Entró a la casa y azotó la puerta tan fuerte como pudo. Estaba cansado de ese estúpido festival y de la ridícula felicidad que todos aparentaban. Hace tan sólo unos días estaban molestos por el exceso de trabajo y ahora no paraban de gritar, beber y bailar. Él todavía tenía trabajo qué hacer y lo último que quería en el final de ese día era otro pervertido más confundiéndolo con una chica.

Encendió una vela y comenzó a subir las escaleras. En el interior casi no se percibía el ruido proveniente de afuera y eso lo calmaba. Su plan era dormir y esperar que al día siguiente los clientes volvieran a su vida diaria para entonces él poder seguir trabajando y ganar dinero.

—Hola, Yuri. Regresaste temprano del fest…

Golpeó directo al rostro de aquel sujeto y lo estampó contra la pared, agarrándolo de su ropa. No le importó quién habló, lo único que sabía era que en esa casa no debía haber nadie más además de él y que escuchar a alguien hablarle en el pasillo no era la definición de una casa sola.

—¡Yuri, soy yo! Suéltame.

—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en este momento con tu amigo ese el banquero gastando todo tu dinero en mujeres y alcohol?

—Veo que el abuelo te ha hablado muy bien de mí —dijo con sarcasmo mientras se zafaba del agarre.

—Como sea. ¿Qué haces aquí?

—¿Acaso no puedo estar en mi propia casa? Sólo quise darme una vuelta a ver cómo estaba todo.

Yuri miró inquisitivo al mayor. Tenía razón, era normal que quisiera pasar a esa casa a ver que todo estuviera en orden, pero aún así algo no tenía sentido.

—¿Por qué estás tan agitado?

—¿Quién no lo estaría después de regresar del festival? Además de que me asustaste golpeándome de esa manera.

—Si tú lo dices… —Algo seguía sin cuadrarle.

—¡Ya sé! ¿Por qué no salimos de regreso al festival? Necesitas relajarte un poco. ¿Te parece si te adelantas y en un momento te alcanzo?

Viktor comenzó a empujarlo de regreso por el pasillo hacia las escaleras, pero Yuri se frenó, ya bastante molesto.

—En serio, ¡¿qué demonios sucede contigo?!

El mayor se estaba exasperando de la desconfianza de Yuri. Sabía que el chico era desconfiado por naturaleza, lo cual lo convertía en la persona adecuada para hacerse cargo de su negocio; pero en esos momentos era una verdadera molestia esa virtud que ahora parecía más un defecto.

Le iba a decir algo para poder deshacerse de su joven amigo, pero un ruido proveniente de su propia habitación retumbó por toda la planta alta. Soltó un suspiro de desesperanza, todo estaba perdido.

—¡¿Qué fue ese ruido?! —Yuri comenzó a caminar con decisión hacia la habitación de Viktor, pero éste lo tomó de la mano.

—¿Ruido? ¿Qué ruido? Debes estar cansado, Yuri.

—Y tú debes estar idiota y sordo si no escuchaste nada.

Como pudo, se soltó de agarre y se dirigió corriendo hacia la puerta, abriéndola de golpe. Viktor trató de detenerlo, pero el chico era tan ágil y escurridizo como un gato.

El rubio entró en la habitación y la recorrió entera con la mirada. No pasó ni un segundo cuando vio a alguien entre las sombras, pegado a uno de los rincones. Se abalanzó sobre esa persona apenas la detectó.

Cuando la tuvo en sus manos, le torció el brazo hasta dejarlo caer de boca sobre el suelo para hincarse sobre él y comenzar el interrogatorio.

—¡¿Quién eres y qué haces en esta casa?!

—¡Viktor! —Fue lo único que atinó a decir el pelinegro, asustado por no poder zafarse.

—¡Déjalo, Yuri! No lo lastimes. —Viktor se acercó rápidamente, sosteniendo la vela para poder iluminar la habitación.

—¿Lo conoces? ¿Por qué estaba oculto en tu habitación?

La luz entró y el rubio aprovechó para dar media vuelta al cuerpo que tenía debajo de él y así poder verle el rostro. Cuando lo hizo, soltó su agarre como si fuera fuego lo que estaba tocando. Se puso de pie tan rápido como pudo y dio varios pasos hacia atrás con los ojos abiertos como platos.

—V-Viktor… ¿qué has hecho?

—No saques conclusiones apresuradas. Primero escúchame —le dijo mientras ayudaba al otro a levantarse del suelo.

—¡Sí, claro! ¡Por supuesto que te dejaré explicarme por qué tienes al príncipe secuestrado en tu habitación! —Movió los ojos de un lado a otro, aún incrédulo de la frase que había formulado. —¡El príncipe, Viktor!

—Yuri, respira y cálmate. Esto no es un secuestro y en definitiva éste no es el príncipe.

—¿Crees que soy tan idiota como tú? Ése de ahí es el príncipe. Lo he visto varias veces cuando iba a darte informes al palacio. ¿Sabes qué? Ni siquiera tengo que dejarte hablar. Iré a buscar a la guardia para que te detengan.

Parecía dispuesto a hacer lo que dijo y reacio a escuchar nada más por parte del peliplata. Iba a encaminarse hacia la puerta, pero su mano fue tomada con fuerza. Volteó, listo para golpear a Viktor, pero se detuvo en seco cuando vio que era el príncipe el que lo sujetaba.

—No irás a ningún lado. —A pesar de que su mano temblaba y sus ojos denotaban en nerviosismo en el que se encontraba, sus palabras sonaron firmes. —Viktor no me tenía secuestrado, yo decidí verlo por cuenta propia.

—Pero…

—¿Acaso dudas de las palabras del príncipe?

El rubio se quedó callado. No entendía nada de lo que estaba sucediendo y en definitiva no era un panorama normal el que estaba presenciando, pero efectivamente no podía poner en duda las palabras de quien tenía de frente. Cómo odiaba en esos momentos a los de la realeza y su tonta autoridad.

—No, alteza.

—Viktor estaba a punto de acompañarme de regreso al palacio. Nada malo ha sucedido, así que no debes preocuparte.

El príncipe soltó el agarre y caminó hacia Viktor, quien no se veía seguro de cómo proseguir y sólo atinó a dejarlo pasar por la puerta y seguirlo hacia la entrada. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de salir, el menor lo tomó de su hombro y lo obligó a girarse.

—Más te vale regresar y darme una muy buena explicación de lo que acaba de suceder, o sino te buscaré y me encargaré de que te quedes sin dientes en esa boca mentirosa tuya.

Con esa amenaza como últimas palabras, Viktor salió de la casa y fue a encontrarse con Yuuri, que lo esperaba a pocos metros de ahí. Llegó a su lado y comenzaron la caminata hacia las afueras donde estaba el pasadizo.

Al inicio había un silencio casi sepulcral entre los dos. Yuuri estaba pensando en que alguien se había enterado que estuvo fuera del palacio, que había sido un estúpido al pensar que podía escaparse y que todo habría salido bien. ¿Qué haría ahora? ¿Y si ese chico lo delataba?

Por otro lado estaba el hecho de que se dejó llevar totalmente por el estado de ebriedad en el que estuvo y le dijo cosas a Viktor que ya no recordaba al pie de la letra, pero que seguramente tuvieron que ver con una declaración de sentimientos. No sólo eso, sino que de alguna manera terminó en una cama besuquéandose con él, comenzando a quitarse la ropa y a pedirle que… que lo hiciera suyo.

—¿Estás pensando en lo de hace rato?

—¿Tan evidente era? —rió nerviosamente y desvió la mirada.

—Estás tan rojo que pareces una manzana.

—Si tu amigo no hubiera llegado… —No pudo terminar la frase, era demasiado vergonzoso.

—Te habría hecho mío esta noche —dijo decididamente.

Yuri sintió un calor ardiente expandirse desde su pecho hacia todo su cuerpo, mezcla entre la vergüenza y excitación. ¿Acaso ese hombre no se fijaba en las cosas que decía?

—Por cierto, —Viktor volvió a hablar después de que se dio cuenta de lo que dijo sin chistar— ¿Ya no te sientes mareado?

—Recobré el control de mi cuerpo y mente cuando se escuchó la puerta de tu casa abrirse. Nunca me había asustado tanto.

—Sé que estás preocupado de que Yuri diga algo, pero descuida, si le pido guardar silencio, entonces lo hará.

—¿Yuri? ¿Se llama igual que yo?

—Lo sé. ¿Quién pensaría que el hijo de un comerciante tendría el mismo nombre que un príncipe? Pero como te decía, es de toda mi confianza, así que puedes regresar al palacio tranquilo.

—Es tu hermano, ¿cierto? Escuché que le dijiste algo sobre su abuelo. Por como sonó, hablaban del abuelo de ustedes dos.

Viktor detuvo su andar y bajó la mirada. Podría decirse que el príncipe no estaba equivocado, pues los educaron como si fueran hermanos y en gran medida así se trataban, más él a Yuri que al revés. Pero por otro lado, no tenían ninguna relación sanguínea. Supuso que decirle al príncipe que sí había un lazo de hermandad lo tranquilizaría.

—Sí, es mi hermano.

—En ese caso, cuéntale todo. Merece saber la verdad y no tiene sentido fingir que yo no estuve en la casa de ustedes.

Llegaron a la entrada del pasadizo y detuvieron su andar. Yuri tendría que seguir por su cuenta, pues se suponía que no había salido, mientras que Viktor tendría que entrar por las puertas del palacio al día siguiente, como era de esperarse después de su estadía de un día en la ciudad.

—¿Sabes? Yo no tenía ni la más mínima idea de que tenías un hermano. Me siento mal de darme cuenta que no sé nada de ti. —Se acercó a Viktor y le depositó un beso cálido en su mejilla, cerca de sus labios— Así que, quiero que me lo cuentes mañana. Quiero saberlo todo.

Viktor colocó su mano en donde había recibido el beso, viendo cómo el príncipe entraba por aquella entrada gastada y abandonada que lo llevaría de regreso al palacio. Estaba tan ensimismado en ver desaparecer esa figura delgada que hace no mucho estaba debajo de él que poca importancia le dio a las últimas palabras que escuchó.

Regresó por el mismo camino y se dirigió a la ciudad, en donde el otro Yuri lo estaría esperando ansioso por escuchar la explicación.

No se sorprendió cuando llegó a la casa y lo primero a lo que se enfrentó fue ser amenazado con un cuchillo en el cuello.

—No es necesaria tanta violencia, Yuri.

—Usaré la violencia que sea necesaria para que me digas qué carajo estaba haciendo el príncipe en esta casa.

—Te lo contaré todo, sólo aleja ese cuchillo de mí —dijo, tratando de sonar calmado—. Ahora, ¿recuerdas al joven que vi en el carnaval que te pedí que me ayudarás a buscar?

—No me cambies el tema. Ya te dije que esa persona no existe, no hay registro alguno de él. Volviendo a lo del príncipe…

—Lo encontré.

—¿De qué hablas?

—Que encontré a aquel chico del cual quedé enamorado a primera vista.

—¿Y eso qué tiene que ver con…?

Viktor casi pudo ver cómo el cerebro del rubio trabajaba a toda velocidad armando las piezas del rompecabezas. Dejó que llegara a la conclusión él mismo.

—¡¿Acaso esperas que me crea esa mierda de historia?! ¡Estoy cansado de tanta mentira! Ya tuve suficiente de ti y de tus burlas. Tendrás que buscarte a alguien que sí sea lo suficientemente idiota como para creer todas las estupideces que dices. Yo me largo de aquí.

Yuri se dio la vuelta, encolerizado. Si algo detestaba era que le vieran la cara de estúpido cuando le mentían.

—Lo que te dije es verdad. Yuri, te juro por Anna que ese chico es el que había estado buscando todo este tiempo.

—No te atrevas a usar el nombre de nuestra madre para esto.

—Si lo hago es porque estoy diciendo la verdad.

Yuri se quedó viendo a la pared un largo rato. Viktor sabía que aún no lo convencía, pero al menos había logrado que se quedara donde estaba.

Le contó todo, desde el momento en que se lo encontró como un chico perdido con una máscara puesta, hasta el cómo no lo reconoció cuando fue presentado ante la familia real y después le lanzó la verdad encima diciéndole que él sí lo recordaba y que la persona que tanto había estado buscando era él. Al final, Yuri siguió callado un poco más hasta que al final habló.

—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?

—Al inicio sí, pero ahora que te lo conté todo siento que esto parece más un cuento de hadas.

—¡Exacto! Es un príncipe, Viktor. Ellos tienen la vida decidida desde el momento en que nacen. Tal vez no sea el heredero al trono porque la princesa es mayor que él, pero su vida está en ese palacio. Tendrá que casarse para unir lazos con otro reino y así no estar en guerra. Tendrá que hacer que una princesa dé a luz a un bebé para que la línea de sucesión continúe. ¡Tú más que nadie sabe que la vida de esas personas ya está marcada!

Viktor prefirió dar por terminada la conversación. Quizá todo este tiempo había estado cegado por sus sentimientos al punto de que no se dio cuenta de lo ridículo que era todo esto. Hace muchos años él fue negado de la casa real de su país a pesar de tener sangre azul, pero eso le dio algo que nadie dentro de esos muros tendría: libertad de hacer con su vida lo que quisiera. El príncipe de quien sorpresivamente se había enamorado no tenía derecho a eso.

Esa noche durmió mal nuevamente. Ya habían sido tantas noches así que no se sorprendió de regresar al palacio muerto de cansancio.

No tuvo tiempo de siquiera descansar un poco, pues apenas se sentó en su escritorio miles de papeles comenzaron a aparecer uno tras otro enfrente de él.

No estuvo seguro de cómo terminó todo lo que tenía qué hacer, pero apenas pudo levantarse de ese aburrido escritorio, caminó rápidamente hacia los establos.

—¡Makkachin!

Un perro de gran tamaño salió corriendo a su encuentro y se lanzó sobre él. Rió cuando sintió el peso del animal sobre su cuerpo.

Decían que ese perro tenía un comportamiento salvaje e hiperactivo, pero Viktor sabía que sólo era un perro travieso al que le gustaba jugar mucho. Aún así, esos no fueron motivos suficientes para dejar al animal en el palacio y tuvo que ser llevado a los establos antes de que se intentara comer por quinta vez el retrato del rey en la cámara principal.

Supuestamente, siempre debía llevar correa, pero Viktor nunca hacía caso a eso. De todas formas el perro lo seguía a donde fuera, al menos la mayoría de las veces.

Anduvo paseando por los jardines, y hasta ahora Makkachin no había hecho otra cosa que intentar comerse las flores que encontraba. Viktor a veces se lo impedía, otras dudaba que alguien se fuera a dar cuenta de que faltaba algo en ese arbusto. Todo iba con calma hasta que el perro comenzó a correr a gran velocidad hacia un zona no muy transitada del palacio. Parecía que no había nadie por ahí, así que no entendió por qué su perro correría de esa manera. Pero en eso la idea le cayó con fuerza en la cabeza y recordó que la única vez que el perro había corrido así había sido cuando se lanzó por primera vez encima del príncipe.

Corrió detrás del perro, con una mezcla entre nerviosismo de que alguien fuera a salir herido por el peso del perro cuando cayera encima de él y entusiasmo por la esperanza de que la víctima de su perro fuera Yuuri.

Alcanzó a sujetarlo del cuello en la entrada de una antigua sala. Parecía que había dejado de ser usada para eventos desde hace años, pero la puerta estaba semiabierta. Se asomó con cautela y decidió no arruinar la hermosa vista que tenía delante.

Aún quedaban los últimos rayos de sol que se filtraban por una de las ventanas, así que era posible ver el interior. Yuuri estaba desplazándose de una esquina a otra como si estuviera escuchando la pieza más delicada y armoniosa que pudiese existir. Pasados unos instantes, Viktor cambió su percepción de la escena y supuso que más bien era Yuuri el que estaba creando la música con su cuerpo al moverse de aquella manera, logrando que de alguna extraña manera pudiera hasta escuchar la supuesta canción en la mente del príncipe.

Se veía concentrado en lo que hacía. No era un profesional, pero Viktor sabía que era evidente que sabía lo que estaba haciendo. Lo sabía bien porque a él le tocó estar dirigiendo esos pasos que ahora se movían por su cuenta, acariciar esa cintura que giraba libremente y tomar entre sus manos esos dedos suaves al tacto. Ya fuera bailar con él o verlo desde fuera era igual de increíble.

Tan concentrado estaba que aflojó un poco el agarre del perro, y ése fue su primer gran error en el día.

Makkachin corrió directo hacia el príncipe. Lo cierto es que jamás se sabría por qué el can le tenía tanto aprecio a esa persona, pero siempre lo recibiría de aquella manera.

Yuuri apenas alcanzó a poner las manos frente a él, pero de poco sirvió cuando el peso del animal cayó encima suyo y lo llevó al suelo. Recordaba que esa escena la había vivido anteriormente y su corazón dio un brinco cuando supuso que si el perro estaba ahí, su dueño también.

Trató de apartar a Makkachin sin éxito, y fue hasta que Viktor llegó a un lado suyo que pudo deshacerse de esa bola gigante de pelo.

—Te juro que estoy trabajando en eso, pero no le puedo quitar la mala costumbre de que te brinque encima.

Le extendió la mano y Yuuri se la aceptó, limpiando con su otra mano el exceso de tierra y polvo de su pantalón.

—Creo que puedo llegar a acostumbrarme a ese saludo —le dijo con una sonrisa traviesa y bajando la mirada. —Siempre y cuando ese saludo venga acompañado de ti ayudándome a levantarme.

Viktor rió nerviosamente y también bajó la mirada. Le encantaba cuando Yuri usaba ese tono seductor e inocente a la vez, aunque era obvio que el chico sólo lo hacía con él, pues se veía avergonzado de las cosas que decía. Eso le encantaba más.

—Estabas bailando —comentó, aún sosteniendo la mano del príncipe. Notó cómo ésta se puso tensa.

—No, no. Yo sólo…

—Te vi hacerlo. No me engañas, aún tienes la respiración acelerada. — Mientras hablaba, pasó la mano por el rostro del príncipe, viéndolo como si estuviera tratando de memorizar sus rasgos— Tus mejillas están rojas todavía.

—Eso es porque estás muy cerca —le contestó con voz algo apagada y temblorosa. No podía con tanta cercanía.

Yuri se puso aún más nervioso cuando la mano libre de Viktor descendió de su cara a su cuello, bajando aún más hasta llegar a la altura de su corazón.

—Late tan rápido —susurró, aún viendo los rasgos faciales de Yuri.

Viktor comenzó a acercar su rostro al del príncipe y éste vio sus intenciones. Aún así, por más que deseaba besarlo en ese momento, detuvo con su otra mano el avance de los labios del peliplata. Éste se extrañó por haber sido apartado.

—¿Recuerdas lo que te dije ayer? Creo que tengo el derecho de saber quién es la persona que me quiere besar.

Viktor trató de detener sus impulsos, de ignorar el comentario y abalanzarse sobre esos labios que decían palabras innecesarias, pero Yuuri tenía razón. Quería demostrarle que no era solamente lujuria lo que sentía por él. Sin embargo, eso implicaba algo que había sido lo que en gran medida no lo había dejado dormir la noche anterior.

No podía decirle a Yuuri quién era él, simplemente no podía contarle lo que 24 años habían hecho de él.

—De acuerdo, tú ganas. Pero con una condición.

Yuuri movió la cabeza hacia un lado, curioso por saber. Se extrañó aún más cuando Viktor se inclinó delante de él, aún sin soltar su mano, en posición de reverencia.

—¿Bailarías conmigo?

Yuri rió ante la propuesta. Por un momento se sintió como un niño pequeño por la gracia que le había causado la dichosa condición.

—Es la primera vez que me lo pides. —Era cierto, la primera vez que se lo dijo no había sido una pregunta— Tú guías.

Fue lo último que le dijo antes de posicionarse delante de él. Se tensó cuando volvió a sentir esa mano que tanto extrañaba rodear su cintura. No le diría a Viktor, pero toda esa tarde que estuvo bailando hasta que Makkachin cayó encima de él, había estado pensando que el peliplata era su acompañante imaginario.

Viktor comenzó a guiarlo por la sala. Aunque no tenían ninguna canción para seguir, extrañamente ambos se coordinaban de manera perfecta, como si estuvieran escuchando los mismos sonidos en sus cabezas. La pieza imaginaria era lenta, suave, buscando detener el tiempo lo más posible.

Al inicio no se desprendían, pero poco a poco comenzaron a desenvolverse más. Trataban de no separar sus miradas, aunque el que Viktor comenzara a hacer girar a Yuri de vez en cuando no ayudaba, lo que le causaba risa al pelinegro.

En la sala se escuchaban sus pasos, a veces acompañados de risas, otras de suspiros perdidos y nuevamente silencio que marcaba el momento en el que regresaban a perderse en los ojos del otro. Ambos sentían que el tiempo se había detenido lo suficiente para que ellos dos pudieran estar juntos sin temor alguno.

La poca luz de la noche era lo único que lograba dar cierta luz en aquella habitación, y eso era suficiente para ellos dos. Pasado un momento, Yuri se acercó lo suficiente para recargar su cabeza entre el hombro y el cuello de Viktor. Éste lo cubrió con sus brazos y así continuaron el resto de su baile del que sólo quedaban sus pies desplazándose mínimas distancias y sus cuerpos balanceándose como si aún siguieran el ritmo de una música que nunca existió.

—¿Sabías que no nací en el palacio? —Fue lo primero que dijo Yuuri después de un silencio cómodo en el que estaban.

—No, no lo sabía. —La voz de Viktor sonaba adormilada debido al balanceo de sus cuerpos y el aroma dulce que desprendía Yuuri.

—Nací un 29 de noviembre. Durante los últimos días del onceavo mes es una costumbre que la reina visite varias zonas de la ciudad para cerciorarse de que la gente tenga los víveres suficientes para sobrellevar el invierno que se avecina. Pues hace 20 años mi madre estaba cumpliendo ese deber a pesar de llevar un embarazo muy avanzado. Ella se negó a escuchar los consejos de las parteras y fue a la ciudad. Sobra decir que se armó un gran ajetreo cuando comenzó su labor de parto en una zona de no muchos recursos.

—Vaya, así que el príncipe ha causado estragos desde su nacimiento humilde —le dijo divertido.

—No te burles. —Fingió molestia, aunque al final rió— Ya no podían llevarla de regreso al palacio, así que mandaron traer a la partera de la familia real y tuvo que dar a luz en una casa pequeña donde una familia se sintió honrada de dar refugio a quien sería su nuevo príncipe.

—Debo admitir que jamás habría pensado que alguien de la realeza naciera en tales circunstancias— Y no mentía en lo que decía.

—Ése debe ser el único evento importante de mi vida. Después de eso sólo ha sido un encierro. —Se extrañó de que Viktor no dijera nada, por lo que siguió hablando— No me malentiendas, imagino que hay gente que daría lo que fuera por vivir en un palacio, rodeado de lujos con sirvientes dispuestos a complacer hasta el más pequeño de tus caprichos. Diría que yo no quiero eso para mí, pero no conozco otra cosa, así que no sé qué quiero en realidad.

Se separó un poco y volteó a ver a Viktor, pero éste lo jaló con algo de fuerza hacia sí y lo regresó a la posición de abrazo en la que estaban.

—Suficiente de mí. ¿Quién eres tú?

—Oh, nadie en particular —comenzó a decir con un aire de que estaba a punto de contar la cosa más aburrida del mundo—. Sólo soy el hijo de un soldado y de la hija de un comerciante. Mi país, a diferencia del tuyo, siempre está en guerra. Mi padre fue mandado a una batalla cuando mi madre estaba esperando el nacimiento de mi hermano. Murió ahí y sólo quedamos los tres junto con mi abuelo.

—Lo lamento —dijo genuinamente Yuuri, que no sabía qué significaba perder a alguien.

—Descuida, eso fue hace muchos años. Mi madre también falleció debido a una enfermedad. Así que sólo quedamos Yuri y yo. Bueno, también el abuelo.

—Si vivías con ellos dos, ¿por qué viniste acá?

Viktor detuvo el ya automático movimiento que sus cuerpos tenían. Mucho le había costado haber estado mintiendo como para que ahora tuviera que hacer más y más grande la mentira.

—Viniendo de una familia de comerciantes, era obvio que yo buscaría hacer mi propio negocio. Fui algo rebelde en mi temprana juventud y me salí de la casa. Al inicio el abuelo pensó que no triunfaría en este mundo, aunque al ver que sí fue así, mandó a Yuri conmigo para estar a salvo de ese país en guerra donde vivíamos.

No era completamente mentira, sólo era una historia retorcida y alterada al punto de que la verdad era apenas perceptible. Eso fue lo que se dijo Viktor mientras hablaba.

—Qué amable de tu parte en recibir a tu hermano luego de que no confiaran en ti. —Se separó del abrazo y lo vio a los ojos— Se nota que has vivido tantas cosas cuando te saliste de tu casa. Comparado a ti debo ser lo más aburrido que jamás has visto.

Viktor lo levantó de la barbilla y le dio un ligero beso en los labios, que nunca buscó profundizar.

Le dolía el pecho, como si algo lo estuviera oprimiendo. Era el dolor que se sentía cuando ves a la persona que amas enamorarse de una ilusión, de una farsa. Yuuri lo veía tan enamorado que dolía. Viktor estaba seguro de que no lo habría visto así si le hubiera contado la verdad, quién fue él, dónde nació, qué hizo con su vida y a la gente que afecto por vivir como quiso.

¿Qué era peor? ¿Que los ojos de Yuuri vieran con amor a algo que no existía o que viera al verdadero él con desprecio?

Ése fue su segundo error en el día, un error que lo perseguiría por mucho tiempo.