Buenos días. Aquí está el capítulo, un día antes y un poco más largo. Creo que el siguiente también podré subirlo el martes que viene.
Sé que echáis de menos a Edward pero poco a poco lo tendremos más "funcional".
Os quería comentar dos cosas del capítulo anterior. Una es que tuve un desliz y puse que en el frigorífico había bolsas (de plástico, se supone), cuando en esa época la sangre se conservaba en botellas de cristal. Sorry.
La segunda cosa tiene relación con un comentario que me hizo una de mis "betaprelectoras". Soy consciente de que, como autora, he de huir del cliché (dentro de lo posible). Pero como autora de fics a veces busco este cliché. Lo digo por la frase que usa Edward, cuando le dice que ella es su vida (solo me faltó el "ahora").
Y sin más cháchara, os dejo el 12.
.
.
Capítulo 12
.
«Edward, está aquí el vampiro que me creó, Carlisle. Él podrá transformarte en vampiro, si todavía lo deseas».
«Quiero estar contigo, Isabella. Para siempre. Pero…».
—¿Qué? No, nada de peros.
Carlisle me mira con curiosidad.
«Sé que estoy mejorando. Siento como si saliera del vacío… como si mi alma y mi cuerpo estuvieran de nuevo unidos».
Le aprieto la mano mientras contengo el aliento. Sé que ha estado en el límite entre la vida y la muerte, pero oírselo decir es sumamente doloroso. Y eso me hace más difícil aceptar su decisión.
«Sabes que no has salido de peligro. No podemos arriesgarnos. Por favor». Tengo ganas de chantajearlo con mi pena, recordarle que si él no sobrevive yo tampoco, pero esos pensamientos no llegan a formarse. La emoción de tenerlo conmigo me abruma, y lo amo tanto que no puedo pensar solo en mí.
Maldita sea. Estoy reencontrando mi alma a través de él, de su amor. No me reconozco a mí misma.
«Isabella. Confía en mí. Tengo asuntos que arreglar, y quiero despedirme de mi vida humana como es debido. Y sobre todo quiero… quiero hacer algo mientras todavía soy dueño de mí, y no un ser con ansias de sangre».
«Dime». Estoy emocionada y no sé si reír por su mejoría o llorar por su tozudez.
Abre los ojos con gran esfuerzo, fija sus iris verdes en mí y siento que algo me sacude por dentro. A pesar de que tiene un aspecto horrible y frágil la intensidad de su mirada me taladra el corazón y me llega hasta el alma que empiezo a vislumbrar gracias a él. Solo él ha conseguido eso, solo Edward me hace dudar de todo lo que hasta ahora había creído sobre mí. O quizá es que él me está cambiando.
Toma aire como si le doliera hacerlo, con cuidado y poco a poco, y cuando habla, me deja sin aliento:
—Cásate conmigo, Isabella —susurra, muy bajito pero sin vacilación.
Escucho a Carlisle soltar un jadeo de sorpresa, pero no puedo mirarle. Soy incapaz de despegar mis ojos de Edward.
—Sí —me oigo murmurar, no tengo aliento para más palabras.
Hace un amago de sonrisa y cierra los párpados, creo que acaba de terminar con las escasas energías que tenía. Me inclino sobre él y le beso los labios con suavidad.
—Descansa, cariño.
Alzo la mirada hacia Carlisle, que me contempla con una extraña mezcla de preocupación y ternura en su rostro. Al final parece que gana la última, y sonríe levemente.
—Me alegra haber sido testigo de este momento, pero… —Parece dudar sobre qué palabras usar pero he tenido suficiente y le interrumpo. No me gustan los «peros», y Edward me lo acaba de demostrar.
—Sé que no ha salido de peligro. —Suspiro—. Iba a pedirte que lo transformaras ya, pero parece que ha cambiado de idea.
Carlisle me mira en silencio. Ni un solo gesto delata lo que está pensando: siempre he envidiado su habilidad para el póker.
—Ha cambiado de idea —repite—. ¿Te lo pidió él? —inquiere.
—Sí, al principio de su enfermedad.
Su gesto se relaja. Se levanta y se me acerca, sentándose a mi lado y taladrándome con esos ojos azules que parece que me lean tan bien como yo a él.
—¿Por qué no lo hiciste?
—¿Qué es esto? ¿Un examen de admisión para vampiro? —Frunzo el ceño—. Carlisle, tú me explicaste que los vampiros jóvenes no debían crear nuevos vampiros. Que los neófitos necesitaban un vampiro mayor, experimentado, para orientarlos en su nueva vida. Además —bajo el tono de voz— no parece importarle mi oscuridad. Pero a mí sí, y no quiero que sea como yo.
En aquel momento, el vampiro a quien debo mi existencia me abraza con fuerza, como cuando le he abierto la puerta. Es una sensación maravillosa.
—Siempre te lo he dicho, pero te cuesta creerlo. Sigues con la idea de que la mala sangre de Aro circula por tus venas, y no es así. Eres mucho mejor de lo que piensas, Isabella. La prueba la tienes en todo lo que me acabas de decir. Lo amas de verdad, tanto como para no pensar en ti. Si fueras la vampira que crees ser, lo habrías transformado sin dudar en cuanto te lo pidió. Y, si fueras como Aro —pronuncia el nombre con asco—, ni siquiera habrías esperado a que Edward te lo pidiera. —Quiero hablar, decirle que precisamente porque soy egoísta no quise transformarlo, porque me habría sentido horriblemente mal si hubiera terminado siendo un vampiro descontrolado, pero él niega antes de que yo pronuncie las palabras, como si las supiera de antemano—. Deja ya de pensar en el pasado y piensa en lo que eres, de verdad, ahora.
Mi ánimo se ensombrece al escucharle. Él se da cuenta y levanta su mano para acariciarme con delicadeza la mejilla, me coloca un mechón suelto tras la oreja con tanta familiaridad que parece que no han pasado décadas desde la última vez que lo hizo.
—No ha cambiado nada, Carlisle. Sigo haciendo lo mismo. Algunas vidas humanas no tienen valor para mí. No soy como tú, que las valoras todas.
Su mano se apoya sobre mi hombro y su mirada sigue siendo igual de cálida.
—Eso ya lo imaginaba, y aún así he vuelto a buscarte. No me refiero a ese pasado, Isabella, sino a la sombra del carroñero. Ese… desgraciado siempre ha tenido demasiado peso en nuestra relación. Y ya es hora de olvidar.
Una parte de mí pensaba que, al decirle que todavía mataba, me echaría otro sermón sobre la vida humana y me abandonaría de nuevo. Esa misma parte, al escuchar el afecto en su voz y leerlo en su expresión, se derrite y se transforma en una oleada cálida que arrasa con la escasa tranquilidad que me quedaba. Correspondo a su abrazo mientras apoyo la cabeza sobre su hombro, que queda teñido de rojo intenso. Por segunda vez en mi existencia, estoy llorando sangre.
A nuestro lado, Edward duerme con expresión serena y parece sonreír por un fugaz instante.
.
.
Abro los ojos, sintiéndome más extraña que en toda mi vida. Antes de abrirlos ya tenía la sensación de que veía. Percibo una miríada de sensaciones y matices a través de mis otros sentidos, y es excitante y sobrecogedor. No sé qué me sucede.
—Buenas noches, Isabella.
Esa voz la reconozco, y me tranquiliza. Me incorporo y siento algo raro en mi cuerpo. Como si el movimiento fuera demasiado fluido… como si careciera de articulaciones. Lo he hecho sin sentir que lo hacía, de forma rápida. La sensación es inquietante. Miro hacia la voz, alarmada.
—Carlisle. —Frunzo el ceño, porque un recuerdo pugna por entrar en mi consciencia, sé que es importante, y al mismo tiempo me da miedo.
Él se levanta de la silla y se sienta en la cama donde me encuentro, mirándome con ternura y atención. Parece que esté esperando que yo haga o diga algo, pero no sé el qué.
—¿No recuerdas nada? —Con precaución infinita, toma mi mano.
«He hecho bien salvándola. Estoy seguro. Podré guiarla en su nueva vida».
Leo sus pensamientos sin pretenderlo, sé que no le gusta pero son tan intensos que parece que grite. Oigo las palabras, e incluso percibo el tono que utiliza consigo mismo, como si estuviera intentando convencerse. Todo junto me hace sentirme como si me asomara a un abismo. En su fondo, los recuerdos que yacían enterrados en la oscuridad surgen como llamaradas dolorosas.
—¡No!
Me sujeta por los hombros con fuerza.
—Escúchame. Quiero explicarte... —Le aparto las manos bruscamente y me levanto de un salto. Sin saber cómo, estoy al otro lado de la habitación.
Dios, me voy a volver loca. Carlisle está delante de mí. Vuelve a tocarme, cuando intento liberarme habla y su voz tiene algo que me paraliza.
—Tienes que escucharme. Todo saldrá bien.
Señor…¿cómo voy a permanecer con Carlisle? Me ha creado un monstruo, llevo su sangre dentro y tendré que obedecerle si reaparece.
Por si fuera poco, otro recuerdo termina de aplastar la poca sensación de cordura que me queda: Carlisle, mi amigo, se planteó durante un instante terminar conmigo.
Por un momento le odio con tanta intensidad que siento resquebrajarse el control que ejerce sobre mí, pero no lo consigo.
—Deberías haberme matado —gruño.
—Silencio —ordena, todo serenidad y cortesía. Parece haberse tranquilizado no sé por qué, porque la situación no puede ser peor. Odio que tenga poder para hacerme callar.
Un momento... Según me explicó, los vampiros recién nacidos solo obedecen a su creador. ¿Cómo puede ser que sea él quien me controle en este momento? Lo miro con ojos muy abiertos, esperando una explicación.
—Extraje toda la sangre —«espero que sí», piensa— y bebiste la mía.
Lo miro, indignada. ¿No se da cuenta de que sé que no me lo está contando todo?
Cierra los párpados y se pellizca el puente de la nariz., parece que se ha dado cuenta de su error.
—Deja de leer mi mente, Isabella.
Otra vez ese tono autoritario, pero no puedo, esto no puedo controlarlo. Mi gesto debe delatar toda mi exasperación, porque él asiente con la cabeza.
—Entiendo que tu don está fuera de control. No te preocupes, será algo transitorio. Es más intenso que nunca, y pronto podrás controlarlo a voluntad.
Maldita sea si tengo ganas de hablar de mi puñetero don. Lo que quiero en este mismo instante es calmar este ardor que siento en la garganta. Y matar al vampiro que me hizo esto. No al que tengo delante, aunque no me faltan ganas, sino al que tenía en mente hacerme su esclava. Aún me recorren escalofríos cuando recuerdo las imágenes de su asqueroso plan.
Me sobrepasa la intensidad de todo lo que siento, no solo a través de mis sentidos, sino mis propias emociones.
—Puedes hablar, Isabella. Siento haberte silenciado, pero tienes que dejarme que te explique. Aunque antes creo que debes alimentarte. Sin la ansiedad de la sangre, estarás más receptiva.
Cielos, cómo odio su lenguaje educado y su serenidad.
Esto no saldrá bien.
.
Han pasado meses desde que fui transformada en una criatura de la noche. Estoy condenada a no ver nunca más el sol. De día caigo en una inconsciencia tan absoluta que podría estar librándose una batalla sobre mí y no enterarme de nada.
Carlisle dice que me controlo bastante bien para ser una vampira neófita, aunque no sé de dónde saca esas ideas, porque soy la primera de la que se encarga. Creo que lo sabe por hablar con otros vampiros. La mayoría de los nuestros son nómadas, pero hay unos pocos que tienen residencia relativamente estable. Pasados unos cuantos años, los humanos empiezan a sospechar, y hay que mudarse.
Así nos hemos enterado de que el vampiro que me atacó se llama Aro. La descripción que le dimos a Eleazar, un amigo de Carlisle más viejo que él, dio en el blanco. Su comentario fue más o menos:«¿Ese grandísimo mal nacido hijo de un buitre sigue rondando las miserias humanas?».Lo describió a la perfección, y luego escupió como si le hubiera dado asco hablar de él. Yo también tenía ganas de escupir, pero hay normas de educación que no consigo quitarme de encima, y me conformo con maldecir como un estibador.
Carlisle me mira mal cuando lo hago. Anticuado.
Jamás damos muerte a nadie, bebemos del humano hasta que su corazón se acelera mientras los mantenemos bajo el control mental, y paramos cuando su corazón palpita demasiado fuerte y rápido. Con un poco de práctica es fácil. Por supuesto, es más difícil de conseguirlo cuando estoy muchos días sin alimentarme, pero ya tengo la suficiente fuerza de voluntad como para parar a tiempo siempre. Carlisle tuvo que detenerme varias veces durante mis primeras semanas, pero ya no es necesario. Somos unos vampiros de lo más extraño. No sólo no matamos sino que, a veces, pagamos a los humanos o les hacemos algún trabajo en su granja o su hogar.
Aún así, siento como si hubiera algo malo en mí.
Carlisle confía en que ciertos instintos asesinos que tengo desaparezcan. Y no me refiero solo a las ganas que tengo de eliminar a Aro. Quiero decir que, tal como predijo Carlisle mi don se ha potenciado, pero eso no es precisamente bueno. Soy una especie de detector de criminales. Oigo sus pensamientos con una claridad tan extraordinaria que casi los siento dentro de mí. Además, cuando pongo mi mano sobre el pecho de una persona es como si percibiera su verdadero corazón.
Mi instinto de matar es turbador, me posee de una forma que Carlisle apenas puede controlar. Sé que eso lo asusta. Sé que a veces se plantea si no habrá alguna gota de la sangre de Aro dirigiéndome de alguna forma, o por lo menos impidiendo que respete todas las vidas humanas, como él hace. No me hace falta leerle el pensamiento. Lo leo en su gesto de decepción.
Me siento mal. ¿Hay algo del carroñero en mí? No lo sé. Creo que no soy buena, ni lo seré nunca. Me enfado con Doc por su actitud neutral con los problemas de los humanos. ¿Cómo puede ser tan compasivo y al mismo tiempo tan… frío? Tiene temperamento de cirujano, hace un bien enorme a la humanidad pero no duda en sajar un miembro entero o dos si es necesario por un bien superior. Me dice que no tengo derecho a ser juez y verdugo, que eso no es algo que me corresponda. Que yo tenga el don de ver el corazón humano no significa que tenga permiso para hacer lo que hago.
La incertidumbre socava mi espíritu y hunde mi corazón en la oscuridad.
.
.
Carlisle y yo nos hemos sentado a la mesa de la cocina. Su reserva de sangre está menguando rápidamente, pero no le preocupa, y a mí tampoco. Es nuestra pequeña celebración: estamos juntos de nuevo después de varias décadas, Edward está sin fiebre por primera vez en lo que parece una eternidad, y además me ha pedido que nos casemos. Sigo notando la tenaza de la angustia, e intento no pensar en todo lo malo que le puede pasar mientras estamos durmiendo. Ahora ya no solo temo a la gripe, sino también al vampiro que le persigue.
Doc y yo hemos debatido sobre si llevárnoslo a mi casa ahora que se encuentra mejor, pero no me atrevo a moverlo de aquí todavía. Ni siquiera me arriesgaría a devolverlo a su apartamento, pero Carlisle me ha recordado que lo ha alquilado él, por lo que al ser un vampiro el «propietario», Edward no está protegido por esa fuerza oculta que nos impide colarnos en domicilios privados. Por lo mismo, tampoco estaría protegido en mi casa. La sola idea hace que mis músculos se tensen y mis colmillos salgan. Al final, hemos decidido que en cuanto se acerque el alba lo volveré a llevar a su casa.
Durante las pocas horas que nos separan del alba, Carlisle y yo charlamos como los viejos amigos que somos. Quiero saber todo lo que ha hecho mientras estaba sin mí, pero él insiste en que lo mío es más importante. Está muy contento porque he encontrado a un hombre que me ama tal como soy. Una sombra le cruza el rostro mientras dice esto, pero prefiero ignorarla.
Le he estado poniendo al día con lo más importante: le he contado cómo nos conocimos Edward y yo, y lo rápido que ha ido nuestra relación. Él cree que, al compartir don con Edward, de alguna forma leía su mente en la distancia, y por eso soñaba con él. Sin saber que existía, sin pensarlo de forma consciente, yo sentía que él era como yo, y de ahí esa angustia, esa necesidad de encontrarlo, acrecentada por mi creciente soledad y mis ideas suicidas. De alguna forma sabía que tenía a un igual cerca de mí.
Puede que tenga razón.
Entonces, un tanto avergonzada, le hablo de mi intenso deseo por la sangre de Edward y de su extraña reacción cuando olió la mía, y me lanza una intensa mirada.
—La atracción de la sangre —pronuncia en tono reverente—. Él es tu compañero para toda la vida, Isabella. Había oído historias como esa que cuentas, pero no lo he vivido nunca.
Suspiro con impaciencia y miro al techo un momento.
—Déjame adivinar… No creías esas historias y por eso no me habías hablado de esto.
Niega con la cabeza reprimiendo una sonrisa al ver mi expresión.
—No, no fue por eso. Fue por tu actitud.
—Mi… ¿qué? —pregunto, indignada.
—Tu actitud. No se te podía hablar de nada que tuviera que ver con el amor, ¿recuerdas? Y si no, deja que te haga memoria: ¿no fuiste tú la que decía que tenías el corazón roto y que no ibas a volver a amar nunca? ¿Quien dijo que prefería disfrutar del sexo sin sentimientos, porque ya no tenías? ¿La que se burlaba de mí porque anhelaba encontrar a mi alma gemela? ¿La que… —Lo detengo alzando una mano.
—Ya basta, Carlisle, me ha quedado meridianamente claro.
—En aquella época, tenías el corazón congelado. —Su gesto se ensombrece—. A veces pensaba si no sería efecto de tu transformación, pero en seguida recordaba que ya lo tenías así antes de suceder.
Bajo la mirada en silencio, porque sé que tiene razón. Bebo un sorbo de sangre de mi vaso y suspiro de nuevo fijando mis pupilas en el fondo del vaso, como si allí viera mis recuerdos. Poco a poco, todo va cobrando sentido.
—Edward ha conseguido el deshielo… Lo malo es que creo que eso, a veces, me hace sentir muy desgraciada. —Hago una mueca y le explico mi reacción en la sala de enfermos terminales. Ni siquiera yo me había dado cuenta de que algo estaba cambiando en mi interior.
Mi amigo sujeta mi mano y la aprieta con cariño.
—Pero vale la pena, ¿o no?
Me muerdo el labio mientras repaso mentalmente lo que ha sido mi vida desde que lo conocí y he de reconocer que, a pesar de todo el sufrimiento, el vacío que sentía antes era mucho peor. Asiento con reticencia, para que Carlisle no se acostumbre demasiado a que le dé la razón.
He llevado a Edward a su apartamento tras comprobar que sigue sin fiebre. Ha vuelto a toser fuerte, pero esta vez no ha expulsado sangre, y continúa durmiendo. Le beso con suavidad antes de despedirme y desearle un buen día. Pido en silencio que esté bien para cuando yo despierte, pero no me permito seguir dándole vueltas a eso.
Vuelvo al apartamento del conserje, donde me espera Carlisle. Hemos decidido dormir aquí. Se acerca el amanecer y ahora, por fin, debo pedirle a mi amigo una cosa más:
—Hay una mujer, una viuda, de quien se está encargando mi servicio. Es una joven que perdió a su hijo y a su marido casi al mismo tiempo. Antes de morir le prometí a él que cuidaría de su esposa. —Carlisle enarca las cejas, pero no dice nada—. No he podido verla porque durante las noches no me he movido de aquí, pero he mandado a mi personal cada día a su casa para vigilarla y estar unas horas con ella. Se ocupan de que se alimente un poco y se asee de vez en cuando, pero mi ama de llaves está muy preocupada por ella. Me pidió permiso para traerla a mi casa, pero la viuda no quiere moverse de la suya. Padece melancolía profunda. Creo que... —lo miro un momento en silencio y él me anima con un leve gesto de la mano— que le iría bien que le borraras el recuerdo de tanto sufrimiento.
Pensaba que iba a soltar el discurso de quiénes éramos nosotros para tomar esa decisión, pero para mi sorpresa asiente.
—Puede ser. Pero primero tendré que verla y hablar con ella. Aunque habrá que esperar hasta esta noche. Y temo dejarte sola con Edward y ese vampiro rondando la casa.
—Estaremos bien. Allí dentro estamos a salvo. —Suspiro aliviada. Es un gran descanso compartir algo de responsabilidad.
.
.
Llevamos unas buenas semanas, las mejores desde que nos conocemos. He intentado por todos los medios agradar a Carlisle, así que he bloqueado mi don. Ahora que lo controlo tan bien no tengo ningún problema en hacerlo. Lo malo es que siento como si me faltara uno de mis sentidos. No uno esencial como la vista o el oído, más bien como si no notara el sabor de las cosas. Puedo seguir viviendo, pero una parte de mí teme estar haciendo algo mal, como alimentarme de algo estropeado. Lo he sacrificado por nuestro bien. Ya controlo mis instintos más primarios, y era mi única asignatura pendiente con mi creador. A partir de ahora podemos relacionarnos más como amigos que como tutor y pupila.
A veces sorprendo a Carlisle mirándome con algo similar a una chispa de anhelo pero, como un adolescente tímido, retira la mirada de inmediato. Eso sí sería una complicación. Yo no siento nada de eso por él, la atracción sexual que me inspiraba como vampiro ha desaparecido. Tenía razón con lo del deseo de los humanos por nosotros.
Supongo que lo que le pasa es que se siente solo. Una vez, después de habernos alimentado de una pareja joven, estuve haciéndole preguntas sobre los vampiros, el amor y el sexo. Me divirtió verlo un tanto incómodo. Es curioso ver cómo, a pesar de su experiencia, a pesar de ser médico y de no avergonzarse de su cuerpo o del mío, sigue siendo un hombre de otra época. Le incomoda hablar de sexo conmigo, como si fuera mi padre de verdad.
Al final conseguí que me explicara algo. Me dijo que los vampiros son parecidos a los humanos con sus relaciones íntimas: hay de todo, pero en general somos seres mucho más sexuales. Quizá porque la experiencia y el nulo riesgo de embarazo y enfermedad hace que seamos más desinhibidos que los humanos.
—Pero ¿y el sexo entre vampiros? ¿Cómo es? —insisto.
Está un tanto incómodo, pero él es mi única fuente de información y yo soy su única compañía, así que espero que su reticencia vaya disminuyendo, porque solo nos tenemos el uno al otro.
—Más... —carraspea— intenso que con un humano.
Se calla y mira atentamente una de sus uñas, como si esperara verla crecer en ese mismo instante.
No tengo suficiente ni de lejos, y voy a tirarle de la lengua hasta que me diga todo lo que quiero saber.
—¿Tú… has tenido alguna pareja vampira? No sólo sexual. ¿Algo equivalente a un matrimonio? ¿O alguna relación larga con una humana?
Suspira largamente y deja de mostrar interés por sus uñas. Fija sus iris azules en los míos, y veo tristeza, una pena profunda del corazón.
—Los vampiros podemos tener relaciones de todo tipo, como los humanos. Pero en esencia, igual que somos inmutables a través del tiempo, somos seres monógamos. Solo tenemos un amor, una vez en la vida, y es tan profundo que nada lo puede sustituir.
Parpadeo y resisto la tentación de leer su mente. En su lugar, le tomo la mano y se la aprieto con dulzura.
—¿Perdiste a tu pareja? —musito, buscando sus ojos, que ha vuelto a apartar de mí. No antes de que detectara una profunda tristeza.
Permanece en silencio un buen rato. Por fin, tuerce la boca en una mueca encantadora y juvenil que me hace olvidar que tiene trescientos años, y sacude la cabeza con indolencia al mirarme.
—No, Isabella, no he perdido a mi pareja. Es difícil sobrevivir a eso, en nuestra especie. —Levanta su mano y me acaricia el cabello con ternura. Es un gesto cálido, nada sexual—. Simplemente no la he encontrado. Creía que… —me mira largamente y con intensidad, y sé lo que quiere decir antes de que lo haga— que tú serías ella. Pero ha sido más mi anhelo que una realidad. Lo cierto es que eres para mí como la hija que nunca tuve, y mi mejor amiga.
Sonrío ampliamente al escucharle. Yo me siento como él. Estamos solos pero nos tenemos el uno al otro, y nuestro vínculo es fuerte. Creo que a partir de ahora todo irá a mejor.
.
.
Gracias a Ebrume, a Patri y a Nury por su ayuda. Gracias a todas por leer, comentar, compartir y recomendar. Es un placer compartir mi imaginación con vosotras y ver que, aunque este fandom no es lo que era, aún tiene sus lectoras.
Hasta el martes que viene.
¿Opiniones?
