Esto de ser universitaria y escritora aficionada es más difícil de lo que pensé, pero me estoy esforzando aunque siga siendo muy tardona. Un abrazo a todos y gracias por sus comentarios.

Capítulo XII

Celos

- ¿Estás bien Oscar?

La susodicha no respondió.

Estaba sumida en sus cavilaciones y había permanecido casi muda desde que inició la conversación, la que parecía más un monólogo. Su cuerpo estaba ahí, pero definitivamente su mente no, de hecho estaba muy lejos, seguramente muy cerca de su valet.

Fersen la miró extrañado, sus ojos grises paseaban una y otra vez por su rostro, como tratando de encontrar escrito en alguna zona la razón de su extraña actitud.

- Oscar. – Esta vez su tono de voz fue más elevado.

- Perdón. - Dio un pequeño salto.

Ambos estaban sentados frente a frente.

- Creo que es la primera vez que te veo tan distante.

- Nunca he sido tan elocuente como tú.

- Discrepo, aunque… - Fersen cayó en la cuenta de lo que sucedía. – Creo que sospecho de qué se trata.

- ¿Qué cosa?

- El buen André no ha hecho su aparición hasta ahora y la verdad es muy extraño, de hecho desde hace rato que sentía que faltaba algo.

No supo qué comentario hacer y nuevamente se quedó pensando.

Estaba feliz de ver a su amigo de vuelta después de tanto tiempo. Era una gran bendición que estuviera sano y salvo luego de pelear en una lejana guerra, decisión que tomó más con el propósito de olvidarse de su amor que de servir al país. Sin embargo, había sido inevitable que regresara a los brazos de su tan amada y prohibida María Antonieta, y aunque Oscar lamentaba profundamente que siguiera manteniendo ese tortuoso romance con la reina, sabía que los dos se amaban profundamente a pesar de las circunstancias.

¿Será siempre así, a escondidas? ¿No habrá alguna manera de que puedan estar juntos? ¿Será que nosotros también sufriremos ese destino?... ahora puedo entenderte un poco Fersen, pero yo no permitiré que me separen de André, nunca.

No, eso no les pasaría a ellos. Ella no era ninguna reina, y no estaba casada. Por milésima vez en el día, maldijo para sus adentros que haya tenido que irse de viaje con su padre.

- Creo que hoy estás muy distraída. - Su risa era fresca y relajada. Seguía siendo el mismo Fersen que sonreía para no perder la costumbre, para que la frustración no se le notara demasiado.

- Disculpa, es que las cosas en el palacio están algo alborotadas, ya sabes, es la presión del trabajo, y bueno… - Dio un corto suspiro. En verdad necesitaba a André más que nunca. Fue tan curioso pensar que una vez creyó estar enamorada de Fersen, que incluso se vistió como mujer para él. De pronto todo le pareció absurdo y egoísta, porque ahora que había podido reflexionar, había llegado a la conclusión de que ella sabía que su amigo la amaba, aunque prefería hacerse la desentendida. Y ahora ella lo amaba y no había día que no se reprochara por el tiempo perdido. - André no está, hace unos días se fue con mi padre a un viaje de negocios. - Le brindó una calmada sonrisa, y levantó la copa en mano.

- Ya entiendo. – Elevó su copa en respuesta y sonrió complacido de sospechar que Oscar lo extrañaba. - Esta casa no es la misma sin él.

- Es cierto.

Así se pasó la tarde. Ambos hablaron de todo y de nada. Cosas poco importantes, pero entretenidas y antes de que anocheciera, Fersen partió a su casa. Oscar agradeció que haya llegado justo a tiempo, porque la verdad, la ausencia de André la estaba hartando y algo de distracción no le había venido nada mal. De hecho, ya no se aguantaba ni ella misma, quería tenerlo a su lado lo más pronto posible, y ya se encargaría de que no se alejara de nuevo. Definitivamente, no le gustaba estar distanciados y solo esperaba que no se tardara tanto como la primera vez o se volvería loca.

Después de unas horas, su nana intentaba que comiera algo, aunque parecía una misión imposible.

- No quiero nada, ya me cansé de repetírtelo, es más, estoy muy cansada. - Se puso de pie dispuesta a salir de la cocina.

- Está bien, pero mañana haré algo delicioso solo para ti ¿de acuerdo? - La miró muy preocupada, no quería que volviera a enfermar por no alimentarse bien.

- Como digas.

- Pensé que la compañía del Conde Fersen te animaría.

- No necesito que nadie me anime. – Lo único que quiero es que regrese tu nieto. – Simplemente estoy muy cansada y no tengo ganas de comer. Hasta mañana nana. - Se acercó a ella y depositó un pequeño beso en su frente.

No podía dormir. Llevaba como una hora mirando el techo y después hacia la ventana. Se acurrucó mejor entre sus sábanas y se obligó a cerrar los ojos, técnica que no dio buenos resultados, en especial porque su imaginación estaba muy entretenida viendo a un André completamente desnudo. Unas lágrimas de frustración comenzaron a caer e hicieron compañía a su insomnio

Inesperadamente, sintió unas manos que tocaban sus pies. Se sobresaltó, y sin poder evitarlo, pateó para defenderse de lo que sea que la había tocado.

Se escuchó un ruido seco, como si algo pesado cayera al suelo. Se incorporó en la cama, escrutando en medio de la oscuridad de la noche. Lo más probable era que entre extrañar a André, no tener apetito y su insomnio, ya estaba teniendo algún tipo de alucinación.

Una voz muy conocida se quejó.

- ¿André? - Un nudo en la garganta. ¿Estoy soñando?

- No me digas que pensaste que era un fantasma.

Subió a la cama de Oscar y apoyado en sus brazos y piernas, la miró fijamente. Luego de unos segundos de contacto visual, le dio un corto beso en los labios.

- ¿O esperabas a alguien más? – Dijo haciendo un gracioso puchero.

- ¡Eres un idiota! - Lo abrazó fuertemente y ahora sí, estaba encima de su cuerpo, calentando su alma.

- Yo también te extrañé. - André aspiró relajadamente el aroma de su cabello mientras era apresado en sus delicados brazos.

- André... - Oscar dejó de abrazarlo. – Me hiciste mucha falta. - Sintió ruborizarse. ¿Desde cuándo se ruborizaba, desde cuándo podía decir lo que sentía con tanta libertad? - Te fuiste sin decir nada, solo una nota y… - Oscar agachó la mirada y André se movió, para colocarse a su lado.

- Lo siento, la petición de tu padre me tomó por sorpresa.

- Pero es que, el día que… hicimos el amor… - Tartamudeó. - La noche de ese día, no viniste a verme aquí y yo…

André se abalanzó sobre ella y comenzó a besarla. Ahora eran sus manos las que se movían, y aunque ella trató de enfocarse en el asunto tan importante que quería tocar, no pudo seguir más. Las manos de André tocándola a su antojo la enloquecían así que se entregó a sus caricias. De pronto se detuvo. Miró a Oscar profundamente, lleno de deseo.

- Me vuelves loco y si no vine fue porque temí que no fuera correcto, esta es tu casa. – Besó su rostro. – Pero ya no soporté más. – Rozó su pecho con sus dedos.

Oscar pudo sentir desesperación en su voz.

- André… si yo… - André llevaba su oscuro cabello sujetado con una cinta que ella desató. Unos mechones azabaches enmarcaron su rostro varonil, haciendo resaltar las dos esmeraldas que tenía por ojos, esos ojos que la habían mirado por tanto tiempo en el más secreto de los silencios. - Quería verte, quería que me amaras de nuevo, quería dormir contigo, y después ese viaje, creí que tardarías tanto como la última vez. - Comenzó a llorar y entonces André la abrazó protectoramente. - Me sentí tan mal, tenía la cabeza llena de tantas cosas… ahora sé que si me dejas… - Se asustó de sus propias palabras.

- No lo haré, jamás, no soy capaz, incluso cuando creía que nunca podrías amarme y que algún día un hombre te desposaría, yo solo pensaba en que ni aún en esa situación podría alejarme de ti, que algún pretexto inventaría para seguir cuidándote y no importaba si tenía que llevarme mi verdad a la tumba.

- Ya no pienses más en eso, mejor dime que me amas… dímelo… - Oscar tenía lágrimas en los ojos, pero ya no eran de tristeza. Estaba contentísima de que el hombre que la hacía sentir de esa manera, estaba nuevamente en sus brazos.

- Te amo, mi hermosa Oscar.

Con esas palabras, comenzaron a amarse toda la noche, sin que nada empañara su felicidad, sin pensar en nada más que en su amor y en lo dichosos que eran de poder estar nuevamente juntos.

Las cortinas blancas se mecían suavemente y los primeros rayos del sol comenzaron a aparecer. Era una mañana de esas, en las que extrañamente corre el viento, pero que aún así, el sol terco quiere hacer acto de presencia.

Las cosas en la casa Jarjayes ya comenzaban a moverse, y en la cocina, salones y jardines, iniciaban las carreras de los sirvientes, muy apurados por cumplir con todos sus deberes. Era un día como todos en la vida de todos, aunque para dos seres en particular, era el día más bello de sus vidas.

André estaba despierto, velando el sueño de su mujer. Había querido irse en la madrugada para evitar ser visto saliendo de sus aposentos, pero no lo había conseguido. Al abrir los ojos pudo sentir que la tenía contra su pecho, durmiendo plácidamente, muy aferrada a él, no quiso que despertara triste y sola, preguntándose a qué hora se había marchado, ya después se las arreglaría para salir de su habitación, de donde ciertamente, no querría salir jamás.

Estaba jugando con su cabello, que ayudado de los mañaneros rayos solares, se tornaba más bello y brillante.

Los días de su complicada adolescencia llegaron a su mente. Por aquel entonces, ya había descubierto que lo que sentía por su amiga y patrona, estaba muy lejos de ser un simple cariño de amigos. Él sabía que se había enamorado y eso, desde muy temprana edad, lo hizo sufrir mucho. Eran incontables las noches en las que había llorado, pensando en que nunca podría disfrutar de la dicha de tenerla a su lado.

André tenía dieciséis años, su cara aún era tan infantil y tierna que nadie podría imaginar lo que cargaba en el alma. Ese día se sentía realmente triste y deprimido, y había comenzado a atormentarse con la idea de que muy pronto alguien pediría su mano en matrimonio. Había aprovechado el pánico de las visitas en la casa Jarjayes para refugiarse en su lugar preferido de meditación.

Estaba tumbado sobre un montón de paja, mirando el techo y pensando en la única persona que realmente le importaba. Repentinamente, sintió unos pasos rápidos, las puertas de las caballerizas se abrieron estrepitosamente, y fueron azotadas por el individuo que entraba. Era una Oscar de apenas quince años, respiraba de una forma que parecía que en cualquier momento caería desplomada.

Estaba parada en un punto muy cerca de donde estaba André, con la cabeza hacia abajo, mirando un punto fijo en el suelo y sin parar de respirar agitadamente, sus brazos estaban apoyados en sus rodillas como logrando el equilibrio necesario para mantenerse en pie.

Oscar se irguió.

- ¿Por qué rayos me dejas sola en un momento así?

¿De qué hablaba? Sería incapaz de dejarla sola en un momento importante.

- ¿Qué?... ¿de qué hablas? - André frunció el ceño.

- Sabes lo que me molesta que me dejes sola en este tipo de situaciones. - Ya se había calmado, y ya no respiraba tan irregularmente como hacía unos instantes, aunque su voz se escuchaba alarmada. Pero ese no era el problema, el problema, era su mirada. Sus orbes de mar se habían posado en los ojos de André y lo miraban de una forma que le provocaban dolor de cabeza. ¿Qué había hecho él para que ella lo mirara de esa manera? algo comenzó a moverse en su estómago, provocando un serio malestar en su cuerpo.

- Explícate por favor. - Sus ojos mostraban desesperación ¿hasta cuándo seguiría mirándolo con ese odio?

- ¿Que te explique? - Lo dijo en un tono irónico, por fin rompiendo el duro contacto en sus miradas. - Piensa un poco. – Habló con los dientes apretados, como evitando alzar demasiado la voz, como aguantando la furia.

- Por amor a Dios, no ves que no entiendo nada.

- No entiendes… - Levantó los brazos por los aires. Seguía hablando en ese tonito que comenzaba a enloquecer a André. Se acercó de golpe a su interlocutor y lo tomó del cuello de la camisa. - ¿No entiendes?...

- ¡No!

- ¡Eres un estúpido! – Gritó. - ¿Por qué tienes que desaparecerte cada vez que haya visitas? - Comenzó a zarandearlo suavemente mientras unas lágrimas caían sin cesar de sus ojos. - ¿Por qué me dejas sola? Eres mi amigo y me dejas ¿o es que a caso voy a tener que comenzar a tratarte como un sirviente y ordenarte que no me dejes sola?

- Oscar. – Pronunció su nombre tan suave y tranquilo que logró que ella dejara de zarandearlo.

En un acto de inercia, Oscar lo soltó y apoyó su cabeza en su pecho, apretando los ojos, como tratando de evitar que más lágrimas cayeran.

Con un dedo en el mentón, la obligó a mirarlo.

– Tranquilízate.

Oscar pareció calmarse y la tomó de una mano. Ambos se sentaron sobre el montón de paja. Oscar inmediatamente puso su cabeza en el hombro de su amigo para seguir ahogando su llanto. André permitió que siguiera haciéndolo hasta que ella misma decidiera hablar.

- Siempre desapareces en estas circunstancias.

- Claro que no, si te dejé ahora es porque tu padre tenía visitas importantes y ambos debían atenderlos.

- André… - Hundió su rostro en el pecho de su amigo.

- Dime qué ha pasado. – Trató de animarla a hablar, la duda comenzaba a molestarlo.

- Un amigo de mi padre trajo a su hijo.

André comenzó a acariciar su espalda.

- ¿Y?

- Comenzó a halagarme y me dijo se siente atraído por mí.

André sintió unos deseos muy grandes de matarlo.

- ¿Y por eso lloras? - ¿Por qué a él no se le podía otorgar el derecho de decir lo que sentía?

- Tonto… - Lo dijo muy bajito, casi ahogada por los nudos que se hacían en su garganta. - Él es muy grande para mí y no me gusta.

- ¿Qué edad tiene? - ¿Cuál es su nombre, dónde vive? dame todos los datos para destrozarlo.

- No sé, pero es mucho mayor que tú y yo… nuestros padres estaban conversando de negocios, y yo tuve que mostrarle la casa, pero…

- Continúa por favor.

- Intentó acercarse mucho a mí y me asusté. - Las lágrimas no la dejaban hablar y la declaración de su amiga lo había llenado de un sentimiento extraño y nuevo, que le provocaba un deseo colosal de buscar a ese hombre para causarle el dolor más grande del mundo. Sin percatarse, ahora el desesperado era él y bruscamente tomó a Oscar por los hombros e hizo que lo mirara directo a los ojos.

- ¿Qué te hizo? - Su voz se oyó tan desesperada que la asustó. - ¿Aún está aquí?

- Ya se fueron… lo golpeé, me mandaron a dormir pero tengo miedo, me escabullí para buscarte en tu cuarto pero no estabas, él quiso tocarme donde nadie debe tocar a una señorita, por más que estaba con mi uniforme… ¿Cómo pudo? pero no se lo permití… - Su llanto ahora era desesperado. Sin proponérselo, abrazó a André tan fuerte que hizo que se acostara sobre la paja.

André estaba en shock y solo atinó a abrazarla posesivamente, aún con deseos de querer destruir, desgarrar y romper.

- Perdóname, a menos que me lo pidas tú misma, no me despegaré de ti… lo siento mucho Oscar. - Y así tuvo que escuchar su llanto toda la noche, mientras él la acurrucaba entre sus brazos, luchando en vano para que durmiera y pidiéndole perdón sin cesar.

Sintió un movimiento sobre él y despertó de sus recuerdos.

Un beso cálido y tierno en sus labios.

- ¿Cómo te sientes?

- Feliz de tenerte así. - La abrazó posesivamente, provocando risitas en Oscar. – Mi amor… - Le encantó, quería ser llamada así hasta el fin de sus días. - Debo irme porque si alguien nos descubre, me condenarán a la horca.

- ¡No digas esas cosas ni en broma!

- Está bien. - La besó larga y pausadamente. Después de unos instantes en que ya necesitaban de aire, se separaron. André se levantó de la cama y comenzó a vestirse ante la mirada atónita de su mujer.

- Me gusta que me llames mi amor y quiero que todas las noches duermas conmigo. – Parecía más una orden que otra cosa.

- Como ordene comandante. - Se acercó a ella para darle un último beso. - Nos vemos por ahí ¿de acuerdo? - Le guiñó coquetamente un ojo y se marchó.

No tenía ganas de de levantarse, aunque ahora que lo pensaba, eso no tenía nada de interesante si no estaba con su adorado André. Perezosamente preparó su tina y se comenzó a asear, después de todo y gracias al cielo, ese día no tenía la obligación de ir al Palacio de Versalles.

Se vistió y bajó las escaleras con dirección al estudio. Se encontró con su padre en el lugar.

- Lo siento, no quise pasar sin avisar, creí que no había nadie.

- No te preocupes. ¿Hoy no vas a palacio?

- No es necesario, a menos que me manden llamar. - Su padre mantenía la vista fija en un pequeño cuadro. Oscar se acercó y lo que vio fue la imagen de su madre, muy joven todavía, y mostrando muy sonrientemente una pancita de apenas unos meses de embarazo. Su padre estaba su lado, serio, como toda la vida.

- Hace mucho no veo a mi madre.

- Sabes que a la reina le agrada su presencia.

- Claro. – Dijo con algo de fastidio.

- Me voy, tengo muchas cosas que hacer. - Guardó el cuadro en uno de los cajones del inmenso librero, y se marchó sin decir nada más.

Oscar se quedó en el estudio ojeando unos libros sin mucha atención. La imagen de su hermosa madre embarazada había quedado grabada en su memoria. Nunca había visto esa pintura de su madre y le parecía muy especial. Muchas dudas asaltaron su mente y una frase del pasado llegó a su memoria.

"Quiero encontrar la felicidad en la tranquilidad de saber que hice lo correcto, que al final estuve donde quería estar, y si sobrevivo a esa lucha, tal vez pueda disfrutar de la dicha de tener una familia."

¿Ella podría darle todo eso, ella sería capaz de darle hijos? Nunca había pensado en ese tipo de cosas, ¿ella con hijos? Su padre la mataría. Su padre, su padre, su padre ¡estaba harta! Ella ya era bastante grande como para decidir todo lo que quería hacer sin tenerle miedo a nadie. ¿Estaría dispuesta a darle hijos? ¡Pues claro! Sería la mujer más feliz del mundo si su vientre algún día pudiera cargar un hijo del hombre que tanto ama, aunque ella había escuchado a muchas mujeres asegurar que, una dama que montaba caballo constantemente era estéril irremediablemente, y ella lo hacía desde niña ¿estaría imposibilitada para tener hijos? Nunca me imaginé pensando en tener hijos, y mucho menos con André, pero si esa es una manera para hacerlo verdaderamente feliz, los tendré. Una lágrima cayó por su rostro, tenía miedo de perderlo.

Alguien tocó la puerta. Oscar se arregló un poco y dio permiso a que pasaran.

- Lady Oscar. - Era Mathilde.

- Dime.

- No ha ido a desayunar, y su nana me mandó a preguntarle si quería algo.

- Dile que me sirva lo que quiera, iré a la cocina en unos minutos, gracias. - Su presencia le incomodaba mucho, la detestaba ahora que sabía con toda certeza lo que sentía por su André.

- ¿Algo más que pueda hacer por usted?

- No.

Mathilde se marchó. Oscar no podía negar que era una muchacha muy linda además de las otras ventajas que tenía sobre ella. Mathilde seguramente podría darle hijos sin problemas pues dudaba que alguna vez en su vida se haya subido a un caballo, lo de las clases sociales no presentaba ningún inconveniente en su caso y si estuvieran juntos no tendrían que andar escondiéndose. ¡Qué tonta podía ser, él le pertenecía y punto, no más tortura! Ella y su amado André había estado juntos, muy unidos, y aunque dudaba mucho que pueda quedar embarazada con facilidad, ya encontraría la manera de que eso pasara algún día. Unos deseos muy grandes de verlo nacieron en su interior, así que antes de ir al comedor, lo buscaría, y si tenía la oportunidad, lo besaría.

No había ni rastro de él por la casa, así que lo más probable era que estuviera con los caballos. Dejó dicho que regresaría a la cocina más tarde y se encaminó a las caballerizas.

Abrió la puerta, y lo encontró cepillando su caballo. Tenía la camisa algo abierta y los puños de la misma remangados y su cabello estaba algo desarreglado. Aunque estuviera de espaldas, fue una imagen tan varonil que cautivó a Oscar. Lo rodeó por la cintura y le dio cortos besitos en la espalda. Él ni se inmutó, es más, continuó con su trabajo como si nada.

Oscar estaba más que extrañada por su comportamiento raro y distante. La ira invadió su ser con la facilidad de siempre, y de un brusco jalón hizo que André volteara a mirarla.

- ¿Por qué me ignoras, qué te pasa?

- Nada. - Su tono era seco y duro.

Ese no era su André.

- No hace falta ser un adivino para saber que algo te molesta.

- Entonces adivina.

- No me vengas con jueguitos.

- No me pasa nada. Mejor ve a desayunar, o quizá, lo estás esperando para hacerlo.

- ¿Qué? - André se dio la vuelta dispuesto continuar con lo que estaba haciendo pero Oscar, al percibir cuáles eran sus intenciones, lo volteó de la misma manera que la primera vez.

- No se te ocurra darme la espalda. Te estoy hablando y estoy tratando de saber qué diablos te pasa, no me respondas tonterías. - Su tono de voz fue muy duro, pero trataba de controlarse. Todos los sirvientes andaban de aquí para allá y no quería echar todo a perder.

- ¿De verdad me extrañaste mucho, mientras estuve fuera con tu padre? – Preguntó en tono irónico.

- Todo el tiempo y no sigas evadiendo mi pregunta.

- ¡No evadas tú la verdad! - Sus ojos tenían un verde oscuro, más oscuro que nunca.

- ¡No sé de qué hablas!

- Fersen, maldita sea… - Habló con dolor, agachó la cabeza y se escuchó el rechinar de sus dientes. Tampoco él quería que se echara todo a perder, pero la ira era muy grande. ¿Ira?, no, ira no, eran celos.

- ¿Qué hay con él?

- Estuviste toda la tarde con él.

- ¿Y?

- No trates de hacerte la inocente. – Volvió a mirarla fijamente. - Sé muy bien que estás feliz de que haya vuelto.

- Claro que sí, tú también deberías estarlo, es nuestro amigo y ha regresado vivo de una guerra.

- ¿Crees que no se qué es lo que sientes por él?

Oscar no se esperó esa revelación y menos en aquellas circunstancias. Sintió un peso en el alma ¿André lo sabía? Claro, claro que lo sabía, ella se lo había dicho sin la necesidad de pronunciar palabra. ¿Estaba tan molesto por eso?

- Es eso. – Susurró.

- Claro… - Quiso darle la espalda nuevamente pero ella lo evitó una vez más.

- Déjame hablar, por favor. – Rogó en tono suave, sus ojos ya no cargaban ira. Haló a André de sus manos y lo acercó a ella. – Hubo un tiempo en que yo creí amarlo.

- No me obligues a escucharte, mejor vete. - Lo dijo lo más despacio posible, y su tono de voz era el más triste sobre la tierra.

- No me iré, pon atención y déjame explicarte. - Lo abrazó. Aunque no obtuvo respuesta ella lo abrazó y hundió su rostro en el pecho ancho y fuerte de André. - ¿Sabes por qué vine?

No respondió.

- Vine porque tenía muchas ganas de verte. – Lo miró fijamente y lo tomó de la barbilla. - De besarte. - Así lo hizo. Su beso fue lento y lleno de amor. Sin embargo, André estaba tan cegado por los celos que no le respondió.

Él rompió el beso y la apartó suavemente.

- ¿Me estás teniendo lástima Oscar, has venido a decirme que lo amas y esta es tu forma de despedirte?

No lo pudo evitar y comenzó a llorar. ¿Por cuánto tiempo lo había herido de esa forma, cuánto lo había lastimado? Al único ser que amaba con toda el alma.

- Te amo André, por favor no me hables así, no ves que me lastimas a mí también… - Oscar sintió que su cuerpo pesaba más de lo normal y cayó al suelo desconsolada.

Los brazos de André la rodearon y sintió un tibio beso en la cabeza. Ella se apoyó en su pecho, lloró y le pidió perdón. Eso era peor para él, que pensaba que el fin de su hermoso sueño se acercaba. Sin embargo, ella comenzó a hablar y decidió escuchar todo lo que tenía que decirle.

- Durante mucho tiempo, creí que lo amaba… creí que estaba enamorada de él y sufría porque me daba cuenta que solo tenía ojos para otra. - André sabía perfectamente quién era aquella persona. - Y por otro lado, enfurecía si te veía con alguna mujer, no entendía nada de lo que sentía, todo era un enredo en mi interior, solo tenía claro que todos podían irse al mismísimo infierno si querían, pero a la única persona que quería por siempre a mi lado eras tú, y por fin he entendido todo esto dentro de mí, y me di cuenta que nunca sentí por Fersen, ni si quiera algo parecido a lo que siento por ti, nunca sentí desesperación sino lo veía, en cambio si tú te ibas… hasta enfermé y hoy vine aquí porque tenía ganas de darte un beso… y llego y tú me dices todas estas estupideces… - Y lloró y lloró por mucho rato en su pecho, todo lo que quiso hasta que se calmó.

- Mi amor, perdóname, me cegué, me dijeron que te pasaste toda la tarde con él… y yo… - Oscar selló sus labios con un beso desesperado, con un beso que rogaba que jamás dudara de ella, y cuando se dieron cuenta, ya estaban echados sobre un motón de paja.

- Te haría el amor aquí mismo pero si entra alguien, todo lo que queremos se irá por la borda. - Oscar sonrió. Estaba feliz de ver al André de siempre.

Se levantó y arregló. Él hizo lo mismo y decidió acompañarla a desayunar.

Mientras cruzaban el jardín para dirigirse al comedor, una muy alborotada Mathilde se les acercó.

- Mi lady, la he estado buscando, hace mucho que su nana le sirvió su desayuno.

- Justo voy a eso.

- Muy bien, por cierto, joven André, me enviaron al mercado y necesito que me ayude a cargar las bolsas, lo espero en media hora en la puerta principal.

- Claro.

- ¡Nos vemos! - Sonrió y se marchó.

André no pudo decir más, el rostro de Oscar era único, y no tuvo que adivinar que ahora ella estaba muy celosa.