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Sirius esperó mientras envolvían a las víctimas. No los habían separado, simplemente los descolgaron y los cubrieron. Querían quitar aquella escena de la vista de la multitud cuanto antes.

Cada asesinato de Diávolo dejaba una imagen macabra y desagradable al límite. Pero aquella noche, aparte de aumentar de manera considerable el número de víctimas, la violencia con la que las había matado también era diferente. La estrecha calle estaba llena de manchas de sangre.

Tres mujeres y dos hombres de piel azulada y bocas abiertas, con las cuencas de los ojos hundidas y el iris rojo, dejaban ver sus vísceras a través de innumerables cortes. Diávolo solía hacer un único corte, desde el pecho hasta el ombligo, o hasta que acabara el cuerpo. Siempre de arriba abajo. Pero estos prostitutos estaban rajados de arriba abajo y de lado a lado por varias partes, algunas de las chicas también degolladas. Algo había hecho enfurecer a Diávolo de un modo especial aquella noche.

Entre seis hombres levantaron el bulto que contenía los cinco cuerpos y lo llevaron hacia el carruaje. Sirius les dejó paso, pisó algo con el pie derecho y bajó la vista. Era un zapato de hombre de tela y suela de esparto casi deshecho.

─Mario ─llamó a uno de sus compañeros alzando el zapato─. No quiero que quede nada de ellos aquí.

Lo cogió y se dirigió hacia el carruaje en el que ya se encontraban las cinco víctimas. Destapó la parte de la tela que cubría sus pies.

─¡Sirius! ─gritó─. No es de ninguno de ellos.

Sirius asintió desde donde se encontraba. Mario se dispuso a lanzar el zapato al mismo lugar donde lo había recogido

─Espera. ─Lo detuvo Sirius, que llevaba consigo un segundo zapato a juego, igual de agujereado y descolorido que el anterior─. Aquí tengo el otro.

─Puede ser de cualquiera ─le respondió Mario. Sirius levantó la vista y lo miró a los ojos.

─¿Crees que alguien que usa estos zapatos tiene algún otro par que ponerse? ─preguntó Sirius, pero no obtuvo respuesta─. Nadie va a dejar tirado sus únicos zapatos.

El joven no dejaba de mirar el pequeño y humilde zapato entre sus manos.

─Había un tercer hombre aquí ─afirmó con rotundidad.

─¿No crees que pueda ser de Diávolo? ─inquirió Mario─. Quizás se dejó olvidados los zapatos.

─No. ─Sirius observaba curioso el par─. Diávolo ha asesinado a un par de nobles, y no se ha llevado nada de valor. No es alguien que necesite dinero, dudo que incluso sea alguien que use este tipo de zapatos. Es alguien que pudo huir.

─Es imposible escapar de Diávolo ─añadió Mario incrédulo.

Sirius puso el par de zapatos sobre la tela que cubría a las víctimas.

─El dueño de estos zapatos puede ser el único testigo que ha visto a Diávolo y sigue con vida.

─¿Y cómo piensas encontrarlo? ─preguntó Mario─. Si fueran los zapatos de un chico sería muy fácil localizarlo, pero la mayor parte de los muchachos pobres de Venecia tienen unos igual, solo tienes que mirar los pies de la gente que hay a nuestro alrededor.

─No, no lo encontraré, pero tengo que llevar ante el Consejo de los Diez que alguien escapó con vida de las garras del Diávolo de Venecia.

Ambos se subieron a la parte delantera del carruaje.


Continuará...