Capítulo 12. Resurrección

-¿Tienes frío? –Richard la miraba con ansiedad, como hacía desde el intento de asesinato. Habían pasado ya tres semanas desde aquello y sus heridas eran sólo cicatrices y reflejo de un momento horrible que ambos desearían olvidar. Kate sabía que temblaba, pero no era por frío. Había vuelto a soñar. Había soñado que se ahogaba y que en el fondo del río la esperaba su madre, con el vestido ensangrentado. El mismo sueño que se repetía cada noche. Y que la hacía temblar. Él se levantó, dispuesto a buscar otra manta de lana para taparla, pero no se lo permitió. No quería que se separara de ella. Ni un segundo. Era absurdo, lo sabía. Richard no podía salvarla de sus sueños.

-Sólo voy a por una manta –la tranquilizó -. Ya te dije que no te dejaría.

-No –respondió, con un tono suplicante que odiaba. Ella nunca se había considerado débil, ni siquiera durante los sermones que el párroco daba en la aldea. "La hembra es débil y torpe, el hombre debe cuidarla de otros pero sobre todo de sí misma". ¿Débil? ¿Acaso era su padre, siempre borracho, quien había cuidado de sus hermanos? ¿Era él quien cocinaba para toda la familia? Se preguntaba si los demás estarían bien, temía no haber enseñado lo suficiente a las pequeñas. Pero de nada le servía ya lamentarse. No creía que pudiera volver a verlos. Ahora sólo podía preocuparse por sí misma y en aquel momento, cuando era noche cerrada y los animales dormían, necesitaba que él estuviera ahí, cerca.

-Está bien –dijo él -. Volvamos a dormir.

-o-

-¡Oh, mira Kate! ¡Por fin el chucho sirve de algo!

El logro del animal no era otro que traer una libre entre los dientes. Kate hubiera reído, si no le hubieran quitado las ganas de reír a base de palos semanas atrás. Perro se acercó, orgulloso y dejó la presa a sus pies, moviendo el rabo. Ella se limitó a darle unas palmaditas, sin apenas entusiasmo.

-Hieres su ego –comentó Richard. Kate se encogió de hombros y cogió al animal muerto, examinándolo. Él se sentó a su lado, de buen humor. :-Estupendo, no comíamos liebre desde que dejamos al padre Ryan y a Jane atrás. –El cirujano jamás lo admitiría, pero echaba de menos a la pareja, con quien había compartido una última cena deliciosa. La joven no respondió, para ella aquella noche traía otro tipo de recuerdos.

-No seas bruta, deja que yo me ocupe.

Jane la obligó a sentarse. Ella quiso protestar pero la manceba del sacerdote se había percatado del gesto de dolor de la muchacha. Aún era pronto para que volviera sus quehaceres.

-Bebe esto, te calmará el dolor –le dijo, ofreciéndole uno de los frascos de medicina de Richard. Kate arqueó las cejas, sabiendo de sobra el contenido del cristal, pero cedió. Un poco de licor no le haría daño. Y Jane tenía razón, le hizo sentirse mejor. Antes de que pudiera decirle nada, tomó otro sorbo y vació el contenido con un trago más. Jane tosió, incómoda. –No creo que debas abusar de la medicina…

-Tenías razón –respondió -. Me calma y me siento mejor. –Y eso hizo callar a la otra mujer.

Desde aquella noche no había parado de beber del contenido de aquellos frasquitos, remplazándolos con agua para que el cirujano no se diera cuenta. Sabía que abusaba de la confianza de su compañero, pero le daba igual. Aquel brebaje la hacía olvidar el dolor, aunque fuera por un rato. Luego, cuando se acostaba junto a él y el miedo y los malos recuerdos volvían a su cabeza, se sentía como una miserable.

-Lo cocinaré yo –dijo él, levantándose.

-Richard –lo frenó -. Yo…

Él se volvió, esperando, tranquilo. Ella trató de hablar, pero como le pasara durante años las palabras no le salieron. Al menos no las adecuadas. –No lo hagas muy salado.

-Me ofendes –sonrió.

Él disfrutó de la comida y aprovechó para contarle algunas anécdotas sobre sus inicios como aprendiz de barbero, queriendo sacarle al menos una sonrisa, de la que por supuesto no hubo ni rastro. Al final suspiró, dándose por vencido.

-Debo ir a buscar hierbas –dijo, dejando un hueso que había utilizado para limpiarse los restos de comida de entre los dientes -. Si sigues bebiéndote la medicina así me dejarás sin suministros -añadió, sorprendiéndola.

-¿Cómo lo…

-Subestimas al hombre con quien duermes –respondió con cierta frialdad -. Sé que el licor te hace sentir mejor, Kate, pero si continúas así te convertirás en lo que más odias.

No necesitó decirlo, pero ella lo comprendió. Su padre. Y no quería ser como él.

-o-

Cuando Richard volvió de buscar hierbas ya había oscurecido, pero aún podía verla. Estaba apoyada junto al carromato, sostenía algo en su mano. Un frasco, vacío. Él torció el gesto, pero ella negó.

-No lo he bebido.

-No importa –dijo.

-Te digo que no lo he tomado.

-Kate…

-¿Ya no confías en mí? –preguntó con voz quebrada.

No respondió. Se acercó a ella, despacio y le tomó la mano, quitándole el botecito que arrojó lejos. –Creo en ti. Si no lo hiciera ya te habría olvidado en algún burdel. –Entró en el carro, dejándola allí, con la cara empapada en lágrimas, sin saber que pensar.

Richard había oído cada primavera como Jesucristo había muerto en la cruz y resucitado al tercer día. Y tal como la gente había creído en aquel milagro, él esperaba y suplicaba porque en Kate se produjera otro. Nunca es demasiado tarde para creer en los milagros. Tres días llevaban en completo silencio, sólo roto por el ruido de Altanero al caminar y por los ladridos del perro. No podía evitar mirarla de reojo, aunque apartaba la vista rápido. Porque era como verla muerta en vida. Aquella no era la hermosa joven que había recuperado la voz. Kate volvía a ser la triste niña que un día comprara a un campesino huraño y que abandonara en un convento. En ello pensaba cuando llegaron a las puertas de la ciudad de Londres, a la que habían vuelto en un cambio de planes sin precedentes, pensando en ella. Quizás la muchacha se sintiera mejor en su casa.

-Estaremos aquí por unos días –dijo, aunque sabía que antes le responderían los animales –Sé que no te gusta el gentío, pero al menos estaremos en nuestra casa.

La indiferencia de Kate no fue mayor que la sorpresa de Javier cuando vio entrar al barbero acompañado de la joven. Perro al verlo se acercó a lamer la mano amiga, soltando un par de ladridos que hizo salir a los niños que comían en la casa.

Perro!

-Madre, madre, Richard y la joven guapa han vuelto.

-¡Mira madre, el barbero ha vuelto a casa!

Leila y Zoraida, Jane y María, para el resto del mundo se asomaron, confusas. El cirujano había dejado claro que no volvería hasta el siguiente año. ¿Qué hacía allí? ¿Y por qué Kate tenía esa mirada de tristeza?

-Richard –saludó la mujer mayor, con un asentimiento -. Kate, debes estar agotada. Pasa dentro con Jane, yo limpiaré la casa.

-No será necesario –Él habló por ella -. Yo me ocuparé de limpiar, Kate puede descansar en nuestra casa.

-Deja que venga conmigo –rogó Leila -. Así tendré un poco de compañía. Desde que nacieron los gemelos apenas salgo a la calle.

-¿Ya han nacido los niños? –Richard se percató del cambio de Kate. Un rayito de luz, apenas perceptible iluminó su cara, antes de volver a clavar los ojos en el suelo.

-Hace dos semanas –respondió Javier, orgulloso -. Niño y niña.

-Está bien. Kate ve dentro, María y yo nos ocuparemos de la casa.

Richard no cedió a las sutiles preguntas de la esposa de su amigo, que evidentemente quería saber que había ocurrido. No porque no la creyera digna de confianza, sino porque no creía que fuera justo para Kate airear ciertos asuntos. –Habla con ella, María –dijo al final, cansado -. Si quiere, te lo contará.

-Es una niña preciosa –susurró, mirando a la pequeña que tenía en brazos -. Y él parece fuerte.

-Será tan apuesto como su padre –aseguró Leila, animada, mientras que se abría el vestido y arrimaba al bebé a su pecho, que enseguida empezó a succionar -. Y ella crecerá sana y feliz.

-¿No te duele?

-No, querida, al menos con él no. Pero con ella es terrible –aseguró, señalando a la niña -. Su padre bromea diciendo que para cuando termine ya no habrá tetas que él pueda acariciar.

Kate hizo un gesto de dolor. Hacía ya tiempo que no se ruborizaba con aquellos temas, pero aún podía recordar perfectamente como aquella turba además de golpearla la había manoseado. Leila comprendió que había cometido un error.

-¿Qué ocurre, pequeña? ¿Acaso Richard te ha obligado a hacer algo que no deseabas?

-¡No! –negó, más alto de lo normal -. No, él nunca me haría daño…

-¿Entonces?

-Por favor, no –suplicó -. No quiero hablar de eso.

-Está bien, cálmate. No tienes que contar nada. Mas, ¿me dejas darte un consejo? Sea lo que sea, apóyate en él. Richard te ayudará. Javier me ayudó a olvidar.

-¿Olvidar? –La miró sin entender. ¿Qué había necesito olvidar aquella mujer valiente y llena de vida? Leila miró al suelo, como perdida en sus recuerdos, antes de responder.

-Fui esclava, Kate. ¿Qué crees que me hacía mi amo?

-Dios santo –musitó.

-Me poseyó cuando yo tenía trece años y tras aquella vez, vinieron muchas más… Dejó de doler… pero lo odiaba –suspiró -. Odiaba que aquel hombre me pusiera la mano encima y me obligara a… ya sabes a que. Y entonces llegó él y me llevó consigo. Se casó conmigo, no le importaba nada. Ni que hubiera sido una esclava, ni que me hubieran marcado como un animal… -subió la falda de su vestido para enseñar una marca hecha con hierro en su muslo. Luego lo bajó de nuevo, para seguir hablando -. Me enseñó lo que era el placer –musitó -. Nunca perdonaré lo que aquel cristiano me hizo. Pero ahora, si alguna vez sus manos y sus asquerosas caricias vienen a mi memoria, me basta con acercarme al padre de mis hijos y pedirle que me abrace. Y los malos recuerdos se van.

-o-

-Los ha traído María del mercado -. Richard dejó una fuente de barro con pasteles de miel. Sus favoritos. Ella esbozó una sonrisa -. Vaya, vuelves a sonreír –dijo feliz -. Por favor, hazlo otra vez, ¿o me lo he imaginado?

-Me gusta la miel –dijo ella, cogiendo uno -. Madre la usaba para callar a los niños cuando lloraban. También la usaba conmigo, supongo.

-A mí simplemente me gusta lo dulce –respondió él, alegre -. Recuerdo cuando me obligaste a darte unas monedas y te las gastaste en estos pasteles. Eras tan huraña…

-Tú tampoco eras un juglar –replicó.

-Bueno, en realidad soy prácticamente un juglar. Un juglar con el don de curar –presumió.

-¿Y puedes curarme a mí? –soltó de golpe. Richard dejó de sonreír al verla. Estaba seria y a la vez, ¿esperanzada?

-¿Se te ha abierto alguna herida? –preguntó, preocupado, levantándose. Kate no respondió, pero se puso en pie al igual que él. –Kate, por favor, dime cómo puedo ayudarte.

-Quiero olvidar… -dijo en voz baja -. Por favor, hazme olvidar.

En su mente se mezclaban tres pensamientos. El primero: lo mucho que había deseado a Richard antes de que la torturaran en Canterbury. Después aquello desaparecía y daba paso al miedo, el dolor y el horror de lo vivido. Y luego pensaba en las palabras de Leila y en la mirada feliz de la mujer que una vez sufrió un auténtico calvario. Y uno tras otro los pensamientos giraban como en un círculo.

-Kate…

-Necesito… necesito olvidarlos. Quiero… ser la de antes… tú me devolviste la voz… ellos me arrebataron lo que había recuperado –la felicidad, las ganas de vivir en aquella nueva libertad que había perdido tras la muerte de su madre. El deseo que había despertado con los besos y las caricias de Richard –quiero recuperarlo. Contigo.

-Kate… -repitió en un susurro. Ella negó, haciéndolo callar con un dedo sobre sus labios y se puso en pie. Richard no perdió detalle.

Katherine llevó las manos hasta su espalda y desató el nudo que sujetaba su vestido y cubría sus cicatrices. Él no podía hablar, esperaba, sólo esperaba, dándole la oportunidad de detenerse, de volver atrás. Pero no iba a retroceder. Algo dentro de ella se lo impedía. Algo que le suplicaba que fuera feliz con el hombre amado.

Con dedos torpes deslizó la cinta y sólo la dejó caer, con los ojos clavados en el suelo. Richard se acercó a ella, obligándola a enfrentarlo con la mano bajo su barbilla. Para su sorpresa, no encontró miedo ni preocupación. Sus ojos brillaban, como nunca antes y sus labios estaban humedecidos. Los rozó con sus dedos, esperando un último rechazo que no llegó. Y él no pudo más.

Se besaron y todo a su alrededor desapareció. Para Kate sólo existía el hombre que la llevaba a la locura con besos febriles. Para Richard, sólo la bella mujer que jugaba con su pelo para atraerlo más a ella. Sólo eran ellos. Besos. Saliva. Dos bocas que no podían ni deseaban separarse. Cuatro manos celosas que querían poseer al otro y no soltarlo jamás. Ojos avellanas que querían perderse en el azul. Azul que quería que el avellana quedara grabado para siempre en él.

-Kate –gimió él separándose. Ella no dispuesta a dejarlo ir volvió a besarlo, suspirando cuando su boca volvió a dejar la suya para bajar hasta su cuello. –Kate… Kate…

Había convertido su nombre en un cántico. Un rezo a una diosa pagana. Desesperado por encontrar más piel que besar bajó el vestido hasta sus pechos. Los miró, deseoso de probarlos, pero entonces una chispa de cordura volvió a él. Era el primer hombre que la tocaba. Debía contenerse.

Kate respiraba con dificultad. La violencia con la que el cirujano la había tocado la había dejado deseando más, pero también se sentía asustada. Por un momento su mente volvió a aquella silla en el río y a las manos que la tocaban entre gritos e insultos. Pero entonces una caricia en el rostro la hizo volver. Era él. Estaba en Londres, en su hogar.

Richard se inclinó y volvió a reclamar sus labios, pero estaba vez más despacio, sin premura, acariciando a la vez uno de sus pechos, mientras con su otra mano la pegaba más a él. –No temas –le dijo, mientras tomaba el pezón entre sus dedos -. Así, amor –susurró -. Así.

Aquello la hizo gemir. Los dedos de Richard hacían magia en su pecho, la tocaban como si fuera un instrumento del que pudieran salir los más bellos sonidos. –Richard –suspiró, cuando él agachó su cabeza y cambió las caricias por besos. Su boca, húmeda y caliente se cerró sobre su areola y succionó el pezón. Desesperada lo atrajo más hacia ella, sintiendo como un dolor entre sus piernas se hacía cada vez más fuerte.

-Sabes mejor que la miel –le dijo sobre su seno, antes de liberarlo y volver a mirarla, relamiéndose los labios –Mucho mejor.

-Richard… me duele –gimió, desesperada -. Por favor…

-Shhh… lo sé. –También a él le dolía. La necesitaba. La deseaba. La quería.

La oyó soltar un gritito de sorpresa cuando la cogió en volandas y apartó la cortina que escondía su lecho, donde la posó con delicadeza. Ella llevaba el vestido por la cintura y él estaba vestido. El cirujano le sonrió antes de quitarse la camisa, dejándola ver el torso masculino de un hombre fuerte, poco acostumbrado al descanso. Kate sintió como el pulso se le aceleraba cuando él clavó una rodilla en el lecho, entre sus piernas e introducía una mano en su vestido, acariciándola en el interior de los muslos. No la tocó allí donde más ansiaba, pero pronto lo haría. Siguió rozándola, sintiendo la piel caliente y necesitada y volvió a besar su boca, esta vez con auténtico hambre.

No aguantaba más. No sabía que era lo que tanto quería pero su cuerpo lloraba por él. Dolía. Era como si un fuego la quemase. Sus besos la dejaban sin aire, pero no importaba. El aire había dejado de ser fundamental en su vida. Ahora sólo era él. Richard y aquellos besos. Richard y las manos que bajaban su vestido hasta dejarla totalmente desnuda. Richard que la veía de aquella forma tan vulnerable y que la miraba como si fuera la mujer más bella del mundo. Y lo era. Para él lo era.

-Oh, Kate. Eres tan… -Calló, pues no encontraba palabras para describir a la criatura que tenía entre sus brazos. Ojalá fuera uno de esos escritores que tienen la facilidad de encontrar palabras adecuadas y escribirlas en un papel que leerían nobles y reyes. Pero pronto abandonó tales pensamientos. Porque no quería que nadie supiera de aquello. Del rubor que cubría su piel. De la tensión de su cuerpo. De la "o" que formaban sus labios mientras sus ojos se clavaban en los suyos y le rogaban que continuara. Aquel momento tan íntimo en la vida de Kate, una simple campesina, se lo había regalado a él. A Richard, el cirujano-barbero.

Sin poder apartar los ojos de ella, se desnudó el también, sin poder evitar tocarse, arriba y abajo. Se sentía lleno y duro. Se recostó, sobre ella, haciéndola sentir su erección. Pero no la tomó, todavía no.

Era grande, muy grande. Por un momento no pudo evitar temerlo. ¿Podría entrar en ella sin partirla en dos? Richard vio su miedo y le sonrió, besándola despacio -. Tranquila –le dijo, tomando su mano y guiándola hacia abajo. Kate lo acaricio, lenta, torpe, tímidamente. Estaba tan caliente. Al igual que su cuerpo, pensó. –No somos tan diferentes –Richard adivinó sus pensamientos -. Estamos hechos el uno para el otro. –No tuvo oportunidad de responder porque Richard le robó todo posibilidad de pensar, tocándola justo donde más lo necesitaba.

-Ohh…

La tocó despacio, con manos expertas, notando su humedad. Estaba empapada. Kate se retorcía, gimoteando ante su toque. Él sonrió, disfrutando de aquellos sonidos. Se agachó, atrapando de nuevo un pezón, que primero lamió y después mordió, provocándole un jadeo de pura lujuria. -¿Qué me estás haciendo? –sollozó, sintiendo como su cuerpo se abandonaba a él.

-Amarte –respondió, frotando con firmeza sobre aquella perla que tanto placer le daba. La notó tensarse y aprovechó para prepararla, penetrándola con un dedo, suave pero con firmeza. Kate se tensó. Su cuerpo no aguantaba más. Aquello no era suficiente. Él gruñó. La sentía apretada, aferrándose en torno a su dedo. Estaba lista. Ninguno de los dos aguantaría más.

Cogió su erección y la guio hasta sus pliegues, acariciándola con ella. Ambos sintieron el placer. Richard la abrió aún más, levantándole una pierna, preparándola. Kate cerró los ojos, avergonzada al sentir como el cirujano tenía la vista clavada en aquel lugar donde sus cuerpos iban a unirse. –No –le pidió -. Mírame. Míranos.

Lo enfrentó, justo en el mismo momento en que él entraba en ella, despacio, rompiendo la frágil barrera de piel. Kate no pudo evitar protestar y trató de apartarse. Fue el turno de Richard de cerrar los ojos, ella lo apretaba y llevaba tanto tiempo sin estar con una mujer que creía que no duraría nada. Sintió su renuencia y se quedó quieto, apoyando su frente en su hombro. –Tranquila –quiso calmarla. Se echó hacia atrás y volvió a empujar, arrancándole un gritito de dolor.

-No –lo rechazó. Él la besó, en los párpados cerrados, en las mejillas, en la boca. –El dolor pasará, mi amor –le prometió -. Sólo deja que… -volvió a moverse, saliendo de ella y rozando su clítoris de nuevo con el glande. Kate gimió, una mezcla de dolor y placer la poseía sin darle tregua. Richard la penetró otra vez, sintiéndola un poco más dispuesta.

-Ah…

Lo rodeó con las piernas, aferrándose a él, siento aún más dolor que otra cosa. Richard besó su cuello y empezó a moverse, despacio, blasfemando ante su estrechez. Ella jadeó cuando al escozor se le unió la quemazón que sentía donde él antes la había tocado. Una quemazón terriblemente placentera. Y se dejó llevar por ella.

Él notó como la mujer comenzaba a dejarse de llevar y aceleró el movimiento. No aguantaría más y quería enseñarle lo que era el verdadero placer. Con decisión, tomó sus piernas y las dobló, acercándola a su pecho, abriéndola para él, teniendo mejor acceso y continuó el ritmo. Kate gritó con el cambio de postura, más expuesta que antes. Un calor la abrasaba, un calor más intenso que la estaba ahogando. Se sentía tensa. Las piernas, el vientre, todo a la espera de algo más. Algo que desconocía… pero que su cuerpo anhelaba. Richard gritó también cuando su interior húmedo se aferró a él, sin querer soltarlo. Estaba ahí… sólo, un poco más.

La embistió rápido, esta vez sin parar, sin cuidado, y entonces, entró en ella una última vez antes de quedarse profundamente enterrado en su interior y tocar su clítoris con los dedos. Apenas fue necesario un roce para que Kate estallara en un orgasmo que lo llevó también a él. Ambos se dejaron ir, gritando, como si unas olas los arrastraran hacia las profundidades de un mar de placer. Y ahí, cuando se recuperaron, juntos, sin aliento y sudorosos, con la humedad de ambos manchando los muslos de ella, y las pequeñas manchas de sangre tiñendo el blanco del lecho; cuando Kate daba gracias por tenerlo y Richard daba gracias por la resurrección que había suplicado, supieron que nunca más podrían separarse.


En el próximo capítulo:

-¿Ocurre algo? –Richard dejó a un lado el saco de cebollas que llevaba y se acercó, preocupado. Kate seguía con la mirada fija en una esclava negra, una pequeña que le recordaba familiar.

-Creo que he visto a esa niña antes –respondió.

-¿Qué niña? –Richard miró a su alrededor, pero entre el gentío, se había esfumado. Ella negó.

-No importa.