Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)

Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.


La princesa y el italiano -Jane Porter

Compromiso Real

Capítulo 10

UNA vez en el dormitorio, Edward se volvió a echar la llave y luego se la guardó en el bolsillo.

—¿Es necesario que cierres la puerta? —pre guntó Isabella, exasperada. No podía creer que volvieran a las andadas.

Mientras avanzaba hacia ella, Edward se quitó el jersey negro de cuello vuelto que vestía y soltó su cinturón.

—Nada ha cambiado.

Isabella dio un paso atrás, pero no lo suficien temente rápido. Edward apoyó las manos en sus ca deras y la atrajo deliberadamente hacia sí.

«Tiene razón», pensó Isabella al sentir la in mediata reacción de su cuerpo. «Nada ha cam biado».

Cuando Edward deslizó una mano por su muslo y la introdujo bajo su falda, cerró los ojos y apoyó las manos contra su pecho.

Edward encontró la liga que sujetaba su media de seda y jugueteó un momento con ella. Cuan do empezó a acariciarla por encima de las braguitas supo lo que quería. Recordaba muy bien el placer que experimentó al sentirlo dentro de ella... pero no pudo evitar recordar la mañana después. Las cosas ya se habían puesto muy di fíciles entre ellos, y si hacían el amor, sólo con seguirían liarlas aún más.

—No podemos —dijo con voz temblorosa.

—De acuerdo —replicó Edward, pero aquello no le impidió tirar de las braguitas hacia abajo y co menzar a acariciarle el sexo directamente con un experto dedo a la vez que la besaba en el cuello.

Isabella sabía que estaba húmeda y lista para él, pero no quería sentirse mal luego.

Apretó los puños contra su pecho para tratar de contener las deliciosas sensaciones que Edward estaba despertando en su cuerpo.

—¿Podemos hablar de esto?

—Por supuesto. Habla.

Pero Isabella ya apenas era capaz de pensar coherentemente. Deseaba a Edward, lo deseaba dentro de ella... Desesperada, alzó las manos para tomarle el rostro y lo besó apasionadamen te. Cuando sintió que él la penetraba profunda y lentamente con su dedo, un involuntario y sen sual gemido escapó de su garganta. Al sentir que las piernas empezaban a temblarle, se apo yó contra él.

—No... voy a poder aguantar mucho más —su surró mientras él seguía acariciándola y se apo deraba por completo de sus sentidos.

Edward se apiadó de ella y la llevó a la cama.

Cuando se inclinó sobre ella, Isabella alargó la mano hacia su bragueta y le bajó la cremallera.

—Creía que querías hablar —dijo él, y sus ojos reflejaron la pasión que lo embargaba.

—Deberíamos hacerlo.

—¿Y?

—No puedo pensar en eso ahora. No puedo pensar en nada excepto en...

—¿En qué?

—En esto.

Edward la besó a la vez que deslizaba una mano lentamente a lo largo de su cuerpo. Isabella notó que volvía a introducirla bajo el vestido y le soltaba las medias del liguero. Cuando se las quitó, sintió que el aire fresco aliviaba un poco sus acalorados sentidos.

Edward alzó la cabeza y la miró a los ojos, ten so.

—Si no me deseas, dímelo ahora.

Parecía extrañamente joven, desafiante, preo cupado... y sorprendentemente vulnerable. Isabella no entendía nada de aquello. Ni a él, ni a sí misma, ni la intensa química que había entre ellos.

—Pero claro que te deseo —dijo—. Ése es el problema.

Cuando volvió a besarla, Edward lo hizo con mucha más delicadeza, manifestando una ternu ra que nunca estaba en sus palabras.

De algún modo, el vestido de Isabella acabó en el suelo junto con sus braguitas y sus medias. No llevaba sujetador, de manera que se quedó desnuda.

Edward se colocó sobre ella y le hizo separar las piernas con sus poderosos músculos.

Ella se estremeció, nerviosa, y de pronto vol vió a sentir ganas de llorar. No conocía a Edward. En realidad no sabía nada de él, pero cuando se tocaban y sentía su calidez, lo único que quería en el mundo era estar con él.

Al sentir su erección contra ella se puso ten sa. Su dureza y tamaño le hizo temer que aque llo no pudiera funcionar, a pesar de que la pri mera vez no tuvo mayores problemas.

Se tragó su miedo y alargó las manos hacia él para rodearlo por los hombros.

—No tengas miedo —murmuró él mientras la besaba en el cuello.

Para Edward era fácil decir aquello, pensó Isabella mientras él le frotaba los labios del sexo con su miembro, haciendo que todo su cuerpo se tensa ra en respuesta. Pero ni siquiera era su cuerpo lo que la preocupaba. Su cuerpo era joven y re sistente y, si tenía algún problema, podía supe rarlo. Lo que de verdad le preocupaba era su corazón.

Entonces sintió que Edward empujaba con más fuerza y empezaba a penetrarla lentamente. Además de la dureza sintió la calidez de su sexo y su cuerpo le dio la bienvenida alzando las caderas para aceptar su invasión.

La agridulce sensación anterior no fue nada comparada con la tormenta de necesidad y an helo que experimentó.

Toda su vida se había sentido sola e incom prendida. Siempre había sido la pequeña prin cesita buena para todo el mundo. Pero ella no era una buena princesita. Era una mujer ham brienta y salvaje que quería ser libre, que quería se real. Quería sentir y amar.

—Tómame —susurró, desesperada por escapar de todos aquellos sentimientos que no podía controlar—. Tómame —repitió.

Edward la besó e Isabella se obligó a pensar tan sólo en las sensaciones que despertaba en su cuerpo con sus movimientos.

Más tarde, saciados, relajados, permanecie ron tumbados uno junto a otro. Al sentir la cal ma que emanaba del cuerpo de Edward, Isabella son rió.

—Puede que necesites más sexo —dijo al re cordar todo lo sucedido desde su llegada—. Pro bablemente eso ayudaría a domesticar a la fiera que llevas dentro.

—¿La fiera?

—A veces está dormida, pero cuando despier ta es muy fea.

Edward hizo una mueca.

—Tampoco soy tan malo.

—No, pero la fiera sí lo es.

Edward la miró un momento, pero no contestó. En lugar de ello, alargó una mano para acariciarle la cadera y la curva del trasero. Isabella contuvo el aliento. Acababan de hacer el amor pero Edward estaba volviendo a excitarla. Si no lo detenía, iba a acabar rogándole que volviera a tomarla de inmediato.

¿Pero cómo era posible que aún pudiera sen tir algo por él? ¿Cómo podía seguir creyendo que lo amaba?

Edward era un hombre duro, terco, arrogante, or gulloso...

Sin embargo, en la cama no era nada agresi vo. Su fiereza se veía atemperada por una gran ternura. En la cama era generoso. Amoroso.

¿Pero cómo podía ser amoroso si insistía en tratarla como una novia de la Edad Media, se cuestrada y encerrada?

No tenía sentido. Y sin embargo, lo que sen tía por él era más grande que la vida, más pode roso que nada que hubiera sentido antes.

Y tampoco era el sexo, aunque éste hubiera sido increíble. Algo en su interior se había alte rado, se había abierto, dejando un espacio para que Edward invadiera su corazón. Se había encon trado a sí misma en él. Con él.

—¿Se te ha ocurrido pensar en algún momen to que si nos tomáramos las cosas con calma y nos comportáramos como gente normal esto... lo nuestro... tal vez podría funcionar? —preguntó ella.

—Ya funciona.

Isabella hizo un esfuerzo por contener su genio.

—¿Te importaría que habláramos de esto con calma, sin amenazas, como dos personas adul tas?

Edward rió sin humor.

—No hay nada de qué hablar. Firmamos un contrato, nos comprometimos...

—Meras formalidades.

—Hicimos el amor.

Isabella no dijo nada.

—Esta vez no he usado preservativo —añadió Edward.

Por un momento, Isabella no entendió, pero la realidad cayó de inmediato a plomo sobre ella.

Se apartó de Edward y se situó en el extremo de la cama. No había utilizado preservativo. Y ella ni siquiera había pensado en ello. ¿Qué le pasaba?

Edward se irguió sobre un codo y la miró.

—Podrías estar embarazada.

—No lo estoy.

—Pronto lo averiguaremos, ¿no te parece?

El teléfono de Edward sonó en aquel momento.

—No voy a contestar —dijo.

—Bien —Isabella apenas oyó lo que dijo—. ¿Cuándo te has dado cuenta de que lo habíamos olvidado?

Edward no contestó de inmediato. El teléfono volvió a sonar y lo miró por encima del hom bro.

—Contesta si quieres —dijo Isabella sin ocultar su amargura. Acababan de hacer el amor y vol vían a ser dos desconocidos.

—Me da igual.

—Sí, claro. Estás mirando el teléfono como si estuviera a punto de cobrar vida.

—Es una posibilidad —dijo Edward, cuya expre sión no era precisamente benévola—. Sabía que no estaba utilizando un preservativo.

—¿Cuándo te has dado cuenta?

—En ningún momento he tenido intención de utilizarlo.

Isabella movió la cabeza, incrédula. Conocía a Edward lo suficiente como para saber que no estaba bromeando.

—Necesitas herederos —añadió él.

Porque era una princesa, pensó Isabella. Debi do a que ella era la única que se había quedado en Forks, debía ser ella la que aportara nueva sangre al linaje de los Swan. Debía tener hi jos para que heredaran. Debía tener hijos para que Forks contara con un futuro. Intelectual mente comprendía que debía sacrificar su liber tad personal por el bien de su país y su gente, pero no sabía si podría soportarlo emocional mente. No sabía si podría negar quién era, sus necesidades.

Y ella necesitaba mucho.

Necesitaba un hombre fuerte a su lado, un buen hombre, un hombre que la amara por sí misma. No por su corona, ni por su isla.

—Es tu responsabilidad —añadió Edward.

Aquello no ayudó. Isabella no necesitaba que le recordaran cuáles eran sus responsabilidades.

La única época de su vida en que se había sentido relativamente libre había sido en Nueva Orleans, vestida con sus pantalones de cuero y sus botas, simulando que no era Isabella, sino Bella Dwyer, el verdadero nombre de su madre antes de que se convirtiera en la famosa Star.

—Superaremos esto —dijo Edward a la vez que alargaba una mano hacia ella, pero ella hizo caso omiso y salió de la cama.

—¿Cómo? —preguntó—. Apenas sabemos nada el uno del otro, y lo que sabemos no parece que funcione.

Entró en el baño, se puso un albornoz y re gresó al dormitorio.

—Mira —dijo a la vez que alzaba la mano y señalaba la pulsera—. Mira esto, Edward. ¿Qué te dice esto? Sé lo que me dice a mí...

—Es sólo para protegerte.

—¿De quién? ¿De qué? Me la has puesto por que no confías en mí. Ni siquiera te gusto. Te asqueé desde el momento en que entraste en el Club Bleu.

—No me asqueaste. Me sorprendiste. Me con fundiste.

—Te enfadaste. Estás enfadado y puede que tengas derecho a ello, puede que los relaciones públicas de Forks te vendieran una princesa que no existe, pero en algún momento tendrás que aceptarme tal como soy, porque no voy a cambiar.

—No hace falta que cambies.

—No seas ridículo. Por supuesto que esperas que cambie. De lo contrario no habrías hecho esto —Isabella volvió a alzar la muñeca.

Edward no dijo nada.

—Esperas que cambie —repitió Isabella, irrita da—. Esperas que me convierta en tu visión de una buena esposa, pero yo no sé cuál es esa vi sión y, francamente, no quiero conocerla si im plica que tengo que dejar de ser yo misma.

—Puede que ambos necesitemos cambiar...

—¿Puede? —Isabella rió—. Tú no vas a cambiar, Edward, y yo no voy a cambiar lo suficiente como para satisfacerte. Seguirás enfadado conmigo y seguirás castigándome por no ser quien tú quie res que sea, por no ser la buena princesita que creías que era.

—Estás simplificando las cosas —dijo Edward con aspereza—. Nunca he pensado que fueras una «buena princesita», y puede que haya estado algo confuso...

—Enfadado —interrumpió Isabella.

Él la miró un momento antes de hablar.

—De acuerdo, confuso y enfadado. Pero no creo que nadie sea totalmente bueno ni total mente malo... ni siquiera tú.

Estaba tratando de bromear y su expresión se había suavizado, pero Isabella fue incapaz de son reír.

Un rato antes, entre los brazos de Edward, había estado a punto de creer que había una posibili dad para ellos, pero había demasiados problemas, demasiado dolor como para que las cosas pudieran funcionar.

Edward salió de la cama y avanzó hacia Isabella. Ella dio un paso atrás.

—Para, Edward. Para.

Él se detuvo a escasos centímetros. Afortu nadamente, mantuvo las manos quietas.

—Debes comprender que esto no está funcio nando —continuó Isabella mientras se ceñía pro tectoramente el albornoz—. Yo no puedo ser quién tú quieres que sea y tú no eres lo que yo necesito.

—Toda relación es complicada.

—La nuestra no sólo es complicada. También es autoritaria por tu parte, Edward —Isabella trató de sonreír, pero no lo logró—. Prácticamente me has secuestrado, me has encerrado con llave en el dormitorio, me has encadenado...

La mandíbula de Edward se tensó visiblemente.

—Necesitamos tiempo, Isabella. No quería per derte y pensé que necesitábamos estar juntos para conocernos mejor.

Había olvidado intencionadamente el preser vativo, pensó Isabella. Quería dejarla embaraza da, quería atraparla. No por amor o ternura, sino por el sentido del deber, que era precisa mente lo que más la horrorizaba a ella.

—Creo que ya sabemos lo suficiente el uno del otro, ¿no crees?

Isabella vio que Edward se estremecía.

—Entonces, ¿por qué aceptaste casarte conmigo? ¿Por qué antepusiste la economía al amor?

—Lo hice por el abuelo. El año pasado no es taba bien. Necesitaba alguna esperanza, algo en que creer —Isabella respiró profundamente y trató de ignorar su dolor—. ¿Cómo puedes pensar que estaba pensando en la economía de mi país? Es obvio que aún no sabes nada sobre mí.

El teléfono empezó a sonar de nuevo y Isabella vio cómo se tensaba Edward al escucharlo.

—Puede que sea una emergencia —dijo.

—No lo es.

—Son casi las dos de la mañana.

—A mi madre le da igual.

—¿Tu madre? —repitió Isabella, desconcertada.

—La princesa Elizabeth no está acostumbrada a seguir las reglas —Edward se volvió y fue por el te léfono—. ¿Sí?

Isabella vio que su ya severa expresión se en durecía.

Sólo captó algunos fragmentos de conversa ción en italiano, y no precisamente en tono pa cífico, antes de que Edward colgara violentamente.

—¡Maldita sea! —masculló—. ¡Maledionze! No puedo creer que esté volviendo a hacer esto.

—¿Qué ha hecho? —preguntó Isabella con cau tela.

—Lo mismo de siempre.

Isabella fue a sentarse en el borde de la cama.

—Has estado pensando en ella toda la noche. Dime por qué.

Edward rió con amargura.

—Ojalá pudiera.

—Puedes. Ven a sentarte conmigo.

—No puedo...

—De acuerdo. No hables —dijo Isabella, irrita da. Aquel hombre era peor que imposible—. Es mejor así. Prefiero no llegar a conocerte. Así me costará menos olvidarte.

Edward suspiró.

—Hablaremos —dijo mientras recogía sus pan talones del suelo y se los ponía—. Pero ahora no podemos porque mi madre está aquí.

—¿Aquí?

—Abajo.


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Besos: K. O'Shea ;)