Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)
Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.
Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.
Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.
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Capítulo 12
Cada toque era otra capa de emoción, de placer. Era un juramento tácito, un recuerdo del que Robert sabía que nunca se liberaría.
La miró a los ojos; las oscuras profundidades verdes parecían fundirse por la creciente pasión y el calor y el hambre que llenaban su cuerpo. Su cara estaba sonrojada, sus labios se hinchaban más cada vez que él los mordisqueaba.
—¿Vas a provocarme hasta que me muera? —le preguntó Kristen con voz ronca. Él se inclinó hacia ella y deslizó las manos por sus hombros y su espalda. ¿Había tocado alguna vez algo o a alguien tan suave como Kristen?
—Será un placer —gruñó, intentando no sonreír al oír su suave explosión de risa.
—Eso no era lo que quería decir —le aclaró ella, gimiendo al sentir sus dedos explorar la plenitud exuberante de sus caderas—. Ya me has provocado demasiado, Rob. Te necesito.
Él podía oír el hambre que rugía en su propio cuerpo, calentando su voz. Sí, ella lo necesitaba, tal como él la necesitaba, la deseaba, la ansiaba. Ella era el aire que él respiraba ahora, el latido de su corazón. Dejarla ir lo destruiría.
—Sube —la tomó de las caderas para ayudarla a tenderse en la cama—. Ésta es mi fantasía —le dijo rudamente y tiró de la correa que había atado en el centro de la cabecera y llegaba a la mitad de la cama—. Dame tus manos.
La larga correa de cuero tenía dos muñequeras de velcro en un extremo que le permitirían acostarla de espaldas o boca abajo sin preocuparse por reajustar la posición de los amarres.
Él vio cómo sus ojos se encendían con salvaje excitación y sus pezones se endurecían mientras un suave gemido escapaba de su garganta.
—Oh, sí, te gusta esto, ¿no es cierto, nena —él sonrió, le levantó los brazos y ató sus muñecas—. A mí también me gusta, Kris. Tenerte indefensa debajo de mí, incapaz de luchar contra tus necesidades o las mías. Verte arder debe ser lo más hermoso del mundo, nena.
Y lo era. Robert no podía pensar en nada más apasionante, más excitante, que la lujuria de Kristen. Quería alimentar esa lujuria, deseaba ver cuánto podía hacerla arder.
La miró tirar de las amarras y darse cuenta de que, a diferencia de las del Club, no había manera de soltarse de éstas. Se retorció contra ellas, su cuerpo se arqueó al sentir que la lujuria comenzaba a abrumarla.
—Vamos —susurró él y deslizó su mano entre sus pechos hasta los contornos redondeados de su abdomen—. Vuélvete loca para mí, Kris —la animó mientras su sexo clamaba alivio entre sus caderas—. Aquí estás bien y a salvo. Nadie puede verte, nadie tomará nada que tú no puedas dar. Esto es sólo para ti, nena, todo para ti…
Sabía que la lujuria de Kristen era sólo para él. Vio la desesperación comenzar a brillar en sus ojos cuando tomó los artículos que había colocado sobre la mesita de noche. El tubo de gel lubricante, la pequeña mariposa vibradora que ataría alrededor de sus muslos para colocarla sobre el hinchado promontorio de su clítoris, y el control remoto con el que activaría los diferentes niveles de estimulación.
—Ahora, vamos a abrir estos bonitos y pequeños muslos —la obligó a separar sus piernas, sonriendo cuando ella se resistió y después se apretó contra él sin dejar de lanzar pequeños gemidos calientes que encendían sus propias pasiones.
Robert se movió entre sus muslos para mantenerlos apartados, mientras sus manos le apretaban la entrepierna e introducía los pulgares en su brillante vagina. Los pliegues sedosos se abrieron y mostraron la tierna carne sonrosada con el néctar de su pasión.
Se le hizo agua la boca al ver el suave fruto de la pasión femenina. Acercó sus manos y con los pulgares abrió los labios exteriores, para ver cómo la pequeña hendidura revelaba el interior rosado y cremoso.
Kristen se retorcía bajo él, sus caderas se arqueaban al tratar que su ardiente carne se volviera más firme ante su contacto.
—Quédate quieta —gruñó él, levantando una mano y dejándola caer firmemente sobre su acolchonado coño.
—Oh, Dios. Rob… —gritó su nombre y sus caderas empujaron más alto, estremeciéndose más de placer que de dolor.
El sudor perlaba su cara, sus pechos, su pequeño y suave vientre.
—Te gusta esto, ¿verdad, Kris? —le dio otra palmada en la delicada carne, gozando con su lujurioso gruñido de necesidad femenina.
Sus dedos se deslizaron por la hendidura y se acomodó en la cama, acomodando con cuidado su gruesa polla que palpitaba dolorosamente.
—Separa más tus piernas, Kristen, o me olvidaré del pequeño trato que hicimos, me estoy muriendo por probarte aquí. Tengo que obtenerlo, nena —le advirtió, manteniendo su tono de voz rudo y peligroso.
Ella tembló ante ese sonido, pero separó los muslos, abriendo más sus suaves pliegues. La pequeña entrada a su vagina lo tentaba, acelerando su hambrienta respiración. Él no podía llenarla con su polla, pero ciertamente la follaría hasta volverla loca con su lengua.
—Levántate —colocó una mano bajo sus nalgas, reforzando su demanda al tomar un grueso cojín de los pies de la cama.
Era del tamaño de una almohada, pero más firme, lo que aseguraba que las caderas de ella se mantuvieran elevadas para que él pudiera hacer lo que tenía en mente. Lo empujó debajo de sus caderas, dejando la parte inferior de sus nalgas sin nada que obstaculizara sus deseos.
La miró fijamente mientras levantaba el tubo de lubricante y vaciaba el gel en sus dedos. Ella apenas podía mantener los ojos abiertos, ya que su excitación aumentaba cada vez más. Sus ojos estaban entrecerrados y luchaba para respirar mientras la tormenta de placer rugía en el interior de su cuerpo.
—¿Estás lista para mí, nena? —le sonrió, sintiendo emociones que nunca había pensado que conocería con otra persona. Las mismas que una vez le dijo su padre que había sentido con su madre.
Ternura, pasión, un hambre salvaje que ninguna otra mujer sería nunca capaz de saciar. Él había nacido sólo para Kristen. Aun cuando sonara tan trillado, aun cuando estuviera en contra de su rígida filosofía de guerrero con la cual siempre había vivido, él sabía que ésta era la verdad. Él vivía para amarla.
—Robert… —ella gritó su nombre, haciendo que su pene derramara un sedoso chorro de semen debido a la excitación que detonó en su cuerpo.
La voz de Kristen era ronca, desigual, el hambre sexual parecía algo vivo dentro de ella mientras sentía la lengua de él deslizarse a lo largo del estrecho canal de su vagina y sus dedos introducirse en la fruncida abertura de su ano.
Él percibió que los músculos tensos de su ano se flexionaban para rodear sus dedos mientras lamía los temblorosos pliegues de su sexo, cuyo dulce y seductor néctar envolvía sus sentidos.
Su clítoris palpitaba contra su lengua, sus caderas se alzaban para recibir sus caricias; su voz se hacía más gruesa, suplicante, envolviéndolo profundamente en el sensual hechizo que ejercía en su corazón y en sus costados.
Sabía dulce y picante, sus fluidos sólo estimulaban más su lujuria, haciéndolo ansiar más y más los gritos seductores que estallaban en su garganta.
Su lengua rodeó su clítoris, sus labios lo succionaron al calor de su boca y lo acarició con movimientos suaves y firmes. La llevó al límite de la razón y luego, despacio, la trajo de regreso, haciendo una mueca al oír sus pequeños gemidos suplicantes. Sus dedos lenta, muy lentamente, comenzaron a hundirse dentro del broche flexible de su ano, sintiéndola abierta para él, el tejido sensible expandiéndose primero alrededor de un dedo y después de dos.
Sus caderas se apretaban contra ese empalamiento, empujándose más profundamente, mientras que sus dedos, enredados en el cabello de él, lo oprimían contra el tenso capullo de su clítoris.
Él gruñó contra su carne, sintiéndola estremecerse ante el inminente orgasmo un segundo antes de que se deslizara más abajo. Su lengua bordeó la convulsiva entrada de su vagina antes de empezar a introducirla lentamente.
Con un suave empujón y luego otro, él llenó la entrada, presionando contra los apretados músculos y sintiéndola agitarse bajo él. Su clímax explotó a través de ella, enviando sus dulces fluidos a su boca en tanto que el apretado tejido que rodeaba sus dedos empezaba a temblar en respuesta. Ella se sacudió, ardiendo como una llama al estallar de placer.
Robert no le dio tiempo de relajarse tras la tormenta que la poseía. Antes de que ella pudiera descargarse en otra explosión, ya estaba arrodillado extendiendo una gruesa capa de lubricante sobre su pene, después colocó los pies de ella sobre sus hombros e introdujo su polla en la entrada trasera y comenzó a empujar.
Kristen aún estaba perdida en su orgasmo y se estremeció cuando sintió el grueso sexo de Robert presionando contra su ano. El fuego corrió por sus terminales nerviosas, allí donde el placer y el dolor convergían, hundiendo sus sentidos y empujándola más alto, pese al orgasmo que aún sacudía su cuerpo.
Kristen apenas se dio cuenta de que él se había puesto el condón antes de empezar a entrar en ella, pero de ninguna manera afectó las sensaciones que la atravesaban.
Un fiero calor llenó su ano cuando la cabeza del pene lo abrió y empezó a penetrarla cada vez más profundamente. Ella podía sentir cada vena, cada gruesa pulgada que empujaba dentro de ella, acariciando el sensible tejido, enviando descargas eléctricas en una sensación desgarradora a través de su cuerpo para explotar chisporroteando de hambre en el interior de su sexo.
Ella lo tomó de las muñecas, ahí donde el sostenía sus muslos abiertos, sus pies aún descansaban sobre los amplios hombros mientras él la miraba atentamente. Podía sentir la tensión recorriendo su cuerpo y el de él, mientras lentamente, pulgada a pulgada, él la llenaba hasta sobrecogerla.
—Dios, estoy peor que un chico con su primera mujer —jadeó encima de ella mientras su sexo palpitaba imperativamente en la apretada abertura de su ano.
—Rob —el insoportable placer/dolor que sentía era más de lo que podía aguantar, aunque los abundantes fluidos que manaban de su vagina la desensibilizaban, haciéndola incluso sentirse más excitada, más caliente. Necesitaba más para correrse ahora; necesitaba sensaciones agudas, dolorosas, para volar más allá del borde.
—Lo sé, nena —gimió y levantó la mariposa vibradora de la cama.
Con movimientos rápidos, expertos, él ató las correas a sus muslos antes de colocar el pequeño y poderoso dispositivo sobre su clítoris.
—Prepárate, nena —le sonrió al ver sus ojos muy abiertos e inocentes. No tenía ni idea de adónde iba a volar.
Él flexionó sus caderas, sacando su sexo del apretado ano antes de encender el vibrador en su nivel más alto y volvió a penetrarla. Sabía que los agudos pulsos eléctricos que atacarían el sensible nudo la llevarían gritando al clímax mientras él montaba su ardiente canal trasero.
Sucedió como esperaba. El cuerpo entero de Kristen se puso rígido durante un segundo en tanto sus músculos anales se apretaban alrededor del miembro invasor. Entonces, cuando el orgasmo la desgarró, lanzó un grito que estremeció el alma de Robert. Una y otra vez ella apretó y tiró de su pene como si lo ordeñara rítmicamente, destruyendo su control hasta que él se sumergió dentro de ella una última vez y derramó su semilla en la cubierta de látex que apenas recordaba haberse puesto.
Con respiración agitada, temblando por el orgasmo, se derrumbó sobre el tembloroso cuerpo de Kristen, y gimió de pesar al forzarse a salir del orificio apretado y eliminar la protección de látex.
Débilmente, liberó las correas de la mariposa y la quitó del cuerpo tembloroso, para seguir después con las demás sujeciones. Apartó la correa y tomó gentilmente a Kristen entre sus brazos. Acarició su espalda intentando calmar su temblor; ella no dejaba de gemir suavemente.
—¿Estás bien? —depositó un beso en la parte superior de su cabeza, aún jadeando.
—… muerta… —refunfuñó ella—. Cállate y déjame descansar en paz.
Él rió en voz baja. Un sonido áspero, agotado, que no pudo evitar.
—Descansa, nena —gruñó, tirando del cobertor para taparlos a ambos antes de derrumbarse contra las almohadas.
Pronto la despertaría para que se diera una ducha, pero ahora sólo quería esto: Kristen durmiendo a su lado, él abrazándola fuertemente, su olor llenando sus sentidos. Sus ojos se cerraron, su cuerpo se relajó contra el de ella y la siguió rápidamente en el sueño.
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Mantenerse al ritmo de Robert en la granja hubiera sido imposible si él no hubiera estado dispuesto a permitírselo. Por la tarde, ella se arrastraba de agotamiento y todo lo que había hecho era seguirlo de un lado a otro mientras él supervisaba lo que, estaba dándose cuenta, era una vasta operación.
¿Habría allí algo que él no hiciera?
Lo primero que hizo aquella mañana fue encontrarse con un pobre granjero a quien convenció de que el esperma de un toro que Robert poseía valía más dinero del que Kristen ganaba en un mes. Ella se había sentado y había escuchado con asombro cómo se cerraba el trato, cómo se firmaba el cheque, y un necio equivocado se iba con un tubo de ensayo de soldaditos de vaca conseguidos a un precio que debería ser ilegal.
—Menudo robo —acusó a Robert por lo bajo mientras el pequeño hombrecillo se marchaba feliz con una inmensa sonrisa sobre su cara.
—¿Tienes alguna idea de cuánto pagué por ese toro? —Él arqueó una ceja mientras la miraba fijamente con diversión—. Créeme, cariño, el señor Cunningham ha hecho un buen trato, y lo sabe.
Kristen resopló.
—Vi un montón de vacas cuando venía hacia aquí, Robert —dijo ella, luchando por contener su risa—. Podía haberse detenido, haberle hecho una paja a algún toro e irse a casa sin perder una fortuna. No es raro que las granjas se estén hundiendo por toda la nación; los tipos como tú no estáis dejando que los pobres bichos se críen al modo natural.
Él le golpeó con fuerza el trasero, riendo mientras ella se apartaba de su camino y le respondía con una sonrisa descaradamente burlona.
—Mujer, eres una amenaza —dijo con un gruñido, acercándola a su pecho y dejando caer un beso rápido sobre sus labios—. Vamos, tengo que comprobar a los caballos antes de que regresemos a la casa para el almuerzo. Tengo una tonelada de papeleo esperándome.
Kristen todavía esperaba el almuerzo. Apoyó su pie sobre el poste inferior del corral y lo miró mientras hablaba con el capataz. Su cara bronceada por el sol mantenía una expresión atenta, su sensual y pleno labio inferir se había tensado, la sombra de la barba se había hecho presente en su cara, dándole un aspecto peligroso, sexy. Ella deseó poder arrastrarlo hacia una cama, pasar sus manos sobre su cuerpo, y lamerlo de la cabeza a los pies.
Casi lo había logrado esa mañana. Lamentablemente, ella había empezado por la gruesa longitud de su polla, y se había apartado del camino por el poder y las promesas de aquella dura carne.
Apoyó sus manos sobre el poste superior de la cerca, descansando su barbilla sobre ellas y se preguntó qué diablos iba a hacer ahora. Estaba a punto de enamorarse de él. Demonios, no, no estaba a punto. Ya se había enamorado de él; llevaba enamorada más de un año pero había rechazado admitirlo.
¿Fue su sonrisa lo que primero invadió su corazón? ¿Aquella pequeña y rara sonrisa torcida que él parecía tener sólo para ella? ¿O fueron sus ojos, de ese color gris tempestuoso en un minuto, y al siguiente de una suave y apacible pizarra? No, era todo de él: sus bromas, su suavidad, los variados modos que encontraba para hacer de sus encuentros algo especial, de darles un aire divertido no importaba cuán loca la volviera. Había algo sobre él; tan duro y peligroso como presentía que podría ser, igualmente podía ver el suave interior de su corazón.
El zumbido del teléfono móvil en su cintura la sacó rápidamente de sus pensamientos y la trajo de vuelta a la realidad. Sacó el pequeño aparato de su funda, comprobó quién la llamaba e hizo una mueca de fastidio antes de descolgar.
—Estoy trabajando —dijo fríamente—. ¿Qué quieres?
Hubo un momento de silencio a través de la línea.
—Típica respuesta —la voz de su padre era tan santurrona y remilgada como siempre—. ¿Es que alguna vez no estás trabajando, Kristen?
—No si eres tú quien llama —afirmó.
—Deberías estar aquí en casa, donde pueda ver que estás adecuadamente protegida —se lamentó él—. Tendría que haber sabido que no ibas a actuar razonablemente. Afortunadamente, el hijo de Caroline puede ser un pervertido, pero tiene un entrenamiento del que tú careces.
Muchacho, si lo tenía. Kristen sonrió abiertamente ante el conocimiento sensual, aunque sabía que su padre hablaba de un asunto completamente diferente.
—Sí, estoy viva. Robert está vivo. Los tipos malos no han ganado aún. ¿Algo más?
Había días en que ella sentía una llamarada de culpa por la animosidad que mostraba al hombre que debería haber sido su padre. Pero la actitud cáustica de él y su tono nunca lograban disuadirla de ese sentimiento.
Sintió a través de la línea telefónica cómo revolvía los papeles, sintió la tensión que de pronto lo invadió.
—No lo metas en tu cama, Kristen —su voz cuando habló fue otra vez fría, dura y helada—. Nunca aprobaré ese matrimonio y dudo seriamente de que un hombre del temperamento de Robert esté dispuesto a esperar los cinco años requeridos. No cometas el error de pensar que puedes jugar con él tan fácilmente como crees que puedes jugar con todos los demás.
¿Por qué esto todavía le dolía? Por un momento, ella se asombró de la rebanada omnipresente de dolor que golpeaba su pecho cada vez que él revelaba su desprecio por ella.
—¿Recibiste el informe del doctor la semana pasada? —preguntó antes de contestar a su acusación
—Desde luego —gruñó—. Los informes me son enviados directamente
—Entonces asumiré que eres consciente de que todavía soy virgen —dijo ella dulcemente—. Hasta que los informes digan lo contrario, lo que haga y con quien lo haga no es asunto de tu incumbencia. ¿Correcto
El tono ostensiblemente falso y dulce de su voz debía haber puesto su cara roja, y hacer que los ojos de color avellana se saltaran de sus órbitas. Ella sintió una llamarada de satisfacción ante aquel pensamiento.
—¿Piensas que esto es nada más que las pruebas? —rabió él—. Eres tan corrupta como….
—No lo digas —no podía oírlo, no ahora—. Colgaré en el segundo en que lo hagas. Si no tienes nada referido a mi misión para decirme, colgaré tan rápido que no sabrás lo que te ha golpeado.
—Él comparte sus mujeres, Kristen, las comparte con sus amigos y Dios sabe con quien más. Ninguna hija mía será parte de eso.
Ella deseó no ser su hija. Eso habría hecho las cosas mucho más fáciles para ella.
—Cuando estés listo para ser un padre, más que un barómetro moral, avísame.
Desconectó la llamada despacio mientras miraba fijamente a través del corral a Robert. Él la estaba mirando con el ceño fruncido, que no se desfrunció cuando ella le envió una sonrisa rápida. Las acusaciones de su padre revolotearon por su mente, recordándole quién y qué era Robert. Un miembro del Club. Un hombre cuya sexualidad era tan avanzada, tan alejada de la de cualquier otro hombre, que el mero pensamiento de ello hacía que su pulso se acelerara.
Sí, si él la poseyera, la compartiría. Escogería un tercero, tal como otros miembros del Club hacían, y la compartiría, acariciaría cada una de sus fantasías y le daría libertad para disfrutar algo que la mayor parte de las mujeres solo podían soñar.
¿Eso le hacía amarlo menos? Le hacía amarlo más. Y también le hacía más daño, porque no importaba lo que ella pudiera soñar, o lo a menudo que se asegurara a sí misma que cinco años no era demasiado tiempo, lo sabía bien. Podría ser toda una vida
— Kristen —él estaba de pie al otro lado de la cerca ahora, mirándola preocupadamente, sus cejas fruncidas en un gesto de preocupación—. ¿Va todo bien?
—Bien —Ella tragó fuerte mientras contenía sus lágrimas y el conocimiento de todo lo que se le negaba—. ¿Aún tienes hambre? El almuerzo era hace una hora, Rob. Creo que voy a desfallecer, han pasado horas desde el desayuno.
Supo por el estrechamiento de sus ojos que no le había ocultado nada. Por primera vez en su vida se enfrentaba a alguien a quien no podía engañar.
— Kris —él la alcanzó a través de la cerca, su mano tomó su mejilla y sólo entonces ella sintió la leve humedad que caía desde sus ojos.
Su sonrisa se desvaneció.
Lamió sus labios, mirándolo con pesar, consciente de la creciente emoción que empezaba a llenar el aire.
—Quiero demasiado —finalmente susurró—. Como siempre, simplemente quiero demasiado.
Se dio vuelta alejándose de él y se precipitó a través del corral, dirigiéndose hacia la casa. No podía afrontarlo más. No podía afrontar el pasado, ni el futuro sin él, o las demandas que de repente se azotaban sobre ella. No podía afrontar a Robert, o nunca sobreviviría a la opción que había jurado mantener.
