Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Puede que sean rivales en la cancha, e incluso enemigos, pero la llegada de un nuevo integrante a la gran familia del basket, hará que olviden sus rencillas y se unan para apoyar a los nuevos padres, al tiempo que van contando la historia de amor de Kagami y Kuroko, y como su noviazgo dió paso a su boda y su ahora, reciente paternidad.
KagaKuro, MidoTaka... y alguna pareja mas.
Dedicado a MoniK. Mi pequeña princesa Fujoshi.
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Uno mas en el equipo.
Capítulo 12:Quiero ser feliz, como todos.
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– Cierra los ojos. – La voz de Taiga retumba en el encapsulado espacio del baño.
El sonido acuoso de la eterna gota que siempre caé del teléfono de la ducha, parece lo único que suena en los silencios que se forman entre ellos. Tetsu obedece, encogido dentro de la bañera, con el cálido nivel del agua a la altura de su barbilla. La suave espuma le rodea por todas partes, y aspira el aroma a jabón infantil con una sonrisa.
Las manos del pelirrojo separan sus rodillas, para poder acercarse cómodamente, y estruja la esponja en lo alto de la cabeza de la mami, antes de deshacer una porción del champú de bebé en el mismo sitio, acariciando con sus dedos hasta hacer espuma.
Kagami se sonroja, amorosamente, al darse cuenta de lo cerca que el rostro de Kuroko está del suyo. Por un momento sus labios arden, suplicando un beso... se contiene, pero solo un par de segundos.
Sigue con sus largos dedos enredados en la corta cabellera celeste, pero sus labios, tramposos y traviesos, saborean el aliento contrario con deleite.
Kuroko lanza sus brazos hacia arriba, atrapando a su marido en un húmedo abrazo, pero con los ojos cerrados. La espuma del pelo sigue su camino hacia abajo, goteando por su barbilla hasta el agua que llena la bañera que les contiene a los dos.
Taiga enrosca uno de sus brazos en el pequeño torso y le gira, para que apoye la espalda en su pecho. Se afana en eliminar el jabón de su pelo, y dirige sus manos, al resto del cuerpo, al menos a la piel que asoma por fuera del agua.
Un suspiro conjunto, paz. Absoluta, completa, eterna... paz. Juntos, Taiga acunando a la persona amada entre sus piernas, acariciando sin límite, sintiendo su respiración directamente en la piel del pecho. Y Tetsuya, siendo acariciado, con calma, seguro y a gusto, en esa burbuja que forma con su cuerpo entero para adorarle dentro de él. La calidez de agua, el silencio, las caricias acuáticas sin intención alguna, solo tocarse sin fin... y el aroma de su hijo por toda la estancia.
Kouen gruñe, desde el cuarto. Tiene hambre y sus padres deben saberlo. Los dos sonríen, sin pena alguna. Su pequeña e íntima burbuja cálida explota, de golpe.
Kagami se pone de pie, dándole la espalda, aclarando el jabón para ir por su hijo. Kuroko le mira desde el fondo, sentado, también preocupado por que el llanto de Kouen ya es considerable, pero sus ojos disfrutan de la tan inusual vista de su esposo en toda su gloriosa desnudez. Se levanta y alarga el brazo por el hueco que deja el pelirrojo entre su cadera y su propio brazo. Dirige el chorro de agua a la mami, para quitar el jabón también, y se sonroja, nuevamente, al sentir en su muslo la cercanía del cuerpo contrario. Sale de un salto, tiene que alejarse. Enrolla una toalla en sus caderas y cruza la puerta que le separa del pequeño.
Kouen le busca, en cuanto escucha su voz. El chupete acaricia sus labios, un sustitutivo mientras su papá prepara su comida. No le importa mucho.
La voz de su mamá le llega, calmándole al instante, diciéndole palabras de consuelo en voz baja, tranquila.
Viven en su pequeño mundo, ese que solo les pertenece a ellos y nadie mas, donde su pequeño es el rey, soberano absoluto de todos y cada uno de sus pensamientos, gestos, anhelos.
Y ahora mismo tiene hambre... y del chupete no sale leche rica. Ha descubierto el engaño y amenaza con llorar...
Ser padres tiene esas cosas. Eres completamente feliz, y al segundo siguiente, corres desesperado por tu propia casa, con una diminuta toalla tapándote el trasero, llevando un biberón recién hecho como si fuera una bomba a punto de estallar.
Y Kuroko sonríe ante la escena... y Kouen llora... sigue teniendo hambre.
…...
– N-nnnnooooo puedo mássss. – Kise gime, afligido. Le falta el aire.
– Vamos, no te quejes... Una más . – Daiki está demasiado despierto y eso que son las ocho de la mañana.
– No puedo... me tiemblan las piernas tío. – Aún así sigue moviéndose con la mano del moreno en su espalda. – No cabe, en serio...
– Si cabe, no hagas fuerza. – Una risita se escucha entre ellos. – Kise, no empujes. Mira con cuidado entra de sobra. – Lo dice tan triunfante que el rubio le contesta con un gruñido.
– Creo que es la primera vez que está tan lleno. – Suspira derrotado. – Me va a costar moverlo.
– Venga, que solo queda ir a un sitio mas. – Daiki cierra el maletero del coche de Kise, contempla todas las cajas que llenan la parte trasera ordenadas como una pantalla de tetris y se sienta en el asiento del acompañante, con una última caja que acuna con cariño contra su pecho.
– Eso espero. – Se sacudió el pantalón de deporte y la camiseta negra.
Sentado en el asiento del conductor, arranca y espera hasta que la música llena el pequeño espacio.
Kise le mira, mientras se coloca el cinturón y ajusta los retrovisores, esperando sus indicaciones para ir a donde él quiera. En su coche tiene comida como para que un equipo entero pueda comer un mes, aparte de otras cosas, que al rubio se le hicieron extrañas, pero dejó de preguntar cuando Daiki empezó ha hacerse el misterioso... y esas horas del sábado, Kise no tenía la mente para enigmas de ningún tipo.
Conduce unos minutos, hasta las afueras, a un barrio sencillo de gente tranquila y trabajadora. Recorren los estrechos callejones hasta que en un giro, un cubo de basura tirado en medio les corta el paso.
Kise baja, con la intención de apartarlo, pero el otro ni se mueve, con una inmensa sonrisa en su cara.
– ¡Eh, señoritingo! Suelta la pasta y no te ocurrirá nada. – Kise se gira, y ve un menudo chiquillo de doce o trece años. Amenazándole con un tirachinas.
– ¿Se puede saber que demonios hacéis, enanos?. – Daiki le gruñe con medio cuerpo fuera del coche por la ventanilla.
El niño se sorprende, y después, mas contento que nunca, grita para le escuchen los demás.
– ¡Alto el fuego! Es Dai-nii, no disparéis. – Kise vio como empezaban a salir niños de todas partes, de entre siete y trece años.
Daiki les regañó, con una extraña dulzura que no había visto nunca en el moreno y al final apartaron el cubo.
Kise guió el coche a poca velocidad hasta un edificio en la misma calle. Esperó a que abrieran la gran verja de hierro a un lado y metió el coche directamente en lo que le pareció un enorme patio de colegio.
Bajaron del coche y se vieron, literalmente asediados por una veintena de niños.
– A ver, enanos. – Daiki consiguió que le hicieran caso con su voz. – Tenéis que llevar todo esto dentro. Dejáis todo en la cocina y Miya san se ocupará de colocarlo en su sitio.– Abrió el maletero y señaló el montón de cajas de ahí y de la parte trasera del coche. – Si lo hacéis os daré un premio, ¿Hay trato?.
No le dio tiempo a terminar la frase cuando los pequeños se afanaban en llevar las cajas, entre dos si pesaba mucho, pero no demasiado como para que no pudieran con ellas.
Kise miró alrededor, sin entender del todo lo que pasaba.
El patio de lo que parecía un colegio, estaba limpio, aunque sus columpios habían vivido mejores tiempos. Sus colores desgastados y cuarteados le daban un aspecto antiguo y muy usado.
Todo el entorno era así. El edificio frente a él, de un gris apagado y ventanas de blanco opaco, mostraban la madera en alguna de sus partes.
Un hombre de mediana edad salió de su interior. Al igual que el alrededor, parecía desgastado y gris. Su ropa se notaba lavada mil veces y planchada otras tantas. La ausencia de cabello en lo alto de su cráneo, junto a una cara redonda, le daban un aspecto amable y severo al mismo tiempo. Un profesor antiguo.
Kise vio como caminaba hasta ellos, una acusación en sus negros ojos, y Daiki agachando la cabeza, para que el hombre le palmeara en ella. Recorrió la carga del coche con la mirada, y al resto de niños descargando, y volvió su mirada curiosa al rubio, al que reconoció al instante.
El jugador copia se descongeló, sin saber que lo estaba, y extendió la mano para saludar al hombre, pero claramente tenía otros planes. Le arreó una sonora colleja a Aomine en la nuca, y le pinzó la oreja con dos dedos.
– Au, au , au auuuu... Miya san... – No se defendió, ni puso pegas.
– ¿No te he dicho que no hagas eso?. – El hombre tironeó de su oreja hasta moverle unos metros por el patio en la misma posición. – Si les consientes tanto luego no me obedecen... y tienes que hacer tu vida. – Le soltó de un tirón y esperó hasta que el jugador se abrazó a él. – ¿No te lo he dicho mil veces?. Tienes que ahorrar tu dinero, y emplearlo en ti... estamos bien, tenemos lo que hace falta y no necesitamos nada mas. ¿Es que tu tampoco vas a obedecer a este viejo?
– Usted no está viejo, Miya san. – Deshizo el abrazo del profesor y alargó el brazo para tomar por la muñeca al rubio y atraerle hasta ellos.
Antes de eso Kise había estado ayudando a los niños con toda la compra. Aparte de la comida, había ropa, de varias tallas, sábanas, mantas, cosas para la cocina, platos, vasos... libros, cuatro de las cajas eran material escolar de todo tipo, y una docena de balones, raquetas... Supuso que Daiki tendría alguna razón para hacer eso, ayudar a estas personas, que se notaba le importaban mucho, y por el trato del hombre que les saludó y los niños, Aomine era querido por todos ellos.
– Hola. – Extendió la mano para estrechar la del otro hombre. – Soy …
– Sé quien eres. – Le dedicó una sonrisa plena. – En este orfanato somos aficionados al basket... y alguna de nuestras alumnas tienen fotos tuyas es su cuarto. – El moreno chasqueó la lengua ante ese dato.
– ¿Y las chicas?. – Daiki se dio cuenta de que no estaban ahí con ellos.
– Saeki san las llevó a la playa a pasar el día. – El hombre se giró y caminó hasta la puerta del edificio. – Necesitan salir de vez en cuando.
– ¿Y el jefe?. – Aomine dudó en voz baja.
– Está en su cuarto, hoy no se encontraba muy bien y se ha quedado en la cama. Seguro que se alegra de tu visita. Sube a verle. – Mientras hablaba abrió una de las cajas y ojeó uno de los libros para colorear antes de dejarlo de nuevo en el mismo sitio.
– Ven, quiero que conozcas a alguien. – Entrelazó los dedos con los de Kise, que se limitó a asentir.
Por dentro, el edificio era como por fuera. Estaba limpio pero se notaba que necesitaba un lavado de cara, una manita de pintura en sus paredes, desconchadas por alguna de sus partes. El suelo, de madera, estaba mate y sin brillo por el uso, y una de las puertas de una clase, estaba fuera del marco, a la espera de ser arreglada.
Pasaron de largo la zona de clases, el comedor, con unas enormes mesas con bancadas a los lados hasta llegar a una estrecha escalera.
De un solo vistazo se podía adivinar cual era el cuarto de la niñas y cual el de los niños. Los chavales tenían todo tirado por medio, ropa, libros... sin embargo el de la chicas estaba ordenado, y sin atisbo de polvo.
El final, a un lado de una ventana, una puerta pequeña, entreabierta.
Aomine llamó un par de veces antes de abrirla del todo para pasar. Seguían de la mano, por lo que Kise entró con él.
El anciano que estaba en la cama, se incorporó al escuchar los toques, pero no salió de ella. Se acomodó en el colchón para quedar sentado, y alisó las sábanas con sus manos arrugadas.
Las arrugas de su rostro se estiraron en una sonrisa. Kise vio que era ciego, y aún así, sin decir nada, había conocido a Aomine.
– Ven aquí muchacho. – Alargó la mano hasta que Daiki se sentó junto a él en el borde de la cama, y le besó en la mejilla. El anciano, sin abandonar su sonrisa le acarició por toda la cara para verle. – ¿Cómo has estado?
– Bien. He traído comida y algunas cosas. – Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un rollo de dinero que puso en la palma del anciano. – No me queda mucho, este mes he tenido un gasto imprevisto, pero...
– Kuroko ha tenido su bebé, le compraste un regalo, ¿Cierto?. – El hombre empujó el dinero de nuevo hasta el cuerpo del jugador, negando. – No es necesario, con lo que has comprado es suficiente.
– No lo necesito. – Volvió a empujarlo de vuelta, pero el hombre lo tomó en un puño y se lo ofreció a Kise.
– Se lo daré a tu amigo. – Su sonrisa triunfante cuando Daiki se rindió y lo guardó le arrancó una carcajada al rubio. – Que por cierto...¿Quién es?.
– ¡Ah!, perdón. – Le hizo una seña para que se acercara. – Este es Kise.
– Ven, deja que te vea. – El rubio obedeció y el hombre pasó sus manos por la cara del chico en una caricia, hasta sus brazos y manos, aferrando una de ella entre las dos suyas. – Es raro que Daiki traiga un amigo desde que...
– Dai nii. – Los niños asomados por el marco de la puerta habían subido en tropel. – Hemos encontrado los balones pero no tenemos con qué hincharlos.
– Vale, ahora vengo. – Se levantó y salió del cuarto.
Kise quiso hacer lo mismo, pero el anciano se lo impidió, agarrando su muñeca.
– Vaya, estoy... un poco perdido, perdón. – El rubio llevó la mano a la nuca, avergonzado.
– Seguro que tienes un millón de preguntas, ¿Cuál quieres saber primero?. – Le dio un par de palmaditas en el dorso de la mano. – No le gusta que hable de él, a si que te sugiero que te des un poco de prisa.
– ¿Qué pasa con este sitio?. – Suspiró, frustrado. – Aomine nunca ha dicho nada de él... y en secundaria fuimos a su casa un par de veces y bueno...
– Ha vivido aquí hasta que empezó el instituto, después lo acogió una familia... – Kise abrió la boca, pero no dijo nada. – Cuando lo encontré aún estaba sucio y con el cordón sin cortar. Lo dejaron junto a la puerta... en aquel entonces no teníamos la verja que has visto al entrar. Llamé a la policía y a todo el que me pudiera ayudar, pero no encontramos a sus padres... y bueno, se convirtió en uno de mis hijos, como todos los que pasan por aquí.
– Por eso lo de la comida y las cosas. – Argumentó serio.
– Eso lo hace por que se siente en deuda, pero sabe que no es necesario... A parte que los críos lo adoran. – El anciano se llenó un vaso de agua hasta la mitad para tomar un sorbo y refrescarse un poco. – Estuve muy preocupado por él hace un par de años, cuando bueno, seguro que conoces la historia de lo que pasó con Kuroko... La cuestión es que se hundió... y se volvió mas cerrado y arisco, rechazaba nuestra ayuda, o cualquier contacto... pensé que acabaría mal, lo he visto otras veces, pero ese muchacho le perdonó y parece que poco a poco vuelve a ser el que era... Supongo que te lo debo un poco a ti, jovencito.
– No sé mucho la historia... Estaba fuera por trabajo y no... tampoco he preguntado, solo sé que rompieron y poco mas. – Un poco frustrado se sentó mirando hacia delante. – Aún hay muchas cosas que no sé de él...
– ¿Sois novios?. – Preguntó el anciano picándole en el costado con el dedo en punta.
– ¿P-peero que esta...? oh, vaya... bueno... pues. – Volvió a palmearle esta vez en la mitad de la espalda. – Si, bueno, hemos empezado hace poco... aunque somos amigos desde hace años. ¿Le parece mal?... Digo, como los dos somos chicos y eso... se verá raro...
– ¿Crees que por que soy viejo no voy a entenderlo?... No eliges de quien te enamoras, sucede y punto. – Kise asintió. – Aunque puede que vosotros aún estéis empezando y la palabra amor sea muy grande para eso, pero llegará... conozco a Daiki y si te ha traído aquí, para que conozcas a su familia, es por que te quiere.
– Eso espero. – Se quedó pensativo unos segundos y luego saltó en voz alta. – Tengo una idea.
Hagamos una barbacoa, con todos los niños.
– Es una idea estupenda Kise kun. – El anciano se sentó sacando los pies de la cama, y el rubio le colocó las zapatillas. – Ve diciéndoselo a los demás, ahora bajo.
– ¿Qué tienes que decirnos?. – Daiki entraba en el cuarto con uno de los mas pequeños en sus hombros.
– Que vamos ha hacer una barbacoa, todos juntos. – La sonrisa de Kise era contagiosa y no pudo evitar sonreírle también.
Con un poco de ayuda sacaron las mesas del comedor al patio, y para cuando las chicas volvieron de la playa, todo estaba listo.
La carne chisporroteaba sobre las brasas, cuencos con ensalada, refrescos y miles de sonrisas.
Aquel día el patio del orfanato se quedó pequeño para tanta felicidad.
De vuelta a su apartamento, el coche se mantenía en silencio, cada uno metido en sus pensamientos.
– No me había dolido tanto la mano de firmar autógrafos en mi vida... me duele hasta la cara de tanto sonreír. – Kise rompió el hielo. – Tu familia es estupenda... te quieren...
– No lo hagas. – Respondió, serio. – Hablo en serio... no se te ocurra darles dinero, o hacer una donación anónima o alguna gilipollez de las tuyas...prométemelo...
– No iba a hacerlo, pero en el caso de que quisiera hacerlo, es mi dinero y hago con el lo que quiera... pero vale, te prometo que no les daré ni un céntimo, ¿Contento?
– Mucho, no quiero que piensen que te he llevado por tu dinero, para comprarte con la penita...
– Vale, vale... pero a cambio... tienes que contarme que pasó entre Kurokocchi y tu... la verdad. – Sentenció, serio.
– Aún es muy pronto para eso... – Murmuró mas para si mismo que para ser escuchado. Debería saber que Kise no se detendría y le preguntaría a todo bicho viviente hasta saber la respuesta...
– Bien, pues a cambio, vendrás a casa de mis padres, a comer... mañana. ¿Trato hecho?. – Paró el coche frente al edificio del moreno y le tendió la mano para sellar el trato.
– ¿Vas a decirles que salimos?, ¿A tus padres?. – Dudó un poco asustado.
– Prefiero que lo sepan por mí que por la prensa, y cuanto antes mejor. – Suspiró fastidiado. Tampoco es que le hiciera gracia tener que decírselo así, pero era mejor.
– Prometiste que nada de paparazzi. – Le miró de soslayo.
– Y lo cumplo. Cada vez que salimos alguien nos toma una foto, y mi agente se ocupa de ponerse en contacto y comprar las fotos... pero no va a funcionar siempre. En algún momento alguien nos tomará una foto con el móvil y lo subirá a la red, y será imparable, y lo sabes... no puedo controlar a todo el mundo Daiki. Por eso, prefiero que lo sepan de mi boca.
– No lo sabía... – Desvió la mirada a la calle. – Vas en serio, con lo nuestro..
– Pues claro... ¿Por quién me tomas?... por si no te lo había dicho ya... creo que... es posible... me parece que... bueno, quetequiero... pero buenooo, como estamos empezando y eso, lo mejor es ir paso a paso, sin prisas...
Daiki se bajó del coche sin responder, agitando la mano desde fuera para despedirse. Su mente bullía con un millón de cosas y tenía que ponerlas en orden... lo mejor era dar por finalizado el día, y dormir, si, dormir hasta mañana...
…...
La pregunta quedó suspendida en el silencio del gimnasio. Todos ellos se atiesaron hasta el limite, e imperceptiblemente, enfocaron a Midorima dando respuesta muda a la duda del entrenador.
Entreabrió los labios para responder, pero Takao se lo impidió con un solo gesto.
– Eso no es importante entrenador. – Dio un paso adelante, para enfocar la atención del hombre en su persona.
– Si es alguien de este equipo, es importante. – No siguió hablando por que vio claramente los dedos vendados del peliverde en alto, confesando mudamente el crimen.
– Ven conmigo. – Le señaló directamente y les dio la espalda antes de hablar desde la salida. – Kazunari, cincuenta vueltas a la cancha corriendo, el resto, estiramientos hasta que vuelva. – Vio la cara que ponían, a punto de protestar.
– Pero entrenador, usted ha dicho... – Takao se acercó, sin entender.
– Estás preñado, no cojo, así que, a correr. – Agarró a Midorima por el codo y le dirigió a la salida. – Ven conmigo, tenemos que hablar.
– Señor yo..
– Sin excusas. Necesitas dinero y habrá que buscarte un trabajo que no malogre tu juego. – Le miró duramente. – Quiero que llames a tus padres y se lo cuentes, y por supuesto, aviséis a los padres de Kazunari. – Midorima asintió sin rechistar. – Seguirás entrenando con los demás, y jugarás como titular, como hemos venido haciendo hasta ahora, eso no cambiará... El resto déjalo en mis manos ¿Entendido?
– Si, entrenador. – Hizo una profunda reverencia de agradecimiento y regresó al gimnasio, un poco mas contento que cuando salió.
Justo en ese momento su móvil vibró, anunciándole la entrada de un mensaje.
Lo miró, y buscó en la agenda el número de su madre. Abrió un mensaje nuevo con ella como destinatario y escribió deprisa, mientras volvía junto a su compañeros de entrenamiento.
" Mamá, Kazunari está embarazado. Papá y tu vais a ser abuelos".
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wiiiiiiiiiiiiiiiii que mega largoooooooo
Gracias por el apoyo nenitas guapas, os super lovio...
Espero que os guste el cap nuevo y nos leemos en el siguiente.
Besitos y mordiskitos
Shiga san
