Sakura y todos sus personajes son propiedad de CLAMP
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PARTE 1
Por un momento Eriol fue incapaz de reaccionar. Saya tuvo que repetirse varias veces hasta que finalmente el peso de sus palabras cayó a secas en el estómago del muchacho. Olvidando por completo el mapa, aferró con fuerza el móvil, haciendo un esfuerzo por encender nuevamente su cerebro. Respirando entrecortadamente, cerró la puerta con seguro.
— ¿Kenichi lo sabe? —preguntó, su mente a mil por hora. Saya repuso con un gruñido. Tomó eso por un no—. No se lo digas todavía, dame tiempo de hablarles primero.
—Eriol, tu sabes perfectamente que no puedo hacer eso. Kenichi es el jefe, tengo que decírselo.
El muchacho soltó un pesado suspiro.
—Dame dos horas —dijo al final—. Hablo con ellos, les explico lo que sucede y listo.
Saya accedió tras soltar una sarta de improperios.
—Dos horas, vaquero —le advirtió—. Como te pases le digo al jefe, y sabes que puedo verte.
La comunicación se cortó. Un instante después el muchacho recibió un mensaje de texto con la dirección. Literalmente estaban a la vuelta de la esquina. Contempló la pantalla del móvil un minuto exacto y luego salió volando de la habitación. Encontró a Yue sentado en la sala, portátil en mano, revisando algo que tenía pinta de ser documentos oficiales.
—Vamos —le dijo con urgencia, encaminándose a la puerta—. ¡Muévete!
Sin comprender muy bien lo que sucedía, Yue le siguió a su propio ritmo, tomándose su tiempo para colocarse el abrigo y cerrar la puerta de entrada. Alcanzó a Eriol cuando este ya casi llegaba al final de la cuadra. La expresión de alegría en su rostro lo confundía. ¿Por qué carajo estaba tan contento? Comenzaba a creer que a su jefe de laboratorio se le estaba zafando un tornillo.
—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó tras varios minutos de caminata sin rumbo. No tenía ni la menor idea de dónde estaban—. ¿Dónde vamos?
Eriol se detuvo un momento y clavó los ojos en su acompañante.
—A ver a Sakura.
Y sin más, echó a andar de nuevo.
Tras varios minutos más de darle la vuelta a la cuadra, finalmente llegaron al pequeño hotel que buscaban. Entraron con cautela, esperando encontrar a alguien escondido tras el mostrador, pero éste estaba vacío, al igual que el resto del recibidor. El lugar tenía seis pisos y probablemente unas cincuenta habitaciones. Dar con ellos en ese laberinto iba a ser bastante complicado. Aun así se pusieron a la tarea. Tendrían que ir puerta a puerta preguntando por ellos. Yue se ofreció a cubrir los tres primeros pisos, mientras que Eriol revisaba los restantes.
—Buenas tardes —los sorprendió entonces la voz de una mujer. Hablaba un rudimentario inglés, pero lo suficiente como para hacerse entender—. ¿Necesitaban algo?
El par de agentes intercambiaron una mirada de complicidad.
—Estoy buscando a dos huéspedes —repuso Eriol el ruso, arrancando una sonrisa a la muchacha—. Son ellos —le mostró un par de fotografías.
La rubia observó las imágenes por un buen tiempo, hasta que la chispa del reconocimiento brilló en sus ojos.
—Están en la habitación cuarenta y cinco, en el quinto piso. ¿Los anuncio?
Yue negó.
—No será necesario, nos están esperando —y para hacer sus palabras más convincentes, le regaló una coqueta sonrisa, de esas que reservaba para Sakura.
La chica se sonrojó furiosamente y les permitió pasar. Ambos agradecieron e iniciaron su ascenso.
—No sabía que hablaras ruso—comentó Eriol, perfilando una viciosa mueca—. Ni que supieras sonreír. Sinceramente creí que eras de piedra.
—Sakura me enseñó hace años, antes de que se fuera a Tokio —decidió ignorar el otro comentario por su propio bienestar—. Siempre ha sido hábil para los idiomas.
Eriol asintió y soltó un pesado suspiro, buscando una forma sutil de preguntar lo que quería saber. Cuando no encontró ninguna, simplemente disparó a quemarropa.
—¿Desde cuando estás enamorado de ella?
Yue se detuvo en seco y clavó una mirada afilada en Eriol. Se había dado cuenta a pesar del esfuerzo que le había costado encerrar esos sentimientos, negarlos en un vano intento de hacerlos desaparecer.
—Desde que la conozco —repuso y siguió escaleras arriba.
El resto del recorrido fue en silencio, hasta que llegaron a su destino. Allí estaba la puerta que los separaba de sus amigos.
—¿Listo? —preguntó Eriol.
Yue asintió.
—Listo.
Y llamaron a la puerta.
Habrían dormido una hora a lo sumo cuando un firme golpe en la puerta los despertó. Con movimientos torpes Shaoran salió de la cama y se puso los vaqueros para recibir a sus visitantes. Le echó una mirada a Sakura, quien había ignorado la situación, y ahora dormía a pierna suelta. Cubrió su cuerpo desnudo con la sábana y regresó su atención a la puerta. La abrió de golpe y el corazón casi se le sale del pecho. Tenía que estar soñando, esa era la única explicación para lo que estaba viendo. Eriol no estaba de pie en el rellano de la escalera, mucho menos acompañado por Tsukishiro. Era simplemente imposible.
—Cierra la boca, vas a babear el suelo —le soltó una sonrisa nerviosa—. ¿Podemos pasar? Tenemos que hablar con ustedes.
El 'ustedes' regresó a Shaoran a la realidad. Por primera vez fue consciente de su apariencia y del hecho de que había una mujer sin ropa durmiendo a vista y paciencia de sus visitantes. Y podía notar en el rostro de Yue la sombra de rabia contenida, sus ojos claros clavados en el cuerpo sobre la cama. De forma inconsciente cerro un tanto la puerta, bloqueando la mayoría del panorama.
—Si me dan un momento…
Se encerró rápidamente, dejando a los otros en el pasillo. Con delicadeza despertó a Sakura y le contó que tenían compañía. La muchacha se vistió con urgencia, asustada por el comportamiento de Shaoran. Él pareció notarlo, porque le sonrió, tranquilizador, y la besó con fuerza. Luego, como impulsado por un resorte, regresó a la puerta y la abrió. Sakura estaba terminando de ponerse las botas cuando el eco de una voz familiar le heló la sangre. Lentamente levantó la mirada, clavando los ojos verdes en las dos últimas personas que había esperado ver allí.
Su rostro se enrojeció por la furia al ver a Eriol y se enrojeció aún más al ver a Yue. Y hasta allí llegó su reacción. No sabía si se debía a todas las emociones vividas en tan poco tiempo, pero en ese momento se veía capaz de sentir nada. Salvo, algo de fastidio. Enderezó la espalda y entrelazó sus dedos con los de Shaoran.
—¿Qué hacen aquí? —no reconocía su voz, tan ajena y educada. ¿Qué le pasaba?
Los recién llegados intercambiaron una mirada de circunstancias, claramente afectados por el comportamiento de la muchacha. No se habían esperado esa clase de recibimiento.
—Los hemos estado buscando —comenzó Eriol, nervioso. Había imaginado ese momento un poco diferente—. Saya ha estado siguiéndolos en vivo desde que llegaron a St. Petersburgo. Finalmente dio con ustedes.
—Y yo que creí que estábamos solos en esto —se quejó Shaoran, aunque el alivio en su voz era palpable—. Pero eso sigue sin explicar ustedes aquí. Una vez se decreta el código azul los agentes son liberados de toda responsabilidad.
Eriol suspiró y sin más saltó a contarle como habían estado sus cosas de su lado del charco desde el fiasco del intercambio. No dejó ningún detalle fuera, ni la reacción de la familia Kinomoto y del departamento de policía al enterarse de que Sakura estaba muerta, ni del escándalo que había armado el Clan Li exigiendo respuestas sobre el paradero de su hijo. Luego les dijo sobre la arbitraria decisión de Kenichi al tomar el control de la situación en sus manos. Primero el continuar con la misión de forma clandestina, segundo hacer arreglos con otros países para asegurar que el equipo de rescate tuviese todos los recursos necesarios.
Yue finalizó el reporte detallando los avances del caso. El incendio en el periódico había sido una distracción para llevar a cabo un trabajo de limpieza en el centro de la ciudad. Mientras toda la fuerza policial volcaba sus esfuerzos para apaciguar el infierno, los matones de Hikaru habían estado eliminando indeseables. Y sobre el espía, no tenían ni idea. Había desaparecido todo rastro de él.
La habitación quedó sumida en un tenso silencio, cuatro pares de ojos escrutándose abiertamente ¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué se trababan de esa forma después de todo lo que había sucedido?
—Dime que pasó en el intercambio —pidió Eriol, incapaz de soportar la situación por más tiempo.
Shaoran respiró profundo, considerando seriamente revivir esa larga semana, llena de muerte. Pero tenía qué. Toda pieza de información era invaluable a esas alturas del juego.
—Matsuda se dio cuenta de que estábamos siguiéndolo cuando alguien lo llamó del hotel a decirle que habían encontrado a Sakura en su habitación. De inmediato ató cabos y trató de matarme. Para entonces teníamos a los matones de Akio persiguiéndonos. Volcamos, Matsuda y Jonathan se salvaron de alguna forma y yo tomé eso como mi única oportunidad para escapar. Luego pasé una semana lamiéndome las heridas sin saber que hacer, buscando a Sakura por todos lados —se pasó una mano por el rostro—. No son precisamente las vacaciones que había planeado.
Otra vez silencio.
—¿Y tú, Sakura? —aventuró Yue la pregunta.
La muchacha lo miró fijamente un segundo antes de arrancar a hablar.
—Aproveché que Hikaru se había largado para husmear en su habitación, pero tuve que encargarme de su asistente y su grupito de guardaespaldas. Mientras ellos se emborrachaban en el bar del hotel yo me cambié de ropa, y recogí la mochila que había preparado antes si es que me veía en una situación como esa. El caso es que la asistente me encontró y tuve que noquearla. Me hubiera salido con la mía si no hubiese derramado tanta sangre; los guardas me persiguieron, maté a dos de ellos y pasé una maldita semana en la calle, seguida por esos animales. Si no hubiera sido por Ilona, una amiga de mi padre, ahora estaría muerta.
Y de nuevo el silencio.
—¿Se puede saber que es lo que te pasa? —soltó Yue antes de ser consciente de que había abierto la boca.
Sakura le dedicó una ofendida mirada y se puso de pie de un salto. Gruesas lágrimas le corrían por el rostro.
— ¡Me pasa de todo! —gritó—. En dos meses mi vida se fue a la mierda y todo por aceptar ayudarlos. Han intentado matarme más veces de las que puedo contar y Kenichi lo consiguió con apretar unos cuantos botones —se pasó una mano por el cabello, desesperada—. Toda mi familia cree que estoy muerta, Hikaru probablemente ya descubrió quienes somos, mi mejor amigo me ha mentido por tres años y tú me miras como si te hubiera traicionado.
Yue quiso replicar, pero Eriol se le adelantó.
—Yo no te he mentido nunca —le espetó—. Quise decírtelo, quise protegerte, pero no podía. No sabía que eras la novia de Hikaru y cuando me enteré hice todo lo que pude para sacarte de allí.
—Mentira.
Era como revivir la conversación que había mantenido con Shaoran en Marruecos. Las mismas palabras, las mismas dudas. Se limpió las lágrimas y trató de encerrarse en el baño, pero Eriol estaba esperando algo como eso. La aferró con fuerza de la muñeca y la atrajo a su cuerpo, atrapándola en un abrazo. Lucho unos minutos por soltarse hasta que ya no pudo más. Enroscó los brazos en su espalda y recostó la cabeza en su pecho para seguir llorando. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo asustada que estaba y de la falta que le había hecho la compañía de sus amigos.
Eriol aventuró una mirada por encima de la mata de cabellos negros y clavó los ojos en su mejor amigo. A pesar de que por fuera parecía tranquilo, él sabía que por dentro la batalla era distinta. Podía ver en esos ojos ámbares el miedo mesclado con el alivio y también una infinita tristeza. Si, Shaoran estaba feliz de verlo, pero allí había algo que lo estaba ahogando de a poco. Sin saber muy bien por qué, estiró el brazo hacia el muchacho y lo metió también en el abrazo. Sakura comenzó a llorar más fuerte, mientras que los otros trataban de contener las lágrimas. Yue, ajeno a esa reunión, contemplaba con creciente furia al tipo que le había robado a la mujer de sus sueños. Eso no iba a quedarse así.
—Recojan sus cosas y vámonos —dijo Eriol cuando se separaron—. Tengo que contarle a Kenichi que los encontré y que le desobedecí.
Unos minutos después abandonaban el hotel, rumbo al piso franco. Una vez allí Eriol ordenó a uno de sus soldados que se llevara las maletas y que luego reuniera a su gente para una importante reunión. No tenían ni media hora allí cuando el móvil de Eriol comenzó a berrear en su bolsillo. Contestó y puso el altavoz para que todos pudieran escuchar.
—Se te acabaron las dos horas, reina —dijo Saya entre risas—. Y Kenichi dice que eres un imbécil por desobedecerle.
Hubo alguna clase de interferencia en la línea y la voz del aludido resonó con claridad.
—Lo primero que te dije fue que no te les acerques, pero como eres necio no entendiste —le soltó, haciendo un esfuerzo por endurecer su voz—. Bueno, ahora que ya están allí quiero que me cuenten todo lo que han hecho en sus vacaciones. Shaoran, Sakura, bienvenidos de nuevo.
La llamada se cortó. Eriol dejó el móvil en la mesa de la sala y activó la video llamada. Los rostros de Saya y Kenichi acababan de aparecer en la pantalla cuando los cinco soldados aparecieron en la sala, en perfecta formación.
—Siéntense —ordenó Kenichi—. Y ahora, desembuchen —añadió, clavando su mirada en Sakura.
Y así se lanzaron otra vez a relatar la misión, sin dejar un solo detalle fuera. Para cuando terminaron ya había pasado una hora. Kenichi los miraba fijamente a través de la pantalla, sin variar un ápice la expresión de su rostro.
—¿Y tenían planeado colarse en la fiesta sin ninguna ayuda? —preguntó momentos después. Su voz no era burlona, más bien curiosa, como si estuviese considerando seriamente la idea—. Tienen agallas.
Se pasó una mano por el rostro.
—A ver, esto es lo que vamos a hacer…
La idea de Kenichi era tan sencilla que parecía imposible. Sakura, Eriol, y Shaoran se colarían en la fiesta para buscar a Hikaru. Una vez lo encontraran, Sakura se quedaría con él, obviamente bajo disfraz, mientras que los otros dos aseguraban un área del jardín, dónde Sakura lo llevaría para atraparlo. Saya les había conseguido un mapa de la mansión y en cuestión de minutos los tres se habían aprendido la ubicación de cada puerta y ventana del edificio. Al mismo tiempo que los agentes se infiltraban en la mansión, Yue esperaría por ellos un kilómetro abajo en la carretera. Si no salían en una hora el plan se anulaba y Yue entraba a buscarlos, se llevaba a los que encontraba y si alguno se quedaba atrás, él mismo tendría que buscar una forma de escapar.
—Todo lo que necesitan está en las mochilas, ya saben como usar el equipo así que ya no me necesitan —dijo Saya, forzando una sonrisa—. En caso de que el pla fallen, tenemos de respaldo a nuestros soldados. Entran, los encuentran, y salen. Nada de heridos y prohibido disparar a menos que sea estrictamente necesario —añadió, dirigiéndose a los cinco militares—. Ánimo, chicos. Ésta es la última fase y pronto volverán a casa —les sonrió con más veracidad—. Yo seguiré todo en tiempo real. Nos vemos.
Y la pantalla de la portátil se quedó en negro.
Lentamente el grupo de dispersó, hasta que quedaron solo los cuatro agentes. Podían sentir la presión en el aire, amenazando con aplastarlos.
—Primero necesitamos ropa para esta noche —dijo Eriol poniéndose de pie—, luego nos encargaremos del resto —se pasó una mano por el cabello—. Sakura, tú eres quién mejor gusto tiene, así que más te vale vestirnos bien.
—Espera, ¿vamos a ir en este momento? Deberíamos esperar un poco.
Eriol soltó una risita y consultó su reloj.
—Corazón, son las seis de la tarde. La fiesta comienza entres horas.
La situación tenía cierto tinte de irrealidad. Primero por que nunca en la vida se le hubiera ocurrido salir de compras en un país extranjero a riesgo de que alguien los viera. Segundo por que si hubiese querido ir de compras su compañía hubiera sino una mujer. Y tercero, por que el trío de hombres a su alrededor llamaban mucho la atención. Y tal vez, sólo tal vez, por que los tres la ponían nerviosa.
Tenían ya una hora recorriendo el centro comercial, yendo de tienda en tienda, buscando el atuendo ideal. Realmente a ella le hubiera dado lo mismo usar una cosa u otra, pero Eriol y Shaoran e incluso Yue había insistido en que la ropa iba a ayudarles mucho al momento de entrar en la mansión. Ella no entendía, pero decidió dejar el tema.
—Aquí —dijo Eriol, señalando un local a su izquierda. Era una tienda dedicada a la venta de ropa de gala—. Es lo mejor que vamos a encontrar.
Sakura, quién estaba más cerca, abrió la puerta para ellos y les permitió pasar. Una dependienta se les acercó automáticamente, enseñándoles la gran variedad de ternos en venta. Los chicos escogieron rápido; tres ternos negros, cada uno con camisa y accesorios distintos. Verde para Shaoran, plateado para Eriol, azul para Yue. Por un instante se le olvidó a la castaña el verdadero motivo tras toda esa situación y se permitió vivir el momento. Aunque la diversión le duró poco cuando Eriol se aceró a ella con seis o siete vestidos en los brazos.
—A cambiarte.
Y así se transformó ella en modelo. Les mostró cada uno de los vestidos y ninguno parecía complacerlos. Después de un buen rato buscando más opciones, la dependienta materializó de la nada un hermoso vestido rojo sin tirantes, de espalda baja, pronunciado escote y una abertura en la pierna izquierda. Para Sakura ese maldito pedazo de tela revelaba demasiada piel, pero aun así se lo probó.
—Sal para verte —pidió Eriol desde afuera del probador.
Echándose un simple vistazo llegó a la conclusión de que esa no era la mejor idea, así que les convenció de que le quedaba bien. Tras comprar unas cosas más, pagaron todo y se fueron. Su siguiente parada fue una peluquería que vendía pelucas de cabello natural. Eriol entró y salió en menos de diez minutos con un par de abultadas bolsas bajo el brazo. Finalizado aquello regresaron al piso franco. Tenían una hora y media para arreglarse y llegar a la mansión. Eriol se fue con Sakura mientras que Shaoran y Yue tomaban caminos separados.
—Se te han pegado las manías de Tomoyo —comentó Sakura cuando llegaban a su habitación—. Tú no eras así.
El muchacho se encogió de hombros.
—Si tú lo dices —le entregó la bolsa del vestido y la de la peluquería—. Si necesitas algo, estoy al final del pasillo.
Le plantó un beso en la mejilla y se fue.
Una vez sola, se apresuró a quitarse la ropa y a darse un rápido duchazo. Salió del baño, envuelta en una diminuta toalla, directo a la cama donde reposaban sus paquetes. Sacó el vestido con cuidado y se sorprendió al encontrar un conjunto de lencería rojo, curiosamente de su talla. Con el rostro enrojecido por la rabia y vergüenza, se vistió. Embutida en ese atentado criminal, pasó a su cabello, peinándolo de malos modos para luego recogerlo en un apretado moño. La peluca que Eriol había comprado estaba hecha de lacio cabello platinado y venía con un gorro de látex para fijar el propio cabello al cráneo. Estaba terminando de acomodarse la peluca cuando alguien llamó a la puerta y su mejor amigo se apareció luciendo su terno y el cabello, antes negro, pintado ahora de un suave tono caoba. Se evaluaron en silencio unos instantes.
—Estás guapa —le dijo en voz baja. Y de repente el rostro se le ensombreció—. Sakura, perdóname. Perdóname por todo.
—No pasa nada —repuso, echándole los brazos al cuello— Todo está bien ahora.
—Te traje esto —le entregó una bolsita de cuero con maquillaje—. Ahí dentro hay cuatro pares de lentes de contacto, escoge los que más te gusten —se enderezó y acomodó la pechera de su terno—. Nos vemos en la sala.
Diez minutos después Sakura enfilaba el pasillo hacia la sala, dónde la esperaban sus tres escoltas. Shaoran se había pintado el cabello de rubio, mientras que Yue se había conformado con recoger el suyo en una apretada coleta y esconderlo bajo un sombrero de chofer. Los tres usaban lentes de contacto y tras una breve inspección, se dio cuenta de que usaban maquillaje. Su piel tenía esa apariencia perfecta, sin manchas, que sólo se lograba con ayuda. Ninguno se había dado cuenta de su presencia, pues estaban enfrascados en una acalorada discusión, pero entonces Yue desvió la mirada un segundo y sus ojos se quedaron clavados en ella, una mezcla de sorpresa y deseo brillando en su expresión. Shaoran siguió entonces esa mirada y su rostro palideció.
—Te ves… hermosa —soltó de forma involuntaria.
Yue agrió el gesto pero no emitió comentario alguno. Eriol, por su lado, asistía a la escena con una sonrisa cargada de picardía.
—Bueno muchachos, llegó la hora de irnos.
Habían llegado por fin a la mansión. Un enorme flujo de autos congestionaba la angosta y curvilínea carretera, mientras que la fila de hombres y mujeres frente a la puerta se iba haciendo cada vez más larga.
—Tenemos un problema —salió flotando la voz de Saya por los altavoces del auto—. El punto por dónde iban a entrar está bloqueado. Seis guardias armados custodian esa puerta.
Los cuatro agentes intercambiaron una mirada de preocupación.
—¿Hay otra forma de pasar? —preguntó Yue.
Saya guardó silencio unos momentos.
—Sí, pero es bastante complicado. En la parte lateral izquierda hay una ventada que da al baño social de la planta baja —se escuchó el incesante golpeteo de los dedos de la muchacha en el teclado—. El problema es que se abre desde adentro. Alguien tiene que quitarle el seguro.
—¿Y cómo pretendes que hagamos eso en primer lugar? —saltó Shaoran.
Mientras el resto se ponía a discutir, Sakura se dedicó a observar a través de la ventana. Estaban estacionados frente a la entrada de la mansión, ocultos por las sonbras. Una leve cortina de nieve caía despacio, desdibujando los alrededores. Los invitados llegaban ahora envueltos en gruesos abrigos de piel e ingresaban rápidamente en la propiedad, mostrándole fugazmente una invitación al mayordomo apostado en la puerta. Era un tipo relativamente joven, de esos a los que se le iban los ojos detrás de unas piernas bonitas. Automáticamente una idea se formó en su mente. Metió una mano en su cartera y sacó un espejo en el que revisó su maquillaje. Los ojos grises delineados en negro, rubor en las mejillas y los labios pintados de rojo.
Aprovechando que los demás seguían discutiendo se echó un vistazo en general. Sus pechos sobresalían, voluptuosos, por el escote del vestido, la peluca le rozaba la espalda descubierta y la raja de la falda se abría, tentadora, hasta medio muslo. Sí, definitivamente su plan iba a funcionar. Se acomodó el abrigo y con la capucha forrada en piel ocultó su rostro.
—¡Cállense! —Gritó para detener la pelea—. Ya sé que vamos a hacer —añadió cuando tuvo la atención de todos.
Rápidamente les explicó su idea y antes de que pudieran contradecirla se puso el transmisor en el oído y bajó del auto.
—Tienen cinco minutos, avísenme cuando estén allí —y cerró la puerta.
Luchando para que sus dientes dejasen de castañear, hizo su camino hacia la puerta. Un pequeño grupo de personas hacía fila. Mierda. No había contado con esa complicación. Aun así espero pacientemente su turno y cuando por fin llegó frente al muchacho, se abrió disimuladamente el abrigo, revelando el escandaloso atuendo. Los ojos del tipo se pasearon descarados por su anatomía y asintió ligeramente antes de abrirle la puerta para dejarla pasar. Ella le sonrió coqueta y se apresuró al interior.
El lugar era magnifico, de pisos de mármol, paredes blancas y decoraciones en oro. Un mozo se materializo a su lado para llevarse su abrigo. Le agradeció en voz baja, pero rápidamente su comodidad se desvaneció. El salón en pleno la miraba. Entre ese mar de blancos, negros y azules, el rojo de su vestido era como un faro en la oscuridad. Haciendo todo lo posible para no desmoronarse ante la presión, irguió la espalda y comenzó a abrirse paso entre la gente. Robó de una mesa una copa de vino y se la bebió de un trago para calmar los nervios. Estaba ya llegando a su destino cuando la voz de Eriol resonó en su oído. Ya estaban allí. Aceleró un poco el paso y se encerró. El baño era enorme, todo de mármol y cientos de velas decorando las paredes.
Oculta tras una pesada cortina estaba la ventana que buscaba. La abrió y una ráfaga de viento helado le sacó el cabello de la cara. Un instante después Shaoran y Eriol se limpiaban la nieve del traje y se acomodaban el cabello frente al espejo.
—¿Has visto a Matsuda? —preguntó Shaoran con la voz estrangulada. Sus ojos ámbares estaban cubiertos por lentes de contacto azules y su cabello castaño tenía un tono parecido al del oro.
Sakura negó.
—No ha llegado todavía —¿Por qué Shaoran no la miraba directamente? —. Tiene el mal habito de llegar tarde.
—Bueno, al menos ya estamos adentro —Gruño—. No vuelvas a hacer eso.
Aquello la tomó por sorpresa.
—¿Qué cosa?
—Coquetear de esa forma. No me gusta.
Eriol soltó una risita ante la expresión de la muchacha.
—Hablaremos luego de eso —susurró, saliendo rápidamente del baño.
Cuando todos estuvieron en la sala se dedicaron a hacer vida social, mezclándose con los demás invitados. Tenían que crear la ilusión de que eran de que eran igual que ellos, el bienestar de la misión dependía de ello. Y no había sido complicado, la apariencia de Sakura llamaba demasiado la atención, pero había varias mujeres que se comían con los ojos a sus atractivos acompañantes. El tiempo corría despacio, pero finalmente la persona a la que habían estado esperando llegó. Vestido de blanco, acompañado por un discreto grupo de guardaespaldas. Prodigaba sonrisas a todo aquel que se acercaba a saludarlo y proyectaba esa confianza de un hombre sin problemas. Estaba saludando a una señora de edad cuando Jonathan Strahm entró en la casa, acompañado por una chiquilla de cabello casi blanco, largo hasta la cintura. La muchacha temblaba de los nervios, pero sonreía como reina de belleza. Sakura estaba segura que era una novia por encargo. Qué hacía Jonathan allí con ella era algo que no podía entender.
—Vamos, tenemos que presentarnos —les susurró y regresó su atención al recién llegado—. Recuerdes, empresarios rusos con ganas de hacer negocio y yo su asistente.
Uno a uno los presentes fue acercándose al famoso empresario para saludarlo, entre ellos el cumpleañero, quién recibió su regalo con una entusiasmada sonrisa. Finalmente fue el turno de los agentes para presentarse. Siguiendo a la perfección el protocolo japonés lo saludaron respetuosamente y esperaron en silencio a que él les devolviera el gesto.
—Un placer conocerlos —dijo, paseando la mirada por el rostro de la atractiva rubia—. Nunca había tenido el placer de encontrarme con empresarios tan educados.
Eriol se encogió de hombros, restándole importancia.
—Hacemos lo que se puede —repuso—. Nuestra compañía y todos sus ejecutivos se toman muy enserio las relaciones internacionales —añadió con seriedad.
Shaoran soltó una risilla ante la expresión de Hikaru.
—No le haga caso, es un exagerado —se pasó una mano por los cabellos castaños y clavó sus ojos azules en los oscuros de Matsuda—. Aunque si he de serle sincero, siempre hemos querido hacer negocios con usted por mucho tiempo pero—.
—Pero son demasiado decentes como para hacerle una propuesta —interrumpió Sakura, con una pícara sonrisa—. Mi nombre es Anushka Barkov y ellos son Mikhail y Kira Krushev, dueños de Krushev Enterprises.
—Matsuda Hikaru, para servirle —le besó el dorso de la mano con delicadeza—. Si quieren hablar de negocios estoy más que dispuesto a escuchar sus propuestas esta noche.
—Ese trabajo se lo dejamos a Anushka, ella es mejor negociante que nosotros —dijo Eriol.
Hikaru asintió, complacido, y ofreció su brazo a la muchacha.
—Entonces no les importará que se las robe por el resto de la velada.
—Es toda suya —soltó Shaoran, un diminuto tinte de dureza en su voz—. Nos vemos.
Y con eso, la primera fase de su descabellado plan estaba completa. Mientras Shaoran y Eriol los seguían de forma discreta, Sakura se encargaba de endulzarle el oído a Matsuda. Para Shaoran la visión de ver a su mujer (por que Sakura era suya) del brazo de otro tipo era intolerable. Varias veces tuvo que insultarse en silencio por no poder controlar la expresión de intenso odio en su rostro. Si Matsuda se daba cuenta de que lo vigilaban todo se iba a la mierda.
—Cálmate —le gruñó Eriol, poniéndole una copa de vino en la mano—. Si sigues con esa cara de palo vas a conseguir que nos maten.
—¿Y que se supone que haga? —le espetó en voz baja—. Simplemente no tolero que la toque. Así de sencillo.
Eriol contuvo una risilla.
—Pues te aguantas.
—Para ti es fácil decirlo, pero su fuera Tomoyo en el lugar de Sakura no estarías tan tranquilo.
Eriol frunció el ceño. El idiota tenía razón, pero no iba a admitirlo.
—Veamos que pasa —dijo a la final—. Son diez a las doce.
Esa era la hora en la que habían acordado dar inicio a la siguiente fase. Ahora solo les quedaba esperar. Iban a ser diez eternos minutos.
Sakura se apoyó contra la pared y echó el cuello hacia atrás, dándole mejor acceso a los hambrientos labios de Hikaru. Se le revolvía el estómago del asco al sentirlo tan cerca, tan intimo, como lo habían sido en sus tres años de relación. Y aun así sabía que su vida dependía de pretender a la perfección de que estaba disfrutando el momento. Soltó un gemido cuando le mordió la clavícula y no pudo evitar sonrojarse al escucharlo reír con tanta malicia. Las manos de Hikaru comenzaron a trepar por sus piernas, levantándole el vestido en el camino, dispuesto a hacerle el amor allí mismo. Las cosas no podían llegar a ese punto, pero Sakura no sabía como evitarlo.
Estaban a plena luz, en el jardín trasero de la mansión. La nieve seguía cayendo, chocando contra su piel descubierta. Las manos de Hikaru ya habían llegado al borde de su ropa interior cuando el reloj marcó las doce.
El cambio fue inmediato. Su cuerpo se puso rígido de la anticipación y todo sonido murió en su garganta. Hikaru pareció notarlo también por que dejó de besarla para mirarla a los ojos, pero en lugar de encontrarse con un par de orbes grises recibió un contundente puñetazo en medio del rostro. Presionando su nariz ensangrentada, Hikaru dio unos pasos hacia atrás, distanciándose de la muchacha.
—No te muevas —dijo una voz ronca a sus espaldas—, o te mueres.
Hikaru levantó las manos en señal de rendición, la sangre que goteaba de su nariz manchando la pechera de su camisa. Se dio la vuelta lentamente para analizar a su nueva amenaza. Reconoció en esos ojos azules y cabello rubio a Mikhail Krushev. De apuntaba con una Beretta semi automática, el cañón a escasos centímetros de su pecho. Unos cuantos pasos a la derecha estaba Kira con una Colt Deagle presa entre sus manos. Ambas armas tenían silenciador incorporado.
La situación tenía pinta de trabajo oficial, tal vez secuestro o limpieza.
— ¿Qué es lo que quieren? —preguntó con voz apagada, casi aburrida—. Pensé que venían por negocios. Interrumpieron algo importante, además. Es de mala educación, sabían.
Shaoran se acercó un poco más, con la pistola en alto.
—Vas a venir con nosotros —le soltó en el mismo tono—. Y no vas a oponerte.
Hikaru solo sonrió y en fluido y ágil movimiento había agarrado a Sakura por el brazo, lanzándola en el camino de la bala.
—Si quieres matarme, tendrás que matarla a ella también.
Shaoran dudó un instante antes de bajar el arma. Eriol hizo lo propio. Las cosas no estaban saliendo de acuerdo al plan. Tenían pocos segundos para encontrar una nueva estrategia o todo se jodía.
— ¿Tengo cara de chaleco antibalas? —Espetó Sakura de repente, zafándose del agarre con facilidad y en un increíble despliegue de fuerzas, invertir sus posiciones—. A ti te van más los sacos de box con mente propia.
Intrigado por aquel comentario, Hikaru no vio venir el golpe de una culata en el lado izquierdo de la cabeza. Cayó al suelo como un ladrillo, de cara en la nieve. Eriol lo levantó como pudo y se llevó una mano al transmisor.
—Yue da la vuelta, te esperamos en la puerta del patio.
—No crees que es demasiado fácil —preguntó Shaoran en voz alta—. El jardín está vacío, no hay guardias en esta zona y el bastardo estaba demasiado tranquilo. Algo no está bien.
—Y yo sé lo que es —dijo Sakura con voz estrangulada.
Era como revivir su experiencia en Marruecos. Cinco guardias armados y solo una vía de escape. Rápidamente le robó a Shaoran su Beretta y se encorvó en posición de pelea.
—Yo me encargo de esto —dio un tentativo paso hacia adelante—. Vigilen a Hikaru.
Por primera vez Shaoran tuvo el privilegio de presencias una pelea de esa magnitud.
Cuando el último cuerpo golpeó el piso, Sakura comprendió que estaban en problemas. Matsuda había desaparecido. Pensando a la velocidad de la luz le robó un móvil al primer cadáver que se le cruzó y llamó a Yue. A trompicones le explicó la situación y luego echó a correr con Shaoran y Eriol pegados a su espalda.
Matsuda les llevaba unos diez minutos de ventaja, pero el camino de regreso a la ciudad era angosto, peligroso y sin salidas secundarias. La loca idea que cobrara fuerza en su mente tenía que funcionar o todo su esfuerzo quedaba en nada. Yue estacionó frente a ellos y abrió la puerta del copiloto. Eriol saltó de inmediato, pero Sakura retuvo a Shaoran del cuello de la chaqueta.
—Aquí nos separamos —le castañeaban los dientes con fuerza a causa del frío—. Shaoran, dale tus armas a Eriol. ¡Muévete! —el muchacho obedeció—. Regresa al patio, allá había dos tipos con semi automáticas de larga distancia y granadas de mano —metió la cabeza por la ventana del piloto y le plantó un beso en la frente al conductor—. Yue, sigue a Matsuda y evita que llegue a la ciudad. Nos vemos en cinco minutos.
El auto arrancó enseguida y Shaoran ya había desaparecido. Sakura soltó un suspiro y echó a correr en dirección opuesta rumbo al garaje que había localizado en medio de la pelea. Levantó la puerta de metal sin ninguna precaución y agradeció a los cielos. Dos motocicletas con neumáticos para nieve esperaban pacientes con la llave en el encendido. Ya había arrancado el motor cuando Shaoran se apareció cargado de armas. Le lanzó a Sakura una pistola y dos granadas que ella ocultó en el escote. Sin esperar ninguna clase de explicación montó él también y salieron disparados hacia la carretera.
Los primeros kilómetros fueron una tortura, no había señal de persecución. Finalmente a medio camino de Moscú, Sakura alcanzó a divisar el todoterreno plateado y sin previo aviso aceleró, levantando una cortina de nieve.
Cuando estuvo lo bastante cerca se dio cuenta de que Eriol tenía medio cuerpo colgado por la ventana y disparaba cartucho tras cartucho en plena guerra con los matones de Hikaru. Ella misma sacó su arma y comenzó a disparar. Al cabo de un minuto Shaoran se le había unido. Estaban ya entrando a la ciudad y si irrumpían en plena persecución la policía se les iba a echar encima. Pero no tuvieron que preocuparse. El chofer del otro auto cambió de carril en el último momento y se metió por un desvío camuflado a la vista por unos arbustos. Yue hizo un brusco viraje y los siguió. Las motos iban detrás.
— ¡Shaoran! —gritó Sakura para hacerse escuchar sobre el estruendo. Sacó una de las granadas del escote y le arrancó la perilla con los dientes—. ¡Por la ventana!
Shaoran asintió e hizo lo propio. A sabiendas de que tenían menos de un minuto para atacar, aceleraron las motos hasta posicionarlas a ambos lados del vehículo. Sakura apuntó y lanzó la granada que falló por unos milímetros y explotó al colisionar contra el suelo. El impacto casi la manda volando al bosque a su derecha. Regresó a la carrera con un corte en el muslo y varias contusiones. Shaoran había abandonado la granada y se había agarrado a disparos con la carrocería.
Cada vez parecía más improbable que los sacarían del camino y sus temores se vieron confirmados cuando a lo lejos se adivinaba la gigantesca sombra de un grupo de edificios. Ese tenía que ser el depósito. Una horrible desesperación se apoderó de Sakura, a quién las lágrimas de miedo le impedían ver con claridad. Iban a fallar esa maldita misión y ni siquiera vivirían para contarlo.
Y entonces un crujido la regresó a la realidad. Yue acababa de chocar el sedán en un último y desesperado intento de detenerlo, pero fue inútil. Ya habían atravesado una vieja y oxidada cerca y se acercaban con espantosa velocidad al gigantesco hangar sumido en la penumbra. El sedán se detuvo unos metros por delante de ellos y un par de figuras saltaron por las ventanas, perdiéndose dentro del edificio. Los demás se quedaron para hacerles frente. Shaoran al ser el primero en llegar ya se batía a golpes con varios tipejos para cuando Sakura y Eriol se le unieron. Yue disparaba desde el auto, haciendo gala de su puntería.
Pronto se dieron cuenta de que sería imposible vencerlos a todos. Salían hasta de debajo de las piedras, armados y descansados, mientras que a ellos se les terminaban las balas y las energías. Parecía que los tenían acorralados y en un acto desesperado Sakura activó la segunda granada de mano. El pequeño aparatito negro se mantuvo suspendido en el aire unos momentos antes de precipitarse hacia abajo a toda velocidad y explotar.
Sordos y magullados por la explosión, los tres agentes se incorporaron sobre la nieve para encontrarla manchada de rojo y humeantes trozos de cuerpos. Yue ya estaba con ellos, revisando sus heridas y asegurándose de que no tenían nada grave.
Un grupo de voces rasgó el silencio.
—Entren, yo me encargo de ellos —gritó Yue—. Vamos, muévanse.
Y como propulsados por un resorte, los tres agentes se perdieron en las profundidades del hangar.
— ¡Shaoran! —gritó Sakura, el eco de su voz como única respuesta.
El interior del hangar estaba sumido en una espesa penumbra. Le tomó unos minutos acostumbrarse a la oscuridad y solo entonces pudo apreciar las siluetas de cientos de cajas de madera apiladas a todo lo largo y ancho del depósito. No estaba segura de que todas esas cajas contuviesen explosivos, pero con Hikaru era imposible a que atenerse. Echó un vistazo alrededor buscando sombras en las sombras y dio un tentativo paso hacia adelante. El eco de sus tacones sonó como un pistoletazo en medio de ese silencio sepulcral. Ocultándose rápidamente tras una caja, se quitó los zapatos y su cuerpo se encogió, involuntario, ante el frío suelo de hormigón pulido. Esperó unos cinco minutos antes de salir de su escondite y adentrarse en ese gigantesco laberinto.
A medida que avanzaba se tomaba un tiempo para escuchar, tratando de localizar a sus compañeros, pero el lugar se veía y se escuchaba vacío. ¿Dónde se habían metido? ¿Cómo los había perdido tan rápido? Continuó andando, guiándose por instinto, hasta que un gruñido ahogado reavivó sus esperanzas de encontrarlos. Echó a correr en la dirección general del sonido y fue entonces cuando se dio cuenta de que algo andaba mal. El sonido era demasiado repetitivo, hueco, casi como una grabación. Las implicaciones de esa idea la golpearon con fuerza. Se detuvo de golpe y levantó el arma, apuntando a la nada.
Las luces se encendieron de improvisto, cegándola momentáneamente. Cubriéndose los ojos con una mano, bajó el arma un segundo. Y ese segundo le costó caro. El impacto de la bala contra su hombro fue insoportable. Cayó de rodillas al suelo, aferrándose la sangrante herida, a medida de que un pequeño grupo de matones se acercaba. Ni siquiera intentó defenderse. Sabía que estaba jodida.
Me disculpo enormemente por la demora. He tenido varios problemas últimamente y no encontraba un hueco para publicar. Aquí les dejo la primera parte del último capítulo de Undercover. Muchas gracias por leer. Nos vemos en el siguiente.
