*** La historia NO ES MÍA es una ADAPTACIÓN al final, daré el nombre del autor y el nombre original de la historia
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
*** Contenido de escenas explicitas sexuales **
Capitulo 11
Edward ya no sabía lo que era correcto y lo que no. Lo único de lo que estaba seguro era del dolor que sentía en el pecho y en el estómago. Era incapaz de desentenderse de sus emociones, de los recuerdos, y de la rabia... Y todo debido a ella.
Todo por culpa de Bella. La primera vez que la vio, cuando se conocieron, supo que ese ángel rubio con cara de pecado sería la razón principal por la que viviría, y también sería la única persona que lo podría destruir, porque se erigiría en la soberana dueña de su corazón.
En ese momento, tumbado en su sofá tapizado de blanco, en el ático dúplex tipo loft que había alquilado en la Diagonal, y en el que ahora vivía, observaba a través de los ventanales enteros de su enorme salón, las luces de los coches que iban y venían. Muchos de ellos regresaban a sus casas, a sus hogares. Y sintió una punzada de envidia y de pena al darse cuenta de que él ya no tendría ningún lugar al que volver.
Esa lujosa vivienda en la que descansaba y meditaba no era su casa. Estaba bien, eso sí: un edificio señorial en la avenida más destacada de Barcelona no era moco de pavo. Edward siempre se había ganado bien la vida como periodista, y posiblemente, de no estar con Bella, él habría vivido su soltería en un lugar así.
Posiblemente, muchas cosas no serían iguales de haber tomado otras decisiones. Pero tomó una que le cambió la vida gradualmente.
Cuando decidió pasar el año de excedencia en el periodismo para embarcarse en el proyecto más ambicioso de su vida como escritor, no se imaginó que tardaría tanto en elaborar el reportaje novelado lleno de información y exclusivas que había Finalizado recientemente, y por el que unas semanas atrás había recibido de mano de su editorial una suma considerable de millones de euros. Un compañero que trabajaba en las oficinas de Penguin, le contó que Ildefonso Falcones vendió los derechos de edición de su Catedral del Mar por una millonada antes de ser publicada. A Edward le llamó mucho la atención ese dato. Eso quería decir que, a riesgo de parecer unos kamikazes, los editores sabían cuándo tenían puro oro entre las manos, y no les importaba invertir por ello ya que sabían que recuperarían ese dinero en nada. A veces, eso no salía bien; como a J.K Rowling con su novela policíaca. Pero otras veces, la inversión se recuperaba multiplicada por diez o más dígitos.
Pues bien. A él le había pasado lo mismo que a Ildefonso. La historia que contaba en su novela estaba meticulosamente documentada, con unas bases potentes y repleta de datos que pondrían en la cárcel y que harían subir al estrado a más de un cargo político nacional e internacional. Sin embargo, su manuscrito, a pesar de haber sido una mina de oro, también entrañaba muchas complicaciones; si alguien descubría que él era el escritor, no tardarían en borrarlo del mapa.
A Roberto Saviano, a quien conocía personalmente después de entrevistarle, le sucedía algo parecido. Su libro Gomorra, que hablaba de las mafias italianas, era un best seller internacional, pero también le había puesto precio a su cabeza. Por eso Edward decidió utilizar un pseudónimo, y no colocar foto de él en la solapa. No quería reconocimiento público, prefería preservar su intimidad y que lo dejaran tranquilo. Él había hecho su trabajo, que no era otro que informar. A partir de ahí, que todo le mundo sacara sus conclusiones y que el dedo acusador de la Justicia, la verdadera, cayera sobre quién se lo mereciese.
Cuando pensaba en todo lo que había arriesgado mientras escribía la novela, se le ponía el vello de punta y una sensación fría lo abrazaba. Era en esos momentos cuando más envidiaba a esos coches que regresaban a casa, a buscar cobijo y protección.
Edward ya no tenía nada que lo parapetara. Bella había sido su hogar, ese lugar especial al que uno pertenecía una vez y nunca más se desarraigaba. Pero en ese momento, además de apestar por el dinero que reflejaba su cuenta corriente, no tenía nada más.
Edward movió en círculo la copa de whisky con hielo que sujetaba y colgaba entre las piernas. ¿Cómo iba a hacer para afrontar su vida y sus nuevos proyectos sin ella? ¿Y sin Caballo?
Había rondado su casa de Collserola a escondidas, y no sabía muy bien para qué. Tal vez quería ver a Bella para asegurarse de que esa beldad que tanto amaba era la misma que le había traicionado. Quería regodearse en la belleza de su rostro, en el modo que había tenido de darse a él.
Y no iba a mentir a nadie: también deseaba verla hundida y triste por lo que había pasado. La Bella que se había entregado a él, lo había hecho tan dispuesta y tan a ciegas porque se trataba de Draw, y no de él mismo. Y eso lo destrozaba. Su preciosa, leal, y cariñosa mujer le había sido infiel.
Esa era la verdad.
Al margen de su artimaña o de su jugarreta fallida que dio como resultado un cataclismo dentro de su matrimonio, la realidad era que Bella había mantenido relaciones sexuales con otro.
El día después de que Bella saliera del hotel, Edward no fue a su casa, de hecho ya no pisó su hogar nunca más. Pero sí los aledaños. Caminaba alrededor de la manzana, o miraba la fachada, incluso oteaba por encima del muro que daba al jardín, desde la lejanía, en su moto, bajo el anonimato que le profería su casco. No quería que Bella se diera cuenta de que merodeaba por ahí, pero cuando descubrió que Caballo no salía al jardín, y que ella ya no estaba y tenía las persianas bajadas como si se hubiera ido de viaje, el malestar lo invadió.
Había huido la muy cobarde. En lugar de enfrentarse a él, de mirarlo a la cara, y de darle las explicaciones pertinentes, Isabella había desaparecido.
Pero como ya la conocía, sabía dónde estaba. En casa de sus padres, recomponiéndose, meditando, y avergonzándose en silencio de todo lo sucedido.
O tal vez no lo hiciera, porque ella ya había dejado claro que su matrimonio estaba muerto. Y él también.
Edward se pasó la mano por la cara y bebió un sorbo del líquido ambarino. Los hielos tintinearon contra el cristal. Era todo muy complicado. Y muy triste.
No la llamaría. Ella sí lo había hecho, lo había llamado, pero Edward declinó la posibilidad de atenderla. No sabría ni qué decirle, puede que cosas demasiado fuertes como para decirlas por una linea telefónica.
Y lo peor era que bajo toda esa animosidad y sus pensamientos acrimonios, aún sentía cosas hacia ella a las que no sabía ponerle nombre, ni tampoco valorar si eran buenas o malas.
Estaba hecho un lío.
Edward era de los que se enamoraban una sola vez en la vida. Cuando entregaba su alma y su amor, lo hacía para toda la eternidad. Puede que esa confianza ciega en la persona que amaba fuera la responsable de cavar su propia tumba; la única culpable de sumirlo en ese estado desidioso y contemplativo en el que vivía inmerso desde que Bella se fue de la suite, sabiendo que él también quería el divorcio.
Deseaba castigarla, infligirle daño... Vengarse, aunque no sabía muy bien de qué. Entre sus móbiles barajaba el despecho, la desconfianza, la vergüenza y la falta de comprensión que en ocasiones Bella le había mostrado. Puede que el tiempo junto a él fuese un suplicio para ella, pero ella tampoco le había puesto las cosas fáciles.
Joder, y él no era un Santo precisamente. Sabía que no había dado lo mejor de sí mismo. Y que cometió errores.
El principal: creer que el amor era para siempre, y que cuando era de verdad, no había nada que pudiera apagarlo, ni siquiera el descuido o el olvido de decirle a su mujer lo mucho que la quería a diario. Erróneamente, pensaba que eso se sobreentendía. Porque, para él, su amor hacia ella era indiscutible y nada lo podía cambiar. Así de palurdo había sido. Creyó que Bella comprendería su necesidad de escribir, que lo apoyaría hasta el Final. Y al principio lo hizo, pero después...
Cuando vio que no lo acababa en los tiempos que ella convino, se volvió recelosa de todo. Ahora, mirando hacia atrás, pensaba que podría haber hecho las cosas de otro modo, a pesar de que no podía darle más información de la que le dio. Su contrato de confidencialidad le ponía condiciones de difícil tesitura, privándole de decir nada, más aún al pensar que pudiera tener algún tipo de escucha en su propia casa que pusiera en peligro, no solo su anonimato, sino también el de Bella.
Durante un tiempo, le entró un poco de paranoia, pero después decidió que debía dejar de temer a su propio manuscrito o no avanzaría. Obviamente, toda la información que manejaba sobre corrupción en el país lo había puesto muy nervioso, y le obligó a mantener silencio con la persona que más quería, porque temía por ella o que la utilizaran para hacerle daño.
Fuera como fuese, se equivocó con Bella y con el amor que creía que se profesaban.
Confió tanto en los sentimientos y en las promesas que se juraron, que nunca imaginó que Bella pudiera aburrirse de él o dejarlo de querer. Nunca contempló esa posibilidad, porque el amor verdadero era intemporal e imperecedero. ¿No decían eso?
Había sido demasiado crédulo y relajado. Y cuando pasó el tiempo y las cosas entre ellos se pusieron feas, Bella nunca le permitió que él redujera la distancia que se había creado entre ambos, hasta que el helor y la escarcha eran ya insalvables, por mucho que él la reclamara a su lado o intentase deshacerla.
Después del primer año de escribir, y cuando Edward decidió no volver a trabajar y seguir tirando de los pocos ahorros que tenía, Bella torció el morro, y toda esa comprensión y apoyo que ella volcaba en él al principio, se esfumó gota a gota, grano a grano, como se esfumaba el tiempo en un reloj de arena.
Edward se levantó del sofá y caminó descalzo por el cálido parqué de su dúplex, sin dejar de lado su vaso de whisky ni un momento. Se detuvo frente a la caja entreabierta que había dejado en la entrada, apoyada en la blanca pared. A continuación, se acuclilló y entrecerró los ojos para observar por enésima vez lo que había en su interior.
Cincuenta. Cincuenta ejemplares de su libro ya editado. El soberanismo de Judas, así se titulaba.
Edward dejó el vaso de whisky en el suelo y se sentó frente a la caja como un indio indagador. Tomó un ejemplar entre las manos, y lo admiró como ya había hecho otras veces. Su formato era rústico, de tapa dura. Una cubierta toda amarilla con el título en rojo, haciendo referencia a la bandera de España. De la jota de Judas pendía un gorro de bufón, señalando la tomadura de pelo que habían sufrido todos los españoles. Un libro de quinientas cincuenta páginas que narraría, con la precisión de un cirujano, las idas y venidas de un mafioso, que no era otro que su chivato, que trabajaba directamente con la cúpula del gobierno en el país. En la trama se hablaba de todo; desde extorsiones, hasta escandalosos veredictos dictaminados en procesos judiciales contra mafiosos, asesinos y delincuentes, a cargo de jueces previamente empapelados para que estos salieran impunes, ya que su dinero subvencionaba campañas políticas y compras de terreno y edificaciones de una envergadura inimaginable. Los beneficios de todos esos trueques iban destinados a empresas privadas, dirigentes, intermediarios y bolsas de corrupción individuales, además del desplazamiento de rentas y de los recursos públicos a instituciones privadas y tapaderas.
Aquel libro sería la semilla para que cada día, en el parte de las noticias públicas y también privadas, un nuevo cargo político, diputado, ministro o Presidente, apareciera escoltado por la policía de camino al Juzgado para declarar su presunta inocencia. Una inocencia que nunca podría ser demostrada, porque no existía. Todos eran culpables.
Edward trabajó muchísimo para verificar todos los datos, para esperar la documentación y la información de su chivato y contrastar información. Tres años de hermetismo. Tres. Ese había sido el resultado.
Y mañana, por fin, sería el gran día. La editorial había comprado muchos espacios publicitarios, tanto en televisión, como en prensa escrita y radio, y también en las bocas de metro y en las paradas de autobuses... Habían invertido un auténtico dineral, pues sabían que los libros entraban primero por los ojos. Después, si eran buenos o no lo eran, solo estaba en poder del boca a boca y del talento del escritor. Y su editora aseguraba que él tenía talento para dar y regalar y que su libro era una obra de arte de la información. Pero, al principio, debía de haber una campaña de marketing de acoso y derribo: así se forjaban los best sellers.
En todas esas páginas residía el motivo por el cual Bella y él eran hoy lo que eran. Un hombre y una mujer al borde del fin de su historia de amor.
Edward abrió la primera página del libro y leyó la dedicatoria.
Ahora, seguramente, la habría cambiado, porque esa dedicatoria no tenía ningún sentido.
Cuando las promesas se rompían, lo prometido se convertía en una vil falacia, en la mueca de la mentira. Lo que el amor de Bella había sido.
No sabía si Bella había regresado o no. Unos días atrás le había enviado una carta, para decirle que quería el divorcio y que iba a seguir adelante con él.
A no ser que ella tuviera algo que decir. Y ese mismo día le había enviado un ejemplar del libro a la casa con una sorpresita en su interior. Mañana lo recibiría. Así que tendría que esperar reacciones.
Y Edward estaba intranquilo por ver la preciosa cara de su mujer mentirosa cuando comprendiera que él era el autor del libro que copaba las calles y las televisiones.
Él, que había sido considerado por ella como un gandul y un muermo, era el creador del libro que iba a pasar a la historia por desenmascarar la corrupción de los altos cargos del país al desnudo.
Sonrió sin ganas y apoyó la espalda en la pared contraria para hacer un brindis al aire.
Su aportación a la Justicia era lo único bueno a lo que se agarraba, porque para su desgracia, ya nada le hacía especial ilusión.
Al día siguiente
«Es increíble», pensaba Isabella mirando anonadada los carteles de las paradas de autobuses en la ciudad condal. El día después de haber comido con sus amigas en Paseo de Gracia, recibió por la mañana un paquete. Al desenvolverlo se encontró con un libro titulado «El soberanismo de Judas», de un tal Kass Z. Draw.
Cuando sostuvo esa novela entre sus manos, las rodillas le cedieron y una horrible sensación de vacío se arraigó fuertemente en el centro de su pecho, a la altura del corazón.
Se sentía fatal.
Caballo husmeaba a su alrededor, como si él también supiera que aquel era el libro de Edward. El bandido había utilizado el nombre de Draw como pseudónimo y Isabella no pudo reprimir una sensación de traición y engaño que provocó que se le saltaran las lágrimas.
Pero no fue eso lo que impulsó a Bella a abrir la aplicación de Buscar mi iPhone e ir al encuentro de su más que probable futuro ex marido.
Lo que de verdad la espoleó a hacerlo fue la dedicatoria de su interior, junto con el sobre blanco que había adjuntado entre sus páginas.
La dedicatoria iba dirigida a ella. Suponía que estaba escrita mucho antes de que ambos jugaran a ser infieles sin serlo, porque el amor que había en cada palabra traspasaba los folios y le iba directo al alma.
¿Dónde estaba ese amor cuando vivían juntos?
«A ti, mi mujer, el amor de mi vida, quien ha tenido que aguantarme todo este tiempo; la que ha tenido que soportar cada silencio y cada uno de mis retiros, y lo ha hecho con comprensión, sin una mala palabra, sin una mala mirada. Sé que, a veces, has desfallecido y has dejado de creer en mí, pero yo te agradezco, y no sabes cuánto, el que me hayas permitido centrarme en esta arriesgada aventura que tiene un propósito mayor.
Gracias por estar ahí, por cuidar de mí, por tenerme en cuenta incluso cuando ya estaba ausente. Mi retiro ya ha acabado, y al margen de la repercusión que pueda tener esta historia, lo que de verdad me llena es saber que te tengo a ti, y que voy a resarcirte por cada segundo que te sentiste sola y abandonada. Te quiero, mi vida».
Las lágrimas no dejaron ver más allá de ese fragmento único dedicado a ella.
¿Cómo Edward había permitido que ella se sintiera sola? Bella no entendía aún cuán importante sería ese libro en la política del país, pero, aunque lo cambiase todo, ¿había merecido la pena haberla perdido a ella? Isabella se secó las mejillas humedecidas de un manotazo violento y resignado, hasta que vio que entre el grosor de aquel libro sobresalía la esquina de un sobre varios tonos más blancos que el color de esas páginas ahuesadas.
Cuando cogió el sobre con dedos temblorosos y le dio la vuelta, una frase escrita a boli con la auténtica letra de Edward, no la de Draw, le asestó un golpe demoledor.
«Mi historia está muy documentada, y es real. Pero tú y yo sabemos que si hay algo falso en este tomo que sostienes, es la dedicatoria que, por cierto, ya no puedo borrar. Creo que con esto quedamos en paz. Es la manutención de dos años que tuviste que pagar por tenerme en tu casa escribiendo. Gracias por haberme mantenido. Lamento haberte dado tantos problemas».
Edward
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Que la tratara así, que creyera que un sobre lleno de billetes de quinientos euros era todo lo que ella exigía, la única razón por la que ambos se habían separado, la indignó.
¡Nunca fue por el dinero, maldita sea! Si Bella ya no se encontraba bien, la sentencia de aquel sobre la espoleó como un latigazo a un caballo, pero ella no tenía riendas, y esa nueva persona en la que se estaba convirtiendo, una mezcla entre furiosa y dolida, no estaba dispuesta a que se volvieran a reír de ella o a sufrir alguna afrenta sin vengarse de ello.
Edward la insultaba.
Por eso cogió su Rover negro, y dejó a Caballo entretenido con su comida, para irse en busca de Edward siguiendo el GPS que le facilitaba la aplicación del iPhone.
Durante el camino hasta la Diagonal, donde se suponía que estaba Edward según indicaba su teléfono, divisó muchas paradas de autobuses con la portada de El soberanismo de Judas, y aquello la puso más nerviosa.
No se lo podía creer. El libro de Edward copaba todas las estaciones y lo anunciaban como un best seller y como el libro que provocaría un cambio en el país. No daba crédito.
Su marido, o su futuro ex marido, acababa de dar un pelotazo espectacular, cuando ella, equivocadamente, pensó que no tenía futuro como escritor.
Una parte de ella se sentía mal, porque no se veía identificada en esa dedicatoria llena de amor y agradecimiento hacia ella, como si siempre hubiese estado a su lado animándolo con pompones con una fe ciega en su trabajo.
No. No fue así. Debía reconocerlo. Y tenía remordimientos y vergüenza por ello. ¿Por qué? ¿Por qué después de descubrir que Edward la había engañado era ella la que tenía esas sensaciones desagradables?
Pero eso no iba a desviarla de su objetivo.
Después de llamarlo tres veces sin éxito, pues Edward no quería responder al teléfono, aparcó el coche un par de calles más abajo del lugar de destino. La aplicación era muy exacta. Bella caminó sin dejar de mirar la pantalla del celular, hasta colocarse justo en frente de la ubicación.
Inclinó el cuello hacia atrás para mirar la fachada del edificio que tenía delante. Era magnífico, de formas parecidas a las del grandísimo y mágico arquitecto Gaudí, con una estructura palaciega que reflejaba la vertiente del modernismo catalán y su variante de Art Nouveau inspirado en la Finca Güell.
Era hermoso. El sol daba de lleno en la fachada y en las balconadas de colores y formas sinuosas.
El ático de ese edificio parecía enorme, cuya extensión de la terraza triplicaba la amplitud de las terrazas de los pisos inferiores.
Isabella entrecerró los ojos, y esperó a ver si algún vecino salía de esa elegante portería. A Edward debería costarle un riñón el alquiler de esa vivienda.
No sabía en qué piso vivía. ¿Cómo iba a descubrirlo?
—¿Vas a entrar? —preguntó una voz de mujer a sus espaldas.
Una mujer morena de pelo castaño con reflejos más claros, vestida con traje de falda y chaqueta negra rebuscaba las llaves en el interior de su bolso negro Prada. Tenía los ojos cubiertos por unas gafas de pasta oscura que le ocupaban casi toda la cara. Poseía unas facciones agresivas pero hermosas, como las de una pantera. Y cargaba con un maletín de mano también Prada de color marrón y negro en una mano, y una bolsa de comida japonesa en la otra. El olor del Yakisoba noqueó a Isabella y le removió las tripas. No había cenado la noche anterior, ni tampoco esa mañana había desayunado, pues el regalo de Edward le había cerrado el estómago.
—Pues esa es la intención —contestó echándose a un lado ante el arrojo de la desconocida, que se hacía sitio como si fuera a abrir la puerta—. Pero no recuerdo dónde vive...
—Ah, joder —gruñó la mujer sin prestar atención a Bella—. Me he vuelto a dejar las llaves —levantó la mano y presionó el timbre del ático. El único ático que había en el edificio.
—¿Sí? —contestó una voz que Bella reconoció al instante.
—Eddi —dijo la mujer—. Soy Kate. Tu menú — sonrió—. Abre la puerta, por favor.
A Isabella la sangre se le fue del rostro repentinamente, y las manos se le quedaron heladas. ¿Su menú?
Un momento. ¿Qué estaba pasando ahí? ¿Quién era esa mujer y por qué iba a ver a Edward? ¿Y por qué lo llamaba Eddi? Él odiaba que lo llamaran así.
Edward obedeció y abrió ipso facto. La mujer entró todavía rebuscando las llaves en el bolso. Entonces se detuvo, como si la acabase de advertir y la miró por encima del hombro.
—¿Pasas o no?
Su tono era algo estirado y capaz, como si controlara cada movimiento que tuviera lugar a su alrededor.
Bella carraspeó, tragó saliva y se secó el sudor de las palmas de las manos en los tejanos.
—Sí —dijo con voz débil.
Mientras la tal Kate tomaba el ascensor, Bella se detuvo en los buzones de madera de nogal de la entrada, como si revisara el piso exacto de la persona que estaba buscando, cuando lo acababa de averiguar.
Lo cierto era que se había quedado un poco paralizada y no le apetecía compartir ascensor con esa mujer, fuera quien fuese.
Edward vivía en ese espectacular ático, el de la enorme terraza. Y una mujer muy atractiva tenía llaves de su domicilio y le acababa de traer comida para compartir.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, Isabella se quedó plantada frente al espejo de cuerpo entero de la señorial entrada. Se quedó ahí, sin moverse, durante varios minutos. Se miró extraviada en su propio reflejo. Vestía tejanos claros y desgastados, un poco rotos, sus Converse blancas sin abrochar, una camiseta negra que le iba ancha y le colgaba de un hombro, y llevaba el pelo recogido en un moño rubio y mal hecho. No se había maquillado. Se clavó las uñas en las palmas de las manos al ver que era una maldita sombra de sí misma, y que se iba a encarar a Edward con la imagen de una estudiante inmadura, sabiendo que él estaba acompañado por una mujer de armas tomar y aspecto de felina.
No tenía buenas sensaciones. Pero no pensaba esperar ni un minuto más para encararse con él.
Todavía estaban casados. Así que tomó aire, cerró los ojos y se insufló fuerzas para poder desafiar al hombre que le había roto la vida.
Edward vivía en el ático.
El único ático del edificio.
Isabella se plantó frente a la puerta y recordó los nervios que pasó la primera vez que fue al encuentro de Draw, y se parapetó tras la entrada de la suite colonial. Entonces, la ansiedad era otra, muy diferente del dolor que se replegaba en su pecho ahora y que provocaba que sintiera cada latido de su corazón en la garganta.
Se cargó el bolso Michael Kors sobre el hombro, agarrándose fuertemente a sus asas, como si fueran asideros a los que sujetarse cuando el agua le llegara al cuello.
Intentó oír algo, tal vez alguna palabra entre la tal Kate y Edward, pero no escuchó nada.
Como fuera, tenía que enfrentarse a Edward, hubiera alguien delante o no, y ya que estaba ahí no pensaba huir con el rabo entre las piernas.
Presionó el timbre, y esperó pacientemente a que le abrieran.
Los tacones de esa mujer golpeaban el parqué con contundencia, se aproximaba y Bella intuyó que iba a ser ella quien le diera la ácida bienvenida.
Cuando Kate abrió la puerta, ya se había quitado las gafas de moscardón, y lucía unos ojos negros y repletos de hechizo y secretos, ahumados y perfilados con un kohl muy negro.
Era guapísima, joder. Bella rechinó los dientes y se compadeció de sí misma. Tenía a una Matahari delante, y ella se presentaba vestida con las fachas de una universitaria insegura.
Kate frunció el ceño y la miró de arriba abajo.
—Ah... —fue lo único que dijo—. Creo que te has equivocado, guapa —Dibujó una sonrisa condescendiente en sus labios pintados de rojo.
Isabella parpadeó aturdida, intentando reprimir las ganas que tenía de darle un puñetazo a esa, fuese quien fuese. Ya le daba igual. La odiaba. No había más.
Se obligó a reaccionar y esta vez respondió con una sonrisa igual de falsa que la que tenía Kate.
—Me temo que no —contestó—. Guapa —añadió con el mismo tono.
—¿A quién buscas? —preguntó mirándola como si fuera tonta.
Isabella ni se inmutó cuando contestó:
—Busco a mi marido. Edward. ¿Le conoces? —Ella lo llamaba Eddi y no Edward.
Kate arqueó las cejas negras y perfectamente depiladas, y después echó los hombros hacia atrás, confundida.
—¡¿Edward?! —gritó por encima del hombro, sin apartar la vista de ella.
Y ¡cómo le repateó que una desconocida decidiera si dejarle entrar o no para encontrarse con su todavía esposo!
—¿Qué? —preguntó Edward con desinterés desde el interior del piso.
—Ven un momento —Kate continuó mirando a Isabella, con sus ojos oscuros fijos en sus converse desabrochadas. Arqueó una de sus cejas a lo Ancelotti.
Bella arqueó la suya rubia platino y se imaginó metiéndole la zapatilla en la boca.
—Estoy calentando la comida que has traído — dijo Edward—. ¡Si son otra vez los de la nueva compañía de la luz diles que no me interesa! —exclamó.
Kate negó con satisfacción y añadió.
—No es nadie de ninguna compañía. Es una mujer que dice que es tu esposa.
Tras esas palabras se hizo el silencio, tan tenso que se podía cortar con un cuchillo.
Y entonces, Edward apareció bajo el arco del hall.
Bella clavó sus ojos azules en él, y sintió un mazazo que le quitó la respiración.
No sabía si era porque hacía tiempo que no se veían, pero el reencontrarse con él la dejó noqueada.
Su marido siempre le pareció guapo, a pesar de que fuera siempre en chandal y nunca se arreglara demasiado. Por eso, verlo vestido con una camisa blanca con los puños arremangados hasta los musculosos antebrazos, unos pantalones de pinza color whisky y unos zapatos marrón oscuros, la dejó sin palabras.
Se había cortado el pelo y lo llevaba de un modo que le quedaba genial y dibujaba mejor sus apuestas facciones. Su pelo negro brillaba, igual que sus ojos tan oscuros, con aquellas cejas bajas y espesas que le conferían una mirada intensa provoca fuegos.
Isabella inclinó la cabeza a un lado para verlo mejor, ya que Kate le privaba la visión.
Edward rechinó los dientes y dijo Finalmente:
—Isabella.
Bella se tragó la amargura cuando percibió el olor de su colonia única, que la golpeó y reactivó su memoria. Era el mismo perfume que le llevaba a los recuerdos de Draw y de las tardes que pasó entre sus brazos. Draw y Edward eran la misma persona y no podía obviarlo, por muy perdida que eso la hiciera sentir. Su esencia, su imponente presencia, eran la misma ahora que Bella podía ponerle rostro a su amante anónimo.
—Hola, Edward —contestó ella con un hilo de voz.
—¿Qué haces aquí?
—Tengo que hablar contigo.
—¿Cómo me has encontrado?
Edward se metió las manos en los bolsillos delanteros y se balanceó sobre la punta de sus zapatos.
Ella miró a Kate, esperando que la mujer tuviera la delicadeza de dejarlos solos. Pero la morena no se apartaba.
—Tengo mis métodos —contestó—. ¿Podemos hablar a solas? —preguntó con voz débil.
Edward exhaló con cansancio, y después se acercó caminando hasta ellas.
—Kate, por favor —le pidió amablemente—. Déjanos solos un momento.
Kate miró a uno y a otro, y al Final accedió a desgana, alejándose del hall bamboleando las caderas y mirando a Isabella por última vez con gesto incrédulo.
A continuación, Edward se hizo a un lado y la invitó a entrar.
—Subiremos a mi oficina —convino Edward.
En otra ocasión Bella estaría muerta de la curiosidad, deseosa de ver cada esquina y recoveco de esa casa que Edward había alquilado o comprado, aún no lo sabía. Pero en ese momento, solo le apetecía dejarle las cosas claras e irse.
—No. No hace falta que entre —lo cortó Isabella—. No quiero molestaros.
Edward la miró muy serio y se encogió de hombros.
—Como quieras. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabías dónde estaba?
—Porque aún no has cambiado ninguna de tus contraseñas —contestó incómoda con Edward como nunca lo había estado—. He utilizado la aplicación del iPhone.
—Vaya —asintió—. Qué exacta es. Mis claves se han quedado muy obsoletas y pasadas de moda. Debo cambiarlas —se pasó la mano por la nuca.
Bella osciló las pestañas y pensó agriamente que tenía razón. La nueva debería de ser «EdwardodiaaBella+». De ser así, también la adivinaría.
—Bueno. ¿Qué quieres?
Estaba claro que él tenía prisa por perderla de vista y ella tenía prisa por irse. Sentía que allí sobraba.
Bella metió la mano en el interior de su bolso y de él sacó el libro de Kass Z. Draw, como si perteneciera a otro hombre o a otro tiempo.
Se quedó mirando la portada sabiendo que iba a despedirse incluso de esos recuerdos; tragó saliva y cogió aire para armarse de valor. Tenía muchas cosas que decirle, pero los nervios la traicionaban y una profunda angustia se atoraba en su garganta. Tal vez no iba a ser su mejor puesta en escena ni su mejor discurso, pero se encargaría de dejarle claros los puntos más importantes.
—Vengo a devolverte esto.
—¿El libro? —pregunta Edward con una sonrisa ganadora.
—No —Bella alzó la cabeza ante su tono maquiavélico. Entendía que estuviera furioso, pero su furia no era ni de largo tan nociva como la de ella—. Los cuarenta mil euros que me has dejado en el interior. Yo no los quiero.
Edward alzó las manos. No estaba dispuesto a tomarlo.
—Son tuyos. Invertiste mucho en mí. Es lo justo que te los devuelva.
—No, capullo —le dijo dando un paso adelante y plantándole el libro en el centro del pecho. Tenía que sobreponerse a la energía que desprendía él, tan parecida a la de Draw. ¿Cómo no iban a parecerse si eran la misma persona? Dios, qué locura. Tenía un aura magnética que la atraía, a pesar de las heridas que su aventura le habían causado.
—¿Por qué no? —le preguntó agresivo—. Acéptalos por los servicios prestados.
Bella elevó las cejas incrédula, dibujando un arco perfecto, y entonces lo señaló con el índice.
—No me vas a tratar como a una puta. Te he lavado los calzoncillos durante mucho tiempo como para que me hables así.
Edward alzó la barbilla desafiándola.
—Eso lo has dicho tú. No yo.
—Invertí muchas esperanzas en nuestro matrimonio —explicó ella con voz temblorosa—. El dinero no me importa, Edward. Nunca me importó. Lo que tendrías que devolverme es la esperanza que he perdido y la ilusión que hiciste que muriera en mí. Tu constante abandono cambió las cosas. Y después, cuando tienes la oportunidad de resarcirme y arreglarlo, cuando puedes darme una sorpresa y recuperarme, montas la escenita de Draw y me pones a prueba. ¿Sabes lo cruel que ha sido eso?
—Al principio no fue una prueba. Fue un regalo. Pero después, pensé que quería estar seguro de que, a pesar de todo, aún me querías y me eras fiel. ¡Porque ya tenía mis dudas! Pero... —chasqueó contra los dientes con la punta de su lengua—. Me decepcionaste.
—¿Quién decepcionó a quién primero? —se puso de puntillas para mirarlo directamente a los ojos—. Tres años. ¡Tres esperándote!
—Hay escritores superdotados, con dones y esas cosas... que escriben libros buenísimos en un par de meses. Pero la mayoría de escritores, el noventa y nueve por ciento, no tenemos esa capacidad, porque nos comemos mucho la cabeza y somos paranoicos. Usted perdone.
—¡Pero es que esa no es la cuestión, Edward! ¡¿No lo entiendes?! ¡Como si hubieses necesitado cinco años! ¡Te los habría dado! ¡Pero no se trató de eso! —exclamó desesperada con los ojos repletos de lágrimas.
Bella sacudió la cabeza y se rindió a la situación. No había nada que salvar ahí. El desengaño era tan hiriente que cualquier posibilidad de reconciliación quedaba en entredicho.
Edward permaneció en silencio, observando cómo Bella se desmoronaba, y no fue capaz de consolarla.
—Como sea —añadió él Finalmente, con sus negros ojos ensombrecidos y atormentados tupidos de pestañas largas y rizadas—. Eres la dueña de los caramelos que levantan el ánimo, ¿no? Tienes cajas y cajas a tu disposición. Podrás tomarte los que te dé la gana y el disgusto se te pasará.
—Vete a la mierda, Edward.
—Hace mucho que me fui a la mierda en nuestro matrimonio, Bella —se encogió de hombros, sin emoción—. Mucho. No has sido la única que ha sufrido. En cambio, a ti, siempre te quedará el recuerdo de Draw.
Aquello fue la gota que colmó el vaso.
Isabella se apartó de él, sorbiendo por la nariz como una niña pequeña. Aún sostenía el libro. Lo contempló por última vez y lo tiró al suelo, dejándose llevar por la ira. Hubiera deseado tirárselo a su apuesta cara, pero no quería recibir una demanda por agresión.
El tomo se deslizó por el parqué, a la espalda de Edward, y el sobre lleno de dinero emergió entre sus páginas.
—Draw y tú fuisteis una mentira. No quiero tener nada que ver con ninguno de vosotros —declaró Bella recogiéndose un mechón de pelo rubio y colocándoselo detrás de la oreja—. Por mí, se acabó. Que tu abogado se ponga en contacto con el mío para agilizar cuanto antes los papeles del divorcio. Total, no tenemos nada que queramos el uno del otro, ¿no? Será fácil.
—Quiero a Caballo —espetó Edward dañino. Sabía lo mucho que quería Bella a su perro, pero él también lo quería.
Los ojos azules de Bella se oscurecieron y lo miró por debajo de sus pestañas.
—Ni lo sueñes. Caballo es mío.
—Lo compré yo. Es lo único que quiero.
—Pero no puedes comprar su fidelidad. Caballo se queda conmigo. Y si tanto te importa el dinero que te gastaste en él —Finalizó—, coge ese sobre lleno de ego y despecho, ese sobre que te hace creer que tienes la polla más grande, y descuéntalo de ahí.
Amarró con fuerza el bolso contra su cuerpo y salió de la entrada de la casa para dirigirse con andares dignos hasta el ascensor.
Allí, en el habitáculo metalizado, ya tendría la oportunidad de desmoronarse.
Mientras tanto, no iba a darle a Edward la satisfacción de que comprobara lo mucho que le dolía acabar así, sintiendo que era ella quien perdía, cuando, estaba claro que era Edward el perdedor de aquella batalla.
Aunque en una guerra, ¿de verdad había algún ganador? No. Todos perdían.
Edward fijó los ojos en las puertas del ascensor que se cerraban. Tras ellas, Bella le dirigía una última mirada de desprecio y de pérdida. Como si no hubiera vuelta atrás.
Él se obligó a tragar esa bola de rabia y desdeño hacia sí mismo, y después se volteó para mirar el libro que estaba en el suelo, sufriendo un abandono parecido al de su alma.
Cerró de un portazo y fue a recogerlo.
No era nada fácil para él hacerse fuerte frente a Isabella. Pero su amor propio y su dignidad le empujaban a pelear como un pez que había picado del anzuelo y luchaba por liberarse, por desclavarse el punzón metálico y dejar de sentir dolor. Edward creía que devolviendo los golpes se sentiría mejor, pero estaba equivocado. La aflicción continuaba, golpeando como un mazo inmisericorde y despiadado que no le daba descanso.
Con el libro en las manos, se dirigió a la cocina de lujo, una Schmidt blanca de espacios amplios, geométricos, sin cajones ni ranuras, y huecos iluminados para el deleite del más vanguardista.
Sentada sobre la silla de bar que había en la barra americana, Kate masticaba los fideos con pollo, sin dejar de mirar en ningún momento a Edward, que parecía un zombie.
—Así que esa es tu mujer —dijo—. Y ya veo que no estáis bien.
Edward salió de su ensimismamiento y centró su atención en ella.
—No estamos en nuestro mejor momento —asintió con la boca pequeña.
—Es curioso que no me hablaras de ella en todo este tiempo, y que no me dijeras siquiera que estabas casado.
—No lo necesitábais saber para que yo escribiera este libro. A ti y al sello solo os interesaba que toda esta historia viera la luz. Mi trabajo era lo único trascendente.
Kate hizo un gesto de desagrado.
—Vaya, Eddi. Pensé que en todo este tiempo sería algo más que tu editora —se removió incómoda—. Pensaba que éramos amigos. Sé que ha sido muy arriesgado para ti realizar este trabajo y que has tenido que anular a las personas que más querías para protegerlas. Pero yo nunca habría dicho nada sobre tus secretos.
Edward se encogió de hombros y se sentó en la butaca, frente a ella. Con calma se sirvió la comida en los boles de cerámica roja que Kate había sacado de los muebles de la cocina. Después sacó los palillos de madera y se dispuso a comer.
Kate bebió un sorbo de cerveza y la dejó con suavidad sobre la mesa.
—Te he ayudado en todo lo que he podido. No te he presionado demasiado en los plazos —enumeró con más suavidad—. Te ayudé a buscar esta casa después de que firmaste el contrato millonario por El Soberanismo de Judas. Te traigo comida, porque sino, tú no comerías. Y créeme, tu cerebro necesita alimento. Y ahora entiendo por qué eres tan desastre...
—¿Soy un desastre?
—Sí. Porque estás hecho polvo sentimentalmente. No tienes equilibrio.
—Este libro va a acabar con muchas cosas en este país. Pero también ha acabado con mi matrimonio.
—El precio del éxito —asumió como si fuera normal.
—No debió ser así —susurró.
Kate bajó la cabeza y con la punta de los palillos japoneses jugueteó con los fideos.
—¿Entonces? —tanteó levantando la mirada con curiosidad—. ¿Estás divorciándote de tu mujer? ¿Sí o no?
Edward tragó la comida que tenía en la boca y asintió.
—Eso parece.
—¿Y... vas a ser un hombre libre?
—Libre como un pajarito —asumió sin darle importancia.
Kate se limpió las comisuras de la boca con la servilleta y medio sonrió.
—Tu mujer parece muy joven, ¿no crees? Me la imaginaba más... sofisticada. ¿Está estudiando?
Edward alzó la cabeza y la fulminó con los ojos.
—No voy a hablar de ella.
Kate sonrió altiva como si no le diera vergüenza haber sido cortada de ese modo.
—Bueno, no hablemos de ella si no quieres, pajarillo. Pero sí que tenemos que hablar del cóctel que vamos a celebrar de aquí a una semana por el éxito mediático y en ventas de tu libro.
—¿Ya tienes cifras? Si ha salido hoy mismo a la venta —concluyó asombrado.
—Estamos batiendo records. Y todavía no ha acabado el día —aseguró pomposa—. Tenemos que prepararnos porque tu libro marcará una época en el periodismo de investigación y en la realidad novelada, Eddi —alargó su brazo y lo tomó de la mano, agitándolo con un suave movimiento—. Formamos un equipo buenísimo, ¿no crees? Deberías estar muy contento porque vas a ser un multimillonario anónimo.
Ojalá fuera tan fácil, pensó agriado.
—Sí —Edward se soltó de su mano con desinterés y continuó comiendo.
—En fin —Al ver el poco entusiasmo de Edward, Kate volteó los ojos—. Ahora, hagamos la lista de las personas que quieres invitar al evento para que compartan junto a ti tu anónima alegría.
Edward ya había recibido muchísimo dinero por la novela en calidad de derechos. Pero Kate aseguraba que las ventas iban a reventar el mercado. Y sí, seguramente debería estar eufórico, pero se sentía incompleto y vacío.
No obstante, se obligó a tragarse la ansiedad y la amargura. Si esa era su nueva vida, debía hacerle frente.
