Los días para mí ya no eran lo mismo. No sentía la más mínima despreocupación como antes los hacía mientras hacía mi rutina diaria. Poco a poco, mi imaginen de discutir con Rocky, mi hermano menor, me invadía y me perseguía durante mis momentos más íntimos, comiendo un buen filete esa idea me quitaba el apetito; fumando un buen habano, cuando lo recordaba me sabía peor que mierda de tabaco; incluso mientras dormía, despertaba sudoroso por la mínima imagen de, en un caso extremo y de furia, lastimarlo. Era impensable. Habíamos estado juntos cuando yo no confiaba en nadie, cuando escapé de casa, de mi familia biológica, apenas teniendo unos cuántos años de edad. La idea de lastimar a uno de las pocas personas que verdaderamente amo más que a mí mismo era espeluznante.

Una de esas terribles noches, mientras contemplaba las estrellas y la luna bajo la manta oscura del cielo, el timbre de mi hogar temporal sonó. Supuse que podrían ser los policías nipones, ya que no confiaban mucho en mí; ya me habían visitado anteriormente. Les pedí una explicación en el instante que los vi detrás de la puerta, ellos argumentaron que sabían de mi reputación y no confiaban era correcto dejarlo libre así como así. Eso me agradó a, sin rodeos. Después de eso, cada vez que me visitaban, les ofrecía algo de tomar y compartíamos aventuras de nuestros tiempos mozos.

Pero esa noche fue diferente. Ella se apareció.

–Mary… –quedé mudo de verla de nuevo.

–Hola –sonrió. Esa maldita sonrisa. Aquella sonrisa era única; me traía nostalgia, tranquilidad, felicidad y quedaba embobado cada vez que ella me sonreía–, ¿de casualidad no conoce al Señor Bowie?, una antigua conocida lo busca.

El brillo de sus ojos cambió de ser hermosa a una ratoncilla tramposa. No pude evitar sonreír.

– ¿Qué haces aquí? –dejé de estar en la puerta, quería que ella entrara. Hay veces que necesitas a ciertas personas en tu vida, hay veces que te tragas ese sentimiento. Yo ya estaba lleno de aquello. Además, podría compartir la noche con ella y dormir cálidamente a su lado.

–Me enteré de lo que está pasando. En parte –dijo al momento que ella entraba y cerraba la puerta. Acomodó su cabello, destilaba hermosura en cada movimiento que ella hacía, lo cual no era bueno para mi lívido.

La llevé a mi cocina, prepararía algo de café para ella y todavía quedaba unos cuantos paquetes de seis cervezas para mí. No llevaba camisa, solo mis Jeans y mis botas. Ella se esforzaba para verme a los ojos. Todo mi cuerpo estaba quemado de la cintura hasta mi cuello de aquella única pelea que tuve con Rocket.

– ¿Sobre Rocky y Ma'? –dije disimulando indiferencia mientras le entregaba el café y yo abría una cerveza.

–Sobre todo, Donita –ella era la única permitida para llamarme apodos estúpidos y melosos, nadie más. Pero ése era extra especial, sólo me decía así cuando de verdad estaba preocupada–. Te iba a dejar ir, te permití abandonarme "por mi bien", según tu estúpido y machista juicio. Pero ya me harté de confiar en ti.

Explotó por fin. Quería pelear por mí, nada me tranquilizaba más que eso.

–Todo lo que pasamos, Donald, ¿crees que lo voy a olvidar así como así?, ¿crees que no lo he intentado? Salir, conocer a alguien más. Hubo muchos, demasiados. Pero nadie me entendía como tú, nadie me hizo olvidarte.

–Porque no querías olvidarme, querrás decir.

–Psicología barata –dijo enfadada–, aunque tal vez tengas razón.

Un silencio atemorizante se formó entre nosotros.

–Pero ya no más –dejó de lado el café–. Me voy con alguien

Le cerveza que estaba tomando dejó de ser dulce. Mi garganta no respondía y mis nervios se dispararon.

– ¿Qué quieres decir? –La vi a los ojos, estaba mudo, desesperado. La única vez que se me ha hecho un nudo en la garganta. Y ella lo sabía. Desvió su mirada en cuanto dejé escapar mis emociones a través de mi rostro y de mi voz.

–Que he encontrado algo que puede sacarme de aquí –dijo sin verme fijamente a los ojos– ¿Sabes lo difícil que es cuidar a todos los niños de Ma'? –Se levantó de la silla donde estaba–, ella parece una fuente interminable de energía, yo hago sólo lo más simple de la rutina; esperar a que lleguen sanos, revisar que estén limpios, llevarles ropa. Pero Ma' hace todo lo demás; lavar, planchar, dormirlos, preparar comida, escucharlos cuando estén tristes, regañarlos y guiarlos –se acercó a la puerta de vidrio que da para el patio, entrelazó sus brazos en el abdomen y suspiró. Yo sólo la escuchaba–. Adoro a los niños, lo sabes mejor que nadie –Si, lo sabía, cuando estábamos juntos intentamos varias veces tener uno, fracasamos todas–. Pero cada día aparece uno nuevo. Pensé que Ma' poco a poco estaría más cansada, más vieja y yo podría ayudarla; resulta, irónicamente, al contrario. Cada día me siento más cansada, cada día me duele una parte nueva de mi cuerpo…

Se limpió las lágrimas de su rostro para que yo no las viera. Las vi, sólo podía verla a ella. Aquel hermoso cabello negro, sus ojos grises tan hipnóticos, su hermosa y curvilínea figura. Me acerqué a ella por su espalda, la tomé de los hombros, su menuda figura apenas superaba mi caja torácica. Se dio media vuelta, se acurrucó en mi pecho.

–Encontraste a nuestro pequeño bastadillo entre esos mocosos, ¿verdad? –Dije, mientras temblaba sobre mí y humedecía mi piel quemada.

–Quiero que vengas con nosotros –dijo entre sollozos–. Quiero que lo conozcas, quiero que le enseñes todo lo que debe de aprender de ti. Por favor, ven.

Le acaricié su hermoso cabello, tomé su delicada barbilla y vi a esas joyas interminables que eran sus ojos.

–Ay, razón de mi locura –le sequé las mejillas–. Me encantaría hacerlo. Y voy a hacerlo

–Te odio –me interrumpió antes de seguir con nada más–. Siempre hay un pero cuando hablamos de estar juntos. Seguimos casados, ¿recuerdas? aunque seamos los únicos dos que lo sabemos.

–Acabo de pelearme con mi hermano. Si dejo todo lo que tengo aquí, quién sabe qué es lo que vaya a pasar entre mis familiares.

Despegó su cuerpo del mío tajantemente. Regresó a la mesa y se tomó lo que tenía en la taza de café. Otro silencio casi eterno se formó entre nosotros. Tiré mi lata de cerveza medio llena al fregador, de la alacena agarré un vaso de vidrio; tuve que lavarlo porque era la primera vez que usaba uno, estaba lleno de polvo. Me serví agua del grifo en el vaso y la bebí de un solo trago.

– ¿Cómo se llama?

–Jordi

Rompí en carcajadas.

– ¿Estás loca, mujer?, ¿quieres que ese pobre mocoso se llame Jordi Bowie? –seguía riendo, ella también sonrió un poco.

–No seas bobo, tendrá mi apellido: Toribio. Recuerda nuestro acuerdo. –lo meditó por un momento y no pudimos contener las carcajadas.

– ¿Puedo responderte mañana? Apenas van a ser las 3 de la mañana lo que significa…

–Que Valeria está limpiando el Casino para los clientes serios –terminó mi frase antes de que yo lo hiciera, como en los viejos tiempos–. ¿Vas a reunir a la antigua banda?

–Me conoces mejor que yo mismo –dije mientras buscaba mi camisa negra sin mangas–. Te puedo llevar hasta tu casa, si quieres.

–Si quiero –respondió con una coqueta sonrisa–, el pequeño Jordi me está esperando. Además, debemos terminar de empacar.

–Entonces, ¿es definitivo? –Dije un poco sorprendido–, se van con o sin mí.

–Lo lamento, donita, pero así deben ser las cosas.

No pude responder. No había nada qué decir. La he hecho esperar por 5 años, cinco de los 6 años que he estado casado con esa maravillosa mujer. Nuestro único año que estuvimos verdaderamente juntos, hice de todo para sentar cabeza, dejar la SNA a cargo de mi hermano, intentar tener un pequeño con ella y dejar a Ma' con suficiente dinero para mantenerla a ella y a su ejército de niños que puedan llegar. Pero mi hermano se volvió loco por lo que ahora sé que fue un stand. Debía limpiar todo este desastre y darle lo que ella verdaderamente se merecía.

Camino a casa de Mary no hablamos, no dijimos ni una sola palabra, no porque no quisiéramos, sino porque no sabíamos si esas serían las últimas palabras que nos dijéramos. Hemos estado separados por 5 años y no queremos despedirnos definitivamente. Irónico, ¿no? Dios, claro que lo es, es para partirse el culo de risa. Pero en aquel momento fue incómodo. La pequeña casa de Mary daba ternura, porque estaba vieja, un poco raída y, antes de que Mary se encargara de ésta, parecía abandonada. Ahora que ella cuida de la choza, parece tan colorida y animada como una casa dibujada por una niña de 5 años con crayones. Si estuviéramos en ese mundo, la luna que iluminaba el lugar aquella noche, estaría sonriendo. A la entrada de su casa, la vi a los ojos y tuve que armarme de valor; como un niño que se siente culpable por romper la maceta favorita de mamá, pero se lo dice a su progenitora por amor a que ella no se sienta mal.

–Mary –empecé–, sé que soy el peor esposo que cualquiera puede tener. Sé que te he abandonado con excusas pobres y poco varoniles que no van mucho con mi forma de ser –ella sonrió–. Pero estoy seguro que amaré a Jordi como él se lo merece, dejando de lado mis celos –ambos reímos un poco–. Sólo necesito terminar todo esto. En un rato más regresaré para saber a dónde te vas.

Di media vuelta, ella no dijo nada. No quería que dijera nada, era más fácil así. Porque era una promesa vacía. No sabía a qué o quién me enfrentaba. Aquel encapuchado, mi hermano y Eddie, por lo poco que sé, personas peligrosas. Por otro lado, yo tenía a mis ases bajo la manga: mi antigua pandilla.

– ¡Regresa a las 10 de la mañana! –Gritó mientras poco a poco me desvanecía a la luz de la luna. Di media vuelta y caminaba de espaldas–, para entonces Jordi estará despierto. Estará encantado de conocerte.

La saludé como un soldado saluda a un sargento, pero sólo con dos dedos. Lo hice. El niño era todo lo que nosotros queríamos

Mi antigua banda, La Banda, la que me ayudó a crear la SNA. Mis verdaderos cuatro amigos. Dos de ellos seguían en las andadas, los otros dos tenían sus negocios propios en los mercados clandestinos y barrios bajos de por aquí. Una de esos últimos era Valeria, la más fácil de encontrar porque es la más famosa de todos, en cualquier lado. Es la dueña del mejor bar/casino de toda la ciudad: El Casino Soul. A pie, desde casa de Mary, me tomó una hora llegar hasta ahí. Tuve que persuadir al cadenero usando su estúpida cadenita como nuevo collar anti pulgas para que me dejara entrar. El lugar estaba dividido en dos partes; la parte de arriba que era un simple bar, con un montón de borrachos cuarentones y cansados de vivir que ahogaban su realidad en alcohol caro. La parte de abajo, en cambio, para entrar necesitabas cierta autorización. Pero para los pocos amigos que aún tenía Val, como los muchachos y yo, el barista de la primera planta nos dejaba entrar sin problemas. La entrada estaba a un lado de la barra, disfrazada por el mismo tapiz de diamantes sacados de baraja inglesa que la pared.

Antes de entrar pedí mi whisky en las rocas. Edgar, un hombre de no más de 23 años con la cabeza rasurada y facciones duras; llevaba una camiseta arremangada, un chaleco de vestir púrpura y una corbata amarilla mostaza. Él era el barista me lo entregó en seguida. Él fue la única persona que me reconoció al instante, incluso con el ridículo cambio de aspecto que tenía.

–Escuché las malas noticias, grandote –dijo mientras lavaba unos vasos y yo disfrutaba de mi trago–. Necesitas a la Jefa de tu lado, ¿no?

–Algo así, Ed –dije mientras dejaba el vaso medio vacío–. Necesito su facilidad de palabra con las personas. Los chiquillos de la SNA se han estado portando mal, necesitan un buen jalón de orejas.

–Bueno, para serte sincero –puso otro vaso cerca de mí; otro whisky–, ella está sedienta de algo como eso. Te lo juro –decía entre risas–, busca la menor provocación para partirle la cara a cualquier malparido que la enfrente. Han sido hermosos estos últimos días.

–No lo dudo, Ed –respondí mientras sonreía con él–. Tal vez la pueda ayudar –terminé con los dos vasos de un trago cada uno–. Y si quieres, viejo amigo, también estás invitado a partir un par de cráneos –señalé a sus grandes nudillos huesudos, cicatrizados de antiguas aventuras–. Sé que te haría falta para cambiar este depresivo ambiente.

–Bueno, grandote –dijo sobándose los nudillos–, no estaría nada mal. Pero aunque la jefa se vaya, alguien tiene que cuidar el lugar, ¿sabes?

Le di la razón meneando la cabeza y sonriendo.

–Bueno, Ed –me levanté de la barra–, bussines are bussines. Tengo que ver a tu señora y jefa. Es una maldita asalta cunas.

–Me lo dices cada que vienes, grandote –reía–, pero por alguna razón jamás pierde la gracia. Será porque es verdad. Te espera en su oficina, al lado del Black Jack, ya sabes.

El buen Edgar. Val y él se enamoraron mientras Mary y yo organizábamos nuestras nupcias. Se enamoraron al instante. En aquel entonces… Ya habrá tiempo para esas historias. Tal vez después.

El casino estaba repleto de meseras, algunas en bikinis, otras en vestidos de sirvienta que no dejaban nada a la imaginación, otras como conejitas, había de dónde escoger. Nuestro amigo el Sugus, el segundo con negocio propio se las presta. Sí, es un chulo; el chulo más rico y poderoso de aquí. Presta y vende mujeres sólo a los más poderosos. Un negocio desagradable, lo sé. Pero al momento que golpean a una de sus niñas, el Sugus desaparece cualquier rastro de existencia de aquel cobarde golpea mujeres. Ya ha pasado con un par de gobernadores y jefes industriales de la zona.

Las luces de neón abundaban en el lugar, música de banda se escuchaba a todo volumen. Yo desencajaba completamente, pero tuve que matar tiempo en lo que Val se desocupaba de aquella agenda tan ocupada que tenía. Hablé con un par de conejitas, con otro par de sirvientas. Pude haberlas convencido a pasar un buen rato en el baño, pero no quise. Esta vez no. Mary aparecía en mi cabeza a cada instante. Lo cual es estúpido y un poco hipócrita, porque jamás había ocurrido antes. Sólo que tenía a Jordi… Teníamos a Jordi, eso fue lo que cambió. Ése niño. Aún no lo conocía pero sentía que ya lo amaba.

Para mi suerte, Val no tardó tanto como esperaba, estaba a punto de ser las cinco de la mañana, me sentía cansado y acabado por todo lo que estaba pasando. Pero necesitaba la ayuda de aquella mujer, de todos mis amigos.

– ¡Pasa, pasa! –dijo desde su escritorio. Era una mujer con clase. Figura esbelta, facciones finas y delicadas casi griegas, ojos verdes felinos y sensuales como el verano, una sonrisa cargada de amabilidad, y el cabello rubio como el oro peinado y bien recogido con una cola de caballo; también llevaba un traje morado muy entallado, como su pareja, pero le adornaban a ella en el cuello un hermoso collar sencillo de oro y unas arracadas que iban a juego con el collar–. Estas idiotas no saben tratar a mi viejo amigo como se merecen.

Entré y nos saludamos con un beso en la mejilla, también con un repentino abrazo que ella me dio. En ese momento no lo recordé, pero hacía casi dos años que no me había dado una vuelta por el viejo casino.

– ¿Qué te trae por aquí? –Dijo aún con la sonrisa pintada de oreja a oreja en su rostro–, ¿quiere multiplicar las ganancias que haces con los drogadictos de tu barrio?, ¿o vienes a olvidar la monotonía de tu "esposa"? Pero creo que para eso último, tendrás que ir con Mario, porque estas nenas son prestadas exclusivamente como mero disfrute visual.

–Nada de eso, Val –ella quería platicar conmigo en un tono más relajado. Yo no tenía tiempo para eso–. De hecho vengo con una oferta.

La boba dejó de sonreír, se recargó en silla de piel, sacó un cigarro y se dispuso a escucharme.

–Sé que no eres tonta –me solté y también prendí un habano–, al contrario, eres la persona más inteligente que conozco. Afrontémoslo, el Sugus tuvo mucha suerte –ella volteó los ojos hacia el cielo y con la mano hizo un ademán para que yo continuara–. Déjame aclararte primeramente que los rumores que se corren por ahí son ciertos. Hace un par de noches mi hermano y yo discutimos por un par de cosas, cosas que cuando estemos todos les explicaré. Aunque creo que no me creerán.

–Al punto, Bowie, no tengo toda la noche.

–Los necesito. A ti, al Sugus, a Ed y a Gabi. Me enfrentaré contra la SNA y necesito a las únicas personas que confío para poner punto final a todo esto, de una buena y última vez.

–Cerrar este lugar por una noche son muchas pérdidas para mí, Donni –dijo mientras expulsaba humo de su delicada boca–. Bebidas que no se tomarán, mujeres que descansarán, apuestas que no se pagarán, ¿quién me va a reembolsar todo eso a mí? Nadie, pequeña comadreja… –sonrió con aire juguetón–. Claro que sí, idiota. Lo que sea por mi hermano mayor. ¿Qué digo hermano?, ¡mi padre!

–Pensé que ya habíamos superado los arboles familiares desde los 16 años.

–Eso jamás, Donni, eso jamás –apagó el cigarro en el casco de una calavera que usaba como cenicero–. Edgar también vendrá. Aquí entre nosotros –me hizo una seña para acercarme y ella me habló al oído–, me dijo que quería partirle las nalgas a cintarazos a Rocky por faltarte al respeto –se alejó de mi–. Pero no le digas que yo te dije.

–Bueno, quedan dos por convencer.

–Cariño, relájate –dijo mientras encendía otro cigarro–, estás hablando conmigo. Mario sólo necesita un telefonazo mío y aceptara enseguida. Gabi, por otro lado, está recuperando la carnicería de la familia y sólo podremos encontrarlo mañana por la mañana.

–Yo me encargo. Iré con Mary en un par de horas…

–Vas a conocer a mi hermanito, ¿eh? –dijo la muy sonsa antes de que dijera algo más–. Al fin te dignas a encarar a esa mujer como se lo merece, cabrón. ¿Sabes cuántas veces me ha llamado para desahogarse conmigo a mitad de mi turno? –Eso sería como las 4 de la mañana–. Y ahora ese niño. Debes de ver cómo lo ve. Y para colmo, se parece a ti, por lo menos en el carácter. Si ustedes dos son sus padres, llegará lejos ese niño. Así que de mí y de Ed depende que salgas vivo de todo esto. Es una promesa.

–Te creeré, pequeña Val, te creeré.

Lo que quedaba de noche la pasé con Val, hablando de todo y de nada. Hasta que dieron las 9 de la mañana. Pero como dije, la forma en que conocí a Jordi será para después.

Eran casi las doce del mediodía y me dirigía con el viejo Gabi. Él, junto con Mario alias "El Sugus" y Val nos conocimos en nuestros días de chimuelos rebeldes sin hogar. O, en caso contrario, que preferiríamos la calle como hogar.

Todos de la misma edad, todos rebeldes y los tres nos entendimos al instante. Edgar, por otra parte, llegó a nosotros por mera coincidencia, era un friki lleno de granos y un poco pasado de peso. Tratamos de aprovecharnos de él en una ocasión, llevaba un traje horrendo naranja con azul, que en la espalda llevaba una espiral roja. ¡Dios Santo! Lo pedía a gritos aquella vez: ¡Asáltenme, asáltenme! ¡Oh, por favor! ¡Tengo tanto dinero que no sé qué hacer con él y me visto ridículamente!

Ah, pero era diferente, él era uno de los pocos que sí hacía lo que tratan de enseñarte las cosas como Dragon Ball o El Puño de la Estrella del Norte: Patear culos te hace genial. Todos estábamos desprevenidos aquella vez. ¿Quién pensaría que un regordete cuatro ojos, de no más de 15 años y con acné sería maestro de Judo? Ninguno de nosotros 3, ninguno. En cuanto Gabi lo amenazó con una navaja lo tomó por la muñeca y se la dislocó, luego lo tumbó al piso y la cara de Gabi chocó contra el pavimento, también le rompió la nariz. Fue hermoso y todo con un solo movimiento.

El Sugus saltó en al instante, el gordo Ed, lo tomó por el cuello con ambas manos, giró su cuerpo y lo lanzó unos metros detrás de él; el Sugus se retorció de dolor por el golpe en la espalda. Yo detuve a Val que quería cortarle la garganta, me acerqué lentamente mientras prendía un cigarro, en aquel entonces no sabía lo bueno que producía cuba.

–Mira, gordito –le dije–, acabas de noquear a dos de mis amigos. Pero me caes bien. Hay algo en tu mirada que me enamoró –dije en tono juguetón.

– ¿Estás loco, Don? –Siseó Val con sus ojos llenos de furia–. Este hijo de puta acaba de…

–Nos acaba de demostrar que un friki gordo nos puede patear el culo por un simple descuido –terminé por ella mientras resoplaba humo en su cara–. Y me cae bien.

–No te daré nada, grandote –dijo por fin el viejo Ed–, sólo voy a una convención.

–Y nos encantaría acompañarte, viejo.

Sí, forcé un poco la relación con Ed. Pero en mi defensa, necesitaba amigos como nosotros. Y él, como nosotros, hizo limonada con los limones que le puso la vida.

El changarro de Gabi estaba limpio y en una zona bastante tranquila, para mi sorpresa. Me cambié de ropa por unos trapos finos que me había regalado Nick. Cuando entré no me reconoció el muy bastardo.

–Señor, ya tengo proveedor de carne –dijo sin mirarme a los ojos–, pero si su oferta es buena, lo pensaré.

–Así es cómo saludas a un viejo amigo, maldito perro desgraciado –dije con una sonrisa.

Levantó la cara confundido. Le tomó un par de segundos, pero me reconoció.

–Mírate tú, malnacido pulcro de… –reaccionó, volteó alrededor y observó a una anciana esperando su corte de bistec–. Señora, en un momento estará listo su pedido.

Después de despachar a todas las personas que estaban en el momento, cerró la carnicería y me invitó a pasar a su casa. Para mi sorpresa estaba comprometido con una hermosa mujer morena. Me hizo pensar mi oferta, aun así la plática amistosa tuvo que recaer en eso. Fue la razón por la que fui, lamentablemente. Empecé el tema cuando ella tuvo que ir a por unas cuantas más de cervezas, dijo que yo parecía barril sin fondo, llevaba un par de docenas de vasos y aún no estaba ni un poco alegre.

–Gabi –fue la única vez que le dije así en mi estadía, su señora le decía Gabriel–, me siento avergonzado por pedirte esto. No sé si has escuchado los rumores. Rocky y yo estamos peleados, ya se lo dije a Val y a…

–Oh, Don –se llevó ambas manos a la cara–, no sé si pueda regresar a las andadas. Trato de hacerme una vida digna, ¿sabes? Me ha tomado un largo tiempo poner en pie este lugar. Y Esmeralda… Queremos un niño, quiero un niño y quiero…

–Oh, Gabi –dije con arrepentimiento–, lo sé, lo sé. Val me dijo lo de la carnicería, pero nadie me dijo nada sobre tú queriendo una verdadera vida. No te habría pedido nada si hubiera sabido esto.

–Don, sabes que haría cualquier cosa por ustedes. Cualquiera. Pero esto, esto es como aquellas veces que tuvimos suerte de cuando teníamos como 15. Tengo responsabilidades, hombre.

–Gabi –dije mientras me levantaba–, no tienes que decir más. Es bastante comprensible. Fueron buenos tiempos y excelentes recuerdos. Ahora la tienes a ella, tienes tu negocio, bastardo, tienes una familia –tenía celos, él sabía exactamente lo que estaba haciendo y no arriesgaría la vida estúpidamente por una banda de la que ya no pertenece. Estaba muy celoso–. Quédate, Gabi, quédate y disfruta tu vida. Algún día regresaré con un par de obsequios para ti y para tu señora –nos acercamos a la salida, Esmeralda regresaba con una bolsa llena de latas de cerveza–. Un gusto en conocerte, Esmeralda. Tengo que retirarme, pero quedé tan cautivado por el olor a carne de su hogar que vendré muy pronto.

–Oh, cállate –me dijo Gabi un tanto desesperado–. Amor, ¿por qué no preparas un poco de ensalada? Yo acompañaré a Don hasta el autobús, regreso en seguida.

Mientras caminábamos, hablamos sobre Mary y Jordi. Sobre cómo envidio el carácter que tiene al escoger a su familia sobre estos negocios tan inmaduros.

–Don –me interrumpió–. Basta con todas esas idioteces. Tú eres así, yo sólo me dejé llevar por el momento, en los viejos tiempos, y no me arrepiento de ello. Pero tú eres diferente. Debiste nacer en la época de los griegos, pelear en el ejército y descuartizar a cualquiera que se ponga en frente y bañarte en vino rodeado de mujeres por la gloria causada al imperio –reí un poco. Eso habría sido perfecto para mí–. Pero por alguna razón, estás en la época equivocada, en el país equivocado y, en este momento, con la persona equivocada. Tienes a otros 3 que serán tu ejército personal. Saldrás vivo con esos locos de tu lado, lo sé, hermano. Pero ese camino ya no es mío. Ya no más. Yo nací para ser carnicero de reses y puercos, no de personas; como mi papá, mi abuelo y todos los anteriores a mí. Al igual que las aventuras contigo, no me estoy arrepintiendo de nada. Soy bastante feliz. Pero este tampoco es tu camino. Ve y haz entrar en razón a tu hermano –se quitó un dije que le colgaba en el cuello en forma de signo del yin yang azteca–. Esto es lo único que puedo darte como disculpa por no poder acompañarte –lo puso en la palma de mi mano–. Me dio la suerte para conocer a Esmeralda y te dará la suerte para salir de todo esto –nos abrazamos–. Si pudiera elegir a un hermano, te elegiría a ti todas las veces. Buena suerte, bello bastardo.

Le prometí una reunión de todos nosotros para cuando todo eso terminara.