Palabras: 1,046.

Advertencia: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K Rowling y compañía. Este fic participa en el tópico "Duelos entre Potterhead" del foro "Hogwarts a través de los años".


Retada por Amaly Belldandy a escribir sobre una quimera.


fuego

[quimera]

La oscuridad era total. Pasear por esos lares, donde las sombras, esos seres extraños que se deslizan por doquier, que acechan a sus víctimas, tenían el control, era cuanto menos estimulante; casi peligroso.

Estaba descalza, sus pies desnudos tocaban la ardiente piedra, y no sentía nada salvo frío; un frío paralizante que recorría todas sus terminaciones nerviosas, despertándola; recordándole quien era y qué estaba haciendo allí.

No podía apreciar el lugar como merecía pero no importaba. No necesitaba usar sus ojos mundanos para sentir la magia de esas piedras; para acariciar con la yema de los dedos el poder que vibraba en el aire o para abrazar la oscuridad que la acechaba; que formaba parte de ella desde que el mundo es mundo.

—Es aquí —susurró; su voz era como una caricia angelical en el infierno en el que se encontraba; las sombras se removieron incómodas o quizá, expectantes como si llevaron eones esperando este momento—. Es aquí donde renaceré como el ave fénix.

Un grito.

No era un grito, era un alarido de júbilo.

Se sitúo en una piedra, como si de un altar se tratase, y miró a su alrededor con una calma deliberada. No era capaz de apreciar la belleza oscura de ese sitio, sus ojos mundanos no se lo permitían, pero siguió observando, como buscando algo que se destaque sobre las sombras cada vez más cercanas o deformes.

Sonrió, una sonrisa que cruzó su rostro oculta por la oscuridad.

—Será en este lugar donde las cenizas ardan —murmuró y su voz retumbó en todas partes, las sombras se encargaron de ello—. Aquí será donde renazca la luz que purificará la naturaleza.

Las sombras danzaban amenazantes, formando un círculo donde ella era el único centro. No se asustó porque era exactamente lo que estaba esperando, incluso sin saberlo. Alzó las manos, cerró los ojos y se dejó abrazar por la oscuridad hipnotizante, mientras de su boca salían palabras que enlazadas formaban un cántico demoníaco ininteligible, para quien no supiera entenderlo.

En un principio, no ocurrió nada. Las sombras se tragaron a la pequeña figura que cantaba en voz baja, como si no fuera digna de tal poder. Sin embargo, cuando se creía que todo estaba perdido, que nuevamente era una farsante, la figura resurgió de la oscuridad como una sombra más. El lugar, ese que había estado en silencio cuál trampa mortal, empezó a tronar, las piedras a removerse, la tierra a abrirse, y la luz, una chispa azul blanquecina a resurgir de la nada y a abrazar a la pequeña figura, aceptada por la oscuridad reinante. Sonrió, había algo diferente esta vez, escalofriante incluso pues se dejó atrapar por las llamaradas de magia negra incontrolables para el mago.

Se dejó abrazar por el Fuego Maldito.

Su voz, apenas un murmullo, sonó dominante. Las formas de fuego, algunas extrañas y otras reconocibles aullaron furiosas. Sus manos, todavía alzadas, descendieron lentamente, su piel antes blanca, se quemaba hasta tomar un color negruzco, casi el de las cenizas. El fuego la consumía.

Las llamas, serpientes, dragones y quimeras, bailaron a su alrededor; la atravesaron y la atacaron hasta que su piel se convirtió en cenizas, pero aun así, ella siguió cantando, moviendo sus manos en la nada, como amasando el fuego que estaba a su alrededor.

Las fieras gritaron.

Ella sonrió de nuevo, como si nunca hubiera dejado de hacerlo; se dejó caer de rodillas, tocó la ardiente piedra con las palmas de las manos, cerró los ojos al sentir el frío calando su piel quemada. La sonrisa nunca desapareció y las formas de fuego, vivas y poderosas, no la atacaron.

Murmuró unas últimas palabras, su lengua se deslizaba con suavidad, como si lo hubiera hecho toda la vida, miró al cielo negro; a cada una de las figuras que el Fuego Maldito recreaba para consumir todo a su paso, y su sonrisa se intensificó, cientos o infinitas cadenas invisibles rodearon al fuego, haciéndole gritar.

—Sois míos ahora —su voz, antes angelical, era demoníaca, no sonaba cansada, sino satisfecha—. Aquí estoy yo, vuestra Maestra, renaciendo de mis cenizas como el Fénix.

Pero no fue un fénix lo que se acercó a ella, solícito. Fue una figura imponente, majestuosa y terrorífica: una quimera. La Maestra de la Oscuridad se irguió, desnuda y calcinada, y alzó los brazos como una invitación silenciosa. Las formas de fuego no gritaron, no emitieron sonido alguno, se mantuvieron expectantes, como si hubieran elegido a esa quimera como toma de contacto.

La quimera descendió y abrazó con sus alas a su Maestra de la Oscuridad.

El resto -serpientes, dragones, quimeras, basiliscos u otros- gruñeron y danzaron hasta rodear a su Maestra; aceptándola como aquella que los guiaría a la purificación de la naturaleza; a hacer el mundo arder.

La quimera se mantuvo a su lado, como un guardián silencioso que quemaría vivo a todo ser que intentase herirla o contradecirla, las serpientes serían sus brazos y cada ser que el Fuego Maldito pudiera formar, el arma que usaría llegado el momento.

—Pronto será el momento, mi niña —susurró a las llamas que formaban su quimera—. La paciencia es una virtud que tendremos en cuenta.

El Fuego abrió un camino que la Maestra tomó gustosa tanto como el regalo que sus serpientes le ofrecieron al rodear su cuerpo desnudo, creando una túnica de fuego infernal. Su quimera gritó, y voló directa al final del camino, dejando paso a dos figuras humanas, cubiertas por túnicas negras y máscaras de hueso.

—¿Me creéis ahora? —cada palabra era como una llamarada de fuego, las figuras aullaron dispuestas a calcinar a esos humanos—. ¿Formaréis parte de mi Círculo Sagrado?

Las dos figuras vacilaron pero acabaron arrodillándose en el ardiente suelo, jurando lealtad a la persona que libraría el mundo de los pecadores y que devolvería el Don de la magia a quienes lo merecían.

—Una nueva era comienza, mis fieles —la quimera abrazó su cuerpo y apoyó su cabeza en su hombro—. Y los impuros lo descubrirán cuando sea demasiado tarde.

Y las figuras, esas que se habían mantenido expectantes, alzaron el vuelo, bailaron y cantaron, causando que la oscuridad, esa que había abrazado el sombrío lugar, desapareciera, convirtiéndose en un arma letal que solo ella, la Maestra de la Oscuridad, podría utilizar.

Pero no hoy, pronto.