Regresamos con esta.
Los personajes son de Stephenie Meyer, la historia es una adaptación de Sara Word y se llama "Venganza de Pasión".
Venganza de pasión
Sara Word
Sed de Venganza
Capítulo 11
Alguien estaba hablando. Tenía acento irlandés. Era una mujer. Isabella la escuchó sin fuerzas para abrir los ojos.
—Pobrecilla. Esa espantosa cicatriz ha arruinado su belleza y lo peor es que jamás se le quitará. Cuando se despierte, lo va a pasar muy mal.
Isabella sintió pena por aquella chica de la que estaban hablando y consiguió abrir los ojos. Vio que una enfermera le estaba tomando el pulso. Frunció el ceño.
—¿Qué…?
—Vaya, te has despertado —dijo la voz irlandesa—. Hola, Isabella. Has tenido un accidente —le explicó—. Alguien te atropelló y el coche se incendió. El conductor huyó y otro te encontró un rato después…
—¡No! —exclamó Isabella con dolor recordando las palabras que la habían despertado.
«Esa espantosa cicatriz ha arruinado su belleza y lo peor es que jamás se le quitará».
Isabella se tocó la cara y comprobó que la tenía vendada. Entonces, comprendió que la enfermera hablaba de ella.
—Un espejo —murmuró.
La enfermera intentó apaciguarla, pero Isabella siguió insistiendo hasta que le llevaron un espejo.
—¿Cómo tengo la cara? —preguntó.
—Ahora mismo, un poco quemada.
Interrogó con impaciencia al médico que había ido a verla porque necesitaba saber la verdad.
Por lo visto, el tiempo tenía la última palabra. El médico le aseguró que podían hacer milagros con la cirugía plástica, pero en sus ojos Isabella vio una inconmensurable piedad.
—¿Quiere que nos pongamos en contacto con algún pariente o amigo?
—No.
De repente, Isabella tuvo miedo. Decidió que, si las quemaduras le habían desfigurado el rostro, no volvería a ver a Edward, ya que se había sentido atraído por ella porque la encontraba guapa.
Obviamente, desfigurada, ya no le gustaría.
Isabella apretó los dientes. Lo último que querría de él sería que se quedara a su lado por compasión.
Hacía meses que no sabía nada de Isabella. Edward entró en el pub, que estaba lleno a pesar de que era la hora de comer de un día laborable de octubre.
Aquello debía de ser una buena señal. Por lo visto, en aquel lugar preparaban buena comida italiana.
—Una Guinness —dijo una vez en la barra—. Y un menú.
—El menú está en la pizarra —sonrió la camarera.
«Por favor, que esté aquí», rezó.
Llevaba meses buscándola. Había vendido su casa y el agente inmobiliario se había negado a darle su dirección actual.
Edward no sabía por qué se había ido. Sólo sabía que se había disgustado mucho por la muerte de su abuelo y, por supuesto, por lo que había leído en la carta.
Pensó en cómo la había encontrado tirada en el suelo y deseó una vez más haber estado a su lado para haberla consolado. El dolor de comprender que su abuelo la había engañado debía de haber sido insoportable.
Para Edward, descubrir que Isabella no había tenido nada que ver con el robo, que ella no le había puesto el dinero en la taquilla, había sido un inmenso alivio.
Al principio, había respetado su deseo de estar sola, pero los días se habían convertido en semanas y se había empezado a preocupar. Entonces, ignorando su petición, había empezado a buscarla.
Edward agarró la cerveza y se dirigió a una mesa. Una vez allí, levantó la mirada hacia la pizarra y comenzó a leer el menú.
Nada especial…
De repente, se quedó helado. Minestrone alla toscaza, spaghetti al sugo, spezzatino.
Emocionado y con lágrimas en los ojos, se aferró a la mesa. Tenía que ser allí. Se acercó a la barra y pidió tarta de castañas. Esperó con los nervios a flor de piel, la probó y lo supo.
Sintiéndose terriblemente débil, salió del pub y se sentó a la sombra de un enorme roble. Observó a la gente que entraba y salía y se quedó allí sentado, temblando y esperando, hasta que se hizo de noche.
Por fin, vio a Isabella salir por la puerta lateral, ataviada con un abrigo que le quedaba grande y con el pelo en la cara.
Edward sintió que le daba un vuelco el corazón y corrió hacia ella.
—¡Isabella! —le dijo cuando llegó a su lado.
Isabella ahogó un grito de sorpresa, pero no se volvió hacia él.
—¡Vete! —le gritó casi histérica acelerando el paso.
No quería verlo, eso estaba claro, pero Edward necesitaba saber por qué. Fue tras ella y la agarró de los hombros.
—¡Déjame en paz!
Edward intentó girarla, pero Isabella se revolvió desesperada.
—¿Qué te ocurre? Isabella, tenemos que hablar.
—¡No, vete! —gritó presa del pánico.
Edward volvió a intentar darle la vuelta y aquella vez lo consiguió. Entonces, la abrazó decidido a no dejar que volviera a marcharse. Isabella había bajado la cara y no la podía mirar a los ojos.
—Sólo quería saber si estabas bien. ¿Por qué no volviste?
—Vete —murmuró Isabella—. Se ha terminado y no hay nada más que decir.
—No estoy de acuerdo.
—Me da igual.
—Me debes una explicación. Quiero saber qué hice mal.
—Nada. No fuiste tú. Déjame ir.
—¿Adónde?
—A la habitación alquilada en la que vivo.
Edward comprendió que se había ido porque no lo amaba, porque se había hartado de él. La muerte de su abuelo le había dado la excusa perfecta para irse. Tal vez, estuviera con otro hombre…
—Isabella, tienes que decirme por qué te fuiste —le dijo angustiado.
—Para pensar.
—Sí, leí la carta de tu abuelo, pero, ¿por qué no volviste?
Isabella se estremeció.
—¿Por qué? —dijo con un hilo de voz—. Será mejor que lo veas con tus propios ojos.
Entonces, levantó la cabeza y se apartó el pelo de la cara. Edward ahogó un grito de horror al ver las cicatrices que tenía en un lado del rostro.
Se quedó mirándola sin aliento.
—Ahora sabes por qué. Ahora soy fea, incapaz de despertar deseo en un hombre. Otra vez —le dijo apartándose de él.
Había hecho bien en no volver a su lado. No podía culparlo de haber reaccionado como lo había hecho. No se podía pedir a nadie que actuara con naturalidad al mirar a una persona desfigurada a la cara.
—¡Isabella! —gritó Edward yendo tras ella, agarrándola y dándole la vuelta.
Isabella estuvo a punto de perder el equilibrio y no tuvo más remedio que agarrarse a él.
—¿Por qué no te vas? Te doy asco. Lo he visto en tus ojos, me has mirado exactamente igual que hace años. Lo sabía…
Isabella se dijo que no era que la quisiera por su dinero sino que la encontraba horriblemente fea. Frunció el ceño. Aquello no tenía sentido. Su abuelo estaba convencido de que Edward la quería de verdad.
—Un momento —dijo Edward—. Lo que me dio asco hace años fue que tuvieras una imagen tan mala de mí. Me dolió, fue como una puñalada en el corazón. Me dijiste que no me querías volver a ver.
—¡Porque creía que me encontrabas horrenda!
—No era así. Tenía muchos planes para nosotros porque te quería —confesó Edward con pasión—. Tú te mostraste fría y cruel conmigo.
—Porque estaba sufriendo —le explicó Isabella conmovida—. Fingí que no me importabas porque se me ocurrió que era la única manera de no sufrir todavía más. Sin embargo, no era verdad, te adoraba —admitió—. Pero no me puedes decir que ahora no soy fea.
—¿Ah, no? Yo veo mucho más allá de tu rostro —le dijo Edward acariciándole la cara—. Isabella, es normal que me haya quedado sorprendido, pero te aseguro que te quiero y…
—Es imposible que me quieras.
—No me digas lo que puedo y no puedo hacer.
—¡No quiero tu compasión!
—Y no la vas a tener. Con el tiempo, tu rostro volverá a ser el mismo de siempre. Aunque no sea así, no me importará. Isabella, compadécete de mí.
—¿De ti? —preguntó Isabella sorprendida.
—Sí, te he buscado por todas partes hasta que hoy he reconocido tu tarta de castañas —le dijo abrazándola con lágrimas en los ojos—. Apiádate de mí y vuelve a casa.
—¡No puedo!
—¿Por qué'?
—Obviamente, porque… soy fea de nuevo.
—Ya te he dicho que a mí eso me da igual, Isabella. Te quiero.
—No, Edward, estás siendo noble, pero no me quieres.
—Isabella, sé perfectamente lo que digo. Te quiero ahora y siempre te he querido. A los dieciocho años, ya tenía muy claro que me quería casar contigo.
—Pero… mi nariz…
—Te he dicho que te quería a ti, a la mujer, a la persona complicada, divertida, tierna, sensible y dulce que eres. Ahora, te quiero exactamente igual y tú sabes que estamos hechos el uno para el otro.
—¡Oh, Dios mío! —susurró mirándolo a los ojos—. Necesito sentarme…
—Ven —le dijo Edward tomándola de los hombros.
Isabella no paraba de tocarse el abrigo, como si no quisiera salir de su mundo, pero Edward no lo iba a permitir.
—¿Dónde vamos?
—A casa, a Stanford House.
Una vez en el coche, Edward puso un CD de Mozart e hicieron en silencio el trayecto hasta Stanford House. Una vez allí, condujo a Isabella al salón y le ofreció una copa.
—No, gracias.
Edward se sirvió un brandy y se lo tomó distraído mientras Isabella recordaba que le había dicho varias veces que la quería. ¿Sería cierto? Sólo de pensarlo, se mareaba.
—Creo que creíste todas las mentiras que tu abuelo te contó sobre mí porque durante toda tu vida creíste que eras fea. Tu autoestima era inexistente y, por eso, no te podías creer que yo estuviera interesado en ti —le dijo sentándose a su lado y tomándola de la mano.
—Lo siento mucho —contestó Isabella—, pero comprende que todo tenía sentido. Tú eras muy popular y muy guapo y era increíble que yo te gustara. La única explicación es que fueras detrás de mi dinero y eso era lo que todo el mundo creía.
—Pues os equivocasteis todos —le aseguró Edward besándole la mano—. Quítate el abrigo.
Isabella cerró los ojos.
—¡No! —exclamó Isabella presa del pánico—. Dime que me quieres. Dime que me quieres de verdad.
—Cariño, claro que te quiero. Estoy completamente enamorado de ti. No paro de pensar en ti.
—Pero… mi rostro…
—Ya te he dicho varias veces que eso no me importa. Lo único que me da pena es que hayas tenido que pasar por todo esto tú sola. Sin embargo, ahora estoy contigo y no te vas a deshacer de mí tan fácilmente.
—Pero es imposible que… me desees.
Edward le besó con dulzura las cicatrices para demostrarle lo contrario y, cuando comenzó a sentir la respiración entrecortada, le puso la mano en su entrepierna.
—¿Ves como no es imposible?
—¡Edward! —exclamó Isabella con lágrimas en los ojos.
—Cásate conmigo, conviértete en mi esposa —le pidió con pasión.
—¿Casarme contigo?
—Sí, casarse es un proceso legal en el que un hombre y una mujer se visten de una forma un poco ridícula y se gastan una fortuna en…
—¡Edward! —se rió Isabella.
—Eso ya me gusta más. Por favor, cásate conmigo. Hoy, mañana, cuando tú quieras, pero por favor dime que sí.
Isabella respiró hondo.
—¡Sí!
Edward la besó lentamente e Isabella dejó que le quitara el abrigo.
—¡Cuánto te quiero! —exclamó Edward dándose cuenta de que Isabella lo miraba expectante—. ¿Qué pasa?
—Mira —contestó Isabella mirándose la tripa.
Al seguir la dirección de su mirada, Edward se quedó perplejo y cerró los ojos.
—¡Mia futura mamma! —exclamó feliz—. ¡Un hijo! ¡Vamos a tener un hijo! Oh, cariño, ¿estás bien?
—De maravilla —contestó Isabella sinceramente—. Entonces, ¿estás contento?
—¿Contento? ¡Estoy que no me lo puedo creer! – la miro con cojos brillantes.
Al ver su felicidad, Isabella respiró aliviada.
—Oh, Edward. Cuando descubrí que estaba embarazada, me alegré tanto… Creí que era lo único que me quedaba de ti.
—¿Me lo ibas a decir? —preguntó Edward indignado.
—No, no quería que te quisieras casar conmigo por el niño.
—Por supuesto, lo habría hecho.
—Ya lo sé, porque eres un hombre de honor, pero, ¿cómo crees que me habría sentido yo sin saber jamás si te habías casado conmigo porque te daba pena que tuviera la cara desfigurada y porque estaba embarazada? No lo podría haber soportado.
—¡Y yo no podría haber soportado perderos a ti y al niño, amor!
—Pero no nos has perdido —sonrió Isabella—. Y todo gracias a la tarta de castañas.
—Entonces, ¿te quedas? —preguntó Edward esperanzado—. La cocina ya está amueblada.
—Vaya, eso lo cambia todo —bromeó Isabella—. Enséñamela. Me apetece una taza de té.
—¿Algo más? ¿Quieres un sándwich o una tostada?
—No, sólo una taza de té —contestó Isabella inmensamente feliz—. Y a ti y a nuestro hijo y tu amor —añadió besándolo—. ¿Qué más podría pedir una mujer?
Fin
Gracias por leer una vez más las historias que adapto. Nos leemos en las demás.
Pasen a mi facebook para descargar "Amor en Público" y próximamente esta estará disponible ahí mismo.
Repito, cuando las historias sean terminadas las podrán descargar, informes en mi facebook (en mi perfil está el link para acceder al mismo)
Besos: K. O'Shea :)
