Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de la fabulosa Stephanie Meyer y la historia es completamente de la grandiosa escritora Venezolana Lily Perozo (serie: Dulces mentiras, Amargas verdades) La historia es Rated M, por contener alto contenido sexual. Yo los adapto sin fines de lucro, solo por mero entretenimiento.

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Capítulo No. 11

El famoso festival Shakespeare In The Park que se lleva al cabo durante los meses de junio y julio en el Central Park, pone en escena dos obras al azar del famoso escritor, con la colaboración de actores célebres del teatro y el cine, y es por excelencia una de las grandes tradiciones veraniegas de Nueva York.

El famoso parque, pese a su magnitud, solía atestarse con más gente de lo habitual durante los días del festival, histéricos equipos logísticos, maquinaria, elementos de escenario, y gente de lo más particular se estrellaban unos con otros a lo largo del día.

Sin embargo, eso no representaba un impedimento para que Edward interrumpiera su rutina semanal. Procuraba salir a correr al menos tres días a la semana, y éste era justamente uno de ellos. El sol sobre su cabeza picaba despiadado, su pantalón de chándal negro y su camiseta de algodón se habían empapado de sudor rápidamente, su reloj deportivo marcaba 120 pulsaciones por segundo, y sus auriculares bañaban sus oídos con Slide Away de Oasis. Esquivó sonriendo a varios niños, y aumentó la velocidad.

Realmente disfrutaba sus mañanas, pero no sería tan tonto como para engañarse tan estúpidamente, no era sólo el bonito día, o las endorfinas navegando en sus venas por la actividad deportiva. No, sabía que había algo más, y ese algo tenía nombre propio: Bella Swan.

Debía tomar distancia, lo sabía, esa parte supuestamente racional en su mente se lo repetía una y otra vez, pero cómo escucharla después de haberla besado de esa manera, después de haber disfrutado de su pasión, de cómo se había movido sobre su cuerpo dándole placer, y aquello ni siquiera alcanzaba la categoría de abrebocas, había sido muy poco, y aun así, estaba completamente loco por repetirlo. Y claro, quería más.

Pero él no podía perder concentración en lo verdaderamente importante, debía mantenerse enfocado y no arriesgarlo todo por un par de piernas. Pero había que ver qué piernas eran las de Bella. No lo negaba, la mujer estaba buenísima, era preciosa y su cuerpo lo ponía sediento, era impetuosa y apasionada, y parecía llevar en sus ojos la promesa de llevarlo al delirio en la cama.

Un grupo de estudiantes de algún colegio católico pasó por su lado entre risitas murmuradas, él sonrió sin mirarlas intentando evadir lo que su cerebro le gritaba. Al final no tuvo más remedio que escucharlo. Había algo más, algo que él no podía descifrar, algo acerca de Bella que lo halaba, que lo hacía querer desear estar en su presencia, provocarla, verla rabiar, hacerla enfurecer. Pero también quería verla sonreír y tal vez compartir con ella varias de las cosas que disfrutaba en la vida, aunque había sido un juego de insinuaciones en el club, de verdad quería enseñarle Capoeira, el puto lío era que no entendía por qué.

Ella era una distracción, por tal razón debería evitarla. Empezó a repetírselo mentalmente, una y otra vez, lo haría hasta convencerse. Entonces una chica le bloqueó el camino con toda intención, haciéndolo detenerse. Después de un minuto logró reconocerla, con ropa deportiva y un mejor semblante casi parecía otra persona, su gesto se endureció cuando lo asaltaron varias emociones a la vez: rencor, simpatía, rabia y lástima, todas tan de repente que la cabeza le daba vueltas.

Se quedó en silencio admirando la belleza y jovialidad en ella, tenía una sonrisa hermosa y ojos grises, un gris impactante, no verdes oliva como le pareció hacía varias noches en el estacionamiento, no, eran brillantes con pequeñas pintas verdosas, casi amarillas cerca de la pupila.

La muchachita tenía una cara muy bonita.

—Hola, ¿no me recuerdas? —le preguntó ella sonriente.

—Sí…sí, claro que te recuerdo —respondió Edward quitándose los audífonos—. Alice, ¿verdad?

—Sí, Alice Vulturi. —ella inclinó la cabeza y le sonrió con los ojos muy abiertos—. Pero yo aún no sé tu nombre.

—Edward Cullen, mucho gusto. —se presentó tendiéndole la mano.

Alice se la estrechó emocionada y elevó la cabeza para contemplar directamente sus asombrosos ojos dorados. Toda ella se exaltaba al verlo, quería con desesperación agradarle a Edward, quería de alguna manera ser parte de su vida, que él supiera que ella existía, que la incluyera en su mundo. Quería eso más que ninguna otra cosa.

Un incómodo silencio se hizo entre los dos.

—Siento lo de la otra noche. —se aventuró Alice con vergüenza—. Pensé que eras policía, de verdad que corres rápido, y cómo agarraste a ese imbécil… —hablaba admirada, como si él fuera alguna clase de héroe para ella—. ¿Eres un corredor de atletismo de alto rendimiento, de esos que van a los juegos olímpicos?

—No —respondió Edward soltando una pequeña carcajada—. Soy asistente fiscal.

—Ah bueno, es casi lo mismo que un policía… estás todo el tiempo con ellos, o al menos en muchas oportunidades —atropelló las palabras una tras otra—.Te juro que no he vuelto a tomar otra pastilla.

—Y no debes hacerlo, cuando estás drogada eres presa fácil, sobre todo si te escapas a locales nocturnos —la reprendió Edward con paciencia—. ¿Qué te dijo tu padre? ¿Las fue a buscar esa noche?

—No. —Alice se encogió de hombros—. Envió a Robert, mi chofer. Al día siguiente en el desayuno el regaño que me dio fue de proporciones épicas —le contó poniendo los ojos en blanco—. ¿Quieres sentarte? —preguntó señalando una banca.

Edward le hizo un ademán indicándole que tomara asiento, y él lo hizo después de ella. Frunció el ceño al percatarse de lo cómodo que se sentía hablando con Alice, y luego sonrió al verla cruzar las piernas en posición de meditación sobre la banca.

— ¿Conoces a mi padre? —indagó Alice despreocupadamente, pero al ver los ojos de Edward encenderse con algo salvaje, su pulso se aceleró con una combinación de temor y emoción, el contraste de sus ojos dorados con su cabello obscuro era sublime.

—Sólo de vista y por referencias de terceros.

—Entonces, sí puedo hablar en confianza contigo —añadió Alice con una sonrisa.

—Bueno, si quieres hacerlo, pero no soy sacerdote, ni psicólogo. —bromeó con ella.

—Bueno, de psicólogos no quiero saber nada, estoy cansada de estar todo el tiempo en el consultorio de uno, con los sacerdotes no me la llevo bien. —suspiró cansada—. En fin, como te decía, esa noche no le vi la cara a mi padre porque sí me hubiese visto cómo estaba, seguramente en estos momentos estuviese en un internado en Londres… al día siguiente parecía más preocupado por Bella que por mí, ya no soy una mocosa —lo miró por debajo de las pestañas—, y sé que él se siente atraído por tu amiga, tal vez, a la larga terminen teniendo una relación, y mi madre como siempre se quedará callada y se hará la tonta.

Alice se dio perfecta cuenta cómo el semblante de Edward se endureció cuando nombró a Bella, era evidente que le gustaba la chica, y eso la incomodó, quería llamar la atención de Edward, pero todas sus inseguridades rugían haciéndola sentir pequeñita al recordar a Bella. La mujer era simplemente espectacular, y era obvio que le gustara a alguien como Edward.

— ¿Vienes a correr todos los días? —intentó poner palabras de nuevo entre ellos, el silencio la inquietaba, y necesitaba hacer cualquier cosa antes que él se levantara y se marchara.

—Sólo tres o cuatro veces por semana, depende de cómo se encuentre mi horario —respondió lacónico.

—Yo vengo todos los días por tres horas, tal vez podríamos encontrarnos y trotar juntos. ¿Qué me dices? —preguntó con una sonrisa.

—Podría ser, no me gusta prometer nada, pero lo intentaré. ¿Has desayunado ya? —indagó con cautela.

—Normalmente no desayuno, pero si me vas a invitar podría hacer una excepción. —sus pequeños y blancos dientes se dejaron ver con una sonrisa abierta.

— ¿No desayunas? ¿Nadie te ha dicho que el desayuno es la comida más importante del día?

—Sí, me lo han dicho, pero me acostumbré a no hacerlo, y muy poco se interesan en supervisar sí lo hago o no —argumentó encogiéndose de hombros.

—Bueno, en ese caso yo supervisaré sí lo haces o no —le dijo él mientras se ponía en pie.

— ¿Has traído el Lamborghini? —preguntó Alice con emoción, caminado delante de él y volviéndose para mirarlo mientras daba cada paso de espaldas.

—No… —sonrió divertido—. He venido trotando, vivo cerca.

—Es una lástima, me muero por conducir uno, el aburrido de mi padre aún no quiere comprarme un auto propio, todo el tiempo debo moverme en una de las limosinas con el chofer, odio no poder ser independiente… ¿Me permitirás conducir el tuyo algún día? —le preguntó con la mayor naturalidad.

El desenfado de Alice sorprendía y le causaba gracia a partes iguales.

— ¿Y sabes conducir?

— ¡Claro! Por supuesto que sé, muchas veces cuando salgo con mis amigas me prestan sus autos —contestó orgullosa.

Edward sonrió y la miró por largo rato.

—Entonces, tal vez algún día permitiré que te desplaces a trescientos sesenta kilómetros por hora. —Alice inmediatamente dio un enorme salto de felicidad.

—Aún no tengo tanta confianza —se puso las manos en la boca, luego elevó los brazos saltando nuevamente—. De lo contrario, te abrazaría y te besaría... de agradecimiento.

—No es para tanto —le dijo Edward desviando la mirada mientras un tumulto de emociones giraban dentro de él.

Suponía que debía alejarse de Bella para que no interfiriera en sus emociones, pero ahora se involucraba con Alice, que era mucho peor. Parecía que era casi imposible para él alejarse y mostrarse antipático con ella, y no podía evitar actuar por impulso, era uno de sus peores defectos, era demasiado impulsivo y pasional, y así había seguido, sin reflexionar mucho la idea de llevarse a Alice a desayunar.

Sólo conseguía mantenerse en control en una corte, en su vida personal, generalmente actuaba y después pensaba, tal vez todo sería por lo que alguna vez su tío le dijo acerca de detenerse a pensar demasiado, pues de ser así, no viviría en realidad.

Las personas que pensaban antes de actuar dejaban de hacer las mejores cosas en la vida, porque los momentos que marcan y dan verdadera felicidad no se prevén, no se piensan, simplemente se llevan al cabo. La felicidad no se razonaba, la dicha no se ensayaba, los placeres no se adornaban, sólo se vivían, lentamente, para disfrutarlos mejor, para hacerlos más intensos.

Entraron a un local y la chica pidió una ensalada de frutas sin miel y sin ningún tipo de edulcorante, salsa, ni crema, y una botella de agua. Edward también ordenó una ensalada de frutas con almendras y queso crema, y un jugo natural de naranja. Observó disimuladamente cómo Alice apenas si probaba la ensalada y fijaba su mirada en el plato cómo si meditara demasiado para comer.

Decidió guardarse de momento cualquier comentario y evitar sacar deducciones apresuradas, las jovencitas de su edad solían adherirse a dietas todo el tiempo, muchas veces creyendo equivocadamente que ponerse en régimen dietario era sinónimo de dejar de comer.

— ¿Estás estudiando? —le preguntó intentando borrar su cara de angustia frente a la comida.

—Sí, pero voy por las tardes, estudio Marketing en la Universidad de Nueva York, ya sabrás por qué estudio eso… —siseó pinchando con el tenedor una rodaja de kiwi.

Edward la observó en silencio varios segundos.

— ¿Y por qué no estudias lo que quieres?

—Porque lo que quiero no le conviene a Elitte… —apretó los labios y luego lo miró con los ojos tristes—. No se necesita a un médico veterinario en una agencia de publicidad.

— ¿Te gustan los animales?

Alice casi no le permitió terminar la pregunta.

—De todo tipo, me encantan… ¿y puedes creer que no tengo ni siquiera un perro? pero a veces me escapo como voluntaria al NY Zoo… porque mi padre es un tirano —susurró y bajó la mirada a la ensalada.

—En realidad, es mucho peor —masculló Edward entre dientes.

— ¿Eh? Disculpa, no te escuché.

Edward volvió a concentrarse en su plato.

—Señorita Vulturi —la llamó una ronca voz masculina—. Buenos días… —los saludó a los dos—. Disculpe —habló el hombre esta vez dirigiéndose a Edward, que asintió en silencio mientras se limpiaba los labios con la servilleta.

Alice puso los ojos en blanco, fastidiada con la inoportuna visita.

Edward observó atento al hombre, estaba vestido con un traje negro, y el cabello empezaba a escasearle.

—Disculpe señorita, es hora de regresar, recuerde que tiene clase de piano.

—Sí Robert, ya voy… ¿me das cinco minutos, por favor? —pidió con la voz apagándose en cada sílaba con histrionismo adolescente.

Robert, que era su chofer, asintió y se alejó prudentemente.

— ¿Tocas el piano? —preguntó Edward intrigado una vez Robert se hubo ido, y no pudo evitar recordar que su madre lo tocaba mejor que nadie.

—Hago el intento —le contestó ella con timidez—. Pero la verdad es que no es más que otra imposición de mi padre, me gusta más el chelo, pero él dice que no le gusta verme con las piernas abiertas. —sonrió Alice con picardía, Edward le dio un sorbo incómodo a su jugo de naranja—. ¿Tú tocas algún instrumento?

—La guitarra —respondió él instantáneamente.

—Tal vez… —habló Alice con la mirada de nuevo en su fruta casi intacta—. Algún día podríamos tocar algo juntos… Podríamos hacer un arreglo de alguna canción… Tal vez algo de Evanescence, es uno de mis favoritos.

—Que no sea My Inmortal, por favor —pidió Edward mirándola divertido.

—Me gusta esa canción, pero bueno… ¿Qué me dices de Call Me When You're Sober?

—Aceptable, podría decirle a mi primo que nos dé una mano con la batería —le propuso, y vio como ella iluminó el local con su amplia sonrisa.

— ¿Dónde has estado toda mi vida? —casi gritó emocionada—. ¡Eres increíble! Entonces… ¿Algún día?

Edward se rio entre enternecido y consternado.

—Supongo que haciendo mi vida… Ahora, ve que te están esperando, y sí llegas tarde a la clase de piano, ese algún día no va a existir.

—En ese caso, me voy —le dijo Alice emocionada mientras se levantaba—. Y pediré horas extra con la profesora para que ese algún día sea cuanto antes…

—Intentaré sorprenderte —agregó Edward contagiado por su emoción, pero se mordió la lengua al instante, sabía que ella podría malinterpretarlo todo.

Antes de salir, Alice le pidió algo a uno de los meseros, luego se acercó a Edward y en una de las servilletas de papel junto a los platos escribió un número.

—Espero que me llames cuando salgas a correr, ya te dije que yo lo hago todos los días —sus ojos brillaron—. Ha sido un verdadero placer, Edward —se acercó y le dio un beso en la mejilla, él no pudo más que fruncir el ceño y mirarla dislocado—. No hagas esa cara que me recuerdas a mi padre, y entonces esta bonita mañana se habrá arruinado.

—Ve, no hagas esperar más al chofer —le pidió Edward doblando la servilleta.

El chico la vio salir y dejó libre un suspiro, después desvió la mirada a la ensalada casi completa que ella había dejado, le dio otro sorbo al jugo de naranja y pidió la cuenta. Debía regresar al apartamento, darse un baño e ir a la fiscalía, y de ahí a la torre Cullen.

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Para Bella no existía lugar más placentero que su espaciosa y confortable cama California King. Rodaba con libertad como una niña, abrazándose a sus almohadas y enredándose en sus cobijas. Los domingos, ésa era su pequeña indulgencia, retozar durante horas en su cama, disfrutando de la paz y la tranquilidad que le ofrecía relajarse haciendo nada más que nada, dejándose acariciar por sus sábanas. No obstante, y pese a su maravillosa cama, llevaba dos noches sin poder conciliar el sueño, dos noches de completo suplicio porque su mente estaba lejos de darle tregua a su cuerpo para que descansara.

Sus pensamientos eran invadidos por Edward Cullen, al principio con ira y frustración, porque había pasado casi una semana desde que por poco y se lo coge en plena vía pública. Luego, cuando las llamadas de trabajo cesaban, cuando todo se hacía silencioso incluso en la ciudad que nunca duerme.

Era entonces cuando su mente se volvía en su contra, y en sus oídos se recreaban los crudos gruñidos y gemidos complacidos, la aspereza de su barba bajo sus dedos, la habilidad de sus manos sobre su cintura, el vaivén de sus caderas acompasadas, y la deliciosa dureza de su pene exigente bajo ella. Cada recuerdo se mantenía nítido y glorioso, incitador y tortuoso, porque ella quería más, quería repetirlo y llegar más lejos. Y le parecía increíble que para el imbécil del fiscal hubiera sido tan fácil sencillamente pasar de ella, había transcurrido una maldita semana y no había recibido ni siquiera un miserable mensaje.

En noches como aquella en la que su falta de comunicación se traducía en un rechazo frontal y descarado, lo odiaba, detestaba que él no se viera afectado en lo más mínimo por ella, se llenaba de rabia y frustración. Rabia con ella misma por no poder hacer nada para detener los obsesivos pensamientos acerca de Edward Cullen, y frustración porque él creara tal revolución en ella sin tener siquiera que mover un dedo, y ella ni siquiera le había movido una miserable fibra como para que se dignara a decirle hola otra vez.

Era patético, ella se sentía patética, podía tener al hombre que se le antojara a sus pies, a cualquiera… menos a él. Ya había gastado los tres últimos días diciéndose que todo se reducía a que el tipo estaba muy bueno, que estaba deslumbrada por un cuerpo perfecto y una cara bonita, y que ya pasaría. O tal vez, sería que el hombre tenía una sobrecarga de feromonas, podría ser algo así, y eso también pasaría eventualmente. Pero en el fondo, allá en ese lugar obscuro e inexplorado de su mente, una vocecita odiosa y recalcitrante le repetía una y otra vez que había algo más, había algo acerca de él que ella no lograba explicarse.

Negándose a sentirse patética un segundo más, lanzó las sábanas a un lado y salió de la cama, una semana había sido más que suficiente. Desnuda como se encontraba se encaminó a la cocina y se sirvió una copa de vino tinto, degustó el fuerte sabor en su lengua y clavó los ojos en el reloj cromado de la cocina. Eran las tres y diez de la madrugada, el cabrón infeliz estaría durmiendo feliz y plácido en su cama mientras ella perdía valiosas horas de sueño con estupideces. Con fijeza absurda siguió la aguja del segundero, paso a paso, marcando uno a uno cada segundo hasta acumularse en minutos amontonados. Estaba empezando a enloquecer.

Inspiró profundamente y dejó la copa casi vacía sobre la barra del desayuno, volvió a su habitación y siguió de largo hasta el closet, se vistió con ropa de yoga, se hizo una trenza sencilla, y caminó hasta ese lugar secreto y especial, su único santuario de paz. Una habitación completamente blanca y repleta de espejos que iban del piso al techo, encendió el reproductor de música y dejó que sus pensamientos se dispersaran.

A las seis de la mañana su cuerpo estaba exhausto, pero su mente estaba libre y liviana, con ímpetu renovado caminó directamente hasta su cuarto de baño. Poco antes de las ocho de la mañana estuvo en su tienda como si hubiera tenido una noche de plácido reposo.

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Su día había transcurrido en un desgastante correteo entre los tribunales, la fiscalía y la torre Cullen. Quería que el día acabara cuanto antes, meterse en su ducha y vegetar en su cama. Justo había apagado el ordenador cuando su celular vibró bailando sobre el amplio escritorio de cristal negro en forma de L, lo miró revolotear por unos segundos y con fastidiada energía se frotó la cara. Cansado vio cómo el nombre de su jefe parpadeaba al ritmo de las vibraciones, aquella llamada podría costarle el resto de la noche.

—Buenas noches, señor —saludó sin poder ocultar el cansancio en su voz.

—Buenas noches, Cullen —rugió la voz ronca de fumador empedernido del Fiscal General del condado—. Tengo un caso para ti, un hombre de unos cuarenta y cinco años, amordazado, maniatado, varias heridas con arma blanca y dos disparos. —hizo una pausa y Edward adivinó que tendría un puro en sus manos—. El cuerpo está en los límites del distrito, CSI ya está en la escena del crimen, te estoy enviando la dirección exacta al correo. —la voz del fiscal general parecía tan cansada como la suya, pero al menos el cabrón se iría a dormir en unos minutos y no tendría que abrir un caso a las nueve menos cuarto de la noche.

—Bien, señor, enseguida salgo para el lugar de los hechos —dijo al tiempo que rodaba la silla y se ponía en pie—. Estaré mañana a las siete en Fiscalía con el caso.

Colgó y lanzó el móvil con desgana sobre el escritorio para abotonarse el saco, caminó hasta el armario y sacó una gabardina gris cromo, regresó por el teléfono, revisó sus credenciales y las placas en su billetera, deslizó las puertas de la sala de conferencias y abordó el ascensor privado.

Al llegar al estacionamiento, Tayler y Ben lo esperaban con rostros impasibles, además del personal de seguridad, eran los únicos en la torre. Vio el Lamborghini, pero desistió de ir en su vehículo, era demasiado ruidoso y llamativo para una escena del crimen. Así que fue hasta la caseta de seguridad y pidió las llaves de uno de los autos de la firma, les deseó las buenas noches a los hombres y caminó hasta donde estaban sus guardaespaldas.

—Bananín y Bananón —los llamó con una mueca insoportablemente burlona a Tayler y a Ben—. Hoy tendremos una madrugada entretenida. —se dio la vuelta y empezó a silbar un balbuceo del animado coro de Sympathy for the Devil de los Rolling Stone.

Se detuvo al lado de un Opel Ampera blanco y subió mientras que Tayler y Ben se dedicaron una mirada que gritaba que querían salir corriendo y dejar de custodiar a Edward Cullen. Los dos parecieron respirar cansados sin más remedio que subir a la camioneta y seguir al joven fiscal.

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Bella terminó su rutina en el gimnasio y por primera vez aceptó cenar con Mike, su instructor de Tae Bo y boxeo. Lo hizo sin titubear y aún no terminaba de comprender por qué, tal vez todo tendría que ver con que en el momento en que Mike se lo propuso. Estaba pensando en el insoportable de Edward Cullen y en su arrogante desaparición del planeta. Ya había perdido la cuenta de las veces que lo había mandado, en la soledad de su apartamento, a la recóndita mierda, pero el infame no se movía un ápice de su mente, en últimas, su entrenador boricua podría ser una muy efectiva y necesaria distracción.

Caminaban por la calle, uno muy cerca del otro, ya varias veces había sentido el brazo de Mike rozar su hombro, era evidente que deseaba la cercanía, y a ella no le molestaba, su entrenador era un espécimen nada despreciable de puro músculo y vigor latino, con esa cara de niño malo que tanto le atraía. No habría más lugar para el fiscal, ya la había distraído lo suficiente, debía recomenzar sus contactos con Aro Vulturi y concentrarse en lo verdaderamente importante. Su marca.

— ¿Qué tipo de comida prefieres? —le preguntó Mike mirándola con descarada y pausada contemplación.

Ella le sonrió, sus bonitos ojos castaños le prometían la devoción de la que ella tan seguido disfrutaba.

—Algo de comida rusa estaría bien, por aquí cerca hay un lugar que me encanta —le dijo mirándolo fijamente con sus impresionantes ojos violeta.

—Me parece perfecto —casi ronroneó Mike como un gatito gustoso—. Pero tienes que aceptar una próxima a invitación a disfrutar algo de comida puertorriqueña, yo mismo cocinaré.

—Lo pensaré —respondió arqueando coquetamente una de sus cejas. Sí, ésta era ella, confiada, coqueta y serena.

— ¡Bella! —retumbó una voz profunda y cadenciosa.

El estómago se le encogió al identificar instantáneamente el exótico y enojado acento.

El corazón se le subió a la garganta y toda la seguridad y la serenidad le quedaron en las plantas de los pies.

Mike giró la cabeza buscando de dónde provenía la voz, y luego ella con las manos temblando, volvió medio cuerpo y se encontró cara a cara con Edward Cullen.

Sus ojos de fuego la taladraron sin descanso mientras él bordeaba un auto blanco, una gabardina gris ondeaba furiosamente sobre sus pantorrillas. Con el cuello del abrigo rígido y elevado cubriéndole la nuca, caminó hacia ella, seguro, implacable y arrogante como siempre.

Sus rodillas se habían derretido.

Se detuvo frente a ella con el ceño profundamente fruncido y la miró por varios segundos, luego deslizó sus ojos hasta Mike y lo recorrió con displicencia de los pies a la cabeza. Su hostilidad era intimidante. Sin decir una palabra, la tomó con fuerza de la mano y la haló hasta pegarla a él, su respiración estaba agitada cuando la apretó contra su cuerpo como sí ella le perteneciera, como sí tuviera algún derecho sobre ella.

—Suéltame —ordenó Bella con decisión, furiosa y excitada.

— ¿Qué haces? —reclamó exaltado, obviando lo que ella acababa de pedirle.

Los ojos de Bella brillaron enojados y los de él vacilaron por una milésima de segundo, aflojó el agarre sobre su mano, pero no la soltó.

—Estoy pidiéndote que me sueltes. —el sarcasmo bailó en la voz envalentonada de Bella.

— ¿Quién es ése? —exigió saber con los dientes apretados y voz peligrosa—. ¿Te has dado cuenta del aspecto que tiene? ¿De cómo te miraba? —le preguntó entre arrebatadas exhalaciones—. Podrías estar en peligro… —intentó disfrazar su descontrolado impulso, luchando por acallar los murmullos escandalosos que se habían encendido en su pecho al verla caminando al lado de otro hombre.

—No exageres Cullen, ya deja la paranoia —espetó Bella arrogante—. Deja de jugar al sabelotodo, no eres más que un simple fiscal, no Dios, no puedes ver dentro del alma de las personas, deja de juzgar a la gente por su apariencia… hay quienes parecen respetables y son mucho peores —soltó elevando la barbilla con altivez.

Los músculos en su mentón se tensaron y sus ojos parecieron hacerse más claros.

—No soy Dios, pero tú tampoco eres más una simple mortal, deja de creer que estás por encima del bien y del mal.

—Evidentemente soy una simple mortal, pero no por eso voy a dejar de lado mi vida para confinarme. —lo miró desafiante—. Creo que fuiste tú quien me dijo que en cualquier lugar se corren riesgos, así que no voy a huir de ellos, no soy una cobarde… ahora suéltame, necesito continuar mi camino —exigió halando la mano, pero sólo consiguió que él recrudeciera la fuerza con la que la sostenía.

Edward la observó detenidamente por instantes eternos, como si le costara descifrarla.

— ¿Estás molesta? —preguntó al fin, con la voz suave y sus dulces ojos dorados en una expresión inusualmente dócil.

Bella quiso satirizar el momento y restregarle toda la frustración de los últimos días, pero no le daría tal placer.

— ¿Por qué debería estarlo? ¿Por la absurda escenita de amante de telenovela que me estás armando?

— ¿Crees que estoy celoso? —replicó confundido y ofendido, la revolución de emociones que tiraba de sus entrañas no podría ser algo tan estúpido como los celos—. No seas tonta, Bella —encontró al fin las palabras.

—Tú, no seas ridículo —se zarandeó Bella impetuosa—. ¿De dónde diantres tienes cara para reclamarme nada, cuando ni siquiera se te ha ocurrido dar señales de vida en los últimos ocho días?

Edward se quedó en blanco, repentinamente azorado por sus palabras.

—Sí, bueno, no te he llamado… —balbuceó —. ¿Y por qué no lo has hecho tú?

Bella abrió y cerró la boca impactada por su impresionante descaro.

—Porque tenías que hacerlo tú, no yo.

— ¿Por qué? —contraatacó él con un gesto que la hizo sentirse idiota—. ¿En qué lugar está estipulado que tienen que ser los hombres quienes siempre las llamen?

—Porque es de caballeros hacerlo, no existe un lugar ni una ley, es simplemente una cortesía que demuestra interés —explicó sintiendo que la sangre empezaba a hervirle.

— ¿Te has quedado en el siglo XV? —se burló Edward—. De verdad que no comprendo cómo existen aún mujeres que se creen miel, esperando que los hombres caigan sobre ellas como moscas. ¿Acaso la aclamada liberación femenina no se trata de que puedan ustedes buscar lo que quieren? ¿Lo que desean? —Bella volvió a sacudirse de su agarre, pero su mano se mantuvo inflexible—. Sí estabas esperando mi llamada era porque estabas interesada, llamarme no hubiera implicado mucho, existe una gran diferencia entre generar interés y hacerse de rogar, Bella.

—Y en este caso, por lo que veo, eres tú quien quiere hacerse de rogar. ¿Por qué no puedes ser como los demás, atento, amable, comprensivo? ¿Por qué no llamas? —le preguntó disminuyendo el volumen de su voz en las últimas palabras, sintiéndose rebasada por las emociones de los últimos días y por el absoluto sinsentido de aquella discusión.

—He sido amable, atento y comprensivo —se defendió Edward—. Contigo lo he sido, como con ninguna otra mujer —agregó en un murmullo inesperadamente tímido.

Los ojos de Bella se abrieron mucho, intentando comprender qué significaba lo que acababa de decirle, pero no pudo encontrar nada porque él elevó su mirada y cubrió su rostro de nuevo con la férrea expresión de siempre.

Mike los observaba irritado e incómodo, rascándose el cuello y con deseos de largarse del maldito lugar, sin embargo, Bella podría necesitarlo.

¿Quién demonios era el gigante en gabán?

—Yo no soy como los demás, Bella —Edward volvió a mirarla a los ojos—. Sí esperas que te llene el buzón con llamadas y mensajes, que te acose o implore… estás perdiendo tu tiempo, no soy ese tipo de hombre, respeto los espacios ajenos y espero que la gente tenga la cortesía de corresponderme.

—No seas absurdo, una simple llamada no tiene nada que ver con hacer colapsar mi celular. —lo miró desafiante—. Sí no tienes interés en mí, sencillo, dímelo —se acercó a él empinándose—. O sigue la cómoda ruta cobarde y desaparécete. —la boca de Edward se abrió furiosa sin lograr articular ninguna palabra, ella en cambio volvió a hablar—. Pero no me armes escenas estúpidas en la calle.

— ¡Jamás he dicho que no me intereses!

— ¡Exacto, Edward! ¡No has dicho una mierda!

Edward empuñó su mano libre con rabia contenida y Mike se puso alerta.

—El hecho que no quiera ser un apéndice que no te deje respirar no quiere decir que no me despiertes ningún interés... —decía cuando sintió a Mike acercarse cautelosamente, Edward le dedicó una mirada fugaz y volvió a pegar a Bella a su cuerpo, ella jadeó invadida por su cercanía y su calor—. ¿Te ha besado?

Bella se quedó en blanco, luego miró a Mike que la observaba mudo, rogando una explicación.

—Ése no es tu problema —masculló indignada pero apretando aún más su cuerpo al de él.

Edward la contempló en silencio durante un instante incómodo.

—No lo ha hecho —sonrió con malicia—. Aún no te ha besado, pero piensa hacerlo.

Bella abrió la boca para rebatirle su prepotente perorata, pero antes de que pudiera darse cuenta, las manos de Edward volaron a su cuello inmovilizándola por completo, atrayendo sus labios hacia los de él en un beso indecente, lascivo y exhibicionista. Con sus manos ahora libres, Bella se asió a sus fuertes bíceps, empinada lo asaltó con su lengua, retándolo, castigándolo y llenando su cuerpo de un impúdico y placentero calor.

Edward pausó el beso entre mordiscos y lamidas incitadoras.

— ¿En qué universo esto te parece una falta de interés? —susurró contra sus labios—. Me encanta cómo respondes a mis besos sin importar nada más. —esta vez fue ella quien lo mordió hasta estar segura de hacerle daño, en respuesta él volvió a besarla—. Ya no lo hará… —gruñó bajito—. Ya no intentará besarte.

Despacio, Bella dejó de empinarse y jadeando volvió a la tierra.

—Me tengo que ir —le dijo él depositando varios besos húmedos y pausados sobre sus labios—. ¿Estás segura que lo conoces bien? —preguntó refiriéndose al enmudecido Mike.

—Sí, es mi instructor de Tae Bo. —logró Bella improvisar una respuesta.

Edward lo observó receloso.

—No quisiera dejarte sola con él, pero tengo trabajo, te llevaría conmigo pero voy para una escena del crimen, no permitiría que vieras algo así, y supongo que no aceptarás que Tayler te acompañe hasta tu casa.

— ¡Por supuesto que no! —rebatió perturbada.

—Lo supuse —replicó Edward entornando los ojos—. Me fascina ese maldito carácter tuyo… —confesó antes de volver a atacarla con un beso escandaloso que atrajo las miradas de los transeúntes, y algo más que incomodidad en Mike—. Te llamaré —le aseguró dejándolos a los dos recuperar el aliento.

Edward le dedicó una última mirada hostil a Mike, y luego una caliente y sugerente a Bella antes de abordar el auto blanco en el que había llegado. Arrancó, y tras él la ya acostumbrada camioneta negra.

—Disculpa, Mike. —se excusó una vez estuvieron solos.

— ¿Es tu novio? —preguntó el boricua con la mirada perdida en el lugar donde había estado aparcado el auto de Edward.

—Mike… —empezó Bella, pero no pudo decir nada porque fue interrumpida por los deliciosos acordes de Muse y su Panic Station.

Tenía una llamada entrante en su celular, y ella sabía perfectamente quién era el único de sus contactos con aquel tono personalizado. Ya había olvidado que al tercer día de esperar la dichosa llamada que no había llegado, había puesto esa canción anclada al número de Edward. Desde que estruendosamente la había escuchado en el estacionamiento la primera vez que se vieron, no podía dejar de pensar en él al escucharla.

Sacudió de su mente el tonto arrebato adolescente y atendió.

—Puedes decirle lo que creas necesario para sacártelo de encima. —habló Edward al instante con su riquísimo acento, mientras la observaba por el retrovisor esperando que el semáforo le diera la luz verde—. Y deja que él camine adelante, porque te está comiendo el culo con la mirada.

Bella no sabía qué decir, se volvió y pudo ver cómo el auto volvía a ponerse en movimiento, un instante después él había finalizado la llamada.

El perverso abogado la dejaba sin palabras, hablándole en aquel tono autoritario, como nunca antes ningún hombre extraño lo había hecho con ella, y por alguna retorcida razón no le molestaba.

—Era mi novio —le respondió a Mike al fin, sonriendo y guardando el celular en el bolsillo de su saco rojo, sin poder evitar sentirse como una estúpida adolescente.

—Si fuera él, no te dejaría salir conmigo —se aventuró Mike, intentando volver al casual coqueteo de hacía unos minutos, aunque su pecho rugiera de humillante rabia.

—No está muy contento de que salga contigo, pero tiene trabajo importante que atender. —desaceleró sus pasos caminando a la par con Mike, evitando que él se quedara atrás. Maldito fuera Cullen, estaba obedeciéndole.

—Bueno, en ese caso, podríamos olvidar el pequeño incidente con tu novio y proseguir con nuestra conversación —propuso él guiñándole un ojo y tragándose su orgullo—. ¿Qué me dices, vienes el sábado a comer a mi casa? No te llevaré a mi apartamento —aclaró con demasiado énfasis—. Podríamos ir a la casa de mi abuela, por sí te da miedo estar a solas conmigo, no quiero intimidarte.

A Bella la sorprendió la frontalidad de las palabras de Mike, parecía que era otro fuera del gimnasio, y aún más, parecía que el indecente beso frente a Edward no había hecho más que incrementar su interés en ella.

—No me intimidas —le dijo aún sopesando la actitud de su instructor.

— ¿Entonces, porque siempre me evades? —insistió Mike sonriendo.

—No te evado Mike, pero en el gimnasio estamos para hacer ejercicio, nada más. —cortó sin vacilaciones sus avances.

—Pero fuera del gimnasio no quieres pasarla bien. —siguió el boricua—. Siempre que te invito a salir tienes alguna excusa.

—Eso debería decirte algo… —indicó ella arqueando las cejas, confundiéndolo con la contradicción de sus gestos y sus palabras—.Y no son excusas —continuó—, tengo trabajo que atender, hoy estoy libre y estamos yendo a cenar, Mike.

Ahora era él quien había sido intimidado, Bella Swan resultaba ser una caja de sorpresas, novios repentinos y una agudeza mental que no esperaba en una mujer de su edad.

En el restaurante, ella propuso y mantuvo los temas que se le antojaron, hablaron únicamente de deporte, y Mike no pudo evitar ceder más ante el influjo de su belleza, la delicadeza de su voz y la fortuna de su compañía. Al final de la noche, luego del placer de una crepa Stroganoff, el dichoso novio era lo de menos.

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Edward estacionó el vehículo fuera del dispositivo de seguridad, al lado de la van-laboratorio del CSI, bajó del auto y les pidió a los guardaespaldas que se quedaran dentro de la camioneta. El perímetro de veinticinco metros se encontraba marcado por la cinta policial, y dentro se hallaban las autoridades involucradas en el caso. Al llegar al pasillo uno de los policías lo detuvo extendiendo la mano en alto.

—Disculpe señor, no puede traspasar el área.

Edward no respondió. Sin mirar al policía, con sus ojos bailando por el macabro cuadro criminal, buscó dentro de la gabardina la placa que lo acreditaba como Fiscal del Distrito de Manhattan. No la había sacado aún, cuando se acercó otro agente de policía.

— ¡Fiscal! —lo saludó el hombre sonriente, Edward se giró y le devolvió la sonrisa—. Llegas tarde, Cullen —bromeó el policía tendiéndole las plantillas para los zapatos y los guantes.

—Tenía otras cosas pendientes. —le dijo con voz seca, poniéndose las plantillas—. ¿Nuevo? —se refirió al policía que le había impedido el paso.

—Recién lo han trasladado, viene de Kansas —respondió el policía bromista con una nueva sonrisa atractiva, dos hoyuelos se formaron graciosos en sus mejillas.

Edward se puso los guantes, y los dos caminaron hacía el epicentro del dispositivo de seguridad, donde se encontraba la víctima.

— ¿Qué te dicen los muchachos? ¿Con cuántas pruebas contamos? —preguntaba de manera casual, sumergiéndose por entero en su trabajo.

—Hasta ahora pocas. —frunció los labios el policía—. Lo han liberado en el lugar, pero algo me dice que estuvo enredado con putas.

— ¿Ya tienen la identificación? —quiso saber Edward.

—Nada, está limpio, pero mañana temprano te la hago llegar a la fiscalía con el informe forense.

El cuerpo inerte de un hombre maniatado seguía tirado en una posición extraña en el piso. Edward se puso de cuclillas y el policía lo imitó tendiéndole unas pinzas, él las recibió y examinó lentamente las heridas, cuidándose de no contaminar la escena.

—La dirección y profundidad de las heridas parecen decirnos que se encontraba en el suelo cuando fue agredido… Los tiros son a quemarropa… —tomaba nota mental—. Envíame las fotografías también, por favor —le pidió, mientras observaba algunos de los rasguños en el cuello y el pecho del hombre, así como rastros de pintura de labios.

—Sí —habló el policía de nuevo—. No lo querían vivo ni por error, en sus uñas encontramos restos de piel, genética ya tiene las muestras, Collins está terminando el informe preliminar para que empieces a trabajar en el caso.

Edward lo miró con cara de horror.

—Ni de mierda lo reviso ahora, estoy loco por llegar a mi apartamento, darme un baño y dormir al menos cinco horas.

—Sólo te estaba jodiendo. —el policía le palmeó el hombro y desplegó su encantadora sonrisa—. Me avisas cuándo puedo darle la orden a los forenses para que lo levanten.

—Por mí no pierdas tiempo —respondió Edward poniéndose en pie—. Voy a ver qué tiene Collins para mí y prepararé el informe del Fiscal General.

Minutos después, Edward se reunió con el hombre que le entregó el informe y esperaron el levantamiento del cadáver. Estuvieron por media hora más inspeccionando otros elementos en la escena, mientras hacían las últimas pesquisas del hecho y Edward clamaba en silencio por su almohada.


¿que les parecio?

Oh cielos... que capitulo.

Yo quiero unos besos asi.

No creen que merezca Reviews.