—Te elijo.
Las palabras de Judy vibraron al decirlo, y se alzaron en lo más alto para poder tocar el sol y librarse de aquellas pesadas sombras que la tenían tan confundida. Todo el mundo pareció dejar de dar vueltas tan deprisa, y todo se volvió cálido y tranquilo.
Bob miraba a la conejita, que se había girado para poder conectar con aquellos ojos verdes del zorro.
Nick se había escondido tras unos coches, sin poder aguantar las ganas de saber a quién elegiría su amada, quien se había percatado de su presencia. El zorro salió de su escondite casi temblando.
—Te elijo a ti, Nick. Sólo a ti —confesó, al tiempo que corría hacia él y le daba un fuerte abrazo.
Los latidos del zorro aumentaron considerablemente, y una gran sonrisa de felicidad se dibujó en su rostro, como un rayo de sol que atraviesa tanta oscuridad de nubes grises para al fin tocar el suelo.
Bob se sintió herido, pero ver tan feliz a aquella conejita lo reconfortaba. Con dolor, aceptó la derrota y se dirigió hacia Nick.
—Enhorabuena, Nicholas Wilde —felicitó dándole la pata al zorro. Este cogió su pata y con una sonrisa de disculpa dijo:
—Gracias, Bob. Lo siento mucho por todo esto...
—Cuídala, bien, ¿de acuerdo? hazla feliz y no dejes que nada le haga daño.
—Lo prometo.
—Adiós, Bob —habló Judy de repente, despegándose del abrazo con Nick—. Gracias por todo lo que me has dado.
Judy se quitó la pulsera que Bob le había regalado hace poco. Le gustaba mucho, pero sentía que no se la merecía, sentía que no era para ella. Se la devolvió al conejo con una dulce sonrisa y añadió:
—Toma; no es para mí. Dásela a una chica que te ame de verdad, aquella con la que te enamores la próxima vez. Estoy segura de que la encontrarás.
—Muchas gracias, Judy Hopps.—Sonrió y se subió a su coche—. Hasta siempre. Espero que seáis muy felices juntos.
El conejo arrancó el coche, y empezó a conducir. Miró hacia atrás, viendo como Judy y Nick se despedían de él con las patas. Bob les sonrió y observó el rostro de Judy por última vez, para luego mirar al frente y volver a su hogar donde lo estaban esperando.
Los dos se quedaron mirando hasta que el vehículo desapareció completamente. Permanecieron en silencio durante unos minutos, inmersos en sus pensamientos de que pasaría a continuación.
El bello atardecer parecía anunciar el comienzo de una nueva y hermosa etapa de sus vidas, y mientras veían como el sol se escondía, Nick le cogió la pata a la coneja, se agachó y se sumergió en sus preciosos ojos tan violetas como aquel cielo.
Lentamente, se acercaron para sentir el contacto de los labios del otro, mientras todo en ellos estallaba con emoción y felicidad. Se sentía tan bien y tan cálido que estuvieron un buen rato así. No querían separarse, pues sentían que si lo hacían todo se desvanecería rápido, como un precioso sueño del que te despiertas extrañado. Aquel beso fue incluso mejor que el anterior, pues en este no había dudas ni miedo. Judy acarició la cara del zorro, quien permanecía con los ojos cerrados, esperando a alguna señal de la coneja que le dijera que podía parar ya, pues se estaba empezando a volver loco. La coneja se separó de él lentamente y ambos abrieron los ojos, despacio, intentando retener más tiempo aquella sensación que los había inundado.
—¿Me elegiste a mí a pesar de que te dije todo aquello?
—Sí, zorro bobo.
—¿A pesar de todos esos problemas? —siguió.
—Seré feliz contigo, Nick. Da igual como sea nuestro futuro mientras que sea juntos... —Judy se sorprendió de sus propias palabras.
El zorro sintió que su corazón se saltaba varios latidos. Le costaba admitirlo, pero aquella coneja era su gran debilidad. Intentó controlar su frenético y enloquecido pulso y dijo:
—No te pongas sentimental, conejita tierna —disimuló con una sonrisa. Pero en su interior de el corazón le palpitaba con tanta fuerza que casi podría salir disparado
—Mira quién habló de sentimentalismo. —Judy esbozó una sonrisa coqueta y pícara y sacó el bolígrafo zanahorias de su bolsillo.
Pulsó el botón para escuchar el mensaje que Nick le había dedicado. El zorro sintió como el rubor le recorría el cuerpo, pero intentó disimularlo como solo él sabe. ¿Desde cuándo sabe de aquel embarazoso mensaje? se cuestionó mentalmente.
—Conejita boba —respondió rodando los ojos acompañado de una mueca de felicidad.
—Me amas, y lo sabes —indagó ella.
—¿Seguro que lo sé? —se preguntó, imitando las palabras que una vez dijo ella—Sí, si lo sé.
Sonrieron casi al mismo tiempo. Ahora empezaría una nueva etapa en sus vidas, un nuevo camino en su relación cuyo futuro era incierto, diferente y abstracto, pero les daba igual. Iban a construir su propio camino y su propio destino con los obstáculos que se encontraran por el camino.
Esa misma noche, ambos prepararon un picnic en una preciosa pradera, el sitio favorito de ambos para relajarse. Ahora, bajo la luz de la luna los dos estaban disfrutando de una agradable cena mientras observaban las inalcanzables estrellas que lucían en todo lo alto.
Tras comer, ambos se tendieron en el césped y observaron el cielo nocturno, nombrando a las cientos de constelaciones que en él habitan. Judy se reía con las constantes bromas y comentarios de Nick, y se miraron con un nuevo brillo en los ojos.
—Nick... ¿Qué pasará ahora?
—No lo sé, Zanahorias. Pero no te preocupes por eso, vamos a estar bien —la tranquilizó, a la vez que le cogía la pata y le sonreía.
—E-entonces ahora... ¿somos...?
—¿Pareja? Eso depende de ti, linda. ¿Quieres serlo? ¿Quieres ser mi novia? —preguntó con su típica sonrisa y tono divertido, aunque por dentro estuviera temblando de felicidad.
—Sí..., sí quiero, Nick. —Lo miró a los ojos, radiando de alegría, y le posó un suave beso en la mejilla —, ¡pero no me llames linda! —pidió. El zorro se rió.
—Muy bien, Judy Hopps, ahora serás mi presa —bromeó él con una mueca pícara—, y no te dejaré escapar.
—Ah, ¿sí? ¿El zorro malo me va a devorar? —le siguió el juego ella.
—Hmm, probablemente —enunció divertido en un susurro. Ella rodó los ojos con una sonrisa.
La atrapó entre sus brazos, para que no escapara y empezó a hacerle cosquillas a Judy, quién se empezó a reír tanto que le empezó a faltar aliento. Su risa era tan contagiosa, que Nick no pudo resistir a reírse también, mientras la luz de la luna rozaba sus pelajes.
—¡Nicholas Wilde! —dijo entre risas—, ¡para! ¡No soporto las cosquillas!
El zorro paró y la abrazó con ternura. Su sueño se había hecho realidad, estaba con la chica que más quería en el mundo y nada se lo iba a estropear..., se encargaría de ello. Judy dejó de reírse y luego abrazó a su nueva pareja. Hundió la cara en su pecho y sintió la calidez de su pelaje rojizo. No querían dejar la más mínima distancia entre ellos en ese momento.
—Te quiero, Zanahorias —pronunció. Aquellas palabras acariciaron la piel de Judy y profundizaron en ella.
—Y yo a ti, zorro bobo —contestó.
Sintió la inmensa felicidad del zorro al oír esas palabras que brotaron desde lo más profundo de su ser. Luego selló los labios sobre los suyos, que hizo que las mariposas del estómago de Nick revolotearan más rápido. Estuvieron así un buen rato, dejando que poco a poco se volviera más y más intenso, haciendo estallar los sentimientos sin miedo. Aparecieron caricias dulces y suaves, que los hicieron sonreír. Judy se separó, cortando aquel maravilloso contacto entre sus labios.
—¿Podemos faltar mañana al trabajo? —preguntó con un tono suave y casi a susurros. Judy rió
—No, Nick. Es nuestro deber, tenemos que ir.
—Vaaaale.
—Oye... —interrumpió ella
—¿Sí?
—¿Qué pasó con Sheila? ¿Era tu novia?
—No, no era mi novia. Es una chica que Finnick me presentó... Seguramente esté molesta conmigo. Aunque tampoco importa, no la conocía bien.
—Deberías explicárselo aún así...
—No llevamos ni un día como pareja y ya empiezas a mandarme —bromeó con diversión.
—¡Nick! —protestó, molesta.
—Era broma, Zanahorias—aclaró él acompañado de su sonrisa coqueta —. Como son estos conejos...
—Como son estos zorros —le imitó ella tras unas risas —. Ahora vámonos, o llegaremos tarde al trabajo mañana.
El zorro acompañó a su coneja a su apartamento. Le frustraba un poco tener que despedirse de ella, pero estaba sumamente contento de tenerla en su vida de una nueva manera. Judy tiró de su corbata y le dio un beso de despedida, al que el correspondió feliz.
—Buenas noches —se despidió ella.
—Hasta mañana, conejita linda —dijo, con un tono burlón en su voz. Le encantaba molestarla.
—¡No me digas linda!
—¿Y tierna? —interpeló sonriendo.
—Tampoco —le prohibió con gesto de diversión.
—Vaale. Nos vemos mañana. —Le acarició el rostro con dulzura, mientras ella le dedicaba una tierna sonrisa.
Judy cerró la puerta y Nick volvió a su casa, sabiendo que esa noche tendría agradables y cálidos sueños de nuevo.
A la mañana siguiente, todo tenía un color distinto. Un color más vivo y lleno de energía que calentaba los corazones de Nick y Judy. Se habían despertado a su hora, incluso Nick, que con un nuevo entusiasmo se alistó y fue a la casa de Judy para irse los dos al nuevo día de trabajo.
Le gustaba pensar que esta vez que iba a su casa no estaría aquel otro conejo, que cuando le trajera algún detalle no tendría que tirarlo porque alguien ya estaba coqueteando con Judy. Ahora ella solo tenía ojos para él, y eso era algo que le llenaba de gozo y alegría. Aunque también le daba cierto temor. Nunca había amado a nadie de aquella manera, no quería estropearlo ni hacerle daño. Tendría que aprender y adaptarse, y se dio cuenta de que con ella sería mucho más fácil.
Cuando llegaron allí, actuaron con normalidad. Habían decidido mantenerlo en secreto por un tiempo, y con suerte, podrían cambiar la norma de que no puede haber una pareja en el mismo equipo. Por ahora no querían arriesgarse, y aunque estaban deseando contárselo a sus compañeros y a Clawhauser, no lo dirían por el momento. Eso sí, les costaría fingir la mirada de "solo amigos".
Así iban pasando los días. Ambos estaban mucho más unidos que nunca y se notaba en el trabajo. Capturaron a tres delincuentes en apenas cuatro días, y resolvían cualquier caso, como siempre lo habían hecho. Estaban más coordinados que antes y mejoraron mucho en sus técnicas de captura. Todo parecía ir a la normalidad, como si nada pasara... Pero si miraran bajo la mesa mientras Bogo asignaba las misiones, verían como el zorro y la coneja se sostenían las patas en un gesto de cariño.
Estaban llevando muy bien su vida, tanto en el trabajo como en lo personal. Su relación amorosa fue haciéndose más fuerte y segura; les fue fácil, pues habían sido mejores amigos durante mucho tiempo...Y aún lo seguían siendo. Algunos compañeros que sabían sobre lenguaje corporal, empezaron a sospechar algo, pero no dijeron nada, era asunto de ellos dos y no les incumbía.
Todo era perfecto y único entre ellos. La vida como pareja no les resultaba incómoda y vergonzosa. Es más, sentían como aquella relación era mucho más resistente, sólida, y confortable. Sólo podían pensar en cuan feliz eran así.
Una mañana, ambos entraron por la puerta principal y saludaron a Clawhauser, que con una sonrisa indiscreta, dijo:
—Os veo algo distintos desde hace tiempo -dijo el leopardo con una pizca de sospecha y curiosidad en su voz.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella.
—Estáis inesperadamente más felices de lo normal, y hay algo en vuestros ojos...
—Creo que deberías dejar los donuts, Clawhauser —opinó Nick disimulando una sonrisa —. Ahora tenemos que entrar, nos esperan ahí dentro.
—Esta bien, ¡qué paséis una buena mañana! —les deseó con una sonrisa, antes de empezar a devorar otro donut.
Estaba claro que Clawhauser sospechaba algo. Era muy atento para ese tipo de cosas.
—¡Igualmente! —respondió Judy.
Se dirigieron a la sala donde el jefe Bogo asignaba los casos. Y se sentaron en el asiento que compartían ante la mirada de los demás oficiales. Un rato después, vino Bogo con su típica expresión seria.
—Buenos días, oficiales. Wilde, me alegra que hayas venido a tu hora de nuevo.
—Eso se merece un aumento de sueldo, ¿Verdad, jefe?
—Sigue soñando, Wilde —contestó él—. Hoy tenemos un caso importante, del que se encargarán Hopps y Wilde. A los demás os asignaré casos menores, pero si ellos solicitan refuerzos, deberéis acudir. ¿Entendido?
—Sí, jefe —recitó Judy—¿de qué se trata el caso?
—Una pareja interespecie.
Al pronunciar esas palabras, a Nick y Judy se les heló la sangre y el cuerpo, pero evitaron mostrarse nerviosos o derrumbados.
—¿Q-qué ha pasado?
—Los atacaron unos protestantes partidarios de una asociación en contra de las parejas interespecie. Como ya sabéis, en los nuevos tiempos se están haciendo más comunes las parejas entre especies diferentes, y hay animales que están en contra de eso. La asociación pretende acabar con esas relaciones, o al menos hacer una ley que prohíba matrimonio y que no sean considerados como pareja. Normalmente no agreden físicamente, pero tres de ellos decidieron hacerlo.
—Es...
—Horrible —terminó la frase Nick.
—La pareja ha sido atacada la noche anterior. Al salir del cine, se dieron cuenta de que un grupo de animales los seguía de muy cerca. Se encerraron en un callejón sin salida y los maleantes atacaron. La chica está ahora en el hospital de la ciudad, pero su novio no ha sido encontrado.
A Judy se le partió el alma. No solo porque esa pobre pareja ha sido atacada, también porque jamás esperó de la sociedad semejante acto. Había veces en las que se planteaba si en realidad habían evolucionado, o seguían siendo animales salvajes. Zootopía era un lugar de paz y convivencia, pero como en todo el mundo, siempre había algunos que estropeaban aquel ambiente.
Debían vengar a la pareja, no solo por ellos, sino por todas las demás parejas interespecie, incluyéndolos a ella y a su zorro.
—Entendido, jefe. Pondremos entre rejas a esos agresores y encontraremos a aquel animal.
—Muy bien. Clawhauser os dará los expedientes. Poneos patas a la obra enseguida.
—Sí, jefe —dijo Nick, sonando más frío de lo común. La pareja salió de ahí rápidamente, con unas expresiones que escondían cierto temor y pena.
Se dirigieron al leopardo y le pidieron el expediente. Judy lo abrió y lo observó. Eran una pareja de una nutria y una tejón. La nutria se llamaba Murray Otterson, de veintiocho años y su novia Ana Badger, de veintiseis. Llevaban dos años siendo pareja y se acababan de prometer. Fueron atacados mientras les tiraban cosas e insultaban y amenazaban. Intentaron escapar, pero los agresores siguieron atacando y les impidieron el paso. Luego, dejaron a la tejón en el suelo, y se llevaron a Murray. La tejón se encontraba en el hospital de la ciudad, recuperándose de las lesiones.
—Pobrecillos —opinó Nick.
—Nadie se merece que los traten así solo por quererse... —comentó el leopardo.
—Voy a vengarlos, lo prometo —juró ella, mientras apretaba los puños—. Vamos, Nick, tenemos muchos que hacer.
—Sí. Vamos.
—Que os vaya bien, chicos —deseó Clawhauser.
Ambos caminaron en silencio hasta la patrulla. No podían dejar de pensar en la pobre pareja que habían sufrido aquel acto de intolerancia. Tampoco pudieron evitar pensar que eso les podría haber pasado a ellos.
Se metieron en la patrullas, y Judy conducía mientras Nick seguía releyendo aquel expediente una y otra vez.
—No dice nada acerca de los agresores. ¿Qué vamos a hacer? —interpeló el zorro.
—Vamos al hospital, a preguntarle a la víctima, ¿vale? si tenemos suerte y nos dejan interrogarla, tendremos pistas para empezar nuestra investigación.
—Vale... —respondió él. Judy se fijó en que su pareja estaba algo distraído.
—¿Qué ocurre?
—Nada, solo pensaba.
—¿En qué? — cuestionó ella, aunque sabía muy bien lo que pensaba.
—No sabía nada acerca de esa asociación en contra de las parejas de distinta especie... ¿Qué vamos a hacer? No quiero que...
—No hablemos de eso ahora, Nick. Ya lo pensaremos, ¿vale? por ahora centrémonos en el caso —pidió ella, tocándole la pata durante unos segundos, antes de volver a centrarse en la carretera.
—De acuerdo, Zanahorias.
Cuando llegaron al hospital, consiguieron el permiso para poder visitar a la tejón. Cuando entraron a la sala, vieron a la pobre animal conectada a alguna que otra máquina, con los ojos llorosos y algunas vendas que cubrían heridas. Había otra tejón a su lado, y supusieron que era alguna familiar.
—¿Ana Badger? —pronunció Judy. La tejón fijó la vista en ellos.
—¿Habéis encontrado a Murray?
—Aún no —admitió ella acercándose más a Ana —, pero te juro por mi vida, que lo vamos a encontrar y vamos a detener a esos idiotas.
—Gracias...
—Ahora, si no te importa, tenemos que hacerte unas preguntas —pidió Nick en un tono suave.
—Claro... Lorena, ¿nos dejas un rato a solas?
—¿Segura? —dijo la otra.
—Sí. Luego hablamos —contestó.
—Está bien, hermanita. —La abrazó y salió de la habitación.
—En primer lugar...¿Cómo te encuentras? —interrogó Judy, sacando la libreta y un bolígrafo.
—Bien, dentro de lo que cabe. Me recuperaré pronto. Pero necesito que Murray esté a mi lado... Estoy muy preocupada por él...
—No te preocupes, lo encontraremos —la tranquilizó el zorro.
—¿Identificaste a los animales qué os atacaron?
—Un oso pardo, una leona y una comadreja.
—¿Los conocías?
—No —negó ella.
—¿Qué cosas os decían?
—Que éramos antinaturales, que nos buscáramos a alguien de nuestra propia especie, que alterábamos el orden de la naturaleza, y cosas así. Dijeron algo que eran de la asociación en contra del amor interespecífico. Se hacen llamar los tradicionalistas, los que se oponen a "romper la tradición" respecto a las parejas...
—La asociación tradicionalista... Creó que alguna vez oí hablar de ellos—confesó Judy.
—Murray y yo sólo queremos vivir en paz, en algún lugar donde no nos puedan juzgar... Vosotros no entendéis lo que es estar en un amor mal visto por la sociedad...
Judy y Nick bajaron las miradas. Sabían exactamente aquella sensación, aunque era la primera vez que la sentían. No sabían si temer ante aquella situación, si iba a ser algo pasajero, o si tendrían que soportar que los discriminasen. Se sumergieron en una masa de preguntas sin respuestas de las que no podrían escapar. La tejón se percató de las miradas apagadas de ambos. Vio como cruzaron una mirada, en la que pudo ver que entre ellos dos había química, algo especial y único. Y pudo ver como un rayo de temor surcaba sus ojos.
—¿Vosotros sois...?
—Pues...
—No tenéis que fingir —comentó ella con una dulce sonrisa.
—Sí, lo somos...Desde hace unas semanas —reveló Nick.
—Entonces sí sabéis lo que se siente. ¿No es horrible? Ni si quiera podemos amar a quien queramos sin que nos juzguen.
—¿Cómo...cómo os conocisteis? —cuestionó Judy, sabiendo de sobra que esa pregunta se salía del tema del interrogatorio.
—En el parque, al lado de una gran fuente... Fue amor a primera vista. Él era muy tímido, y sólo se atrevía a mirarme de lejos. Todas las tardes nos veíamos a la misma hora, en el mismo banco. Nos hablábamos con la mirada, no hacía falta más. Había una electricidad entre nosotros... No había un solo día en el que no nos viéramos y nos sonriéramos. Aunque un día, no lo vi por ningún lado. Me senté en el banco de siempre, esperándole por si volvía. Fue entonces cuando descubrí un ramo de flores y una carta en la que decía que estaría esperando en la pradera. Cuando llegué, vi un picnic con un montón de velas y flores al rededor... Me senté a su lado y por primera vez hablamos... Días después, nos dimos cuenta de que estábamos muy enamorados...
Judy se enterneció con aquella historia y sintió más rabia por aquella asociación tradicionalista que había arruinado aquella bonita relación. El amor era el amor, y nadie tenía derecho a impedirlo. Cruzó una mirada con Nick, quien intentaba no mostrar ningún sentimiento, aunque ella lo conocía tan bien que veía que en su interior estaba destrozado.
—Nos queríamos casar el mes que viene, queríamos intentar ser el primer matrimonio interespecie... —declaró la tejón—nos daba igual lo que nos habían dicho todos durante dos años...
—Y os casaréis, te lo prometo. Acabaremos con esto —juró Judy.
—Gracias, agente...
—Hopps. Judy Hopps —pronunció con una sonrisa.
—Gracias, agente Hopps.
—No hay por qué darlas. —Ambos se encaminaron hacia la puerta, pero la voz de la tejón los paró.
—Y que nadie os impida quereros... Luchad por lo vuestro, por lo de todas las parejas como nosotros. Solo luchad y venceremos... Prometédmelo. Acabad con esta injusticia.
—Lo prometemos —vibraron las palabras de Judy. Una expresión decidida se encendió en ella y la tejón sonrió.
La pareja salió de allí, con suficiente información para empezar la investigación. Ahora debían buscar información de la asociación tradicionalista, y encontrar a los autores del crimen. Pero otra cosa atormentaba sus mentes... ¿Qué pasaría con ellos?
