Esposas

Estamos tú y yo aquí, sobre tu cama. Me encuentro apresado por unas frías esposas, tú a horcajadas sobre mí. Estamos desnudos, nuestra piel en contraste, nuestra erecciones tocándose, frotándose.

Realmente te esmeras en torturarme. ¿Quién se imaginaría siquiera que San Potter tenía algo de sádico? Sólo yo conozco la profundidad de tu ser, la oscuridad que habita en ti.

Me tienes atrapado a tu merced. Te encanta verme retorcerme de desesperación, por el deseo, por la pasión del momento.

Muerdes por todas partes, te gusta marcarme. Tomarme como parte de tu propiedad. Que sepan que soy tuyo y me tienes bajo tu control.

Por eso las esposas. Por eso las pequeñas heridas que éstas dejan. Sé que cuando me las quites, lamerás los pequeños rasguños y llagas, que me mirarás con esas profundas esmeraldas que tienes por ojos y pedirás disculpas por dejar salir ese lado demoníaco que te posee de vez en cuando. Estarás avergonzado un par de días y luego me harás el amor suavemente; una recompensa por satisfacer tus perversiones.

¿Pero sabes? Me encanta lo que haces. Mostrarme esa parte que nadie más puede ver, confiar en mí, compartirlo conmigo.

Me encantan las esposas, las heridas, las mordidas. La tortura de que estés ahí y no poder tocarte. Que me atormentes con tus manos y tu boca.

Me penetras lentamente primero, rápido después. Varías el ritmo, esperas que te ruegue. Lo esperas con una sonrisa traviesa, algo maquiavélico detrás, en lo más profundo de tus ojos. Te encanta todo este juego. Y a mí

Porque, al fin de cuentas, el que esta apresado verdaderamente eres tú y no yo. No necesito esposas, ni cadenas ni conjuros para tenerte así para mí. Me entregas voluntariamente la llave de tu libertad. El saber de todas tus fantasías. Subyugas tu voluntad ante mí, porque sin mí, no habría nada de esto.