Si les gustó cómo terminó en el capítulo anterior y no quieren leer el epílogo, no importa. Lo importante es que no les arruine la historia xD El epílogo es completamente opcional. :3
La Nivelación
Epílogo
Parte I
—Sé que me puedes conseguir un sirviente de verdad, la última que tuve la despedí cuando la vi usando mis joyas. —ronroneé cerca de su oído y luego me reí, lo miré a los ojos y me acerqué otra vez. —Un esclavo es lo que quiero, esos son mejores. Como no tienen libertad, no se andan preocupando de robarme, sólo tratan de escapar y créeme, eso es más barato.
Cuando dejó de lado su copa de licor y se encogió de hombros, supe que se había turbado por mi propuesta y luego me miró con curiosidad.
—No sé de lo que me hablas, Ino. Por lo que sé, la esclavitud es ilegal en todos los países aliados de la Hoja. —Reí ante su comentario y volví a llenar su copa hasta el tope de licor, luego lo miré con determinación, él desvió su vista, severamente incómodo.
—Eso lo sé perfectamente, no tienes por que recordármelo. —dije y dejé que se me resbalara un poco el manto que traía sobre mis hombros. —Y es exactamente por ese pequeño inconveniente que recurrí a ti. Me dijeron que tú traías a muchos especímenes del país de la Roca y de la Hierba. —hice una pausa y el aludido levantó las cejas, consternado. —Te diré lo que quiero, un esclavo grande y musculoso que pueda servirme de escolta en mis viajes, estoy segura que nadie se me acercaría con alguien así. ¡Ah! Quizás que tenga un par de cortes en la cara o en el torso, como si hubiese peleado muchas veces en su vida.
Mi acompañante comenzó a reír de nerviosismo y trató de pararse pero lo detuve, agarrándole un brazo como si lo estuviese abrazando.
—No sé de lo que me estás hablando, por qué no contratas un ninja. —dijo y yo sonreí.
—Por que no es lo que quiero, un ninja se contrata por vez y no me es grato estar pagando tanto. En cambio, un esclavo…—comencé pero me vi interrumpida por los nervios del comerciante de sal, quien gritó desesperado que parara. —Sé que los ocultas en tus barcos dentro de la bodega, como está lleno de sacos de sal nadie se preocupa de revisarlos dentro ¿no es así?
—Cómo sabes tanto. —me cuestionó al borde de las lágrimas y me dieron ganas de descubrirme, decir que la inteligencia de la Hoja lo había estado rastreando desde hace meses pero que nunca habían dado con el origen del recurso. Sonreí, si quería llegar al final del asunto tenía que seguir fingiendo, hasta que me llevara a donde los compraba.
—Por que averiguo antes de hacer una compra importante, sé que no me decepcionarás. —dije y le extendí nuevamente la copa de licor, él la recibió un tanto temeroso. —Tengo mucho dinero. —puntualicé y mi acompañante se tragó todo el contenido dentro de la copa en sólo un sorbo, como si le diera fuerzas para continuar. Luego, acarició de una manera muy torpe mi rostro y supe que estaba lidiando con una persona muy poco experimentada. Sonreí.
—Estaba esperando otro tipo de comisión. —dijo y tuve que morderme los labios para no reírme en su cara. Miré hacia otro lado y me arreglé el cabello.
—Eso lo tendrás cuando me consigas el esclavo.
—No tengo esclavos en este momento. —sinceró arrebatado pero cuando lo miré enfadada se disculpó enseguida y se apresuró a arreglar su dicho. —Hay un lote que llegará al Distrito de la Pesca dentro de unos días, ahí puedes elegir al que te guste.
—Un lote no es suficiente para mí, cómo sabré que me gustarán los que traes al azar. No, quiero elegir. —dije haciendo una mueca de infantil enojo y lo miré indiferente. —Supongo que tendré que recurrir a otro vendedor. —comenté como para mí misma pero obviamente estaba dirigido a él, que al escucharme se puso tenso. No podría tener la comisión que tanto quería.
—Pero Ino, el lote que tengo es de los mejores especímenes de mi distribuidor. —dijo y lo miré de reojo. Suspiré pesadamente y me levanté de golpe, mi acompañante se sobresaltó. —No, no. No te vayas. Puedo arreglar un acuerdo, no sé si mi distribuidor estará de acuerdo con esto, pero podemos llegar a un acuerdo.
Lo miré pensativa y me dejé caer nuevamente en el asiento a su lado con una gracia felina, esperando a que dijera los términos del acuerdo pero cuando una de sus manos se posó sobre una de mis rodillas, supe que no sería agradable.
—Sakura, no empieces. —dije mientras me sacaba malamente el prendedor para el pelo y la cascada rubia se derramaba sobre mi espalda, acomodándolo un poco con las manos frente al prominente espejo que había en la academia de Suzume. Moegi se encaramó por detrás y se paró sobre los dedos de sus pies para darse más altura y ver cómo la mujer de gafas oscuras me ayudaba a retirar las capas de ropa que tenía enrollada a mi cintura.
Suzume se dio una vuelta para guardar el pedazo de tela que me había quitado y vio que Moegi miraba embelezada todos los prendedores que tenía en una cajita. La mujer de gafas oscuras le acarició la cabeza de una manera maternal y le dijo que algún día podría usar todos esos prendedores cada vez que lo quisiera.
Moegi se me acercó como si la caja en vez de joyas, tuviese dulces, y apuntó el prendedor que tenía separado en otra cajita.
—¿Qué es lo que tiene ese, acaso está roto? —sonreí casi imperceptiblemente y me di cuenta que Moegi se había percatado que le faltaba una cuenta. Lo saqué de la cajita y se lo extendí con cuidado para que lo viera mejor, quizás lo que buscaba ella era que se lo diera, pensé, por que yo no podía usar prendedores rotos.
—Es el primer prendedor que me dieron. Está roto por que lo usé mucho pero no lo he querido botar. —comenté y la pelirroja asintió, devolviéndomelo enseguida, diciendo que le daba miedo sacarle otra cuenta sin querer. Me reí un poco. —Entonces, elige cualquiera de los otros y es tuyo.
La miré sonriendo, al menos no me pidió que le regalara el de Raidô. No lo hice por ser buena sino que no quería dar ése en particular y dar una negativa, no era de mi interés parecer una mala persona.
Devolví mi vista al espejo y en el reflejo aparecía la del cabello rosa, con los brazos enlazados sobre su pecho y con una mirada cansada. Habría jurado que se había marchado cuando dejé de escucharla quejarse y regañarme, analicé a Moegi y esperé que terminara de elegir el prendedor que más le había gustado, uno que tenía una imitación a mariposas azules, perfecto para destacar su pelo naranjo. Le puse una mano en el hombro para llamar su atención y le pedí que se fuera por que tenía que hablar a solas con Sakura. La pelirroja no tardó en desaparecer de nuestra vista y cerró convenientemente la puerta.
—Te dije todo lo que haría, todavía no entiendo por qué sigues aquí, Sakura. He hecho esta operación un par de veces, no es como si fuera una novata. —comenté.
—Es demasiado peligroso, no sabes lo que te espera allá. No es como si lo hicieras en el País del Fuego. Es un viaje y estarás sola. No estoy segura que en el concejo te aprueben esto, menos tu padre.
—Pero no iré sola, puedo pedirle a Chôji que me acompañe. —dije recordando a mi robusto compañero.
—Un equipo de cuatro personas, Ino. Cuatro, no dos ni uno. Cuatro.—chilló la rosada y pegué un suspiro pronunciado que la hizo enrojecer, casi perdiéndose entre el rosa de su pelo y lo rojo de su cara. Me iba a replicar pero preferí no pelear más, desde que se había hecho alumna de Tsunade, era molesta cuando se trataba del reglamento en cuanto a las misiones.
—Está bien, Chôji, tú y Kiba. Ahí están, cuatro personas. —dije y me dispuse a volver a mi tarea de quitarme el maquillaje del rostro. La Haruno me miró pensativa y luego de unos momentos en que cayó en cuenta de su reacción, apretó el enlace de sus brazos sobre el pecho y fingió estar enojada como antes.
—¿Cómo sabes que aceptaré? —preguntó con curiosidad ansiosa. Sonreí ante su pregunta y formulé una respuesta que no tuviera una confesión de amistad en su interior, así era nuestra relación, terca, hasta que una de las dos cediera.
—Por que si no aceptas, iré sólo con Chôji y Kiba. No querrías eso, ¿verdad? Un equipo de tres personas. —concluí con satisfacción, Sakura abrió los ojos con disimulo y atacó otra vez.
—Está bien, sé que Chôji irá sin pensarlo dos veces pero ¿Kiba?
Reí a carcajadas recordando un par de salidas secretas con el chico del clan Inuzuka y asentí con ligereza.
—Él no rechazaría una salida así, créeme.
Al día y medio de viaje entramos en los dominios del desierto de sal y una sensación de nostalgia me invadió. Había viajado incontables veces al desierto blanco que ya se me hacía familiar el paisaje, siempre buscando algún indicio del capitán y de su desaparecido equipo pero nunca alcanzaba a reconocer algo que me llevara a él. Ninguna pista, ninguna huella.
Sakura, con sus ropas masculinas y una gorra de paja que cubría completamente su peculiar cabello, se me acercó sigilosamente cuando la caravana descansaba. Un par de minutos había dado el guía para tomar agua y reposar las piernas acalambradas, tiempo suficiente para darme el lujo de salir de la litera y mirar el paisaje.
—Ahora sé por qué querías venir. —dijo por lo bajo y yo chasqueé la lengua.
—No me hables. Se supone que eres un peón, no deberías separarte de tu grupo. —le contesté y ella se rió satisfactoriamente antes de irse a personificar su papel. Como ya te habrás dado cuenta, Sakura se había infiltrado en el equipo de sirvientes mientras que Chôji las hacía de mi cocinero personal y Kiba se mantenía un par de kilómetros rezagado como refuerzo por si algo salía mal.
Sentí que se me acercaba el guía y como si de oro caliente me tratara, se mantuvo a una distancia prudente mientras me hablaba con una cara de ansiosa felicidad.
—No habrá luna esta noche por lo que no podremos avanzar más por hoy sin perdernos. —comenzó como si quisiera seguir hablándome de cualquier cosa que lo mantuviera cerca pero me dirigí a Chôji, con la intención de alejarme del guía y coordinar un plan.
Me di una vuelta por la litera y di con el Akimichi que revolvía las provisiones en busca de algo que le agradara, como era cocinero le era permitido usar las provisiones como le pareciera, incluso si eso significara comérselas a gusto. Le di la espalda como si estuviera contemplando el paisaje y le hablé en un tono neutro, muy bajo, para que sólo él me escuchara. Giré la cabeza un par de veces para comprobar que Sakura estuviera atenta, para que no dejara que alguien más se aproximara.
—Envíale un mensaje a Kiba para que se mantenga atento, esta zona es muy peligrosa y es muy probable que seamos atacados por la gente del desierto. —dije y sentí que Chôji dejaba de masticar las masitas crocantes de cereales que había encontrado. Entonces lo miré expectante, a la espera que cumpliera con mi orden. —Rápido. Qué esperas.
—Hasta cuándo vas a creer en eso. La gente del desierto no existe, aquí lo único que Kiba encontrará será arena, arena, arena y un par de grillos. Si avanzamos un poco más, encontraremos la aldea de la arena, no hay gente entre medio. —dijo y se metió otra masita crocante a la boca como para restarle gravedad al asunto. Lo miré enfadada, si no existía la gente del desierto, entonces que me explicara dónde había quedado Raidô. —¿Aún quieres que mande ese mensaje?
—Sí, Chôji, hazlo. —respondí y me di la vuelta para volver a la litera.
Desperté a media noche por un ladrido fuerte y un alboroto silenciado por el guía. Me precipité fuera de la litera y Sakura se aproximó enseguida, con la voz masculinizada me guió por la oscuridad y pronto nos alcanzó Kiba, que había violado por alguna razón su posición rezagada. Sobre Akamaru, el chico del clan Inuzuka se dirigió a mí con seriedad.
—Cuando llegué acá ya era muy tarde, ya se habían ido. —dijo y no comprendí, busqué en la pelirosa una respuesta y ella me tomó de los hombros.
—Una tropa de salvajes irrumpieron en el campamento, mataron a tres peones y aún seguimos buscando a las personas que compartían tienda con el guía. —dijo ella con la voz de un chico y yo no salía de mi sorpresa. Como si tuviéramos telepatía, ella me tomó de un brazo y me condujo a la tienda del guía, que estaba hecha una regadera de sangre. Kiba no tardó en hablar.
—Se han llevado los cuerpos a unos metros más allá, ya he revisado.
—¿No han capturado a ninguno? —pregunté abrumada.
—Cuando llegué Sakura ya los había ahuyentado. —respondió y yo asentí con cuidado, y de pronto, recordé al cuarto integrante del equipo. Les pregunté a Sakura y a Kiba por el Akimichi pero ninguno de ellos sabía realmente dónde estaba. Asustada, corrí todo lo que me daban las piernas hasta la litera y lo llamé con fuerza, luego de un par de momentos tensos, escuché un quejido a lo lejos y vi su cuerpo reposando sobre la sal. Pegué un grito para llamar la atención de los demás mientras yo corría hacia él y le daba los primeros auxilios hasta que llegara la médico del grupo.
—¡Chôji! —grité por última vez cuando me dejé caer a un lado de él. Busqué alguna herida mortal en su cuerpo pero lo único que encontré fue una barriga distendida. Con el grito, él se despertó de un profundo sueño después de una gran merienda que consistiría en, básicamente, toda la comida del canasto y apenas sintió la emboscada. —¡Estúpido! —le dí una palmada en el abdomen y él gimoteó, preguntándose qué era lo que había hecho para recibir un golpe en su estómago, sensibilizado por el aumento drástico de su volumen.
—¿Qué ocurre, Ino? —preguntó con cara de sueño y confusión, se incorporó apenas un poco apoyándose sobre los codos. —Estaba teniendo un buen sueño. —dijo mientras se restregaba un ojo y pegaba un bostezo, luego se desplomó sobre el suelo otra vez.
—Hubo una emboscada y ni siquiera lo supiste. —dije con desgano y Chôji abrió los ojos, sorprendido. Trató de incorporarse pero le puse las manos sobre el pecho para que se mantuviera abajo, a estas alturas era poco lo que él podía hacer, era muy lento para rastrearlos y estaba muy lleno para moverse con libertad y ayudar a recoger los cuerpos. Chôji me miró embobado.—Eres afortunado de que no te hayan tratado de matar.
—¿Está herido? —gritó Sakura antes de llegar a nosotros. Tuvo casi la misma reacción que yo pero en vez de un golpe, Chôji recibió una lluvia de regaños. Sakura estuvo reprendiéndolo un buen rato mientras que Kiba sólo se reía de la situación. Para cuando me paré y sacudí mis rodillas de arena y sal, el guía y sus hombres ya estaban merodeando cerca de nosotros por lo que di una nueva orden.
—Sakura, lleva a Chôji a mi litera. No quiero que se enteren a dónde se fue toda nuestra comida. Se quedará ahí hasta que se desinfle. —dije y pronto me quedé sola con Kiba.
—Aún así se preguntarán qué fue de la comida.
—Diremos que se la llevaron los salvajes. —puntualicé sin muchas ganas y me encaminé de vuelta al campamento. Kiba me agarró del brazo y me devolvió los pasos que había dado. Pensé que querría algún encuentro secreto y lo miré con enfado, no consideraba que fuera el momento ni el lugar apropiado pero su semblante me tranquilizó, al menos por unos instantes. —¿Kiba?
—Tengo razones para creer que su guía tiene que ver con todo esto. —dijo a modo de susurro, puesto que el aludido se nos acercaba como si quisiera escuchar lo que hablábamos. Le pedí que se explicara rápido. —Bueno, el guía es el único que salió ileso de la matanza e impidió que Sakura rastreara a los salvajes.
—¿Estás seguro?
—Completamente. —dijo y me soltó el brazo, pegó un silbido y el enorme can apareció de la nada. Se montó en él y volvió a hablar. —Las personas que dormían en la tienda eran todas compradoras. No sería raro que en la próxima emboscada traten de hacerte daño. Iré a rastrearlos ahora, no deben estar lejos. —dijo extendiendo el brazo a mi dirección. —Si quieres venir, estás más que invitada.
La voz de Kiba sonó más bien coqueta y supe de sus intenciones enseguida. Me crucé de brazos y lo miré inquisidoramente, Akamaru, en cambio, tuvo otra reacción: bufó contrariado y se sentó, como si no quisiera que me sumara a la travesía sobre su lomo, y Kiba lo reprendió pasmado.
—No creo que Akamaru quiera llevarme. —sonreí. —Ve tú solo, estaré esperando a que me traigas noticias de los salvajes. —dije y sólo ahí, Akamaru se incorporó otra vez, moviendo la cola enérgicamente. Antes de que se fueran, lo llamé para que me respondiera una última pregunta. — ¿Quién crees que son ellos, los salvajes?
—Gente del desierto. Estoy casi seguro que son ellos.
—Eso pensé.
Cuando abrí la puerta de la litera para descansar un poco, vi que el robusto se miraba la panza con culpa y se la acariciaba de vez en cuando como para mitigar la molestia de la acidez. Sonreí ante la situación, siempre ocurría lo mismo desde que tenía memoria y nunca aprendía que, aunque comer era satisfactorio, en grandes cantidades nunca era agradable. Con un salto ágil, me encaramé al interior de la litera y Chôji se movió los centímetros que le permitió el cuerpo para que yo pudiera caber completamente dentro, pero la litera era sólo para dos personas y él contaba por dos.
Cerré la puerta con cuidado y me acomodé como pude para luego preguntar: —¿Sintiéndote enfermo?
El sonido de una tripa colmada respondió por él y Chôji suspiró avergonzado. Me reí en silencio, acomodando la cabeza sobre su hombro y él enseguida pasó su brazo por detrás de mi espada, para acomodarme mejor. —Puedo salir si quieres descansar. —dijo y se hizo a un lado para poder pasar y salir de la litera pero como no podía hacerlo sin aplastarme en el intento, se quedo quieto esperando a que se le viniera una idea a la cabeza. Se veía incómodo.
—De todas formas no podría descansar. —dije. —Kiba está seguro que ha sido la gente del desierto la que organizó la emboscada, ahora sólo basta esperarlo y los encontraremos.
Oportunamente para el robusto, el guía se hizo presente en litera, llamándome un par de veces desde afuera esperando a que le abriera la puerta. Después de lo que me había comentado Kiba acerca de la supuesta relación con la emboscada, estaba más reacia a hablar con él que antes y le di una mirada a Chôji para que me auxiliara. Balanceándose con cuidado, el chico con sobrepeso se hizo paso y abrió la puerta de la litera, parándose entre el guía y yo.
El guía se estremeció y analizó a Chôji con desconfianza.
—Disculpe, ¿puede quitarse? —preguntó entonces el guía y Chôji se cruzó de brazos, obstruyendo la entrada con su abultado cuerpo.
—No.
—Si quiere hablarme, tendrá que hacerlo desde ahí. Después de los hechos ocurridos esta noche, no quiero exponerme más de lo necesario. —dije con fingida diplomacia y me crucé de piernas. El guía asintió un par de veces no muy convencido del asunto y se sacó el sombrero que lo protegía del sol por los días.
—No es mi intención molestarla pero creo que ha habido un mal entendido. El chico que vino montado en un perro es un ninja, ¿no es así? —cuestionó con suspicacia y yo reí suavemente. Como el guía no sabía que hacer, rió también de pura ignorancia. —Hasta donde yo sé, el acuerdo era que no irían a haber más guardaespaldas de lo que ya tengo.
—Lo sé pero después de lo que hemos vivido, no me parece mala idea haberlo contratado, ¿no cree? —mentí y por poco pensé que nos habían descubierto, aún faltaba tiempo para que nos revelaran el sitio exacto donde estaba el contrabandista.
—Entonces no me deja otra opción más que anular el acuerdo. —dijo y se me cayó la cara de la impresión, tanto Chôji como yo nos miramos contrariados. Antes de irse, llamó a un peón que traía a otro amordazado e inconciente. —Sabía que había algo raro en él. —dijo y le sacó el sombrero a Sakura que lucía como un chico cualquiera y enseguida, le desarmó el disfraz con un toque en la espina y Sakura volvió a su forma normal. —Conozco a todos mis peones, a ella nunca la había visto en mi vida. Como nunca supe cuál de los compradores era el traidor me deshice de todos, menos de ti.
Sakura cayó como un bulto al suelo cuando el guía la empujó hacia nosotros. Chôji la alzó del suelo y nos quedamos expectantes del final, no sabíamos lo que había derribado a Sakura, hasta el momento ella estaba invicta.
El robusto dejó a la pelirosa en la litera a un lado mío, en tanto yo pensaba desesperadamente en qué hacer, nunca me había ocurrido esto y hubiese funcionado de no haber escuchado a Sakura. Quería regañarla y echarle la culpa pero desgraciadamente no me podía oír por el momento.
—¿Qué vas a hacer ahora con nosotros? —pregunté seria y el guía chasqueó la lengua, estaría molesto por que había matado a todos los compradores en vano y su trabajo como guía quedaría impago.
—Yo no haré nada. —dijo. —A los que ustedes llaman salvajes, sí. Vendrán en unos instantes y se los llevarán, aún no sé que harán pero estoy seguro que será suficiente para que nunca más jueguen conmigo. —dijo y chasqueó los dedos para que toda la caravana comenzara a retirarse.
Sakura comenzó a gemir algo conciente y la zamarreé suavemente para traerla de vuelta a la realidad. Chôji se impacientó y me dijo muchas veces que nos fuéramos enseguida pero no podíamos cargar a Sakura si queríamos hacerlo rápido, además Kiba volvería a ese preciso lugar, no podíamos irnos sin él.
—Él puede rastrearnos. —contestó. De pronto el lugar en donde se hallaba la caravana, y a la vista del guía y su gente, se ennegreció por salvajes y Chôji miró a todas esas sombras con desconfianza. Como en número le superaban, resolvió usar sus técnicas familiares y con seguridad podría derribarlos en cuestión de segundos pero antes que acomodara sus manos para hacer los sellos, lo detuve.
—¡Espera! Si nos llevan, podremos saber dónde se ocultan. —dije. Chôji que dejó su concentración para verme, me miró como enfadado y luego volteó a los salvajes. Luego, dejó sus manos de lado y permitió que lo redujeran en sólo instantes.
Me sentí incómoda por la posición en la que me habían puesto, mis brazos estaban plegados hacia atrás con una amarra bastante apretada y mis ropas lujosas estaban rasgadas y sucias. Soplé con disgusto un mechón de pelo amarillo que caía incómodamente sobre mi nariz. Sólo un guardia nos cuidaba y miraba entretenido las piernas mal puestas de la rosa que se encontraba a mi lado, aún inconciente. Chôji estaba al otro lado en el suelo, como amarrarlo usaba mucha cuerda, optaron atarle las manos y los pies, en una posición bastante retorcida.
—No pareces ser muy hablador. —dije con un tono coqueto y el guardia me miró, curioso. Torcí la cabeza con gracia.
—No hables. No me obligues llenarte la boca con algodón.
Reí con diversión y me crucé de piernas. —Quiero que lo intentes.
El guardia sonrió con malicia y Chôji lo miró con disgusto, antes de que comenzara a insultarlo, la puerta de metal se abrió con exagerada fuerza y se descubrió al comerciante de sal, del principio. Batí mis pestañas y él puso una cara de devastación. Quizás nunca se le pasó por la cabeza que era una espía y estaba apunto de arruinarlo, pero enseguida se me acercó para quitarme las amarras. Lo observé turbada.
—Ella no es ninguna traidora, es mi cliente. —dijo y llamó al guardia para que me desatara, al ser inútil su propio intento. El robusto gruñó enfadado.
—Serás tonto. —dijo y traté de hacerlo callar antes de que me descubriera pero algo de cierto tenía él para actuar así, liberándome me dejaría sin la protección de él, Kiba o la misma Sakura.
El comerciante me analizó unos segundos y me acarició una mejilla con una mano áspera, en tanto yo torcía la cabeza para rozarle la palma con mis labios. El muy tonto sonrió, embobado.
—Nunca me traicionarías, ¿verdad? Confió en ti, estoy seguro que lo que dice el gordo es una mentira. —comentó y yo asentí con obediencia. Chôji chasqueó la lengua con disgusto, nunca le gustó mi faceta y quizás, por que nunca sería así con él.
Cuando el guardia se me acercó con un cuchillo para romper la cuerda, comenzó a rascarse la nariz con insistencia, al punto que su simple trabajo de cortar la amarra fuese interrumpida un sinfín de veces antes de completarse. Luego, comenzó a estornudar y toser con desesperación, me alejé un tanto asustada por la posibilidad de que su mal fuese contagioso y el comerciante de sal me abrazó un poco para que los gérmenes del guardia salieran proyectados a su espalda. Fue ahí cuando noté un pequeño rastro de arena en el aire.
El guardia se cayó al suelo con pesadez, agarrándose del cuello y la atmósfera se nubló gracias a la densa arena que la invadió. Sonreí con esperanza y el comerciante gritó un par de veces ante la escena bizarra. El guardia dejó de existir cuando un chorro seco de arena le salió por la nariz y la boca, otro par de centinelas que vigilaban la entrada cayeron también de la misma forma y al comerciante lo envolvió un torbellino del mineral. Gritó, angustiado.
—¿Qué es esto? —lloriqueó y unas figuras aparecieron en el umbral de la puerta para responder su pregunta.
—Estás bajo arresto por obvias razones, mi amigo. —comentó Kankurô con un tono sarcástico y se nos acercó a liberarnos, sonreí complacida, Kiba tendría que ser el responsable de todo esto. El solemne Kazekage nos miró en silencio y esperó a que nos incorporáramos para dejar el lugar y derrumbar aquel escondite subterráneo. —Y tú, preciosa, vienes conmigo. —dijo entonces el hermano de Gaara, alzando a la rosa del suelo y ella gimió quejumbrosa.
Le acaricié el pelo a Sakura con cariño maternal, su travesía a la realidad había sido demasiado lenta y eso era gracias a una toxina que le habían administrado con una aguja, he ahí la respuesta del misterio de cómo la habían derribado. Balbuceó un par de cosas tontas mientras se movía, recuperando el control sobre su propio cuerpo y luego se volvió a quedar dormida. El equipo médico me dijo que su recuperación tomaría alrededor de un día, puesto que el antídoto se lo habían administrado muy tardíamente pero que mejoraría.
Nos encontrábamos sobre una manta confeccionada de paja y nos calentaba una improvisada fogata. Antes de echar abajo el complejo subterráneo, los refuerzos de la Arena debían recorrer toda la instalación en busca de sobrevivientes y yo anhelaba que encontraran al capitán o al menos, alguna pista. Chôji fue a ayudar en esa labor, teniendo especial cuidado en reconocer a Raidô si es que estaba por ahí.
Kiba se me acercó con una sonrisa y se sentó a mi lado, colocando su chaqueta sobre el cuerpo de Sakura para evitar que se enfriara.
—Puedes besarme ahora. —comenzó y yo levanté una ceja en duda. —Vamos, quién fue el que te rescató de allá abajo.
—No pienses que no estoy agradecida, Kiba, pero no puedo besarte. —contesté y él sonrió mirando hacia otro lado, si algo había que más le gustaba a los chicos, era la faceta de la difícil y yo lo sabía muy bien. Pero no me malinterpretes, no era que estuviera interesada en él, sino que simplemente no me prestaba a ciertas cosas, menos estando a instantes de saber del capitán, noticias malas o buenas. Daba igual.
Cuando la fogata comenzó a humear casi extinta, estaba profundamente dormida con la cabeza apoyada en la cintura de Sakura y ella, con la cabeza apoyada sobre mis piernas dobladas. El día estaba apenas iluminando la arena cuando Kiba me sacudió suavemente y me extendió una taza de arcilla en la mano. Me analizó hincado a mi lado mientras me acomodaba el pelo como pude en una coleta mal hecha y sorbía un poco de la infusión de hierbas caliente.
—Hablé con Chôji hace unos momentos. —dijo. —Acaban de vaciar la instalación. Gaara debe estar destruyéndola ahora.
—¿Y bien, no ha dicho nada más? —pregunté en un arranque de ansiedad, sólo Chôji sabía que estaba buscando al capitán además de la rosa. El chico perro sonrió ligeramente a ojos cerrados.
—Nunca entenderé tus gustos, Ino. —dijo y me palpitó el corazón con fuerza, me comencé a levantar y Kiba terminó de hablar. —Dice que vayas con él enseguida. Tú bien sabes por qué.
Entré en la tienda para enfermos y heridos con sigilosa discreción. Un aire enrarecido me golpeó la nariz y me cubrí la mitad de la cara con una manga de mi haraposo atuendo. Avancé con cuidado, analizando los rostros desconocidos de gente mugrienta y desnutrida, algunos con extremidades amputadas y otros, simplemente muertos. Me aventuré a imaginar el estado de mi profesor de la infancia y preferí no torturarme pensando en estados muy deplorables. Tuve miedo de verlo después de cinco largos años, ya que siempre me había imaginado este reencuentro con mi mejor atuendo y un peinado bien elaborado, en cambio, estaba trasnochada y sucia, y el pelo alborotado por la dura madrugada que había vivido.
Divisé el cuerpo robusto de mi compañero al final de la tienda y me entró una angustiosa ansiedad. Me dirigí hacia él y observé las caras a su alrededor, no me fue difícil dar con el viejo capitán de cuarenta y dos años a su lado y se me llenaron los ojos de lágrimas.
Estaba visiblemente más cansado y muy flaco. No tenía los ojos abiertos y pensé que estaría muerto hasta que advertí su trabajoso respirar. Me acerqué con cuidado y le tomé una mano, lo llamé suavemente y una enfermera me miró con ternura. Raidô despertó ligeramente y me miró sin reconocerme.
—Capitán. —pronuncié y el aludido parpadeó desconcertado, luego, me eché a llorar.
—Hay siete personas de procedencia de la Hoja y su retorno a su villa estará supervisado por ustedes. Ya enviamos mensajeros a las demás villas implicadas, aún así, el mayor número de prisioneros viene de la aldea de la Arena. —escuché a Gaara de manera formal y tanto Chôji como Kiba asintieron, continuando con la conversación referente al tema y a mí me pareció como un murmullo marino que se alejaba lentamente.
Sólo me dedicaba a contemplar al capitán con detención mientras la misma enfermera se ocupaba de revisarle los signos vitales. Raidô estaba más lúcido pero no despegaba los labios y se dedicaba a reconocerme con la mirada, no estaba segura que pudiese hilar una memoria conmigo.
Sakura llegó tambaleante y miró la escena con sorpresa. Enseguida le pidió a la enfermera un relevo y ella misma se encargó de atender al recién llegado. Estaba ansiosa de saber cuál era el pronóstico.
—Tiene fiebre, ¿tiene alguna infección? —preguntó la rosa a la enfermera y ésta señalo una pierna que estaba cubierta por la sábana, argumentando de que no sabía qué hacer sin un médico presente. —Yo me encargo desde ahora.
Luego de discriminar a los moribundos, muertos, heridos e ilesos, sólo algunos fueron trasladados a la aldea de la Arena, entre ellos el capitán. En el hospital, le dieron una habitación compartida pero que nunca mantenía un compañero fijo, siempre que llegaba un enfermo bastarían alrededor de dos días para que se recuperara y dejara su cama libre. En tanto yo, me preocupe solamente del profesor, acompañándolo a toda hora. Poco me importaba no haber dado con el distribuidor, al fin y al cabo, las instalaciones estaban destruidas y las mercancías recuperadas, y misiones fallidas no eran muy anormales de ver en la aldea. Había logrado mi objetivo.
Aunque a las horas después de haber llegado al hospital Raidô me había reconocido e intercambiamos un par de palabras, no pareció lo bastante lúcido como para creer que estaba realmente ahí, conmigo en la aldea de la Arena. Hasta que un día, mientras una enfermera le traía el almuerzo, me analizó con intensidad hasta que por fin se atrevió a hablar.
—Has cambiado mucho. —dijo de pronto con un destello de claridad en los ojos, como si hubiese salido del letargo para comprender que no estaba alucinando.
—Por supuesto, ¿o esperabas que me quedara como una niña todos estos años? —le pregunté con un tono ligero, para no perturbar su descubrimiento.
—¿Cuántos han pasado?
—Cinco años. —pronuncié sin darle importancia y él se encogió de hombros.
—Pensé que habían pasado más.
Notas: Espero que no haya quedado tan estúpido, como siempre cuando no estoy acostumbrada a las tramas, me voy por las ramas, me salió un capítulo enorme por lo que tuve que partir el epílogo en dos partes. ¿No les molesta, verdad?:3 Traté de comenzar una vez ya aparecido Raidô pero no pude dejar de explicar por qué pasó, no me gustan las resoluciones espontáneas. Ojalá les guste D: sería una pena que no. Espero subir la segunda parte lo más pronto posible pero no les puedo mentir, ésta parte me costó muchísimo y salgo de vacaciones en agosto, así que lo más probable es que sea por esa fecha.
Y sí, aunque amo los finales tristes y con cabos sueltos, se me pasó la idea por la cabeza de no hacer lo que siempre intento hacer, nunca termino mis historias, y hacerles un final feliz ya que no creo que escriba más de esta pareja. Al principio me asusté por que pensé que a nadie le gustaría un final triste pero cuando leí sus reviews diciendo que les había gustado, entré en pánico y me arrepentí de haber mencionado algo del epílogo. Pensé en dejarlo en el aire hasta que se les olvidara... pero simplemente no pude dejar de hacerlo D:
Gracias a axter, Lizirien (te amo, seguiste la historia desde sus inicios:3), Cereza Prohibida, Ellie-Kino, mitsuki, nico haruka y Sybilla's Song por sus comentarios.
Y nop, el karma no me siguió para éste capítulo, quizás para el siguiente xD veremos... Besos, abrazos, las quiero mucho. RP.
