Capitulo 10
Anthony se sorprendió de ver que lo aguardaba el desayuno sobre la mesa. Pero no le sorprendió la expresión seria de Isabella. Le sirvió en silencio, y evitó mirarlo en todo momento. No pronunció ni una palabra durante todo el desayuno.
Anthony estaba un poco preocupado, y a la vez su actitud le causaba gracia. ¿Se debía a su demostración de amor? ¿O lo había oído entrar a su cuarto al regresar del pueblo? Él hubiera jurado que dormía. Sólo había querido asegurarse de que es taba bien. Bueno, no sólo eso. También había querido cercio rarse de que no había huido víctima del pánico. Y no había visto nada que no pudiera ver. Ella estaba tapada hasta el cue llo. Incluso dormía con el cabello recogido, así que no había logrado descubrir qué tan largo era
Isabella lavó los platos y las tazas lentamente, deseaba que él se fuera antes de terminar con esa tarea. Debía reunir mucho coraje para decirle lo que quería, cosa que aún no ha bía logrado. Si al menos él dijera algo, sería más sencillo. Pero él permanecía muy callado.
Uno de los dos debía decir algo. No podía permitir que se repitiera la escena bochornosa de la noche anterior. Ese pensa miento le dio valor.
—Tenemos que hablar. Anthony.
—¿Sobre lo de anoche?
—Sí.
Ella tomó asiento, pero antes de que dijera algo él le tomó la mano.
—Primero, quisiera disculparme —dijo él. Su actitud y el tono ronco de su voz eran desconcertan tes. No podía mirarlo a los ojos, sólo miró su mano que acari ciaba la de ella. Advirtió que tenía lastimaduras y los nudillos inflamados.
—Estás lastimado —dijo, y al mirarlo de frente vio que tenía hinchada la mejilla izquierda.
—No es nada —respondió Anthony un poco confundido—. Tuve una leve discusión con el capataz del rancho Aro .
—¿Aquí o en el rancho?
—En el pueblo.
—Ah, no me di cuenta de que habías salido. ¿Quién ganó? —preguntó ansiosa.
—Ninguno de los dos. Creo que no me esforcé lo sufi ciente.
—¿Por qué? —preguntó pero se corrigió en seguida—: Quiero decir, si te viste obligado a pelear, deberías haber tra tado de ganar, o, al menos, evitar que te hirieran.
—No salí a herir a nadie, Isabella. Y además, no estoy herido. No es nada. Pero, gracias por preocuparte.
Su sonrisa era burlona. Qué engreído. Isabella estaba indig nada de ver que había confundido su curiosidad con otra cosa.
—Con respecto a lo de anoche. Anthony...
—Ya sé, estás enojada conmigo, no te culpo.
—Es más que eso —dijo incómoda al recordar su des caro, y lo que ella sentía por él—, lo que hiciste es...
—... imperdonable, lo sé.
Isabella lo miró fijo.
—¿Me dejas que lo diga yo? Sí, es imperdonable. No tie nes derecho a intimidarme así, ni tampoco a enfurecerte cuando me resisto. Además, me hiciste sentir culpable de todo, a pesar de que no hice nada para provocarte.
—Creo que te olvidas de algo —le dijo tranquilo.
—¿De qué?
—Viniste aquí para casarte conmigo. Muchas novias por correo se casan el mismo día que llegan, y ahora entiendo por qué. La única razón por la que tú no lo hiciste fue porque preferimos conocernos primero.
—Tú dijiste que era para ver si me acostumbraba a vivir aquí —le recordó de mal modo.
—Sí, tienes razón. Pero el hecho es que yo podría haber insistido en que nos casáramos ese mismo día.
Se sentía incómoda, pero no permitiría que la apabullara.
—Eso no cambia las cosas.
—¿Ah, no?
—No, porque... cambié de opinión, Anthony. Volveré a casa.
—Pero, qué rencorosa eres.
—No se trata de eso.
—¿De qué se trata, entonces?
—Es sólo una cuestión de gusto, eres demasiado fuerte.
Él la interrumpió.
—Preciosa, si fuera tan fuerte hubieras dormido en mi cama anoche. ¿Comprendes?
Isabella se puso de pie nerviosa, y se acercó a la ventana. Se quedó de espaldas.
—No estoy acostumbrada a conversar sobre este tema. —Él casi no la oía. —No sé a qué clase de mujeres tratas a me nudo, Anthony, pero no vine aquí para ser tu amante. Es una im prudencia de tu parte pedirme eso. No puedo quedarme aquí un sólo día más, porque lo de anoche podría repetirse.
Él no respondió. Ese silencio era más inquietante que las palabras. Tomó coraje y vio que él tenía la mirada baja, cla vada en la mesa. ¿Por qué no decía nada?
—Me comprendes, ¿no es cierto. Anthony? —dijo. Era imposible leer el mensaje de su mirada.
—No puedes irte, Isabella —le dijo simplemente.
—¿No puedo? —repitió ella—, ¿qué quieres decir?
—No puedo enviarte a Nueva York ahora.
—¿Por qué no? —preguntó atemorizada y nerviosa al mismo tiempo.
—Se necesita bastante dinero para hacer ese viaje, Isabella. Todo el dinero que tengo está invertido en este rancho. Me costó mucho traerte. Ya no tengo más.
Estaba demasiado pasmada como para decir algo.
Anthony pensó poco complacido que estaba aprendiendo a mentir y era convincente. Pero nunca pensó que lo enfrentaría así. No podía echarse atrás. La gente sabía acerca de ella. Era demasiado tarde para traer otra joven.
Isabella miraba por la ventana. Estaba tiesa.
—Podrías olvidar tu decisión precipitada, y comenzar de nuevo —sugirió Anthony—. Puede que cometiera un error ano che, pero te deseaba, y no puedes culpar a un hombre por tra tar de conseguir lo que desea. Si te asusté, lo lamento. Pero no te lastimé, ¿no es cierto?
Isabella respiró profundo.
—No, creo que no. Pero no toleraré eso otra vez, Anthony.
—Si te molesta tanto que te desee, bueno, no volveré a demostrártelo.
—¿Podrías olvidar tus deseos? —preguntó tímidamente. La pregunta lo dejó boquiabierto.
—¿Cuánto tiempo estuviste casada?
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque no sabes nada sobre los hombres.
—En realidad, no estuve casada mucho tiempo —dijo, sin mirarlo a los ojos. Él imaginó que estaba simplemente per turbada.
—¿No te explicó tu esposo que a veces un hombre no puede controlar su cuerpo? Puede excitarse al ver a una mujer hermosa, y no puede hacer absolutamente nada para detener su instinto.
—No, no lo sabía —confesó—. ¿Eso fue lo que ocurrió anoche?
—Me temo que sí. Pero no corres peligro, mi amor. Nun ca lastimé ni forcé a ninguna mujer. Nunca hice el amor con una mujer que no estuviera dispuesta a hacerlo. Nunca te obli garía, Isabella. Me crees, ¿no es cierto?
—No sé qué responderte —admitió con franqueza.
—Bueno, acércate y lo demostraré —dijo.
—¿Qué?
—Sólo acércate. Por favor, no voy a lastimarte.
Ella se acercó lentamente. Él deseaba que ella confiara en él, no podía esperar más.
La tomó entre sus brazos, sin prestar atención a sus obje ciones y protestas. La besó apasionadamente hasta que ella no se resistió. Entonces, la soltó.
—¿Ves? —dijo Anthony—, no es fácil separarse de ti pero lo haré.
Y así fue. Lo vio alejarse. Isabella estaba furiosa. Él ha bía vuelto a encender sus emociones, y ella no quería que se apagaran.
Ya estoy aquí con un nuevo cap.! Como les va? Espero que bien jajaja .
Cutita: perdona no me di cuenta pero a partir de ahora lo mirare y lo hare con mas cuidado y tranquila que no me molesto y gracias por decírmelo cualquier otra cosa me lo dices que todo se agradece .
Besitos,
Julietix.
Chaito
