N/A: Esta historia no me pertenece, es de LadyCornamenta! Ella es la creadora de ella, yo solo le cambie algunos detalles para hacerla Sasu-Saku, todos los créditos son para ella y Gracias Lady por el permiso!
Bajo El Mismo Techo.
By LadyCornamenta.
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Capítulo 12: Fiestas y Viejos Recuerdos.
La semana pasó volando para mí y Hinata me dijo más de una vez que era lo más parecido a un zombie. Sin embargo, no sólo me la había pasado de aquí para allá como un cuerpo inerte, perdida en mis pensamientos; sino que, además, me las había arreglado para evitar a Sasuke en todo momento. Claro que eso no me había resultado demasiado complicado, puesto a que él parecía tan deseoso de evadirme a mí como yo a él.
El viernes por la tarde, antes del trabajo, Hinata me había secuestrado… por llamarlo de alguna manera, claro. Luego de sacarme prácticamente con mi almuerzo a medio comer de la cafetería de la escuela, me había empujado dentro de su llamativo coche y había conducido sin escalas hasta el centro comercial de Port Angeles. ¿Cuál era el motivo de nuestra nueva visita allí? Pues claro, buscar el regalo perfecto para Ino, del cual supuestamente se había olvidado en nuestra última visita a los comercios. El presente de Naruto —o los, ya que me comentó que le había comprado dos— lo había conseguido con anterioridad por su cuenta y, según comentó, yo también participaba en uno de ellos.
La verdad es que en mi bolso no había más que treinta dólares que habían quedado allí de alguna paga del local de los Sabaku No. No podía comprarle demasiado a Ino con ello, lo sabía; pero Hinata insistió en que ella quería pagar todo y que sería un regalo de toda la familia Uchiha. Me sentí completamente agradecida con aquello de que me considerara parte de la familia; pero, sin embargo, me negué hasta el cansancio, tratando de utilizar toda mi fuerza de voluntad contra los pequeños pucheros de Hinata y sus falsas promesas. Finalmente, como siempre pasaba, consiguió lo que ella quería; aunque pude darle mis míseros treinta dólares para que los usara en la compra.
Con una enorme sonrisa, la menor de los Uchiha comenzó a arrastrarme de la mano por todo el centro comercial, comentándome cosas sobre los colores que le gustaban a Ino, el estilo de ropa que generalmente usaba, sus diseñadores favoritos y otra parva de cosas que ni siquiera tuve oportunidad de comprender. Dimos unas cuantas vueltas por el amplio lugar, bajamos y subimos escaleras y, cuando creí que mis pies comenzarían a gritar de dolor, la pequeña Hinata sonrió triunfante, mientras alzaba un bolso. Era negro y brillante, con algunos detalles en plateado, de un tamaño mediano y con cadenas color plata para colgárselo al hombro. La menor de los Uchiha lo puso frente a mis ojos con una sonrisa.
—Es hermoso ¿Verdad? —preguntó soñadoramente.
Yo no entendía demasiado sobre aquella cosa de diseñadores y marcas, pero parecía muy fino y elegantemente llamativo.
Tal y como Ino.
Asentí, para que luego Hinata se fuera dando saltitos hacia la caja.
Salimos de ahí y la pequeña Uchiha comenzó a andar otra vez, llena de energía, alegando que había visto un par de zapatos para Ino que irían perfectos con el bolso que había comprado. Gimiendo con cansancio, la seguí con paso lento. Pocos minutos después, Hinata cargaba las dos bolsas con clara alegría en su rostro, mientras nos dirigíamos al aparcamiento del centro comercial, donde había quedado el automóvil. Caminamos hasta el Porsche, en el cuál Hinata dejó las bolsas, para luego arrancar. Rápidamente me dejó en el local de los Sabaku No y me aseguró que volvería por mí a la hora de siempre.
Hablando con Temari, en la librería, me enteré que ella también asistiría a la fiesta de esa noche, ya que era compañera de Ino en algunas clases. Luego de atender a un grupo de chicos que estaban buscando algún libro de deportes —cuya existencia tanto Temari como yo desconocíamos—; nos quedamos hablando de lo que usaríamos esa noche, de los regalos y de la gente que probablemente asistiría al gran evento que Ino y Naruto Uzumaki habían planeado. Aquella conversación se extendió por unos cuantos minutos, quizás horas; pero lo cierto es que ni siquiera me di cuenta en qué momento el reloj marcó las seis de la tarde, horario en el que mi turno acababa. Con una enorme sonrisa me despedí de Temari, asegurándole que la buscaría a la noche entre los invitados de la fiesta.
Cuando salí, Hinata me esperaba con su reluciente auto aparcado a un lado de la acera. Con su alegre rostro comenzó a manejar hacia el hogar de los Uchiha. Pronto llegamos y ambas descendimos, para dirigirnos sin escalas a su habitación. Me sorprendió que no nos cruzáramos con nadie en el camino, pero Hinata respondió a mis dudas casi como si supiera lo que pensaba preguntarle.
—Ino tiene a todos atrapados —comentó divertida, mientras sacaba cosas de su guardarropa—. Quiere que, esta noche, todo sea perfecto —agregó.
Con una sonrisa, me pasó el hermoso vestido de color cereza que habíamos comprado en la semana. Aún no me acostumbraba demasiado al color, pero tenía que admitir que era una hermosa pieza. Rápidamente me di una ducha, disfrutando del agua caliente luego de la extensa caminata. Salí con velocidad y me puse el vestido que la pequeña Uchiha había elegido para mí. Cuando salí, ella se dirigió directamente hacia mí, ató el lazo que cruzaba mi cintura y luego sonrió de forma deslumbrante.
—¡Me encanta! —chilló emocionada, dando pequeños saltitos y haciendo que su vestido verde ondeara suavemente.
Cómo había sido nuestro trato, yo comencé a arreglarme el cabello por mi cuenta y a maquillarme de forma suave frente al gran tocador de su cuarto. Sin embargo, al notar la impaciencia que tenía Hinata por sólo tener que observarme sin participar, le permití intervenir. Claro que para ella el hecho de retocarme no significó lo que realmente quise decirle, por lo que empezó todo de nuevo. Olvidándose de mi peinado casi natural, me peinó y, con cuidado, dejó mi cabello completamente lacio. El suave maquillaje, por otra parte, fue reemplazado por una fuerte sombra oscura y un labial haciendo juego con el vestido. La miré de forma reprobatoria, pero ella sólo me regaló otra deslumbrante sonrisa.
¡Nadie podía contra esa chica!
Finalmente, cuando las dos estuvimos listas, bajamos a la sala. Allí nos encontramos sólo con Naruto, que le sonrió a Hinata cálidamente. Vestía un reluciente traje de etiqueta negro y una camisa blanca debajo que lo hacía ver aún más adulto de lo que generalmente simulaba. Cuando la pequeña Uchiha llegó hasta él, ambos se quedaron mirándose por unos segundos y yo me sentí completamente fuera de lugar, como si estuviera interrumpiendo un momento privado que ambos compartían. Sin embargo, luego de unos segundos, Naruto, como si percibiera mi incomodidad, le dio un rápido beso a su sonriente prometida y me miró con una sonrisa suave plasmada en su rostro.
—Será mejor que nos vayamos —comentó—. Ino está insoportable.
—¿No viene nadie más? —inquirí dubitativa.
—Todos los demás se fueron en el auto de Fugaku y de Sasuke—respondió Naruto—. Cómo te digo, Ino está neurótica —agregó luego, con una sonrisa.
Los tres salimos de la casa de los Uchiha y nos encaminamos al reluciente BMW rojo, que estaba aparcado fuera. Ingresamos en él y rápidamente Naruto arrancó, mientras Hinata no dejaba de recordarnos lo emocionada que estaba por la fiesta y lo bien que la pasaríamos. Pronto llegamos a la enorme casa de los Uzumaki, que recordaba con completa claridad. Cuando ingresamos, pronto dimos con el hall y hallamos un gentío que conversaba de forma amena. Todo estaba decorado elegantemente y hacía un hermoso contraste con el bello diseño de la casa. Apenas nos adentramos un poco en el lugar, todos los invitados comenzaron a saludar a Naruto con educación y prudencia. Bueno, casi todos; ya que Itachi, que llegó al final abriéndose paso entre la multitud, abrazó de forma exagerada al homenajeado y lo apretujó entre sus brazos.
—¡Felicidades, cuñado! —bramó emocionado.
—Itachi…necesito…aire… —balbuceó Naruto y el mayor de los Uchiha lo soltó, riendo entre dientes.
Esperamos allí, en la recepción llena de gente adulta, dónde algunos mozos se paseaban con bandejas llenas de copas y bocadillos. Pocos minutos después, Ino bajó por las magnánimas escaleras y creo que me quedé unos cuantos segundos observándola. ¡Mi ego se reduciría a menos diez si esa muchacha seguía vistiéndose así! Llevaba un hermoso vestido dorado hasta por arriba de las rodillas y pegado al cuerpo, que parecía combinar con su cabello, recogido en un elaborado peinado. Resaltando su altura, llevaba unos tacos terribles, con los que, sin embargo, andaba a la perfección, haciendo gala de su innata gracia. Llegó al pie de las escaleras y comenzó a saludar a los invitados. Luego de salir de aquél momento de deslumbramiento, eché una mirada alrededor, estudiando la sala. Fue entonces cuando me encontré con aquellos dos diamantes, que me observaban desde una de las paredes más alejadas. Cuando nuestros ojos se cruzaron, Sasuke desvió la mirada, prestándole atención a un hombre canoso que hablaba con él y con Fugaku.
Yo, sin embargo, no pude apartar mi mirada de él.
Sasuke lucía sencillamente perfecto enfundado en aquel traje negro. Su negro cabello rebelde le daba ese aire despreocupado que nunca mostraba en su rostro y la camisa de aquél suave verde realzaba su nívea piel, contrastando con la corbata de un tono bastante fuerte y sobrio. Agradecí que estuviera apoyado contra la pared, tan lejos de mí, porque en momentos cómo aquél podía ser presa de mis instintos más idiotas y primitivos.
Luego de un rato de saludos y de que Sasuke desapareciera de mi vista, tuve la oportunidad de hablar con Fugaku quien, luego de una charla sobre el estado de mis padres y los últimos estudios que les habían hecho, me ofreció acompañarlo al hospital el domingo por la mañana. Gustosa acepté, feliz de saber que todo iba mejorando poco a poco con la salud de Dan y Tsunade.
Hubo una cena muy formal en el enorme comedor de los Uzumaki —que resultó ser tan hermoso como el hall—, con todos los invitados adultos, que supuse serían parte de la familia. Fue una comida muy amena y que duró lo suficiente como para que, tanto Hinata como yo, comenzáramos a aburrirnos allí sentadas guardando la compostura y sin nada que hacer. Me pregunté si toda la noche sería así, cuando vi que la gente comenzaba a dejar la mesa con educación. Todos empezaron a saludar a los homenajeados y, después de un rato de despedidas, sólo quedó dentro de la casa Kushina —la madre los hermanos Uzumaki— y algunos otros muchachos de nuestra edad, que debían ser primos de Ino y Naruto.
—Tengan cuidado ¿Si? —pidió Kushina a sus hijos.
Los hermanos Uzumaki asintieron, con dos relucientes sonrisas.
Su madre le dio un beso en la frente a cada uno de los gemelos, y luego tomó su abrigo. La vimos salir de la casa y luego cerrar la puerta detrás de sí. Segundos después, la pequeña Hinata corría hacia Naruto para abrazarlo cálidamente.
—¡Fiesta! —chilló con emoción, mientras su prometido le sonreía.
—Que comience la acción —replicó Ino, con una sonrisa ladeada.
Confundida, vi como los hermanos Uzumaki comenzaban a moverse de un lado para el otro. Los mozos que antes había visto, llevaban bandejas desde la cocina hasta una de las habitaciones —en la que nunca había estado, por lo que no sabía exactamente a donde—, las descargaban y volvían con ellas vacías, nuevamente rumbo a la cocina. Confundida, vi como Itachi llegaba con una gran caja entre sus manos, de la que empezó a sacar botellas y a pasárselas a los demás. Hinata me pasó un par —en las que leí la palabra vodka con relucientes letras rojas— y me hizo un gesto para que la siguiera. Empezamos el mismo recorrido que los mozos, siguiendo a los primos de Ino y Naruto. Pasamos por una pequeña sala y luego nos metimos en un amplio salón. Todo estaba decorado con luces y algunas mesas habían sido acomodadas contra la pared. Allí se encontraban todos los bocadillos que los mozos habían estado trasladando. Itachi llegó a una larga mesa de roble y comenzó a hacerse el barman, mientras ordenaba las botellas detrás de él.
No pasó demasiado tiempo para que la gente comenzara a llegar. Todos vestían de forma muy elegante y traían paquetes de diversos tamaños consigo. Naruto e Ino esperaban a todos en la entrada con amplias sonrisas, recibiendo las felicitaciones por sus dieciocho años. Hinata y yo, cuando la gente comenzó a ingresar, nos dirigimos a la decorada sala, que parecía un pequeño boliche. Allí se encontraba Itachi girando botellas frente a los ojos de la pequeña multitud que se había acumulado mientras servía algunos tragos, totalmente divertido. Un poco apartado del ruido estaba Sasuke, apoyado contra una pared y con un trago de llamativo color entre sus manos, charlando seriamente con un chico que, si no me equivocaba, respondía al nombre de Shikamaru.
No me di cuenta cuando, pero pronto la sala estuvo repleta de gente y la pegadiza música inundaba cada rincón. Los jóvenes bailaban, bebían, cantaban y gritaban bajo las coloridas luces del lugar. Luego de pedirle dos tragos de un color rojizo a Itachi, que evidentemente se había tomado muy en serio el papel de barman, Hinata me pasó uno y me arrastró a la pista de baile.
—No, no, no, Hinata —la frené—. Yo no bailo.
—Oh, vamos, Saku —pidió ella a los gritos, haciéndose oír sobre la música, y dándome una vueltita que hizo ondear las capas de muselina de mi vestido—. ¡Vamos a divertirnos! —chilló, bebiendo un poco de su vaso.
Comenzamos a bailar —o por lo menos Hinata, ya que yo era pésima y a mis movimientos no se los podía llamar específicamente baile—, sacudiéndonos entre la multitud de gente, en la que, de vez en cuando, veía alguna que otra cara familiar. Estuvimos allí bastante rato y no tenía ni idea de que hora era. Sólo sabía que había bailado demasiado, ya que mis pies me estaban pasando factura, y que no quería probar ni uno más de esos tragos que Hinata me había pasado en medio de la fiesta. Con cansancio fui hasta la improvisada barra y quedé de pie, al lado de Itachi, que parecía completamente feliz en su puesto.
—¿Qué tal, damisela? —exclamó con excesivo entusiasmo.
De acuerdo, quizás no era su puesto casualmente lo que lo hacía tan feliz.
—Muy bien, Itachi —comenté con una sonrisa, mientras una muchacha castaña se apoyaba del lado de afuera de la barra y le pedía un trago al mayor de los Uchiha.
Me senté en un alto taburete pegado a la pared, a espaldas de Itachi, y recosté mi nuca contra la pared. La verdad es que no estaba acostumbrada a beber y me sentía con un leve mal estar, tanto en el estómago como en la cabeza. Mis cinco sentidos estaban en perfecto funcionamiento —bueno, quizás mis oídos no, pero aquello no se debía al alcohol sino a la ensordecedora música que sonaba por toda la habitación—, pero prefería no seguir bebiendo si no quería acabar quién sabe cómo. Solté un suspiro y entre las luces de colores comencé a hacer un paneo de la gente, de forma aburrida, hasta que mi vista se topó con una muchacha enfundada en un delicado vestido lila hasta por debajo de las rodillas. Con algo de dificultad y tambaleándome suavemente, me puse de pie y, abriéndome paso entre la multitud, llegué hasta ella.
—¡Temari! —exclamé emocionada, haciéndome oír sobre la música.
Ella, cuando me oyó, dejó de mirar a las dos rubias que tenía enfrente y se volvió hacia mí, mientras una sonrisa se extendía por su rostro.
—¡Saku! ¿Cómo estás? —exclamó alegremente.
—Muy bien —repliqué, con la garganta algo adolorida de tanto gritar.
Le hice una pequeña seña con la cabeza y le indiqué que me siguiera. Otra vez esquivando a la gente, comenzamos a andar hasta que logramos salir de la atestada sala. Pasamos el pequeño recibidor y, una vez que llegamos al living, alcanzamos unos sillones, donde en uno de ellos había un joven durmiendo y otro acomodado en el piso, también en el mundo de los sueños. Mirándolos divertidas, nos acomodamos en los sillones de enfrente, lo más alejadas de los muchachos, con la intención de no despertarlos. Allí donde nos encontrábamos, la música ya prácticamente no se escuchaba y podía hablarse con normalidad; o, por lo menos, sin tener que gritar como locas.
Me llevé una mano a mi adolorida cabeza y suspiré.
—Gracias a Dios —murmuré—. Me estaba muriendo allí adentro.
Temari rió suavemente.
—¿Has bebido mucho? —inquirió con una sonrisa.
—No lo suficiente para perder el sentido, pero combinado con la música y el griterío, me he ganado un buen dolor de cabeza —comenté.
Nos quedamos allí un rato más, hablando de cosas sin mucho sentido. Charlamos sobre el instituto, el local de su familia y nuestros compañeros. Afortunadamente, luego de que le hubiera contado algo en el trabajo, entendió que el tema de mis padres no era algo que me gustaba tocar, por lo que no mencionó absolutamente nada. Le agradecí aquello muchísimo.
No sé cuánto tiempo había pasado desde que estábamos allí; sin embargo, pronto todo lo que había tomado comenzó a tener otros efectos en mi organismo. Me puse de pie, tambaleándome suavemente en el proceso y haciendo reír a Temari.
—Voy al baño —comenté, mientras me echaba andar.
La vi asentir suavemente, en silencio.
Con un dolor de cabeza considerable, comencé a caminar por la casa. Probé con el baño de la planta baja, pero un peso sobre la puerta me impidió ingresar y dos voces desde el interior me dijeron, de forma poco sutil, que desapareciera de allí. Con dificultad comencé a subir las largas escaleras, tomada de la baranda; después de todo, si ya en condiciones normales era sumamente torpe, en aquellos momentos podía tropezar simplemente al intentar caminar de forma común y corriente. Gracias a Dios, cuando llegué al pasillo del primer piso, la puerta del reluciente baño estaba abierta al final. Caminé dando trompicones hacia él, hasta que por fin llegué. Pude utilizarlo en paz y luego salí, apoyándome suavemente en una de las inmaculadas paredes. La cabeza me daba vueltas de una forma horrible y el dolor en mi estómago se estaba acrecentando.
Me balanceé peligrosamente y saliendo de la pared seguía apoyándome contra lo que encontraba. El lugar estaba bastante oscuro, por lo que me sorprendí cuando me tambaleé y una mano helada me tomó de un costado.
—Saku, ¿Estás bien? —preguntó la voz suave de Sasuke.
No, no estaba bien.
Pero ¿Qué demonios hacía él ahí?
¡Bah! ¿A quién le importaba?
—Sabaku me dijo que habías ido al baño —aclaró, como si me leyera la mente.
Volví a dar unos pasos vacilantes y me tambaleé otra vez, apoyándome contra su pecho. Ya no llevaba ninguna corbata y el saco de su traje había desaparecido. Me aferré al cuello abierto de su camisa verde como si se me fuera la vida en ello. Sentí su otra mano viajar a mi cintura y agarrarme con firmeza. Me refugié de forma inmediata en su pecho, dejando mi cabeza en su cuello y aspirando aquél olor al que me estaba volviendo preocupantemente dependiente. Escuché cómo susurró mi nombre en medio de la penumbra del pasillo y no sé si fueron las copas que llevaba encima, el dolor de cabeza o, simplemente, las ganas que tenía de hacer aquello; pero me separé para mirarlo a los ojos, tirando del cuello de su camisa y acercándolo a mí bruscamente.
Y lo besé.
Cuando capturé sus labios, él sólo se quedó quieto; por lo que aproveché que no se había alejado y pasé casi automáticamente los brazos alrededor de su cuello, dejando descansar mis manos entre los mechones de su negro cabello. Sentí que el contacto de sus manos sobre mi cintura se afianzaba y poco a poco comenzó a responder al beso de forma casi tan desesperada cómo yo. Me faltaba la respiración, pero no sentía la necesidad del aire en aquél momento; no me era tan indispensable como sus labios sobre los míos.
Sin embargo, como siempre, sentí las manos se Sasuke separarme suavemente de él.
—No, Saku… —murmuró.
Ignorándolo, molesta y libre cómo me sentía en aquél momento, comencé a caminar agarrándome de las paredes. Sin embargo, pronto sentí sus manos tomándome por la cintura, de espaldas a mí.
—¿No crees que sería mejor que te acostaras? —comentó suavemente, y su aliento cálido me hizo cosquillas en el cuello.
Quise darme vuelta y volver a besarlo, pero recordé que estaba molesta con él; por lo que, ignorando su agarre, seguí con mi camino, dando tumbos. Reconsiderando su idea y segura de que no podría bajar las escaleras sin caer en el intento, me dirigí con poca objetividad a una de las tantas puertas del pasillo y, luego de forcejear un poco con la manilla, la abrí abruptamente. Ingresé y miré a mi alrededor.
Mi boca se abrió de par en par.
Me costó un poco identificar que la habitación a la que había ingresado era un dormitorio, debido a que todo se encontraba cubierto de una suave pero considerable capa de polvo. En el centro del espacioso cuarto había una enorme cama de roble, de aspecto desvencijado, con sábanas que en algún momento debieron ser de un rosado claro, pero que ahora se veían opacadas por la suciedad. Las paredes estaban adornadas con los muebles a juego con la gran cama; pero, sin dudas, lo que más llamó mi atención fue el amplio retrato colgado contra la pared ubicada a mi izquierda. Allí, había una gran fotografía de una niña —de no más de doce o trece años— con el cabello rubio rojizo y una sonrisa arrogante pintada en su infantil rostro. Yo conocía a esa joven.
Era ella.
Lentamente, con un tambaleo de por medio, me volví hacia atrás para encontrarme con la figura de Sasuke. Lo que vi me dejó sin aliento. Allí estaba él, parado en el umbral, con la vista desenfocada y la boca levemente abierta. Sus manos estaban apoyadas en el marco de la puerta y sus dedos apretaban la pared con una fuerza excesiva. Su respiración agitada me golpeó cuando se volvió hacia mí y sus sombríos ojos me hicieron tragar con dificultad.
—Saku, vámonos de aquí —murmuró con voz ronca.
Me acerqué unos centímetros a él. Con cuidado, tomé sus manos y las despegué suavemente del marco de la puerta, temiendo que se hiciera daño con la presión que estaba ejerciendo. Luego, las bajé y las dejé frente a mí, envolviéndolas con mis manos.
—Sasuke… ¿Quién es ella? —pregunté suavemente.
Lo vi suspirar varias veces, por lo que apreté sus manos con calidez. Él quedó con la vista clavada en nuestra unión, para luego alzar la vista a mis ojos. Sentí que se me partía el corazón al ver aquella mirada oscura y débil.
—Vámonos de aquí y prometo que te explicaré —me aseguró con su suave voz de terciopelo, más débilmente de lo normal.
Asentí, mientras él soltaba sólo una de mis manos.
Llevándome suavemente detrás de él, Sasuke me guió por el pasillo, hasta que atravesamos una de las tantas puertas, que me recordaban a los corredores del hogar de los Uchiha. Ingresamos en una habitación, decorada en distintos tonos de color maíz, y supuse que debía ser alguno de los cuartos de invitados, debido a la impersonal decoración. Sasuke me guió hasta la amplia cama de dos plazas y yo me senté, no sin antes balancearme de forma peligrosa. Ambos nos quedamos en un pesado silencio, hasta que logré recuperar un poco mis sentidos adormilados.
—¿Quién es ella? —pregunté otra vez, suavemente.
Los ojos azabaches de Sasuke se quedaron fijos en el reluciente piso de la habitación.
—Tayuya Uzumaki —habló con voz pausada y suave. Percibí en su rostro una extraña mueca al pronunciar su nombre.
—¿Tayuya Uzumaki? —pregunté, confusa—. ¿Ella es…?
—Hermana de Naruto e Ino, sí; dos años menor —confirmó, asintiendo de forma muy suave. Se quedó en silencio, sumido en sus propios pensamientos y con la vista aún clavada en el piso. No lo interrumpí, y segundos después volvió a hablar—. Y era mi prometida —explicó en un susurro.
Lo miré incrédula.
¿Su prometida? ¿Cómo que su prometida?
¡Momento! Pero… ¿Era?
—¿Cómo que… era? —pregunté, ya acostumbrándome a hablar en susurros.
Sasuke suspiró varias veces y sus ojos viajaron del piso a mi rostro confuso y nuevamente al piso, repitiendo el recorrido varias veces. Sus dedos se encontraban hundidos en el cobertor de la cama, haciendo presión sobre él.
—Ella… —balbuceó mirando hacia el piso, firme en su lugar, casi como congelado—. Ella… ella está muerta —declaró con el más suave y nostálgico de los susurros.
Me quedé dura en mi lugar.
Y, en ese momento, varias cosas comenzaron a cuadrar para mí.
Incluso aún cuando mi cabeza era un completo lío.
Entonces, hice lo único que mi agarrotado cuerpo me permitía hacer en ese momento.
La abracé con fuerza.
Me sorprendí de que no rechazara el contacto de mi cuerpo. Sin embargo, poco después pasó sus brazos por mi cintura y aquello me reconfortó. Después de todo, sentía que su dolor se me había transmitido de una manera inexplicable. Enterró la cabeza en mi cuello y descansó allí. Pasé mis manos de forma torpe por su cabello y lo vi alzarse lentamente. De forma repentina, una punzada atacó mi cien y me llevé las manos de forma inconsciente, haciendo una mueca de dolor y rompiendo nuestro abrazo.
—Saku, sería mejor que duermas un poco —comentó, con un ronco susurro.
—No, yo, no… —balbuceé. Quería saber más sobre la tal Tayuya, sobre su historia. ¡Necesitaba saber!
Me sorprendí cuando sus fríos labios alcanzaron mi frente en una suave caricia.
—Duerme, Saku —me pidió.
Se puso de pie apaciblemente, por lo que acudí a mi último recurso.
—Quédate conmigo —le pedí, tirando suavemente de su camisa.
Se volvió a mirarme y pude notar cierta sorpresa en la máscara seria de su rostro. Pareció evaluar la situación y me estudió en silencio con sus ojos azabaches. Me quedé allí, inmóvil, esperando a que negara suavemente con la cabeza y se fuera con sus cordiales pero frías palabras. Sin embargo, volvió a sorprenderme otra vez en esa misma noche. Con cuidado se sentó otra vez a mi lado y me miró.
—Me quedaré aquí —prometió—, pero duerme.
Lo miré con desconfianza.
—¿Te quedarás? —estaba actuando infantilmente, lo sabía; pero mi conciencia en ese momento parecía estar olvidándose de ese detalle.
De unos cuantos, en realidad.
Sasuke asintió suavemente, mientras se volvía a poner de pie. Acomodó una almohada en la parte superior de la cama y la palmeó casi imperceptiblemente, indicándome que me acostara. Con cuidado me quité los zapatos que traía y gateé por la cama, hasta llegar allí. Pronto me desplomé y caí bocabajo. Recién en ese momento me di cuenta de lo placentero que se sentía poder estar acostada sobre la mullida superficie. Me acomodé, removiéndome en el colchón y llevando las manos a la almohada. Sasuke estaba sentado al borde de la cama, a mi derecha.
—Duerme —lo escuché susurrarme suavemente, mientras acariciaba mi cabello.
Ni siquiera me di cuenta; pero, en lo que me pareció cuestión de segundos, fui transportada al mundo de los sueños, aún sintiendo los dedos de Sasuke entre mi cabello.
…
Primero que nada, muchas gracias por su comprensión, su apoyo y especialmente sus reviews a todos y todas.
Y me quisiera disculpar, porque esta vez no podre nada más que esto, ya que estoy escasa de tiempo, espero y me comprendan, aun no me voy pero tengo muchas cosas que hacer y no lo eh hecho.
Ahora si los dejo y disculpen de todo corazón, que tengan un gran y hermoso día y cuídense mucho y por si acaso, Feliz navidad!
Atte:
LunithaMoon
