Capítulo 11
El cansancio se apoderó de ella en cuanto entró en su habitación. El lecho la atraía como el canto de una sirena. Sin embargo, debía esperar a que su doncella la ayudara a desnudarse. Tenía ganas de arrancarse la ropa y tirarse sobre la cama. Relacionarse con Claybourne siempre resultaba agotador… y estimulante. Lo que lo hacía aún más cansado. Tenía que estar siempre alerta, aunque aquella mañana parecían haber conseguido cierta camadería. Tal vez pudieran ser amigos. Cuando se casara con Kikyo y empezaran a encontrarse con más frecuencia en el círculo de relación de Kagome, quizá el maldito conde aceptara al fin sus invitaciones. O lo haría su mujer.
Se había sentido atraída por él desde la primera noche, desde aquel primer baile. Pero lo que experimentaba ahora era más profundo. Quería saberlo todo de él. Tal vez cuando lo supiera, ya no se sentiría tan intrigada.
Se acostó, bostezó y le dijo a su doncella:
— Despiértame a las dos.
Tenía que recoger las invitaciones. Y aunque a Eri no le gustara nada la idea, estaba decidida a mandarle una a Claybourne. Aunque sólo fuera para irritarlo. Estaba segura de que no asistiría al baile, así que ¿qué daño podría hacer? Su amiga no se enteraría nunca y a ella le produciría cierta satisfacción.
Antes de que pudiera imaginar cómo reaccionaría Claybourne cuando recibiera la invitación, se quedó dormida. Entonces, alguien le tocó el hombro suavemente y tuvo la sensación de que habían pasado apenas unos segundos.
— Milady, milady.
Ella entornó los ojos.
— ¿Qué hora es?
— Las dos en punto.
Kagome gimoteó, pero echó las sábanas a un lado.
— Ha llegado un paquete —anunció la doncella—. Lo he dejado sobre el secreter.
— ¿Un paquete?
— Sí, milady. De Lord's
— ¿Lord's? —Esa tienda vendía los accesorios más refinados, pero hacía tiempo que Kagome no compraba nada allí.
Se le despertó la curiosidad y se acercó descalza hasta el secreter, donde vio un pequeño paquete rectangular. Le quitó el envoltorio y descubrió una preciosa caja con motivos florales pintados a mano. En su interior, sobre un fondo de suave satén, había un par de guantes de piel color crema.
— ¿Va todo bien, milady?
Al oír la voz de su doncella, se dio cuenta de que se le habían saltado las lágrimas. Qué tonta. Ella nunca lloraba.
— ¿No había ninguna nota?
— No, milady. El caballero que lo ha traído sólo ha dicho que el paquete era para lady Kagome Higurashi.
Claro que no había ninguna nota, porque si la hubiera, la tendría que quemar. Los guantes eran de parte de Claybourne. Aún le dolía demasiado la herida, pero no pudo resistirse a pedirle a la muchacha que la ayudara a ponerse el guante en la otra mano. Le quedaba perfecto.
Cielo santo, habría preferido que el conde no hubiera hecho aquello. Le resultaba mucho más sencillo relacionarse con él cuando creía que era un diablo, y ahora que se había percatado de que era un hombre que podía ganarse fácilmente su corazón, todo era mucho más complicado.
— Has perdido tu toque. Se ha dado cuenta de que la estás siguiendo.
Inuyasha había decidido hablar un momento con Shippo antes de recoger a Kagome para su ritual nocturno. Ahora estaba paseando por el departamento de su amigo. ¿Desde cuándo era tan pequeño? Apenas tenía espacio para estirar las piernas. Desde que Kagome había abandonado su cama aquella mañana se sentía como una fiera hambrienta al acecho de algo que no sabía bien qué era.
¿En qué estaba pensando para preguntarle si quería que la volviera a besar? Hacía más de un año que le había sido completamente fiel a Kikyo y no se había interesado lo más mínimo por ninguna otra mujer. ¿Qué clase de locura se había apoderado de él? ¿Por qué había decidido tentarla a ella y a sí mismo con la promesa de otro beso? Cuando Kagome negó con la cabeza, se sintió horriblemente decepcionado. Entonces, como un tonto enamorado, se había ido a Lord's y le había comprado un par de guantes nuevos. No, estaba siendo demasiado duro consigo mismo. Lo único que había hecho era reponer el par que se le estropeó la noche que los atacaron, y que ahora permanecían guardados en un cajón del escritorio del dormitorio de Inuyasha. El par de guantes que había mirado aquella misma mañana, tras volver a su residencia, mientras pensaba en lo cerca que había estado Kagome de perder la vida por culpa de aquel corte.
Una ráfaga de dolor le atravesó la cabeza. Tenía que dejar de pensar en ese asalto en el callejón. ¿Por qué lo inquietaba tanto? Sólo era un medio para conseguir un fin.
— Nunca me ha visto —insistió Shippo, repantigado arrellanado en su sillón junto al fuego, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.
— ¿Sabes todos esos recados que hizo a principios de semana? Pues los hizo para desconcertarte y comprobar que en efecto la estabas siguiendo.
— Si se han dado cuenta de que la seguían, no sería yo. Debió de ver a otra persona.
Shippo parecía muy seguro de sí mismo. No se le podía culpar. Siempre había sido el mejor, el mejor entre los mejores. En realidad, era tan bueno que se las había arreglado para cumplir con sus obligaciones en Scotland Yard de noche y seguir a Kagome durante el día. Se había limitado a decir que estaba vigilando a los testigos de un robo.
— ¿Por qué querría alguien seguirla? —preguntó Inuyasha.
— Tal vez sea el tipo al que quiere matar.
Al imaginársela en peligro, Inuyasha empezó a sudar.
— ¿Tú viste a alguien?
— No estaba pendiente de nadie más. Me limité a concentrarme en ella y que no fuera consciente de que la seguía.
— Tenemos que descubrir si es a ti a quien vio.
— Sí, ésa es una gran idea. Por qué no vamos a preguntárselo, ¿eh? Así sabrá que me has pedido que la siga. ¿Crees que se lo va a tomar bien?
— No soy tan estúpido. Tenemos que pensar en una forma inocente de que se crucen sus caminos. —se acercó a la ventana, apartó un poco la cortina y miró fuera.
— Cuando me haya visto, será más fácil que luego me reconozca y sospeche.
— Si lo hace, le diremos que estaba preocupado por su seguridad y que acabo de pedirte que empieces a seguirla.
— ¿Y qué inocente pretexto propones? ¿Cómo podía hacerlo sin levantar sospechas?
— Sólo tenemos que organizar una pequeña representación —dijo Inuyasha tranquilamente—. Algo sencillo, fácil. —Lo pensó un momento y luego continuó—: ponte en contacto con todos. Diles que hoy jugaremos una partida en la sala de atrás del Dodger.
— No tengo ningún inconveniente en jugar un poco, pero ¿cómo te ayudará eso a conseguir lo que quieres?
— Le diremos a Kikyo que traiga a Kagome a la sala con algún pretexto inocente. Su reacción al verte nos dirá lo que queremos saber.
— ¿Y qué excusa pondrá para llevarla a un lugar donde sólo hay caballeros jugando? Será muy evidente que está amañado.
Él hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.
— Tal vez Kikyo quiera enseñarme algo que haya aprendido. La dejaremos elegir a ella el motivo. Estoy convencido de que podrá traer a Kagome a donde estemos sin levantar sospechas.
Los niños de Myoga habían aprendido a mentir tan bien que parecían decir siempre la verdad. Ese talento era el que a él lo había ayudado a convencer al anciano conde de que era su nieto. Lo que necesitaba de Kikyo aquella noche no era ni de lejos tan complicado, pero de algún modo, Inuyasha temía que hubiera mucho más en juego.
— ¿Sabes que Inuyasha no me ha besado nunca?
Kagome levantó la vista del papel en que se esforzaba por escribir. Kikyo anotaba el menú que Claybourne le daría a su cocinera para la cena de los tres la noche siguiente.
Mientras la joven lo hacía, ella intentaba garabatear cualquier cosa para ponerse a prueba. Le costaba mucho sujetar la pluma con la mano herida. ¿Cómo ayudaría a Eri a anotar las direcciones en las invitaciones para el baile? Esa preocupación desapareció en los confines de su mente en cuanto registró lo que había dicho Kikyo.
Sintió que le ardían las mejillas y se preguntó si la chica tendría el presentimiento de que Inuyasha la había besado a ella. ¿Acaso sus labios escribían una marca tan visible como la que él tenía en el pulgar?
Tragó saliva.
— Porque te respeta.
— Supongo. Aunque yo siempre he creído que si un hombre se siente atraído por una mujer no debería ser capaz de resistirse, que debería ser ella quien lo conminase a comportarse.
— Pero un caballero no besa a una dama hasta que están prometidos, así que como tú aún no has aceptado su proposición de matrimonio quizá… No lo has hecho, ¿verdad?
— No. No me lo ha vuelto a preguntar. Gracias a Dios, porque no estoy lista para aceptar. —Apoyó el codo en la mesa y la barbilla en la mano—. Me sentí tan mal aquella noche… Me llevó a su carruaje, que había llenado de flores. Fue un gesto muy romántico.
— Desde luego. —Otra cosa que no habría esperado de Claybourne—. Eres muy afortunada de que te tenga tanto afecto.
— ¿Afortunada? —Kikyo se enderezó—. Trabajo toda la tarde y luego tengo que recibir clases mientras él se va a jugar. Su afecto está resultando ser una carga muy pesada.
Su actitud sorprendía mucho a Kagome. Ella jamás habría considerado que el afecto de Inuyasha fuera una carga. Por un momento, pensó que tal vez Kikyo no fuera merecedora de aquel hombre. Pero ella no era quien debería juzgar a quién debía amar y quién debía amarlo a él.
— Creía que se quedaba aquí —dijo Kagome. Nunca se había planteado lo que haría Inuyasha mientras ella le enseñaba cosas a Kikyo.
— Y se queda, pero en una sala de la parte de atrás, jugando cartas con Miroku y los demás.
— ¿Los demás?
— Amigos, viejos conocidos. Chicos con los que crecimos. Si no tuviera las clases, yo también podría jugar con ellos. Preferiría estar haciendo eso que estar aquí.
— ¿Tan difícil es diseñar un menú?
— Hay demasiados platos. ¿Cómo puede comer tanto una sola persona?
— Se sirven raciones muy pequeñas. Ya sé que estás nerviosa, pero no es tan complicado.
— Aun así, me sigue pareciendo muy injusto que nosotras tengamos que estar trabajando mientras ellos juegan. Y también es injusto que tú me enseñes etiqueta y que yo no te enseñe nada a cambio.
Le estaba enseñando mucho más de lo que creía: cosas sobre Claybourne. ¿La había besado a ella porque no la respetaba? ¿O sería tal como Kikyo había supuesto y el motivo tenía más que ver con la atracción que sentía? No, tenía que ser lo primero. Inuyasha nunca había puesto en duda que su corazón perteneciera a Kikyo. La había besado para incomodarla, provocarla o distraerla. No habían sido besos producto de la pasión, aunque pudieran parecerlo.
— No tienes que enseñarme nada —dijo Kagome—. Yo llegué a un acuerdo con Claybourne y estoy bastante satisfecha con los términos.
— Pero ¿no te gustaría gastarle una pequeña broma?
A Kagome no le parecía que Inuyasha fuera la clase de persona a la que le gustara que le tomaran el pelo. Sin embargo, estaba intrigada por el tema.
— ¿Qué clase de broma?
Kikyo abrió un cajón, sacó una baraja de cartas y las dejó sobre la mesa. Y entonces sonrió abiertamente. Era la primera sonrisa segura que Kagome la había visto esbozar; le dio la sensación de que aquél era su verdadero elemento. Se dio cuenta de que la joven se había transformado y, por primera vez, pensó que estaba ante la mujer que tanto le gustaba a Claybourne.
— ¿Qué tal si te enseño a ganarle a un hombre en su propio terreno?
Inuyasha miró el reloj que había heredado del anciano conde, y volvió a guardarlo en el bolsillo. Se estaba acercando la hora de llevar a Kagome a casa. ¿Por qué no la había traído ya Kikyo?
— ¿Pasas? —preguntó Miroku.
Él miró sus cartas y luego la puerta.
— Ya tendrían que estar aquí.
— Teniendo en cuenta lo obstinada que es lady Kagome, me imagino que Kikyo está teniendo más problemas de lo que suponía.
Inuyasha miró fijamente a Miroku.
— ¿Qué sabes tú sobre su obstinación?
— La conocí. Con eso fue suficiente.
— Creía que era más agradable —comentó Kouga.
Durante el trayecto al club, Shippo le había explicado quién era Kagome y el acuerdo al que había llegado con Inuyasha.
— Es aburridísima —dijo Shippo.
— No es aburrida. ¿Cuántas veces tendré que decírtelo? Por Dios que no creo que estés siguiendo a la mujer correcta —concluyó Inuyasha.
— Va de compras. —Shippo miró a sus amigos—. Va de compras y hace visitas. ¿Qué puede tener eso de divertido, díganme? Lo único digno de mención es quedar con Inuyasha por las noches.
— Y dejar que le corten la mano —añadió Kouga en voz baja.
Algo de lo que Inuyasha seguía sintiéndose culpable. Aquella noche, en el carruaje, ella le había dado las gracias por los guantes, añadiendo que su obsequio no era necesario. Eso lo había hecho sentir como un tonto, después de haber disfrutado tanto comprándoselos.
— Se curará —afirmó con brusquedad.
— Le va a quedar una cicatriz bastante desagradable —insistió Kouga.
Otra carga que añadir a su sentimiento de culpabilidad.
— No debería haberse bajado del carruaje —se recriminó Inuyasha.
— A mí no me parece un tipo de mujer obediente —murmuró Miroku.
— Crees que la conoces muy bien, pero no sabes nada de ella.
Su amigo se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en la mesa y clavó su intensa mirada en la de él.
— Ilumíname pues.
¿Qué podía decir? ¿Que era atrevida, bondadosa, valiente, cariñosa… que aún podía olerla en su dormitorio? No estaba seguro de poder dormir con aquella fragancia flotando en su habitación. Estaba seguro de que se despertaría buscándola. ¿Cómo podía estar presente en todos y cada uno de los momentos de su vida?
Antes de que pudiera formular una respuesta sensata, se abrió la puerta. ¡Gracias a Dios! Inuyasha se había sentado de cara a ella para ver bien el rostro de Kagome, sus rasgos, su expresión cuando mirara a su alrededor. Los cuatro hombres se pusieron de pie.
— Caballeros —dijo Kikyo con dulzura—. Lady Kagome me ha dado permiso para que me tome un pequeño descanso de mis clases y he pensado que podríamos pasar a saludar.
¿Aquello era todo? ¿Aquello era lo mejor que había sido capaz de inventar? ¿El elaboradísimo pretexto? Entonces Kagome esbozó una preciosa sonrisa.
— Doctor Itami, no sabía que estuviera aquí. Es un placer verlo de nuevo.
Kagome le tendió la mano y él se la cogió con suavidad para besarle los dedos. Inuyasha no comprendía su propia reacción. Se puso tenso y le dieron ganas de darle a Kouga un puñetazo; quería alejarla de él como fuera.
— ¿Qué tal va la mano? —preguntó Kouga.
— La tengo un poco dolorida y me cuesta mucho escribir, pero aparte de eso no me puedo quejar. —Luego centró su atención en Miroku, que estaba de pie a la izquierda de Inuyasha—. Señor Ishida.
— Lady Kagome.
— No quiero parecer una pacata, pero creí que el juego era ilegal.
Él esbozó una sonrisa más despreocupada.
— No en los clubes privados. Y éste, milady, es un club muy privado. Exclusivo, en realidad.
— ¿Está ganando?
— Yo siempre gano.
— Creía que ese honor le correspondería a lord Claybourne.
El corazón de Inuyasha dio un respingo.
— ¿Por qué piensas eso?
— Tal vez porque tengo mucha fe en tu capacidad.
¿Se estaba burlando? ¿Sería peor si no lo estuviera haciendo? ¿Y si de verdad tenía fe en él? ¿Alguna vez algún aristócrata, que no fuera el anciano conde, se había parado siquiera a considerar que Inuyasha pudiera ser una persona digna de confianza?
Carraspeó y la observó con atención.
— Creo que no conoces al señor Adashi.
— Es un placer, señor —dijo Kagome, y se limitó a sonreír.
— El placer es mío, milady.
Entonces, ella frunció el cejo. ¡Ahí estaba!, pensó Inuyasha. ¡Lo había reconocido!
— Si me permite el atrevimiento, le diré que tiene usted un nombre un poco desafortunado.
Shippo se rió.
— De niño tuve que elegir un nombre, me pareció que éste era el más apropiado para mí;* estafar a la gente era lo que mejor se me daba. Ahora que me he hecho mayor, me doy cuenta de lo estúpido que fui.
— Es otro de los niños de Myoga.
Él levantó un poco la cabeza.
— Sí, así es.
— No creo que deba torturarse por haber elegido ese nombre. Seguro que si fuéramos sinceros, descubriríamos que todos hemos hecho alguna tontería en un momento u otro.
— Es usted muy amable.
¿Qué diablos estaba haciendo? ¡Estaba coqueteando con ellos! Coqueteaba con todos. Como si fueran sus iguales, como si tuvieran algo en común. Sus tres amigos la miraban completamente embobados.
Kagome paseó los ojos por la mesa.
— ¿Qué hacen? ¿A qué juegan?
— Al brag —contestó Inuyasha.
— Ah. —lo miró con interés y una sonrisa en los sonrosados labios, aquellos labios de los que él conocía tan bien el tacto y el sabor. Luego arqueó una ceja— ¿Cómo se juega al brag?
Inuyasha frunció el cejo, gruñó y empezó a perder la paciencia.
— Se apuesta en función del resultado. Gana el caballero que tenga mejor juego, o el que consiga engañar a los demás para que crean que lo tiene.
— ¿Y qué ocurre cuando es una dama la que tiene el mejor juego?
¡Maldita niña mimada! Con aquella pose altanera y el desafío en los ojos, lo estaba provocando para que la dejara jugar.
— Entonces ganaría la dama. Pero eso es algo que no he visto nunca. Kikyo lo ha probado muchas veces, pero no se le da muy bien.
— Entonces, ¿es un juego sólo de caballeros?
— Más o menos.
Le dedicó una dulce sonrisa.
— ¿Puedo intentarlo?
— ¿Sabes cómo se juega?
— Tengo algunas nociones. A fin de cuentas, mi hermano es un conocido libertino.
— Entonces ya has jugado antes.
— He observado. —Lo miró con una pícara sonrisa—. Antes te estaba tomando el pelo. Ya sé lo que es el brag. Así que… ¿puedo jugar?
— Claro. Miroku, dale tu silla.
— No me lo pienso perder —dijo éste sonriendo. Le ofreció su silla a Kagome y cogió otra para él.
— ¿Quieres jugar, Kikyo? —preguntó Inuyasha.
— No, como acabas de señalar con tanta amabilidad, no soy especialmente buena con las cartas.
¡Maldición! ¿Había herido sus sentimientos?
— No pretendía ofenderte —se disculpó.
— No lo has hecho. Sin embargo, apostaré doscientas libras por lady Kagome.
Inuyasha entrecerró los ojos. Estaban tramando algo.
— ¿Qué han estado estudiando esta noche?
— Cómo confeccionar el menú para una cena. Ha sido bastante aburrido. —Kikyo cogió una silla y se sentó entre Miroku y Kagome, ligeramente detrás de ésta—. Si no tienen inconveniente, me gustaría mirar. Tal vez aprenda algo.
— Aprenderás como perder doscientas libras en un periquete —auguró Shippo.
Ella le respondió sólo con una traviesa sonrisa.
Inuyasha cogió las cartas y empezó a barajar.
— Yo reparto. La apuesta mínima son cinco libras, la máxima veinticinco.
Observó mientras Miroku le daba fichas a Kagome.
— Cada una de éstas vale cinco. Se empieza apostando una para entrar. Lanzó una ficha al centro de la mesa. Kagome y los demás hicieron lo mismo.
— Jugaremos al brag de cinco cartas —prosiguió Inuyasha—. Éstas son las reglas: no se pueden enseñar las cartas a nadie, ni siquiera a Kikyo. No se puede comentar el juego que uno tiene con nadie. Y no se puede pasar.
— Oh, yo no pienso pasar. Si paso, no podré ganar —dijo Kagome, e inclinándose sobre la mesa, los recorrió con la mirada y susurró—: mi hermano siempre abandonaba enseguida, y los demás caballeros se quedaban con su dinero. Creo que no entendía muy bien la estrategia de juego.
Los ojos de Inuyasha se encontraron con los de Miroku y supo que estaba pensando lo mismo que él: aquello iba a ser como quitarle un caramelo a un niño. Fácil, muy fácil.
Kagome cogió sus cartas y las observó. Frunció el cejo y puso mala cara. Luego dejó las cartas sobre su regazo.
— Tienes que dejarlas sobre la mesa —le explicó Inuyasha.
Ella se rió y las dejó en la mesa.
— ¿Crees que estoy haciendo trampa?
— No, pero son las reglas.
Asintió.
— Muy bien, ¿apuesto yo primero?
Inuyasha asintió.
Kagome observó las cartas de los demás mientras se mordía el labio, aunque sólo podía verlas por la parte de atrás.
— Apuesto cinco. —y lanzó su ficha en el centro de la mesa.
— Diez —dijo Miroku.
— Oh, Miroku —lo regañó Kikyo golpeándole el brazo—. No te quedes con todo su dinero en la primera ronda.
— Vamos, Kikyo, cuanto más hay en juego, más divertido es.
— Seguramente me arrepentiré de esto —comentó Kouga—, pero yo no voy.
— Yo sí las veo —anunció Shippo, poniendo fichas por valor de diez libras.
— ¿No tendrían que ser quince? —preguntó Kagome.
—No, sólo se iguala la última apuesta que se ha hecho —le explicó Inuyasha, e igualó las diez de Miroku—. Ahora tú tienes que poner cinco más.
— ¿Puedo subir la apuesta?
— Sí puedes, pero…
— Apuesto veinte.
— Veinticinco —replicó Miroku.
Kagome lo miró y le sonrió.
— Debe tener una mano buenísima.
Miroku Ishida le sonrió a su vez. Inuyasha conocía aquella sonrisa. El muy sinvergüenza no tenía nada.
Shippo negó con la cabeza y tiró las cartas.
— No voy.
Inuyasha apostó hasta las veinticinco libras.
Miroku lo miró, luego miró a Kagome y dijo:
— Yo tampoco voy.
Ella parecía encantada. Inuyasha igualó la apuesta y Kagome puso fichas en la mesa por valor de cincuenta libras.
— Las veo.
Inuyasha suspiró profundamente.
— Kagome, la apuesta máxima es veinticinco, y la única forma de ganar en este juego es evitar que los demás jugadores sepan lo que estás pensando.
— ¿Y tú sabes lo que estoy pensando?
— Sí.
— Entonces voy a perder.
— Posiblemente.
— ¿No debería haber hecho la última apuesta?
— No deberías haber hecho ninguna de las apuestas. Lo mejor que puedes hacer ahora es retirar la última y no ir.
— Pero cuando ya se ha hecho una apuesta uno no se puede retirar.
— Haré una excepción.
— No quiero que hagas ninguna excepción. Siempre he creído que una persona aprende más de sus errores que de sus triunfos, y estoy dispuesta a comprobar la solidez de ésta creencia.
Él suspiró otra vez y pasó la mano por encima de las fichas.
— Caballeros, voy a dejar que la dama aprenda de su error.
Giró las cartas y mostró tres reyes.
Kagome giró las suyas e Inuyasha se quedó mirando fijamente sus tres treces. No había una mano mejor que aquella en el brag.
— Si no recuerdo mal el valor de las cartas, aunque podría parecer que los tres reyes son mejores, en realidad mi juego es superior, así que, por lo visto, todo este dinerito es para mí.
— Pero…
— Me atrevería a decir que no sabías lo que estaba pensando, milord. —se levantó—. Supongo que ha quedado claro. Se está haciendo tarde, deberíamos irnos.
Kikyo la ayudó a recoger sus fichas y Kagome salió de la habitación como si la acabaran de coronar. Inuyasha no lo pudo evitar. Estalló en carcajadas.
— ¡Maldición! ¡Cómo me divierto con ella!
Su arranque de sinceridad fue acogido con el más absoluto silencio y de repente fue consciente de lo que había dicho. Se puso en pie y miró fríamente a Shippo.
— No parece haberte reconocido.
— Ya te lo dije.
— Averigua quién la está siguiendo y por qué.
Salió en pos de ella con una sonrisa. Una sonrisa de verdad. Esta vez no era una de sus burlonas o fingidas muecas, ni tenía nada que ver con sus sonrisas sarcásticas o insolentes. No esperaba que él fuera a reaccionar así. Ni siquiera lo imaginaba capaz de ello. Pensaba que estaba molesto por haber perdido jugando contra ella, de mal humor. Pero los ojos se le veían más claros que nunca, como si de repente hubiera luz en su interior.
La acompañó por el oscuro pasillo hasta la puerta de atrás, donde el carruaje de Inuyasha los esperaba en la calle. Por primera vez desde que habían empezado aquel ritual nocturno, dejó encendida la luz del interior del coche. Las cortinas estaban echadas para que nadie pudiera ver quién viajaba dentro. Él se acomodó en una esquina y aunque Kagome pensaba que se sentiría incómoda bajo el escrutinio al que la estaba sometiendo, no era así. Al contrario, le gustaba bastante. Además, se sentía orgullosa de haberlo engañado.
Se dio cuenta de que Inuyasha estaba riendo antes de que su sonrisa se ensanchara, y ella se preguntó si sabría lo que estaba pensando.
— No te importa nada lo que piense la gente —dijo él.
A Kagome no le quedó muy claro si le estaba haciendo una pregunta o era una simple observación. Sin embargo, se sintió obligada a responder.
— Claro que me importa. En cierto modo nos importa a todos, pero no nos pueden importar hasta el punto de vivir temiendo las opiniones de los demás, y permitir que eso cambie nuestra forma de ser. Debemos estar dispuestos a defender lo que representa la esencia de nuestro ser. Porque si no, ¿en qué se basa la propia individualidad? No seríamos más que imitaciones de los otros y, permíteme añadir, que eso sería bastante aburrido.
— No creo que nadie que tenga un mínimo de sentido común pueda llegar a acusarte nunca de ser aburrida. En realidad, eres la persona menos aburrida que conozco.
Esas palabras la incomodaron, porque le gustaron demasiado. ¿No debería ser la mujer que amaba la persona menos aburrida que conocía?
Se miró las manos enguantadas apoyadas en el regazo. Él cambió de postura inclinándose hacia ella. Le cogió las manos, con las suyas, muy grandes, y empezó a acariciarle los nudillos con los pulgares.
— ¿Te duele la herida? —le preguntó.
Ella lo miró a los ojos.
— No.
Quería inclinarse sobre él, posar los labios sobre los suyos. No debería desear tanto de un hombre cuyo corazón pertenecía a otra mujer.
— Estaba pensando que sería una buena idea invitar al doctor Itami a nuestra cena —dijo.
Inuyasha entrecerró los ojos.
— ¿Por qué?
— Porque así se parecerá más a una reunión social y yo no tendré la sensación de estar supervisando una cena entre Kikyo y tú.
Él la soltó, se volvió a apoyar en el rincón del asiento y cruzó los brazos sobre el pecho.
— ¿Te gusta?
Su tono de voz la cogió desprevenida. Se percibía en ella una cierta hostilidad. De repente, parecía que estaba, que el cielo la perdonada, ¿celoso?
— Me cae bien. Parece el más educado de todos tus amigos.
— ¿No te gusta Miroku?
— No particularmente.
— ¿Por qué?
— No sé muy bien por qué. Supongo que no —negó con la cabeza—, que no confío en él.
— ¿Y Shippo?
— ¿Adashi?
— Ah, sí, ese pobre que tiene un nombre tan desafortunado… no me he formado ninguna opinión sobre él. Era como si formara parte del mobiliario.
— Ésa es su especialidad.
— ¿Cómo se gana la vida?
— Es inspector.
— Entonces todos tienen buena reputación excepto el señor Ishida.
— Miroku no obliga a la gente a pecar.
— Pero se lo pone muy fácil.
— Kagome, guárdate tus sermones para alguien a quien le interesen.
— No pensaba sermonearte sobre los peligros de la bebida, el juego y la fornicación…
— Espero que no. Eso te convertiría en una hipócrita, después de estar jugando esta noche. Y también has bebido whisky… lo cual nos deja con un solo pecado. ¿Te lo has permitido alguna vez?
— Eso, milord, no es de tu incumbencia.
Él sonrió. Daba la impresión de estar muy satisfecho con la respuesta.
— ¿No deberíamos estar ya en casa? —preguntó ella.
— Le he dicho al cochero que dé un rodeo. Iremos por calles distintas cada noche. Así reduciremos las probabilidades de que nos tiendan una emboscada, si es que el ataque del otro día estaba planeado. En realidad, podía haber sido fruto del azar. Quizá fueran sólo unos granujas con busca de unas cuantas monedas.
— En cuanto la cena de mañana, ¿le pedirás al doctor Itami que venga?
— Si es lo que quieres…
— Sí. Kikyo te ha dado ya el menú. Yo pediré que me lleven…
— Te enviaré mi carruaje. ¿A qué hora quieres que se sirva la cena?
— Me gustaría que cenáramos a las ocho, pero a esa hora es más difícil pasar desapercibida. Creo que sería mejor que fuera por mis propios medios.
— ¿Y qué hay del hombre que te ha estado siguiendo?
La furia de su voz volvió a cogerla por sorpresa. Por lo visto, también lo sorprendía a él, porque se dedicó a mirar por la ventana, como si pudiera ver a través de la cortina.
Kagome observó cómo se esforzaba por recuperar el control de sus emociones. Se dio cuenta de que estaba furioso, no con ella, sino a causa de ella. Quería protegerla, pero eso no formaba parte de su acuerdo.
— Iré con cuidado —le aseguró—. Ya le he despistado otras veces. Lo volveré a hacer.
Inuyasha la miró a los ojos.
— Estoy preocupado por ti, Kagome. Parece que crees que eres invencible.
— Tengo muy presente que no lo soy. Pero no me pasaré toda la vida escondiéndome. Eso no es vivir.
Él volvió a mirarla con atención, como si hubiera dicho algo extraordinario.
El carruaje se detuvo. Inuyasha apagó la llama del quinqué y cuando la puerta se abrió, ellos siguieron su acostumbrado ritual. Kagome se despidió de él ante la casa. Aunque esta vez, después de cerrar, le costó más apartarse de la puerta.
* Del original Swindler: Estafador. Adashi significa que algo no es real, o que cambia rápido; haciendo referencia a una estafa.
Continuará...
