Capítulo 12
La noche buena pareció llegar en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando Edward realizó su arrogante declaración y estableció su desafío, la medianoche de la Nochebuena había parecido muy, muy lejana. Dos días enteros y más.
Pero no fue consciente del transcurso de esos dos días, y ya estaba en la víspera de Navidad y desconocía qué pasaba por la mente de Edward. No sabía muy bien qué fase habían alcanzado en la última campaña de su marido por conseguir lo que quería.
Sin embargo, no quería arriesgarse a mover el bote en ninguna dirección. En las últimas cuarenta y ocho horas había descendido sobre la casa una especie de paz, la clase de tregua con la que podía vivir sin desmoronarse y revelar cómo se desintegraba por dentro.
Una vez más la había salvado tener a Renesmee con ella. Habían pasado el primer día en el pueblo de compras para la pequeña. Al principio Bella había tratado de mostrarse cautelosa, consciente del hecho de que quizá tuvieran a Nessie solo uno o dos días, pero Edward había insistido en comportarse de forma extravagante, comprando todo lo que se le ocurría y más. Pijamas, artículos de baño, ropa, juguetes.
-¿Sabes?, al bebé no le van a interesar algunas cosas por los menos hasta dentro de seis meses -había reído ella mientras contemplaba el montón de bolsas apiladas en el pequeño dormitorio habilitado para Renesmee.
-Pero las disfrutará -había respondido Edward sin darle importancia-. Cuando esté lista para ellas, la estarán esperando.
Sentada ante la chimenea, había pensado que hasta él mismo se había comportado como un niño. Y al recordar lo que le había contado sobre las Navidades que había pasado de pequeño, la tristeza y desolación de saberse no querido, ¿quién podía culparlo? Pero si en ese momento se mostraba de esa manera, con un bebé que había aparecido en sus vidas por accidente, ¿cuánto le encantaría ser el padre de su propio hijo?
Se obligó a encarar la decisión tomada dos noches atrás y se dijo que hacía lo correcto. Quizá le rompiera el corazón, destruyera toda esperanza de felicidad, pero hacía lo mejor para Edward. Sin ella, sin una esposa que jamás querría tener en su vida, dispondría de la oportunidad de empezar otra vez. Podría conocer a otra mujer, casarse con otra, tener un hijo con otra. Con alguien con quien pudiera albergar la esperanza de ser feliz. Con alguien con quien pudiera ser feliz y con el tiempo satisfacer las irracionales exigencias de su abuelo. Con alguien a quien amara de verdad.
Casi era demasiado para soportar. Con un gemido cruzó los brazos, sintiendo como si se fragmentara por dentro. La idea de que Edward se enamorara de otra mujer era algo que había tratado de encarar desde que se había obligado a tomar la decisión, pero cada vez que lo intentaba, su mente y su corazón rechazaban la posibilidad, incapaces de aceptarla.
-¿Qué haces sentada en la oscuridad?
Edward había aparecido en el umbral detrás de ella y se preparaba para pulsar el interruptor e inundar la habitación de luz.
-¡No, no lo hagas! -protestó con celeridad, aterrada de que pudiera ver las marcas dejadas por las lágrimas-. La luz de la chimenea es bonita. Déjala, por favor.
-De acuerdo, si es lo que quieres -fue a sentarse a su lado en el sofá y se reclinó con un suspiro de satisfacción al tiempo que estiraba las piernas-. Nessie se ha quedado dormida. Y después de la cantidad de leche que ha ingerido con el último biberón, me sorprendería que se despertara pronto.
-Sería un cambio agradable después de lo de anoche. Quizá ya empieza a acostumbrarse. ¿Se sabe algo de su madre?
-Nada -movió la cabeza-. No he conseguido nada en ninguna parte que he buscado. Empiezo a creer que se ha desvanecido de la faz de la tierra. El verdadero problema es que si se ha marchado del pueblo, no tengo ni idea de dónde ponerme a buscar. Podría ir a Londres, a cualquier parte y si desaparece en una ciudad grande, podría tardar meses en localizarla.
-Vamos a tener que recurrir a los Servicios Sociales.
-Lo sé pero después de Navidad. Al menos podemos dejar a Nessie en casa un par de días más.
Bella pensó que eso le brindaría la excusa de quedarse hasta que la pequeña se fuera. Cuando entregaran a la niña, bien a su madre o a los funcionarios públicos, también desaparecería la causa de su permanencia. Debería marcharse si quería brindarle a Edward otra oportunidad.
Pero en ese momento no podía pensar en ello. De otro modo, la destruiría. Clavó la vista en las llamas danzarinas y trató de concentrarse en los patrones que creaban, en el resplandor de las ascuas.
Al mismo tiempo, fue agudamente consciente de la solidez física de Edward a su lado. Vestido todo de negro, era una presencia inquietante. Todos sus sentidos lo percibían.
En los últimos dos días nada había ido tal como ella había esperado. La verdad era que Edward había hecho lo opuesto a lo que Bella había imaginado. Donde había pensado que emplearía todos sus recursos para seducirla, había mantenido la distancia. Se había mostrado callado, reticente, y apenas la había tocado, estableciendo contacto solo cuando era absolutamente necesario, para recoger o entregarle a Renesmee. Hasta en la cama había mantenido la distancia, sin apartarse de su lado del colchón, como si adrede evitara tocarla.
Y lo irónico era que la clase de privación sensorial a que la había sometido había surtido el efecto deseado que él había declarado que perseguía. Echaba de menos su contacto, el calor de su cuerpo próximo, la fragancia de su piel. Lo anhelaba con todo su ser y eso la había mantenido despierta e inquieta la noche anterior. No había creído posible poder sentirse tan sola aun cuando la persona que extrañaba se hallara en la misma habitación.
-¿En qué piensas?
La pregunta serena de Edward la sobresalió y se volvió para ver esos ojos oscuros clavados en su rostro.
-Llevas los últimos minutos perdida para el mundo. Ha despertado mi curiosidad sobre lo que pasaba por tu cabeza –continuo él.
-Poca cosa -mintió. Desesperada por evitar contarle la verdad, se aferró a la primera idea que se le ocurrió, el recuerdo de sus pensamientos antes de que él entrara en la sala-. Si quieres saberlo, pensaba en Christopher.
-¿En mi abuelo? ¿Y eso?
-Pensaba en lo mezquino que es al establecer esas condiciones para que puedas heredar la fortuna Cullen y el resto de propiedades.
-Es un anciano. El honor de la familia lo significa todo para él. Jamás pudo perdonar a mi madre por haberse fugado y quedado embarazada de mi padre. Anhelaba un heredero legítimo, pero yo soy el único que tiene.
-Pero si no hubiera querido uno con tanta desesperación, quizá nosotros hubiéramos podido empezar mejor. Podríamos haber llegado a conocernos mejor sin esa sensación de presión sobre nosotros. Podríamos haber empezado de cero, sin las expectativas que tenían mis padres y él.
La reacción de Edward a esas palabras fue de silencio total. Con el rostro vuelto hacia ella, alejado de la luz de las llamas, no podía leer su expresión ni ver qué mostraban sus ojos. Nada le ofrecía pista alguna acerca de lo que pensaba. Pero entonces flexionó los hombros y se pasó una mano por el pelo.
-Aún podríamos -anunció con voz queda.
-¿Aún podríamos? -repitió ella confusa-. Edward ¿qué?
Y al fin comprendió hacia dónde se dirigían sus pensamientos, y en el mismo instante captó el atractivo de la idea, experimentó el impulso súbito de querer que las cosas fueran como él decía.
¿Era posible? ¿Se podría lograr? ¿Podrían realmente comenzar de cero, como si todo fuera nuevo? ¿Podrían actuar como si nunca antes se hubieran conocido, como si todas las complicaciones y problemas que los habían acosado nunca hubieran existido y se conocieran por primera vez?
-¿Qué…? -comenzó, pero Edward la detuvo.
-Soy Edward Cullen -se presentó y extendió una mano.
Durante un segundo se sintió desconcertada, luego lo comprendió y siguió las pautas ofrecidas por él.
-Bella, Isabella Swan.
Edward se preguntó por qué había usado su apellido de soltera. Quizá la idea de comenzar desde cero, sin la confusión en que habían sumido su matrimonio, realmente la atraía, tal como lo había atraído a él. Pero, ¿cuánto tiempo podrían fingir? ¿Cuánto tiempo lograrían mantener la realidad y sus decepciones al margen?
Abrieron una botella de vino, se sentaron ante el fuego y hablaron.
Hablaron. Al principio de cosas triviales. De libros, de películas y de vacaciones. De Navidades y de celebraciones que habían conocido en el pasado. De regalos que les habían encantado y de otros que habían sido tan horribles que no podían creer que alguien pensara que podrían gustarles.
-Si dependiera de ti -preguntó Edward, llenando las dos copas y más relajado que en días-, si pudieras tener lo que te apeteciera, ¿qué es lo que más querrías para Navidad?
-¿Cualquier cosa? -lo miró por encima del borde de la copa.
Algo en el modo en que lo miró de pronto le tensó los nervios. Sentarse junto a ella había sido un error. ¿Cómo podía permanecer tan cerca y no tocarla, besarla?
Cada vez que Bella se movía, el resplandor del fuego le iluminaba el rostro y convertía sus ojos en llamas ardientes que brillaban en la suavidad de su piel. El vestido de terciopelo de color cereza que se había puesto para la cena era de manga larga, corto y escote pronunciado, supremamente femenino. Resaltaba la extensión esbelta de sus piernas, los huesos finos del cuello y la garganta. Y su perfume le atormentaba los sentidos que ya estaban en situación de alerta.
Pero se había prometido que se contendría. Que no la tocaría, no a menos que ella diera el visto bueno. La sexualidad era demasiado poderosa y abrumadora entre ellos. Y ya los había metido en ese lío. Significó que se habían lanzado al matrimonio por todas las causas equivocadas, y en ese momento Bella se sentía atrapada con él, lamentando haber aceptado ser su esposa una vez que comprendió que nunca podría amarlo.
-¿Cualquier cosa de verdad? –volvió a pregunta Bella.
Cualquiera -confirmó él. Y si podía, haría realidad ese sueño. Aunque fuera lo último que consiguiera antes de que ella se alejara de su vida.
Bella se preguntó si se atrevía a decir lo que de verdad anhelaba. ¿Podía arriesgarse a revelarle sus pensamientos y sentimientos más íntimos a ese hombre que tanto significaba para ella y que, en cierto sentido, seguía siendo un misterio?
Durante unos segundos osciló entre el sí y el no. Al final se dijo que estaban en Nochebuena. Una noche en la que se suponía que existía la magia. El momento en que los deseos y los sueños se hacían realidad y todo el mundo disponía de la oportunidad de lograr su gran deseo.
-De acuerdo –musitó ella-. Pero con una condición.
-¿Cuál?
-Tú debes hacer lo mismo. Si te cuento mi mayor deseo, luego tú debes contarme el tuyo. Sin reservas. ¿Estás de acuerdo?
-Sin reservas -repitió Edward-. Te doy mi palabra.
-De acuerdo, entonces -no sabía por dónde empezar. Mentalmente probó diferentes enfoques pero le dio la impresión de que no había otro modo que ser directa-. Deseo que Christopher Cullen no fuera tu abuelo. Deseo que no fueras el heredero de la fortuna Cullen. Deseo que fueras simplemente tú, con lo que sea que hubieras ganado por tu propia cuenta, y que nada tuviera condiciones y promesas y la necesidad de herederos legales.
Si el silencio anterior de él la había sorprendido, ese le estiró los nervios hasta un punto de ruptura. Pareció prolongarse hasta que creyó que podría gritar o estallar en lágrimas o ambas cosas.
-Edward di algo por favor.
Al fin él se movió y respiró hondo.
-¿Por qué? -preguntó con una voz que no parecía la suya.
-¿Por qué, Que?
-No, quiero decir, ¿por qué has deseado eso? ¿Por qué es tan importante para ti?
¡Santo Cielo! Quería conocer más. Y con la primera admisión había agotado el poco coraje que le quedaba. ¿Se atrevía a llegar más lejos?
-Porque…porque entonces quizá creyeras que busqué este matrimonio por motivos muy diferentes de los que piensas. Quizá entendieras que el dinero les importa a mis padres, pero no a mí. Para ellos fue importante pero para mí no significa nada. ¡Nada!
La quietud y el silencio de él eran casi aterradores. Se había movido de forma que tenía el rostro en sombras y Bella no podía leer su expresión, no podía verle los ojos. Nada le brindaba una pista acerca de lo que pensaba.
-¿Quieres que crea eso?
Toda la fuerza que le había dado poder para hablar se había desvanecido, de modo que únicamente fue capaz de asentir en silencio, anhelando que confiara en ella.
Reinó un silencio aún más prolongado. Luego Edward suspiró.
-No tenías que decírmelo –le dijo él.
-Quería que…
-No, me refiero a que ya lo había descubierto por mi propia cuenta.
-¿Sí? -no podía creer lo que oía.
En ese instante él giró la cara para mirarla y Bella pudo ver su expresión. Exhibía una ligera sonrisa irónica ¿se atrevía a pensar que avergonzada?
-Cariño, puede que sea lento al principio, pero en estos últimos días nadie podría haber dudado de que al quedarte, lo hiciste por Renesmee, para cuidarla. Y eso me hizo pensar. Al analizar el año que pasamos juntos, comprendí que aunque disfrutaste de los regalos que te hice, nunca me pediste nada más, jamás trataste de conseguir más de mí.
-Pero tú…
-¡Sé lo que dije! Pero estaba enfadado, estúpidamente desquiciado. Y también tú. Por eso dijiste que te marchabas.
Bella agradeció la oscuridad, las sombras que dominaban la habitación y que ocultaron su rubor. ¿Tan bien la conocía?
-¿Me estás diciendo que me creíste?
-Te estoy diciendo que no necesitabas explicarte. Que si no hubiera sido un ciego necio, lo habría visto por mí mismo. Pero yo… -calló como si se lo hubiera pensado mejor-. Nada -movió la mano-. No importa.
Era demasiado pronto para contarle lo que había temido al pensar que era culpa suya que ella no estuviera embarazada. Bella había dicho que había aceptado el matrimonio por causas diferentes, aunque no había expuesto cuáles eran. No era necesario. Ya había reconocido que no lo amaba. Pero si aún lo deseaba, quizá bastara. Tal vez no fuera gran cosa para construir un futuro, pero era mejor que nada.
-Ahora es mi turno. Te prometí que si me contabas cuál era tu gran anhelo, yo haría lo mismo. Y pienso cumplir mi promesa.
Ella contuvo el aliento, sin poder hablar.
-Si queremos ser sinceros el uno con el otro, Bella, entonces hay algo que quiero que sepas. Algo que me importa tanto como a ti tú deseo de Navidad.
-Con…continúa.
Edward le tomó una mano con las suyas.
-Quiero que creas que jamás fuiste ¿cómo dijiste? «Una yegua de cría» para mí. Cuando te pedí que te casaras conmigo, te expuse que quería hijos. Sí y sé que esa era la única causa por la que mi abuelo deseaba que me casara. Pero no fue la única para mí.
-¿No? -aún le costaba respirar adecuadamente y la voz le sonaba tensa por el nudo que tenía en la garganta-. ¿Cuál fue, entonces?
-Bella, ¿necesitas preguntarlo? -susurró con voz ronca-. Te deseaba más de lo que he deseado jamás a ninguna mujer en la vida. No podía vivir sin ti. No puedo vivir sin ti. No puedo permitir que te vayas, Bella, eres mía…
Buscó los labios de ella para un beso suave, que le robó el corazón, le nubló la mente, la dejó incapaz de pensar y solo le permitió responder. Y quería y necesitaba hacerlo.
Ya estaba harta de anhelar y de necesitar. Odiaba la soledad, el vacío y el ansia. Ese beso contenía la promesa de algo, quizá solo de esa noche, quizá de más. No lo sabía y no le importaba.
Solo sabía que había recibido una segunda oportunidad para ser feliz, para soñar. Y así se entregó a los brazos de Edward sin preocuparse ni titubear, únicamente sintiendo que ahí, al fin, estaba en casa. Y podía ser feliz.
Y si solo duraba una noche ya se enfrentaría al mañana cuando llegara.
El acto sexual fue lento, cálido y ardiente como alguna vez habría podido soñar que sería. La llevó escaleras arriba hasta la cama grande, en el dormitorio junto al cual estaba Nessie en su nueva cuna, disfrutando del descanso apacible y sin sueños de los muy jóvenes. Y allí le quitó la ropa, encendiéndole la piel desnuda con besos que abarcaron cada centímetro, despertando en ella una necesidad que le aflojó las piernas.
Bella desconocía que fuese posible estar tan excitada y retener la conciencia. Nunca había imaginado las interminables posibilidades sensuales que podían crear las manos y los labios. Ni siquiera había considerado lo deprisa que podía latirle el corazón ni cómo podría bullirle la sangre. Pero esa noche lo descubrió todo, y comprendió que no existían límites para los placeres del amor que Edward podía mostrarle.
Y cuando al fin introdujo el poderío en su cuerpo palpitante, Bella lloró por la maravilla y el gozo que le produjo. Se arqueó para acercarse a él, para pegar cada centímetro de su cuerpo contra la forma dura, y clavó los dedos en los hombros tensos. Lo oyó gemir su nombre, oyó su propio grito descontrolado. Y entonces perdió contacto con el mundo en una ducha de estrellas de oro y plata y en el calor y el poder del éxtasis.
Ahíta y extenuada, agotada por el placer, tardó mucho tiempo en poder moverse, y cuando al final lo hizo, solo fue para acurrucarse más contra el cuerpo relajado de Edward. El sueño comenzaba a dominarla cuando desde abajo le llegaron los tonos sonoros del reloj al dar la medianoche.
-Es Navidad -murmuró él-. Feliz Navidad, cariño.
