La nueva novia del señor Cayado

Estela no recordaba en qué momento se había quedado dormida, pero cuando despertó, se encontró acurrucada junto al señor Cayado. Habían cambiado de postura y ahora era ella quien tenía apoyada la cabeza y el brazo derecho sobre el pecho de Cristian. Él seguía apretujándola contra él, con un brazo sobre su espalda y el otro sobre su cadera, en una especie de abrazo protector.

Durante un segundo pensó en apartarse, pero estaba tan a gusto que se limitó a sentir los latidos de Cristian, y cómo su pecho subía y bajaba con parsimonia. Estaba muy calentita debajo de las mantas, aunque afuera ya se notaba el frescor de la mañana.

Habría seguido allí tumbada durante un rato más, pero unas voces procedentes del vestíbulo los desvelaron.

Era Medea.

Cristian dio un respingo y casi levantó a Estela en volandas.

—¡Rápido! ¡Escóndete debajo de la cama!

Estela obedeció, saltó de la cama y rodó debajo del colchón.

Justo a tiempo.

La puerta se abrió con un sonoro chasquido y la bruja entró, taconeando con esos zapatos de aguja tan horripilantes.

Estela solo podía ver sus pies desde donde se encontraba. Una pelusilla se le metió por la nariz y reprimió un estornudo. Se llevó las manos a la boca y ahogó un ruidito.

—¿Qué haces todavía así a estas horas? Vamos, te he preparado el desayuno. Después nos iremos a dar un paseo.

—Medea ¿qué haces aquí? —Cristian parecía realmente molesto por aquella irrupción.

—Poner orden en esta casa de locos. No voy a dejar que te refugies en la autocompasión. Levántate.

Él obedeció, seguramente para tener la fiesta en paz.

—Ya he despertado a tus esclavas. Son unas holgazanas, todavía estaban en la cama cuando llegué. Pero no te preocupes, no es nada que unas cuantas maldiciones no puedan arreglar. Estoy segura de que han aprendido la lección. Mañana no se quedarán dormidas, eso te lo aseguro.

—¿Qué les has hecho? —preguntó Cristian, con un tono de voz casi amenazante—. Son mis esclavas, yo decido cómo hay que tratarlas, no tú. Además, en mi casa tenemos otros horarios.

—¡Oh, por favor! Todos sabemos que eres demasiado blando con ellas. Alguien tenía que meterlas en cintura. Vamos, vístete, te esperaré abajo. Y no me vengas con que tienes que trabajar, porque sé que has pedido la baja. Le he preguntado a tu jefe.

Medea salió la primera y Cristian se cambió de ropa con un golpe de varita.

Después se agachó junto a la cama y susurró.

—Estela, ya puedes salir. Cámbiate de ropa lo más rápido que puedas y reúnete con las demás. Te ha vuelto a salir la marca de nacimiento, debería ser suficiente para evitar que mi prima te reconozca. Procura no llamar la atención y habla lo menos que puedas.

Eso no hacía falta que se lo recordara.

Cualquiera se arriesgaba con semejante loca dando vueltas por la casa.

—¿No se está tomando demasiadas confianzas? —le preguntó. Bueno, quizá ella no era la más indicada para preguntar eso, después de lo que acababa de hacer.

Cristian se encogió de hombros y suspiró con resignación.

—Siempre ha sido así. Antes de casarme con Marta estaba todo el día incordiándome. Después encontró a otro al que sacarle la sangre y me dejó tranquilo durante unos años. Pero como ves, la calma no ha durado mucho y ha vuelto a…retomar sus viejas costumbres.

—¿Y por qué no le dejas las cosas claras?

—Ojalá supiera cómo…es una bruja muy poderosa, está bien relacionada…. y es de la familia. Hay ciertas líneas que es mejor no cruzar.

Estela seguía pensando que ni el propio Cristian era consciente de lo peligrosa que era aquella mujer, pero claro, ella no era nadie para decirle cómo debía tratar a su prima. Solo esperaba que demostrara un poco de sentido común en algún momento y encontrara la forma de ahuyentarla.

Mientras él bajaba a desayunar, Estela enfiló casi a la carrera el pasillo que la separaba de los dormitorios de los criados y como una exhalación, se quitó el vestido de la noche anterior y se embutió en aquel saco tan horrendo. Fermín tenía razón con eso de que parecían salchichas. No lo había pensado.

Casi se echó a reír ante aquella idea.

Bueno, volvía a ser Estela la esclava. Tendría que dejar a Viviana Silbán escondida en su cabeza durante una temporada.

—¿Dónde has estado? —le preguntó Cisne, con cara de malas pulgas.

Lo que faltaba.

—Me dolía la tripa…me fui a dormir a otra habitación. Tienen muchas, no creo que se den cuenta —mintió.

Cisne la contempló durante un rato, con recelo, pero tenía preocupaciones más apremiantes….

Como Medea, por ejemplo.

Incluso Cisne, con todo su mal carácter y sus bravuconadas, era un tierno corderito a su lado.

—Esa tipa es una sádica. Ha encantado las sábanas para que cobraran vida…han estado a punto de estrangularnos mientras dormíamos. Después nos ha soltado un comentario del estilo «parece que se os han pegado las sábanas». Menuda zorra…

—¡Cisne, ten cuidado! Si te llega a escuchar…—Esmeralda parecía también muy irritada—. Estoy segura de que puede hacer cosas mucho peores.

Tulipán por su parte tenía los ojos enrojecidos y una marca muy fea en el cuello.

—Tulip ¿qué te ha pasado?

—Nada, es que…tengo un sueño muy pesado. Fui la última en despertar. Solo he pasado un mal rato, no te preocupes. ¿Me acompañas a darle de comer a los hipogrifos? —le preguntó.

Parecía necesitar aire fresco con urgencia.

Estela todavía no había desayunado, y le rugían las tripas con violencia, pero no podía entrar en la cocina mientras Medea estuviera allí.

Tendría que aguantarse.

Media hora más tarde el señor Cayado y Medea ya estaban listos para salir. Llevaban puestas sus mejores túnicas.

Daniel corrió hacia su padre, pero él lo ignoró. Le estaba poniendo la capa a Medea. Ella se dejó hacer y le acarició el rostro con el dorso de la mano.

Estela observó la escena a distancia, desde una esquina del corredor, y automáticamente supo que algo no iba bien.

Cristian miraba a Medea embelesado y no parecía ser consciente de la presencia de nadie más. Tenía una estúpida sonrisa en la cara y ni si quiera se despidió de ellas antes de irse.

Actuaba como si no existieran.

Daniel hizo un mohín y se sorbió la nariz.

Corrió hacia donde se encontraba Estela y le tiró del brazo.

—¿Qué le pasa a papi? ¿Está enfadado conmigo?

—No, cariño. Seguro que no pasa nada. ¿Te apetece salir a jugar un rato con tu escoba? Hace un día precioso…

El niño asintió y regresó a su cuarto, alicaído. No era tonto, él también sabía que pasaba algo.

De pronto, la casa se había quedado fría…la presencia de Medea era la última de una serie de desgracias, y algo le decía que lo peor todavía estaba por llegar.

Medea y Cristian regresaron a la hora de comer, y el comportamiento de Cristian seguía siendo inquietante.

Nada más llegar, se encerraron en su cuarto y una riada de gemidos y gritos de placer retumbaron en el interior de la habitación.

—¡Oh, sí, Cristian! —gritaba Medea, a pleno pulmón—. ¡Sigue así! ¡Oh, Merlín!

Tulipán, Cisne y Esmeralda se miraron horrorizadas y Estela sintió cómo la bilis ascendía por su garganta.

Ya no se trataba únicamente de lo que Medea y Cristian estaban haciendo en la habitación—no era difícil adivinar a qué se debían aquellos gritos— sino que aquello no era propio del señor Cayado. Siempre había sido un hombre discreto.

Y Estela sabía que Medea ni si quiera le caía bien, de modo que ¿qué demonios estaba ocurriendo?

Se comportaba como un perro en celo…como si estuviera hipnotizado o…

Drogado.

—¡Lubi! —dijo Estela en voz alta.

La elfina apareció en mitad del pasillo en el acto. Tenía una misteriosa cara de circunstancias y parecía estar también bastante nerviosa.

—Lubi… ¿puedo hacerte una pregunta? ¿Estabas presente cuando Medea le preparó el desayuno al señor Cayado?

—Sí, esclava Estela.

—¿Sabes si le ha puesto algo en…la bebida, o en la comida? —la interrogó.

—Lubi no puede decir nada, o la ama Medea la castigará —respondió, asustada.

—Pero tu amo es el señor Cayado, no Medea. ¿Cierto? No están casados. No tienes por qué obedecerla.

—El amo me ha pedido que haga caso a la ama Medea en todo lo que diga. Y ella dice que no le cuente a ninguna persona lo que he visto.

—¿Palabras textuales? ¿A ninguna persona? —Lubi asintió—. Pero…la ama Medea piensa que los muggles no son personas ¿correcto? No dijo que no se lo pudieras contar a…un animal. —Estela alzó una ceja. Sabía que tendría que jugar sucio parar conseguir información. El rostro de la elfina se iluminó.

Cisne y las demás parecían no entender ni jota de lo que ocurría.

—No, la ama Medea no dijo nada de animales.

—Entonces, si ella me considera un animal…no podría castigarte por decirme…si le ha hecho algo al señor Cayado para que se comporte de una forma tan extraña. Además, si está utilizando al amo ¿no estarías haciendo algo que no debes, si sigues las órdenes de Medea? No es lo que el amo querría.

Lubi la miró durante un segundo. Estela no tenía muy claro hasta qué punto su cerebro funcionaba como el suyo.

—La esclava Estela tiene razón…pero Lubi cree que la ama Medea castigará a Lubi igualmente.

Vale, era mucho más espabilada de lo creía.

—Y si por un casual alguien intentara dejar a Medea fuera de combate… ¿tendrías la obligación de impedirlo? Hipotéticamente hablando, claro está.

Ella guardó silencio durante un breve instante.

—No…los amos no han dicho nada al respecto. ¿Puedo preguntarle a la esclava Estela en qué está pensando? La señora Medea haría daño a la pobre esclava Estela y no me gustaría presenciar algo así.

—Lo sé, Lubi. No te preocupes. Entonces ¿Medea le ha hecho algo al amo?

—Creo que…está utilizando un filtro amoroso, esclava Estela. Uno muy poderoso.

—¿Y cómo podemos anular los efectos?

—Si el amo deja de tomar la poción, se le pasarán. Puede ser que el amo guarde algún antídoto en su laboratorio. Pero no sé cuál es.

—Bueno, gracias, Lubi. Solo quería asegurarme. ¿Podrías ayudarme a buscar ese antídoto?

—Si eso ayuda al amo…

Las demás habían contemplado aquella escena en un respetuoso silencio.

—Ya decía yo que se comportaba de forma extraña —comentó Cisne—. Es imposible que le guste una mujer como esa. Es un monstruo.

—Cosas peores he visto…—comentó Esmeralda—. De todas formas, tenemos que quitarnos de en medio a esa petarda. —Hasta ella se había olvidado de la sugerencia que le había hecho a Cisne sobre no insultar a Medea. El espectáculo que estaban montando en la habitación parecía haberla alterado profundamente—. Si no actuamos rápido, intentará librarse de nosotras.

Los gritos estridentes de Medea, que ignoraba la pequeña conspiración que estaban urdiendo en el corredor, seguían retumbando al otro lado de la puerta. Los de Cristian se escuchaban un poco más amortiguados, como si estuviera extenuado.

—Pues ya podéis daros prisa…porque si sigue así lo va a destrozar —comentó Tulipán.

Si Medea pensaba que iban a aceptar aquella situación sin presentar batalla, estaba muy equivocada.

Tulipán, Cisne y Esmeralda estaban pensando exclusivamente en su supervivencia, claro. No vivían tan mal en aquella casa y el destino que les esperaba fuera de allí era muy incierto.

Estela, por su parte, no podía dejar que esa bruja malparida se aprovechara del señor Cayado en un momento de debilidad como aquel. Y el pobre Daniel necesitaba a su padre…no podía dejar que una arpía odiosa como Medea lo apartara de él. Si Cristian la hubiera escogido voluntariamente, habría tenido que aceptarlo, pero sabía que no había nada de voluntario en aquella relación.

Tenía que ayudarle, incluso si aquello implicaba arriesgar el pellejo, otra vez.

Total, no tenía nada mejor que hacer, y aquella mujer no dudaría en deshacerse de ellas a la mínima oportunidad.

Por la tarde, Lubi y Estela se pasaron dos horas buscando algo que pudiera servir para mitigar los efectos del filtro, pero no consiguieron encontrar nada.

Quizás, si ella se vistiera de nuevo como Viviana y fuera al mercado en busca de algún remedio…pero no sabía ni por dónde empezar. Ni si quiera sabían que poción estaba utilizando Medea y sabía que su tapadera era muy inestable.

Además, no creía que pudiera sobrevivir a otro encuentro con Luciano Calanegra, sobre todo si tenía en cuenta que lo había dejado plantado. Si la pillaba, estaba muerta.

También había pensado en enviarle una carta a los padres de Cristian, vía lechuza, para avisarles de aquello…pero dudaba mucho que fueran a tenerla en cuenta. La tacharían de mentirosa. Nadie se fiaría de una esclava muggle, y seguro que pensaban que Medea era un buen partido para su hijo.

No podía confiar en su buen juicio; la mayoría de los magos que conocía carecían de él. Y si Medea se enteraba de que sabía lo del filtro, entonces sí que tendría razones personales para asarla a la parrilla.

La cosa no pintaba nada bien.