pregunté con una ceja arqueada.

¿Qué, no nos estábamos presentando otra vez?

—Te quiero.

Parpadeé.

Lo más probable, es que otra vez me hubiera quedado dormido. Había sido un zombie todos éstos días, y bueno... no sería raro. Seguro cuando abriera los ojos estaría en mi cama o en algún sofá, o en la biblioteca del instituto. Eso era más probable... a que yo estuviera viviendo ésto.

Era muy probable, que esto no fuera cierto.

Era infantil y estúpido. Pero yo no conocía otra forma de convencerme que esto era un sueño más que esa.

Y lo hice: me pellizqué el brazo.

—¡Auch!

—¿Qué haces?

El dolor parecía bastante real, y fue cuando lo creí.

No hice nada extraordinario, pero estaba loco de felicidad por dentro. No sabía exactamente cómo reaccionar.

Aunque era increíble, era genialoso...

—¿En serio? —vacilé, entrecerrando los ojos.

—¡Por supuesto! —exclamó ella, con las mejillas rojas.

—¿De verdad?

Asintió, muy solemne.

—¿De verdad... de la buena?

Supe que por primera vez, era yo quien la estaba desesperando. Pero carajo, no podía evitarlo. Porque a pesar de que estaba feliz, no me lo acababa de creer.

—Te lo juro por Versace.

Me mojé los labios. De pronto tenía toda la boca seca.

—Entonces, me quieres. Es decir, a mí.

—A no ser que no seas Yaten Kou y estés disfrazado de algún extraterrestre, sí.

Tenía unas ganas tremendas de comérmela a besos, enfrente de todo mundo sin que me importase, pero me interrumpió.

—Tú me quieres también, ¿verdad? —habló, esta vez sin ningún tipo de gracia.

Parecía más tranquila que segundos atrás, como si de nuevo se sintiera familiarizada con la situación.

¿Qué si la quería?

¿Que si yo la quería?

Vaya, creo que Minako no tenía ni una ínfima idea de lo que representaba, de lo que significaba para mí. No sabía que desde hacía un tiempo, yo no ocupaba la mente en otra cosa que no fueran sus ojos, su rostro o su voz. Y que cuando lo lograba, deseaba regresar el tiempo para volver a verla. Que pedía por las noches soñarla, y me volvería un guiñapo de humanidad si ella, por alguna razón o simple mala suerte, me dejaba de contagiar sus risas, sus cuidados.

Minako me había regresado a la vida, y ¿qué si la quería?

Pff, era más que eso.

Suspiré.

—Más de lo que debería, sí.

Apretó un poco más mi mano.

—¿Igual que quisiste a Kakyuu?

Por la forma en que me miró, supe que la última pregunta no le había caído del todo bien formularla. O, más claro aún: que le había preocupaba y todo.

—¿Por qué la pregunta?

—Ella fue tu primera novia —insistió.

A mí se me arremolinaron un montón de ideas, un millar de razones por las cuales yo podría decirle a Mina qué nada tenía que ver ella con Kakyuu, que aquello no había sido más que una pantomima y una necesidad de sostenerme de algo en un punto muerto para mí.

Y eso, eso nada tiene que ver con amor.

—¿Quieres saber lo que pienso de eso? —le encaré. Minako asintió, nerviosa —. La primera novia no es otra cosa, más que la que está antes de la segunda.

Y creo que debió entenderlo, porque me mostró todos sus dientes, brindándome la sonrisa que siempre me hacía sentir las piernas de gelatina.

—Hay algo más, que debes saber.

—¿No puede esperar a mañana? —pedí, con la misma sensación de verdadero gozo —. Hoy sólo quiero estar contigo.

Ella asintió, comprensiva.

—Mañana.

Mi cabeza no procesó muy bien sus palabras. Porque en éste momento, poco me importaba otra cosa que Minako pudiera decirme, después de lo que sabía.

Ella me quería...

Lo demás era poca cosa. No podría ser algo que cambiara ésto. No sería algo tan malo.

¿Verdad?

¿Han tenido la sensación de que sólo están en el lugar correcto, en el instante correcto y de la forma correcta? ¿Que no cambiarían eso por nada, y que de ser posible, nunca se moverían de donde están, porque saben que están en su sitio? ¿Que todo está bien, que todas las cosas que ignoraste un día al fin tienen sentido? ¿Que desearían de verdad, parar ése reloj universal para que nunca se terminara?

Yo sí. Ahora.

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Notas de Kay:

UUUUPSI. Bueno, ahora si les debo una pequeña disculpa porque tardé demasiado en actualizar. Les contaré la razón, -porque quiero, porque es mi espacio y en las notas de Kay se escribe lo que Kay quiere,- me puse a actualizar "El Amor es", y luego quedé atorada con la historia. Y bueno, yo había dejado Agridulce San Valentín pendiente porque la otra estaba "excesivamente pendiente" pero al final salió esta primero. Espero que les haya entretenido al menos, que hayan pasado un bonito rato en este fin de semana juliesco. Me da mucho gusto que haya más seguidores de esta historia que poco pintaba para tener tres o cuatro episodios y qué tal, ya vamos en el 12.

Y bueno, ya vieron que la parejita sigue enredándose de más. El asunto de Serena y Seiya ha quedado al parecer saldado. ¿Alguien se atrevería a decirle que no, después de lo que hizo? Hubiera querido postear la canción, pero sabemos que es cosa ilegal y bueno, para qué meterme en broncas. Puedo decirles que la canción que me imagino el buen Seiya canta es algo como "Luz de día" de un grupo argentino llamado Los enanitos verdes, que cualquiera puede escuchar en la internet. De ahí que Yaten divague con lo de la luz. XD Creo.

Ahora bien, me quedó re largo el capítulo. A saber por qué, pero creo que es más conveniente, al menos en esta ocasión, responderles sus reviews de forma MP, porque acabaría siendo cuatro o cinco hojas de puras contestaciones. :) La unica que no me envió review desde una cuenta es Giselita, así que te contesto aquí:

Yo me doy cuenta que la buena Minako te ha ganado. Porque al principio renegabas de ella más que nadie, y ahora ya le echas la buena vibra para que Yaten sepa entenderla. Yo creo que aqui queda más un asunto de confianza, y bueno, que realmente la confesión se de, antes de que... bueno, de que pase cualquier cosa. No digo nada. Deberán leer el próximo capítulo. Nuevamente se controla para no sacarle la ropa, y es que bueno, él no estaba seguro de muchas cosas, y ya quiséramos un novio así... me lleva el demonio. x.x

Un abrazo preciosa, cuídate mucho. Y opina. xD

Y bueno, me deben un tomatazo, ¿qué no? Los espero con ansias.