CAPÍTULO 12
"LOS GUERREROS DE LA LEYENDA REGRESAN"
Hyoga luchaba por recuperar la compostura, pero su cuerpo estaba adolorido. Shyriu acababa de desmayarse, luego de la intensa batalla con Foshang, que había culminado con la derrota del guerrero-dragón. Ahora, el cisne y Shunrei se encontraban indefensos ante quien parecía ser otro poderoso enemigo que venía a destruirlos.
- Foshang… al final tú resultaste ser el débil… caíste en la trampa de estos inútiles, entraste en su juego y al final… fuiste tú quien ardió… - dijo el desconocido, mientras veía caer las cenizas de su compañero vencido.
- ¿Quién… quién eres…? – preguntó Hyoga lastimosamente desde el suelo.
- Soy otro santo olímpico, muchachito… Soma de Andrómeda. Déjame decirte que no soy tan estúpido ni tan confiado como Foshang… yo no seguiré sus jueguitos, te mataré ahora mismo y luego atravesaré el corazón de tu melenudo amigo con mi cadena cuadrada. Fin de la historia. Prepárense…
Las cadenas de Soma comenzaron a danzar en el aire, como serpientes amenazadoras, dispuestas a devorar a sus víctimas. Hyoga se incorporó como pudo y valiéndose de su fuerza de voluntad, se preparó para enfrentarse al nuevo enemigo. Poco duró su temple, la cadena circular de Soma golpeó en el abdomen al cisne a tal velocidad que ni siquiera tuvo tiempo de prepararse. Luego lo rodeó por completo y comenzó a presionar su cuerpo con tal fuerza, que la sangre comenzaba a brotar entre los eslabones. Lo propio hizo la cadena cuadrada… tomó a Shunrei de un tobillo y la arrojó lejos, golpeándola contra la cabaña y dejándola inconciente. Shyriu estaba ahora a merced de la cadena.
- Je… no entiendo cómo es que el dragón no pudo con estos pusilánimes… - se mofaba el santo de Andrómeda, mientras seguía estrujando a Hyoga como si fuera de papel. La cadena cuadrada apuntó su extremo hacia la cien de Shyriu, y soma se despidió -… adiós, imbéciles…
De pronto, una ráfaga helada cortó la cadena circular que aprisionaba a Hyoga, liberándolo y lo dejó caer, mientras que una sombra pasó a toda velocidad y se llevó a Shyriu, un segundo antes de que la cadena lo golpeara, provocando que esta se clavara en el suelo.
- ¿Pero qué dia…? ¡¿Quién hizo eso?! – se quejó Soma, mientras recogía su cadena y miraba en todas direcciones.
- ¡Aquí, arriba! – le dijo una voz con acento europeo. Miró sobre la cascada y vio de pie a un hombre alto, de larga cabellera rubia que asomaba por debajo de su casco oscuro. Tenía a Shyriu en brazos. Delante suyo, otro hombre, con una armadura de color verdoso, sostenía a Hyoga con un brazo, mientras con el otro recostaba suavemente a Shunrei.
- ¿Quién…? Un momento… conozco esos cosmos. Ustedes… las deidades de las tierras del norte… no puede ser, se supone que los Santos de bronce acabaron con uds.
- La vida está llena de sorpresas… - le replicó el hombre de cabello corto, quien luego de recostar a Hyoga se puso de pie y se acomodó la capa.
Lejos de allí, en Francia, Seiya, Marin, Shaina y sus nuevos aliados se encontraban reunidos frente a unos montículos de tierra. A fin de rendirles homenaje como se merecían, habían sepultado provisoriamente a Ichi, Nachi, Geki y Ban cerca del árbol donde Seiya había permanecido junto al cadáver de Saori. Sólo era por una urgencia… como santos de Atenea caídos, merecían ser sepultados en el santuario, pero no había tiempo. Luego exhumarían los cadáveres y los llevarían donde debían estar. Incluso la propia Tetis, pese a estar malherida, creó unos hermosos y coloridos corales sobre los montículos, como tributo al valor y al coraje de esos maravillosos guerreros.
Sorrento tocó una breve melodía fúnebre con su flauta. La música era indescriptiblemente hermosa y las notas denostaban dolor pero a la vez alegría y orgullo por haber presenciado semejante despliegue de fuerza y sacrificio. Shaina sostenía en sus brazos el cadáver de Saori, cubierto con la capa de Sorrento. Concluida la música, Seiya secó las lágrimas de su rostro y mirando a Marin y Shaina, les habló: - Maestras… quiero que cuiden el cuerpo de Atena. Voy a traer su espíritu de regreso a como de lugar, así que por favor, mantengan su cuerpo a salvo…
- Puedes confiar en nosotras, Seiya. Deberán matarnos antes de poner un dedo sobre la piel de Saori… - le respondió Marin. Shaina asintió.
- Se los agradezco… Sorrento, dijiste que tienes una forma rápida de llegar al Olimpo.
- Así es… el tridente del emperador. Sirve como una llave que abre las puertas hacia el Olimpo, así es como el señor se trasladaba cuando los dioses debían reunirse. El carro del emperador vendrá por nosotros si lo llamamos con el tridente.
- Entonces vámonos de inmediato.
- Yo iré también…- dijo Tetis, con voz temblorosa.
- Tetis… tus escamas están destruidas y tu cuerpo está muy malherido – le replicó Sorrento.
- Pero aún puedo luchar…
- No seas tonta, mujer… hacia donde vamos, es donde habitan los dioses, ni siquiera estoy seguro de que Seiya o yo seamos capaces de sobrevivir… Por favor, quédate con ellas, estarás a salvo.
Tetis no pudo ocultar su fastidio… pero pese a su molestia, sabía que el general marino tenía razón, en su estado sólo sería una carga. Suspiró y asintió con la cabeza. Sorrento le sonrió… de alguna forma, se sentía aliviado de que esa mujer fuera a estar a salvo. En ese tiempo posterior a la guerra con el santuario, Tetis había comenzado a ocupar un lugar especial en su corazón.
- Entonces está decidido… Sorrento, antes de ir al Olimpo, quisiera que fuéramos por Shyriu, Hyoga y los demás. No sabemos qué peligros nos esperan en el Olimpo y tenemos que llegar allí cuanto antes.
- No hay problema. Mientras tenga el tridente en la mano, los caballos nos llevarán donde queramos.
- Excelente. Llámalos entonces…
Sorrento apuntó el tridente hacia el cielo. Las nubes comenzaron a juntarse en un punto y luego formaron un remolino. Relámpagos cubrieron el firmamento de luz, al mismo tiempo que un fuerte viento se levantó alrededor del general marino. Como pudo, Seiya, que estaba cubriéndose los ojos, miró hacia el cielo y vio algo que jamás había esperado ver: un majestuoso carro, que parecía estar hecho de oro y plata, descendía a toda velocidad desde el cielo, jalado por dos hermosos corceles blancos, cuyos ojos centelleaban como el sol y exhalaban un humo blanco por el hocico. Pero lo más increíble de todo, era que iban sobre olas de agua de mar que se iban formando bajo sus patas a medida que avanzaban. Era como un sueño, estaba siendo testigo de un evento que sólo ocurría en los mitos. El carro descendió y se detuvo justo frente a Sorrento. Los caballos relincharon, como saludando al súbdito del emperador de los mares.
- Bien, Seiya, vámonos ya.
- Sí…
Ambos se prestaban a subirse al carro, pero algo los detuvo… la tierra se abrió entre ellos y el vehículo y una explosión lanzó a Sorrento por el aire. Seiya salió despedido haci atrás por la onda expansiva y los caballos, espantados, cabalgaron velozmente, alejándose del lugar y del peligro. Sorrento se repuso rápidamente de la conmoción y cayó de pie junto a Seiya.
- ¡¿Qué rayos fue eso?! – preguntó Seiya, mientras se ponía de pie.
- Nadie irá a ningún lado… su viaje termina justo aquí, antes de empezar, señores… - dijo una voz ronca. Un hombre vestido con una horrible armadura de color verde emergió del suelo y se sacudió la tierra de encima.
- Maldición… otro de los esbirros de Hermes… - dijo Sorrento, apretando su flauta con fuerza.
- En efecto… Arjé de Hydra, santo olímpico. He venido a detenerlos por orden de los dioses. No permitiré que lleguen al Olimpo…
Nuevamente en los cinco picos, Soma utilizaba su cosmos para reconstruir su cadena circular, que había sido cortada minutos antes por un desconocido que había rescatado a Hyoga de una muerte segura.
- ¿Quiénes diablos son? ¡Hablen!
El extraño de cabello rubio descendió de un salto y colocó a Shyriu gentilmente junto a Hyoga y Shunrei. Mientras se acercaba a su compañero, le respondió: - Venimos del norte de Europa. Mi nombre es Siegfried, de Dubhe Alpha.
- Yo soy Bud, de Mizhar Zeta. Somos dioses guerreros, guardianes del gran dios, Odín. Venimos por orden de la sacerdotisa, Hilda de Polaris.
- ¿Dioses guerreros…? Ya veo… ustedes son los guerreros de la constelación de la osa mayor. Conocí a sus antepasados. Eran unos cobardes que preferían inclinar la cabeza antes que usar su poder para conquistar el mundo. Y por cierto, eran realmente débiles. Yo en su lugar, sentiría vergüenza de llevar ese título…
- ¿Cómo te atreves? – le replicó Siegfried.
- Tranquilo, Sieg. Yo me ocuparé de este hablador. Será mi forma de agradecerle a Hilda el haberme concedido finalmente el honor de ocupar el lugar de mi hermano, como guerrero de Zeta…
- De acuerdo… te debo la vida, así que por esta vez te dejaré toda la diversión.
- Por mí pueden venir los dos si quieren. Soma de Andrómeda los enviará al infierno con mucho gusto.
- ¿"Andrómeda"? Yo conocí a un santo de Andrómeda, pero ciertamente no era un imbécil cara de perro y sin modales como tú. Así que no me das miedo…
- Ven, entonces… "gatito".
- Ahora verás… "Viking Tiger Claw!".
Soma sonrió y valiéndose de su cadena circular, formó una defensa a su alrededor. Los rayos de Bud impactaban y rebotaban en la cadena, como si se estrellaran contra una muralla de acero. Bud atravesó a Soma sin hacerle un rasguño. El olímpico volteó y con una sonrisa macabra, encendió su cosmos y pronunció una invocación: "Chains of Sacrifice!". Las cadenas atacaron al dios guerrero, pero este las esquivó usando su agilidad. Sin embargo, pese a que sólo lo rozaban, sentía que le producían cortes en todo el cuerpo. Pronto se vio sobrepasado por la lluvia de metal y salió volando contra la muralla de rocas.
- Je… se los dije, los dioses guerreros no son rivales… ¿Qué demonios? – Soma se sorprendió al ver que tenía cortes en su armadura olímpica, cubiertos por hielo. Sin que él lo hubiera notado, Bud había logrado atravesar su defensa y lo había golpeado en varios puntos de su cuerpo.
- Hablas antes de darte cuenta de las cosas. Creo que tu mente es tan lenta como tus movimientos, "Andrómeda" – le decía Bud, mientras se incorporaba, con una leve sonrisa en su rostro.
- Maldito gusano… ahora conocerás mi verdadero poder…
El olímpico se concentró y las cadenas comenzaron a trazar líneas alrededor de su cuerpo. Su gigantesco cosmos conmocionaba los cielos y la cascada de Rozhan se agitaba descontroladamente, lanzando agua en todas las direcciones.
- Je… bonito espectáculo. Pero no me intimidas, el próximo ataque será el definitivo –le decía Bud, preparándose para recibir el poder de Soma. Este último tenía los cabellos completamente erizados y sus ojos brillaban con intensidad.
- ¡J aja ja! ¡Ve al infierno! "Nebula beam!" – Soma lanzó con sus manos un rayo de luz potente que trazó un surco en la tierra. El rayo golpeó de lleno a Bud y una explosión de luz ocultó al dios guerrero de la vista por un momento.
- J aja ja… pobre imbécil. Ahora es tu turno… - le decía a Siegfried, mientras le daba la espalda al que consideraba un rival vencido.
- ¿Ya estás seguro de tu victoria? El tonto eres tú. Mira de nuevo, antes de que mueras golpeado por la espalda… - le replicó el asgardiano.
- ¿Qué…?- preguntó Andrómeda, mientras volteaba. Horrorizado, contempló a bud en una postura de invocación, mientras un gigantesco átomo azul se formaba ante sus ojos.
- Ahora probarás la fuerza del océano… "Blue Impulse!".
- ¿Pero qué…? Nooooooooooooooooooooooooo!
La fuerza del impulso azul envió al cielo a un incrédulo Soma. Bud corrió a toda velocidad y dio un salto, para asestarle el golpe de gracia.
- "Viking Tiger Claw!"- exclamó Mizar, golpeando brutalmente al olímpico.
- Guau… sí que te has vuelto fuerte, Bud… - murmuró Siegfried, que observaba la pelea con los brazos cruzados. Bud aterrizó majestuosamente y acomodó su capa. Caminó hacia Siegfried con sus ojos cerrados y un gesto de calma. Segundos después, envuelto en sangre y con la armadura despedazada, Soma aterrizó, con los ojos completamente abiertos.
- C… cómo es posible… cof, cof! Ustedes… son sólo humanos, no puede ser que me derroten así…
- Sé que eres un semidios, Soma de Andrómeda. Hilda nos lo advirtió antes de que viniéramos, que enfrentaríamos a seres más allá de nuestro alcance. Pero nosotros hemos combatido antes a guerreros valerosos y llenos de poder, que nos han enseñado a no menospreciar a ningún rival y a pelear con todas nuestras fuerzas desde un principio. Eso… te ha costado la vida – le decía Bud, sin mirarlo. Soma murió, ahogándose en su propia sangre.
Shyriu sentía que sus fuerzas regresaban. Poco a poco recuperó la conciencia. Hyoga también despertó. Ambos trataban de aclarar la vista, para ver quiénes eran los recién llegados. Cuando finalmente los vieron, se quedaron paralizados.
- No puede ser…- dijo Hyoga.
- Esto… es imposible… ¿Siegfried? – le preguntó Shyriu al asgardiano.
- Hola, dragón. Imagino que estarás sorprendido de verme.
- ¿Syd de Mizar…? Se supone que Shun acabó contigo… - le dijo Hyoga.
- No soy Syd… mi hermano descansa en la tierra de nuestros padres. Soy Bud, su hermano gemelo. Ahora yo soy el dios guerrero de Mizar Zeta. Hilda de Polaris me otorgó el honor luego de que me presenté ante ella y pedí perdón por mis crímenes cuando Poseidón la tenía bajo su control.
Entiendo que estés aquí, si mal no recuerdo, Ikki dijo que te fuiste con el cadáver de tu hermano después de su combate. Pero tú, Siegfried. Te vimos irte al cielo con Sorrento, vimos tu sacrificio y lamentamos tu muerte, cómo es que estás aquí… - le preguntó Shyriu. Siegfried sonrió y le respondió: - Es una larga historia… pero ahora tenemos que irnos. Se los contaré en el camino.
