Chicos… Me aburro, chicos…

Chicos… Me di terrible golpe por pelotuda…

Chicos… ¡A leer, Chicos!


De cuando el dolor finge ser felicidad

Shuo va y viene por la pequeña salita, al borde de la histeria, aun indeciso si se encuentra preocupado o enfadado. Tal vez ambos. Se soba el rostro entre las manos y exhala un ronco suspiro, dirigiendo la mirada por milésima vez hacia la puerta de entrada. Nada. Tigresa no aparece. Un tanto cansado, pues no ha dormido nada en las horas que lleva esperándola, se deja caer en uno de los sillones individuales de la estancia, apoyando los codos sobre las rodillas. Le preocupa que la felina haya decidido salir a esas horas de la noche, no es que crea que vaya a pasarle algo, pues confía ciegamente en las habilidades de ella para defenderse, pero el sentimiento protector es mucho más fuerte que la racionalidad.

Recarga la espalda contra el respaldo del sillón y cierra los ojos unos segundos, deseando mentalmente que la puerta se abra en ese preciso instante… Nada. Exhala el aire que inconscientemente ha retenido en sus pulmones y decide que lo mejor será esperarla en calma.

Es Tigresa, son las cinco de la mañana, ¿A dónde pudo haber ido?

Los pasos de Yao se acercan por el pasillo de la habitación. Un tanto adormilado, tallándose los ojos con los puños, el leopardo se acerca y se deja caer en la posa brazo del sillón, rodeando el cuello de Shuo, que en silencio, toma las manos de su compañero entre las de él y deposita un tierno beso en el dorso de estas.

—Amor, ven a acostarte —Murmura— Ya volverá. Seguramente salió a dar un paseo y ya.

Shuo se muerde el labio, negando con la cabeza.

—Son las cinco de la mañana, Yao.

—¿Y?... Paseos nocturnos.

Las palabras del leopardo consiguen una pequeña sonrisa por parte de Shuo, que sin responder nada, rodea la cintura de su novio con un brazo y jala de él, sentándolo en su regazo.

—Perdón, tendría que estar contigo en la cama —Habla en murmullos, dándole al lugar un toque más íntimo— Pero ya sabes como soy con Tigresa… ella…

—La sé, no tienes que decirlo.

Yao se acurruca contra el pecho de su pareja, dejándose abrazar por los fuertes brazos de este y ronroneando ante el sentimiento cálido y protector que le brinda el acompasado latido de su corazón. Entiende la preocupación de Shuo por Tigresa, entiende el cariño que le tiene y aquel deseo por cuidarla, pero no va a mentirse a sí mismo negando que le molesta un poco.

No están hablando de una niña, sino de una mujer ya adulta.

Si Tigresa necesitara tanta protección, ni siquiera habría ido hasta ahí sola. Si ella quisiera tanta preocupación, lo diría. Pero Shuo insistía y Yao no le daría a elegir entre él o ella, que era como una hermana. Sería como pedirle que eligiera entre él y su familia.

En silencio, acaricia el pecho desnudo de Shuo, mimándolo, buscando tranquilizarlo un poco, aun sabiendo que será inútil, pues nada calmaría al tigre hasta no ver a su hermana entrar sana y salva por aquella puerta. Admitir esto le da hasta vergüenza, pero sí: está celoso de Tigresa. No son celos mal intencionados, no planea nada en contra de ella, ni siquiera le guarda un mínimo rencor.

Son celos inofensivos.

Shuo mantiene la mirada en la puerta, ajeno a los pensamientos de su chico. Sus brazos rodean tiernamente al leopardo, acunándolo, y una de sus manos acaricia gentilmente su espalda. Sus orejas se mueven al oír suaves pisadas acercarse a la casa y sabe de inmediato que pertenecen a la felina. En un susurro, le pide a Yao que vaya a la cama, no sin asegurarle que él irá en un momento.

Tigresa parece algo indecisa en si entrar o no. Shuo espera con paciencia, sentado en aquel sillón, observando la puerta casi con aires asesinos. Típica imagen del hermano mayor en plan cuida. Comienza a perder la paciencia, cuando escucha el chasquido del picaporte al ser tomado desde afuera.

—¿Dónde estabas?

Ni siquiera espera a que Tigresa cierre la puerta.

La felina se queda parada en su lugar, observándole perfectamente a través de aquella oscuridad, con sus brazos cruzados sobre el estómago.

—Salí —Responde, cerrando la puerta de una patada— ¿Algún problema?

No parece de buen humor. Shuo la observa, escudriñándola un poco, a sabiendas de que no solo salió.

—Sí. Está a punto de amanecer, Tigresa, y saliste anoche.

—No sabía que tenía que pedir autorización para salir.

—No tuerzas las palabras, sabes que por ahí no va la cosa. Me preocupaste. Te fuiste a quien sabe y estuviste con quien sabe quién toda la noche —Trata de no alterar la voz. No quiere discutir— ¡Y mírate!... ¿Desde cuando tienes esa yukata?

—Joder, Shuo —Tigresa rueda los ojos, considerando ridícula e inútil aquella discusión— Buenas noches.

Toma los bordes de la yukata y los jala hacia abajo, cubriéndose lo más posible.

A paso firme, atraviesa la pequeña sala y se encamina hacia su habitación. Shuo había cerrado la ventana de esta, para asegurarse de que entraría con la puerta. Muy inteligente, Shuo, muy inteligente… Se guarda el sarcasmo para sus pensamientos. Los pasos del tigre le siguen por el pasillo, rápidos y furiosos.

—¡Tigresa!

—Shhh… Despertarás a Yao.

Lo dice un tanto burlona.

—No es gracioso. ¿Dónde estuviste?

Tigresa entra a su habitación, mientras sus manos luchan con el nudo del cinturón de la yukata.

Shuo entra detrás de ella, con los ojos cerrados, y se queda parado en medio del cuarto. Sus orejas se mueven en distintas direcciones, siguiendo los pasos de la felina, y espera a oírla detenerse detrás del biombo para abrir los ojos.

—Meditando —Responde ella.

—Hace tres meses que no meditas.

Tigresa toma las vendas que cuelgan de la pared del biombo y procede a colocárselas en el pecho.

—Bueno… Tenía ganas de meditar —Se encoge de hombros, aunque sabe que Shuo no la observa— Además, no quería oír qué guarradas se dicen ustedes en la cama.

Y por un momento, las mejillas de Shuo arden de pura vergüenza. Hacia unas horas, no había siquiera pensado en la presencia de Tigresa en el cuarto contiguo al suyo, ni de que ella podría oírlos en su intimidad.

—Lo siento por eso —Murmura— Pero… ¡¿Qué te crees mujer?! ¡¿Qué fornicamos toda la puta noche?! Si tanta privacidad querías darnos, máximo te hubieras ido no se… unos treinta minutos, yo que sé.

Su voz comienza a temblar, se siente un tanto nervioso de estar diciendo eso. ¡Vamos! No es que le interese dar detalles de su vida privada precisamente a Tigresa. Una fuerte y divertida carcajada le llama la atención, sorprendiéndolo un poco. Se queda anonado unos segundos, observando a la felina salir de detrás del biombo ya vestida, creyendo haber escuchado mal. Pero no. La sonrisa de ella delata aquella carcajada tan fresca. Lleva todos esos tres meses sin oírla reír, al menos, no una risa sincera. Se tienta por un momento el preguntarle con quien ha estado, porque esa risa tiene que tener algún motivo ¿No?, no puede surgir así de la nada.

Sin embargo, cuando está por hablar, la felina se le acerca y se coloca de puntitas a su lado para depositar un casto y rápido beso en su mejilla, saludándole con un efusivo "buenos días", antes de salir del cuarto.

IIIIIIIIIIIIIII

*El mismo lugar, luego del entrenamiento de la tarde. Lleva la yukata.

Es broma.

¿O tal vez no?*

No necesita ver quien firma para saber el nombre del autor que aquella pequeña nota. Su primera reacción es una sonrisa; ancha, divertida, como las que hace ya meses no esboza. Su segunda reacción es voltear hacia la ventana de su cuarto, observando con una mezcla de diversión y de enfado que esta se encuentra abierta y que en el marco, reposa una pequeña florecilla de cerezos.

Aún con la pequeña nota en su mano, se acerca a la ventana para tomar la pequeña flor. Es bonita y delicada. Le gusta. Vuelve a dirigir una corta mirada a la nota y aunque la sonrisa continúa plasmada en sus ojos, sus labios se tuercen en una recelosa mueca.

No ha vuelto a hablar con Yuan desde aquella noche, hacía ya algunas semanas, aunque tampoco había dejado de notar la mirada del leopardo puesta sobre ella en cada entrenamiento.

Ni un hola y ahora esto tan de repente… Le suena a cuento.

Sin embargo, la mirada del leopardo y sus manos sujetándole las muñecas vuelven a su mente cada noche, a veces despertándola con una frente sudada y la respiración agitada, otras simplemente interrumpiéndole en sueños para recordarle lo mucho que le había gustado. Se ha pasado largos minutos rememorando el tacto del felino subiendo por su pierna, una fantasía que con tan solo pensarla le ruborizaba las mejillas, y aquella voz preguntándole si iba a llevárselo a la cama.

Si… Piensa la respuesta para sus adentros, con aires pícaros, solo para inmediatamente retractarse. Es una locura. No puede pensar así, no en un momento como ese. Aunque por mas reprimendas que se dé, la respuesta a aquella nota ya está hecha incluso antes de tener tiempo a replanteárselo;

Quiere volver a verlo.

—¿Qué es eso?

La voz de Hikari a sus espaldas le hace pegar un respingo.

Inmediatamente deja la flor sobre el marco de la ventana y estruja la pequeña nota en una de sus manos, volteando a ver a la panda rojo con el entrecejo arrugado.

—¿Tú no tocas? —Le espeta, un tanto molesta— ¿O es que dormí contigo?

—La puerta estaba abierta.

—Igual, deberías tocar, Hikari.

—Anda, no me distraigas. Estabas leyendo algo… y por la sonrisa boca esa que tienes asumo que no era una lista de compras precisamente.

Le sorprende tanta efusividad en la panda rojo. Con suerte consigue apartar la mano justo a tiempo para que no alcance a quitarle la nota.

—¡Epa!...—Protesta— Son cosas mías De todos modos, ¿Qué haces aquí?

—Vine a buscarte

—¿Para…?

Hikari arquea una escéptica ceja.

—Emm… China llamando a Tigresa, Tigresa ¿Estás ahí? —Se mofa— ¡Entrenamiento! Shuo ya está ahí y me mandó a buscarte.

—Oh.

La risa de la panda rojo ya suena demasiado lejana para que Tigresa le preste atención. Maldice aquella actitud de hermano mayor de Shuo, que curiosamente se habría visto reforzada con la pequeña salida de aquella noche. Le dijo a Shuo que se adelantara y ella quedó en la casa por algo de lo que ya no se acuerda. Sea lo que sea, seguro no es importante, se dice, mientras sigue a Hikari hacia la salida. No deja de hablar, tan rápido que las palabras casi llegan a sobreponerse una con otras, pero Tigresa ya no le escucha. Su mente se encuentra demasiada entretenida con la pequeña nota hecha bollo en su mano izquierda. La estruja, juguetea con ella entre sus dedos y en un momento, aunque sabe que es imposible, hasta juraría que la siente adquirir más peso del que posee en su mano. Está nerviosa. Sabe que verá a Yuan en el entrenamiento y por algún motivo, aquello la tiene un tanto inquieta.

¿Qué le dirá?

¿La saludará?

¿La miraría siquiera?

Cuando se da cuenta, ya está subiendo el camino de piedras hacia el templo. Shuo les espera en la puerta, no con muy buena cara, aunque igualmente se acerca para depositar un tierno beso en la frente de Tigresa. Hikari pasa de largo, entrando al patio de entrenamientos a la vez que profiere un par de juramentos poco honrados hacia sus futuros contrincantes. Tigresa no puede evitar reír; Hikari es tan… Hikari.

Aún parada en la puerta, sin atreverse a dar ni un paso, su mirada recorre el patio entero, buscando a Yuan por algún lugar. No se encuentra ahí. Así como tampoco las gemelas, aunque estas últimas le traen sin cuidado. Toma aire y lo exhala, recordándose mentalmente que debe calmarse. Está decidida a entrar, cuando la mano de Shuo en torno a la suya le llama la atención. Voltea a verlo. Él no dice nada, tan solo le toma el puño entre sus manos y suavemente, separa sus dedos hasta descubrir el pequeño papel hecho bollo entre estos.

—¿Qué es es…?

—¡Nada! —Tigresa retira su mano— Cosas de chicas.

La ceja del tigre se arquea. ¿Desde cuándo Tigresa le oculta algo por ser "tema de chicas"?

Siempre hubo confianza entre ambos. Él le contó su mayor secreto a Tigresa y sabe que ella le contaría lo que fuera. No le da muy buen presentimiento aquella contestación, mucho menos verla tan nerviosa.

—¿Qué cosas de chicas?

—Algo… Que Hikari me pidió —No le mira a los ojos— Venga ya, entremos.

Shuo no tiene tiempo a replicar, pues Tigresa prácticamente se va corriendo hacia donde Hikari, que charla animadamente junto a Bo y Li, y se une a ellos con una ancha y rara sonrisa. Hacía meses que no ve esa sonrisa, hacía meses que no la escucha reír… Hacía meses que no la ve tan feliz como parece estarlo ahora. Incluso desde antes de haberla visitado en el Palacio de Jade, aquella sonrisa ya había desaparecido, junto al brillo jovial en su mirada.

El motivo de tan repentina felicidad le llena de recelo. Es imposible no querer protegerla de todos, cuando la última vez que la confió a alguien, ese alguien por poco no termina de destruirla. Porque a opinión de Shuo, lo que Po hizo fue apagar poco a poco la llama de aquella mirada carmín. Como al pajarillo que sufre el encierro, Tigresa iba muriendo lentamente junto al panda y ni cuenta se daba.

Sin embargo, le es imposible a Shuo no sonreír… Tigresa se ve feliz.

IIIIIIIIIIIII

Yuan no aparece durante todo el entrenamiento y mientras avanza la tarde, Tigresa puede sentir el vello de su nuca erizarse cada vez más. Realiza cada uno de los ejercicios que el maestro Bao les pide sin fallo alguno, con aquella perfección propia de ella, inmejorables. Intenta mantener la mente en blanco, libre de la más mínima interrupción. No pienses, se repite a sí misma, a la vez que toma una gran bocanada de aire. Lo retiene unos segundos y bruscamente lo exhala, calmándose, sintiendo aquel agradable ardor en sus pulmones como algo satisfactorio. Es fácil no pensar mientras golpeando algo, pero en cuanto queda quieta, los pensamientos se arremolinan tortuosamente en su cabeza. La nota, oculta en la faja que ajusta su pantalón a la cintura, cada vez pesa más, hasta que se vuelve un incómodo bulto junto a su cadera.

Hay cosas que solo las mujeres pueden transmitirse entre ellas y que los hombres jamás lograran captar, al menos que una se lo pinte con tinta fluorescente en la frente, cosa que ninguna mujer en su sano juicio hará ni ahora, ni nunca. Por eso, la primera en notar la ansiedad oculta en el rostro de Tigresa es Hikari. Por extraño que parezca de su parte, no intenta siquiera preguntarle qué le sucede, ni relaciona aquella actitud con la ausencia de Yuan. Por más que no lo parezca, sabe cuándo no meterse en algún asunto.

Finalmente, Bao da por terminado el entrenamiento del día y se despide de sus alumnos.

De repente, el corazón de Tigresa late al doble de velocidad y un pegajosos y frío rubor se expande por sus sonrojadas mejillas. ¿Es idea suya o hace calor? Se sienta en el suelo, apoyando la pared contra el muro, con la excusa de haberse cansado.

—Eu, maestra ¿Se encuentra bien? —Pregunta Bo.

El chacal se hinca junto a ella y lleva una mano a su frente. No tiene buen aspecto.

—Sí —Tigresa ladea el rostro— Solo… necesito un poco de agua.

Va a levantarse, pero antes de siquiera intentarlo, Bo le insta que se quede en su lugar y se va en busca de ese vaso. Aquella atención podría haber alarmado un poco a Tigresa, que lo único que ha recibo de ese chacal y su amigo, el puma, son groseros piropos hacia su persona. Hikari comparte una significativa mirada con ella, dando a entender que está igualmente desconcertada por ello. Sin embargo, antes de que alguna de las dos comente algo, Bo ya está allí extendiéndole un vaso rebosante de agua para la felina.

Tigresa murmura un suave "gracias" y acepta el vaso. El líquido fresco corriendo por su garganta resulta ciertamente aliviador. No entiende por qué está tan nerviosa, pero está segura que no es por Yuan. No, esto es algo completamente distinto. No son nervios, ni ansiedad, es algo mucho más fuerte, algo que la asfixia y le oprime el estómago.

Y de la nada, la imagen de Po aparece en su mente.

Deja el vaso a un lado y cierra los ojos con fuerza, sobándose el rostro con ambas manos. Es ridículo pensar en Po en un momento como eso, no tiene sentido. La culpa en su pecho es clara, el sentimiento de estar traicionando a alguien, pero ella lo pasa por alto y se lo niega a sí misma. No, no está traicionando a nadie, no le debe nada a nadie y por lo tanto, tampoco debería preocuparle el recuerdo de aquel panda.

—¿Tigresa? —La llama Shuo, con voz suave, cauta.

—¡Estoy bien! —Bruscamente se pone de pie, ignorando el mareo que la acción le supone— Yo solo… Creo que me golpee algo fuerte la cabeza, es todo. Iré… Iré a darme un baño y… saldré a meditar.

Tropieza con sus propios pies y Shuo, tan extrañado como preocupado, le sujeta del brazo para evitar que caiga.

—¿Segura que estás bien? —Insiste— ¿No quieres que te acompañe?

—No. Estoy bien.

Sin esperar respuesta, se suelta del agarre de Shuo y se va de allí. Sí, primero irá a darse un baño. Necesita calmarse.

Continuará…