Como correr en el aire
Historia original de Eleventy7
Traducción de Dulzura Letal
Por supuesto, los personajes originales son de JKRowling y de quienes posean los derechos.
Es una historia de amor entre Harry y Draco. Se desarrolla muy lentamente. Tiene altas dosis de nostalgia, de tristeza y de esperanza. Y narra, sobre todo, el camino interior de dos personas que se encuentran al final.
Gracias por todos los reviews, las alertas y los favoritos.
Capítulo 12
En el departamento, las cajas de las cosas de Draco estaban apoyadas prolijamente sobre la mesa del comedor. En la habitación de huéspedes, seguían estando el medio vaso de agua sobre la mesa de luz y la cama deshecha.
Harry se sentó en el borde de la cama y sacó la varita del bolsillo. Espino, diez pulgadas, núcleo de pelo de unicornio.
La había pasado a buscar por Gringotts el martes a la tarde, mientras Draco dormía y él todavía no había empezado a preocuparse. La varita había quedado olvidada durante años; Harry había querido devolvérsela a Draco después de la Guerra, había planeado enviársela con una lechuza, para evitar la incomodidad del encuentro cara a cara, pero simplemente se olvidó. Estuvo demasiado ocupado con otras cosas, y la varita terminó guardada entre las cajas que había depositado en Gringotts -después de que él y Ginny compraran el departamento-. Nunca se molestó en retirar las cajas y ni en acomodar sus posesiones. Le había tomado bastante tiempo encontrar la varita, deseó que –por lo menos-, hubiera organizado las cajas de alguna manera o las hubiese caratulado. La halló entre un rejunte de cosas: pilas de viejos números de la revista semanal de quidditch que debería haber descartado hace mucho, uno de los galeones falsos que Hermione había hecho para el Ejército de Dumbledore, una brújula para escoba, un suéter Weasley, la navaja de Sirius. Y la varita de Draco.
Harry se había sorprendido cuando lo desarmó, tomó su varita y se escapó con ella. Había temido que se resistiera colaborar –y sí, la idea de usar la varita de Bellatrix le causó terror-, pero usar la varita de Draco no fue diferente a usar la de Hermione, por ejemplo. Por el contrario, funcionó de modo excelente en lugar de la propia.
Harry volvió a sentirse culpable. A juzgar por las cartas que Draco había escrito en la parte de atrás del diario, él nunca pudo olvidar su varita original y había sufrido mucho ensayando cómo pedirle que se la devolviera. Sin embargo, para Harry, la varita no había merecido ni un segundo pensamiento, había hecho planes para retornarla, pero se había ocupado en cosas estúpidas, había sonreído y se había entretenido con sus amigos, con su vida, había arrojado la varita en una caja llena de objetos olvidados y la había dejado juntando polvo en una bóveda de Gringotts.
Perdóname, quería decirle Harry, pero Draco no podía oírlo. No estaba allí.
Harry levantó la varita: Defervesco.
Draco tenía razón, el hechizo no podía realizarse en uno mismo.
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La tarde del día siguiente, mientras Harry revisaba su último caso, Ron entró a la oficina con paso firme.
Harry sabía que Ron solo entraba de ese modo si pasaba algo importante, si no, entraba cansinamente, buscando con la mirada alguna bolsa de dulces –nunca perdió del todo su andar de adolescente larguirucho-.
-Malfoy despertó –dijo, sin preámbulos.
Harry levantó la vista rápidamente. -¿Cuándo?
-Anoche, alrededor de las nueve, después se volvió a dormir, pero dijeron que era un sueño natural. Esta mañana despertó cerca de las seis y permaneció despierto.
- ¿Cómo lo sabes? –Demandó Harry, haciendo a un lado el expediente del caso y poniéndose de pie.
-Tuve que llevar a uno de los cadetes a San Mungo porque estuvo practicando duelo y accidentalmente convirtió sus dedos en zanahorias, y ya que estaba ahí, pregunté por Malfoy.
- ¿Tú…tú preguntaste por Malfoy? ¿Por qué?
- ¡Muchas gracias! –Exclamó Ron, exasperado-. Me comporto como un ser humano decente y cuestionas mis motivos. ¡Qué amable!
Demasiado distraído como para sentir culpa, dijo Harry. –Nadie me avisó.
-Bueno, esta mañana notificaron a su madre. -Ron le ofreció un gesto de simpatía y se encogió de hombros-. No eres parte de la familia, ni amigo. Eres el que investigó su caso.
Harry frunció el ceño. -¿Cómo obtuviste toda esa información de los sanadores? A mí no me dijeron nada.
-¿Qué te puedo decir? Es mi encanto natural.
Harry tomó su capa del gancho. –Me voy.
-¿Ah, sí? –Dijo Ron-. Holdsworth se va a volver más loca que una dragona empollando si te vas sin avisarle. Supongo que tendré que inventar alguna excusa para sacarte del paso…
-Gracias, Ron, eres el mejor –dijo Harry, ignorando el sarcasmo y saliendo de la oficina. La voz de Ron se oyó, detrás de él.
-¡Me debes una, compañero!
Harry se encaminó directamente al atrio.
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Draco ya no estaba.
La bruja de la recepción tuvo que decírselo tres veces; debió pensar que Harry era especialmente lento, porque se había quedado parado, mirándola, mientras ella le sonreía pacientemente y repetía las palabras con alegría.
-El señor Malfoy firmó su alta alrededor de las once de esta mañana. ¿Puedo ayudarlo con algo más?
A las once, cinco horas atrás. Harry asintió, al final, y giró lentamente.
Regresó a la oficina. Siguió una pista del caso de la bruja de Staffordshire, que había sido vista cerca de un hospital y para cuando volvió a la oficina ya eran las seis y media de la tarde. Se tomó todo el tiempo para llenar el papeleo, ordenar su escritorio, tomar la capa del gancho –aunque casi estaban en verano y el clima no pedía capas extra-.
Harry sabía cuál era la razón de su tardanza.
Esperaba que Draco estuviera parado junto a la puerta de su departamento, pero sabía que no sucedería. Y cuanto más tardara, cuanto más permaneciera en la oficina, no tendría que enfrentarse con la realidad. Draco podía estar allí, o no –como el gato de Schrödinger-, pensó Harry, con una sonrisa torcida.
Se apareció en el recibidor del edificio, tomó las escaleras en lugar del ascensor. Primer piso, segundo piso, tercer piso, cuarto piso…quinto piso.
Llegó al pasillo: los departamentos eran semipisos, por lo que había solo dos puertas, la de la izquierda era la suya, la de la derecha, de su vecino.
En ninguna de las dos había visitantes esperando.
Harry sacó la llave de su bolsillo. Cada ruido se amplificaba en el pasillo vacío: el leve tintineo de las llaves, el roce del metal en la cerradura. La puerta se abrió, Harry entró y notó que el departamento estaba tal como lo había dejado, con las cortinas bien abiertas, que dejaban que el sol poniente inundara la estancia con una suave luz ámbar. Caminó de un cuarto vacío al otro. En el cuarto de huéspedes, sobre la mesa de luz, todavía se hallaba el medio vaso de agua.
Desde la sala de estar se oyó un ruido como de raspado. Harry salió del cuarto y se apresuró a abrir la puerta corrediza que conducía al balcón; una lechuza rascaba el vidrio y parecía molesta.
Narcissa.
Sus amigos sabían que no debían enviarle lechuzas a casa, pues si llegaran lechuzas constantemente, sin duda confundirían o molestarían a sus vecinos muggles. Las lechuzas, a la oficina; era su regla. Además de sus amigos, la única que conocía su dirección era Narcissa.
Su suposición fue correcta. Leyó la carta.
Querido Harry,
Gracias por todos tus esfuerzos para encontrar a mi hijo. Hablaré con tu Supervisor para elogiar tu trabajo,
Con mis mejores deseos,
Narcissa Malfoy.
Harry leyó la carta, una y otra vez. Nada. Una educada nota de agradecimiento, un educado adiós. Un elogio, como si él hubiese hecho todo lo que hizo por una palmada en la cabeza y un cumplido. Se sintió nauseoso, pero apenas la náusea empezó a menguar, surgió el enojo. Enojo porque nadie le aviso nada, enojo contra Narcissa -que claramente le otorgaba tan poca importancia que ni siquiera le había mencionado a Draco, ni dónde estaba, ni si estaba bien-.
Enojo también contra Astoria, que ni se había molestado en contactarlo. ¿Y, después de todo, por qué lo harían?
No eres parte de la familia, ni amigo. Eres el que investigó su caso.
En un ataque de ira que le nubló el entendimiento, Harry lanzó un puñado de polvos flú en la chimenea.
-Casa de Astoria Venn.
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Matthew lo saludó primero. Estaba sentaba sentado en un sofá mullido, junto al fuego, leyendo un periódico. Dio un salto y maldijo cuando Harry salió de entre las llamas.
-¡Mierda que me asustaste! ¡Te enseñé a manejar…! ¡Por todos los cielos! ¿Por qué tienen que andar saliendo de las chimeneas?
-Lo siento -dijo Harry, sin arrepentirse en absoluto-. ¿Está Astoria?
Matthew frunció el ceño. –Está acostando a Sophie. Escucha, si esto es por su exmarido, ha estado muy alterada últimamente. Tal vez deberían hablar mañana.
-No, quiero hablar hoy –dijo Harry, con firmeza. Matthew lo miró, y por un momento, Harry creyó que iba a pedirle que se fuera, pero el sonido de pasos y una voz cortaron la tensión.
-Harry -Astoria se hallaba junto a la puerta, con una expresión ensombrecida. Harry pensó que era probable que la bruja hubiera tenido un largo día -notando las ojeras-.
-Escuché que Draco despertó –dijo Harry, con un tono un tanto cortante.
-Perdona que no te mandé una lechuza -Astoria desvió la mirada.
-¿Dónde está?
Astoria hizo un ruido que podría haber sido una risa o un sollozo. -¿No lo sabes?
-No.
-Regresó a la mansión. –Astoria se quedó callada un momento-. ¡Merlín, fue horrible! Narcissa y yo tuvimos la peor de las peleas. Normalmente ni hubiésemos discutido, pero supongo que estábamos muy emocionadas. Me prometí a mí misma que iba a mantener la calma, pero no pude evitar el enojo. ¡Ya sé que es terrible pero, honestamente, pasaron tres años y mira lo que le hizo a su madre! Lo primero que le pregunté fue por qué. Entonces fue que llegó Narcissa, y fue horrible porque lloraba…nunca la había visto llorar…
-¿Qué dijo Draco? –Demandó Harry. Draco no había hablado de lo que pasó en esos tres años, y él tampoco se lo había preguntado…pero, después de todo este tiempo, si todo lo que hubiese tenido que hacer era preguntarle…
Astoria negó con la cabeza. –No lo sé. Creo que trató de decir algo unas cuantas veces, pero yo estaba un poco…estaba realmente enojada, trataba de hacerle preguntas. Narcissa también hablaba, le decía que él tenía que volver a su casa, a la mansión, y que todo iba a salir bien.
-¿Y entonces?
-Narcissa y yo discutimos. Draco todavía se veía mal, y yo le dije que debería quedarse en el hospital un día más, por lo menos. Narcissa insistía en que debía regresar a la mansión y hablaba de la calidad del cuidado. -Astoria exhaló con fuerza-. Honestamente, ella puede ser tan testaruda…
-¿Y, s-se fue? –Dijo Harry, tartamudeando levemente. Repitió lo que había dicho, con voz más firme-. Él se fue.
Astoria asintió. –Mientras discutíamos, se cambió de ropa, y cuando reapareció, Narcissa lo llevó a la recepción para firmar los papeles del alta… ¡Y se fue! ¡Me dejó allí, como si yo fuera un mueble o algo así!
Harry no replicó, se quedó mirando fijamente las llamas. Se fue. Draco se fue, volvió a la mansión.
Por supuesto, volvió a la mansión, ¿qué esperaba?
Le agradeció a Astoria por contarle todo lo que había pasado. Ella le ofreció té y él declinó.
Cuando regresó al departamento, por la red flú, vio la llave del Renault Mégane sobre la mesada. Bueno, por lo menos, Draco iba a tener que venir a buscarla. La tomó y la guardó en el cajón de su mesa de luz.
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Harry trató de distraerse con sus otros casos. Dos semanas después de que Draco despertara y regresara a la mansión, Harry cerró su noveno caso, el de la bruja de Staffordshire. Unas pocas semanas más y su período en la División de Investigación llegaría a su fin.
Esa noche, al llegar a su casa, encontró a Draco, esperándolo junto a la puerta del departamento.
Lucía…
Parecía el viejo Draco Malfoy: llevaba puesta ropa a medida y un conjunto de túnica negra, estaba prolijamente peinado y en la capa, portaba un broche dorado en forma de pequeña lechuza. Lo único que le faltaba era ese aire de leve desdén.
Harry intentó decir algo casual, sin importancia, pero la boca se le secó y lo único que le salió fue asentir, sacar las lleves del bolsillo y abrir la puerta.
-Malfoy –dijo, al final. Draco lo miró. Había algo en su expresión que le recordó a cuando estaban en sexto año: un dejo de tristeza escondido en la comisura de la boca, trazas de resignación en la mirada.
-Harry.
Harry giró rápidamente, fue a su cuarto y regresó con la llave en una mano. Draco la miró y no se movió.
-Tu llave –dijo Harry, extendiéndosela.
-Ya lo sé.
Ninguno se movió por un largo rato, luego Draco tomó la llave y miró las cajas que estaban sobre la mesa, con sus cosas correctamente guardadas. Sacó una varita –Harry supuso que era la de su madre-, y la movió en dirección a las cajas.
–Reducio-.
Las cajas se redujeron de tamaño hasta caber en sus bolsillos. Harry lo observó tomarlas y caminar hacia la puerta.
-Espera –dijo.
Draco hizo una pausa. Harry sacó una varita de su bolsillo y se la arrojó. Draco la atrapó con facilidad.
-Aquí tienes –dijo Harry, tratando de que su voz se oyera ligera-. No puedo darte un giratiempo, pero sí puedo darte tu varita.
Finalmente, Draco levantó la vista hacia Harry, antes de tocar el broche lechuza con su varita. Inmediatamente, el broche se curvó sobre sí mismo, se hizo más pequeño, y más pequeño, hasta hacerse una bolita, después se convirtió en plata y se formaron las alitas.
Un broche plateado con forma de snitch.
-¿Te vas, entonces? -Preguntó Harry, continuando con su intento porque su voz se oyera ligera.
-Sí. -Draco extendió la mano. Harry la miró, sin comprender, preguntándose si suponía que iba a estrecharla y a decirle adiós educadamente. Solo pensarlo le daba náuseas.
Después de un rato, Draco dejó caer la mano. Giró y salió, cerrando la puerta.
Harry se quedó parado en medio del departamento vacío. El sol ya estaba casi oculto, y la estancia se hallaba cubierta de sombras frías. Lentamente, metódicamente, se sirvió un trago de whiskey escocés y salió al balcón. Escuchó, pero esa noche no hubo canciones silbadas sobre el viento del sur y las luces de los trenes parecían aún más distantes.
Harry cerró los ojos y se inclinó sobre la baranda, para recordarse a sí mismo lo que sentía al volar.
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Al día siguiente, cuando llegó a la oficina, resolvió su décimo caso.
Fue fácil.
Sacó el expediente del cajón del escritorio, lo abrió en la primera página:
N° de caso: L10-332-5
Fecha: 10 de septiembre de 2.003
Clasificación: Desaparecido
Apellido y nombre: MALFOY, Draco
Otros nombres: No
Dio vuelta la página lentamente. La fotografía de Draco le sonrió. No recordaba que Draco hubiera sonreído en esa fotografía –siempre le había parecido tan serio y solemne-, pero ahora le sonrió, una sonrisa suave pero presente.
Harry dio vuelta la página, cubriendo la fotografía con una hoja de pergamino limpia, después tocó la página en blanco con su varita:
-Caso Cerrado. -Dijo y las palabras cayeron, pesadas. Con lentitud, aparecieron, cruzando el pergamino, haciéndose eco de la declaración: Caso cerrado.
Bajo esas dos palabras, aparecieron más:
Motivo: Sujeto localizado.
Y dos más:
Estado: Vivo.
Con eso, el expediente se cerró como un ave plegando sus alas.
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Esa noche, cuando llegó a casa, finalmente tiró el agua que contenía el vaso que estaba sobre la mesa de luz, lo lavó, lo enjuagó, lo secó y lo guardó. Cambió la ropa de cama.
Era como si Draco nunca hubiese estado allí.
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El primer día del verano, Harry recibió el ascenso a Jefe de los Aurores. Williamson, sonreía complacida, sentada con los otros dos Jefes de División, uno a cada lado, asintiendo y sonriendo.
-…muy complacida con tu trabajo de investigación, Potter. –Decía Williamson, pero él solamente pensaba en la manera en que ella dijo 'trabajo de investigación', como si fuera un juego, algo para pasar el tiempo o para usar como ejercicio de entrenamiento.
Sin embargo, no lo era: era la vida de esas personas, familiares desaparecidos, amigos, gente desesperada por saber de ellos. 'Tres años, susurró la voz de Astoria, y uno nunca deja de buscar.' Personas tratando de volver a casa, porque el regreso, muchas veces es el viaje más difícil que jamás harán.
-¿Puedo seguir trabajando en la División de Investigación? –Preguntó Harry, de pronto. Williamson hizo una pausa en medio de una frase y lo miró con sorpresa.
-Bueno, no. Tus deberes como Jefe de Aurores serán lo suficientemente demandantes, serás responsable de coordinar proyectos y-
-¿Y si me quedo dónde estoy?
Williamson intercambió una mirada con sus colegas.
-No puedes quedarte donde estás, eres el Jefe de los Aurores.
-Todavía no.
Williamson no dijo nada por un momento. –Esta es una decisión seria, es mejor que la tomes sin apresurarte. Tal vez deberías tomarte algunos días para considerar el ofrecimiento.
-Quiero quedarme en la División de Investigación. -Harry hizo una pausa-. Tal vez, hasta pedir el traslado.
Williamson tosió. -Potter, te sugiero que prestes atención a mi recomendación y te tomes unos días para pensarlo. No tomes decisiones de las que puedas arrepentirte más tarde.
-No. –Harry estaba cansado de que los demás le dijeran qué hacer. ¿Para qué sentarse en una caja y dejar que otro te lleve? – Continuaré con mi trabajo de investigación, y si eso significa rechazar el ascenso, está bien.
-Mire, usted es uno de nuestros mejores Aurores – dijo, de pronto, el hombre sentado a la derecha de Williamson-, tiene un historial espectacular, ha tenido parte en la captura de la mitad de los mortífagos, por lo menos-
-Hace tres años que capturé al último. –Dijo Harry, cortante-. Fue Lucius Malfoy, quien murió en custodia, y extrañamente, eso no me supo a victoria.
-La División de Aurores ciertamente, se ha reducido, ahora que la guerra pasó. Sin embargo, eso no significa que tu trabajo sea menos importante. –Dijo Williamson, con firmeza.
Si no le produjera tanta amargura, Harry sonreiría. –En el último trabajo que hice antes de pasar a Investigación, me pasé una semana –toda la semana-, sirviendo como un guardaespaldas de lujo para el Ministro. Parado en uniforme de gala, jugando con mis pulgares.
-Como Jefe de Aurores –dijo Williamson-, podrás delegar ese tipo de tareas.
-¿Delegar? ¿En verdad me está ofreciendo 'delegar' como un beneficio de la promoción? ¡Guau, qué maravilla! Siempre quise que mis decisiones se basaran en el poder potencial que tendría sobre los demás. -Harry rió.
Williamson dio un respingo, pero se recuperó rápidamente. –Vamos a volver a reunirnos al final de la semana –dijo, cortante-. Potter, ¿por qué no te tomas el resto de la semana?
Harry se tragó la respuesta y se puso de pie. –Los veré el lunes –dijo. Todos asintieron y lo despidieron, incómodos.
Harry tomó el tren. El primer día del verano florecía en una tarde perezosa: las parejas caminaban lentamente por la calle Regent, mirando vidrieras, y hasta las multitudes arrolladoras de la calle Oxford parecían menos apuradas de lo usual.
Harry contempló los trenes: siempre llevándose a la gente y siempre trayéndola de vuelta.
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Cuatro días más tarde, el 5 de junio, Draco regresó.
Domingo.
El verano llegó y se acomodó como una capa cálida sobre la ciudad, creando una larga tarde soleada.
Harry, parado en el balcón, contemplaba a la gente que pasaba, a los niños con sus helados y a los padres caminando con ellos. Lentamente, el sol empezó a ponerse, una luz clara y brillante sobre el horizonte azul. Una sola nube, leve como semillas de diente de león, se desintegraba cruzando el cielo.
Harry entró, puso el vaso vacío sobre la mesada, sacó hielo del refrigerador y puso unos cubitos en el vaso, escuchando el sonido contra el vidrio. Sirvió el ron, del color de la miel, sobre el hielo, interrumpiéndose cuando oyó un golpe en la puerta. Apoyó la botella y cruzó la sala, casi esperando una visita sorpresa de Ginny, y abrió la puerta.
Allí estaba Draco Malfoy.
-Ah –dijo Harry.
Draco lo miró. Lucía como la última vez que se encontraron: túnica formal y apariencia impecable. Harry esperaba la frialdad, la ceja levantada y la mueca leve, pero Draco entró sin más, como si fuera su casa. Se desabrochó la capa y la arrojó sobre la mesada de la cocina. Hubo algo tranquilizador en la manera en que lo hizo: como si se quitara una máscara que utilizaba con todos, menos con Harry.
-¿Vamos a dar una vuelta? -Dijo Draco, como si se tratara de una invitación casual, como si él viniera a hacer ese tipo de preguntas todo el tiempo, como si fuera una rutina entre los dos.
-Bueno -dijo Harry-.
Había una especie de energía nerviosa alrededor de Draco, iba y venía, pasando la mano por el borde de la mesada. Harry pensó que le recordaba a un buscador a punto de lanzarse a atrapar la snitch, y él haría lo que fuera para evitar que Draco desapareciera en el aire.
O, al menos, no desparecería sin él.
Caminaron juntos hasta el Renault. Harry creyó que Draco escogería el asiento del conductor, pero para su sorpresa, se sentó del lado del pasajero y abrió la guantera para sacar el atlas de rutas. Harry se sentó en el asiento del conductor.
-¿A dónde vamos? –Preguntó.
Draco sonrió suavemente, como si algo le divirtiera secretamente.
-¿Qué? –Dijo Harry, frunciendo el ceño.
-¿No cumples tus promesas, Potter?
-¿Sí? – Dijo, Harry, desconcertado.
-Vamos a Dover, entonces.
Harry miró hacia otro lado, incapaz de esconder la sonrisa y encendió el motor.
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Les tomó casi una hora salir de Londres, pero pronto estuvieron levantando velocidad por la autopista M2. Draco hablaba solo para dar indicaciones y Harry las obedecía sin decir nada. Siguieron las líneas de las tierras: las curvas de las amplias autopistas, las carreteras más pequeñas, las angostas arterias que se internaban en el campo y convergían en una y otra pequeña parroquia, y después volvían a abrirse. Manejaron bordeando un río por un largo rato; Harry preguntó cuál era su nombre.
-Es el río Medway -respondió Draco, con una mano apoyada levemente en el atlas-. Desemboca en el Támesis y, eventualmente, en el Mar del Norte.
Todos los ríos llevan al mar. Harry no recordaba dónde había oído esa frase.
Se detuvieron en Gillingham, para cargar combustible. Draco, enfrascado en la ruta de la próxima parte del viaje, le alcanzó su tarjeta de crédito a Harry.
-¿Qué es esto? -Preguntó Harry, desconcertado.
-Bueno, verás Potter, hubo un maravilloso invento muggle en los sesenta, llamado tarjeta-
-Sé lo que es -dijo Harry, poniendo los ojos en blanco-. Es que…¿por qué tú tienes una?
-Las tiendas muggles tienden a rechazar los galeones -dijo Draco, encogiéndose de hombros-. Es la manera más fácil de comprar combustible.
Las maravillas, pensó Harry, nunca se acaban.
Siguieron manejando en una noche sin fin. Las nubes se acumulaban en el cielo, ensombreciendo a la luna, y alrededor de la medianoche, comenzó a lloviznar. Era algo casi hipnotizante: Harry contemplaba la lluvia plateada, iluminada por las luces del automóvil, imaginándose miles de diseños diferentes. Draco permanecía en silencio, y varias veces, Harry creyó que se había dormido. Sin embargo, cada vez que lo miraba, veía cómo la luz se reflejaba en los ojos de Draco que miraban hacia adelante.
Tomaron una ruta serpenteante hacia Dover, dejando atrás la autopista para adentrarse en el tejido de las rutas costeras, por lo que el relativamente corto viaje se transformó en un viaje largo. Alcanzaron Margate a la medianoche, Dover estaba a una hora de distancia, calculó Harry -comenzando a sentir el cansancio-. Al parecer, Draco lo notó, porque le dijo que se detuviera y cambiaron lugares.
Harry no recordaba haberse quedado dormido, pero cuando despertó, las luces de Margate ya habían desaparecido hacía rato, los campos negros como tinta los rodeaban y no había ningún automóvil a la vista.
-¿Dónde estamos? -murmuró, adormilado.
-En ningún lado. Vuelve a dormirte.
Harry se durmió.
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Llegaron a Dover a la una de la mañana.
Harry despertó cuando el motor se paró. Habían estacionado en el faro y era el único vehículo en el ventoso estacionamiento.
Draco abrió su puerta y Harry hizo lo mismo. Pisaron la grava al mismo tiempo y oyeron cómo crujía contras sus zapatos. El viento golpeó el cabello de Harry como una ola; él sonrió y cerró la puerta del lado del pasajero. Un segundo más tarde, se oyó el eco de la puerta del conductor.
Partieron, cruzando el estacionamiento, pasaron el faro -la pared curva relucía blanca, a la luz de la luna- que rápidamente quedó a la distancia mientras ellos caminaron y caminaron, y caminaron, hasta que la tierra bajo sus pies se tornó blanda y verde, y los blancos acantilados se elevaron en la oscuridad como fantasmas. Harry se sentó en el borde de un peñasco, escuchando las olas y mirando a Draco -que le daba la espalda y contemplaba el mar-. La luna, tapada por las nubes, aportaba muy poca luz.
-Ella la vendió -dijo Draco.
-¿Qué vendió? -Preguntó Harry.
Hubo un largo silencio.
-Vendió mi casa -dijo Draco, y su voz se quebró. Harry notó que el largo silencio se debió a que Draco trataba de recomponerse.
-Vendió mi casa.
La casa Draco en Devon, recordó Harry, con un repentino dolor. Narcissa la vendió, y también todos los muebles; lo único que quedó de sus posesiones fueron cuatro cajas pequeñas y prolijas, guardadas en la mansión durante años.
Hubo otro largo silencio, y Draco volvió a hablar, sin mirar a Harry.
-Me dijo que puedo quedarme en la mansión tanto tiempo como quiera, por supuesto -su voz, tan suave hasta ahora, de pronto se elevó con enojo reprimido-. Ya me fui, una vez. ¿No es suficiente? ¡Merlín, no soporto estar allí! ¡No soporto que ella se aferre a mí! -Draco se interrumpió, abruptamente y, finalmente, se giró para enfrentar a Harry-. Astoria es peor, demandando explicaciones. Quiere respuestas que no tengo. Mi madre quiere que le dé una seguridad que no puedo darle. Todos quieren algo, pero ya no tengo nada para dar.
Harry permaneció en silencio. La escasa luz de la luna hacía poco por mostrarle la expresión de Draco, así que Harry miró hacia otro lado, inclinando la cabeza para oír mejor el bramido de las olas al pie de los acantilados. Conocía muy bien ese sentimiento y la sensación de la empatía le corría por las venas, bajo la piel. La gente siempre quería algo, lo quería todo. Durante la guerra, ese sentimiento lo había perseguido, como un dementor distante, amenazando sus pensamientos y ensombreciendo sus días con dudas y miserias. Pero la peor parte, era saber que no querían al verdadero Harry. Querían a la máscara, al de los brillos falsos. Querían una persona normal, segura de sí misma, que sabía qué hacer. Dinos -decían, exigiendo sin palabras-, dinos que estás perfectamente bien.
-¿Sabes? -Dijo Harry-. No tengo ni la menor idea de qué es lo que estoy haciendo.
Draco lo miró fijamente. -Potter -dijo, eventualmente-, eso no es exactamente tranquilizador.
-No tiene por qué serlo. No tengo ni idea de lo que estoy haciendo y tú tampoco tienes ni la menor idea de lo que estás haciendo-. Harry se encogió de hombros-. No importa.
Draco lo pensó. -No tengo ningún plan -dijo.
-Está bien.
-No sé adonde voy.
-Nos trajiste hasta Dover ¿no? Y mañana vas a llevarnos a otro sitio. A cualquier parte, a donde quieras.
Draco se quedó en silencio.
Se quedaron allí hasta que el amanecer comenzó a teñir levemente el cielo.
Xxxxxxxxx Dulzura Letal, 21 de diciembre de 2015 xxxxxxxxxxxxxxxx
