Disclaimer: Tanto la obra como los personajes no me perteneces, la obra es de la escritora Mira Lyn Kelly y los personajes de la grandiosa Naoko Takeuchi, los cuales ocupo sin fin de lucro, ni mucho menos; solo por simple diversión.


A la mañana Siguiente

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Capítulo12

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— ¿Nada de sexo? —repitió Yaten entre toses al otro lado de la línea.

Seiya, que había activado la opción «manos libres» en el móvil porque iba conduciendo, apretó irritado el volante. No le había pasado desapercibido el tono divertido de su amigo, por mucho que hubiera intentado disimularlo. Al menos a alguien le parecía gracioso.

—Sí, yo tampoco puedo creerlo, pero Usagi...

Inspiró y miró un instante el acantilado que descendía hasta el océano a su derecha antes de volver a fijar la vista en la carretera. Había estado seguro de que conseguiría vencer su resistencia con aquello de la cuota diaria de besos porque, cuando se besaban, se besaban de verdad. De hecho, solo de pensar en cómo subía la temperatura cuando se besaban le invadió una ráfaga de calor y tuvo que desabrocharse el primer botón de la camisa y aflojarse la corbata. Sin embargo, Usagi estaba manteniéndose firme.

—En fin... —continuó—, dice que no quiere que nada le nuble el juicio mientras intenta decidir si lo nuestro puede funcionar.

—Es comprensible. El sexo puede hacer que uno confunda las prioridades, darle sentido a lo que no lo tiene, hacer que algo parezca especial cuando en realidad no lo es. Chica lista.

Seiya apretó los dientes. No estaba seguro de qué respuesta había esperado de Yaten, pero desde luego no era esa.

—Bueno, y dejando a un lado que tu mujercita te encuentra absolutamente «resistible», ¿cómo te trata la vida de casado?

—Bien, sin muchas sorpresas. Usagi es más reservada de lo que me pareció la noche que nos conocimos, y la noto algo obsesionada con asegurarse de que sé en lo que me estoy metiendo. Me enumera los defectos que tiene porque dice que no quiere arriesgarse a que me tope de repente con algo que luego se convierta en causa de divorcio.

Yaten se quedó callado unos segundos, y cuando volvió a hablar ya no tenía ese tono de guasa.

— ¿Causa de divorcio?

—Son tonterías sin importancia —lo tranquilizó Seiya—, pequeñas rarezas de esas que tenemos todos.

A él por lo menos le daba igual que no fuera la mejor de las cocineras o que tuviera una cierta tendencia a entusiasmarse demasiado cuando se aficionaba a algo.

—Me hace reír, me siento a gusto cuando estamos juntos, y siento que puedo hablar con ella de cualquier cosa —le dijo a Yaten.

Sin embargo, aunque había conseguido que le diese una oportunidad a su matrimonio, sabía que no era cosa hecha ni mucho menos que accediese a permanecer a su lado después de esos tres meses.

—Bueno, me alegra que hayas encontrado a una mujer con la que puedes hablar. Sé que siempre habías querido un matrimonio que se pareciese más a una fusión empresarial que a un matrimonio, y después de lo de Kakyuu...

—Oye, estoy a punto de entrar en casa —lo interrumpió Seiya, aminorando la velocidad al acercarse a la verja—. Hora de enfrentarme a un nuevo asalto con mi mujercita —bromeó.

—Lo capto —contestó Yaten riéndose—. Pues nada, buena suerte. Me parece que la vas a necesitar.

Seiya cortó la llamada, y momentos después se bajaba del coche, ansioso por ver a Usagi. Ya no estaría en pijama como al despedirse de ella esa mañana. Medio dormida como estaba, había ronroneado como un gatito cuando la había besado.

Sin embargo, no pudo evitar fantasear con que apareciese con el cabello revuelto, ese pijama de seda, y que se lanzase a sus brazos y le diese uno de esos besos que decían: «Estaba deseando que llegaras». Sí, ya, ¡como que eso iba a pasar...!

Entró en la casa, cerró la puerta tras de sí y la llamó con un: «¡Cariño, ya estoy en casa!».

Solo le respondió el silencio. Soltó las llaves en la mesita de cristal del salón y subió las escaleras. El segundo piso estaba a oscuras e igualmente en silencio. El tercer piso también. Frunció el ceño y miró en su móvil por si tenía algún mensaje de ella. Nada.

No era que fuese una novedad para él volver a casa y encontrársela vacía, pero con Usagi viviendo allí con él había esperado... algo distinto.

Y no era que estuviese decepcionado. Siempre había tenido claro que quería por esposa a una mujer independiente que no lo hiciese sentirse culpable por los horarios que tenía o que estuviese pegada a él como una lapa. Sin embargo, tuvo que admitir para sus adentros que no había esperado que las cosas fueran a ser así ya, cuando apenas llevaban una semana casados.

A medio camino por el pasillo a oscuras Seiya se detuvo frente a la puerta del estudio, que le había cedido a Usagi como despacho. Por debajo de la puerta cerrada se veía una rendija de luz, y al quedarse escuchando oyó un ruido, como un tecleo. De modo que estaba allí...

Giró el pomo, abrió lentamente la puerta, y vio que en el escritorio, de espaldas a él, estaba sentada Usagi con la mirada fija en la pantalla del ordenador mientras tecleaba sin cesar.

Estaba vestida con una camiseta y unos pantalones de chándal; se había recogido el pelo en una coleta, y no lo había oído entrar porque tenía unos auriculares puestos. No podía decirse que estuviera sexy, pero Seiya no podía apartar los ojos de ella.

Nunca se habría esperado llegar a casa y encontrarse una escena así si se hubiese casado con Kakyuu. Habría estado toda peripuesta, y al verlo llegar se habría mostrado atenta y habría iniciado una charla insustancial, como uno hacía con los extraños en una fiesta.

Desde el umbral de la puerta, Seiya se planteó qué hacer, ya que no lo había oído llegar. Podría entrar y, aprovechando que estaba distraída, apartarle la coleta y besarla en el cuello, en ese punto tan sensible detrás de la oreja, y luego dejaría que sus labios siguieran por donde quisieran.

O podría ir a llamar por teléfono para pedir comida a domicilio, porque con lo abstraída que estaba en el trabajo seguro que ni se había acordado de la cena. Además, cuando reclamara su beso de «bienvenido a casa» quería tener toda la atención de Usagi. Estaba dándose la vuelta cuando ella lo llamó a voces, sin duda porque con los auriculares no se oía a sí misma.

— ¿Seiya?

Él se giró y vio que se había quedado mirándolo con una expresión confundida que resultaba adorable. Cuando sonrió y se señaló la oreja, ella se dio cuenta de lo que quería decirle y se quitó los auriculares.

—Eh, hola, preciosa. ¿Qué tal tu día?

Usagi debió de tomarse lo de «preciosa» como una crítica velada, porque se apresuró a remeterse tras las orejas los mechones que habían escapado de la coleta y a sentarse bien en la silla.

Y entonces, de repente, ocurrió algo muy interesante: ese azoramiento se disipó y Usagi apretó la mandíbula, como si fuera a afrontar un reto.

—Perdona, a veces cuando estoy trabajando pierdo la noción del tiempo. A algunas personas les resulta bastante irritante.

Ah, más revelaciones. En fin, si con decirle esas cosas se quedaba más tranquila...

— ¿Te queda mucho? Porque estaba pensando que podría llamar y pedir comida china.

— ¿No te importa? —le preguntó Usagi.

—Pues claro que no; hoy por ti, mañana por mí —respondió él—. Voy a llamar y luego me daré una ducha rápida. Nos vemos abajo cuando termines.

Al ver a Usagi fruncir ligeramente el ceño, Seiya se detuvo.

— ¿Ocurre algo?

— ¿No quieres tu beso de «bienvenido a casa»?

—Ya lo creo que lo quiero —contestó él con una sonrisa traviesa—, pero no hasta que tenga toda tu atención.

Cuando salió y cerró la puerta tras de sí, Usagi se quedó mirando la pantalla del ordenador. Se sentía aliviada de que Seiya hubiese aceptado tan bien haberla encontrado enfrascada en el trabajo y vestida de andar por casa, pero seguía sin poder desechar sus dudas. Tenía la sensación de que si aquello no lo había echado para atrás, alguna otra cosa lo haría. Antes o después ocurriría, estaba segura.

No quería pensar así porque había muchas cosas que le gustaban de él, pero sospechaba de esa calma que mostraba cuando hacía algo que se suponía que tendría que irritarle o desagradarle, y se preguntaba qué podría esconder.

Cierto que tampoco era un crimen quedarse trabajando hasta tarde, pero es que era como si no le molestara en absoluto nada de lo que hiciera o dijera, como si le resultan indiferentes sus malos hábitos y sus defectos. Era como si Seiya estuviese tan empeñado en demostrarle que aquel matrimonio era cosa de la providencia, que hubiese decidido cerrar los ojos a cualquier cosa que no encajase en la ecuación. Pero un día ya no sería capaz de seguir haciéndolo, ¿y qué pasaría entonces?

¡Dios!, quería creer en aquello, en ellos, pero con tanto en juego necesitaba que Seiya viese más allá de esa ilusión de perfección, necesitaba que la viese tal y como era.