El punto de fusión es la temperatura en la cual un material cambia de estado sólido a líquido. En la ciencia de los polímeros, el punto de fusión se presenta únicamente en los polímeros termoplásticos, y su valor está fuertemente ligado al peso molecular del material, a su tacticidad y al tipo, concentración y tamaño de sus grupos funcionales pendientes.
Camus sobrellevó su estancia en París con mucha más paciencia de la esperada. Mucho tenía que agradecerle a sus padres, quienes constantemente le distraían con preguntas sobre su trabajo y las futuras líneas de investigación que podría tomar durante su posdoctorado.
Ocasionalmente, cuando sus preguntas se hacían demasiado abrumadoras o cuando querían llevarlo a alguna galería de arte contemporáneo repleta de retretes dorados, Camus optaba por retirarse a la que aún consideraba su habitación con la excusa de que tenía que revisar la introducción de su joven alumno —ellos no tenían que saber que acabó ese trabajo desde el segundo día. Después de todo, tenía que aprovechar la televisión cuyo idioma de hecho comprendía y la enorme pila de libros que nunca pudo llevarse consigo a Atenas.
A pesar de la extraña situación, Camus disfrutaba cada minuto del día. Era una pena que no pudiese decir lo mismo de las noches.
La oscuridad y los amortiguados sonidos nocturnos nunca fallaban en hacerle recordar la última noche que vio a Milo, aquella en la que compartieron caricias y besos entorpecidos. En ocasiones, cuando apenas dormitaba, creía escuchar la voz de Milo pidiéndole que regresara a la cama con él. Era entonces que despertaba de un brinco, dando manotazos que verificaban que realmente se encontraba solo. Después de eso le era imposible pegar el ojo por al menos una hora y, considerando que cosas así pasaban al menos un par de veces por noche, se podía decir sin temor a equivocarse que esas vacaciones Camus pasó las noches más largas de toda su vida.
Afortunadamente, las mañanas llegaban siempre con distracciones que le permitían enfocarse en cualquier cosa que no fuese el hombre que dejó en Atenas. Las hogazas de pan recién horneado, las tazas de café con leche e incluso las preocupadas palabras de sus padres le producían una tierna satisfacción que le recordaba por qué todos los años se tomaba la molestia de interrumpir su investigación por una semana para visitar su tierra natal.
Fue gracias a aquellos agradables sentimientos que el tiempo corrió con más rapidez de la esperada y antes de que se diera cuenta ya estaba de regreso en Atenas, desplazándose en tren desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad. Pasaban de las once de la noche y en el vagón únicamente viajaban él y una adormilada pareja sentada a varios asientos de distancia. La soledad y la oscuridad en el paisaje no tardaron en hacer mellas en su estado de ánimo, desesperándolo por llegar pronto a casa.
Con el fin de disipar la incómoda sensación, decidió enfocarse en lo único que lograba distraerlo aún más que su investigación: Milo. ¿Podría verlo al día siguiente? Le parecía demasiado tarde como para llamarle y agendar una cita, así que hizo lo segundo mejor que se le ocurrió y le mandó un mensaje por celular.
Buenas noches, Milo. Ya regresé.
Si bien aquellas frases no eran las más románticas y elocuentes de toda su vida, se convenció a sí mismo de que fueron las más apropiadas. Comenzó a escribir con respecto a reunirse al día siguiente cuando un tintineo le interrumpió. Milo le respondió con tanta rapidez que Camus supuso que el hombre había esperado por aquel mensaje toda la noche.
Bienvenido! Te extrañé
Camus se removió en su asiento. ¿Cómo podía escribir algo tan vergonzoso? Por simple que fuere, él hubiese necesitado al menos tres copas de vino para animarse a hacer algo así.
Gracias.
Exhaló y se sintió culpable por no atreverse a escribir un 'yo a ti' o siquiera un 'yo tmb'. Sin embargo, decidió seguir adelante con su estrategia.
¿Crees que podamos vernos mañana?
Claro! Dónde y a qué hora?
¿Está bien a las 10 en tu departamento?
Aunque el francés sabía que los domingos a las diez de la mañana eran lo mismo que los lunes a las cinco, se consoló al pensar que él no era el único desesperado. Después de todo, Milo fue el primero en responder los mensajes como si no tuviese nada mejor que hacer un sábado por la noche.
Perfecto!
¿Perfecto? Pensó Camus. Por supuesto que no era perfecto. Era demasiado temprano, apresurado y sinceramente algo grosero. ¿Qué diablos le había hecho a Milo para que se comportase de esa manera? O Camus era mucho más encantador de lo que él mismo había pensado, o Milo tenía el peor gusto de todos los tiempos.
Bien. Nos vemos entonces.
El joven miró atentamente su celular y escribió algunas palabras más. Por varios segundos se preguntó si era buena idea mandar el mensaje o no y, en un momento de especial torpeza, se decidió por lo primero.
Podemos aprovechar para discutir sobre la introducción de tu tesis.
Camus apretó el puente de su nariz instantes después de enviar el mensaje. ¿Qué diablos pensaba cuando envió semejante cosa? Claro, aparentemente su seca conversación no era lo suficientemente patética, sino que tenía que coronarla con algo absurdo que pretendía enmascarar sus intenciones. Milo no se tragaría esa bazofia ni en un millón de años.
Jaja! Claro, tmb podemos hacer eso ;)
El mensaje casi provocó que Camus tirara su celular por la ventana del tren. Al menos el muchacho tenía sentido del humor. Si él hubiese estado en el lugar de Milo habría borrado su contacto inmediatamente, bloqueado su número y advertirle a todos que Camus Carlier era tan malo con las relaciones humanas como bueno en la química.
Aunque, la verdad, eso no era un secreto para nadie.
Le deseó escuetamente las buenas noches y guardó su celular justo al momento en el que el tren llegó a la sección subterránea de la vía.
Minutos después, descendió del tren en la estación Evangelismos. El último camión que podía llevarle a casa había partido hacía unos cuantos minutos, por lo que tuvo que tomar un taxi. Llegó a su departamento pasada la media noche, cenó un gyro que compró en el aeropuerto y se quedó dormido al instante en el que su cabeza tocó la almohada.
Toda la noche soñó con el griego que le impidió dormir durante casi todas sus vacaciones.
-oOo-
El día siguiente Camus se despertó muy temprano. Tomó una ducha y se vistió con la ropa más decente que encontró en su armario —una vieja camisa y pantalones de vestir que utilizaba cada que presentaba en un congreso—, y salió de casa a grandes zancadas. Su prisa provocó que llegase veinte minutos antes de las diez y, aunque su plan original era esperar afuera del departamento de Milo, no tardó en darse cuenta de que sus vecinos eran extrañamente madrugadores.
Para la quinta persona que salió del edificio y que le miró como si fuese un asesino a sueldo, Camus decidió que sería mucho menos vergonzoso esperar en el interior del edificio. Aprovechó el momento en el que una muchacha salió a hacer ejercicio para detener la puerta principal y así poder entrar sin tener que pedirle ayuda a Milo.
Subió las escaleras muy lentamente, preguntándose cuál sería el mejor modo de saludar a su alumno. Un beso en los labios sonaba demasiado apresurado y uno en la mejilla se le antojó anticuado. Un apretón de manos le ganaría un puñetazo en la nariz y con un abrazo corría el riesgo de parecer demasiado empalagoso.
Pensó durante tanto tiempo cómo debía de presentarse que sin darse cuenta llegaron las diez con cinco minutos. Casi dio un brinco cuando se percató de que se había atrasado —cinco minutos eran cinco minutos—, y, olvidándose de cualquier otra cosa, llamó tres veces a la puerta del departamento de Milo. Al instante en el que ésta se abrió, Camus se dio cuenta de que cualquier plan que hubiera hecho habría sido en vano. Milo no tardó ni un segundo en abrir los brazos hacia él y colgarse de su cuello.
—¡Llegaste!
Gracias al cielo, la emoción pareció impedir que Milo se percatara del estado catatónico en el que entró Camus por su efusiva bienvenida. No sólo eso, el abrazo duró por tanto tiempo que incluso le dio tiempo suficiente para recuperarse y corresponderle.
—¿Tuviste buen viaje? —preguntó el menor mientras se separaba lentamente de él.
—Sí, el avión se retrasó un poco, pero desembarcamos pronto.
—Incluso así llegaste tarde a casa, ¿no es así? —le tomó de la mano y le guio hasta sentarse en el sillón—. Ya eran más de las once.
—De hecho, llegué a casa a medianoche —admitió sin pensar en las implicaciones de sus palabras—. Te escribí en cuanto pude.
Milo rio nerviosamente y bajó la mirada.
—No tenías que hacerlo; estabas cansado.
—Quería darte esto lo más pronto posible —tomó su mochila del suelo y de ella sacó un folder con varias hojas en su interior.
—¡Ah! ¿La hora de la verdad?
Milo sonrió burlonamente y Camus supo que estaba siendo condescendiente con él. Aun así, decidió seguir con el juego con la esperanza de que la plática del trabajo le tranquilizara. Colocó el folder entre ellos y le mostró las hojas impresas. Éstas estaban repletas de correcciones con bolígrafo rojo y algunas anotaciones en los costados con tinta azul.
—Theé mou! ¿Es en serio?
—En general hiciste un buen trabajo. Sólo hay algunas cuantas correcciones de estilo y algunos puntos en donde me gustaría que profundizaras.
—¿Algunos puntos? —exclamó mientras hojeaba las páginas—. ¡Está lleno de correcciones!
—Eso es absurdo. Ha sido uno de los trabajos que menos he tenido que corregir.
—¿Y qué haces con los demás? ¿Sumerges las hojas en tinta roja? —hizo una pausa—. ¿O en la sangre de tus alumnos?
—No es gracioso —murmuró Camus mientras se cruzaba de brazos.
—Lo es. Soy sumamente gracioso.
Milo dejó las hojas en la mesa de centro y, con la idea de aplazar aún más lo que realmente no quería aplazar, Camus tomó nuevamente su mochila.
—También te traje esto —le ofreció una colorida caja de metal.
—¿Y eso?
—La Cure Gourmande —indicó—. Es una pastelería y confitería muy famosa en Francia. Te traje galletas de chocolate.
—Bueno, esto es mejor que el folder —estudió por unos segundos la imagen de la caja y la puso a un lado de la introducción de su tesis—. ¿Y bien? ¿Qué más tienes ahí? ¿Unas postales? ¿Unos llaveros con forma de la torre Eiffel?
—De hecho sí traje unas postales…
—Camus… —el tono de Milo trajo consigo una advertencia.
—La próxima vez te traeré un llavero.
—¡Camus!
El susodicho parpadeó varias veces y ladeó el rostro.
—Lo siento. No estoy muy seguro de lo que debería hacer en estos momentos.
—Dijiste que querías decirme algo cuando llegaras. Podrías empezar por eso.
Camus tartamudeó un par de palabras sin sentido, los latidos de su corazón se desbocaron y un extraño hormigueo comenzó a recorrer la punta de sus dedos. Tomó aire y se obligó a sí mismo a mirar a Milo a los ojos.
—Me gustas.
Listo. Ahí estaba. Finalmente había dicho lo que había querido decir desde hacía meses. Habría querido festejar su maravilloso logro, pero su expectativa ante lo que vendría después le impidió enfocarse en otra cosa que no fuese Milo.
—¿Ya ves? No fue tan difícil, ¿o sí?
—Sí. Sí lo fue —admitió—. Si es tan fácil, ¿por qué no lo dices tú?
—Yo… —las palabras murieron en su boca—. Tú…
Tres intentos más y Milo rio de un modo tan descorazonado que por un momento preocupó a Camus. El menor sacudió su cabeza, sujetó al otro por los hombros y se acercó a él para darle un suave beso en los labios.
—Tú también me gustas —susurró entre el breve espacio entre ellos y eso fue suficiente para que Camus se dejara llevar.
Sujetó a Milo de su cintura, lo atrajo hacia sí y deslizó una de sus manos a su espalda baja. Su rostro buscó el del menor y se unieron de nuevo en un beso, mucho más pasional que el anterior y no tan desesperado como el primero.
Camus se sintió en la gloria. Finalmente tenía entre sus brazos al hombre que deseaba desde el momento en el que vio su fotografía en blanco y negro. Todas aquellas fantasías, todos esos momentos de alegría y de frustración, toda esa energía que venía acumulando desde que comenzó el semestre por fin alejaba toda esa angustia y tristeza que nublaban sus pensamientos.
No que éstos se hubiesen aclarado, por cierto. Ahora que tenía ese cálido cuerpo entre sus brazos, que podía aspirar a sus anchas el fresco aroma de su shampoo y que saboreaba sus labios tenía pocos motivos por los cuales detenerse. Sus manos instintivamente lo acercaron hacia él, juntando sus pechos de modo que pudiese sentir el agitado ritmo de sus pulmones. Su boca comenzó a dedicarle atención no sólo a sus labios, sino que también a su cuello y nuca. Milo se dejaba hacer, emitiendo de cuando en cuando quejidos que únicamente incitaban más al mayor. En un momento su mano izquierda se atrevió a dejar su lugar en la cintura del otro para desplazarse más hacia el sur y fue entonces que Milo dio un respingo y se separó de él.
—Lo siento —dijo Camus—. Me dejé llevar.
—Está bien. Es sólo que… —carraspeo—. Al menos deberías invitarme a salir primero. Después de todo, hasta te vestiste para la ocasión.
—Sí, lo siento —le tomó de las manos y lo acercó nuevamente hacia él—. No soy muy bueno para estas cosas.
—Se nota —Milo besó sus sonrojadas mejillas en tono de conciliación—. Está bien. Aprenderemos juntos.
—¿No que tú sí eras bueno para esto?
—Contigo no. Haces que pierda el control de mis pensamientos cognitivos.
—Eres un ñoño —murmuró Camus.
Milo rio fuertemente.
—Entonces tú eres el rey de los ñoños.
Camus aceptó el título y recargó su cabeza en la de Milo. Parecía ser que ambos eran unos incompetentes sociales, pero confiaba en que todo saldría bien.
Después de todo, había mucha química entre ellos.
Comentario de la Autora: Loooooooooooooooooololololololol! No saben el trabajo que me costó aguantarme para escribir esa última oración hasta este capítulo. Literal, LITERAL prácticamente escribí todo este fic para escribirla. A que al menos uno de ustedes estaba sentado en su asiento preguntándose a qué hora lo escribiría. Bien. Al fin, al fin pude hacerlo.
Admito que esta historia sobrepasó muchísimo mis expectativas de respuesta. Quería hacer algo bastante trillado y ñoño, pero me alegra ver que haya sido lo suficientemente divertido como para que a la gente le gustara. Yo soy ávida defensora de los clichés. Existen porque funcionan y no hay que temer utilizarlos, pero ahora sí que me pasé. Pero no importa porque fue algo muy divertido de hacer.
Mil y un gracias por todas sus lecturas y reviews. Llegamos a más de 100 reviews! ¿No es maravilloso? Todo ha sido gracias a ustedes. Espero que hayan disfrutado esta historia de principio a fin y que puedan acompañarme en la secuela: Journal of Applied Polymer Science (wink wink). Después de mucho pensarlo, decidí seguir el mismo esquema que este fic. Es decir, 12 capies subidos uno al mes. Creo que me tomaré un descanso de este AU por uno o dos meses, pero estaré de regreso antes de que me extrañen (a menos de que me extrañen mucho, eso podría pasar).
Gracias de nuevo a todos, tanto a los que dejaron review como los que no. Los que followearon y los que favoritearon y los que leyeron esto como un guilty pleasure y les da vergüenza comentar. Espero que nos leamos pronto!
¡Kissu!
Respuesta a Shingo: El capie anterior no fue maldad pura. Yo soy la pura maldad, la verdad. Camus es un hombre sensato que sabe que hay tiempo para todo. Quizá eso lo haga algo frío y no muy romántico, pero es mejor un hombre centrado que uno muy acosador. Además, Milo así lo quiere. Espero que hayas disfrutado este último capie y muchas gracias por tus lecturas y reviews!
