"Un carruaje para Cecile"
Capítulo 12: " Cuando Cecile resulta no ser tan Cecile"
DISCLAIMER: "Hey Arnold!" no me pertenece. Ella y todos sus personajes son propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon, excepto los que inventé para darle sentido a mi historia. Este fic no tiene fines de lucro.
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El segundo día de su montaña rusa de locuras y falacias daba muestras de ser más complicado aún. Helga podía notar que su presencia no hacía sentir del todo cómodo a Arnold, a diferencia del resto de la escuela; la pregunta era, cuál sería el motivo de esa sensación extraña. El chico ya no la miraba de la misma forma, y en cambio, tenía para con ella una actitud como de análisis y cuestionamiento silencioso.
Ese día, estaba previsto ensayar el beso entre ambos y la revisión final del proyecto escolar. El dilema era el siguiente: Si 'Cecile' faltaba a clases, Bob creería que estaba faltando a su palabra y a la vez, arruinaría el ensayo. Pero, al mismo tiempo, si Helga se ausentaba, lo del proyecto escolar se vería trunco nuevamente. Así que, como el día anterior, cargó su bolso con todo lo necesario para el rol de Cecile, pero vestida como la ahora descolorida y aburrida Helga. Por falta de voluntad, no se quitó las extensiones, así que se hizo unas ligeras torzadas en sus dos colas de caballo.
Transcurrió como Helga durante el almuerzo, sabiendo que "Cecile llegaría tardísimo ese día". ¿Y qué excusa podría inventar como esta? ¿Tráfico pesado? ¿Se quedó atrapada en el ascensor de su edificio? O, ¿acaso ese día no había despertado con las condenadas ganas de fingir ser alguien que no era?
—Helga... Helga. —la llamó por segunda vez, ya que ella lucía distraída.
— ¿Eh? ¿Qué quieres, cabeza de balón? ¿No ves que estoy almorzando?
—Sí, pero hace dos días que casi no hablamos del proyecto y yo...
— ¿Llevas la cuenta, acaso?
—No, es que debemos revisarlo porque hay que presentarlo el Viernes...
—Mira, te veré hoy, en tu casa a las nueve, ¿de acuerdo?
— ¿No podríamos usar las horas libres de Arte? El profesor Rudolph no vendrá hoy.
—No. —Negó Helga raudamente—. ¿Quieres que te ayude, o no? —le preguntó sin tanto ímpetu, prácticamente al borde de las lágrimas.
Arnold notó el cambio en su apariencia, ¿qué había pasado con su vestido rosa y su moño? ¿Y su cabello? ¿Por qué lucía y actuaba tan extraña?
— ¿Estás bien, Helga? —Le respondió con otra pregunta, tomando asiento en su mesa—. No luces bien, ¿estás enferma o algo?
— ¿Quieres terminar el proyecto con Cecile, no es así? Porque todos...
—Dijo alargando las sílabas—, todos quieren hacer todo con ella, ¿sabes? Bien, termínalo con ella, Arnold.
—Helga, no, no es así.
—Simmons la agregó a nuestro grupo y tú estás muy entusiasmado con la idea… Bien, no estorbaré en tus asuntos con esa idiota. Termínalo y me avisas. —Dijo retirándose rápidamente de la mesa, con su almuerzo.
—No... Agh. Lo que menos quiero es estar con Cecile... —Susurró como para sí.
¿Desde cuándo Helga vestía de blanco?
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Media hora más tarde y la presencia de Bob, Nick y Leichliter anunciaban que el momento del ensayo había llegado.
—Lo siento, lamento llegar tan tarde... —se excusó Cecile ante Wartz.
—Señorita. ¿Sabe usted qué hora es?
—Lo siento mucho, señor. De veras. En el camino, mi padre tuvo que atender a una señora y su pequeño niño, un accidente horrible... —Decía Helga al mejor estilo educado y cortés de Lila.
—Bien, vaya al auditorio. La gente del comercial ya llegó y deben estar preguntándose por usted...
—Gracias, Sr. Wartz. —Respondió, obedeciendo.
—Un momento, —la llamó nuevamente—, ¿ya firmaron sus padres el permiso?
—Oh, Dios, lo olvidé en casa... Sí, ambos lo firmaron, señor.
—Bien, tráigamelo mañana a primera hora.
—Sí, sí, cómo no...
¡Diablos! Phoebe aun no sabía cómo conseguir las firmas de los inexistentes padres de la inexistente Cecile...
—Buenas tardes. —Saludó con prisa.
—Qué bueno que llegaste, Cecile. —Saludó Bob—. Arnold, ven, mira el corcel de utilería que conseguimos...
El rubio vio el armatoste que parecía ser un corcel, formado por una mezcla de plástico, madera y cartón, con desconfianza...
— ¿Debo montar eso? —Preguntó con temor.
—No, no, sólo haremos unas tomas... El resto será digitalizado por computadoras y editado. —Aseguró Vermicelli.
—Ah, qué bien. —Suspiró aliviado.
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—Cuando ella esté por subirse en el carruaje, caerá. ¿Entiendes?
— ¿Usted quiere que yo desajuste las ruedas, para que en el ensayo final ella caiga y se lastime?
—Exacto, Lloyd. ¡Por fin estás entendiendo! Ahí, es cuando Cecile será reemplazada.
— ¿Por Lila? —Preguntó Rhonda, confirmándolo Leichliter—. ¿Por qué quiere que precisamente Lila la reemplace?
—Eso es como si yo preguntara por qué te agrada el chico del corte tazón...
—Eso no es así. —Negó la pelinegra.
—Yo entiendo que es de cierta manera que…te compromete.
—Usted es despiadado, ¿hacerle daño a alguien?
—No hay más opciones. Si Cecile actúa, tú pierdes. —Sentenció el sujeto.
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—Bien, ¡llámala! —Indicó Bob mientras ensayaban.
—"¡Aquí, mi amor! ¡En la Plaza de las rosas! ¿Dónde estás?" —Pronunciaba Cecile.
—"¡Pensé que estarías en la Plaza de las estrellas, amada mía!"
—"No, ven pronto. No puedo esperar más para verte..."
—"En un momento estoy allí" —Dijo Arnold, bajándose del falso corcel.
— ¡Excelente! —Exclamaba Bob, a la vez que veía el ensayo—, esto va quedando grandioso.
— ¡Aquí estás, princesa!
— ¡Oh, por los cielos, pensé que no llegarías más!
—Nunca podría dejarte... —acotó Arnold.
—Es que temí que no me encontraras. —Decía Cecile, acercándose al príncipe.
—Siempre que tenga un localizador Big Bob's Beepers, podré encontrarte... —aseguró el chico, sin más.
— ¡El beso! —indicó Bob, al ver que el par de jóvenes no proseguía con lo que el guion exigía.
Arnold bajó de su corcel, tomando la mano de su damisela para ayudarla a bajar de su carruaje. Se miraron por un momento, y él la besó tenuemente.
— ¡Estupendo! —Opinó Bob, ni bien el breve beso hubo terminado—. Mantengan esa magia para mañana y en dos días se graba.
Excelente, Cecile. Fue tan bueno encontrarte... —dijo Pataki, muy animado.
Helga sonrió de lado, aceptando su cumplido sin demasiada alegría.
—Te ves fantástica, Cecile, ¿cómo has estado? —dijo Eugene, saludándola.
—Magníficamente, Eugene. ¿Y tú?
Cielos. Ese papel de la señorita perfección no le iba para nada bien.
—Mejor, imposible. —Comentó el pelirrojo en evidente buen estado de ánimo. Leichliter venía hacia el escenario.
—Mucho mejor actuado que las otras veces, ¿Señorita...? —comentó el crítico, poniéndola en una situación no deseada; revelar su apellido.
—Cecile. —aseveró Helga, tragando en seco.
— ¿'Cecile...'? ¿A secas? —insistió el tipo, arqueando una ceja, en señal de desconfianza, llamando la atención de varios de los allí presentes.
—Es cierto, Cecile. Todo el mundo hablando de ti, y uno que no conoce tu apellido... —Razonó Sheena.
—Su apellido es Deneuve. —comentó inesperadamente Brainy.
Todos voltearon a ver quién afirmaba tal teoría.
— ¿Es así, Cecile? —cuestionó Sid.
—Sí, ese es mi apellido... —respondió nerviosa, riendo levemente—. Así es como me apellido... Bueno, nos vemos mañana...
Gerald contempló toda la situación con preocupación. Él conocía de la historia de Cecile y Arnold. Él, al igual que el chico rubio, sabía perfectamente que la Cecile actriz, la que había tenido aquella cita romántica con Arnold hacía un año atrás no era más que una impostora; alguien que no era capaz de reconocer su verdadera identidad frente al chico. Era más que obvio, que 'Cecile' ni siquiera era su nombre. Por todo eso, no le fue muy difícil darse cuenta que la inoportuna pregunta de Leichliter la había incomodado terriblemente. Pero, ¿por qué Brainy había salido a su rescate?
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Helga en lo único que podía pensar era en que terminara ese maldito día. Una vez más había sido besada por Arnold, ficción, realidad, ¿quién sabía ya? Ya se no se sentía igual. Nunca se sentiría igual. El problema, era que no se sentía a gusto en el personaje, ya no más. No podía sentirse bien, sabiendo que a medida que Cecile cada vez más se instalaba en la vida de todos, una parte de Helga iba desapareciendo para darle más y más espacio a la impostora. En lo único que podía y quería pensar, era en poder llegar a su casa y descansar, de tantas mentiras, de tanta Cecile, maldita Cecile. Afortunadamente, todo acabaría tras el rodaje del segundo comercial. Hasta que lo escuchó.
— ¡Cecile! —exclamó Arnold, tras de sí.
Helga giró un poco a verlo.
—Disculpa que te moleste... No sé si recuerdas, pero el señor Simmons te unió a nuestro grupo...
Helga cerró sus ojos con fuerza, deseando que las palabras de Arnold no significaran lo que ella creía que significaban.
—Oh, sí, sí. Lo recuerdo...
—Bueno, verás... —Dijo con incomodidad, como si él también no quisiera pedirle ese favor—. Helga no podrá venir esta noche, y la entrega es el viernes...
—Oh...
— ¿Crees que podrías ayudarme esta noche?
—Bueno, yo... Eh, sí, claro... Puedo ayudarte, Arnold. —Dijo no muy convencida.
—Gracias, Cecile... Nos íbamos a reunir en un momento, a las nueve...
— ¿En quince minutos...? —Preguntó, intrigada. Cielos, entre tantas cosas en su cabeza, ni siquiera recordaba a qué hora él le había dicho que se reunieran.
—Sí.
—Bien, le diré a mi papá... —Comenzó, deteniendo su frase intempestivamente, ante la mirada curiosa de Arnold—, le diré a mi padre por teléfono, que llegaré tarde...
—De acuerdo, ¿pero estará bien? Que llegues tarde, digo... Nos reuniremos en mi casa...
—No habrá problema. —Aseguró ella.
—Puedo acompañarte a tu casa, Cecile... Si tú lo deseas.
— ¡No! —exclamó histérica. Arnold la miró sorprendido—. Es que... Phoebe pasará por mí. Mis padres no estarán en casa esta noche. —justificó finalmente.
—Oh... Bueno, puedo acompañarlas.
—Sí. Sí, seguro. Gracias. —Respondió ella con prisa, de forma mecánica.
Él no la recordaba así. Cecile era una chica amable, tranquila, no era así. ¿Qué le estaba ocurriendo?
Larga noche sería…
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Una vez en la casa de Arnold...
—Adelante, Cecile. Esta es mi alcoba. —la dirigió.
—Bonita habitación. Muy...prolija. —Comentó Helga.
—Gracias. —Dijo él sonriente—. Bien, toma asiento.
Ella asintió con una mueca.
—Te alegrará saber que ya está casi todo hecho. —Aclaró Arnold antes de comenzar.
—Genial. —asintió nuevamente, estando presente sin estarlo.
Era horrible. Realmente detestable. ¿Cuándo existiría el día en el que, como Helga, ella pudiera estar allí, compartiendo algo, lo que fuera? Si lo pensaba, ella ya había conseguido eso, a través de la tarea grupal, pero claro, ella se refería a algo más. ¿Cuándo Arnold la vería como él ve a Cecile?, pensaba mientras él hablaba y ella no escuchaba.
—Así que, solo nos resta hacer un pequeño informe de todo lo que te expliqué, Cecile... ¿Bien?
Helga parpadeó, retornando a la realidad.
—Claro. Sí. De acuerdo, Arnold.
El chico frunció su ceño. Definitivamente algo no andaba bien con Cecile.
Luego de un rato escribiendo, y de varios intentos por entablar una conversación, aunque más no fuera, para evitar un clima de aburrimiento, sin éxito, Arnold habló más decidido.
—Pensé que no volvería a verte, Cecile...
Helga levantó la mirada de su cuaderno.
—Bueno, yo... De hecho, no tenía demasiadas ganas de regresar, Arnold...
— ¿Sí? ¿Por qué, Cecile? —Preguntó intrigado.
—Bueno... No hay muchas cosas que me aten a Hillwood, ¿sabes? No pertenezco aquí.
Arnold rió de lado.
—No esperarás que me crea esa historia, ¿o sí?
Helga le dirigió una mirada fulminante.
— ¿Qué quieres decir, Arnold?
— ¡Oh, vamos! —Exclamó, molesto—. ¿Olvidas cómo nos conocimos, Cecile?
— ¿Qué? ¿De qué hablas?
—Tú no eres Cecile. —Dijo él, cruzándose de brazos—. No puedo creer lo que acabas de decir... —Continuó, ahora, con un tono de voz de suma tristeza y pesar—. No puedo creer que digas que nada te une a Hillwood...
—Arnold, yo... —Empezó, apenada.
—No, Cecile. No. Es siempre lo mismo, cada vez. Regresas, me ilusiono, te marchas... —Espetó dándole la espalda—. Yo... Ya no puedo quererte…
— ¿Cómo puedes quererme? Ni siquiera me conoces, Arnold. No sabes quién soy... No tienes idea.
— ¿No sé quién eres? No, no lo sé, ¿y sabes por qué? ¡Porque no quieres decírmelo, Cecile!
Helga cubrió su rostro con sus manos.
—No podría decirte quién soy, jamás lo haré, Arnold. ¿Y sabes por qué? Porque sé cómo reaccionarías.
—Entonces te conozco.
Eran las más despreciables palabras que pudo escucharle decir. Era lo peor.
—Es increíble... —Decía como para sí.
— ¿Qué es increíble, Cecile? ¡Cielos! Odio llamarte así. ¡Lo odio, lo detesto! —Exclamó molesto nuevamente—. Odio no saber cómo te llamas, odio no conocerte en verdad...
Las lágrimas huían de su rostro, finalmente.
—Quiero irme. —Dijo Helga.
Arnold se agachó, hacia donde estaba ella sentada. La tomó del rostro y secó sus lágrimas.
—No llores, Cecile. Perdóname. No quise decir todo eso... Pero si lo dije, es porque en verdad tú...
—No, Arnold. No me digas eso. No me quieres, no en realidad. No te gusto, tampoco. Quieres a la fachada de la chica que dice llamarse Cecile. Y esa no soy yo.
—Te diré una sola cosa, y no me importarán las mentiras que hay entre nosotros desde siempre. Como me dijiste esa noche, "me gustas, y quisiera saber si yo te gusto...". Una palabra tuya y todo cambiará, Cecile. No importa quién seas, sólo dímelo… —dijo él, suplicante.
Helga se mordió el labio con nerviosismo y tristeza.
—Yo... Lo siento, no puedo seguir con esto... Yo no te quiero como tú a mí. Lo siento, Arnold… El chico quedó en silencio. No podía ser cierto.
Los ojos azules de Cecile, cubiertos de cristalinas lágrimas, de repente se habían vuelto más azules. El timbre sonó.
—Esa debe ser Phoebe. —Comentó ella.
—Está bien, Cecile. Lo entiendo y me lo esperaba. Últimamente no has sido tú, cambiaste, no lo sé... —Acotó Arnold, intentando procesar su respuesta.
—Sí, Arnold. Cambié. Lo lamento, es así... —Dijo apenada.
—Sí... Te acompañaré. —Afirmó él.
—Gracias. Le diré a Helga que te ayude mañana.
—Sí, gracias…
—Y te prometo, que cuando termine el rodaje, no apareceré nunca más. Será más fácil para los dos... —Aseguró Cecile, recibiendo una mirada de tristeza del chico.
—Ojalá hubiera venido Helga esta noche... —pensó él, en voz alta, sorprendiéndola.
Y así, Phoebe encontró a una Helga con claras muestras de haber llorado y a un Arnold sumido en la tristeza. ¿Qué rayos habría ocurrido?, pensó la oriental.
Cuando Helga subió al auto de la madre de Phoebe, y esta arrancó, finalmente la pelinegra le pudo preguntar.
—Helga, ¿qué ocurrió? ¿Por qué estás así? —interrogó con mucha preocupación.
La rubia, secándose los rastros de lágrimas, le dijo:
—Ahora sí que todo acabó, Phoebe. Este es el fin.
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CONTINUARÁ…
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Hola queridísimos lectores! Dios, cuánto los extrañé, es decir, no hace taaaaaaaaanto tiempo que actualicé, pero mi nueva rutina de vida no me deja vivir, no puedo avanzar los fics, y tampoco con el estudio, es terrible esta época. Tenía escrito este episodio desde hacía casi un mes, pero quería que pasara un cierto lapso entre el anterior y este porque no sé cuándo volveré a actualizarlo, estoy repleta de exámenes; repito, odio que sea así y la abstinencia de escribir es detestable.
Como verán, hubo un quiebre entre ambos, que era muy necesario que ocurra. ¿Qué pasará con la dualidad entre Helga y Cecile? ¿La pondrán al descubierto? ¿Ella lo confesará? Son preguntas que rondan en mi mente, considerando que estamos a tres episodios del final y que el stress universitario lentamente se apodera de mí, cercenando mi costado creativo/de diversión adictiva.
Espero que les guste, nos volveremos a ver a fin de mes, (espero), sepan disculpar mis obligaciones de estudio y no crean que los abandono!
Muchísimas gracias a todos y cada uno de los que la siguen, leen, comentan y se adhieren. Los amo inmensamente. Qué semana difícil y triste. Sé que muchos deben ser fanáticos de Gustavo Cerati, que nos dejó oficialmente ayer. Como argentina, me toca muy de cerca. También nos dejó Joan Rivers, qué mujer tan genial, me conmovió mucho lo de ambos, ¡el mismo día! :/ Aunque no tienen relación con los fanfics, no quería dejar de mencionarlo.
Gracias: SandraStrickland, Sweet-sol, ViviiGeraldine, StefanyBM, MousseWhite21, noli-enchantrix por leer y comentar! Les respondo por PM.
Nos vemos pronto,
MarHelga.
