Capítulo 12.

Reflejos en el agua

Snape se retiró las manos de la cara. Desde que había asesinado a Dumbledore en lo alto de la Torre de Astronomía, la evolución de los hechos había sido tan rápida que difícilmente se podía creer que hubiese pasado tan poco tiempo. La nieve se arremolinaba en torno a las ventanas del despacho de director, un despacho que le había sido asignado directamente a él por parte de Dumbledore en una carta sellada que había dejado sobre su escritorio antes de salir rumbo a la misión que había terminado, de forma indirecta, con él mismo asesinando al mago al que a la vez respetaba y culpaba de muchos de los males que aún le atormentaban.

Aunque por orden jerárquico debía haber sido McGonagall, subdirectora con Albus, la que hubiese ocupado su puesto, ésta aceptó sin rechistar el contenido de la misiva y Snape se convirtió en el sucesor del hombre al que había asesinado. Por su propia indicación. Era algo de locos que Snape no llegaba a entender del todo a veces. Aunque, con Voldemort controlando el Ministerio a través de Pius, McGonagall probablemente hubiese acabado despedida y él igualmente en el puesto de director de la escuela.

Tampoco entendía por qué el profesorado no se había revelado contra él. Suponía que Potter habría contado lo que vio, y la inclusión de los Carrow como parte del profesorado y la permisividad que mostraba ante su forma de llevar al alumnado le había hecho esperar un auténtico motín. Claro está, el hecho de que hubiese mortífagos en el castillo y el saber que la Orden del Fénix había caído en desgracia, con su líder muerto y la mayoría de sus miembros escondidos o vigilados estrechamente, dejaba a los profesores como únicos protectores de unos alumnos que eran más susceptibles que nunca a acabar malparados o en el lado de Voldemort. Si los profesores se revelaban y eran expulsados (de una forma más o menos reversible o letal), los alumnos se quedarían sin nadie que les ayudase.

Bueno, también estaban el grupo de resistencia de lo que había sido el Ejército de Dumbledore, aunque su rango de acción era bastante limitado. La verdad es que Snape admiraba a esos chicos, aunque nunca lo reconocería, y muchas veces maniobraba para que los Carrow no pudiesen echarles el guante. Sabía que había profesores que a escondidas les ayudaban en su lucha, y hacía lo que podía para que esos conocimientos no llegasen hasta los Carrow. Como por ejemplo, cuando se enteró de que Slughorn había conseguido poner en circulación unas pociones analgésicas tan potentes que los castigados a sufrir la maldición Cruciatus podían llegar a soportar el dolor. O que McGonagall estaba enseñando hechizos defensivos a algunos alumnos a escondidas.

El riesgo que corrían, pensó Snape, irónicamente era mayor por el hecho de tener que confiar en los propios alumnos a los que intentaban ayudar. Severus sabía de más de uno aue estaría dispuesto a venderlos para quedar bien delante de los mortífagos.

Sin embargo, quienes le preocupaban ahora eran otros chavales. Tres, para ser exactos, que deambulaban no se sabía muy bien por dónde. Lo último que sabía era que habían robado a Umbridge en el mismísimo Ministerio de Magia, demostrando tantas agallas como estupidez.

"Cuando empleen el deluminador para trasladarse, lo sabrás" le había dicho Dumbledore cuando le explicó el extraño legado que le iba a dejar en su testamento a Ronald Weasley. Pues, aunque era cierto que había recibido varios avisos desde la víspera de Navidad, siempre que llegaba a la escena donde debía encontrar a Harry Potter y sus amigos se quedaba con una gran decepción y la sensación de que se acababa el tiempo como únicos compañeros.

Sin embargo, debía seguir haciéndolo cada vez, dejar el colegio y aparecerse allí a donde le llevase el deluminador, el segundo, el que sólo Dumbledore y él sabían que existía, el que Snape estaba prácticamente seguro que Dumbledore hizo exactamente para eso, para que pudiera seguirle la pista al trío en sus aventuras.

Prácticamente no dormía desde que se prendiese por primera vez, y ya le estaba empezando a pasar factura. Estaba ya empezando a adormilarse cuando el deluminador empezó de nuevo a calentarse y a vibrar. Una nueva señal, Ronald Weasley lo había vuelto a accionar. Sin perder tiempo, aunque con la idea de que iba a ser un nuevo fracaso, Severus Snape cogió la espada de Gryffindor y accionó el mecanismo que Dumbledore le había legado. La única forma de trasldarse dentro y fuera de Hogwarts sin tener que bajar antes las defensas del castillo con el riesgo de alertar a gente no deseada.

Cuando el suelo dejó de girar y notó que sus pies apoyaban en blando, Snape abrió los ojos para encontrarse en medio de un bosque nevado. A pesar de que llevaba ropa más adecuada para los salones con chimenea del castillo que para aquellos parajes, comenzó a deambular sin un rumbo cierto. Los árboles empezaban a ser todos iguales, a excepción del lago helado que había visto un poco atrás. Ya estaba pensado en abandonar cuando le pareció oír algo más adelante. Con cuidado de no hacer ruido, no fuese a ser que tuviese que explicar que hacía allí con una espada y sin abrigo, Snape anduvo hacía unos árboles que marcaban el límite de un pequeño claro. Allí, junto a una tienda de campaña, estaba Harry Potter.

Conteniendo la respiración, Snape regresó parte del camino. No quería explicar tampoco a Potter lo que hacía buscándole, no aún al menos. Entonces fue cuando se acordó del lago, y no paró hasta que llegó hasta él.

-Diffindo.

Una grieta cruzó la superficie helada dejando suficiente espacio para lanzar la espada a la profundidad. Tal como Snape esperaba, la luz de la luna arrancaba destellos de los rubíes y de la hoja haciendo que el fondo del lago brillase. Tras darse la vuelta y llegar hasta un seto cercano, Severus Snape conjuró un Patronus y dejó que la cierva, el símbolo del amor que sentía por Lily, fuese directamente a buscar a su hijo.

Tras esperar lo que le pareció una eternidad y empezar a pensar que podía ser que tuviese que lanzarse él mismo al agua a recuperar la maldita espada, pudo ver entre los árboles como la figura de su patronus llegaba seguida, en la distancia, por Potter. Tras dejarle acompañarle hasta el mismo borde del hielo, la forma de luz se sumergió en el agua y le indicó al chico exactamente dónde debía mirar.

Harry comprendió lo que veía y no tardó en estar dentro del agua buscando la espada, pero Snape empezó a inquietarse al ver que no volvía a la superficie. A punto estaba de salir directamente a por él cuando vio llegar a Ronald y sumergirse en busca de su compañero.

Snape los vio salir, y esperó mientras hablaban de estupideces hasta que escuchó que iban a destruir el horrocrux que Harry llevaba al cuello, momento en que se desentumeció sin hacer ruido y se apareció de regreso en Hogwarts. Estaba congelado y exhausto, pero no pudo evitar sonreír al ver que todos los cuadros de los antiguos directores de Hogwarts le miraban con expectación mientras se dirigía al fuego de la chimenea, que ardía de una manera completamente hipnotizante. Snape dio las gracias mentalmente a los elfos domésticos de la escuela antes de hablar con voz queda a todos sus observadores.

-Esta vez sí-dijo como toda respuesta.

Los personajes de los cuadros empezaron a charlar entre sí, con gran animación. Sólo uno le miraba aún.

-Iban a destruir otro cuando los dejé -dijo Snape. -Con el diario y el anillo, éste es el tercero.

-Bien, bien -respondió Dumbledore. -Entonces aún hay esperanza.