y El segundo cap de este maraton final!


Capítulo 12

CUANDO Candy se despertó de un sueño inquieto a la mañana siguiente, llovía bajo un cielo gris. Con el cambio del tiempo, los niños se mostraron poco cooperativos con ella a la hora de lavarse y vestirse.

—No vamos a comer en el campo hoy —gruñó Anthony.

Estaban a medio camino de la villa, bajo la protección de un antiguo paraguas que Candy había encontrado en un rincón del cuarto de estar, cuando ella se enfrentó a la idea de que iba a volver a ver a Albert.

El recuerdo de su despedida la noche anterior fue una agonía para ella. Se había ofrecido a sí misma y él la había rechazado, no por no desearla, ya que sus ojos habían reflejado la pasión que sentía, sino por motivos de índole práctica.

La vida de Albert estaba marcada. Iba a casarse con Ángela y Candy era una distracción inconveniente, nada más.

Al menos, Albert no había intentado engañarla respecto a sus intenciones, pensó ella con pesar. No tenía que soportar la humillación de que la utilizaran para luego despreciarla como una aventura sin importancia de vacaciones, que era lo que ella podía haber ofrecido si Ángela no se hubiera presentado en la villa.

Pensándolo fríamente, Ángela podía no ser la mujer ideal para Albert, pero al menos éste no se hacía ilusiones respecto a ella. Ángela era de buena familia como él y ambos estaban dispuestos a olvidarse de los pecadillos sexuales del otro. Sería un matrimonio práctico, ¿y quién podía decir que no funcionase mejor que una relación nacida de la pasión?

Pero no tuvo que verlo inmediatamente. Cuando Candy intentaba hacer que los niños entraran en el comedor, Pauna apareció en el umbral de la puerta del salón y le dijo que quería tener una conversación en privado con ella.

—Tengo entendido que ha habido un problema con Paty —dijo Pauna mientras cerraba la puerta, disgustada.

—Sí, es cierto que Paty tiene un problema —contestó Candy con calma—. Destruyeron el regalo que su hija le compró ayer a usted en Firenze. La niña estaba muy disgustada.

—Y mi madre está muy enfadada —Pauna suspiró—. Dice que Paty ha perdido el control y que está a dos pasos de convertirse en una delincuente.

Candy se mordió los labios.

—Es una exageración.

—No sé qué creer —declaró Pauna, apesadumbrada—. A veces, creo que mamá tiene razón respecto a Paty, que la niña necesita la disciplina de un colegio estricto.

Pauna volvió a suspirar antes de añadir:

—Si Sergio estuviera aquí, sabría lo que tendríamos que hacer.

«Amen», pensó Candy. En voz alta, dijo en tono persuasivo:

—En ese caso, ¿por qué no retrasa la decisión hasta que él regrese? Estoy segura de que a la condesa no le importará —pero vio que Pauna no parecía del todo convencida y continuó—. Entre tanto, intentaré que Paty se mantenga apartada de su madre. A ella y a Anthony les gusta jugar con los niños de Teresa en los viñedos, podrían pasar más tiempo allí.

—Querida Candy —dijo Pauna con una débil sonrisa—, ¿qué haría yo sin usted? Sobre todo, ahora que Albert ha vuelto a Firenze.

Candy estaba de camino a la puerta, pero detuvo sus pasos.

—¿Que se ha ido? No sabía que

—Sí, esta mañana muy temprano —confirmó Pauna antes de suspirar—. Me ayuda tanto que a veces se me olvida que tiene su trabajo y su propia vida.

Candy tuvo que hacer un esfuerzo por mantener el control.

—Pero volverá esta tarde, ¿no?

Pauna sacudió la cabeza.

—No suele estar en la villa en esta época del año, sólo ha venido por mí, por lo del accidente —explicó Pauna—. Ahora, lo más seguro es que no vuelva hasta septiembre para la vendimia.

—Entiendo —Candy tragó saliva—. Creía que como Ángela que como la señorita Brockhurst estaba aquí, haría una excepción.

—Tengo entendido que Ángela va a reunirse con él en Firenze —Pauna hizo una pausa—. Lo que nos deja con el problema de su invitado. Es una situación muy incómoda. Candy, tengo que decírselo, tenemos la impresión de que el amigo de Ángela está interesado en usted.

Candy forzó una sonrisa.

—No lo creo.

«Si tú supieras», pensó para sí.

—¿Por qué no? —Pauna abrió las manos—. Es un hombre joven y bastante atractivo.

«Y proporcionaría la perfecta solución al problema que tenéis», dijo Candy en silencio.

—No estoy buscando un romance, señora, sino sustituyendo a una niñera, eso es todo —Candy hizo una pausa—. ¿Sabe cuándo va a venir Dorotea?

Pauna volvió a suspirar.

—Me parece que está de vacaciones y por eso no hemos podido ponernos en contacto con ella todavía. Ya sé que usted también debe estar deseosa de reanudar su vida. Al fin y al cabo, no ha sido siempre una niñera.

—Supongo que tendré que ser paciente un poco más. Y ahora, será mejor que vaya con los niños.

—Hoy tendrán la casa para los tres solos todo el día —Pauna se examinó el inmaculado esmalte de las uñas—. Yo voy a la clínica a un chequeo y mamá me va a acompañar. Siento que el tiempo sea tan malo. ¿Qué va a hacer?

—Espero poder tenerlos divertidos —dijo Candy antes de salir en dirección al comedor.

Los niños estaban sentados a la mesa, regañando. Ángela y Terry conversaban en voz baja, pero era evidente que discutían.

Cuando Candy vaciló en el umbral de la puerta, Ángela se puso en pie y pasó por su lado bruscamente mientras murmuraba algo.

Terry también se levantó y luego le dedicó a Candy una sonrisa.

—Bienvenida a este maldito paraíso.

Candy sintió compasión por él mientras pedía a los niños que se portaran bien y se servía jamón y queso. Si Terry estaba realmente enamorado de Ángela, debía sentirse destrozado, pensó Candy mientras se sentaba.

—Supongo que volverás a casa —dijo ella con voz queda.

Él sacudió la cabeza y se sentó al lado de Candy. Después, bajó la voz y dijo en tono íntimo:

—Voy a ir en coche a Lucca, ¿te apetece venir conmigo?

—Gracias, pero eso no les gustaría a los niños; además, Paty no es buena viajera —contestó Candy en tono tranquilo.

—No he sugerido ir con ellos, dárselos a su madre y tómate un descanso. Seamos francos, Candy, no nos hacen caso. Y tú no le debes nada a esta gente.

—He dado mi palabra y no voy a romperla.

Terry se encogió de hombros.

—Haz lo que quieras.

Con alivio, Candy le vio levantarse. Después, Terry sonrió con encanto juvenil.

—Puedo esperar —añadió él.

«En ese caso, no esperes de pie», pensó Candy, mientras Terry salía del comedor.

A pesar de la confusión que sentía, a Candy se le pasó el día con más rapidez y de forma más agradable de lo que había supuesto. Además, tener la casa para ellos solos fue algo muy positivo.

Tuvieron otra sesión de pintura; después, los niños comieron dulce de almendras mientras Teresa les vigilaba. A continuación, jugaron al escondite.

A Anthony era fácil encontrarlo, pero Paty resultó ser una presa más difícil, pensó Candy cuando dejó a Anthony en el salón jugando con su coche nuevo mientras ella reemprendió la búsqueda de la niña.

Acababa de alcanzar lo alto de las escaleras cuando vio a Paty por el pasillo avanzando hacia ella con algo en la mano.

—Candy, mira —dijo Paty con voz de censura—. La abuela ha dejado el anillo del tío Albert encima de la mesilla de noche. Un ladrón podría haberlo robado. Se lo daré a él cuando vuelva para que lo guarde.

—¿Qué estabas haciendo en la habitación de tu abuela?

—Estaba escondida —respondió Paty simplemente—. Pero no me has encontrado, así que he ganado.

Candy gruñó en silencio. ¿Por qué no había prohibido la entrada a la habitación de la condesa? Sin saberlo, Paty había proporcionado a su abuela nuevas armas de ataque.

—Creo que lo mejor será volver a poner el anillo donde lo has encontrado.

—No —Paty lo sujetó con firmeza—. Se lo daré al tío Albert.

—Está en Firenze.

—Entonces, lo guardaré hasta que el tío vuelva —insistió la niña con obstinación—. El tío no quiere que lo tenga la abuela.

—Eso no es asunto tuyo —le reprendió Candy—. Y tu tío no va a volver por el momento.

—¿Por qué? —Paty frunció el ceño.

—Nada de discusiones, Paty. Voy a poner el anillo donde lo has encontrado. Tu abuela se va a enfadar mucho si se entera de lo que has hecho o si se entera de que has entrado en su habitación.

—No me importa, la odio.

Candy se mordió los labios.

—Pero también se enfadará conmigo por haberte dejado y me echará de aquí. ¿Es eso lo que quieres?

Paty consideró aquellas palabras.

—¿Lo haría de verdad?

—Sin duda alguna. Y ahora, dame el anillo y vamos a hacer como si nada hubiera pasado.

La habitación de la condesa estaba desordenada, la cama llena de ropa. Al parecer, su sirvienta particular no tenía prisa en terminar su trabajo.

Candy dejó el anillo rápidamente y se marchó de aquella habitación.

No corría nada de viento y hacía mucho calor. Candy, sentada en una roca en la colina con vistas a los viñedos, probó un color en el lienzo.

Durante la última semana, el viñedo se había convertido en su refugio y en el de los niños. Desde la marcha de Albert, la condesa no se había molestado en disimular su animosidad hacia ella. Durante las comidas, las conversaciones eran sólo en italiano, excluyendo a Candy. Los nerviosos esfuerzos de Pauna por remediar la situación habían sido fútiles.

Ángela, que pasaba todos los días en Florencia, aunque no las noches, estaba envuelta en un aire triunfal casi tangible.

Y lo peor de todo era que Terry estaba regalándole a ella sus atenciones, sentándose al lado de Candy en la mesa y poniendo excusas para ir a la casetta.

Animado constantemente por Pauna, Terry invitaba a Candy constantemente a salir de excursión o a cenar fuera. De haberse tratado de otra persona, Candy habría aceptado alguna invitación, aunque sólo hubiera sido por salir de la villa durante unas horas.

Tal y como estaban las cosas, continuó rechazándole. Y ya que Terry no había conseguido encontrar los viñedos hasta el momento, era el refugio natural de Candy.

Franco y Teresa tenían una cómoda casa donde había niños y animales y fragantes aromas de comida, y se había convertido en una segunda casa para ella. Anthony y Paty, encantados de hacer de intérpretes, la ayudaban a romper la barrera del lenguaje.

De repente, oyó movimiento a sus espaldas, el roce de la suela de un zapato en el duro terreno y una sombra proyectada en el lienzo. Durante un instante, creyó que, por fin, Terry había conseguido averiguar su refugio y se le heló la sangre.

—Candy.

Era la última voz en el mundo que esperaba oír. Le tembló la mano y derramó unas gotas de pintura en el cuadro.

El soltó un juramento con voz queda, se arrodilló en una rodilla al lado de ella y, con el ceño fruncido, contempló las manchas.

—No quería asustarte, pero tampoco esperaba encontrarte aquí —Albert parecía conmovido.

—Vengo aquí la mayoría de los días —Candy trató de controlar sus sentidos.

—¿Sola?

—Suelo traer a los niños. Pero hoy se han ido a la clínica con Pauna para visitar a Alison, así que he aprovechado la oportunidad para pintar tranquilamente.

—Y yo lo he estropeado todo —Albert suspiró brevemente; después, se puso en pie y se sacudió el polvo de los pantalones—. Perdona, Candy. Tienes verdadero talento.

—Gracias —ella vaciló—. No sabía quiero decir que nadie me ha dicho que ibas a volver hoy.

El se encogió de hombros.

—No lo sabe nadie. He venido impulsivamente. Tenía tiempo libre y pensé llevar a los niños a comer al campo como les había prometido.

—Oh —Candy contuvo la respiración—. Creí que se le había olvidado.

Albert sacudió la cabeza.

—Se me olvidan muy pocas cosas, Candy —dijo él, recorriéndole el cuerpo con la mirada.

Consciente de ello, Candy se ruborizó y se apresuró a decir:

—Se llevarán una desilusión.

—Sí; sobre todo, teniendo en cuenta que no tendré otra oportunidad.

Esas palabras debían significar que ya había anunciado su compromiso con Ángela, pensó Candy con tristeza. La otra chica nunca había ocultado la indiferencia que sentía por los niños y tampoco era la clase de persona que disfrutase una comida al aire libre.

—Es una pena —dijo ella.

Albert volvió a encogerse de hombros.

—Qué le vamos a hacer. Bueno, ¿quién hay en la villa?

—Nadie. Tu madrastra y la señorita Brockhurst se han ido de compras, pero volverán para la hora de cenar.

—Yo no. Tengo que volver a Firenze —Albert hizo una pausa—. ¿No has querido acompañar a Pauna?

—Me ha preguntado si quería ir con ella, pero me parecía que a los niños les apetecería pasar un día con su madre, les sentará bien.

—Y por eso has venido a pintar sola —había una extraña nota en su voz—. Una pintura que yo he estropeado.

—Puede que no —Candy miró el cuadro ladeando la cabeza—. Quizás pueda convertir las manchas en mariposas o pájaros, es posible que así mejore la pintura.

—Eres muy generosa y también muy optimistadijo él secamente—. Pero deja las mejoras para más tarde.

Albert le puso la mano debajo del brazo y la levantó.

—Ven, vamos a comer al aire libre. No me digas que no, no puedes dejarme con tanta comida, Candy.

Candy sabía que debía resistirse, pero no pudo.

Unas horas a solas con él. La primera comida compartida a solas desde aquella noche en la villa cuando él cocinó tortilla.

—Muy bien.