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CUANDO LLUEVEN ESTRELLAS

CAPÍTULO 12

Haruka no le había hablado con rudeza ni había buscado atemorizarlo con su seria mirada; el tono de su voz tan sólo había demostrado la repentina confusión y a la vez preocupación por lo que acababa de oír. Se había acercado aún más a Sakura y le había observado atentamente mientras esperaba una respuesta de su parte, mas lo único que logró conseguir fue advertir en aquellos infantiles ojos azules ése brillo que no demostraba sino el desconcierto de haber sido descubierto; la pequeña boca se había abierto ligeramente, dando la impresión de que estaba pronto a hablar, aunque finalmente el niño había optado por guardar silencio.

Enterarse de que Sakura no había seguido alguna instrucción era algo bastante común para Haruka. Ya tenía experiencia yendo a recoger los juguetes confiscados que su hijo llevaba a la escuela; ya se había acostumbrado a recibir llamadas telefónicas que le comunicaban que el pelirrojo había lanzado agua a sus compañeros durante el verano, o que había salido a correr bajo la lluvia durante el invierno; ya era parte de la rutina el recibir quejas de los maestros, quienes decían que el pequeño había estado todo el día hablando sin parar y sin hacer sus tareas... La conducta de Sakura en la escuela distaba bastante de ser una ejemplar, pero no era como si a Haruka le importara completamente. Él sabía que, aunque por cuestiones de actitud su hijo no era un buen estudiante en clases formales de matemáticas, japonés o historia, Sakura tenía una concentración superior y habilidades excepcionales cuando se trataba de las artes manuales y las actividades físicas, con un énfasis extraordinario en lo referido a la natación.

Y era justamente respecto a esto último que Haruka estaba confundido, porque, desde que le había enseñado a nadar a Sakura cuando éste era tan sólo un bebé, se había dado cuenta que la natación sería parte fundamental de su naciente vida. Y el tiempo le había dado la razón: desde los primeros berrinches del pelirrojo cuando le impedían sumergirse a las piletas de agua de los parques, pasando por sus primeras competencias de natación en los clubes infantiles, hasta esa profunda determinación cuando se ponía de pie frente a Haruka y le decía con firmeza "seré un nadador profesional igual que tú". Entonces, ¿su hijo saltándose las clases de natación? No, eso definitivamente no era algo que Haruka iba a aceptar tan fácilmente.

—Sakura, explícame qué es lo que está pasando —Le observó con detención. Los labios del pelirrojo se separaron un par de veces nuevamente; estaba pronto a hablar, pero era fácil darse cuenta que había algo que le impedía hacerlo—. Oye, responde.

—…¿Para qué quieres saber? —preguntó el niño de pronto, incómodo y con cierta inseguridad, desviando su mirada hacia un lado como si así pudiera escapar de la situación. Probablemente, se habría retirado del lugar de no ser porque las manos de Haruka se hallaban sujetándolo por los hombros.

—Así que realmente te estás saltando las clases. Dime por qué —insistió el mayor, haciendo caso omiso a la pregunta de su hijo.

El pelirrojo regresó la mirada hacia su padre y le observó dubitativo. Guardó silencio un momento y en seguida frunció el ceño levemente, armándose de valor.

—Pero, antes, dime para qué quieres saber —dijo Sakura, viéndose más confiado y con un deje de desafío en su aguda voz infantil.

—No evadas mi pregunta.

—Respóndeme tú primero.

—Sakura, responde.

—No, hazlo tú.

Desde un costado, el entrenador Sasabe los observaba impaciente. Veía cómo Haruka seguía sujetando al pequeño mientras le insistía para que hablara; por otra parte, Sakura tomaba cada vez más seguridad para seguir cuestionando a su padre. Goro soltó un bufido y se llevó su palma a su rostro. Conocía la terquedad de Haruka y también la de Rin desde que ambos eran niños, y saber que Sakura había heredado esos mismos rasgos no era nada alentador, más aún cuando la notoria falta de disciplina se mezclaba con la personalidad imprudente de un arrebatado pelirrojo de ojos azules.

—Escuchen ambos, Haruka y Sakura —intervino Goro sintiéndose algo incómodo por la situación. Los aludidos guardaron silencio; el pelinegro soltó los hombros de su hijo y se volteó hacia el entrenador—. No quiero que discutan en este momento. Simplemente quiero decirles que la situación me preocupa por el resto de los chicos del club. Sakura es el mejor nadador que tengo en este momento, tal vez el saltarse algunas clases no afecta mayormente su rendimiento, pero el hecho de que llegue retrasado haciendo alboroto hace que la clase pierda su ritmo y eso desconcentra a los entrenadores y al resto de los aprendices.

Haruka le dio una mirada rápida a su hijo, quien no parecía afectado en lo más mínimo por las palabras de Goro; le vio desviar sus ojos hacia un lado, evadiendo la mirada del entrenador.

—Oye, asume tus responsabilidades —dijo el pelinegro con un tono ligeramente severo.

—¡Pero es que también tengo otras cosas importantes que hacer! —soltó Sakura angustiado mientras volteaba la cabeza hacia su padre— ¡Algunas veces simplemente no puedo ir al club!

Haruka frunció levemente el ceño, con las dudas comenzando a aparecer una vez más dentro de su cabeza. Guardó silencio mientras su mente hacía las conexiones necesarias, recordando algunos de los extraños sucesos que habían estado ocurriendo las últimas semanas. Fue inevitable que su memoria trajera de inmediato al presente las palabras de Sakura de los últimos días diciendo que tenía un nuevo amigo, ése del cual pasaba hablando todo el tiempo. La sospecha de una mala influencia se volvía latente.

—En ese caso, Sakura —intervino de pronto Goro. Haruka salió de sus pensamientos y prestó atención—, deberías asistir al club sólo durante los fines de semana. Así podrás, durante el resto de los días, dedicarte a esos asuntos tan importantes que tienes —dijo con un ligero deje de sarcasmo en su voz.

Haruka guardó silencio y se limitó a observar a su hijo atentamente.

—No. Puedo ir al club durante la semana, pero llegaré más tarde —aclaró el pelirrojo.

—Eso no es posible. Todos los aprendices deben estar presentes desde el comienzo de cada clase. Desde ahora en adelante, si llegas retrasado, simplemente te quedarás fuera y no podrás nadar —explicó Goro.

La indignación apareció de inmediato en el rostro de Sakura.

—¡Eso no es justo! —soltó enfadado.

—Sakura —habló Haruka rápidamente, mientras colocaba una mano en el hombro de su hijo. Pudo sentir que el pequeño cuerpo comenzaba a temblar ligeramente— Oye,… no llores —agregó suavizando un poco su voz.

—¡Papá, dile que no es justo! —pidió el pelirrojo, enojado y con la voz temblorosa, mientras diminutas lágrimas comenzaban a aparecer en sus ojos.

—Vamos, Sakura, no comiences a llorar simplemente por esto —dijo Goro un tanto inquieto por la situación.

—¡No estoy llorando! —exclamó irritado, y ni siquiera le importó que a su alrededor algunas personas le observaran al pasar— ¡Yo sé lo que ustedes quieren! ¡Ustedes quieren que yo deje la natación!

—Tú eres quien decidió saltarse las clases —aclaró Haruka.

—Bien, ¡entonces dejaré la natación!

Goro se llevó la palma de su mano hacia la cara, una vez más, y se mantuvo así durante un momento. La personalidad arrebatada de Sakura siempre transformaba las cosas simples en conflictos escandalosos. Era como si parte de las personalidades de Haruka y Rin se hubieran unido en un torbellino. Era bastante dramático como Rin, y a la vez era impulsivo y cuando estaba emocionado tendía a no pensar demasiado, al igual que Haruka. Sus actitudes impetuosas habían causado problemas a su padre en reiteradas oportunidades, e incluso los propios abuelos de Sakura se habían quejado un par de veces por la forma de ser imprudente que tenía el pelirrojo.

—Bien, es suficiente. Discúlpate con el entrenador Sasabe —ordenó Haruka adquiriendo una postura de autoridad.

—¡¿Por qué?!

—Sakura.

—¡Pero si yo no he hecho nada malo! —se defendió angustiado. Luego soltó un quejido de frustración y se volteó hacia un costado para hundir su rostro en el abrigo de su padre y lloriquear por un momento.

—Lamento que esto esté pasando, pero realmente no puedo permitir que Sakura siga llegando retrasado a las clases —Goro retomó el tema con cierta incomodidad por la situación.

—Hablaré con él —dijo Haruka regresando a su acostumbrado tono de voz.

—Estaré agradecido. No quiero que deje de ir a las clases. Sakura tiene un talento excepcional que no puede ser ignorado; sé que llegará muy lejos si se lo propone —dijo Sasabe esta vez con entusiasmo.

Haruka simplemente le observó sin decir nada, estando parcialmente de acuerdo con las palabras del entrenador. Conocía las increíbles habilidades de su hijo y también sabía qué tan lejos podía llegar su fuerza de voluntad; el número uno y la marca de la victoria en la frente de Sakura brillaban con soltura. Sin embargo, no era como si el saber acerca de esas cualidades llevara al pelinegro a ejercer algún tipo de presión sobre el niño. Aunque Sakura tuviera habilidades, si él no quería nadar, Haruka no le iba a presionar para que lo hiciera, pues estaba muy consciente de que la intromisión forzada al agua no traía buenos resultados. No obstante, nada quitaba el hecho de que resultaba tremendamente sospechoso de que su hijo comenzara a saltarse repentinamente las clases de natación.

Tras despedirse brevemente, Goro se movió hacia un lado y tomó asiento junto a un grupo de jóvenes nadadores del club. Haruka quedó de pie en medio de las escaleras de las gradas, con la amplia vista a la piscina a un costado, y teniendo los brazos de Sakura rodeándole por la cintura.

—Oye, deja de llorar —habló mientras colocaba una mano sobre la cabellera rojiza. Vio que Sakura separó el rostro de su abrigo. El ceño fruncido, la falta de lágrimas y el ligero rubor en las mejillas le indicaron que sólo se había tratado de una rabieta infantil.

Haruka suspiró resignado y prefirió ignorarlo; ya tenía años de experiencia lidiando con las rabietas de su hijo. Más tarde, cuando el malhumor acabara, hablaría con el niño y obtendría toda la verdad del asunto. Así que por ahora se hizo a un lado y prosiguió caminando en busca de los asientos que les correspondían. Sakura, sin emitir comentario alguno, simplemente se limitó a seguirle.

Se encontraban en el área C dentro del recinto deportivo, era un sector de asientos ubicados en el segundo nivel desde donde podían observar de frente y en altura toda la extensión de la piscina. Era una buena ubicación, especialmente por los asientos que habían logrado alcanzar Ran y Ren. Habían dos espacios desocupados junto a los gemelos, y en ellos tomaron asiento padre e hijo. Fue notorio el hecho de que el malhumor de Sakura no pasó inadvertido para los otros dos jóvenes, quienes observaron al niño con curiosidad, mas optaron por guardar silencio y no hacer preguntas al respecto.

—No te enojes. Vinimos aquí a pasar un buen rato —comentó Haruka mientras sacaba una botella de su bolsa y se la entrega a su hijo. Tal vez, beber algo de agua apaciguaría el humor del pelirrojo.

—Me estabas haciendo muchas preguntas. No me gusta, es molesto —habló enfadado. Cogió la botella que le entregó su padre y dio un breve sorbo—. El entrenador Sasabe es muy injusto, yo puedo ir a nadar cuando quiera.

—No es injusto. Es su club y son sus reglas —agregó con su usual tranquilidad—. Además, no deberías tener la desfachatez de enojarte, siendo que eres tú quien ha estado ocultando cosas.

—¡Yo no he ocultado nada! —La infantil voz aumentó en volumen y agresividad, sobresaltando a las personas que se hallaban sentadas a su alrededor. Ran y Ren le observaron preocupados.

—Oye, Sakura… —intervino de pronto Ren con cierta precaución— ¿No crees que deberías bajar un poco el volumen de tu voz?

—¡Mi papá me está molestando! ¡Él quiere que deje la natación! —lloriqueó en voz alta, levantándose de su asiento y sacudiendo la botella de agua en el acto. Haruka frunció el ceño y le arrebató el objeto con rapidez.

—Es suficiente, no arrojes el agua —habló con firmeza, dejando la botella a un lado. Luego sujetó al pelirrojo y lo regresó a su asiento.

—Uhm… Sakura-chan… —intervino esta vez Ran con una forzada sonrisa, inclinándose hacia el asiento del niño. Con ambas manos sujetó los pequeños hombros desde atrás de la espalda— Tienes ocho años, ya estás grande como para hacer estos escándalos, ¿no crees? —susurró con suavidad, en una posición que demostraba confidencia— Mira a tu alrededor, están todos viéndote y no dejan de hablar de ti —El arrebato de Sakura se detuvo de inmediato. Los ojos azules dieron un vistazo hacia su entorno; había varias personas desconocidas que le observaban y que comentaban en voz baja acerca de la reciente escena—. ¿Qué pensarán esas personas de ti? De seguro creen que eres un niño malcriado.

—Pero no es mi culpa, Ran-chan —dijo el pelirrojo volteándose hacia la joven con aflicción. El tono de su voz se había apaciguado y el volumen había descendido notablemente.

—Después podrás hablar tranquilamente con Haru-chan, pero este no es el momento para comportarse de esa forma. Estamos en un lugar público y no es bueno gritar ni ponerse a llorar, ¿entendido? —Ran sonrió dulcemente.

Pese a que el carácter de Ran era el más fuerte entre los tres hermanos Tachibana, ella también era capaz de esbozar sonrisas dulces y cálidas al igual que Ren y Makoto. De algún modo, la afabilidad de la joven serenó los ánimos de Sakura, quien recostó su espalda en el asiento y se inclinó hacia un lado para apoyar su cabeza en el costado de la chica.

—No me gusta nada de esto… —comentó el niño, consternado— Ran-chan, ¿qué debo a hacer?

—Contarme toda la verdad —intervino Haruka, fastidiando una vez más a su hijo. Sakura bufó molesto y desvió la mirada hacia un lado.

La relación entre Haruka y Sakura era por lo general muy buena. A parte del amor inconmensurable entre padre e hijo, ambos tenían hobbies similares que les permitían divertirse juntos, cada uno aportaba en los quehaceres domésticos para mantener el orden en la casa, y sus personalidades introvertida y extrovertida hacían que ambos pudieran complementarse de forma adecuada. Se llevaban bastante bien, se amaban y, al ser una familia de dos personas, habían logrado formar un afianzado lazo único e irrompible.

Sin embargo, como ocurre en toda relación, había ciertos pequeños detalles que dificultaban la perfecta armonía. El carácter orgulloso y competitivo de Sakura sumado a la falta de una figura de autoridad le llevaba a defenderse y no cohibirse ante los mayores; en situaciones extremas era capaz de responder con insolencia y desafiar a quien fuera cuando se veía a sí mismo amenazado. Por otro lado, si bien Haruka tenía un carácter introvertido pero bastante fuerte y decidido, lo cierto era que había pasado ya varios años manteniendo una actitud permisiva frente a las conductas de su hijo, por lo que su potestad no era lo suficientemente marcada como para poner a Sakura en su lugar. El resultado era problemático puesto que, cada vez que surgían malos entendidos, ambos se enfrascaban en discusiones eternas en las cuales ninguno de los dos estaba dispuesto a transar con facilidad.

Era ahí cuando llegaban los mediadores.

Años atrás, cuando Sakura era aún más pequeño y las disputas se habían generado frente a Sousuke, éste por lo general no había dudado en tomar partido del lado del pelirrojo únicamente para fastidiar a Haruka, dejando a éste sin más alternativa que refunfuñar y hacerse a un lado con la irritación contenida. Makoto era quien seguía disolviendo las disputas con mayor sutileza, intentando separarlos con buenos modales, engatusando a Haruka y algunas veces utilizando sus conocimientos en psicología infantil –adquiridos en la universidad– para hacer reaccionar a Sakura; Ran también tenía sus métodos gentiles tras haber observado a su hermano mayor, por lo que prefería actuar con suavidad y conversar con el niño para calmarle. Pero, si de rapidez se trataba, Gou era quien disolvía las disputas con mayor presteza y facilidad; ella alzaba un poco la voz, reprendía a ambos y les hacía ver lo ridículos que se veían discutiendo por tonterías; cada vez que Gou hablaba para poner orden, Haruka y Sakura no hacían más que bajar la cabeza y acatar.

Ella siempre tenía razón: ambos, padre e hijo, podían comportarse realmente como idiotas.

Sin embargo, pese a que las peleas por pequeñeces eran cosa cotidiana en la vida de ambos, no era como si fuera algo tan malo. La mayoría de las veces terminaban en carcajadas o en reconciliaciones acompañadas de chocolate caliente y videojuegos. Luego esas disputas eran recordadas tan sólo como anécdotas absurdas que divertían a ambos.

Era inevitable que en ocasiones Haruka sintiera que la dinámica con su hijo era idéntica a como solía ocurrir con Rin. Aún podía recordar esas eternas y ridículas disputas en las cuales sólo Makoto se atrevía a ser mediador, recibiendo toda la culpa que sus amigos vertían –injustamente y sin motivo alguno– sobre él. No podía decir que era Rin quien solía comenzar los pleitos, porque la verdad era que a él también le había gustado provocar al pelirrojo. Discutieron por tantas estupideces, se concentraron en competencias sin sentido un centenar de veces sólo para demostrar que el vencedor tenía la razón respecto a un asunto completamente absurdo, y también apostaron grandes hazañas e incluso humillaciones únicamente para descubrir nuevas expresiones en el otro. Hubo muchas ocasiones en que Haruka ganó con extraña facilidad, pero luego comprendía que Rin se había dejado perder simplemente porque adoraba presenciar esas sonrisas que el pelinegro escasamente esbozaba. Pero Haruka no lo culpaba, él también había dado innumerables ventajas a Rin, porque sabía perfectamente que éste hacía alarde con su actitud ganadora tan sólo durante los primeros minutos, pero después de un rato bajaba sus revoluciones y se volvía más bien sumiso; era ahí cuando Haruka lo felicitaba por haber ganado, cuando estaban en silencio y no había nadie más que ellos dos, provocando un exagerado sonrojo en las mejillas de Rin, poniéndolo nervioso, torpe y falsamente enfadado. Le encantaba ver a Rin de ese modo, especialmente cuando ya habían comenzado a salir y Haruka tenía la confianza de acercarse a su rostro y depositar un pequeño beso en sus labios mientras soltaba una risita y le decía que, a pesar de ser un idiota malhumorado, Rin siempre era tan encantadoramente lindo.

—Estás pensando en mamá.

La suave voz de Sakura le sacó de sus pensamientos. Haruka le observó un instante perplejo, mas en seguida tomó consciencia de sí mismo y descubrió la pequeña sonrisa que involuntariamente había formado en sus labios. La deshizo en un segundo, mismo tiempo en que frunció el ceño; el resentimiento acumulado hacia Rin se hacía presente otra vez.

—No es cierto. De todas formas, a tu madre también le gustaría saber a dónde te vas a meter cuando te escapas del club —le soltó con seriedad. Sakura también arrugó las cejas, cruzó los brazos y se volteó hacia un lado para marcar distancia e indiferencia.

Sí, podían las dinámicas con Rin y con Sakura ser similares respecto a esos altercados sin sentido y reconciliaciones divertidas, pero había algo que marcaba la gran diferencia y eso era la edad. Haruka y Rin iban avanzando por las mismas etapas, tenían la misma edad, por lo que los grados de madurez eran los mismos. Sin embargo, la diferencia de edad con Sakura era de alrededor de veintidós años, por lo que era preocupante, en términos de disciplina, si se tomaba en cuenta que tanto Haruka se rebajaba a discutir con un niño de ocho años, así como también Sakura se alzaba con insolencia para discutir con alguien mucho mayor que él.

Dicho de otro modo, las disputas con Rin podían ser absurdas, pero éste tenía su personalidad formada y las cosas bastante claras en su vida. En cambio, Sakura aún seguía siendo infantil, manipulable y pese a que su carácter era relativamente fuerte aún seguía siendo completamente vulnerable frente al mundo. Discutir con Sakura porque no quiere ir a dormir por preferir seguir viendo televisión o porque no quiere comer los vegetales de su almuerzo, era algo aceptable, algo normal con lo que todo padre tiene que lidiar, pero era también algo completamente distinto a discutir con él porque se está saltando las clases del club y está yendo a lugares desconocidos por motivos que prefiere mantener en secreto. Y esto último a Haruka, de algún modo, le aterraba.

Intentando despejar su mente, el pelinegro posó sus ojos sobre los nadadores que se posicionaron en los bloques de partida, listos y dispuestos para comenzar a competir. Se escuchó el silbato, el choque de los cuerpos contra el agua de la piscina y los vítores del público asistente tras comenzar la carrera.

De haber estado en una condición normal, Haruka se habría emocionado y entusiasmado con la natación. Sin embargo, su ánimo actual bordeaba entre la irritación, el miedo y la preocupación. Saberse a sí mismo pensando en Rin era agobiador, y a eso se sumaba el tener a su hijo en silencio y sin ninguna disposición de hablar con la verdad acerca de sus asuntos confidenciales.

La actitud del niño era extraña, demasiado sospechosa, pero por más que le daba vueltas en su cabeza no lograba entender qué es lo que ocultaba. Era cierto que conocía muy bien a su hijo, pero no había manera de que Haruka supiera que su bebé salía casi todos los días a recorrer las calles en los alrededores del club; que las intensas lluvias no lo detenían sino que lo impulsaban a continuar corriendo con la esperanza latiendo en su infantil corazón; que cada día, a la misma hora y en el mismo lugar, sus pequeños labios se curvaban en alegría al ver la figura de Rin aguardando impaciente por él.

Haruka no tenía idea de nada. Haruka ni siquiera se imaginaba que algo así podría llegar a pasar.


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Rin se las ingenió para poder abrir la puerta e ingresar a la casa tambaleándose; tropezó un par de veces y lanzó unas cuantas palabrotas. No podía ver hacia adelante a causa de la montaña de paquetes recién comprados que cargaba en sus brazos. Eran sólo cosas del supermercado, ¡pero eran un montón!, el listado que habían dejado su madre y Gou había sido demasiado extenso.

Había pasado una larga hora de la mañana recorriendo los pasillos del supermercado mientras arrastraba el carro de compra. Por momentos se había aburrido, pues recolectar todas las cosas del listado era una gran tarea y más si se tomaba en cuenta que le habían pedido comparar los precios de un montón de productos. Gou se lo había exigido, ella era bastante estricta en lo que respectaba al presupuesto del hogar, los ahorros y todas esas cosas; el vivir sola con su madre le había llevado a aprender a llevar la economía doméstica desde pequeña.

Para Rin era inevitable compararse a sí mismo con ella. Gou había estudiado en la universidad y se había graduado con honores; ahora tenía un buen empleo y daba sus mejores esfuerzos por ayudar en casa a su madre, quien ya entraba en la vejez. En cambio, los momentos brillantes de Rin habían ocurrido mientras estudiaba en la universidad y se consolidaba como una de las grandes figuras en la natación olímpica, pero luego había caído abruptamente a la oscuridad a causa de su repentino e inusual embarazo. Pensar en las responsabilidades que Gou cumplía con tanta dedicación, hacían que Rin se sintiera abrumado y por momentos bastante inútil.

Situaciones como esa hacían que la idea de conseguir un empleo regresara con fuerza a su mente. Había trabajado en Australia ayudando en los asuntos de Russell, y gracias a eso había ahorrado una buena cantidad de dinero. Sin embargo, su bolsillo estaba cada día más escaso, y llegar a absorber las ganancias de su madre y hermana era algo que realmente no estaba en los planes de Rin. Si él había regresado a Iwatobi, no era precisamente para transformarse en un parásito de su familia.

Dejó los paquetes en el mesón de la cocina, y guardó algunas cosas en la nevera y otras en la alacena; fue inevitable que, al cerrar la puerta del congelador, viera las muchas notas que había dejado Gou colgando de las figuritas magnéticas. Un par de números de teléfono que no debían ser olvidados, fechas de algunos próximos compromisos de su madre, el horario de la escuela de Sakura, un recordatorio con el horario de algunos medicamentos que debían ser consumidos… Rin sonrió suavemente al ver su propio nombre entre las notas colgantes. El amor incondicional que la pelirroja profesaba a su familia conmovía realmente el corazón de Rin. Sentía que, tal vez, necesitaría toda una vida para poder corresponder por todos los enormes gestos de preocupación y cariño que ella demostraba cada día.

Acomodó en un rincón del mesón el resto de los paquetes; más tarde, su madre o Gou cuando regresaran del trabajo se encargarían de posicionar cada cosa en su lugar. La única bolsa que dejó a simple vista fue una que contenía dos cajitas en su interior. Eran chocolates, uno para Gou y otro para Sakura; sabía que a su hermana le encantaban y supuso que a su hijo también podrían gustarle. Eran una pequeña muestra de afecto, un detalle sencillo para consentir a ambos. Ya casi podía sentir sobre su piel el impulsivo abrazo que recibiría de parte de su hermana, y también ya podía vislumbrar los ojos azules de su niño ampliándose con sorpresa y alegría al ver pequeño obsequio. No pudo evitar sonreír suavemente ni tampoco el ligero sonrojo que apareció en sus mejillas.

Abandonó la cocina mientras comenzaba a sentirse ansioso. Ese fuerte sentimiento de desear adelantar el tiempo a la máxima velocidad y detenerlo justo en el momento en que estuviera de pie frente al club y divisara, a lo lejos, esa diminuta silueta de caminar impaciente, distinguible a muchos metros de distancia tan sólo por el llamativo gorrito amarillo que cubría su cabeza. Su corazón se agitó de tan solo imaginarlo. ¿Qué haría cuando al fin volviera a tener a Sakura frente a él? Tal vez, intentaría tomar la iniciativa y abrazarlo, aunque era muy probable que su inquieto hijo se adelantara y saltara directamente a sus brazos antes que él pudiera siquiera reaccionar.

Rin soltó una risita mientras llegaba hasta la sala de la casa. Saberse a sí mismo esperanzado, con una sonrisa boba en su rostro y con los cosquilleos en el estómago, le hacía sentirse un tanto ridículo pero a la vez fuertemente ilusionado. ¿En qué momento había cambiado tanto su realidad? Era un nuevo cúmulo de sensaciones y sentimientos que hace un mes atrás jamás habría imaginado experimentar. El reencontrarse con Sakura estaba generando profundos cambios en él. Sabía que estaba cautivado por su bebé, estaba consciente de que simplemente pensaba todo el día en él y que contaba desesperadamente las horas para que llegase el momento de al fin volver a abrazarlo.

Le dio un vistazo al reloj que colgaba en la pared. Aún faltaban muchas horas para que fuera momento de ir al club. Se arrojó sobre el sillón de la sala; ahora que había cumplido su compromiso de compras, ya no tenía nada más que hacer sino esperar.

El tiempo, repentinamente, comenzaba a volverse pesado y monótono.

Permaneció en medio de la silenciosa sala y miró hacia todos lados. Observó las delicadas flores en un rincón que Gou cuidaba cada día al regresar de trabajar, las varillas de incienso con las cenizas esparcidas en la base, y las fotografías llenas de recuerdos que su madre guardaba en la mesita del rincón. Rin observó atentamente. Había un retrato volteado hacia abajo, no se podía ver la imagen sino tan sólo la parte trasera del marco que lo sostenía. Rin lo recordaba, él mismo lo había posicionado de esa manera el primer día de su regreso a Iwatobi, hacía algunas semanas atrás.

Se puso de pie y se acercó lentamente, y al extender su mano cogió con cuidado el retrato y lo levantó suavemente. Sus ojos rojizos emitieron un vibrante brillo al observar la fotografía y verse a sí mismo junto a un pequeño bulto de mantas rosas entre sus brazos. Su corazón se comprimió al volver a ver su propio rostro agotado de hace ocho años atrás, con la mirada perdida en algún lugar lejano, con la luz de sus ojos completamente apagada. Una pesadez se formó en su garganta al instante en que sus ojos se posaron sobre el diminuto rostro de Sakura de tan sólo dos meses de edad, de piel muy blanca y finos cabellos rosados; enseñaba las largas pestañas al tiempo en que dormía tiernamente entre sus brazos. Rin aún podía sentir el liviano peso, la calidez, y el aroma de su bebé…

Deslizó con cuidado su dedo índice sobre la fotografía, como si con una caricia él pudiera regresar a ese instante y así poder transmitirse, de algún modo, la tranquilidad que su propio ser había necesitado desesperadamente en esos momentos. Se recordaba a sí mismo estando ahogado, completamente consumido en la oscuridad, pero fingiendo estar bien y sonriendo forzadamente en el momento en que Haruka –tras haber tomado la fotografía– se había acercado a su lado y le había preguntado que si acaso estaba bien, que si necesitaba descansar, que si deseaba tomar algo de aire…

—Sólo quiero que me abraces… —escapó un delicado susurro, siendo las mismas exactas palabras que había pronunciado Rin con la voz quebrada en aquel entonces.

Y aún podía recordar los ojos sorprendidos de Haruka ante tal petición, y luego los brazos vacilantes que poco a poco se volvieron firmes al envolverlo cálidamente en un abrazo. Rin había sujetado a Sakura con cuidado y lo había acunado contra su pecho, mientras se había inclinado hacia adelante para hundir su rostro en el cuello del pelinegro. Así habían permanecido por largo rato y en silencio, tan sólo sintiendo el latir de tres corazones unidos y las respiraciones pausadas que por momentos parecieron volverse una sola.

Ese había sido el último momento de intimidad que habían tenido los tres como familia, antes de que Haruka se fuera a competir al extranjero y Rin acabara perdiendo todas sus fuerzas.

Un suspiro entrecortado corrió entre los labios de Rin, fruto de un llanto que intentaba reprimir con esfuerzo. Respiró hondamente y aclaró su garganta, recomponiéndose para recuperar sus energías. Miró la fotografía por última vez, manteniendo la vista firme en su propia y lamentable imagen, preguntándose por qué diablos Haruka nunca hizo absolutamente nada.

Volvió a dejar el retrato sobre la mesa, nuevamente volteándolo hacia abajo para ocultar la imagen. El deseo de no verla no se debía precisamente a Sakura, quien nunca tuvo la culpa de nada, sino porque Rin no deseaba seguir trayendo a su mente aquellos momentos del pasado; porque no quería volver a verse a sí mismo en ese estado tan deplorable; y porque necesitaba, de una vez por todas, olvidarse de él.


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Haruka sabía muy bien que pasar el día libre en el campus universitario era siempre una gran idea para Sakura. Había amplios espacios abiertos en los cuales el pelirrojo podía correr con libertad, rodar por el césped y jugar con otros niños que visitaban las instalaciones, podía asistir de espectador a algunos encuentros deportivos, y en más de alguna ocasión su infantil figura se había colado para observar maravillado los entrenamientos privados de algunos equipos de distintas ramas deportivas.

Lo anterior era en una situación normal, es decir, cuando ambos se encontraban en buenos términos. Sin embargo, el escenario actual en el que se encontraban distaba bastante de ser uno reconfortante. Con cada minuto que pasaba, Sakura se volvía más y más distante. Lo positivo era que las rabietas y lloriqueos habían quedado atrás, pero aun así la actitud del niño seguía siendo desagradable, principalmente debido al hecho de tener sobre sí la mirada de Haruka recordándole que ahora estaría bajo estricta vigilancia.

Las competencias de natación –para la completa sorpresa de Ran y Ren– pasaron sin emoción alguna ni para el padre ni para el hijo. Cada uno se mantuvo ensimismado en sus propios pensamientos, aunque a ratos se daban mutuas miradas de soslayo para vigilarse entre sí. Ambos sólo mostraron un poco de interés en las competencias cuando hizo aparición el equipo de Makoto, con éste como entrenador estando a un costado de la piscina monitoreando el desempeño de sus estudiantes. Los gemelos agitaron las manos y gritaron el nombre de su hermano mayor repetidas veces, y aunque intentaron hacer que Sakura se uniera a los vítores, el niño optó por continuar sentado en su silla sin demostrar mayores expresiones en su rostro.

Tras ver las competencias de natación, Ren había propuesto con entusiasmo asistir como espectadores a un torneo de baloncesto que ya se estaba llevando a cabo en otro de los edificios de la universidad. Al momento de tomar ubicaciones en las gradas de la otra instalación, Haruka vio cómo Sakura prefirió no sentarse a su lado sino que optar por la distancia, dejando a Ran y Ren en medio de ambos. Cuando el partido acabó y tuvieron que abandonar las graderías; Haruka intentó coger la mano de su hijo, pero éste alejó su extremidad con prisa y se adelantó rápidamente hasta alcanzar la mano de Ran y continuar caminando junto a ella mientras ignoraba deliberadamente a su padre.

Asistieron, más tarde, a una práctica de fútbol en los terrenos de la universidad. Esta vez, los gemelos se habían apresurado en tomar asiento de forma estratégica de modo tal que Sakura estuviera obligado a sentarse junto a su padre. Sin embargo –y pese a que lograron su cometido–, el pelirrojo siguió manteniéndose indiferente en todo momento, conservando una profunda seriedad y respondiendo con fríos monosílabos o tan sólo bruscos ademanes a todos los comentarios que le realizaba Haruka.

No había dudas de que Sakura seguía irritado por la situación de aquella mañana. Y no es que el pelirrojo fuera una persona rencorosa –porque realmente jamás guardaba resentimientos hacia los demás–, sino que él no cambiaría su humor sino hasta que ocurriera algo más que distrajera su atención. Normalmente, si estaba molesto, su enfado acabaría en cuanto alguien le hiciera reír; y al revés, si estaba contento, su felicidad concluiría en cuanto alguien le fastidiara o fuera en contra de sus ideas. Así era cómo reaccionaba una persona tan impulsiva como Sakura Nanase. Haruka lo conocía perfectamente, y por ello también le sorprendía su actual actitud, puesto que ni siquiera el hecho de ver deportes –algo que al pelirrojo le fascinaba– había logrado cambiar el malhumor de su pequeño. Nuevamente, el pelinegro caía en cuenta de que aquello que estaba ocupando la mente de su hijo era aún más poderoso de lo que creía; por primera vez en esos ocho años estando junto a Sakura, éste se comportaba de forma tan extraña y dejaba a un lado las clases en el club y demostraba poco interés en los deportes. La incertidumbre y preocupación aumentaban, angustiando a Haruka de sobremanera.

—No soporto esto… —murmuró para sí mismo mientras se levantaba de su asiento y se alejaba silenciosamente del lugar, dejando atrás las miradas confundidas de los gemelos y también de su hijo. Sus propios pensamientos sumados al bullicio de la práctica de fútbol que presenciaban le habían comenzado a exasperar. Además, la actitud de Sakura le abrumaba bastante, por lo que aislarse por unos minutos le ayudaría a despejar su mente para pensar con claridad.

Ahí estuvo un buen rato, sentado en una banca desocupada en las afueras de las instalaciones de fútbol, con las piernas separadas y las manos sobre ellas, la espalda apoyada en el respaldo, los párpados a medio cerrar y la boca ligeramente abierta. "No lo entiendo…" pensaba Haruka mientras observaba desganado a su alrededor. Algunas personas caminaban entre los jardines otoñales, había jóvenes universitarios así como también familias que habían ido a presenciar los encuentros deportivos. Divisó a un par de niños que corrían en la distancia alrededor de sus padres; se veían felices riendo y pasando un buen día. Si tan sólo Sakura estuviera de buen humor como ellos y confesara la verdad de una buena vez, todo sería muy distinto. Estaba agobiado, no se suponía que su día libre fuera a ser de ese modo.

Al cabo de algunos minutos, Sakura y los gemelos llegaron junto a Haruka. Pronto serían las tres de la tarde, por lo que debían reunirse con Makoto y Hayato tal y como habían acordado durante la mañana. El pelinegro se levantó resignado de la banca y se dispuso a caminar, no sin antes darle un vistazo a su hijo; Sakura estaba aferrado a la mano de Ran con una expresión seria en su rostro mientras le observaba fijamente, como si estuviera expectante a ver el siguiente actuar en Haruka. No se podía saber con seguridad si el niño continuaba enojado o no, pero se distinguía claramente que su actitud seguía siendo beligerante. Así que el mayor optó por lo sano y simplemente dio media vuelta y comenzó a caminar; había serios asuntos que solucionar con Sakura, pero por el momento no se iba a desgastar a sí mismo intentando hablar con él a sabiendas que su hijo continuaría con sus malas actitudes.

Lo que no sabía Haruka, era que su sencilla indiferencia hacia el pequeño iba traer algunas consecuencias indeseadas.

Oi... —La voz de Sakura se escuchó fuerte y clara a sus espaldas. Cuando Haruka se volteó hacia él, vio que la expresión de seriedad en el niño se había transformado a una de enfado.

—¿Qué te sucede ahora? —preguntó el pelinegro con su voz plana y resignada.

—Me dejaste solo. Me estás ignorando.

Haruka le observó con incredulidad. Sakura a veces podía ser bastante desfachatado en sus comentarios.

—Eres tú quien me ha estado ignorando desde la mañana —respondió el mayor fastidiado.

—Porque tú me hablas feo —replicó el niño con rapidez dando un paso hacia adelante con insolencia.

—Te hablo así porque me estás ocultando la verdad —Haruka también dio un paso hacia adelante.

—¿Qué verdad? —preguntó amenazante, acercándose más.

—Quiero saber por qué te saltas las clases de natación —La distancia entre ellos era más corta.

—¿Y para qué quieres saber eso? —La distancia se acabó, y Sakura tuvo que echar hacia atrás su cabeza y alzar la mirada para poder ver a su padre.

—Otra vez estás evadiendo mis preguntas —Haruka tuvo que bajar la suya para poder ver a su hijo.

—¡Haru~! ¡Sakura~! ¡Dejen de pelear!

Como un déjà vu, la voz de Makoto llegó de improviso a los oídos de Haruka. El joven venía corriendo hacia ellos, vestía su uniforme deportivo de entrenador profesional y traía un bolso colgando a lo largo de su pecho. Metros más atrás venía Hayato caminando tranquilamente; Makoto había corrido sólo para detener la disputa.

—¿Cuántas veces les he dicho que no deben discutir entre ustedes? —preguntó con una extraña mezcla de preocupación y resignación. Conocía la relación entre Haruka y Sakura casi a la perfección, ese pequeño pelirrojo por momentos parecía ser una copia exacta de la imagen de Rin, por lo que entendía que las discusiones entre ambos nunca llegaban a ningún lado.

—Han estado en malos términos durante toda la mañana, ¿verdad, Ren? —acusó Ran volteándose hacia su hermano. Una expresión de aburrimiento apareció en su femenil rostro cuando vio a su gemelo apartado del asunto y charlando despreocupadamente con Hayato en la distancia— Como sea, ¡Haru-chan y Sakura-chan son terribles! —dijo hundiéndose de hombros.

—Deja el -chan —soltó Haruka.

—Dime Nanase —corrigió Sakura.

—¿Cuándo será el día en que ambos dejen de discutir por pequeñeces? —preguntó Makoto abrumado mientras soltaba un suspiro.

"Esta vez no es una pequeñez…" pensó Haruka fastidiado, mas simplemente se limitó a apartarse del lugar y continuar su camino.

—Haru… —murmuró el joven preocupado mientras veía a su amigo. Luego se volteó hacia el pequeño pelirrojo y pudo notar que, además del ceño fruncido, había un par de ojos azules que brillaban ligeramente a causa de la humedad; estaba pronto a llorar— ¡Ah, Sakura! —exclamó con forzada alegría llamando la atención del niño— ¿Qué te parece si vamos a comer algo delicioso? Te gustan los pasteles de fresa, ¿no? Conozco un lugar perfecto que además tiene juegos infantiles que te encantarán, ¿te gustaría ir?

Vio que Sakura asintió con suavidad mientras su expresión se aligeraba un poco; eso fue suficiente para que el corazón de Makoto se sintiera aliviado. Esbozó una sonrisa, una grande y cálida, y cogió con cuidado la diminuta mano del pelirrojo, quien la sujetó con fuerza mientras se apegaba un poco más al cuerpo del mayor.

Entre las personas y cosas que Makoto más atesoraba en su vida se encontraban sus padres y sus hermanos, Haruka y su eterna y preciosa amistad, su vocación hecha profesión, y por último –pero no menos importante– esa diminuta personita que en ese momento sujetaba su mano. Eran ya ocho años desde que había visto su rostro por primera vez, más los ocho meses anteriores en los que había esperado ansioso hablando al vientre de Rin en la medida que éste –escasamente, sólo cuando andaba de buen humor– se lo había permitido. Makoto cuidó muchas veces a Sakura cuando era un bebé, especialmente cuando Haruka tenía asuntos que resolver en el club universitario al que pertenecía, por lo que desarrolló de algún modo una cercanía un tanto paternal hacia el niño. No obstante, Makoto no consideraba a Sakura como un hijo, jamás lo sería, más bien era para él una extensión pelirroja y perfectamente adorable e inquieta de su mejor amigo, pero no podía negar que un sentido de protección despertaba cuando se trataba de él. Por eso mismo, cada vez que le veía discutir acaloradamente con Haruka era como si una punzada atravesara su pecho, porque Makoto los amaba a ambos, conocía muy bien la dura realidad por la que los dos –padre e hijo– habían pasado, y realmente no soportaba la idea de verlos distanciados ni aunque fuera por algunos minutos.

El trayecto hacia el centro comercial era bastante corto, tan sólo quince minutos viajando en el tren subterráneo. Makoto se fue todo el camino entreteniendo a Sakura, hablándole acerca de lo grandiosas que habían sido las últimas competencias a las que había asistido en el extranjero, y recibiendo a cambio algunas pequeñas expresiones de sorpresa que el niño hacía ante cada una de sus palabras. En base a bromas y comentarios sobre natación, Makoto logró disipar un tanto el malhumor del pelirrojo, algo que Haruka le agradecía silenciosamente mientras seguía manteniendo una ligera distancia.

Para cuando llegaron al lugar de destino, la lejanía e indiferencia entre Sakura y Haruka aún persistía, pero al menos ya no había rastros de las malas actitudes del niño. Makoto y su hermana se sentían más aliviados y sonreían intercambiando miradas de complicidad.

—¿Ya te sientes mejor? —se atrevió a preguntar el entrenador con una sonrisa.

—Sí… —respondió el niño, sin mayor expresión en su rostro, aunque dirigiendo ligeramente sus ojos hacia su padre. Haruka caminaba algunos pasos más adelante, se veía aparentemente más relajado, aunque la mirada perdida en la distancia hacía evidente que sus pensamientos se hallaban muy lejos de aquel lugar.

—Me alegro escuchar eso —La voz de Ren, desde sus espaldas, sobresaltó un tanto a Sakura. El joven caminaba sonriente junto a Hayato; ninguno de los dos universitarios había hablado en todo el rato, por lo que aquella intervención había resultado inesperada—. Ya sabes, no es bueno cuando los chicos hacen berrinches. Eso déjaselo a las chicas, como Ran.

—¡Ren! —exclamó la joven, indignada ante el comentario. Su gemelo soltó una sonora carcajada.

—¡Fue una broma! —continuó Ren riendo por un momento. Sakura le observó con curiosidad.

—En realidad, los chicos y chicas hacen escándalos por igual —agregó Hayato, sumándose a la conversación tranquilamente—. Cuando yo era niño no solía tener muchas rabietas, pero sí lloraba todo el tiempo por cualquier cosa. Mi hermano era quien siempre me consolaba.

—Ren era igual. Siempre estaba llorando en los brazos de nuestro hermano —agregó la chica con un tono burlesco.

—¡Oye, Ran! —exclamó Ren avergonzado. Luego se volteó hacia Hayato con aflicción— Lo que ella dijo no es cierto, ¡no le creas! —se excusó igual que un niño pequeño. Hayato soltó una carcajada divertida.

Makoto también rió un momento. Aquellos tiempos del pasado en los que tuvo que lidiar con las rabietas y llantos de sus hermanos menores ahora no eran más que recuerdos divertidos y bellos para atesorar.

—Todos hemos llorado y tenido rabietas durante la infancia. Lo importante es que los padres sepan controlar la situación —agregó Makoto. Sakura le miró sin entender del todo.

—Uhm… Pero, de todos modos, las rabietas no son tan comunes en los niños de ocho años, ¿no? Suelen acabarse mucho antes de llegar a esa edad —comentó Hayato pensativo, recibiendo la mirada confundida del pequeño pelirrojo.

—Supongo que depende de la crianza —argumentó Ren—. Si a ése niño de ocho años se le ha permitido hacer lo que quiera sin ser controlado, entonces será un chico problemático.

—Pero a mí no me parece un chico problemático —agregó Hayato.

—Bueno, es muy tierno e inocente, pero tiene el carácter fuerte y no suele obedecer las órdenes.

Sakura escuchaba atento a lo que hablaban. De pronto parecía como si los adultos no tuvieran en cuenta que él también estaba allí presente. El pequeño no se daba cuenta acerca de quién hablaban, pero todo resultaba ser bastante sospechoso.

El centro comercial al que llegaron no era muy amplio; distaba mucho en tamaño a aquellos otros enormes espacios comerciales que habían en la ciudad. Allí encontraron un cómodo restaurante, con una gran variedad de platillos a precios módicos; tenía una zona de juegos infantiles también, con toboganes de plástico y tuberías de colores. Si los ánimos hubiesen estado normales, Sakura habría corrido desesperado hacia los juegos, sin importarle el hambre, el calor, los regaños que pudiera recibir, o el hecho de que no conociera a ningún otro niño del lugar; él simplemente se habría lanzado a la mini piscina de pelotas plásticas y se habría metido por alguna de las tuberías hasta lograr hallar un camino hacia el tobogán más grande. Sin embargo, nada de eso ocurrió, y el pelirrojo más bien se limitó a observar con desánimo desde la distancia cómo los demás pequeños se divertían.

El grupo se ubicó en una esquina del restaurante alrededor de una mesa mediana. Pidieron sus órdenes y, al cabo de unos minutos, se encontraron disfrutando de la sencilla pero deliciosa comida. Platicaron acerca de sus familias en Iwatobi, de los amigos que se hallaban en la distancia, de los planes para celebrar la Navidad y la noche de Año Nuevo que se avecinaban. En lo que respecta a Haruka y Sakura, ambos se mantuvieron bastante silenciosos –comportamiento usual en el mayor, pero muy extraño para alguien tan hablador como el pelirrojo–, replicaron a las interacciones de los demás con breves monosílabos, mientras se mantenían concentrados principalmente en comer la caballa que cada uno tenía frente a sus ojos. De vez en cuando, Haruka miraba de soslayo a su hijo, notando lo aburrido que éste se encontraba; además del bajo estado de ánimo, era evidente que el escuchar las conversaciones de los adultos no resultaba ser nada emocionante para Sakura.

—Sakura-chan, ¿no vas a comer tus vegetales?

La femenina voz de Ran llegó a los oídos de Haruka. Pese a que todos ya estaban acabando sus platillos, Sakura tan sólo había comido su porción de caballa y había dejado todo lo demás, dedicándose a revolver el resto de su comida monótonamente.

—Soy Nanase —corrigió el pelirrojo con un resignado suspiro—. No quiero comer los vegetales.

—Pero te hacen bien. Crecerás más fuerte y sano si los comes —intentó convencer la chica. Hablaba en voz relativamente baja, era una conversación sólo entre ella y Sakura mientras los demás seguían conversando de sus temas; Haruka escuchaba y observaba indiscretamente.

—No me gustan, no tienen buen sabor, mi papá los prepara mejor —se quejó en voz baja. No alcanzó a pasar ni un segundo más, cuando Sakura notó la insistente mirada de Haruka desde su costado. La inmediata exaltación de su pequeño cuerpo fueron evidentes— ...¿Qué? —preguntó expectante, como si esperara alguna reacción negativa como un regaño de parte de su padre.

—No tendrás pastel de fresa si no acabas con tus vegetales —dijo Haruka con su acostumbrada seriedad.

—Pero no me gustan —se quejó Sakura.

—Entonces, no habrá pastel para ti.

—Makoto-chan dijo que me daría un pastel de fresa cuando estuviéramos aquí.

—Sólo si comes los vegetales.

—¡No quiero! —exclamó molesto, llamando la atención de todo el grupo.

Haruka guardó silencio mientras se llevaba una mano al entrecejo para permanecer así por unos momentos. Había creído que los ánimos de Sakura se habían apaciguado, pero realmente seguía insoportable. Sabía que muy pronto comenzaría a lloriquear otra vez.

—Bien, si no quieres comer los vegetales, simplemente déjalos —habló con rapidez, sintiéndose superado. Luego tomó un respiro y volteó la mirada hacia el niño—. Si estás aburrido, ve a jugar. Nadie te está reteniendo aquí —finalizó, mientras veía cómo la expresión de enfado de Sakura se transformaba en una de sorpresa—. ¿Qué? ¿No vas a ir a jugar?

—...¿Y tú?, ¿dónde vas a estar? —inquirió el pequeño con una repentina y extraña inseguridad.

—Seguiré sentado aquí —respondió, notando la expresión dubitativa y tensa en el rostro de su hijo—. No iré a ningún lado, Sakura —le aseguró, y sólo entonces pudo ver cómo el pelirrojo parecía volver a la tranquilidad.

Sakura no agregó nada más; simplemente se levantó de su asiento y se alejó silenciosamente hacia los juegos infantiles. Las miradas de Makoto, Hayato y los gemelos se posaron de inmediato en la delgada y cada vez más lejana figura del pequeño.

—Haru, pensé que en todo este rato ya habían hecho las paces ustedes dos —comentó Ren, apesadumbrado.

—Sakura no pone de su parte —comentó Haruka con seriedad.

—Sakura es igual a ti, Haru-chan —agregó Ran de inmediato, logrando hacer fruncir el ceño del mayor. Acto seguido, la chica se volteó hacia los otros dos universitarios— Deberíamos hablar con Sakura-chan. Tal vez podríamos animarlo un poco, no me gusta verlo en ese estado —sugirió entusiasmada. Y, tras recibir una mirada de aprobación de parte de Ren y Hayato, los tres jóvenes se levantaron de sus asientos y partieron tras el pelirrojo.

—Haru... —habló Makoto una vez que ambos quedaron solos en la mesa— Uhm... Sabes que no me gusta cuestionar la forma en que crias a Sakura, pero él no comió toda su comida, y-…

—Sakura comió lo suficiente —contestó con rapidez, cortante y en un tono defensivo, anticipándose a un regaño de parte de su amigo.

—Sólo comió la caballa.

—Él no quería comer más.

—Pero debe alimentarse bien.

—Se alimenta bien. Sakura sigue el régimen alimenticio que impone la escuela para los de segundo grado.

—Está bien, pero ese régimen sólo es aplicable dentro la escuela. Sabes bien que la educación y los buenos hábitos deben ser cultivados en todas partes.

Haruka torció la boca fastidiado; Makoto siempre se las ingeniaba para darle un jaque mate. Frunció el ceño y, finalmente, asumió malhumorado:

—Ha estado enojado todo el día; si le obligo a comer, se pondrá peor, y eso será problemático.

—¿"Eso será problemático…"? Haru, no es bueno que sigas siempre el camino fácil. La crianza de un niño es una gran tarea.

—Tú eres quien sabe de esas cosas de crianza. Tienes a Ran y a Ren, y además estudiaste para eso.

—¡No estudié para criar niños! —exclamó alterado. En seguida soltó un suspiro de agotamiento mientras observaba con resignación a su amigo— Dime, ¿qué sucedió con Sakura?

Haruka guardó silencio un momento; retomar ese asunto provocaba que regresara la angustia y la preocupación. Alzó la mirada y observó al pelirrojo en la distancia; Sakura se hallaba entre los brazos de Ran mientras escuchaba atentamente a los otros dos jóvenes. Su hijo estaba en buenas manos, ahí frente a sus ojos, con personas que Haruka conocía muy bien y que sabía que no lastimarían ni se llevarían a su bebé a ningún otro lado. Así es cómo debía ser, así es cómo Haruka sentía que debían permanecer las cosas, teniendo a su hijo en un ambiente protegido, cómodo y controlado; para él no existía la posibilidad de que Sakura estuviera en manos de alguien desconocido. Era tormentoso, por consiguiente, enterarse que su hijo le ocultaba toda la verdad acerca de su paradero.

—Hoy me enteré que Sakura se ha estado escapando del club. Se enfureció cuando le pregunté al respecto —dejó escapar. La inexpresividad de su rostro contrastaba con el ligero tono abatido de su voz.

—Haru... —La voz de Makoto que antes era reprochadora, luego fluyó con suavidad en el pesado ambiente. Conteniendo la preocupación que sentía, sonrió intentando transmitir confianza— Bueno, Sakura es alguien bastante sociable, hace amigos adonde quiera que vaya. Podría ser que tan sólo esté escapando del club para ir a jugar a algún otro lado.

Haruka le observó en silencio, preguntándose a sí mismo con incredulidad si acaso Makoto estaba insinuando el despreocuparse de Sakura.

—No me malinterpretes —agregó con rapidez—. Sólo creo que no deberías pensar cosas apresuradas. Pienso que deberías observarlo bien y ver si es que notas algún cambio en su habitual comportamiento. Esos cambios te podrían dar indicios de algo más serio.

—Sakura sigue tan hablador como siempre, sólo que ahora no deja de hablar acerca de un nuevo amigo que consiguió.

—Así que en realidad sí tiene un nuevo amigo...

—No me gusta ese amigo, le ha hecho llorar varias veces. Hace un tiempo atrás, Gou encontró a Sakura bajo la lluvia. Cuando llegué a casa, él estaba completamente entristecido. Ese amigo tuvo la culpa —habló con un deje de rencor en su voz.

Recordaba muy bien aquella vez; había encontrado al pelirrojo llorando entre las sábanas de la cama entristecido, porque, al haber dado a conocer su nombre, había ocasionado el malestar de ese nuevo amigo. Haruka nunca cuestionó esa situación más allá de lo que se enteró ese día, pensando que tan sólo se había tratado de un problema entre niños y creyendo que Gou había encontrado a Sakura en las afueras del club de natación, a fin de cuentas ella trabajaba muy cerca del Iwatobi S. C. Returns y, de vez en cuando, se pasaba por el lugar para visitar a su sobrino. Pero era justamente este hecho el que llevaba a Haruka a comenzar a sentirse completamente estúpido, porque en realidad él simplemente asumió inocentemente que Gou había encontrado al niño en las afueras del club, pero nunca imaginó siquiera que ella en realidad podría haberlo encontrado en algún otro lugar. Sakura se había estado escapando desde ése entonces, yendo a quién sabe a qué ubicaciones bajo la lluvia otoñal. Ahora comenzaba a comprender por qué la ropa de su hijo a veces estaba tan mojada.

Sin embargo, aquella idea tampoco le resultaba convincente, es más, ayudaba a que su confusión aumentara. Porque Haruka sabía lo mucho que la pelirroja amaba a su sobrino, así que estaba más que seguro que ella sería la primera persona en delatar a Sakura si lo descubriera en medio de algún comportamiento extraño o indebido.

Entonces, ¿se había escapado realmente Sakura aquella vez?, ¿o lo había encontrado Gou en las afueras del club, como había pensado Haruka en un comienzo? No entendía nada, y la ignorancia le causaba un tormento descomunal dentro de su cabeza.

—Este día ha sido terrible... —murmuró para sí mismo, deprimido.

—Uhm... Haru, ¿no crees que tal vez Sakura esté tan solo queriendo llamar tu atención? —preguntó Makoto de repente, sacándolo de sus pensamientos.

—No empieces con eso... —Haruka desvió la mirada inmediatamente, fastidiado. No era la primera vez que ese tema aparecía entre ellos—. No es que Sakura quiera llamar mi atención. Simplemente, me está ocultando cosas.

—No estoy hablando únicamente por lo enfadado que se ha mostrado hoy, sino por la mayoría de las veces que he presenciado sus rabietas; sus berrinches son para llamar tu atención —explicó Makoto con tranquilidad, mientras recibía una incómoda mirada de soslayo de parte del pelinegro—. He ayudado a cuidar a Sakura desde que era un bebé, sé lo mucho que él lloraba por ti cada vez que tú le dejabas por ir entrenar al club de la universidad o cuando debías viajar a competencias en el extranjero. Con el tiempo, a medida que Sakura fue creciendo, su llanto fue cesando, pero esa sensación de abandono la comenzó a manifestar en sus actos; le gusta ser constantemente el centro de atención a dónde quiera que vaya, busca el cariño en otras personas, no soporta quedarse solo en algún lado, y la mayoría de sus berrinches ocurren sólo cuando tú estás presente, Haru.

—La personalidad de Sakura es así; él es tan escandaloso como Rin. Además, ahora nos llevamos bien y ya no tiene tantas rabietas como antes.

—Ya no tiene tantas rabietas porque sueles optar por el camino fácil de consentirlo en todo. Eres su padre, ¿no quieres reafirmar tu autoridad?

—Mira quién habla sobre autoridad... —masculló fastidiado, mas en seguida se arrepintió de sus palabras. Makoto ya no era el chico tímido de antes, más bien había aprendido muchas cosas ésos últimos años que lo fueron convirtiendo en una persona más fuerte y decidida; no había perdido ni una gota de dulzura y amabilidad, pero sin duda que su profesión le había ayudado grandiosamente a fortalecer su carácter— Sobre mi autoridad... —continuó Hauka— Sakura dice que le prohíbo demasiadas cosas. No permito que lleve juguetes a la escuela.

—Eso lo dice el reglamento escolar. Si no confiscaran los juguetes de Sakura, le dejarías llevarlos, ¿no? —preguntó alzando una ceja.

—No permito que sólo coma caballa. En serio. Hoy fue la excepción.

—Eso también lo dice el reglamento escolar; el menú de los almuerzos de la semana es estricto.

—Hn — Haruka torció la boca, sintiéndose atrapado.

—Haru~...

Haruka le observó un momento en silencio. No le gustaba hablar de estos asuntos. La crianza de Sakura siempre había sido un tema agobiante, llevaba años escuchando a la fuerza decenas de opiniones de todo el mundo acerca de cómo debía educar a su hijo. Durante los primeros años de Sakura, había escuchado infinitas veces frases detestables como "Siempre estás entrenando, ¿cuándo te ocupas de tu hijo?", o "Sakura está todo el día en la guardería infantil, ¿no te sientes mal por dejarlo ahí solo?", ¡claro que se sentía mal!, pero sus entrenamientos y su buen rendimiento en las competencias generaban frutos monetarios para poder cuidar a su bebé. Sí que había sido un padre ausente en aquellos tiempos, y justamente por ello había decidido retirarse de la natación y regresar a Iwatobi para encargarse de su hijo. Inevitablemente, en los años siguientes se había repetido un patrón más o menos similar, con Haruka trabajando largas horas y dejando a su hijo a cargo de Gou y, más tarde, dejándolo en la escuela. Cuando acababa su jornada de trabajo, Haruka se dedicaba a jugar y a mimar a Sakura, ¿cómo podría regañarlo y quedar en malos términos con él a causa de sus malas conductas, siendo que pasaba todo el día sin poder verlo? "Educar no significa regañar ni prohibir cosas; lo que debes hacer es enseñarle", solía decir Makoto desde sus conocimientos pedagógicos, pero, ¡maldita sea, era tan fácil hablar desde afuera! A Haruka nadie le había enseñado la difícil tarea de criar y educar a otro ser humano, su paternidad había sido repentina, algo para lo que él no estaba preparado, y para rematar todo el peso y la responsabilidad había caído en él al no contar con Rin.

La figura de autoridad de Haruka estaba de algún modo trizada, ya eran varios años que llevaba siendo de esa manera. Pero, en realidad, no resultaba ser algo terrible para el mayor. Habían días en que discutía con Sakura por pequeñeces y luego se reconciliaban, y otros días en que prefería simplemente evadir situaciones problemáticas y dejarle que hiciese lo que quisiese. Haruka ya estaba acostumbrado y no le preocupaba mayormente, porque la verdad es que había otro asunto más importante que ocupaba su corazón y su cabeza día tras día...

—Hay algo más... —agregó, retomando la conversación. Y Makoto pudo notar de inmediato cómo el semblante y la voz de Haruka se apagaban por completo— No permito que Sakura ande solo por las calles. Ni que vaya y regrese solo de la escuela, tampoco del club. No me gusta que se quede solo en casa, así que usualmente lo envío con tu madre o le pido a Gou que vaya a cuidarlo.

Los labios de Makoto se curvaron lentamente en una sonrisa que sólo expresaba la tristeza en su interior.

—¿A qué le tienes miedo, Haru?

"No quiero que la soledad alcance a Sakura..." Pensó mientras guardaba silencio. Desvió sus azules ojos hacia la mediana distancia donde se hallaba Hayato y los hermanos de Makoto; en medio de ellos se hallaba su preciado hijo, lo más importante que Haruka tenía en la vida.

—¿No quieres que Sakura se quede solo... o acaso eres tú quien no quiere afrontar la soledad?

Haruka guardó silencio una vez más, sintiendo la suave voz de Makoto calar al interior de su alma. Desvió la mirada hacia un costado. Habían temas de los que realmente jamás querría hablar.


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El paso de la tarde era siempre bastante pesado para Rin. Usualmente, después del almuerzo no tenía nada más que hacer, así que los minutos se volvían eternos mientras veía la televisión, enviaba mensajes para fastidiar a Sousuke, hacía el aseo por la casa o simplemente miraba por la ventana.

Esta vez no fue diferente, aunque además se tomó un buen rato para navegar por la web buscando ofertas de trabajo en Iwatobi. Tal y como eran sus expectativas, los resultados no fueron buenos; las únicas vacantes disponibles eran para personas especializadas en áreas que Rin jamás había estudiado en su vida. Tras su búsqueda no se sintió frustrado, pues la frustración era un sentimiento que venía arrastrando desde hace algún buen tiempo, ya estaba acostumbrado a ella; era difícil, a estas alturas, hundirse más en ese aspecto.

Hubo un momento en que se recostó aletargado sobre su cama y dormitó un par de veces; también despertó sobresaltado y buscando desesperado algún reloj con la mirada para asegurarse de que aún estaba a tiempo para la tan ansiada hora. Cuando al fin sonó la alarma de su teléfono celular, todas las energías regresaron de golpe a Rin; estiró sus brazos y espalda, se remojó un poco el rostro con agua, y se dispuso para coger los chocolates comprados por la mañana. Con la sonrisa de enamorado en su rostro, echó a andar el auto de Gou para ir directo hacia el centro del pueblo.

Tarareaba la música que se escuchaba por la radio, sus cabellos revoloteaban un poco con el viento helado que entraba por la ventana escasamente abierta, y el sol arrebolado del atardecer se reflejaba en sus ojos rojizos. Hacía frío de todos modos, las tardes de finales de otoño no eran para nada cálidas, así que una cómoda y gruesa chaqueta cubría su cuerpo. En cuanto a su estado de ánimo, ya había dejado atrás la angustia sentida por la mañana, así que ahora se sentía contento y esperanzado; aquel cambio de ánimo realmente se distinguía en la expresión relajada de su rostro.

Condujo directo hacia el hospital y aparcó el auto frente a la entrada principal, era la mejor ubicación para esperar a Gou. Cogió una de las cajitas de chocolates que estaban sobre el asiento de copiloto y bajó del vehículo.

Como ya era usual, sus piernas cosquilleaban con cada paso que daba y su corazón saltaba agitado; las ansias y expectación se hacían presente dentro de su pecho, y bajaban hasta el estómago como si se tratara del revoloteo de mariposas. Rin conocía muy bien esas sensaciones, las había experimentado desde muy joven cada vez que había ansiado ver a Haruka; desde aquellos tiempos de infancia en que creyó con inocencia que su ansiedad se debía simplemente a los fuertes deseos de nadar con Nanase, hasta los días en que cruzaba corriendo el hall del aeropuerto y se lanzaba a sus brazos y le llenaba de besos tras toda una temporada sin haber sentido su calor. Haruka había sido la primera persona en generar un cúmulo de sentimientos y sensaciones de tal magnitud en su cuerpo, mente y corazón. Pero él no había sido el único; había alguien más que también tenía esa fuerza y ese poder. Esa pequeña flor de cerezo que ambos procrearon estaba creando toda una revolución dentro de Rin.

Avanzó a paso rápido por la carretera principal hasta llegar a la calle del club. Pequeños grupos de niños y adolescentes caminaban junto a él, portando sus bolsos deportivos y vistiendo el uniforme del Iwatobi SC Returns. Y aunque Sakura nunca vestía su uniforme –porque tras la escuela se pasaba directamente al club–, Rin de todas formas observó atentamente a cada uno de los niños en caso de encontrar a su hijo entre ellos. Cuando llegó al lugar, se detuvo en la acera opuesta observando de forma diagonal al club; no quería estar de frente para no ser tan evidente, ni tampoco quería parecer un acosador. Se apoyó en la cerca de madera de una de las casas vecinas y se dispuso a aguardar por Sakura.

Con los chocolates en mano y la ansiedad consumiéndole, el tiempo en la espera fue pasando tortuosamente. Mantuvo su mirada hacia lo largo de la calle esperando ver el gorrito amarillo y esos brillantes ojos azules, pero pasaron cinco, diez, quince minutos, y no había señal alguna del pequeño pelirrojo. Cuando llegó la hora de que las clases de natación comenzaran, los chicos que venían retrasados agilizaron el paso para poder ingresar a tiempo al club, mas ninguno de ellos era su hijo. Un poco de esperanza se formó en su corazón cuando divisó en la distancia a un pequeño niño caminando a paso tranquilo, lo había visto antes, era el chico que cada día acompañaba a Sakura tras la escuela, mas iba completamente solo, ni siquiera su madre –quien acostumbraba a ir a su lado– le acompañaba en aquel momento. El niño pasó frente al club hasta alejarse y perderse de la vista de Rin.

La gran sonrisa que en algún momento llevó en su rostro, ahora se había extinguido por completo. Todas las ilusiones de ver a Sakura desde la esquina de la cuadra, de verlo sonrojarse y sonreír cuando se abrazaran y le entregara el obsequio, se iban desquebrajando lentamente al tiempo en que veía el sol ya ocultándose y el cielo volviéndose lentamente más oscuro. Por alguna razón que desconocía, su hijo no vendría al club ese día. Tampoco sabía si vendría al día siguiente, o al subsiguiente. No sabía nada. La vida de Sakura era demasiado ajena a Rin; tan distante que, pese a verlo cada día, daba la impresión de que aún faltaban muchas eras para llegar a conocerlo completamente. Haberle visto de tan pequeño e indefenso entre sus brazos y luego reencontrarlo tan grande y lleno de energía, era como saltarse gran parte de un libro o una película y retomarla sin saber en qué dirección va; le eran desconocidos los momentos importantes, las alegrías, las tristezas, las caídas, los ascensos y los impulsos, las grandes instancias de una pequeña vida que se había originado en su interior, pero que él desesperadamente había apartado con terror de su propia realidad.

Silenciosamente y con una cristalina lágrima en la que se reflejaban los últimos rayos del sol, Rin retomó su camino de regreso. Se metió al auto, arrojó la cajita de chocolates en el asiento trasero y, apoyando sus brazos sobre el volante, hundió su rostro entre ellos y se mantuvo así durante un largo rato. Sumido en sus pensamientos y entre pequeños sollozos ahogados, no se dio cuenta en qué momento se quedó dormido.

Despertó tan sólo cuando escuchó los suaves golpecitos en la ventana. Era Gou haciéndole señas tras el vidrio. Ella le saludó desde el exterior, con el vaho adhiriéndose a la ventana en el momento en que habló. Cuando Rin quitó el bloqueo de la puerta, la pelirroja ingresó inmediatamente.

—¡Hace mucho frío! —dijo mientras cerraba la puerta y frotaba sus manos contra sus delgadas piernas.

—Lo siento, ¿estuviste mucho rato allí afuera? —preguntó Rin sin mucho ánimo en su voz, pero de todas formas preocupado por su hermana.

—No, acabo de llegar —dijo ella. En seguida le observó atentamente, suavizando su voz, entristecida—. Tus ojos están húmedos… ¿Qué sucede, hermano?

—No es nada. Estoy bien —dijo él estoicamente, para luego encender el motor del vehículo.

Gou guardó silencio, sentía que no debía presionar.

Rin condujo con prudencia por el centro de Iwatobi hasta que tomó una de las calles que los llevó hacia el camino costero, aquel que debían seguir para llegar al otro extremo del pueblo adonde vivían. El sol ya se había ocultado pero aún había una escasa luminosidad en el horizonte del mar; si alzaban la vista, podían ver las estrellas entre algunas nubes que comenzaban a llegar.

—Escuché que muy pronto va a nevar, tal vez dentro de un par de días —comentó de pronto Gou mientras observaba el paisaje a través de la ventana—. Ya no habrán más estrellas que ver. Deberíamos detenernos y observarlas un momento.

—Puedes observarlas cuando lleguemos a casa —habló Rin sin ánimo en su voz.

—Es mejor apreciarlas ahora que están brillando. Cuando lleguemos a casa, las nubes las habrán cubierto por completo.

No tenía deseos de detenerse a observar el cielo, tan sólo quería llegar pronto a casa. Sin embargo, accedió a la petición de Gou y descendió la velocidad mientras buscaba algún lugar adecuado para estacionarse junto a la carretera. Halló pronto un espacio con tierra firme entre el follaje que crece junto al pavimento, y hasta allí condujo para detener el vehículo. Gou abrió la puerta de inmediato, dejando entrar una brisa helada que removió los cabellos de Rin.

—Ven aquí, hermano —dijo animada, mientras bordeaba el auto hasta llegar a la puerta de Rin, con la luz de la carretera llegándole desde la espalda.

—No quiero bajar, Gou —se quejó el pelirrojo, limitándose únicamente a bajar el vidrio de la ventana.

—Te hará bien tomar un poco de aire fresco. Estamos solos aquí, nadie nos va a molestar —dijo señalando a su alrededor. Estaban en un lugar deshabitado, con la carretera vacía cruzando entre la vegetación y la vista hacia el mar.

—Gou, vamos a casa.

—No, quiero estés aquí conmigo —insistió ella, abriéndole la puerta y abalanzándose sobre él para quitarle el cinturón de seguridad.

Rin protestó al inicio, más muy pronto suspiró con resignación. No podía ir contra su hermana menor, así que finalmente bajó del auto y se quedó observándola con desgano.

—¡No pongas esa cara! —se quejó ella fingiendo enfado— Yo no tengo la culpa de que Sakura no haya ido hoy al club —Los ojos de Rin se ampliaron con fuerza al escuchar ese comentario. Gou había dado en el punto. Ella suavizó su expresión a una sonrisa tierna y delicada—. Así que es eso. Estabas llorando por él, ¿no?

—Claro que no —intentó mentir con torpeza mientras desviaba su mirada hacia un costado. Gou soltó una risita divertida.

—Sakura no fue a la escuela hoy. Haruka lo llevó a los eventos deportivos de una universidad en Tottori —explicó ella, recibiendo la atención de su hermano—. Lamento no habértelo dicho antes, pero realmente lo olvidé. Ya sabes, el hecho de que estés interesado en Sakura es algo tan reciente, que aún no logro acostumbrarme. Todo esto ha sido muy repentino.

—Ya veo… —murmuró Rin cabizbajo.

Gou alzó la mirada hacia el cielo y respiró el aire fresco y marino.

—Sakura retomará mañana las clases en el club. Podrás entregarle esos chocolates, ¿son para él, no? —sonrió ella, señalando la cajita que se hallaba sobre el asiento trasero.

Rin se mostró un tanto sorprendido, aunque luego sintió un poco de vergüenza. No se suponía que las cosas sucedieran de esa manera. Se sintió como un idiota.

—No sé si mañana voy a querer obsequiarle algo. Ni siquiera sé si mañana voy a querer verlo.

—¿Eh? ¿Por qué dices eso? —preguntó confundida y con un deje de preocupación en su voz.

—Sakura… —habló lentamente, sin saber muy bien cómo continuar. No le gustaba hablar de sus inquietudes personales, pero toda esa situación era como un remolino dentro de su mente y alma, y realmente necesitaba despejarse un poco de ello— Él tiene su propia vida. Yo soy nada más que un desconocido que pretende ser su amigo... A veces pienso que no debería continuar con esto.

—Hermano… —Gou le observó con tristeza— Pensé que habías aclarado tus sentimientos tras tu estadía en la casa de Sousuke-kun. Los días posteriores te habías visto tan feliz y decidido a recuperar a Sakura.

—Hay cosas que nunca podré recuperar, Gou. El tiempo, las vivencias, los lazos... Y, aunque intentase luchar por Sakura, supongo que hay una barrera muy grande que no creo poder llegar a cruzar.

—¿Una barrera? —preguntó, muy atenta al destello de tristeza en los ojos de su hermano.

—…Haru —pronunció suavemente, con la brisa llevándose el sonido de su voz, sintiendo el ardor expandirse por todo su pecho—. En él pensé durante todos esos días que estuve en casa de Sousuke. Entrar a la vida de Sakura significa volver a entrar a la vida de Haru. No sé si pueda soportar eso…

—No sería justo que volvieras a alejarte de Sakura, sólo por temor a enfrentar a Haruka.

—¿Alejarme de Sakura? —preguntó con ligero sarcasmo— No puedo alejarme si ni siquiera he dado un paso para acercarme él. No conozco nada acerca de mi propio hijo. Además, él y Haru han estado juntos todo el tiempo, han construido todo un mundo al cual yo no pertenezco y, probablemente, jamás perteneceré.

—¡No digas eso! —habló Gou, cogiendo la mano de su hermano y sujetándola con fuerza entre las suyas— Hay muchas cosas que no comprendo acerca de tu relación con Haruka, pero de lo que sí estoy segura es que tú perteneces a mi mundo, y en mi mundo está Sakura también.

—Gou… —Rin la observó con sorpresa. Los ojos de su hermana brillaban en lo que parecían ser lágrimas que se negaban a florecer.

—No sabes lo importante que es para mí el saber que al fin, después tantos años, te has reencontrado con tu hijo. Verlos felices es lo que siempre he deseado. Y sé perfectamente que Sakura puede lograr esa felicidad en ti, del mismo modo en que tú le darás la felicidad que él necesita.

—Sakura ya es lo suficientemente feliz.

—¡No lo es! Sakura ha esperado tantos años por ti, pidiéndole al cielo, orando en los templos para que puedas bajar de una estrella y pasar tan sólo una noche junto a él. ¡Si supieras todas las cartas que él te ha escrito, y las canciones y dibujos que te ha dedicado! Ahora que tienes la posibilidad de construir algo nuevo junto a él, ¡no la dejes pasar! —Gou sonrió dulcemente mientras depositaba un beso sobre la mano de su hermano—. Sakura también es mi bebé, así que... haré hasta lo imposible para poder verlo feliz junto a ti, como siempre debió haber sido.

—Gou… —Rin se mordió los labios mientras intentaba inútilmente contener el llanto. En seguida, la abrazó con fuerza, intentando ocultar su sensibilidad al hundir su rostro en el cuello de su hermana. La pelirroja lo recibió con calidez, acariciándole delicadamente la cabeza— Tengo tantas cosas que agradecerte…

—No, soy yo quien estará eternamente agradecida de ti, hermano. Trajiste al mundo a la persona más importante para mi vida, y además me concediste el privilegio de ser su madre —Gou soltó una risita tímida—. Nunca olvidaré el momento en que tú y Haruka me pidieron ser la madre legal de Sakura. ¡Fui tan feliz!

—Siempre supe que tú eras la única que podía serlo, Gou. Aún recuerdo que Haru y yo estábamos muy nerviosos en ese momento, no sabíamos si ibas a aceptar nuestra propuesta —sonrió Rin divertido, aunque aún sollozando.

—Fue la propuesta más hermosa que me han hecho en la vida. ¡Y he cumplido con mi rol de mamá todo este tiempo! —sonrió contenta.

—Acerca de eso... —habló con la voz temblorosa, deshaciendo el abrazo para observar de frente a su hermana— Yo no pretendía que asumieras toda la responsabilidad con Sakura. Luego, cuando yo me fui a Australia... No creas que yo quise aprovecharme de la situación... Yo-...

—Lo sé, hermano. En el momento en que acepté ser la madre legal de Sakura, nadie sabía lo que vendría a futuro. Lo que ocurrió semanas después, cuando dejaste al bebé a mi cuidado y te marchaste de Japón, es otro asunto completamente distinto.

—Gracias, de verdad. Eres la madre que yo nunca fui para él.

—Nunca podría reemplazarte, hermano. Tú eres su padre. El lazo que hay entre tú y tu hijo es único en este mundo. Amo a Sakura como si fuera mi propio hijo, pero conozco muy bien mis límites y no quiero pasar a llevar a Haruka tampoco. Sakura no sabe que soy su tía biológica, ni tampoco sabe que soy su madre legal, aunque tarde o temprano él comenzará a cuestionarse muchas cosas, como por qué debo ser yo quien firme las autorizaciones de la escuela junto con Haruka —volvió a reír con diversión, aunque con la tristeza asomando en sus ojos—. Sakura tiene ocho años, aún es muy pequeño como para entender todo lo que ha ocurrido. Las cosas ya están hechas y no podemos hacer nada para cambiarlas, así que lo mejor es que sigamos protegiendo su inocente mundo hasta que él crezca, sea aún más fuerte, y pueda soportar todo lo que los adultos injustamente le hemos hecho a su vida.

—¿Crees que él sea capaz de soportar todo?

—Sakura es sensible, pero tiene un corazón muy fuerte. Y, de todos modos, nosotros estaremos ahí para apoyarle —respondió ella con seguridad y decisión en su voz.

Rin le sonrió, sintiéndose profundamente agradecido. Su hermana realmente era un tesoro invaluable para su existencia, y de seguro lo era para la existencia de Sakura también.

Se apartó de ella un momento y se inclinó dentro del auto. A los pocos segundos, regresó a su posición con una pequeña cajita en sus manos.

—No sólo eran para Sakura. También compré una caja de chocolates para ti —dijo tiernamente.

—¡Hermano! ¡Me encantan! ¡Muchas gracias! —exclamó contenta mientras se lanzaba a los brazos de Rin.

—¡Oye, Gou!… ¡Espera-…! —se quejó el mayor con diversión, mientras recibía el repentino y alegre abrazo de la joven.

Ambos detuvieron sus movimientos cuando un suave sonido acompañado de vibración provino de uno de los bolsillos de Gou. Un par de segundos después, el teléfono de Rin comenzó a sonar desde uno de los asientos del vehículo.

—Ya es hora —anunció ella mientras detenía la alarma de su celular—. Las traes contigo, ¿verdad?

—Por supuesto que sí —dijo él fastidiado, metiendo la mano en su abrigo para sacar su billetera—. Son mis eternas e indeseables compañeras.

—¿No crees que ya es tiempo de hacer un cambio? Con las cosas que han pasado últimamente, tal vez te haga bien dejar de tomarlas. Deberías consultarlo con tu médico —sugirió Gou, observando cómo su hermano sostenía dos blister con pastillas en su interior.

—No las dejaré —dijo con decisión, rompiendo las cavidades cubiertas por el delgado aluminio. Dos pequeñas y diferentes cápsulas cayeron en su palma—. Si no consumiera éstas, ni siquiera podría sonreír —dijo señalando una de ellas, antes de echársela a la boca y tragarla con pesadez—. Y si no consumiera éstas otras… Demonios, Gou, no me hagas decirlo, pero con Sakura es más que suficiente —Bufó molesto y avergonzado, para luego consumir la pastilla faltante.

—Como tú digas —Gou retuvo una carcajada de diversión.

—¡No te rías! —reprendió Rin.

—Lo siento, lo siento —se disculpó entre risas. Luego se aferró al brazo de su hermano tiernamente—. Volvamos a casa, ¿sí?

Con la brisa del mar bajo las estrellas, y tras una sonrisa fresca y renovada de Rin, ambos subieron al vehículo y retomaron el camino costero de regreso a casa.


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Sakura salió de la tienda siguiendo a su padre. Veía al mayor sosteniendo las bolsas plásticas con una mano mientras que con la otra se ajustaba el cuello del abrigo. El sol se había ocultado hacía un rato, la temperatura había bajado, y el viento helado comenzaba a soplar. La calle estaba iluminada por los faroles, algunos letreros luminosos, y los vehículos que no dejaban de transitar. Era una hora punta, y muchas personas se hallaban regresando a casa luego de sus jornadas laborales.

—Sakura —escuchó la voz de su padre, quien se acercaba a una solitaria banca que estaba junto a la acera; le vio dejar allí las bolsas de compras. El pelirrojo llegó silencioso hasta su lado—. Ponte esto —dijo, sacando el gorro amarillo de su bolso—. Además, traje una bufanda para ti en caso de que tengas frío.

—Estoy bien sólo con esto —respondió sin ánimo. Traía bajo su abrigo varias camisetas que le impedían sentir el frío, así que sólo cogió el gorro y lo colocó en su cabeza. Lo extendió tanto, que el borde casi llegó hasta su diminuta nariz, ocultando parcialmente sus apagados ojos azules.

Se hallaban los dos solos, y Sakura ni se cuestionaba por qué Makoto y los demás se habían ido por su cuenta. El plan original había sido regresar a Iwatobi junto al entrenador, Hayato y los gemelos. Se suponía que, tras comer en el restaurante, irían a algunas tiendas para comprar ingredientes para la cocina de Haruka; el pelinegro los necesitaba para preparar las galletas y otras órdenes de Navidad. Sin embargo, habían sido Makoto y Ran quienes habían optado por un repentino cambio de planes, por lo que el grupo se había separado inmediatamente después de la comida. La nueva idea detrás de la repentina decisión era bastante obvia: querían dejar a solas a Haruka y Sakura para que hicieran al fin las paces. Haruka lo comprendió de inmediato tras ver la mirada delatora de Makoto, y de algún modo lo agradeció; en cuanto a Sakura, éste ni se había dado cuenta de lo que sucedía, para el niño tan sólo había sido un cambio de planes.

—Regresemos a casa —dijo Haruka, esta vez colgando su bolso en su hombro y sosteniendo un par de bolsas de compra en una mano. Extendió, en seguida, una mano desocupada directamente hacia el pelirrojo.

Sakura le observó un tanto dubitativo; seguía molesto con Haruka, pero al mismo tiempo quería estar bien con él. Había escuchado a Ran, Ren y Hayato durante un largo rato mientras estuvieron en el restaurante; le habían aconsejado comportarse mejor para no herir el corazón de su papá, le habían hecho entender que Haruka se preocupaba por él porque lo amaba, y que por eso Sakura no debía darle preocupaciones ni hacerle enfadar. De algún modo, el pelirrojo había comenzado a sentirse un poco culpable, pero no es como si fuera a aceptar fácilmente su responsabilidad. Quería hacer las paces con Haruka, que éste volviera a prestarle atención y que olvidaran todo lo ocurrido durante el día, siempre y cuando el asunto de sus escapadas del club no volviera a ser tocado otra vez. Sakura tenía las cosas bastante claras en ese sentido.

Extendió su mano y sujetó firmemente la de su padre, observándole atentamente a los ojos, esperando alguna reacción de su parte. Sin embargo, Haruka ni siquiera le observó; tan sólo acogió la pequeña mano y comenzó a andar sin volver a mirar hacia atrás. Sakura bajó la mirada sintiéndose algo desilusionado y, sobre todo ignorado otra vez. Así como iban las cosas –incluso aunque llevaban sus manos entrelazadas–, parecía que la relación con su padre seguiría siendo distante hasta el final del día.

Caminaron varias cuadras en silencio, Sakura estando muy atento a los movimientos del mayor y sujetando su mano con firmeza. Tan sólo disminuyó la presión de su agarre cuando llegaron a la estación del tren y pasaron fuera de una tienda con una amplia vitrina de cristal; tras el vidrio había una serie de diferentes pastelillos y dulces de llamativos colores y diferentes tamaños. El niño bajó la velocidad de su caminar al tiempo en que su cabeza se volteaba hacia atrás para admirar la vitrina.

—Papá, tengo hambre —habló Sakura repentinamente y guardó silencio con expectación.

Vio a Haruka detenerse y mirarle con seriedad; en seguida, la mirada del mayor se desvió hacia los pastelillos y permaneció en ellos observándolos intensamente durante un momento. Sakura no tenía idea de que la cabeza de su padre estaba una vez más en medio de un dilema. Por un lado, los pasteles no eran tan caros y podía permitirse pagar por uno de ellos para hacer feliz a su hijo; pero, por otro lado, no estaba bien si consentía al pelirrojo de esa forma, luego de haber soportado todas sus malas conductas del día.

—No comiste todo tu almuerzo. Dejaste los vegetales —le recordó Haruka, intentando mostrarse autoritario.

—Makoto-chan dijo que podía comer un pastel de fresa —agregó inmediatamente. Sakura jamás se olvidaba de esos detalles que le beneficiaban.

—Makoto también te dijo que me obedecieras.

—¡Pero, tengo hambre! —insistió, jalando de la mano de su padre. De verdad tenía el estómago vacío, aunque tampoco se arrepentía de no haber acabado con su almuerzo.

—Te prepararé algo cuando lleguemos a casa.

—¡Pero, papá-...!

—Nada de "pero".

—¡Quiero el pastel!

Y ahí estaba, otra vez, comenzando a lloriquear por nada. Había estado todo el día con las emociones exaltadas, así que era lógico que explotaría ante la menor provocación. Sin embargo, frente a él estaba su padre, repitiendo en su mente una y otra vez la imagen de Makoto y sus sermones acerca de la importancia de educar bien a los niños, el no complacerlos en todo, y el fortalecer la autoridad paternal frente a ellos. Sakura no sabía el debate dentro de la mente de Haruka, quien veía profundamente angustiado a su hijo con una nueva rabieta, con hambre y, lo que es peor, estando ya varias horas de mal humor.

—¡Papá, tengo hambre! ¡Compra algo para mí! —exigió Sakura, una vez más.

Haruka torció la boca sintiéndose frustrado. ¿Qué diablos se suponía que debía hacer ante esto? El plan era que estarían a solas para hacer las paces, eso es lo que Makoto y Ran habían deseado, pero las cosas cada vez iban de mal en peor. Haruka realmente no quería ir en contra de su hijo, pero...

—Bien —dijo con brusquedad, y Sakura pudo sentir cómo Haruka soltaba el agarre de su mano. Le vio buscando el dinero en la billetera que extrajo de su bolsillo y, ante su ansiosa mirada infantil, le vio ingresar de mala gana a la tienda.

Su padre al fin le compraría un pastel. Eso era lo que había deseado desde la tarde, pero se lo habían negado hasta ahora. Le gustaban las fresas, así que esperaba que Haruka le comprara uno de ese sabor. Le pediría, en seguida, que se detuvieran por ahí cerca y que se sentaran a comer el pastel; sabía que a papá no le gustaban mucho los dulces, pero de todos modos deseaba compartirlo con él.

Sin embargo, su felicidad acabó en el momento en que su padre regresó y le entregó, en lugar de un pastelillo, una pequeña caja de leche individual. Sakura no lo podía creer.

—Si tienes hambre, eso te alimentará de verdad —le dijo con voz cortante.

—¡¿Ah?! ¡Sólo esto?! —gritó una vez que salió de su incredulidad.

—Me pediste algo y te lo compré. Confórmate con eso.

—¿Dónde está mi pastel?

—Sakura, ya basta.

—Quiero que compres un pastel para que lo comamos aquí —admitió, aunque muy enfadado.

—Yo no quiero pastel, quiero que regresemos a casa —le respondió Haruka, ya sin deseos ni fuerzas de seguir escuchándole.

—¡Pero yo no quiero ir a ningún lado! —agregó indignado.

—Muy bien. Entonces, quédate aquí. Yo me voy —sentenció con decisión, y esta vez ni siquiera se molestó en alzar la voz.

—¡Papá! —llamó Sakura irritado, pero Haruka no pronunció ni una palabra más; tan sólo dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el interior de la estación de trenes.

Por supuesto que Haruka jamás dejaría a su hijo en ese lugar, pero eso Sakura no lo sabía; para él, su padre se estaba marchando sin él. Protestó enfadado y amenazó con lloriqueos a sus espaldas, pero el mayor no detuvo su andar ni un instante. Cuando ya Haruka llevaba algunos metros recorridos, Sakura no tuvo más alternativa que comenzar a seguirlo a regañadientes.

Esa técnica de dejarlo atrás, aunque no era muy del agrado de Haruka, funcionaba bastante bien en la mayoría de los casos.

Subieron al tren hacia Iwatobi a los pocos minutos. Había gran cantidad de pasajeros a esa hora, todos se aglomeraron en el vagón que ya no tenía asientos disponibles, por lo que Sakura tuvo que cesar muy pronto su rabieta. Había muchas personas, y él aún era muy pequeño, así que se apegó instintivamente a su padre para no perderse ni ser empujado entre la multitud. Se sintió tranquilo cuando Haruka le extendió una mano y lo sujetó con firmeza; aunque el mayor a simple vista seguía siendo indiferente, lo cierto era que no despegaba la atención sobre su hijo.

Cuando llegaron a la estación Iwatobi, el vagón había reducido significativamente la cantidad de pasajeros. Sakura descendió del tren siguiendo los pasos de Haruka. Sintió el viento helado acariciar su cara en el momento en que sus pies pisaron la plataforma. La corriente fría provenía desde los campos de cultivo frente a la estación, aquellos que estaban tan oscuros y tenían tan extrañas siluetas, que a Sakura le daba la impresión de ser paisajes sacados de una historia de terror. Sintió un escalofrío recorrer su espina, aunque al mismo tiempo le emocionaba el imaginar monstruos apareciendo desde las sombras. Pensaba que sería genial si eso llegara a suceder, porque así podría venir algún superhéroe y luchar contra las bestias. Tenía que ser un sujeto grande y fuerte como aquellos que veía en sus series infantiles, pero desafortunadamente ninguno de ellos vivía en Iwatobi. O, tal vez sí. Ahora que lo recordaba, había hombres-tiburón viviendo muy cerca, Rin y Sousuke eran de esos. ¿Qué tal si ellos dos tenían una identidad secreta como superhéroes? Sousuke era muy grande e intimidante, de seguro era muy fuerte; y Rin era demasiado genial, y tenía dientes de tiburón, y tenía el cabello y los ojos rojizos, y era solitario y gruñón, pero eso lo hacía ser más genial aún. No había duda alguna, ellos debían tener algún tipo de superpoder.

El sólo hecho de pensar en esas cosas logró animar un poco a Sakura. Un rubor se formó en sus mejillas; la estadía en Tottori había impedido que viera a Rin ese día, así que ya lo extrañaba bastante. Mañana volvería a escaparse del club y se reuniría con él otra vez; le preguntaría acerca de sus superpoderes y le pediría que le enseñara algunos trucos, tal vez algún día podrían luchar juntos en alguna batalla. Soltó una risita mientras volvía a sonrojarse.

—Oye, papá —llamó Sakura animadamente mientras agilizaba su paso para alcanzar a Haruka. Eran cambios de ánimo que él no podía controlar. El mayor, sin detenerse, le observó en silencio—. ¿Crees que hayan monstruos por aquí? Es que mi amigo es muy fuerte y podría luchar contra ellos, y-... ¿Uh?

Detuvo sus palabras al ver cómo la mirada de Haruka se volvía rápidamente sombría.

—Te escapas del club para ir con él, ¿no es así? —preguntó el mayor, deteniendo su andar para mirarlo fijamente.

—Sólo te estoy hablando de él —respondió Sakura defensivamente y con el ceño fruncido. ¡Era tan molesto que otra vez su padre estuviera sacando el tema de las escapadas del club!

—Sakura, termina con todo esto y dime la verdad de una vez por todas —encaró Haruka con decisión.

—¡No te diré nada! —gritó irritado, ahogado por la frustración de sentirse acorralado una vez más.

Vio a Haruka apretar los dientes con fuerza. Y esta vez, como una de las tantas veces ocurridas durante el día, le vio dar media vuelta y alejarse.

Las calles de Iwatobi no están tan iluminadas como las de la gran ciudad; se forman sombras por doquier, y las escasas construcciones hacen que las distancias parecieran aún más amplias. Con cada paso que Haruka daba en la oscuridad, una nueva astilla se clavaba en el pecho de Sakura.

A Sakura no le gustaba ser ignorado.

A Sakura no le gustaba ser dejado a un lado.

A Sakura no le gustaba ser abandonado.

No entendía por qué, pero esas tres cosas siempre las había odiado; por alguna extraña razón, le oprimían el corazón. Esa sensación de perder a alguien... No, más bien era esa sensación de ser dejado atrás, la que se anidaba amargamente en su garganta y le llevaba a soltar unos pequeños jadeos que pronto se transformaban en sollozos. Sakura sabía que papá nunca se iría de su lado, pero de todos modos no podía evitar sentirse mal. Y ya habían sido muchas veces, durante un mismo día, en que se había sentido ignorado y dejado atrás por él.

Llegó un punto en que Sakura simplemente ya no pudo soportar más. Se llevó ambas manos al rostro y comenzó a llorar quietamente.

Ran, Ren y Hayato le habían dicho que fuera un buen chico; y Sakura lo intentaba, de verdad que ponía de su parte para ser una buena persona, pero simplemente a veces se dejaba llevar por emociones que aún no aprendía a controlar, y al final terminaba arruinándolo todo. Le habían dicho, además, que debería intentar hablar con Haruka, que él también sufría por esa distancia; pero Sakura simplemente no sabía cómo empezar a hablar, ya que al final todas las conversaciones volvían a un tema que él, desesperadamente, intentaba por ocultar: sus escapadas del club.

Porque Sakura jamás revelaría la identidad de Rin.

Podía hablar todo el día acerca de lo genial que era su 'amigo', pero nunca pronunciaría su nombre frente a Haruka. Sakura sabía perfectamente que el escaparse del club era algo muy malo; no tenía permiso para andar solo por la ciudad, ni mucho menos para andar reuniéndose con desconocidos. Ahora que Haruka se había enterado y estaba sospechando de Rin, todo se volvía peor. Porque Sakura tenía un miedo infantil, que a la simple visión de un adulto podría llegar a ser divertido, pero que para el pelirrojo se transformaba en un verdadera pesadilla si pensaba demasiado acerca de ello. Ya le había pasado un par de veces, cuando su padre había llamado a las madres de unos compañeros de escuela para pedirles que tuvieran más control sobre sus hijos, quienes solían molestar a Sakura; al pelirrojo no le habían importado esos otros chicos, pero aquellas situaciones habían sido suficientes para hacerle comprender que su padre era capaz de protegerlo de todo. Y ahora Rin parecía ser una amenaza para Haruka. ¿Qué tal si su padre llamaba a la madre de Rin y le exigía que controlara a su hijo? ¡Ni pensarlo! Sakura simplemente no lo soportaría. Llegar a imaginar un escenario donde tuviera que alejarse de Rin sería realmente lo peor que le podría llegar a suceder.

El llanto de Sakura se hizo aún más audible. No comprendía por qué el pensar en Rin alejándose de él resultaba ser tan extremadamente doloroso para su pequeño corazón.

—¡Sakura! —Sintió repentinamente los fuertes brazos de su padre envolverlo en un abrazo— No llores, Sakura.

El pequeño se aferró al pecho de su padre y hundió su rostro en el cuello, sintiendo las lágrimas caer por sus pálidas mejillas. Haruka le acariciaba la cabeza y le susurraba de manera casi desesperada que por favor dejara de llorar.

—Papá… Papá… —habló entre jadeos— No me dejes.

—Jamás te dejaré, hijo —Sintió el abrazo de su padre aumentar en fuerza.

—Tampoco permitas que me separen de mi amigo —pidió, con la voz entrecortada.

—… —Logró sentir la tensión en el cuerpo de su padre— ...Te escapas del club para verlo, ¿verdad? —le escuchó hablar en un susurro.

—Es porque yo a él lo quiero mucho, papá —confesó al fin, aferrado al cuerpo de su padre.

Sintió, entonces, ambas manos de Haruka sujetarle con cuidado su pequeño rostro por las mejillas; con un tacto delicado, su frente tocó la de su padre.

—Sakura… —habló Haruka con suavidad mientras le secaba las mejillas con los pulgares de la mano. El niño le miró de frente, con los profundos ojos del mayor muy cerca de los suyos— Me preocupa lo que haces. No quiero que nada malo te suceda.

—Él es una buena persona, y es mi amigo —agregó, intentando respirar con calma y detener los espasmos de su pequeño pecho—. Los amigos son importantes. Dijiste que mamá te enseñó eso una vez.

Los ojos de Haruka brillaron ligeramente, y en seguida se mordió el labio con indecisión. Su padre no era bueno externalizando sus emociones verbalmente, a Sakura aún le costaba comprender muchas de sus actitudes, pero entendía bien que, cada vez que el mayor se quedaba sin palabras, éste optaba por demostrar sus sentimientos por medio de gestos y acciones. Es por eso que el niño no esperó más respuestas de su padre, y tan sólo se limitó a sentir cómo los brazos de éste le volvían a abrazar con fuerza.

—Estaré bien, papá —susurró el pequeño, estando ya más calmado.

—¿Cómo puedes encariñarte tanto con alguien a quien acabas de conocer? No lo entiendo…

—No lo sé. Es algo que siento en mi corazón. Es mi destino.

—Dices cosas vergonzosas. Eres igual a…

—¿A mamá?

—...Sí —respondió, esta vez hundiendo el rostro en el cuello de su hijo. Luego de un momento en silencio, al fin prosiguió—. Oye,… ¿piensas dejar la natación?

—No la dejaré. Seguiré yendo al club todos los días porque no me gusta estar solo en casa. Además, debo ser un nadador profesional.

—Me alegra oír eso —dijo con alivio, soltando un suspiro en el hombro del niño—. También me alegra que ya no sigas ignorándome.

—Lo siento —respondió, mientras se limpiaba las últimas huellas de lágrimas en sus ojos—. Aunque tú también me ignorabas y me dejabas solo.

—Porque eres tremendamente agotador, ¿lo sabías? —bromeó Haruka, deshaciendo el abrazo para mirar a Sakura de frente—. Te comportaste tan mal hoy, Sakura, que por momentos necesitaba un respiro.

—Lo siento —repitió, cabizbajo—. Pero no me vuelvas a dejar solo. Yo soy tu bebé y debes cuidarme —dijo esta vez sonrojado, mientras aniñaba aún más su voz para dejarse mimar.

—¿Bebé delfín? —sonrió divertido, disfrutando de las ternuras de su pequeño.

—Bebé delfín y papá delfín.

—Así me gusta.

Sakura recibió en su frente un tierno y delicado beso de parte de su padre; le vio sonreír con dulzura, e incluso distinguió un diminuto rubor en sus mejillas. Sentir a Haruka de esa forma tan cercana realmente le hacía muy feliz; podían tener diferencias y pelear muchas veces, pero siempre hallaban una forma de acercarse al otro y terminar juntos.

Cogió la mano de su padre y volvieron a emprender su camino de regreso a casa entre conversaciones ociosas y bromas mutuas. Sakura rió y disfrutó del momento sin darse cuenta que, aunque los ánimos se habían calmado y Haruka volvía a sonreír, lo cierto era que aún seguía existiendo esa latente angustia y desconfianza en la mirada de su padre.


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Flashback:

Las pequeñas manos de Sakura se movieron inquietamente mientras intentaba alcanzar con dificultad el peluche rosado; luego esbozó una sonrisa y rió animado cuando el delfín de felpa fue movido de un lado hacia otro por la gran mano de Makoto.

—¿Lo quieres, Sakura? —preguntó el mayor con ternura, sosteniendo al bebé entre sus brazos. Enseguida acercó el delfín hacia el rostro del niño y lo frotó con suavidad contra la diminuta nariz. El pelirrojo volvió a soltar otra encantadora carcajada— ¡Qué lindo eres! Tan adorable~ —decía enternecido mientras jugaba con el bebé.

—Ya ha pasado mucho tiempo, ¿cuánto más tendremos que esperar? —Sousuke estaba junto a Makoto y, a diferencia de éste, lucía bastante exasperado.

Se encontraban desde hacía media hora en las afueras de una de las tiendas comerciales de Iwatobi y, pese a que la sombra les cubría por completo, el calor veraniego se volvía cada vez más sofocante. Sousuke estaba fastidiado, ni siquiera los pantalones cortos ni la camisa que dejaba sus brazos al descubierto le ayudaban a apaciguar el calor. Le sacaba más de quicio el hecho de preguntarse cómo diablos Makoto no parecía estar afectado por las altas temperaturas.

La espera era agobiante. Verificó la hora en el reloj de su muñeca, y rezongó porque ya era mediodía y su estómago comenzaba a manifestarse.

—Tengo hambre… —se quejó con desgano.

—Ah, tengo algo ligero para comer dentro de mi bolso —recordó Makoto, deteniendo de inmediato su jugueteo con el bebé—. Sostén a Sakura un momento, por favor.

Sujetó al pelirrojo con delicadeza y lo extendió hacia el otro joven para entregárselo con cuidado. Luego se alejó con prisa rumbo hacia el auto de Sousuke, que se encontraba aparcado a un costado de la tienda.

—Apuesto a que tú también tienes calor, ¿no, Sakura?

Tras escuchar su nombre, el niño alzó su azulina mirada hacia el pelinegro y balbuceó algo ininteligible como respuesta; luego agitó su delfín rosa y soltó algunas carcajadas agudas de bebé. Sousuke no pudo evitar sonreír con diversión; Sakura era tan despierto e iba creciendo tan rápido, ya tenía un año y tres meses, y parecía que cada día su adorable ternura también iba en aumento. Se sintió bien por un instante, al menos ese precioso bebé lograba apaciguar bastante el mal humor que traía acumulado por el hambre y el calor.

—¡Aquí están! —exclamó Makoto, regresando con dos pequeños y coloridos paquetes.

—Galletas dulces… con formas de animales —leyó mientras observaba el envoltorio— ¿En serio comes estas cosas, Makoto?

—Ayudan bastante a apaciguar el hambre —se excusó con una sonrisa tímida.

El sonido de las envolturas siendo abiertas llamó la atención de Sakura, quien estuvo atento para ver qué había en el interior. Esbozó una gran sonrisa cuando –desde los brazos de Sousuke– vio a Makoto extraer la primera galleta.

—Sé que Gou-chan ya te dio almuerzo, pero ¿te gustaría comer una galleta, Sakura? —preguntó el joven entrenador, acercándose aún más a Sousuke y al bebé— Cómela con cuidado.

El pelirrojo recibió una galleta con forma de pez y la sostuvo con su mano; luego se la llevó a la boca y la masticó con esos diminutos dientecillos que hace no mucho acababan de aparecer.

—Al menos no son tan dulces como creí —comentó Sousuke mientras, con su mano desocupada, se echaba algunas galletas a la boca.

—¡Son deliciosas y a Sakura le encantan! —exclamó Makoto, comiendo recatadamente—. Es bastante curioso que a él le gusten las cosas dulces, mientras que Rin y Haru las evitan.

Papapa —habló el pelirrojo de improviso, contento tras escuchar el nombre de su padre.

—Sí, a papá Haru no le gustan las cosas dulces, ¿verdad? —le sonrió Makoto con ternura.

Sousuke observó al bebé con curiosidad.

—¿Uh? ¿Te sorprende que Sakura hable? 'Papa' es su única palabra —dijo el entrenador.

—Lo sé, Gou me lo dijo hace un tiempo. Pero, no es eso lo que llama mi atención —dijo pensativo—. Podría ser que… Hm… Haru —pronunció el pelinegro, y esperó atento a la reacción del pequeño.

Papapa —dijo Sakura al instante, bastante animado. Makoto rió divertido, mientras Sousuke se mantuvo serio.

—Haru —repitió..

Papapapa.

—Rin.

—…

Esta vez, Sakura guardó silencio y por un instante pareció estar confundido, luego se volteó hacia Makoto y extendió su pequeña mano para pedir otra galleta. El joven entrenador, en esta ocasión sin ninguna sonrisa en su rostro, simplemente se limitó a entregarle la galleta al bebé.

Sousuke torció la boca fastidiado.

—No es justo… —murmuró mientras desviaba su rostro hacia un lado. Era realmente frustrante el saber cómo el recuerdo de Rin cada vez se volvía más y más distante. Lo único que iba quedando era ese delfín rosa que Sakura sostenía con su mano, obsequio comprado por Rin cuando su hijo aún estaba en su vientre; al menos, el bebé insistía en llevarlo consigo a todas partes.

—Sakura no tiene la culpa —aclaró Makoto con suavidad.

—Lo sé. Los únicos culpables son esos dos idiotas: uno que huyó acobardado a Australia, y otro que viaja por el mundo como si nada más importara.

—Haru se ha esforzado mucho por su bebé —agregó de inmediato. Era una sutil manera de apoyar a su mejor amigo.

—Dejó a Rin solo durante todo el embarazo y ahora está haciendo lo mismo con Sakura, ¡no ha visto a su hijo en un mes! Dime, Makoto, ¿crees que esa es la manera correcta de hacerlo?

—Lamentablemente, su profesión le lleva a pasar largos períodos fuera de casa; no es como si Haru tuviera otra opción.

Papapa —intervino Sakura divertido al escuchar el nombre de su padre, mientras agitaba su delfín y golpeaba con suavidad el rostro de Sousuke. El pelinegro suspiró con resignación, le era imposible mantenerse enojado cuando tenía a aquel adorable pelirrojo entre sus brazos.

Unos pasos apresurados se distinguieron a la distancia, y en seguida se vislumbró la delgada figura de Gou acercándose desde el interior de la tienda. El vestido veraniego ondeaba con sus pasos al igual que los bordes de su amplio sombrero de playa; traía una sombrilla cerrada colgando desde su hombro y también un par de bolsas entre sus manos.

—¿Huh? —Una expresión de confusión apareció en su rostro cuando llegó junto a sus amigos— Me apresuré en las compras porque creí que Haruka ya estaría aquí, pero ya veo que aún no ha llegado…

—Tendremos que seguir esperando hasta que él se digne a aparecer —bufó Sousuke.

—Haru estará aquí muy pronto —dijo Makoto sonriendo un tanto incómodo, mientras el bebé balbuceaba de inmediato al oír el nombre de su padre.

—Bueno, al menos esta espera sirvió para poder comprar lo que faltaba —continuó Gou—: la sombrilla, más protector solar para Sakura, un set para armar castillos de arena y… ¡dos bonitos sombreros! Uno para mí —señaló el que traía puesto—, ¡y otro para mi precioso bebé!

De una de las bolsas que traía en sus manos extrajo un pequeño sombrero blanco, el cual colocó con suavidad sobre la cabeza de su sobrino, para luego extender una delgada cinta elástica hacia abajo del mentón del pelirrojo. Sakura se movió inquieto, mas en seguida sonrió divertido mientras extendía sus brazos hacia Gou.

—¡Te ves hermoso, mi amor! —exclamó enamorada mientras cogía a Sakura por la cintura y lo quitaba cuidadosamente de los brazos de Sousuke. El pequeño se aferró a su cuello mientras reía contento— Eres el bebé más lindo de todos, ¿lo sabías? —decía Gou mientras besaba repetidamente las mejillas de su sobrino. Sakura seguía riendo, las caricias de su tía le provocaban cosquillas.

Makoto y Sousuke sonrieron dulcemente mientras observaban enternecidos la escena. Siempre era fascinante ver cómo Sakura, que si bien de por sí era bastante sociable, demostraba sus mayores sonrisas y soltaba sus más sonoras carcajadas cuando se halla en brazos de la pelirroja. Podía ser una atracción de sangre o una figura maternal, pero lo cierto era que evidentemente Gou era una de las personas más importantes para el bebé.

El sonido de un motor a la distancia comenzó a amplificarse en la medida que un vehículo se acercaba hacia ellos. Se trataba de un autobús que no tardó en posicionarse en la estación a unos metros de distancia de la tienda. Cuando las puertas traseras se abrieron de par en par, se pudo vislumbrar de inmediato aquella cabellera negra y ese rostro indiferente que descendía del interior.

—¡Oh! ¡Sakura, mira! ¡Es tu papá!

La voz de Gou se escuchó fuerte y clara, lo suficiente como para que alcanzara a llegar a oídos de Haruka, quien alzó la mirada de inmediato hacia el grupo.

Fue maravillosa la manera en cómo el par de miradas azules se encontraron al instante, dejando brillar ese precioso azul que ambos compartían. La manera en la que el rostro inexpresivo del pelinegro se transformó a uno lleno de amor y dicha al ver a su bebé fue algo que todos los presentes captaron con encanto, así como también la forma en que Sakura soltó un par de gritos de emoción y sacudió sus piernas y brazos contento al ver a su padre.

—¡Papa!

El enorme bolso que Haruka traía colgando de su espalda no fue impedimento para que comenzara a correr para el encuentro con Sakura. Cuando llegó junto a Gou, arrojó su bolso al suelo y extendió sus brazos para recibir a su bebé, tomándolo con una delicadeza que sólo Haruka podía demostrar, y acercándolo a su cuerpo para poder abrazarlo con una tierna fuerza paternal.

—Sakura… —suspiró mientras aspiraba el dulce aroma de su bebé— Te extrañé tanto.

Un susurro tan suave y bajito que sólo el pelirrojo pudo escuchar. Sakura no entendió nada, pero aun así sonrió contento y se aferró aún más al cuello de su padre, apegando su frente a la mejilla del mayor y musitando palabras dulces en su propio lenguaje de bebé. Haruka formó una de sus pequeñas pero cálidas sonrisas en sus labios; aún si no entendía lo que su hijo decía, amaba con locura escuchar su aguda vocecita.

Sólo después de un largo momento dedicado a Sakura, Haruka estuvo dispuesto a hablar con sus amigos.

—Lo siento por la demora. El avión se retrasó un poco, así que no pude alcanzar a tempo el autobús hasta aquí —se disculpó el joven.

—No te preocupes —sonrió Makoto de inmediato. Él nunca juzgaría a Haruka, más aún cuando podía ver el rostro exhausto de su amigo—. Haru, ¿estás bien?

—Sí —respondió con tranquilidad.

La verdad era que los viajes, los cambios de horario de un continente a otro, las corridas para alcanzar aviones y autobuses realmente le habían fatigado, pero no estaba en los planes de Haruka el tomarse un tiempo para recomponerse. Ese día estaba asignado exclusivamente –aún cuando recién venía llegando del extranjero– para llevar, por primera vez, a su hijo a la playa.

—Iré a la tienda a comprar un traje de baño para Sakura —dijo, caminando con su bebé hacia la entrada del recinto.

—¿Qué? ¿Recién ahora? —preguntó Sousuke, incrédulo.

—Uhm… Le dije a Haruka que yo podía comprar el traje de baño, pero insistió en que quería encargarse personalmente de eso. Él no estuvo aquí en todo el mes así que, ahora que ya está de regreso, es tiempo de comprarlo —respondió Gou, hundiéndose de hombros.

Sousuke se llevó una palma a su rostro, mientras veía cómo Haruka ya se encontraba campante dentro de la tienda.

—¡Miren, ni siquiera le importan sus cosas! —agregó, señalando el gran equipaje que Nanase había dejado tirado despreocupadamente en el suelo.

—Haru puede llegar a ignorar a todo el mundo cuando se trata de Sakura —rió Makoto con diversión.

El interior de la tienda era bastante amplio, con indumentarias y accesorios especiales para todo tipo de vacaciones. Había una sección para estadías en zonas con nieve, instrumentos de pesca, utensilios para camping, entre otras cosas. Flotadores, albercas plásticas, juguetes inflables, tablas para surfear, y muchos trajes de baños, eran parte de lo que componía la zona de playas y piscinas.

—Este me gusta para ti —dijo Haruka extrayendo de los colgadores un diminuto bañador de distintos tonos de azul; tenía imágenes de coloridos delfines por doquier—. Son delfines bebés, ¿te gustan, Sakura? —El pelirrojo no hizo caso, simplemente se hallaba ocupado mordisqueando la cola de su propio delfín de peluche— Bien. Veremos cómo te queda puesto.

Con el traje de baño en una mano y el bebé sostenido con su otro brazo, Haruka se dirigió hacia los vestidores infantiles. Se metió a un cubículo y sentó a Sakura sobre la repisa plástica; el pelirrojo no dejaba de mover sus pies para intentar ponerse de pie, por lo que fue difícil quitarle el pantalón y colocarle el traje de baño sobre el pañal. Cuando ya estuvo listo, levantó a Sakura para examinarlo cuidadosamente.

Haruka había aprendido que sumergirse al mundo de los bebés era una tarea que requería mucha investigación. Ya no estaba dispuesto a cometer los mismos errores del pasado, como aquella vez cuando metió a Sakura a una piscina de la universidad, y su pañal absorbió tanta agua, que al final se hinchó e impidió que el niño pudiera nadar; el pelirrojo tan sólo había flotado sin poder hacer nada más que llorar. Fue allí cuando se enteró de la existencia de pañales especiales para el agua y, como era de esperarse, no tardó en abastecerse de una buena cantidad de ellos. Ahora, Haruka intentaba estar siempre informado antes de dar un nuevo paso con su bebé. Había aprendido, por ejemplo, que los trajes de baño no debían apretar mucho, sino que debían ser flexibles para darle movilidad al bebé, pero al mismo tiempo debían ser lo suficientemente firmes como para mantener el pañal en su lugar.

Es por eso que había preferido ser él mismo quien se encargara de comprar el primer bañador de verano para Sakura. Ya tendría tiempo de hablar con Gou y enseñarle todos sus descubrimientos sobre trajes de baño de bebé.

Era increíble ser consciente de cómo su vida había avanzado desde su propio y privado mundo de agua, a un mundo más complejo y mucho más significativo que comenzaba a descubrir con su propio hijo.

—Te queda muy bien. Y, además, es el que tiene el mejor diseño —comentó con calidez mientras observaba los delfines. Sakura simplemente se movía inquieto, luchando por ponerse de pie.

Le sacó el traje de baño y le volvió a colocar el pantalón, una tarea difícil, ya que Sakura no dejaba de patalear; el bebé odiaba estar recostado. Cuando al fin ambos abandonaron los vestidores, divisó la figura de Makoto aguardando pacientemente en medio de la sección de piscinas. Haruka no dudó en acercarse a su amigo.

—¿Todo bien, Haru?

—Ya escogí su primer traje de baño para la playa —comentó el pelinegro enseñándole el pequeño bañador. Sus labios estaban ligeramente curvados y también había un diminuto color rojizo en sus mejillas. Evidentemente, era una ocasión especial para Haruka.

—¡Es muy bonito! ¡Sakura se verá muy bien con él puesto! —exclamó Makoto contento, compartiendo la felicidad de su amigo.

—Sí —Mantuvo la sonrisa un momento, mientras veía con ternura a su hermoso bebé entre sus brazos.

Una joven empleada de la tienda se acercó a ellos. Haruka le indicó la compra deseaba realizar, así que ella tomó el modelo de exhibición y se alejó para buscar un ejemplar cuya envoltura estuviera completamente sellada.

—Sakura disfrutará mucho de su primer día de playa —comentó Makoto ansioso.

—Espero que al agua le guste mi hijo —agregó con un deje de preocupación.

—Se trata de tu hijo, ¡por supuesto que el agua lo aceptará! —rió divertido. El pelinegro pareció tranquilizarse con el comentario.

—He esperado mucho este momento. Es importante para nosotros —confesó con suavidad. Sakura había nacido en plena primavera del año anterior, por lo que en su primer verano había estado muy pequeño como para ser llevado a la playa.

El niño se movió inquieto entre sus brazos, dando pequeñas patadas a la altura de su estómago.

—¿Quieres caminar un poco?

Haruka bajó a su hijo, procurando que esos diminutos zapatos estuvieran firmes en el suelo; durante un momento, sostuvo a Sakura de sus manos hasta que éste tuvo completo equilibrio, y luego le dejó caminar por sí mismo. El bebé avanzó con pasos cortos y torpes, por momentos parecía que iba a caer, mas lograba muy pronto estabilizarse y seguir con su camino.

—¡Oh! ¡Ha aprendido muy rápido! —exclamó Makoto sorprendido, soltando luego una risita divertida— Es tan distinto a ti, recuerdo que tu madre decía que no querías aprender a caminar. Bueno, también es bastante mérito de Gou-chan, ¡ella ha hecho un buen trabajo enseñando a Sakura!

—Sí, le ha enseñado bien —dijo con suavidad, sintiéndose muy orgulloso de los logros.

—Nanase-san, aquí está su compra —se escuchó repentinamente la voz de la empleada, quien traía el traje de baño de Sakura dentro de una bolsa. Se acercó a la caja registradora que había en un mesón, y extrajo la factura con el monto total.

—Por un momento creí que comprarías más trajes de baño —comentó Makoto al ver la boleta.

—Dejaré que Kou se encargue del resto.

—Gou-chan estará feliz.

—Lo sé —Era satisfactorio saber que la pelirroja se involucraba tanto en los cuidados de Sakura. Haruka estaba sumamente agradecido, era evidente que el amor que Gou sentía por el bebé era puro e infinito.

Sacó su billetera para pagar por el bañador; era algo caro, pero Haruka estaba dispuesto a pagar altos precios siempre y cuando se tratara de natación. Makoto estaba esperando a su lado. Ninguno de los dos se dio cuenta, sino hasta que escucharon las exclamaciones de otra vendedora, que Sakura estaba comenzando a ocasionar un curioso incidente.

—¿Dónde está la madre de este bebé? —se escuchó la voz preocupada de la mujer.

Haruka se volteó de inmediato para ver a Sakura. Le había perdido de vista tan sólo un minuto, pero había sido tiempo suficiente para que el pelirrojo se hubiera sentado en el suelo y comenzara a desvestirse. De alguna forma había conseguido quitarse uno de sus zapatos, y ahora luchaba costosamente y con movimientos torpes por quitarse el otro. ¿La razón? Había una minúscula piscina plástica a su lado. Sakura las conocía bien, pese a ser un bebé ya estaba familiarizado a ellas e incluso tenía una propia en casa de Gou, por lo que era capaz de asociar las albercas con la desnudez y todo lo que eso conllevaba.

—¡Oye, Sakura! —Haruka corrió de inmediato donde su hijo.

Papa

Sakura sonrió feliz al ver a su padre llegar junto a él, pero de inmediato frunció el ceño cuando vio cómo el mayor se inclinó para comenzar a colocarle el zapato otra vez. El pelirrojo movió sus piernas con fuerza para impedir el agarre de Haruka.

—No puedes desvestirte aquí —dijo el pelinegro, intentando sujetar al bebé.

Sin embargo, y como era de esperarse, Sakura comenzó a llorar fuertemente y armó un escándalo en el lugar. Haruka estaba visiblemente perturbado por la situación.

—Sakura… —El pelinegro intentaba inútilmente acomodar bien el zapato de su hijo, pero éste seguía forcejeando— Debo vestirte… Sakura, deja de llorar…

—Ahora ya sabes lo que es lidiar con alguien que se desviste todo el tiempo —comentó Makoto mientras veía la escena.

Haruka frunció el ceño fastidiado.

—Es distinto. Esta piscina está vacía y Sakura no lo entiende —dijo un tanto desesperado mientras seguía intentando calmar a su hijo en el suelo—. Makoto, ¿qué debo hacer? Tú sabes tratar con niños. Estudiaste eso.

—¡No estudié eso!

—¡Makoto!

El entrenador se llevó una palma al rostro y volvió a suspirar, desgastado. En seguida observó fijamente a Sakura; el llanto del bebé era muy fuerte, pero quien se fijara atentamente en sus ojos vería que no había ni siquiera una mínima lágrima cayendo de ellos.

—Así que se trata de un berrinche… —concluyó Makoto— Bien… Ahm… Supongo que primero podrías intentar mecerlo en tus brazos. Tal vez así se tranquilice… Eso espero —agregó sin mucha seguridad.

Haruka siguió la indicación al instante. Cogió al bebé desde el suelo, lo alzó en brazos y comenzó a mecerlo suavemente. Sakura detuvo su llanto un momento, miró a su padre durante un instante y en seguida, cuando creyeron que al fin se había tranquilizado, comenzó a llorar otra vez.

—No funciona.

—Uhm… ¿Qué tal si le explicas que la piscina está vacía? Los bebés de su edad no saben hablar, pero de seguro comprenderá lo que intentas decirle.

—De acuerdo —dijo el pelinegro con decisión. Sosteniendo a Sakura llorando en sus brazos, se acercó a la pequeña piscina y se inclinó hacia ella—. Mira, hijo, no hay agua. Es sólo una piscina de exhibición.

Sakura extendió sus manitos hacia la alberca y, repentinamente, su llanto comenzó a cesar.

—¡Está funcionando! —Makoto estaba expectante de la situación.

En seguida, Haruka bajó cuidadosamente a su bebé hasta el suelo y le permitió caminar hacia la piscina por sí solo. Sakura se acercó dando sus tambaleantes pasos y se afirmó de la alberca.

—¿Ves, Sakura? No hay agua dentro. No puedes bañarte aquí —continuó explicándole.

Pa… —pronunció suavemente mientras miraba a su padre y señalaba la momento siguiente, se sentó en el suelo y comenzó a desvestirse otra vez.

—¡No hagas eso, Sakura! —dijo el pelinegro, acercándose a su hijo para impedir que se quitara la ropa. Como era de esperarse, la expresión calmada del bebé cambió de inmediato a una que indicaba disconformidad— Hará otro escándalo… —dijo temeroso.

—No otra vez… —se lamentó Makoto.

—Makoto, ¿qué debo hacer?

—¿Por qué me preguntas a mí? ¡Yo no sé! ¡Es tu hijo! —se quejó abatido.

Haruka realmente no tenía idea qué hacer en esos casos. No era como si le preocupara lo que dijera o pensara el resto de la gente, sino que simplemente no le gustaba que su hijo causara alborotos, porque era muy problemático lidiar con berrinches, ni tampoco quería que se desvistiera en el lugar, porque no tenía ningún sentido al no haber ni una gota de agua dentro de la piscina.

¿Qué debía hacer? ¿Coger a Sakura a la fuerza y soportar todo el griterío que causaría? No tenía ninguna intención de lidiar con eso. ¿Reprenderlo? El pelirrojo era un bebé testarudo, y regañarlo sólo conseguiría el mismo escandaloso efecto de la primera opción. ¿Golpearlo? No, Haruka jamás tocaría a su hijo.

Se mordió el labio con indecisión, mientras veía cómo Sakura lograba quitarse un zapato y lo lanzaba hacia un lado. Sentía que no podía ir contra su bebé y en el fondo tampoco quería hacerlo enojar, Haruka pasaba tanto tiempo fuera de casa, que cuando regresaba junto a su hijo sólo quería disfrutar de los buenos momentos y consentirlo en todo. Los regaños casi no existían; cuando Sakura quería algo, el pelinegro se lo concedía de inmediato, por eso era tan difícil para Haruka las situaciones en que realmente tenía que contradecir a su bebé.

—Bien, te puedes quedar allí en el suelo todo lo que quieras —dijo Haruka con tranquilidad ante la mirada confundida de Makoto—. Yo me voy de aquí. Adiós, Sakura.

—¿Eh? ¡Espera, Haru~…!

Con una simple mirada de parte del pelinegro, Makoto comprendió de inmediato la situación. Haruka estaba intentando algo nuevo, sería la primera vez que utilizaba una técnica improvisada para no ir a la confrontación directa con su hijo. La idea era alejarse de Sakura y esperar, durante un momento, a que el bebé se aburriera y decidiera buscar a su padre por su cuenta.

—Si llega a funcionar, será la forma para acabar con los berrinches ocasionales de Sakura —comentó Haruka, expectante.

—Haru, ¿sabías que él sólo tiene berrinches cuando está contigo? Cuando está con otras personas, Sakura se comporta muy bien. Creo que es una forma de llamar tu atención.

—Él no necesita llamar mi atención.

Caminaron a paso calmado por el pasillo, alejándose cada vez más, pero siempre mirando de soslayo a Sakura, quien acababa de detener sus movimientos para mirar confundido la espalda distante de su padre.

Pa… pa… —se escuchó su suave voz llena de incertidumbre. Intentó ponerse de pie, mas no alcanzó a dar ni tres pasos cuando perdió el equilibrio y cayó al suelo; se posicionó para gatear y comenzó a avanzar hacia donde había visto a su padre.

Durante un instante, Haruka observó complacido; parecía que había cumplido el objetivo de no confrontar a Sakura ni crear más berrinches en él. Sin embargo, lentamente su expresión comenzó a cambiar a una de preocupación cuando se fijó en la mirada que traía su bebé. El pequeño se veía verdaderamente angustiado, su diminuta boca se torcía en un gesto que denotaba los inminentes deseos de llorar, y sus ojos vibrantes sugerían que las lágrimas estaban prontas a nacer.

Haruka no soportó verlo de ese modo, y simplemente retrocedió con rapidez y lo alzó en brazos con cuidado. El frágil cuerpo de Sakura temblaba ligeramente, mientras sus pequeñas manos se aferraban con fuerza al pecho de su padre; suaves y quebradizos sollozos escapaban de su boca, mientras sus mejillas comenzaban a humedecerse. Era un llanto delicado, de ésos que el bebé únicamente emitía cuando realmente estaba afectado.

—Sakura, no llores… —decía Haruka afligido mientras acariciaba la cabeza de su bebé y lo mecía suavemente.

—Esa es la forma en que Sakura llora cada vez que te vas a otro país —comentó el entrenador con desánimo. Había visto al pelirrojo en ése estado en múltiples ocasiones—. Nunca le ha gustado la soledad. Supongo que, dentro de su corazón, siente mucho miedo de que vuelvan a abandonarlo.

Haruka se mordió el labio. Repentinamente, un horrible sentimiento de culpa le invadía por completo. Y a la vez lo entendía, sabía muy bien lo que se sentía estar completamente solo.

—Aquí estoy contigo, Sakura. No me iré a ningún lado —susurró con delicadeza, sin dejar de acariciar a su bebé—. Lo siento, no debí hacer eso…

—Vámonos de aquí, Haru. En la playa todo será mejor —sugirió Makoto. Sabía muy bien que el paisaje costero junto al mar ayudaría a calmar los sentimientos de aquellos dos.

El trayecto a la playa fue bastante silencioso para ambos. Se sentó en la parte trasera con Sakura entre sus brazos, quien mantuvo en todo momento la cabeza apoyada en el pecho de su padre; Makoto iba a su lado, intentando de vez en cuando distraer al bebé con el peluche de delfín rosa, pero el pelirrojo prefería seguir aferrado a Haruka. Gou se mostró bastante preocupada al inicio, pero cuando comprendió lo que sucedía simplemente observó abatida a su pequeño sobrino; ella también, al igual que Makoto, había sido testigo anteriormente de esas deprimentes reacciones de parte de Sakura, y sabía que ante eso lo mejor era que el bebé estuviera junto a su padre. En cuanto a Sousuke, éste se limitó a darle una mirada de absoluta reprobación a Haruka, la cual se repitió un par de veces a través del espejo retrovisor mientras conducía hacia la playa.

Sólo fue cuando llegaron al litoral y Haruka dio un pie afuera del vehículo, que Sakura despegó al fin su cabeza del pecho de su padre para poder mirar el lugar. La brisa marina movió ligeramente sus cabellos rojizos y el sombrero blanco que Gou le había obsequiado, mientras el sol se reflejó en sus azules ojos que aún tenían una huella de aflicción.

—El agua te hará sentir mejor —le habló Haruka con suavidad, recibiendo la mirada apagada de su bebé.

No se preocupó más de sus amigos, quienes bajaban del auto la cesta de picnic, las sombrillas y demás cosas para la playa. Simplemente cogió el pequeño bolso que Gou había preparado para Sakura, y caminó directo hacia los vestidores junto a la playa. Dentro de los cubículos, le quitó la ropa a su hijo y, sobre el pañal, le colocó el traje de baño recién comprado; él también aprovechó de cambiarse. Salió de los vestidores con su torso desnudo y su traje de baño holgado, con el bolso infantil en un hombro y Sakura entre sus brazos. No había muchas personas en la playa, por lo que fue fácil hallar el lugar donde sus amigos estaban instalando las cosas. Tras dejar el bolso del bebé en el suelo, Haruka emprendió camino hacia el agua.

Con cada paso que daba, sentía un cosquilleo de muchas emociones y sensaciones dentro de su cuerpo. La satisfacción de estar al fin en la playa luego de una larga temporada en piscinas y la sofocación por querer meterse pronto al agua. Su corazón acelerándose con rapidez, con ansiedad y expectación al ser la primera vez que su hijo se encontraría con el agua en su estado verdaderamente natural. Eso le hacía sentirse profundamente nervioso y temeroso, más aún cuando miraba lo desanimado que aún se encontraba Sakura entre sus brazos. Si el pelirrojo no llegaba con una buena actitud al agua, ¿cuál sería la reacción del mar? ¿Aceptaría a Sakura, o le rechazaría? Haruka se estaba enfrentando a uno de los mayores temores de su vida.

—Te he hablado mucho acerca del mar —dijo Haruka con tranquilidad, mientras su hijo seguía apoyado en su pecho—. Es bravo y salvaje, intentará atraparte y llevarte con él. Por eso debes mantenerte firme, pero sin resistirte completamente a él. Acepta su existencia —Se detuvo junto a la orilla, antes de llegar a las olas, cogió a Sakura por la cintura y lo volteó hasta poder mirarlo de frente, directamente hacia los ojos—. Confío en que lo harás bien.

Besó la frente del bebé, sintiendo el aroma del protector solar y el roce del sombrero blanco. Acto seguido, bajó el pequeño cuerpo lentamente hasta depositar los diminutos pies sobre la arena. Sakura se movió inquieto y extendió sus extremidades para pedir regresar a los brazos de su padre; Haruka le sonrió con ternura, intentando así transmitirle confianza, y luego se inclinó hasta quedar a su altura.

—Tranquilo, no te dejaré solo —le habló con suavidad, comprendiendo que el niño aún estaba atemorizado—. Hay cosas que quiero mostrarte, hijo —Cogió un poco de arena húmeda con su mano y la acercó a Sakura—. Mira, esta es la tierra que se expande en las profundidades del océano.

El pelirrojo movió su mano hasta enterrar los pequeños dedos en la arena húmeda que sostenía su padre. Se sorprendió al tocarla, y enseguida alzó su mirada hacia Haruka, asombrado y expectante.

—Se siente bien, ¿no? Es la misma arena que está bajo nuestros pies —Cogió delicadamente un pie del niño y lo movió cuidadosamente para trazar una línea en la arena con los pequeños dedos. Sakura seguía observando admirado—. Cuando caminas sobre ella, tus huellas van quedando atrás de ti.

Haruka se levantó y se inclinó para sujetar las manos de Sakura, y así ambos avanzaron caminando lentamente. Las huellas grandes de sus pies rodeaban las casi imperceptibles huellas de su bebé. Sakura movió sus dedos para enterrarlos en la arena húmeda.

—A veces, el mar nos deja regalos… —susurró mientras se acercaban a un blanco caracol de mar. Haruka soltó una de las manos de su hijo para poder coger el caparazón y entregárselo. Sakura lo sostuvo con su mano mientras lo observaba con asombro— De estos hay miles bajo el mar… Ellos viven como nosotros, junto a muchas otras criaturas.

Cogió el caracol de las manos de su hijo y lo depositó sobre la arena, luego volvió a sostener la mano del niño. A cada nuevo paso, la humedad bajo sus pies se volvía cada vez más intensa, y de algún modo parecía relajar tanto la ansiedad de Haruka como también la angustia de Sakura.

—Mira, hijo, aquí está el mar… —susurró al tiempo en que se detenían justo hasta donde llegaba la resaca del suave oleaje. Había espuma de mar y un par de piedrecillas enterradas que creaban delicados surcos de agua sobre la arena. Los ojos de Sakura se ampliaron aún más al tiempo en que su boca se abría por el asombro.

Continuaron caminando pacientemente, sintiendo la frescura del agua comenzar a acariciarles. Sakura movió sus pies inquieto mientras balbuceaba animado algunas cosas, y Haruka pudo ver con alegría cómo un tierno sonrojo aparecía en aquellas diminutas mejillas de su bebé.

—¿Te gusta? —preguntó con suavidad, viendo cómo su hijo ahora comenzaba poco a poco a sonreír contento— Es el agua viva que quiere conocerte, Sakura. ¿La sientes? Te está dando la bienvenida.

El sonido melodioso de las ligeras olas al abrazar la arena se mezclaba con el cantar de un par de gaviotas. El bebé habló algo que Haruka no pudo entender, pero el tono de su voz dejó entrever lo tranquilo y relajado que ahora se encontraba.

—Vamos más adentro —dijo, esta vez cogiendo a Sakura por la cintura y alzándolo en brazos.

Sintió los pequeños pies húmedos de su hijo rozar su propio estómago mientras al mismo tiempo el agua llegaba hasta sus rodillas, y luego hasta los muslos y finalmente hasta la cintura. El mar era afable con ellos, el oleaje sereno tan sólo eran ondas que no tenían mucha fuerza y que rompían con debilidad sobre la costa. Haruka ya no tenía miedo, el agua había aceptado plácidamente a Sakura.

Acercó a su bebé al agua y le permitió tocarla con las manos y con los pies. El pelirrojo soltó una risita mientras jugueteaba con diversión; era como un pequeño delfín que agitaba su aleta adorablemente mientras comenzaba a descubrir el mar.

Se volteó para dar una mirada hacia la arena. Allá estaban sus amigos sentados bajo la sombrilla, agitando los brazos con alegría. Se sintió agradecido de contar con la presencia de ellos, le daban apoyo y valor en cada paso importante que daba en su vida. Luego observó a su bebé –quien movía sus pies salpicando un poco de agua– y sintió la satisfacción de poder sostenerlo entre sus brazos, de poder sentirlo vivo, de contar con su preciada existencia en su vida. Sonrió delicadamente con plenitud, moviendo sus ojos azules hacia el mar, fijándolos más allá de las olas, alcanzando el horizonte e intentando ver aún más allá. Había todo un océano extendiéndose frente a él, una inmensidad que se unía en el infinito con el cielo, una conexión que le unía con lo que tal vez nunca podría volver a alcanzar, una barrera que le distanciaba con lo que aún llevaba en lo profundo de su corazón.

—Rin… —Un suspiro escapó al tiempo en que sentía su pecho comprimirse lentamente; en sus labios ya no habían sonrisas, así como en su mirada ya casi no quedaban esperanzas.

Sintió un roce en sus pies, y a través del agua alcanzó a divisar la silueta de un tono amarillo pálido. Era una solitaria estrella de mar arrastrada por la corriente. Era un regalo del mar que había viajado cientos de kilómetros para caer hasta a sus pies. No sabía si ella tenía fuerzas, si aún seguía viva; sólo la veía solitaria en una profundidad azul, que de pronto se volvía distante cuando la corriente la arrastró hacia el interior. Quiso extender su mano y rescatarla y atesorarla, pero si tan sólo hacía el intento de alcanzarla, Sakura podía caer en la profundidad donde ella se encontraba. Esa profundidad donde todo se ahogaba, donde no había forma de poder salir de allí. En ése lugar estaba esa estrella caída de un cielo que Haruka jamás lograría entender.

Sujetó con firmeza a Sakura. No se había dado cuenta en qué momento el agua había subido y ya llegaba hasta el pecho de su bebé, jalando de él con fuerza como si quisiera arrancárselo de los brazos y hundirlo en la profundidad. El mar se estaba manifestando de un modo que Haruka no comprendía. Un escalofrío cruzó su espina y un temor se expandió por primera vez en su interior.

Dio media vuelta, protegiendo a Sakura, dándole la espalda al mar, y emprendió camino hacia la tierra, hacia sus amigos, hacia donde estaba seguro y nada malo podía ocurrir. Sakura estaba junto a él, en sus brazos, y eso era lo único que importaba para Haruka.

La estrella de mar quedó en atrás, cubierta por el agua y la oscuridad. La corriente la arrastró con fuerza y se la llevó, una vez más, a la eterna profundidad.

Continuará…


Capítulo 12

Cuando Llueven Estrellas


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Notas de autor:

¡Ah!, antes de que lo olvide: He mencionado varias veces la edad de Sakura, pero al parecer hay personas que aún siguen confundidas. Saku tiene 8 años y va en 2do grado de primaria. Para que se hagan una idea de su apariencia, en Free! Eternal Summer aparece un flashback de Makoto y Haruka siendo pequeños, en sus inicios en la natación, ¿lo recuerdan? Pues ahí, ambos iban en 3er grado de primaria según el Official GuideBook de Free!ES. Así que Sakura en apariencia sería un poco similar al Haruka de esa época.

En fin...

Me debatí mucho conmigo misma acerca de este capítulo. Fue difícil, porque quería darle profundidad a ciertos aspectos de la personalidad de Sakura y abarcar algunos detalles de su relación con Haruka. Quería dejar en claro que su personalidad es intensa, vive las cosas buenas y malas con mucha potencia. Es como cuando Aki, en la novela High Speed! mencionó que le gustaría dividir Haruka y Rin, para así crear la mezcla perfecta. Yo me dije a mi misma: Sakura debe heredar la pasión e intensidad de sus padres. Pero NO puede ser perfecto, ¡no! La personalidad de Sakura tiene cosas negativas también, detrás de la ternura infantil se esconde un chico relativamente malcriado, terco, y con emociones explosivas que aún no aprende a controlar. Sakura tiene temores, además, no le gusta la soledad ni ser abandonado; creo que ese es un miedo que adquirió al no contar más con Rin, y que de alguna forma también se lo transmitió Haruka, quien por canon es el personaje que tiene conflictos con el abandono.

En cuanto a nuestro Haru, es muy difícil retratar a un chico que no expresa nada verbalmente, sino que todos los dilemas ocurren en su cabeza, pero que al mismo tiempo es pésimo pensando y sacando conclusiones. Y este capítulo, aunque habla bastante sobre la personalidad de Sakura, está mayormente hecho desde el punto de vista de Haruka y de lo difícil que es para él lidiar con la personalidad tan intensa de su hijo, así que fue aún más complicado. Mis disculpas si su personalidad quedó OOC, pero hice mi mayor esfuerzo para que no fuera de ese modo.

Ahora bien, Rin. Tal vez no fue muy evidente, pero su inestabilidad emocional sigue estando presente. Cambia de la alegría a la tristeza de forma muy brusca; quiere avanzar pero tiene temores que le impiden moverse. Gou es quien le da el apoyo y el impulso para que continúe. ¡Gou es la heroína para mí! Sólo para que quede claro: Gou es la madre legal de Sakura, no biológica (ése es Rin), y sólo por si quedan dudas: esta historia NO contiene HaruGou.

Por último, el flashback: La temática del abandono está más presente que nunca, con un Haru que lleva 1 mes afuera y recién se reencuentra con su bebé. Sakura tiene berrinches que demuestran el deseo de atención de parte de Haruka, pero también emite un llanto verdadero que refleja el temor inconsciente de ser abandonado otra vez; al mismo tiempo, el recuerdo de Rin se va existiendo. También, el enseñarle el mar a su hijo es un momento realmente especial para Haruka, quien está agradecido de que parte de sus amigos estuvieran con él. Sin embargo, Rin no estaba ahí. Rin está más allá del horizonte, conectado a él a través del mar pero al mismo tiempo separado por esa inmensidad del océano; Haruka quiere alcanzarlo, al igual que quiere alcanzar esa estrella de mar que cayó en sus pies, pero teme que el ir tras la estrella significa soltar a Sakura y hacer que éste caiga en esa misma profundidad.

Al final, el mar jalando con fuerza a Sakura de los brazos de su padre significa dos cosas: es Haruka teniendo pavor de que le arrebaten lo único preciado que le va quedando en su vida, y es también el mar enfrentándose a Sakura y reconociendo la sangre Matsuoka que corre por sus venas.