EL RITMO DE LA VIDA

Capitulo 12

"Divergencias Inminentes"

La luna menguaba en el cielo. Y su pálido rostro miraba hacía el suelo ¿Cuántas cosas no verá la luna en una sola noche? Asomada desde el firmamento, observando silenciosa miles de historias perpetrándose en la tierra.

- - -

Al final de la calle por la que caminaba había una silueta que no alcanzaba a distinguirse del todo bien. Por un momento pensó que lo mejor sería retroceder, pero mientras más se acercaba más nítida se hacía, y cuando estuvo suficientemente cerca, pudo reconocer al hombre que se apoyaba en el poste de luz, así que no sintió temor. Cuando Sora por fin pasó a su lado, para su sorpresa, él la tomó repentinamente del brazo hasta hacerle daño. Trató de alejarse pero el desconcierto y la fuerza de su agresor se lo impidieron.

Sora maldijo interiormente. Solo eso le faltaba para hacer su día aún más perfecto: un asalto.

Trató de alejarse, pero el desconcierto y la inesperada fuerza de su agresor se lo impidieron.

-Dame tu bolso –le exigió bruscamente dejando entrever entre su abrigo harapiento la brillante hoja de una navaja.

Sora no opuso más resistencia. De lejos había identificado la cicatriz en forma de punta de flecha que marcaba su mejilla izquierda. Era el señor de humilde aspecto que le había llamado la atención mientras veía a Tai jugar en el parque.

Sora, a pesar del inevitable miedo que daba aquella espantosa situación, no pudo evitar sentir lástima por ese pobre sujeto, que en un instante de lucidez a pesar del peligro, imaginaba debía verse obligado a robar por necesidad.

Sin embargo, la navaja continuaba brillando de forma amenazadora al contacto con la luz mortecina que emitía el alumbrado público. Sora, aún retenida por su asaltante, miró con temor y tristeza como, después de arrebatarle el bolso, el andrajoso ladrón buscaba entre sus pertenencias algo de valor desesperadamente. El dolor que le ocasionaba la opresión del brazo, y el horror de aquella situación empezaban a marear a Sora, así que cuando, al otro lado de la calle se escuchó un grito, ella no supo reaccionar ni comprender qué era lo que pasaba.

-¡Aléjate de ella! –había gritado Yamato, quien se encontraba al otro lado de calle, a una distancia considerable.

El asaltante, al verse en problemas, tomó a Sora por el cuello, para luego de acercar la navaja a su garganta.

-¡Si te acercas más, le rebano el cuello! –amenazó también a gritos.

Pero su voz sonaba tan asustada que parecía imposible que cumpliera su amenaza, así que Yamato, en lugar de retroceder, como demandaba el agresor, se adelantó con rapidez. El ladrón, al ver que su amenaza había sido ignorada, entró en pánico, e incapaz de cumplir con su amenaza, decidió que era momento de huir.

En su desesperación lanzó a Sora al suelo con fuerza, y echó a correr con la cartera de su víctima.

Sora, cayó con tal impulso que, en un intento de apoyarse en las manos, terminó raspándose las rodillas y lastimándose los brazos con el desnivel de la acera. El frío e irregular asfalto la recibió con dureza, haciéndole sentir un intenso dolor que de momento le impidió levantarse. Desde el suelo, solo pudo ver como Yamato se precipitaba sobre el ladrón y cómo lanzándose sobre él, lo derrumbaba con violencia para después, entre forcejeos, le propinaba golpes dirigidos en su mayoría al rostro con tal falta de compasión que Sora se horrorizó.

-¡Matt, no! –vociferó asustada. Temiendo que entre los golpes, el criminal hiciera uso de la navaja. Deseaba que lo dejara huir y que aquello terminara.

Pero la ira estaba tan apoderada de Yamato que no la escuchó, y al contrario, arremetió con mayor fuerza contra aquel miserable delincuente que, contrario a los temores de Sora, no solo no había empleado contra Matt el arma blanca de que era portador, sino que yacía medio inconsciente sobre el asfalto tratando inútilmente en su debilidad, de quitarse al rubio de encima.

El temor turbaba a Sora, quien a cada segundo transcurrido y a cada golpe asestado se le contraía el corazón desasosegado, cuyos latidos le golpeaban el pecho dolorosamente ¿Por qué no aparecía nadie que detuviera aquello? El rosto de Yamato, contraído por la furia la aterraba, no comprendía por qué no se detenía, ¿Por qué continuaba lacerando a aquel sujeto, cuyas fuerzas se esfumaban? Sintió miedo de que llegara a matarlo.

-¡Pagarás, maldito bastardo! –le gritaba mientras continuaba propinándole golpes que ya no eran correspondidos.

-¡Matt, detente! –Exclamó Sora aún sobre el asfalto pensando en el rostro desfigurado de aquel hombre, pero Yamato no cedía y a cada instante, aunque parecía imposible, sus golpes aumentaban de intensidad- ¡Detente, ya déjalo! –insistió abrumada.

Pero él no lo dejó. Parecía incapaz de detenerse.

Sora, no podía continuar observando tal brutalidad, le era imposible; así que haciendo acopio de voluntad, se levantó con dificultad; estaba adolorida y podía sentir los latidos punzantes de las magulladuras en sus extremidades; sin embargo, trato de avanzar tan rápido como le era posible hasta donde ellos se encontraban, esperando poder detener la irracionalidad de atroz violencia que cegaba Yamato. El asaltante, que en un principió había tratado de defenderse, ya no se movía.

Cuando por fin llegó a su lado, Sora trató de tomar a Yamato por el brazo, pero sin conseguirlo. No sabía qué hacer, él no respondía a sus suplicas. Así que en un intento desesperado de que aquello terminara, tiró con toda la fuerza que pudo de la camisa jalándolo había un costado, hasta forzarlo a caer. Fue entonces cuando por fin se detuvo y ella se pudo acercar al ladrón para observar su estado. Su rosto desfigurando e hinchado entre moretones la hizo retroceder un poco, pero por fortuna, aunque muy herido, seguía respirando.

Yamato permaneció unos minutos en el suelo resoplando y tratando de calmar su ira. Se podía observar como su rostro volvía a ser el de siempre de manera gradual.

Sora se acercó a él en silencio deteniéndose de pie a su lado, aunque sus ojos entornados seguían posados en el cuerpo inanimado de aquel infortunado delincuente, y en ellos se mezclaban una especie de indignación aunada a una honda tristeza.

En el momento no dijo nada, estaba quieta esperando a que Yamato recuperara la compostura. Cuando él por fin se levantó, tenía la respiración agitada y en cuanto le dirigió la mirada, lo abofeteó fieramente.

-¿Qué rayos sucede contigo? –le recriminó - ¡Casi lo matas a golpes!

Por un momento Matt, sorprendido, no entendió lo que ocurría. Aquella reacción lo paralizó. Pero al instante siguiente reaccionó indignado.

-¿Qué te sucede a ti? ¡Éste tipo pretendía cortarte la garganta! –se justificó sin entenderla

-¡Solo quería mi cartera, no era necesario que lo golpearas de esa manera! –dijo mirándolo incomprensiva-, y esos yenes bien podrían servirle más a él que a mi…

-¡Maldita sea, Sora! ¿Puedes por un momento de dejar de actuar como una buena samaritana? –exclamó Yamato -¡No se trata del dinero! ¡Él te estaba atacando!

-¡Pero al final me ha hecho más daño porque interviniste! –le gritó sin contemplaciones haciendo evidentes los raspones sucios de sus rodillas y brazos

-¿Qué se supone que debía hacer? ¿Dejar que se llevara tu bolso y darle las buenas noches? No sé si lo notaste, pero te acabo de salvar…–se defendió Yamato exasperado- ¡Oh, no! A como tú vez las cosas, seguro que también debería haberle lanzado mi billetera…

-¿Cómo puedes justificar lo que has hecho? ¿Por qué no lo dejaste huir simplemente? Nadie iba a extrañar esa estúpida cartera

-¡No se trata de la cartera ni del dinero que contenía, Sora! ¿Por qué no entiendes que no se puede sobrevivir en este mundo solo siendo bueno y siguiendo tus estúpidas reglas moralistas?

-Nadie habla de reglas o moral, Matt –dijo Sora dándole la espalda para después alejarse y tratar de levantar al ladrón herido-, solo espero hacerte comprender que lo que estabas golpeando hace un momento era un ser humano…

-¡Demonios, Sora! ¿Qué es lo que no te entra en la cabeza? Este mundo es caótico. No puedes compadecer a quien te hace daño –y mirando dolorosamente sus heridas continuó- y yo no puedo, menos aún, compadecer a quién te ha hecho a ti…

-¿Acaso crees que vivo en una esfera de cristal ajena al mundo real? –Continuó Sora ignorando aquellas últimas palabras que, en su corazón, la hacían sentirse injusta- Yo sé que este mundo esta sobrepoblado de maldad y de perfidia, que es preferible no confiar y que no todos son merecedores de compasión; sin embargo, prefiero ser tachada de idiota, ingenua o insensata, antes que ser como la gente de este mundo infectado por la inmisericordia. No quiero esperar lo peor, prefiero otorgar el beneficio de la duda, anhelando lo mejor, y tampoco espero mal para quien me lo hace, siempre he de repeler aquellas ansias de venganza que a tantos satisfacen. Me rehúso.

Yamato se pasó una mano por el cabello, abatido.

-Simplemente no comparto tu visión del mundo –dijo cansinamente ¿Por qué tendría que ser tan complicada? ¿Por qué tendría que estar dotada de ese gigantesco e incomprensible sentido de justicia tan inapropiado en la era despiadada en que nos encontramos? Y peor aún, ¿Por qué tenía él que sucumbir ante argumentos en los que no creía, solo por que se derramaban de los labios de aquella pelirroja que cuanto más se alejaba de su entendimiento, más se adentraba en su corazón?

-Debemos llevarlo a un hospital –dijo ella sin deseos de continuar aquella conversación. Se acerco al delincuente que presa aún de la inconsciencia se extendía cuan largo era en la calle vacía y trató, aunque a duras penas, de levantar aquel cuerpo inerte que fácilmente pesaba el doble que ella.

La límpida luz del alumbrado público que se divisaba lejano iluminaba pobremente lo alrededores, y las sombras de los edificios aledaños dibujaban formas tristes en la superficie negra y helada del suelo, inundado todo de un silencio inquietante. Parecía mentira que sólo a un par de calles se encontrara la avenida atestada del bullicio nocturno de la que Matt había huido en busca de Sora, hacía tan poco. Así pues, sin decir nada, apenas sintiendo la abrumadora sensación de una realidad que resultaba absurda, aparto a Sora del sujeto y se lo llevó a cuestas.

Era raro. No importaba cuan en desacuerdo estuviera con ella, poco importaba su propia opinión si podía hacer algo por ella. De haber querido, podría haber refutado, podría haberla aleccionado respecto a lo que realmente mueve al mundo y haber parloteado una hora entera sobre los intereses particulares de cada quien y sobre como el egoísmo es el sentimiento universal, pero poco valía el tener la razón -como él creía que la tenía-, cuando se hablaba con Sora, pues nunca se pondrían de acuerdo. De hecho, en lo que más congeniaban era en esa confianza de creer que tenían siempre la razón y en esa arraigada testarudez de querer imponerla.

- - -

Y al final, todo en la vida no es más que una constante ironía, pues la víctima y su salvador, terminaron llevando al ladrón al hospital.

Al registrarlo, no mencionaron nada sobre el asalto, solo dijeron que lo habían encontrado herido en medio de la calle. Por su parte, Sora se negó a que se tomara en cuenta su heridas que consideraba insignificantes y de las que, aseguró, se haría cargo cuando llegara a casa.

En la sala de espera Sora y Matt, sentados uno al lado del otro, esperaban algún informe.

La noche, afuera, era negra. Tan negra como puede ser poblada de cientos de luces nocturnas.

Sentados en la sala de espera, rodeados de la plana seriedad que expiden los hospitales, el silencio se comía al sonido, y los murmullos provenientes del cubículo de la recepción se perdían en aquella sobriedad que resultaba insulsa y monótona. Aunque en realidad, en aquel momento todo, sin excepción, parecía irrelevante e insulso. Aquella mañana hubiese resultado absurdo pensar que se encontrarían, solo unas horas después, en aquella situación.

-¿Cómo un día que parecía normal ha acabado de esta manera? –preguntó Yamato a nadie en particular. Y recargó su cabeza contra la pared del hospital, mirando el techo de cuadrados plafones blancos.

Sora no dijo nada. Estaba sumida en un mar de grises pensamientos.

A Matt verla apesadumbrada le ponía los nervios de punta. Le resultaba insufrible tolerar que fueran sus ridículos idealismos los que le impidieran ver las cosas con objetividad, haciéndola sentir mal por las culpas ajenas ¿No era acaso ella quien debía ser consolada y compadecida en lugar de aquel individuo, quien para empezar, fue el culpable de todo? ¿Por qué tendría él que fingir que esperaba su pronta recuperación? por él, bien podría pudrirse en el infierno; y fue así, presa de la impotencia de no poder hacerla entender, que decidió imponerse y sacarle esas ideas de la cabeza.

-Vamos, Sora. No puedo creer que estés seriamente preocupada por ese sujeto –dijo acomodándose en el incomodo asiento

-¿Por qué no? –replicó ella indignada

-Mira, Sora. No se trata solo de que sea un ladrón, ese sujeto es un criminal –explicó él irritado, quería hacerla comprender que el peligro en el que se había encontrado era alarmante

-Eso lo sé. Y aún siendo así no merecía lo que le hiciste –le espetó-, si lo hubieses dejado ir con el dinero, no tendríamos por qué estar aquí.

-¡El te estaba haciendo daño, Sora! –insistió Yamato incapaz de comprenderla- ¿No has pensado en que quizás no pensaba conformarse con tu dinero? Podría haberte hecho mucho daño. Podría haberte violado y luego enterrarte esa navaja en el cuello para después tirarte en un contenedor de basura ¿No lo entiendes? No importa cuánto quieras enmendar a este mundo; es causa perdida. Y solo nos queda atacar para no ser devorados por su maldad. Tus ideales se esfuman junto con las palabras que pronuncias. Por más que lo desees la gente nunca será como tú lo esperas.

-Yo sé que la gente jamás será como lo decida mi voluntad –afirmó Sora- pero sí sé que él solo quería la cartera…

-¿Cómo puedes saberlo? –le cuestionó exasperado, intentando no levantar la voz para no atraer la atención de la recepcionista, que en realidad, parecía demasiado ocupada como para prestarles atención

-Lo sé por que ya lo había visto antes –confesó Sora con un dejo de ansiedad- fue en el parque, y no me pareció la clase de persona que haría daño a nadie. Estoy segura de que solo me asaltó por necesidad, tiene un hijo pequeño y…

-Solo eso faltaba –se quejo Yamato-, tratas de justificarlo… Y no puedes estar segura. El que lo hayas visto con su hijo no cambia nada. Hay personas que tienen una docena de niños y eso no los hace mejores o más responsables ¿Cómo puedes saber que pensaba alimentar a su familia con tu dinero y no que iba a comprarse un botella para perderse en el vicio?

-Es cierto que no puedo estar segura –admitió-, pero como dije, todos merecemos el beneficio de la duda. Yo quiero creer que es una buena persona, por que considero que tiene motivos para serlo.

-Sora, tú siempre quieres creer lo mejor de las personas –dijo con impaciencia, y luego agrego con desprecio-, y las personas, la mayoría de las veces, no merecen el beneficio de la duda.

Sora negó con la cabeza y puso los ojos en blanco como si Yamato no pudiera ver lo evidente, pero estaba demasiado cansada como para replicar todo lo que se le venía a la cabeza. Quería decirle que si no fuera por las segundas oportunidades, este mundo dejaría de girar. Que ver todo negativo no cambia nada, pero que un solo pensamiento positivo es capaz de cambiar el universo.

Ambos giraron las cabezas en distintas direcciones, incapaces de ponerse en los zapatos del otro ni tratar de comprender los pensamientos ajenos ¿Acaso era tan difícil para Sora comprender que Yamato solo se preocupaba por ella y que había actuado impulsivamente por el miedo que le dio verla herida? ¿No era igual de incomprensible que Yamato no pudiera ver la preocupación de Sora por la salud del ladrón quien debía de regresar a su hogar con su pequeño, y que éste seguramente se pondría muy triste de ver a su padre herido y magullado? La verdad es que no es fácil tratar de ver la perspectiva ajena, en especial cuando esta se opone a la tuya. Pero ¿Acaso no valía la pena intentarlo por la persona que se encontraba a si lado?

Parecía que una enorme distancia los separara.

Y aquella distancia subjetiva era como un foso negro y profundo, que no se animaban a franquear. Sora pensaba en la miseria del ladrón y Yamato pensaba en las palabras de Sora. Se preguntaba cómo era posible que alguien defendiera a la persona que le había hecho daño, es decir, el mundo real no funciona así. Nadie aboga por su agresor; nadie perdona con facilidad, y si lo hace, no olvida que lo hizo… Pero allí estaba Sora, dispuesta a sermonearlo a pesar de que su única intención era protegerla, y se preguntó porqué tenía que gustarle una chica tan complicada... Y bastó voltear a verla para recordarlo. Sus ojos cobrizos estaban fijos en el suelo, tenía las manos sobre las rodillas y su semblante reflejaba angustia… ¿Cómo no quererla? No solo era bella e inteligente, si no que estaba llena de convicciones que él nunca entendería, de ideales estúpidos y de esa enorme capacidad de ejercer la bondad, que tanta gente desconoce como virtud. Era mil dilemas y mil misterios. Y él no podía evitar querer desenredar esos dilemas y desvelar todos los misterios. Quería saber qué ideas pasaban por su cabeza cuando lo miraba o que pensaba a cada momento y todo, esperando poder comprenderla algún día. Fue entonces cuando decidió franquear aquel poso obscuro que los separaba, deshaciendo aquel silencio. Solo necesitaba una frase. Quería decir algo. Lo que fuera. Pero al final, fue ella quien habló primero.

-Cuando llegaste en mi auxilio me sorprendí –empezó torpemente-, me sorprendí muchísimo. Yo no pensé… No pensé…

-No pensaste que iría tras de ti ¿cierto?

-¿Cómo me encontraste? Habías entrado al restaurant cuando me fui… Había mucha gente –recordó mirando sus rodillas cómo si aquello hubiese ocurrido mucho tiempo atrás

-Instinto… se me da natural –dijo encogiéndose de hombros. Aunque la verdad era que había corrido como psicópata entre los peatones y había entrado en muchas callejuelas vacías antes de dar con ella.

-Y dejaste a Mimi sola –dijo pausadamente sin creerle - ¿Por qué lo hiciste?

-¿Pensaste que te dejaría irte sin más? –preguntó él y luego de ver como Sora asentía sin voltear a verlo, dijo-, lamento haber tardado tanto

Sora no dijo nada en ese momento. Miraba el reloj. Parecía increíble que solo hubiese pasado una hora desde que saliera de su empleo. Una hora desde que huyera de aquella calle concurrida donde había encontrado a Yamato y su nueva compañera de apartamento.

-¿Qué le dijiste? –dijo sin pensarlo, aunque preguntó sin sentir verdadera curiosidad-, me refiero a Mimi, ¿Qué le dijiste cuando la dejaste sola?

-La verdad no lo recuerdo –mintió pasándose una mano por los rubios cabellos-, seguramente me disculpé o algo parecido. En realidad solo regresé con ella para pagar la cuenta…

Sora sonrió ¿Era posible que hasta en esos casos fuera encantador?

- Después de todo, yo la había invitado –dijo Yamato encogiéndose de hombros, alentado por la sonrisa de la pelirroja- Aunque no fue el mejor momento para portarme caballeroso –admitió-, debí haber ido tras de ti de inmediato…

-No tenías por que haberla dejado –lo cortó Sora, y luego de dirigirle la mirada agregó-, aunque me alegra que lo hayas hecho. De verdad.

Yamato la miró durante un momento contemplando sus grandes ojos, que reflejaban sincera gratitud, y un instante después, con la naturalidad de quien lo hiciera todo el tiempo, pasó el brazo por sus hombros.

Sora aceptó aquel gesto sin decir nada. Y se instalaron en la calidez de aquel abrazo consolador. Era sorprendente lo sencillo del gesto y lo bien que se sentía. Ella apoyada en su pecho y él aspirando la suave esencia de sus cabellos rojizos. Hubiesen podido durar horas así. Matt, recargado su cabeza en la de ella, veía como sus cabellos rubios caían sobre los de ella, que sedosamente enmarcaban su rostro. Sus pestañas se entreveían entre aquellos hilos rojizos. Era una sensación magnifica y sobrecogedora por su perfección. La tenía entre sus brazos. Sentía cada una de sus suaves respiraciones y alguno que otro suspiro… Cómo si, después de todo, ese horrible día valiera la pena.

De improviso, se sorprendió pensando en sus compañeros de la banda, a quienes había dejado plantados sin remordimiento por qué pensó que saldría con Sora, ¿Qué dirían si supieran que la chica que lo había trastornado durante los últimos tiempos lo había rechazado y que ahora estaba cálidamente recargada en él y envuelta en sus brazos? De pronto se percató de que Sora nunca lo había escuchado tocar… Se preguntó si le gustaría la canción que había inspirado… De hecho, nunca había llevado a ninguna chica a sus ensayos, en especial porque aquel viejo almacén, estropeado y lleno de polvo, nunca le pareció la clase de sitio donde las chicas con las que solía salir, les apeteciera estar más tiempo del estrictamente necesario para escucharlo tocar. Sin embargo, pensó que Sora le encantaría. Y estaba seguro que a los chicos también les encantaría conocerla. Casi podía escuchar los silbidos de impertinente aprobación de Akira, o ver la sonrisa burlona de Yukata, incluso imaginar algún gesto discreto por parte de Takashi. Y de no haber sido por lo tarde que era, la hubiera llevado en aquel mismo instante.

Se sentía muy bien y de no haberse encontrado en aquella infortunada circunstancia a sabiendas de que Sora seguía preocupada, se podría haber autoproclamado dichoso.

Y así, la realidad, siempre a la espera de desvanecer sueños ligeros, se presentó en forma humana para sacar a Yamato de sus agradables pensamientos. Una enfermera se acercó a ellos y Sora, atenta a las noticias que les pudieran proporcionar, se separó de Yamato, a quien le pesó deshacerse de aquel agradable tacto.

Lo que les dijeron, era lo que Yamato ya había imaginado. Las heridas eran, en su mayoría, contusiones que solo sanarían con el tiempo y algo de reposo, que el paciente había despertado de su inconsciencia, pero que podía pasar la noche en el hospital para mejor atención de sus necesidades y que podría partir al día siguiente con recomendaciones mínimas y algunos medicamentos para acelerar el proceso de recuperación. Pues por fortuna, y a pesar de la cantidad ingente de golpes que había recibido, no había ni un hueso roto.

-Si lo desean, pueden pasar a verlo ahora –dijo la enfermera atentamente, a lo que lo que Matt y Sora se miraron el uno al otro sin responder.

Al final Sora terminó entrando a ver a su agresor, algo a lo que Yamato se negó terminantemente y con lo que, en definitiva no estuvo de acuerdo. Estaba seguro que de verle la cara no lo pensaría dos veces en dejársela aún más morada de lo que seguramente la tenía ya. Pero su oposición no contagió a Sora, y no pudiendo evitar que ésta entrase, se conformó con esperarla en la recepción, donde se encargó de los gastos médicos pertinentes, enteramente convencido de que, no conforme con compadecerle siendo ella la agraviada, Sora querría hacerlo de su bolsillo.

No tardó mucho, y cuando se hubo reunido con él, se adelantó a responder la pregunta que sabía, Yamato tenía en la punta de la lengua.

-No he hablado con él –dijo a la vez que avanzaban hacia la salida de emergencias-, estaba dormido.

Al escuchar aquello Yamato supo, tan bien como lo sabía ella, que aquel ladrón -en su cobardía según Yamato, y en su vergüenza, según Sora-, había fingido su sueño.

Salieron por la entrada principal de aquel hospital, que irónicamente se encontraba relativamente cerca del edificio departamental Komatsu.

Yamato no quería llegar, no quería separarse de ella sin saber si dormiría bien. Tampoco quería soltar aquella mano que había tomado sin pensarlo, y que ella había aferrado con dulzura. Deseaba caminar a su lado toda la noche, quería poder decírselo en voz alta y deseaba pensar que ella quería lo mismo. Pero no lo dijo. Caminaban a mitad de calle, por ahora desierta de automóviles, dejándose guiar por aquella calle que tan bien conocía. Disfrutaba de ese friíto nocturno que acaricia, y de la ligereza con la que Sora caminaba, cuando la volteaba a ver, no podía evitar sonreír. Su delicado y hermoso semblante serio se dirigía al cielo. Quizás veía la luna que apenas si se podría entrever en aquella jungla de edificios, o tal vez buscaba las estrellas que rara vez se veían en Tokio. Sin embargo, Yamato lamentaba cada paso que los acercaba a su destino, cada escalón que subían ya dentro del edificio, pues sentía con desánimo, acercarse la despedida.

Sora, también sumida en sus pensamientos, ya no pensaba, caminaba de forma maquinal, paladeando el quedo sonido de aquellos pares de pisadas que los aproximaban a cada instante, a su hogar. Eso era lo único que quería: llegar a su casa y poder descansar de una vez por todas. Poder dejarse caer en su cama después de un día que se le antojaba larguísimo y descansar los exhaustos miembros de su cuerpo. Aún le dolían las rodillas y los brazos. No tenía nada de ánimos de verse los raspones que tendría que llegar a curar y desinfectar. Estaba tan cansada que sentía que en cualquier momento se desplomaría de sueño. Lo único que la forzaba a continuar a través de las calles y luego, después de las escaleras, era aquella cariñosa fuerza con que Yamato sujetaba su mano. Su tacto suave y cálido era la razón de que pudiera seguir avanzando. Él, con su apoyo, le daba la fuerza para continuar pues, aunque sabía que si se lo hubiese pedido, él había estado encantado de llevarla en brazos hasta su puerta, no se quería dar por vencida ni parecer débil. Quería merecerse el descanso, pues sabía que mientras más agotada llegara, más sencillo le resultaría caer rendida.

Se alegró infinitamente cuando estuvieron en el pasillo de su piso. Y aún más cuando estuvieron frente a la puerta con el #707 en la entrada.

Se detuvieron.

Aún sin soltarse las manos, se miraron. Sabían que era tiempo de decir adiós.

Yamato no quería ni abrir la boca, si es que eso retrasaba, aunque fuera solo por unos segundos, su despedida. Y Sora tan cansada como estaba, esperaba que no resultara muy duro desprenderse de él, y quizás por eso mismo, trataba de ignorar aquella vocecita interior que demandaba un sueño reparador.

-Entonces -empezó ella con un suspiro-, nos vemos.

-Si… -respondió el sin soltarla aún.

Sora sonrió débilmente. Y luego de acercarse a él muy lentamente, se alzó de puntitas y le dio un beso en la mejilla. Solo eso, y tan ligeramente, que apenas fue un roce.

Con delicadeza se desprendió de su mano y entró a su departamento sin detenerse siquiera a ver la expresión de Yamato, quien apenas se hubo quedado solo en aquel largo pasillo, comenzó a caminar hacía las escaleras, lamentándose con una sonrisa el no haberse adelantado primero, para besarla en los labios.

- - -

Cuando Sora cerró la puerta tras de sí, aún con la sensación de aquella mejilla en los labios, se encontró de frente a varios montículos de cajas y un desalentador desorden. Por un momento se había olvidado de que tenía compañera. Realmente no tenía muchas ganas de ver a Mimi. Y tampoco sabía cómo se iba a comportar con ella cuando la viera. Qué lío. Estaba demasiado agotada como para pensar en ello, así que abriéndose camino entre aquel desastre, llegó a la puerta del baño, donde pensaba podría asearse y así por fin meterse a la cama para poder pensar con tranquilidad sobre los sucesos ocurridos en el día y finalmente dormir. Pero cuando giró la perilla, ésta no cedió.

Valla, esa sería una de las cosas a las que tendría que acostumbrarse: Compartir.

Estaba a punto de darse desanimadamente la vuelta, cuando la puerta se abrió y se encontró con una Mimi irreconocible, completamente desmaquillada, y con apariencia de haberla estado esperando.

Continuará…

.

.

.

.

.

.

N/A:

Si! Por fin el capitulo 12! Debo decir que me ha encantado escribirlo, de veras. Y también espero que les haya gustado. Me alegra poder subirlo antes de entrar a clases, y espero volver pronto con algo nuevo. El capitulo siguiente trae nuevas sorpresas, pues no es sino hasta ahora que la relación de Matt y Sora se ha forjado de veras, y espero que estén tan ansiosos como yo, por ver lo que les espera.

Nuevamente gracias a los lectores que se molestan en dejarme reviews que, debo decir, en esta ocasión se han pasado de halagadores. Me hacen sonreír. Muchas muchas gracias y claro, cualquier queja, sugerencia o anhelo también es bienvenido ^^ Gracias a: MissCullen9, SoraTakenouchii, CieloRosa, RockPink94, Lady of Dark and Delirium, FaBiiOoLiXx y NikkissLove53

Besos,

Kuchiki Rukia-chan

P.D.: Recomendación musical esta ocasión, a falta de música en el fic, es "Take a Bow", que aunque es de Rihana, lo confieso, la prefiero con Leah Michelle, perteneciente al elenco de Glee.