Capítulo doce

—¿Crees que nos dejarán en paz? —preguntó Quinn cuando entró en la sala, después de acompañar a Rita y a Joseph hasta la puerta.

Nick estaba absorto en sus pensamientos y fue Rachel la que respondió:

—No lo sé, pero has dado en el clavo con esos dos. Sólo les importan las apariencias. Mientras piensen que su hijo saldrá del armario si montan un escándalo, se mantendrán alejados.

Rachel se dirigió a Nick, cosa que Quinn agradeció. Le costaba trabajo hablar con Rachel.

—Has hecho lo mejor para cortar esto de raíz. —Nick asintió dos veces, pero parecía como si le hubiesen arrancado el corazón.

—Aún no puedo creer que lo sepan. —Nick miró a Quinn en busca de apoyo.

—Sabías que algún día tendrías que decírselo —comentó Quinn con delicadeza. Nick parpadeó.

—Sí. Pero creí que me sentiría más aliviado. —Se dio una palmada en los muslos y se los frotó. Sonrió, pero su cara reflejaba aturdimiento, no alegría—. Creo que esto hay que celebrarlo con un helado y una película. ¿Os apuntáis?

Rachel se aclaró la garganta.

—Gracias por la invitación, pero debo volver a Portland.

Nick miró a Quinn y ésta desvió la vista. Rachel no apartaba los ojos de ella. «Así se acaba la historia.»

Nick se levantó, claramente incómodo por la tensión reinante.

—Voy arriba a ver si a Judy y a Emily les apetece salir a dar una vuelta. Rachel, en otras circunstancias... —Nick extendió la mano y Rachel se la estrechó.

Quinn esperó a que Nick saliese de la sala.

—¿Seguro que no quieres quedarte otro día? Si te apetece, puedes hacerlo.

Rachel la miró. Quinn parecía decepcionada.

—Prefiero no conducir de noche si puedo evitarlo. Es mejor que recoja mis cosas. —Quinn dejó que Rachel se fuese porque no sabía qué más podía hacer. Ciertamente no quería que se marchase, pero tampoco la había engañado. Necesitaba algo más que sexo de vez en cuando.

Mackenzie sonrió para complacer a su hija, pero le dio la sensación de que Nick y su madre no eran tan fáciles de engañar. El abrazo de despedida que le dio su madre duró demasiado, teniendo en cuenta que sólo iban a tomar un helado y a ver una película. En cuanto la puerta se cerró, la sonrisa de Quinn desapareció. Le dio tiempo a Rachel hasta que ya no pudo más y se dirigió a la habitación de invitados. Tenía el estómago convertido en un amasijo de nervios. Quinn llamó a la puerta, pero no esperó a que Rachel le respondiese.

Rachel estaba en medio de la habitación, con una mirada interrogante. Quinn se acercó a ella y la abrazó. El abrazo le proporcionó el contacto que tanto ansiaba, pero no le dejó percibir la confusión de Rachel.

—Lo estás poniendo muy difícil —dijo Rachel contra el hombro de Quinn.

—No quiero que sea fácil.

—Pero dijiste...

—Ya sé lo que dije. —Quinn quería que Rachel entendiese que no la había rechazado. Intentaba explicarle que deseaba una relación basada en algo más que el sexo y en discusiones sobre quién había hecho daño a quién diez años antes. Estaba

harta de ocultar sus sentimientos. Había tenido una segunda oportunidad de mostrarle a Rachel su verdadera identidad y había fracasado. Quinn se derrumbó y Rachel la estrechó entre sus brazos como si quisiese trasmitirle su fuerza. Quinn hundió las manos en los cabellos de Rachel, y se besaron. Y en ese beso de despedida Quinn expresó todo lo que llevaba dentro.

A Quinn se le agarrotó la garganta cuando recordó que Rachel vivía a tres horas de camino, tenía una empresa, no le había prometido nada ni había dado a entender que buscase algo más que sexo en su relación.

Ella no podía seguir ofreciéndole sexo, pero sí podía hacerle el amor, demostrarle lo que era incapaz de expresar con palabras. Hizo ademán de desabrocharle la camisa, pero Rachel, la detuvo.

—Quinn, mírame. —Quinn obedeció y se arrepintió enseguida—. Me desconciertas totalmente.

—Sí, yo también estoy desconcertada. Pero quiero hacer el amor contigo. Ahora. Por favor.

El deseo de Rachel se impuso sobre su confusión.

«De acuerdo, no quiero hablar. Pero tenemos que hablar.» Quinn dejó a un lado aquellas reflexiones mientras desnudaba a Rachel. No perdió el tiempo haciendo lo propio: se quitó la ropa de cualquier manera y la arrojó al suelo. Tenía el vello erizado cuando tendió a Rachel sobre la cama y se acostó junto a ella.

Quinn abrazó a Rachel. Comprendió que se estaba despidiendo de ella, y le dolió más que si pensase que había sido una relación meramente sexual. «Debería decírselo ahora. Si se lo digo, tal vez no se marche. Pero si se lo digo y se marcha...»

Rachel había logrado ajustar cuentas por fin, pero no lo sabía.

Quinn dejó de obsesionarse y cubrió con su boca la areola de Rachel. Lamió el pezón lentamente hasta que formó un durísimo punto de placer. Rachel enterró los dedos entre sus cabellos, apremiándola para que continuase.

Quinn, incapaz de contenerse, colocó el cuerpo entre las piernas de Rachel y apretó el estómago contra la sedosa humedad. Le arrancó un gemido a Rachel antes de deslizarse hacia abajo. Le rodeó los muslos con sus brazos y la levantó hasta que la tuvo ante sí, abierta y hermosa. Temblaba mientras deslizaba la lengua sobre los sensibles labios mayores de Rachel, propagando calor y humedad antes de acercar la boca al clítoris y acariciándolo hábilmente con la punta de la lengua. Aspiró el aroma de Rachel, procurando ignorar las vibraciones de su propio clítoris. Luego, tras decidir que ambas habían aguantado demasiado, puso las manos bajo sus nalgas, induciéndola a que se abriese. Mientras la acariciaba, su lengua se introdujo en el lugar donde no le importaría pasar horas y horas. Empujó la lengua todo lo que pudo, extendiéndola para que lamiese las temblorosas paredes de la vagina. Quinn obtuvo todo lo que Rachel podía ofrecer. Las caderas de Rachel se movieron dibujando un sensual ocho que marcó un cómodo ritmo durante varios minutos.

Quinn casi lamentó que los dedos que acariciaban sus cabellos se mostrasen cada vez más apremiantes. Rachel ya no controlaba los movimientos de las caderas y su respiración era trabajosa. Quinn podía ralentizar las cosas, ganar unos minutos más de maravillosa unión, pero su propio deseo aumentaba con el de Rachel.

Entendió lo que quería Rachel cuando la sujetó con más fuerza e insistencia. Incluso entendió su reticencia ante el inevitable fin cuando la oyó gemir:

—Oh, no.

No había vuelta atrás. Rachel, agotada toda resistencia, estaba al borde del orgasmo. Quinn retiró las manos, situadas bajo el cuerpo de Rachel para sostenerla como

en un sacrificio, e introdujo dos dedos en su interior mientras elevaba la lengua y la acariciaba hasta conducirla ante las puertas del orgasmo. Cuando éstas se abrieron, Rachel se arqueó con violencia. Quinn estaba preparada y se apoyó en un brazo, negándose a apartar la boca hasta que hubiese saboreado la última gota del placer de Rachel como si fuera suyo.

Consiguió bloquear mentalmente el fuego que ardía en sus propias entrañas hasta que los gritos se convirtieron en suaves suspiros. Quinn apoyó la cabeza en la cadera de Rachel y se preguntó cuántas veces recordaría sus gritos de placer en sueños cuando regresase a Portland. Hundió los dedos entre las sábanas y separó las piernas para evitar la fricción. Se quedó sin respiración cuando observó que su cuerpo estaba decidido a arrastrarla hasta donde aún no deseaba ir.

—No te atrevas —murmuró Rachel y, en una sorprendente manifestación de fuerza, hizo que ambas rodasen y se colocó entre las piernas de Quinn. Ésta trató de ayudar, pero se le cerraban los párpados. No le quedaba más remedio que recibir el placer, aunque se daba cuenta de que significaba el fin. Recordó y repitió el «oh, no» de Rachel mientras su cuerpo galopaba en la cama. Rachel la penetró con caricias rápidas y seguras, apuntaladas por su muslo. Quinn gritó ante aquella gloriosa invasión. Su cuerpo se cerró contra los dedos de Rachel, negándose a perderla, mientras el orgasmo nacía en las yemas de los dedos de Rachel y ascendía en oleadas por su cuerpo hasta la cabeza, para descender luego otra vez hasta las puntas de los dedos de los pies.

Se ducharon, tocándose con respeto, y se vistieron sin decir palabra. Quinn salió de la habitación en silencio mientras Rachel guardaba sus cosas en el bolso. Por fin había llegado la hora de que Rachel se fuese.


Rachel notaba algo espeso y molesto en la garganta cuando entró en la sala. Quinn estaba en el centro de la habitación con los brazos cruzados.

—¿No quieres quedarte a cenar? Emily se disgustará si no se despide de ti.

Rachel clavó los ojos en su rostro. No creía que Emily se disgustase por su marcha. Sólo la había visto dos veces, aunque la niña siempre había manifestado alegría al verla.

—¿Y si te despides de ella en mi nombre? —sugirió Rachel. ¿Qué significaba todo aquello? Se suponía que tenía que salir por la puerta sin mirar atrás, para no volver nunca. Quinn había dicho que no podía mantener una relación de aquella clase con ella, por tanto ¿no se había acabado todo?—. ¿Te importaría darle también las gracias a Judy de mi parte? –Quinn asintió:

—Lo haré.

—Ahora sí que me marcho. Seguro que me espera una montaña de trabajo. —Era mentira. Asia la habría llamado si hubiese algo urgente. No habría ningún trabajo abrumador que sofocase aquel dolor cuando volviese a Portland: sólo un apartamento de paredes desnudas y muebles casi sin usar, que había elegido un decorador profesional.

—¿Me llamarás cuando llegues a casa? —Quinn parecía preocupada, pero Rachel se animó al instante. Aquello no era una despedida y, si lo era, no se trataba de algo definitivo.

—Sí, te lo prometo.

Sin darse cuenta, Rachel tenía el bolso apretado contra el pecho. Quinn extendió la mano para cogérselo, se lo quitó con suavidad y se acercó a la curva de su cuerpo.

«Dijo que quería que la llamase al llegar a Portland. No se ha acabado todo.

»Pues claro que se ha acabado. Vives a tres horas de aquí. Te explicó que necesitaba más de lo que tú podías ofrecerle.

»¿Por qué resulta tan doloroso?»

Rachel rozó con los labios la mandíbula de Quinn. Ambas mujeres permanecieron unidas y, si no hubiese sido por el leve tic-tac de un reloj, Rachel casi habría creído que su oración pidiendo que el tiempo se detuviese había sido escuchada. «Vete, Rachel. Vete de una vez.»

—Te llamaré —dijo y Quinn asintió. Llamaría. No sería capaz de no llamar, pero temía que con el tiempo se alejasen. Las dos se dedicarían a sus respectivos trabajos y las conversaciones serían cada vez menos frecuentes, hasta que una de ellas, seguramente Quinn, olvidase llamar. O peor, hasta que encontrase lo que buscaba en otra persona. Entonces no quedaría nada, salvo un agujero en el lugar que antes ocupaba el corazón.

La iniciativa del beso partió de Quinn y Rachel se aferró a él, pero Quinn no deseaba prolongarlo. Acercó la mano a la nuca de Rachel y con un dedo comenzó a dibujar caricias que casi arrancaron gemidos a Rachel. Quinn buscó de nuevo sus labios y le dio breves besos, dulces e increíblemente dolorosos a la vez. Rachel se imaginó con la espalda pegada a una dura pared de azulejos e imaginó también la agitación que uno experimentaba cuando le pedían, en realidad, cuando le imploraban, algo que no sabía hacer.

Quinn alzó la cabeza por fin, pero Rachel se resistió a abrir los ojos por miedo a la expresión de la otra mujer.

—Tengo algo para ti. —Quinn se apartó y cogió algo del sofá que Rachel no había visto: un paquete rectangular envuelto en una bolsa de papel y atado con cordel blanco. Se lo entregó a Rachel con manos temblorosas. Parecía distante, inexpresiva—. Ábrelo cuando llegues a casa.

Rachel asintió con la cabeza. Cogió el bolso y salió de la casa de Quinn Fabray, con los ojos borrosos, tratando de explicarse por qué diablos se sentía tan el bolso en el asiento trasero del coche y el paquete de Quinn delante. Parecía un marco de fotos, pero no le creía propio de Quinn regalarle una foto enmarcada.

Rachel puso el coche en marcha y salió a la carretera. Poco después estaba en la autopista de Portland, con la música a buen volumen para alejar de la mente ideas que la perturbaban. Sintonizó la emisora de música de los años noventa que le recordaba el instituto, lo cual ya no resultaba tan desalentador. Llamaría a Quinn en cuanto llegase a casa para agradecerle el regalo.

Rachel miró el paquete que estaba en el asiento del acompañante y se preguntó qué sería. Era evidente que Quinn deseaba mantener algún tipo de relación con ella; de lo contrario, no le habría hecho un regalo ni le habría pedido que la llamase al llegar a casa. Condujo durante cinco minutos sin poder apartar los ojos del paquete. Una señal le indicó que, tras la salida de Sisters Road, no había otra hasta después de cinco kilómetros. Rachel tomó la primera salida.

Tras pisar el freno de emergencia y con el coche aún en marcha, Rachel rompió la bolsa de papel marrón y vio que contenía un libro. Lo reconoció a través de las lágrimas. Quinn le había dado una copia del anuario del instituto. Siempre lamentó haber olvidado el suyo en el banco aquel día. Lo abrió y reprimió un sollozo cuando reconoció su torpe caligrafía en la solapa interior. No era una copia. Era su anuario del instituto. El que no había vuelto a ver desde aquel día en el vestuario, cuando había sorprendido a Quinn garabateando algo en él. Rachel fue a la última página y miró por encima los mensajes de chicas que apenas recordaba o que no recordaba en absoluto, hasta que, por fin, encontró el mensaje firmado por Quinn:

«En el futuro espero que olvides mi cara y mi voz diciendo cosas tan crueles y falsas. Si recuerdas algo de mí, por favor, que sea esto: siempre lamentaré no haber tenido el valor de decirte que estoy enamorada de ti. Quinn Fabray».

Rachel cerró el libro y lo apretó contra su pecho. La primera lágrima brotó al saber que Quinn había albergado aquellos sentimientos hacia ella. También ella había experimentado enamoramientos en el instituto. Primero con chicos. Hasta que entró en la universidad no se dio cuenta de que las chicas le provocaban sensaciones mucho más intensas. En cierto sentido, Quinn le había parecido guapa, pero ¿la había visto como algo más que una enemiga? No lo sabía. En parte se alegraba de no haber encontrado el anuario. Seguramente era demasiado joven para entender el valor que había tenido Quinn al escribir aquello. Sobre todo cuando sabía que eso le había costado romper con su padre.

Con dedos temblorosos Rachel cogió el teléfono móvil y buscó en su agenda de números hasta que encontró el de Quinn. Él teléfono sonó y, finalmente, saltó un buzón de voz.

—Quinn..., ¿por favor..., podrías llamarme cuando recibas este mensaje? —Rachel dio su número, por si acaso, y colgó. Tal vez debería haber añadido algo más, que había leído la inscripción del anuario, pero no era capaz de decir algo así al buzón de voz. Le parecía algo demasiado íntimo para arriesgarse a que lo oyese Suzanne primero.

Rachel abrió el libro de nuevo, releyó las palabras de Quinn y deslizó el dedo sobre el torpe corazoncito con la flecha que lo atravesaba, mientras intentaba imaginar cómo habría reaccionado si hubiese leído aquello a los diecisiete años. ¿Tenía entonces la madurez suficiente para comprenderlo?

Rachel se sobresaltó cuando sonó el móvil, pero enseguida se desanimó al no reconocer el número que figuraba en el identificador de llamadas como el de Quinn.

—¿Rachel? Anoche me olvidé de poner el inalámbrico en la base y se ha agotado la batería. Te llamo por el móvil. ¿Qué ocurre? —El temor teñía la voz de Quinn. Rachel quería tranquilizarla, pero, cuando intentó hablar, sólo salió de su garganta un sollozo ronco. Quinn dijo algo, pero sonó como si hubiese puesto la mano sobre el auricular. A Rachel le pareció oír la voz de Judy.

—Rachel, tienes que calmarte para que te entienda. ¿Has sufrido un accidente? ¿Estás herida? ¿Puedes explicarme dónde te encuentras?

Rachel oyó el ruido de la puerta de un coche al cerrarse, una música estruendosa y luego un taco.

—Rachel, por favor, dime ¿dónde estás?

—Junto a la Autopista Cinco, en Sisters Road —logró decir Rachel antes de que otro sollozo la ahogase.

—De acuerdo, muy bien. —Quinn parecía aliviada—. ¿Has tenido un accidente? ¿Estás herida? ¿Has llamado al 911?

Rachel tomó aliento y se cubrió la boca con la mano hasta que se cercioró de que no iba a llorar. No sabía qué le ocurría. ¿Acaso se podía estar feliz y triste al mismo tiempo?

—He leído lo que habías escrito en mi anuario —dijo al fin.

Quinn lanzó un suspiro de alivio.

—¿Y te ha hecho llorar como una loca?

—Sí.

—¿Te importaría explicarme por qué?

—Porque creo que siempre lo supe, pero estaba demasiado asustada para hacer nada al respecto.

En ese momento a Rachel le pareció que Quinn lloraba.

—Lo que escribiste es precioso.

—Era una cursilada. —Quinn habló como si se sintiese avergonzada—. Leí todas aquellas novelas románticas que te arrebataba con la esperanza de que me ayudasen a encontrar algo que decir, pero nunca tuve el valor de expresarlo. Además, en aquella época me odiabas a muerte.

—Nunca me han escrito nada tan bonito.

—Rachel, ¿crees...?

—Sí —respondió Rachel.

—Ni siquiera sabes lo que voy a preguntar —dijo Quinn, aunque su alivio era evidente.

—Siempre lo supe. La respuesta es sí. Encontraremos una solución.

Quinn permaneció callada durante tanto tiempo que Rachel pensó que se había interrumpido la comunicación.

—Quinn, ¿qué haces?

—Conducir a ciento cuarenta kilómetros por hora por la Autopista Cinco, en dirección a Sisters Road.


Yep, ese es el final. Un final muy abierto a mi parecer. Sinceramente esperaba más, pero a pesar de ello, me encanta esta historia.

Gracias a todos los que me siguieron desde el principio y a los que me ayudaron a seguir con sus reviews. Sobre todo gracias por no asesinarme después de tanto tiempo sin actualizar.

Y para los que no creyeron que la terminara, solo puedo decirles una cosa: ¡JÁ!

Jajaja. Espero leerlos pronto en mi siguiente historia.

Una cosa más: ¿Les gustaría otra adaptación?

Aquí mi Twitter para aclarar cualquier cosa: TheAngieRios

¡AGUR! :3