Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer


Capítulo 12 – El Fin de la Tolerancia

El mensajero real golpeó a la puerta de la recámara de la Princesa María, y en pocos segundos se encontró frente a su inquietantemente bello rostro.

—Tenga usted muy buenos días, Su Alteza —la saludó con una reverencia—. Vengo a traerle esta carta que le envía su padre.

—Por fin, qué bien —respondió ella con una de sus escasas sonrisas legítimas, y le arrebató el sobre para examinarlo—. No lo habrás abierto, ¿no es así? —fulminó al pobre hombre con una mirada de desconfianza.

—Por supuesto que no, Alteza, está sellado. Además, jamás cometería semejante aberración —respondió él con su mayor seguridad, aunque tenía que confesar que el tono de voz y la mirada fría de la princesa podían poner a cualquiera a temblar como una hoja.

—Bien. Puedes retirarte —le indicó la joven mujer, y por poco le cierra la puerta en la cara.

María no estaba siendo particularmente despreciable con la servidumbre. Sólo era la manera en que se había comportado toda su vida, desde su niñez en Pasos Blancos. Y hasta cierto punto, era difícil culparla por ello. María era la réplica de su padre, y cada palabra, cada gesto de soberbia disfrazado de cortesía, lo había copiado de él. Tal vez si hubiera tenido un padre como su futuro suegro, hoy sería una persona completamente diferente.

La heredera al trono tenía un solo talón de Aquiles, y ese era, precisamente, su padre. Laurent era la única persona de la que María buscaba aprobación, y el único capaz de desviar sus planes. Porque en el fondo, su relación de padre-hija era la única verdadera que tenían en sus vidas. Toda la gente que los rodeaba lo hacía por interés, o por obligación. Siempre había sido así. Las relaciones con los hombres y mujeres de las otras Cortes se basaban en la falsedad y en sacar la mayor ventaja posible de todo. La servidumbre, en el otro extremo, sólo estaba allí por necesidad, cumpliendo órdenes para no ser echados a la fría calle. Ni los unos ni los otros los apreciaban realmente, ni tampoco el monarca de Pasos Blancos y su hija tenían sincero cariño por nadie más. Lo habían tenido por la Reina Irina, quien supo ser la esposa de Laurent y la madre de María por once años. Once largos años, según dijo ella una vez, poco antes de abandonarlos para fugarse con un mercader que había conquistado su corazón.

Es por eso que recibir noticias de su padre fue una sincera alegría para la morocha de los ojos esmeralda. Tal vez Laurent no fuera el padre más cálido del mundo, pero la amaba, y se lo demostraba protegiéndola de los problemas que tenía con el Reino de Volterra.

La muchacha abrió el sobre y sacó el papel que se escondía en su interior, para luego leerlo con detenimiento.

Mi querida hija,

Acabo de leer tu carta. Me alegra sobremanera que te estés adaptando bien a tu nuevo hogar, y principalmente que estés haciendo tu mayor esfuerzo por agradarle a los Reyes. Comprendo tu aversión por el trato que tienen con la servidumbre, también a mí se me presenta totalmente ridículo que tengan tanto aprecio por la gente a la que le dan de comer. Pero siendo que eres tú quien está viviendo en su castillo, lamentablemente deberás fingir que estás de acuerdo con sus reglas. Recuerda, jamás contradigas a Carlisle o a Esme, ni te muestres incorrecta delante de ellos. Al menos no hasta que te conviertas en su nuera, luego tendrás más libertad para actuar como te plazca.

Como Rey, debo comunicarte cómo están las cosas en tu Reino. Se acerca una nueva guerra, María. El maldito Aro no entra en razones, así que pronto atacaremos. He de pedirte entonces que exijas a tus guardias que redoblen su vigilancia y refuercen tu seguridad, por si acaso algún enemigo se infiltra en Aguamarina para hacerte daño y así herirme donde saben que más me duele. Como tu padre, quiero que estés protegida, y he aquí otra razón por la que debes ganarte la atención de tu prometido. Sabes de sobra que de tu matrimonio depende que puedas hacerte con la fortuna y el poder no sólo de Pasos Blancos sino también de Aguamarina. Pero además, si lo logras, es probable que Voterra se rinda. Aro tiene bastante respeto por Aguamarina. No querrá atacar Pasos Blancos sabiendo que su heredera es parte de la familia de Carlisle.

Por eso, ahora más que nunca, debes asegurarte de ganarte la confianza y el corazón de su hijo. No tendremos mejor oportunidad que ésta, así que haz lo que sea necesario para que el Príncipe Emmett desee casarse contigo. Recuerda lo que siempre te he enseñado. Todo fin justifica los medios, así que no permitas que nada se interponga en tu camino. Eres muy astuta, María, sé que sabrás cómo alcanzar tu meta.

Cuídate mucho,

Tu padre, Laurent.

La princesa absorbió las palabras y asintió para sus adentros, decidida a cumplir con el pedido de su padre.

Guardó la epístola en el sobre, y éste a su vez en uno de los cajones de su bella mesita de noche. Caminó entonces hasta su escritorio y se sentó frente a él, buscando papel, pluma y tinta.

Llamaron nuevamente a la puerta. La morocha frunció el ceño y contestó lo menos secamente que pudo, por si acaso los Reyes o el mismo Emmett fueran quienes la estaba buscando. Como su padre había dicho, tenía que ganarse la confianza de esa familia, y para eso debía comportarse con la misma buena predisposición que ellos solían portar.

—Adelante, está abierto —dijo, y se volteó a ver quién estaba allí.

Su falsa sonrisa se desdibujó en cuanto vio a Rosalie y su hermanito ingresar a la habitación con algunos implementos de limpieza en mano.

—Tenga usted buenos días, Su Alteza —dijo la doncella con una reverencia, imitada por el pequeño Benjamin.

—Pues sí eran buenos hasta hace diez segundos —respondió María, sus ojos verdes despidiendo chispas de sarcasmo—. ¿Qué quieren?

Rosalie tragó saliva e inspiró profundo para controlar su rabia.

—Esta es la hora a la que usualmente limpiamos su alcoba, Alteza. ¿Desea que regresemos más tarde?

—Por supuesto que deseo que regresen más tarde. ¿Qué no ves que estoy ocupada, criada? Retírense de aquí ya mismo —le contestó, irritada.

Pero cuando la rubia y su hermanito se estaban por marchar, la princesa pensó que tal vez le convenía aprovechar esa oportunidad para pisotear un poco el espíritu de esa sirvienta. No permitas que nada se interponga en tu camino, había dicho su padre. Nada ni nadie. Y aunque nada en la conversación que había oído le indicara que el trato de Emmett con Rosalie era más especial que con cualquier otra criada, para María era mejor prevenir que curar. Mejor aplastar esa mosca antes de que se le ocurriera poner sus patas sucias sobre su prometido.

—Alto, no se retiren —los detuvo con su fría voz, y se levantó de su silla, parándose y apoyando su peso contra el escritorio de nogal. Los miró, sonriéndoles con burla, y les exigió que se quedaran—. Limpien ahora, mejor, quiero ver cómo lo hacen.

Rosalie volvió a tragar la impotencia acumulada en la garganta. Tomó la mano de su hermano, quien ya sentía sobre sus pequeños hombros el peso de la mirada atenta de María, y se dirigió con él hasta el gran aparador, que era lo primero que solían limpiar.

Trapo y cera en mano, los hermanos comenzaron a lustrar la delicada madera. Benjamin estaba claramente nervioso, su mano casi temblando.

—No quiero ver ni una mota, niño —le dijo la de Pasos Blancos, notando la tensión del muchachito y aprovechando para perturbarlo un poco más.

La doncella del cabello dorado no tenía miedo, sino mucha rabia. Sabía que debía mantener la boca cerrada, pero María la estaba provocando de más. Y para peor, estaba dirigiendo sus dardos hacia su hermanito, su máxima debilidad.

—Tranquilo, Benjamin, tú sabes hacerlo bien —le dijo Rose con su mayor calma.

—Más le vale que lo haga bien, porque no tolero el trabajo mal hecho —insistió la princesa.

Más nervioso que antes, el pequeño terminó con su lado del mueble y fue hacia la mesita de noche. Luego de repasar la parte superior, abrió los cajones para asegurarse bien de limpiar todos los bordes y no darle a la princesa motivos para quejarse.

Grave error.

María lo vio abrir los cajones y supo que era el momento perfecto para montar un escándalo.

—¡¿Qué piensas que estás haciendo, mocoso del demonio? —le gritó entonces, mirándolo con odio.

El niño se paró en seco, con el corazón en la garganta, y Rosalie se dirigió prestamente a su lado.

—¿Qué ocurre?

—¿Qué ocurre? ¿Preguntas qué ocurre? —respondió la princesa, avanzando hacia ellos y señalando al muchachito—. ¡Este niño es un ladrón!

—¿Cómo dice? —le preguntó Rosalie, sus ojos desorbitados, mientras Benjamin temblaba a su lado como una hoja al viento.

—¿Querías robar algo de mis cajones, no es así? Sabías que allí guardo mis joyas, ¡querías robármelas!

—¡No, no, le juro que no! —sollozó Benjamin—. Yo no sabía nada, sólo estaba limpiando los cajones, no sabía que tiene joyas, no sabía nada.

—No mientas, maldito mocoso, ni jures en vano, porque Dios te castigará. Aquí tu hermana acaba de decir que siempre vienen a limpiar a esta hora, estoy segura de que aprovechan cuando no estoy para robarse mis cosas.

Rosalie no pudo evitar fruncir el ceño

—Discúlpeme, Alteza, pero está usted en un grave error —la enfrentó la doncella, su mandíbula tensa mientras intentaba no sonar irrespetuosa.

Cargada de ira, la mirada de María se desvió de los ojos del niño para posarse sobre los de su máxima enemiga.

—¿Te atreves a contradecirme, criada?

Lejos de amedrentarse, la rubia mantuvo su postura erguida y afirmó su agarre sobre el hombro de su hermano, asegurándole su protección.

—Jamás he tomado nada que no me pertenezca, y bajo esa norma he criado también a mi hermano. Lo conozco muy bien y sé que él nunca robaría a nadie, como tampoco lo haría yo.

—Puedes ahorrarte tus palabras, no te creo en absoluto. No tengo dudas de que tanto tú como este niño roñoso no son más que dos despreciables ladrones.

—No tenemos motivos para robar, Alteza —insistió Rosalie.

—¡Mientes! Tienen motivos de sobra, sobre todo tú, sierva —continuó María, apuntándola con su dedo índice—. Me envidias, ¿no es así? Me envidias por todo lo que tengo. Envidias mi clase, mi posición social, mis riquezas. Envidias mi felicidad, porque soy una princesa, tengo sangre Real, y voy a unir mi vida a la de un príncipe, mientras tú lavas los platos en los que yo como y las sábanas sobre las que duermo, y lo máximo a lo que puedes aspirar es a casarte con algún otro criado que no pueda comprarte ni un vestido para Navidad. Te mueres por tener una décima parte de lo que yo poseo, por eso es que robas, y le has enseñado lo mismo a tu hermano.

Benjamin bajó la cabeza, frunciendo el ceño. No sabía si estaba más enojado con la de Pasos Blancos por sus crueles ofensas, o consigo mismo, por ser tan cobarde. Durante la cena, solía hacerle preguntas a Jasper sobre los guardias y los caballeros, y él siempre le decía que lo más importante era ser muy valiente. Ahora se sentía avergonzado, porque María estaba humillando a su hermana, pero él tenía tanto miedo que no era capaz de enfrentarla.

Rosalie estuvo a punto de contestar que ella no deseaba nada que no le perteneciera, pero se mordió la lengua, sabiendo que eso era mentira. Deseaba a Emmett, y Emmett no le pertenecía. De hecho, para su desgracia, le pertenecía efectivamente a María. Él era lo único que Rose le envidiaba a esa engreída princesa, pero era mucho más de lo que hubiera deseado envidiarle.

—Vivimos dignamente con lo que tenemos y nos conformamos con ello —se limitó a contestar la doncella, golpeada por esa realidad que acababa de procesar.

El rostro de la princesa se ablandó sólo para dejar escapar una sonora carcajada.

—Dignamente… —repitió, remedándola entre risas—. ¿A qué llamas exactamente 'dignamente'? ¿A tus vestidos viejos y tus asquerosas manos mugrientas de tanto fregar?

—Considero digno el trabajar para pagar mi sustento —insistió Rosalie, conciente de que el seguir respondiendo las ofensas de la morocha sólo la metería en más problemas, y que la joven de Pasos Blancos se lo cobraría tarde o temprano.

—Así que trabajas para pagar tu sustento —sonrió María, planeando su próximo ataque—. Trabajas mucho, ¿no es así?

La de los ojos violáceos la miró, intentando encontrar una respuesta adecuada para una pregunta que seguramente escondía algún tipo de ofensa.

—Sí, Alteza, trabajo mucho —contestó finalmente, con firmeza.

—Ya veo —asintió la de Pasos Blancos, batiendo las pestañas como cuando fingía bondad y compasión delante de los Reyes—. ¿Sabes lo que creo, muchacha? Yo creo que, además de limpiar, haces algunos… trabajos especiales, ¿no es así?

Rosalie la observó con desconfianza, sin vislumbrar a dónde apuntaba el ácido comentario.

—No comprendo a qué se refiere, Alteza.

—Me parece que sí comprendes, me comprendes muy bien. Veo cómo te conduces, como si tuvieras algo de lo que enorgullecerte. Y creo saber cuál es ese talento tuyo que te hace creer especial. Sólo una cosa posees, así que sólo eso puede serte útil como para recibir algún tipo de compensación.

—¿A qué se refiere?

—Tu cuerpo. Lo vendes, ¿no es así? —disparó finalmente la máxima acusación que una doncella podría haber recibido—. Haces favores a los hombres del castillo. Por eso ellos se muestran agradables contigo. ¿Les calientas la cama, ramera?

El rostro de Rosalie se desfiguró de bronca, sus mejillas sonrojándose por el fuego de la ira en su interior. Sí, la doncella había entregado su cuerpo a un hombre que no había desposado, y lo había hecho muchas veces. Pero todas habían sido con el mismo hombre, el único hombre que amaba. Lo había hecho por amor, no por algún tipo de compensación o ventaja dentro del castillo. En otras palabras, no había vendido su cuerpo, se lo había obsequiado al único caballero que deseaba que fuera su dueño.

La garganta se le secó, y los ojos se le inyectaron de lágrimas de impotencia por no poder insultar a María de la misma manera. No era justo que tuviera que oír semejante acusación. Porque si había algo que Rosalie poseía, mucho más que su cuerpo, era dignidad. Su madre le había enseñado a transitar su pobreza con la frente en alto, trabajando con todas sus fuerzas para pagar con labores el plato de comida de cada día y no deberle nada a nadie. Tal vez no fuera casta y pura como María, pero la igualaba en orgullo, y la superaba ampliamente en honradez. No tenía título nobiliario, pero su corazón era noble, leal y sincero.

Lo que Rosalie olvidó, ahogada como estaba en su frustración, fue que su hermano llevaba su misma sangre, y su mismo corazón. Y aunque era pequeño y tenía miedo, Benjamin inspiró hondo y saltó en defensa de la pobre Rose.

—Deje de insultar a mi hermana —espetó, pero sus rodillas volvieron a temblar en cuanto la mirada de María cayó sobre él con todo el poder de su crueldad—, … p-por f-favor.

—¿Qué dices, mocoso? —la princesa frunció el ceño, dándole una última oportunidad para retractarse.

«Sé valiente, sé valiente, eres un caballero, sé valiente» se repitió Benjamin una y otra vez, y cobró el valor para no echarse atrás. Todo fuera por su hermana, que lo cuidaba como una mamá gallina a su polluelo.

—D-Digo que… que… que a las d-damas hay que r-res-p-petarlas… Y m-mi hermana es una d-dama —contestó con su voz de niño, tartamudeando como nunca antes en su vida.

—Muy bien, niño, dices bien —sonrió falsamente la de la melena color carbón, pero en cuestión de segundos su rostro se transformó en el vivo retrato de la perversidad, y sus palabras se fueron llenando de más y más ira—. A las damas hay que respetarlas, y yo soy una dama. Soy una dama, y soy tu ama y señora. Y tú, mocoso endiablado, tienes que aprender a cerrar la boca y aceptar lo que digo, porque no eres más que un insignificante criado, ¿entiendes? ¡Un maldito criado! —se acercó peligrosamente a él, alzando la palma de su mano—, ¡y yo te voy a enseñar a respetarme!

Benjamin cerró los ojos y esperó con terror un golpe que nunca llegó. Tuvo que alzar la mirada nuevamente para entender qué había frenado a la princesa, y lo que vio no lo tranquilizó en absoluto.

Era Rosalie, alterada y fuera de sus casillas, quien sostenía la mano de María en el aire, tomándola con fuerza de la muñeca e impidiéndole seguir su curso hasta la mejilla de su hermano.

La reacción de la doncella fue un acto reflejo tan fuera de lugar que la dejó perpleja incluso a la misma Rose. Una sirvienta no debía, jamás de los jamases, interponerse en las decisiones de sus amos, ni que hablar de cometer la aberración de ponerle una mano encima. Ahora María la observaba con el rostro desencajado, mientras la rubia le sostenía la mirada, llena de bronca y de miedo al mismo tiempo. Sabía que lo que acababa de hacer, si bien justificado, era imperdonable. Pero ya no podía volver el tiempo atrás, sino sólo esperar lo que el destino y aquella irascible princesa le depararían.

Su mano temblorosa soltó la muñeca de María, pero se obligó a no bajar la mirada. Pasara lo que pasara, lo enfrentaría con dignidad, aunque esa mujer le diera vuelta la cara de un cachetazo.

Por unos segundos, la de Pasos Blancos no reaccionó. No le pegó, no le gritó, pero sus ojos esmeralda se volvieron turbios de tanta cólera. Y el hecho de que Rosalie ni siquiera bajara la cabeza y se echara al piso suplicante no hacía sino aumentar su ira.

Para sorpresa de la doncella, la princesa se alejó y caminó prestamente hacia la puerta. ¿Sería que en realidad no era tan fuerte como Rosalie creía, y ahora se iba a ir llorando de la habitación? ¿Iría a contarle a Emmett o a los Reyes lo sucedido?

Qué equivocada estaba Rosalie.

María abrió la puerta y se asomó para buscar a alguno de sus guardias. A su izquierda no había nadie. Miró entonces a su derecha, y vio al más joven parado a unos 15 metros, al final del pasillo.

—¡Jasper, ven aquí! —lo llamó, con ese tono que usaba cuando quería algo y lo quería ya.

El rubio se acercó velozmente a su puerta e inclinó su cabeza.

—A sus órdenes, Alteza.

—Entra —se limitó a responder ella, haciéndolo pasar a su alcoba.

El joven obedeció y, ni bien entrar y posar su mirada sobre una más que preocupada Rose y un tembloroso Benjamin, supo que algo no andaba bien.

María cerró la puerta para que nadie oyera nada de afuera.

—¿Sucede algo, Alteza? —preguntó Jasper, mirando alternadamente a su Señora y a sus buenos compañeros de Aguamarina.

La princesa impostó un rostro sereno, duro como el de una bella estatua de mármol, y asintió.

—Sí, ha sucedido algo terrible, algo que no puedo dejar pasar —contestó, avanzando unos pasos hacia los hermanos—. Estos criados me han faltado el respeto de todas las maneras posibles. Han querido robarse las joyas que eran de mi madre, me han hablado de modo más que irreverente, y esta sirvienta… —hizo una pausa, suspirando dramáticamente—, …esta sirvienta me ha agredido físicamente.

Jasper miró a Rosalie con los ojos desorbitados, como preguntándole en silencio si aquello era verdad.

—Yo no la agredí, Alteza —le replicó la doncella a María—. Sólo intenté evitar que le pegue a mi hermanito por un crimen que ni él ni yo cometimos ni jamás cometeremos —insistió. Después de todo, sus acciones ya la habían condenado, nada peor podía pasar.

—Señor Jasper, yo no le robé. Me porté como un caballero, se lo juro.

Al joven guardia se le estrujó el corazón de escuchar al niño hablando con tanto miedo. Sabía que él no era capaz de mentir, y probablemente tampoco Rosalie, pero no había mucho que pudiera hacer, y ni siquiera sabía qué era lo que estaba haciendo allí en medio de todo ese problema.

—¿Otra vez jurando en vano, mocoso? ¡Te irás al infierno por mentiroso! —lo acusó María, apuntándolo con el dedo y dejando entrever otra vez lo peor de su personalidad—. Aquí el Señor Jasper no es más que un simple guardia, ¿entiendes? Su opinión no vale nada, así que a nadie le importa si él te cree o no. Lo que importa aquí es lo que yo pienso, y yo te vi intentando robarme, y padecí tus insultos y los de tu hermana. Mira mi muñeca, mira las marcas de sus mugrosas uñas en mi muñeca —se quejó, pero no mostró nada, porque en verdad no tenía el más mínimo rasguño.

La frente de Rosalie se llenó de líneas.

—Ni siquiera tengo uñas largas ¿Cómo voy a dejarle marcas, Alteza? —retrucó, apretando la mandíbula.

—¡Silencio, criada! ¡Se acabó, su falta de respeto me ha colmado la paciencia! —estalló María, golpeando el taco de su fino zapato contra el piso—. Jamás he sido tratada de esta manera en toda mi vida, mucho menos por un par de sirvientes, y no lo pienso permitir, ¿me oyen? Nadie, escúchenme bien, ¡nadie! se burla de mí ni me falta el respeto sin pagar las consecuencias, y ustedes van a aprender a no volver a comportarse de esta manera nunca jamás. ¡Jasper!

El guardia la miró y se apresuró a inclinar la cabeza.

—Dígame, Alteza. ¿En qué puedo servirle?

—Subiendo las escaleras al final del pasillo y doblando a la izquierda te encontrarás con un corredor de unos veinte metros. Al final de este hay una puerta de madera vieja que conduce a una celda de castigos.

A Rosalie y a Benjamin se les heló la sangre. Ni siquiera sabían que existiera esa habitación.

—Tú, niño, que tanto te gusta hurgar en los cajones. Mete la mano en el de abajo de todo y busca en el fondo algo parecido a un palo con unos flecos —le ordenó al pequeño niño, que obedeció al instante.

Rosalie se llevó una mano a la boca, y supo que tenía razón en asustarse cuando vio lo que su hermano sacaba del cajón.

—Dámelo —le exigió la princesa. Benjamin la miró y obedeció nuevamente, totalmente confundido. Nunca había visto algo así en su vida. María sonrió por primera vez en un largo rato, y se inclinó para ponerse a la altura del niño—. ¿Sabes lo que es esto?

Benjamin sacudió la cabeza, mientras el corazón de Rosalie parecía querer salirse por su garganta.

—Esto, niñito, es un látigo. Se usa para azotar a los que no saben comportarse. Como tú y tu hermana. Pero no te preocupes, porque hoy vas a aprender cómo funciona.

Después de una última sonrisa burlona, la princesa volvió a erguirse y miró a su guardia, para luego entregarle el látigo.

—Jasper, quiero que te lleves a estas dos ratas a la celda de castigos y les enseñes lo que le ocurre a las personas que se atreven a ofenderme. Diez latigazos para cada uno.

Rosalie rodeó los hombros de su hermanito mientras éste se echaba atrás, llorando con terror.

—¡No, por favor, yo no le robé, yo no sabía que tenía joyas, por favor dígale al Señor Jasper que no me pegue!

—Deberías haberlo pensado antes, mocoso. Jasper sigue mis órdenes y te cobrará los perjuicios que me causaste.

Rosalie se paró delante de su hermano y enfrentó a la princesa con la mirada.

—Castígueme a mí. No toque a mi hermano, yo pagaré por él.

María alzó las cejas un momento antes de reír con ganas.

—¡Pero muchacha, si para ti también hay! Créeme, después de diez latigazos no querrás ni uno más.

Jasper observó la escena con el corazón palpitándole fuerte en el pecho. Sabía lo peligroso que era contradecir a su ama, pero tenía que intentarlo al menos.

—Disculpe, Alteza, no quiero ser irreverente, pero… se trata de una mujer y un niño.

—¡¿Y con eso qué? ¡Me han ofendido por demás, y deben pagar! —María vio la duda en los ojos de su guardia, y le agarró el brazo para llamar su atención—. Escúchame bien, Jasper. Más te vale que cumplas, porque yo no perdono la desobediencia. Y si no acatas mis órdenes, puedes estar seguro de que vas a pagar, y de la peor manera, ¿me oyes?

El rubio suspiró y asintió, mientras Benjamin lloraba a mares, y Rosalie trataba de consolarlo y secar sus propias lágrimas al mismo tiempo.

Jasper se acercó a ellos y tomó la mano de Benjamin.

—¡No! ¡Por favor, Señor Jasper, no me lleve!

Al guardia se le partía el corazón en mil pedazos, viéndose a sí mismo de pequeño, recordando las veces que había llorado de esa manera, pero por otros motivos. Se obligó a tensar el rostro y mostrarse igual de sereno que María, aunque por dentro no podía concebir la maldad de su Señora.

—Pasará pronto —le dijo—. Sé valiente, como un caballero.

—¡Pero yo no soy un caballero, soy un niño, no quiero que me peguen, por favor! —continuó rogando.

—Benjamin, no se lo hagas más difícil —le pidió Rosalie, y caminó con ellos, su mano en la espalda de su hermano para ayudarlo a avanzar—. Yo estaré contigo, estaremos bien.

—Qué conmovedor —rió María, y les hizo una última advertencia antes de que Jasper abriera la puerta—. Una cosa más, sirvienta. Por tu bien y el de tu hermano, será mejor que no se te ocurra comentarle a nadie que los he mandado a azotar, porque puedo asegurarte que si abres la boca le diré a los Reyes que me han robado y maltratado, y los haré echar a la calle en menos de lo que canta un gallo. ¿Comprendido?

Rosalie tragó saliva, el rostro tenso y los ojos llorosos, y asintió.

—Comprendido, Alteza.

Y con esas últimas palabras, Jasper se los llevó de la habitación.


¡Hola chicas! ¿Cómo pasaron la Navidad? Pido perdón porque este no es un capítulo muy navideño que digamos (de hecho, me deben estar odiando, jaja). Muchas gracias a las que comentaron en el capítulo anterior: crematlv19, Rebel GothicPrinces, keytani, Romy92, DCullenLove, maga, mar1cullen, Vicky-Cullen-Alice-Swan, BarbyBells, krismery, Khriss Cullen Hale y vkii, y a todas las que leen.

Si pueden, dejen review, así le dejan apoyo moral a estos pobres personajes y a la autora aquí presente que es la responsable de todo lo que les pasa.

Nos leemos en el próximo cap ¡Que tengan un muy feliz fin de año!

Lulu