Lucy se despertó a la mañana siguiente con el ajetreo de los sirvientes. A pesar de la temprana hora, Levy ya había preparado el desayuno y esperaba para ayudarla a vestirse. Enseguida le eligió un vestido verde oscuro con una estola de un verde más claro como complemento y, en lugar de cinturón, le puso una cadena. Ella mima le colocó la cadenita cruzada sobre los pechos y alrededor del cuello.

—Laxus Dreyar no podrá quitarle los ojos de encima —le dijo la muchacha.

—Dudo que vaya a verlo siquiera. Tiene muchas cosas que hacer, sobre todo después de los problemas de ayer. Seguramente ya se haya marchado.

No obstante, Lucy fue en su busca en cuanto pudo, pues quería explicarle que el encuentro que habían tenido en el pasillo la noche anterior había sido un error sin duda provocado por los influjos de la luna. La apuesta seguía en pie.

Acompañada de Korina, Lucy fue al dormitorio de enfrente y llamó a la puerta. No hubo respuesta. Si entraba sin permiso, Laxus diría que había ido en busca de sus besos, cuando lo que en realidad quería era asegurarse de que comprendía lo que había pasado.

Fue Korina la que empujó la puerta hasta que se abrió.

No había nadie.

Lucy entró de puntillas y miró a su alrededor, dejándose empapar por la presencia de Laxus, tan presente en la habitación y en todos sus objetos. No pudo evitar recordar lo que había sentido al besarlo y la extraña frustración al volver sola a la cama.

Finalmente cerró la puerta y salió al pasillo camino del comedor. Antes de llegar allí se encontró con Laxus, con la toga sobre el hombro. Korina ladró de alegría al verlo y corrió a saludarlo, echándose encima de él.

—Korina —la reprendió Lucy por temor a que Laxus se enfadara como se habrían enfadado su padre o su hermano si la perra les hubiese puesto las patas encima—. Ven aquí.

—Está bien —dijo él—. Había olvidado la alegría que da tener un perro en la casa.

Lucy sonrió con cierta intranquilidad. Verlo así tan de repente no hacía más que dificultar aún más las cosas. Al verlo acariciar a Korina se dio cuenta de que movía el brazo con dificultad, aunque de no saber que le habían hecho daño el día anterior seguramente ni lo habría notado.

—¿Tienes el brazo mejor? —le preguntó con la esperanza de que eso la distrajera.

—Mucho mejor —Laxus hizo una pausa como si fuera a decir algo más, pero continuó acariciando a la perra—. Levy puede cuidar de Korina hoy —añadió después.

—¿Levy? Había pensado llevármela a casa de mi padre.

—¿Te espera él?

—No —admitió Lucy—. Había pensado ir a ver cómo se estaban arreglando Lisanna y él.

—Tú visita tendrá que esperar hasta más tarde. Tengo planes para ti. Quiero que vengas conmigo al almacén. Si tenemos tiempo después, iremos juntos a visitar a tu padre.

Lucy lo miró con cierto pesar. Quería ver el almacén, pero le habría gustado que le permitiera elegir.

—¿Por qué hoy?

—Anoche te quejas de que no te había mantenido informada, así que he cambiado mis planes para hoy con el fin de llevarte a que veas lo que está pasando en la casa Lupan. La primera vez que nos vimos dijiste que te interesaba más los negocios que hilar.

—Así es —confirmó Lucy tratando de ocultar la alegría que le provocaba que hubiera recordado su comentario.

Tenía que asegurarse de que controlaba sus emociones y su cuerpo antes de subirse a una litera con él. El beso de la noche anterior la había afectado más de lo que había creído. Era una locura.

—¿Hay algún problema? ¿Qué otra cosa tenías pensada además de visitar a tu padre? ¿Quizá hilar un rato? —añadió sarcasmo.

—No había pensado nada —tenía que ir con él o admitir el verdadero motivo por el que sentía ciertas reticencia a acompañarlo.

—Si quieres admitir tu derrota en la apuesta, sólo tienes que decirlo. Uno puede rendirse con honor.

—No tengo intención de rendirme. Un beso no significa nada. Fue culpa de la luna. Hoy soy completamente inmune.

—Como tú digas —le dijo con un extraño brillo en los ojos—. Pero lo niegas con demasiado fervor.

—Es sólo porque me provocas —dio un paso atrás. Lo cierto era que estaba impaciente por volver a sentir sus labios.

—La provocación puede ser muy divertida, pero me temo que no hay tiempo para eso. Debemos marchamos. ¿Vamos en la litera? —le preguntó en un tono que daba a entender que sabía perfectamente el miedo que le tenía a la intimidad de aquel método de transporte—. Parece que el otro día te gustó mucho.

—¡No! —exclamó Lucy antes de poder controlarse—. Quiero decir que prefiero ver el barrio y los puestos del mercado.

—Te advierto de que es un largo camino, el almacén está junto al río.

—Estoy preparada. Además, las calles deben de estar llenas de gente.

—Claro, no queremos quedar atrapados otra vez... entre la multitud.

A Lucy le preocupaba que Laxus adivinase lo que sentía con tanta facilidad. No obstante, se colocó la estola sobre los hombros y lo miró, desafiándolo a decir una palabra.

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—Como te prometí, las oficinas centrales de la casa Lupan y el almacén incendiado —anunció Laxus ante la estructura carbonizada del edificio junto al que, efectivamente, se encontraban las oficinas—. Tenía pensado haberte traído ayer, pero otros asuntos más urgentes requirieron mi atención.

—Lo comprendo —ahora que veía magnitud del proyecto y la cantidad de gente que había ya trabajando en él, entendió la importancia de tener bajo control cualquier posible altercado y por qué podía estar preocupado por su bienestar—. Hiciste lo que debías, aunque ayer no opinara lo mismo.

—Gracias —le tomó la mano y se la llevó a los labios.

El roce de su boca le provocó un escalofrío que hizo que retirara la mano rápidamente.

—Es impresionante. El carbón apenas se ha enfriado y ya tienes todo el material para reconstruir el edificio. Normalmente se tarda mucho en reunir a la gente necesaria.

—Si se sabe dónde buscar y se está dispuesto a pagar un sueldo honrado, se puede encontrar la gente adecuada.

Le puso una mano en la espalda para guiarla hacia el otro lado de las ruinas. Lucy se esforzó en mantenerse recta y no dejarse llevar por la tentación de apoyar la cabeza en su pecho.

—¿Cómo afecta al negocio la pérdida del almacén? —le preguntó para ocultar su confusión.

—Según los augures, el fuego a limpiado el lugar de demonios y maldiciones.

—Olvídate de los sacerdotes y dime la verdad.

Laxus abrió la boca y luego volvió a cerrarla. Lucy esperó varios segundos hasta que por fin respondió con un tono de voz diferente, serio pero con un toque de respeto.

—A estas alturas del año necesitamos hasta el último rincón para almacenar el género —comenzó a decir—. En los meses de invierno, sólo podemos navegar a zonas cercanas, pero tenemos que estar preparados para cuando cambian los vientos y podemos zarpar hacia Cirene y Alejandría. El primer barco que llega con grano hace una fortuna.

—¿Alejandría es tan exótica como dicen? —preguntó Lucy con la curiosidad que siempre había sentido por Egipto.

—El faro que orienta a los barcos es una de las maravillas del mundo. Deberíamos ir alguna vez. ¿Has viajado mucho?

—No, sólo al norte de Italia. Dicen que Egipto es otro mundo.

—Lo es, pero Roma también es un lugar magnífico —añadió sonriendo—. El sonido de las trompetas al amanecer y la carrera del grano, cuando todos los barcos recorren el mar para ver quién es el primero que llega a Roma a descargar la cosecha de ese año.

—He oído que tú has ganado varias veces.

—Los tres últimos años los dioses han favorecido a la casa Lupan. El año pasado llegamos más de una hora antes que cualquiera de los barcos de Orga.

Lucy vio la nostalgia en sus ojos.

—¿Echas de menos los viajes?

—El mar puede ser muy ingrato —dijo con cierta tristeza—. Demasiados amigos y compañeros han acabado con Neptuno y su corte.

—Pero se fueron haciendo lo que amaban —no eran las palabras más adecuadas, pero Lucy había querido decir algo para hacerle ver que lo comprendía.

Laxus se acercó y le puso la mano en la mejilla. Sus labios estaban a sólo unos centímetros. ¿Cómo iba a mantenerse distante cuando el mero roce de sus manos provocaba un verdadero fuego en su interior?

Se apartó de su lado y cambió de tema para alejarse de las cuestiones más personales. Hablaron sobre los planes de construcción del almacén y otros asuntos relacionados con el trabajo, pero su mente volvía una y otra vez al modo en que su cuerpo había reaccionado la noche anterior. Aquel beso significaba que sólo quedaban dos y después habría perdido la apuesta. Seguiría siendo una Dreyar y no volvería a ser una Heartfilia.

Lucy observó en silencio mientras Laxus hablaba con unos y con otros que acudían a hacerle preguntas en diferentes idiomas.

A cada uno de ellos, Laxus le respondía en el idioma que correspondía, ya fuera en griego o en arameo.

—No sabía que hablaras tantas lenguas —le dijo cuando se hubo marchado el último.

—Hay marineros de todos los rincones del mundo. Aprender idiomas ayuda a pasar el rato y es muy útil en las negociaciones.

—Ahora comprendo por qué cobras unos precios tan altos.

—Pero, si Neptuno lo permite, mis cargamentos siempre llegan a su destino, que es más de lo que puede decirse de muchos.

—Lisanna me dijo que el liquamen de Natsu se ha entregado por fin en Corinto.

—Eso quiere decir que tu hermano ha tenido mucha suerte. No todos los envíos de Orga llegan a su destino tan fácilmente.

—Lo sé, pero al menos ahora Lisanna estará tranquila. No quise decírselo para que no se preocupara estando embarazada. Perdió a su primer bebé.

—No lo sabía.

—Ese fue el motivo por el que Natsu contrajo tantas deudas de juego —Lucy respiró hondo y se dispuso a darle la explicación que merecía—. Por eso vendí el vino de Falerno, tenía que encontrar la manera de salvarlo. Mi padre estaba enfermo y la noticia de las deudas de Natsu lo habría matado.

—Vendiste el vino por tu hermano —se distinguía una cierta incredulidad en la voz de Laxus.

—Y por mi padre. ¿Qué otra cosa podía hacer? —preguntó con frustración—. Tenía que salvar el honor de la familia. Mi padre habría muerto su hubiera perdido su lugar en el senado.

—Comprendo que pensaras que era eso lo que debías hacer.

Su mirada se clavó en los ojos de Lucy y permanecieron así varios segundos. Fue ella la primera en apartar la vista. Estaba peligrosamente cerca de sentir algo por Laxus. Debía recordar que no era mejor que Orga o muchos otros mercaderes. Había hecho que aceptar aquel matrimonio de manera forzosa y la mantendría en él del mismo modo.

—¿Has descubierto la identidad del hombre que nos atacó la otra noche?

—Está todo arreglado. ¿Por qué?

—Sólo me lo preguntaba.

—No tienes por qué preocuparte. No volverá a molestarte —declaró con total certeza—. Ahora deja que te enseñe mi rincón preferido de Roma.

Laxus la llevó a un pequeño despacho que había a un lado del almacén. El olor a humo era inconfundible, pero allí no parecía haberse quemado nada y era una suerte porque estaba todo lleno de rollos de papiro y tablillas. Era el tipo de habitación en que Lucy sabía que podría pasar horas y horas felizmente, un lugar para escribir, leer y pensar. Y todo estaba muy ordenado, las tablillas escritas con una caligrafía clara y correcta, la de Laxus. Nada que ver con el caos que reinaba en el estudio de su padre, donde era imposible encontrar nada.

—No me extraña que te guste tanto, es precioso —dijo mirando por la ventana, desde la que se veía el río Tíber y las barcazas que navegaban por él.

—Tuvimos mucha suerte de que el fuego no alcanzara este despacho, se habría perdido algo más que unas ánforas de aceite —dijo sonriendo con agradecimiento—. Lo cierto es que suelo tener suerte en los negocios.

—¿Eres afortunado?

—Me gusta pensar que sí —respondió con voz baja y misteriosa, como si tuviera un segundo significado.

De pronto Lucy sintió que la habitación menguaba y que sí alguno de los dos daba un solo paso, acabarían tocándose. Así que se volvió hacia el pequeño altar y colocó las figurillas que representaban a Mercurio, Neptuno y Minerva.

—¿Por qué tienes aquí tantas cosas? Habría imaginado que preferías trabajar en casa.

—La casa es para recibir a aquéllos a los que hay que impresionar, pero aquí estoy más accesible —respondió despacio, observándola detenidamente con una sonrisa en los labios como si, una vez más, supiera de su nerviosismo—. el corazón del negocio está aquí, en los muelles y los almacenes.

Lucy dejó en su lugar la figurita de Mercurio. No eran necesarios augures o adivinos para interpretar sus palabras; Laxus trataba de decirle que tenía intención de mantener aquellas dos vidas separadas. La villa, lugar al que ella pertenecía siempre sería el segundo en importancia, pues si vida y su felicidad estaban realmente allí. Era evidente que allí, en el trabajo, no necesitaba ayuda, todo estaba perfectamente organizado. No imaginaba a Laxus recurriendo a ella en busca de ayuda o de consejo.

Odiaba ver confirmados sus temores. Para él, ella no tenía más valor que una estatua cara, una pieza más de la colección de arte que había mencionado el viejo senador de los baños. Y, al igual que la estatua, iba a mantenerla bajo llave para exhibirla sólo en ciertas ocasiones. Había visto otros casos parecidos, pero nunca habría pensado que le pasaría a ella.

—Lo comprendo.

Laxus no respondió, pero todo su cuerpo adoptó de pronto una posición de alerta. Miró al reloj de agua y asintió. Lucy abrió la boca para preguntarle qué pasaba, pero él la calló con un gesto.

—Va a ver —se oyó una voz estridente—. Voy a decirle un par de cosas.

La puerta se abrió de golpe y al otro lado apareció Orga, con rostro sonrojado, y otros dos hombres. Lucy se quedó sin aliento cuando vio que uno de ellos era el mismo que los había atacado dos noches antes en el templo. Reconoció la cicatriz de su rostro, aunque ahora tenía un ojo amoratado y casi cerrado. Estuvo a punto de hablar, pero la mirada de advertencia de Laxus se lo impidió.

—Adelante, viejo amigo —Laxus se acercó a saludar a Orga.

Le alegró ver que Lucy se había quedado junto a la ventana. A la espalda de Orga, uno de los nietos de Precht hizo una V con los dedos para indicarle que había cinco hombres. Los otros estarían abajo, esperando una orden para atacar. Laxus inclinó la cabeza, pero el nieto de Precht negó con la cabeza; no había más hombres, sólo cinco. Todo iba según lo planeado.

Laxus esperaba la visita, pero no podría haber sabido si pretendía atacar. El hecho de que hubiera llevado sólo cinco hombres significaba que Orga sabía que no tenía ningún derecho legítimo sobre ese cargamento. La visita no era pues más que un alarde de su fuerza, con la esperanza seguramente de intimidarlo. Muchos otros lo habían intentado y habían fracasado. Orga no conseguiría nada.

—Esperaba encontrarte en tu casa —dijo Orga.

—Estaba enseñándole a mi mujer el esplendor de la casa Lupan.

Orga se volvió hacia ella de golpe y la saludó con un rígido movimiento de cabeza. Lucy respondió del mismo modo, sin el menor atisbo de sorpresa o de miedo. Laxus se sintió orgulloso de su porte. Muchas mujeres se habrían puesto histéricas al ver abrirse la puerta de ese modo. Ese riesgo era una de las razones por las que la había llevado allí aquel día, para que no estuviera sola en la casa en caso de que Orga decidiese atacar allí.

—Ayer tus hombres obstaculizaron un envío de aceite de oliva —declaró Orga con rabia—. Lo tomaron de uno de mis barcos. Se subieron a él sin permiso, comportándose como piratas.

—Ya no hay piratas en Roma, amigo mío. Como a mi mujer le gusta recordarme, el general Pompeyo se encargó de que no los hubiera.

Orga palideció y Laxus se preguntó una vez más quién lo protegía, cómo era posible que aún no hubiese acabado crucificado. Pompeyo lo había perdonado, pero seguía comportándose del mismo modo.

—Quiero que me lo devuelvas. Hasta la última gota —acompañó la exigencia con un puñetazo en la pared—. No tenías derecho a abordar uno de mis barcos.

—¿Ni siquiera para recuperar un cargamento que era mío? Tus hombres debieron cometer un error y cargaron un género que era mío.

—Exijo un resarcimiento.

—Me temo que eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque el cargamento llevaba mi sello —Laxus se quedó mirándolo frente a frente con las manos en la espalda—. El sello que hay en las ánforas es el mío. Tardamos horas en subsanar el error.

—Mi capitán no está de acuerdo.

Laxus miró al hombre que tenía el ojo morado y la mandíbula inflamada.

—Tenéis nuestras ánforas aquí, escondidas en alguna parte —gruñó aquel individuo.

«Y tú atacaste a mi mujer». Laxus consiguió no pronunciar aquellas palabras, pues no quería preocupar más a Lucy hasta que supiera el motivo por el que Orga había puesto en marcha aquella campana contra él. En cuanto hubiese ganado su lugar en el senado, se la llevaría a Alejandría y se lo contaría todo, pero por el momento tendría que mantenerla a salvo.

Laxus respiró hondo y esperó a que Orga exigiera inspeccionar el lugar.

—Por supuesto pueden inspeccionar el lugar si lo desean —estalló Lucy con los ojos llenos de ira—. Laxus Dreyar no esconde nada. Si dice que hubo un error, está claro que eso fue lo que pasó. Pueden registrarlo todo.

—¿Estás de acuerdo? —le preguntó Orga con incredulidad.

Laxus resistió la tentación de besar a Lucy. Su intervención había sido perfecta.

—Como bien dice mi esposa, no tengo nada que ocultar. Mis hombres le mostrarán a su capitán cualquier lugar que quiera inspeccionar.

Mientras su capitán registraba el lugar, Laxus le ofreció a Orga un vaso de vino dando por hecho que aprovecharía el momento para declararle la guerra. La conversación giró en torno al precio de la salsa de pescado y la necesidad de chantajes cuando trabajaban en Alejandría. Para deleite de Laxus, Lucy hizo varios comentarios brillantes sobre las rutas de comercio y los potenciales problemas de cada una de ellas.

—Parece que tu mujer sabe más de lo que le conviene sobre este negocio.

—Los consejos de una esposa valen más que la seda o el oro —respondió Laxus.

Lucy apuró su vaso de vino sin dejar de escuchar la conversación. Era evidente que detrás de aquella charla había mucho más de lo que se podría pensar a simple vista. No podía evitar tener la sospecha de que Laxus había esperado la visita de Orga y había querido que ella estuviera allí por algún motivo.

Justo cuando el tema de conversación se acercaba peligrosamente al aceite de oliva aparecieron los hombres de Orga y le dijeron algo al oído que le descompuso la cara.

—Por lo visto tenías razón, Laxus Dreyar, siento haberte hecho perder el tiempo.

parece que tienes algún tipo de problema con los cargamentos, Orga —dijo Lucy, disfrutando de la reacción del mercader—. Primero la salsa de pescado y ahora el aceite de oliva.

—Sí, eso fue debido a un pequeño error de uno de mis empleados —la actitud de Orga había cambiado por completo—. Espero que el aceite de oliva aparezca tan fácilmente.

—Una cosa más antes de que te vayas, Orga —le dijo Laxus—. La próxima vez que envíes a tus hombres de compras, diles que eviten mis barcos y mi mercancía, así todo será más sencillo.

Orga le lanzó una mirada de odio, pero no dijo nada. Se dio media vuelta y se marchó. Lucy soltó el aire que había estado conteniendo y dejó el vaso sobre la mesa. Habría querido correr a abrazar a Laxus, pero la apuesta seguía en pie.

—¿Has visto al hombre que iba con Orga? —le preguntó en cuanto estuvieron solos—. Es el mismo que nos atacó la otra noche. Estoy completamente segura.

Laxus fue hacia la ventana y maldijo entre dientes. Lucy se pregunto si había hecho algo mal.

—Esperaba que no te hubieras dado cuenta dijo en voz baja.

—Lo sabías.

Sabía que era él cuando nos atacó la otra noche —se volvió a mirarla con tristeza—. Pero ya he ajustado las cuentas con él.

De ahí el ojo morado y la mandíbula hinchada… Y las magulladuras de Laxus de la noche anterior. ¿Lo habría hecho por ella? No, eso era imposible, seguramente lo había hecho tan sólo para proteger su honor.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—¿De qué habría servido? —volvió a girarse hacia la ventana, dándole la espalda—. Te habrías asustado inútilmente. Pero no te preocupes, ahora ese tipo ya sabe lo que les pasa a los que se atreven a meterse con el Lobo de Mar y seguro que la historia se extenderá por el foro en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Por qué te llaman Lobo de Mar?

—Lo elegí cuando empecé en este negocio, en honor a mi antepasado Rómulo, que fue amamantado por una loba y fundó Roma. Me servía para recordar todo lo que había perdido mi familia.

—Entonces no tiene nada que ver con la piratería.

Laxus la miró con una gran sonrisa que lo hizo parecer más joven.

—Me precio de ser un hombre íntegro. Lo único que Sila no pudo quitarle a mi familia fue nuestra integridad. Conmigo cualquiera podría jugar al micatio en la oscuridad.

Micatio, o pared y nones, era uno de los pocos juegos que los romanos podían jugar en la calle. Requería velocidad, ingenio y la habilidad de interpretar el lenguaje corporal del adversario para intentar adivinar el número de dedos que sacaría. Por lo tanto, uno sólo jugaría al micatio en la oscuridad con alguien de completa integridad.

Lucy se acercó a Laxus, aún se podía ver la tensión en sus músculos.

—Es extraño, yo pensé que Orga tenía reputación de hombre honesto.

—Yo desde luego jamás jugaría a oscuras al micatio con él. De hecho, me parece increíble que tu padre siga haciendo negocios con él.

—Sin embargo, en contra de lo que tú predijiste la primera vez que nos vimos, la salsa de pescado de Natsu ha llegado a su destino.

—Eres increíble —dijo agarrándole la barbilla suavemente y obligándola a levantar la vista hacia él—. Por algún motivo, a Orga le ha convenido entregar ese liquamen, pero estoy seguro de que hay algo detrás de esa entrega.

—¿Tú crees? —preguntó Lucy, consciente de que su voz se había tornado grave, casi un susurro. No podía apartar los ojos de él, de la cicatriz de su mejilla, de su pelo alborotado. Debía moverse, pero no podía.

—Me he sentido muy orgulloso de ti —dijo acariciándole la cara con la respiración—. Esperaba que nuestro amigo del templo no pudiera andar. La última vez que lo vi se arrastraba y llamaba a su madre a gritos. Quizá debería haberte avisado, pero no quería preocuparte. Sólo pretendía protegerte.

Lucy se mordió el labio inferior. Deseaba estar enfadada con él, pero lo cierto era que hacía mucho tiempo que alguien no la cuidaba de ese modo.

—Gracias.

Laxus levantó la mano hasta su boca. Sus labios le rozaron la mano. Lucy intentó pensar en algo que no fuera la forma perfecta de su boca y el calor que empezaba a invadirle el cuerpo.

—Laxus —susurró—… por favor.

Entonces él se inclinó y la besó en los labios con la suavidad de una mariposa sobre una flor. Ella abrió la boca y le permitió la entrada. Sus lenguas se encontraron y Lucy se apretó contra él, incapaz de resistir la tentación de entregarse por completo.

Pero entonces, tan repentinamente como pasaba una tormenta de verano, volvieron a separarse. Lucy se humedeció los labios. Tenía la respiración acelerada y los ojos entreabiertos.

Sabía a menta y miel y se había abierto dulcemente para él. Había hecho que Laxus deseara sumergirse de lleno en su cuerpo y volver a hacerla suya. Pero había dado su palabra y era un hombre de honor. Tenía que dejar que fuera ella la que se acercara a él, que empezara a confiar en él. Tarde o temprano se rendiría y comprendería todo lo que le estaba ofreciendo.

Le acarició la cara, pero ella la apartó. Se arropó con la estola, para esconder su cuerpo quizá.

—Si ha pasado el peligro, me gustaría ir a visitar a mi padre —anunció con voz débil—. A juzgar por el número de tablillas que me envía cada día, mi cuñada me necesita. Cualquiera se daría cuenta de que le sería más fácil aprender a hacer las cosas sola que tomarse el trabajo de enviarme tantos mensajes.

Laxus la observó detenidamente. Deseaba decirle que no debía consentirle nada más a esa cuñada malcriada que tenía, que debía dejar que su familia se las arreglase sin ella o se hundiera sola, pero sabía que no serviría de nada. Llevaba toda la vida cuidando de ellos.

—¿Quieres que te acompañe? —le preguntó Laxus escondiendo con cuidado toda emoción—. ¿O prefieres que se lo ordene a varios de mis hombres?

—No deseo apartarte de tu trabajo.

—Como desees.