Capítulo 12: Los caballeros del puñal.
Llegaron al hotel casi a las siete de la tarde. Era un edificio pequeñito, con una bonita fachada que imitaba a la piedra, y balcones con barandas de hierro. La puerta tenía una contra de forja labrada que atravesaron mientras arrastraban las maletas. En recepción, un largo mostrador de madera barnizada, las atendió una chica muy amable.
-¿Puedo ayudarlas en algo? –les dijo con una sonrisa profesional.
-Sí, tenemos una reserva para Silvia Castro y María José Miranda –indicó Silvia mientras le entregaba el DNI.
Confirmaron la reserva esta mañana –les dijo tras consultar un pequeño ordenador-, dos habitaciones comunicadas, primera planta. Aquí tienen las llaves. Sigan el pasillo, y suban las escaleras; están en el primer piso. El comedor justo aquí, a la derecha. Las horas de comedor están en la tarjeta que encontrarán sobre las mesitas de noche. Que pasen buena noche.
Tras darle las gracias subieron. Silvia tenía la 103, Pepa la 104. Las habitaciones eran pequeñas, pero muy acogedoras, con camas de matrimonio de cabezales de madera, mesitas a juego y armarios empotrados. El baño, aunque sencillo, era espacioso. Al lado del aparador de la televisión, una puerta doble las comunicaba. Pepa no pudo resistirse a dejarlas abiertas y dedicarse a pasar de una a otra, corriendo y saltando, como si tuviera diez años, decía que era "como en las películas". Bajaron a cenar temprano, una vez colocada la ropa, para ponerse a estudiar los libros que tenían.
Se sentaron a leer sobre la cama de Silvia. Repasaron índices, artículos, estudios. A medianoche, Silvia no había encontrado nada que les sirviera para entender lo que les pasaba, pero de vez en cuando se movía, inquieta, consciente de que tenía el cuerpo de Pepa a escasos centímetros; la miraba de vez en cuando, de reojo, intentando adivinar si ella también estaba alterada. La veía arrugar el entrecejo, concentrada en la lectura, pasar las páginas con sus dedos, largos, habilidosos.
-Aquí no hay nada –dijo Pepa tirando el libro que había estado leyendo y girándose para mirarla-. ¿Tú qué tal?
-Igual, este habla de la respuesta del cerebro a un estímulo durante el sueño, pero no aclara si eso provoca algún tipo de visión concreta.
-¿Crees que soñamos lo mismo por qué recibimos el mismo estímulo?
Silvia se encogió de hombros con una sonrisa.
-¿Lo ves? –le dijo Pepa-. Esa es la idea, que sonrías más.
-Porque así estoy más bonita… sí he cogido la idea.
-Eres bonita –recalcó Pepa-, eres preciosa. Antes de venir y conocerte, solía cerrar los ojos varias veces al día para ver tu cara. No había nada más hermoso que recordarte.
Silvia reconoció en aquellas palabras su misma necesidad de evocar las imágenes en su mente, de recrear su rostro, de volver a sentir la presión de su boca. Su ansia por sentirla realmente entre sus brazos, por acariciarla, sus ganas de enredar sus cuerpos. No era una atracción física solamente, sino el sentimiento de estar conectada con ella, de sentirla en el fondo de su corazón, una llamada que iba más allá de los cuerpos.
-No quiero esperar más, Silvia –dijo Pepa moviéndose lentamente hacia ella-. No quiero tener que soñar para estar contigo. Quiero que sea real, quiero sentirte conmigo, a mi lado, dentro de mí, dentro de ti.
Pepa se quedó a escasos milímetros de ella, con el miedo a que quizá Silvia se apartara, pero no lo hizo, si no que cubrió la distancia que faltaba en un segundo, atrapando sus labios, saboreando su boca, abrazándola, pasando las manos por su espalda. Notó como Pepa rodeaba su cintura, recorría su costado, la pegaba a su cuerpo.
Rodaron juntas sobre la cama, descubriéndose por primera vez con la seguridad de conocerse de siempre, empapándose de su sabor, extraño y familiar a la vez, enlazando sus cuerpos, fundiéndose en la otra. No hubo dudas cuando las manos avanzaron bajo la ropa, ni titubeos al desprenderse de ésta. Se conocían y se reconocían con miradas curiosas, se buscaban con los labios y se encontraban, se necesitaban, tiraban la una de la otra, recorriéndose a cada paso con dedos aventureros, indagando en cada lugar, descifrando sus cuerpos, despertando sus sentidos, localizando los más sensibles puntos de la piel y el alma que las llevaron al paraíso.
Viernes, 27 de enero de 2009.
El alba se coló por los ventanales para encontrarlas descansando, muy juntas, con las manos entrelazadas, acoplándose a los huecos de sus cuerpos, la respiración acompasada y la expresión serena.
Silvia fue la primera en abrir los ojos. Sonrió, dejando vagar su mirada por el cuerpo de Pepa, dormida aún. Acarició su pelo. Se sentía llena de calma, plena de dicha. Podría quedarse así toda la vida. Cuando Pepa despertó, el único cambio que podían notar en sus ojos era la felicidad que compartían. Se regalaron un buenos días lleno de besos cortos y suaves, y se obsequiaron un desayuno de saliva y piel, suspendidas en la bruma del tiempo, queriendo que no acabara. Pero el reloj avanzaba, y tuvieron que abandonar la cama, entre guiños, risas y promesas de más, para volver al trabajo.
En comisaría ya las esperaban los informes de algunas patrullas, que se habían encargado de entrevistar a algunos nombres de la lista la tarde anterior. Se sentaron a repasarlas, aunque les costaba concentrarse; continuamente se miraban y reían, deseando escaparse a algún lugar para poder besarse. Silvia sufría una tortura al no poder tocar a Pepa en todo el día, y cuando no podía más, alargaba su mano para rozarla levemente, produciéndoles escalofríos a las dos, y dejándolas con ganas de más contacto. Era tan evidente su falta de interés por el trabajo en ese momento que sus compañeros se acercaban a veces para preguntarles qué era tan divertido.
-¿Qué os pasa esta mañana, muchachas? Que es que no estáis a lo que tenéis que estar –les dijo Rita acercándose a su mesa-. Me parece a mí que algo no me estáis contando, ¿eh?
-¿Qué hay que contar? –Curtiss tenía la antena puesta y no pudo resistir meterse en la conversación. Ni él, ni el resto.
-No hay nada que contar, chicos –dijo Silvia.
-Sí, claro –apuntó Aitor acercándose-. ¿Y esas sonrisitas?
-Pero meteros en vuestros asuntos –Pepa quería parecer seria cuando lo dijo, pero su buen humor la traicionaba.
-¿Y esto? –Kike recogió de la mesa uno de los libros que habían sacado de la biblioteca-. "Sueños: Tratado y significados"; ¿ahora os dedicáis a descifrar sueños?
-¡Uy! –exclamó Rita-. Yo quiero verlo, que yo hace mucho que quiero saber de esas cosas.
-Hacemos una cosa –propuso Silvia-, vosotros os quedáis el librito y nos dejáis trabajar, ¿de acuerdo?
-¿Por qué se lo das? Que yo quería mirarlo luego –susurró Pepa en su oído, haciendo que el cuerpo de Silvia reaccionara.
-No te preocupes, si lo que quieres es investigar un poco yo traigo en el bolso el que analiza eso de los sueños coincidentes entre varias personas–contestó Silvia.
La propuesta tuvo buena aceptación, y, libro en mano, se alejaron, dejándolas de nuevo con los informes, aunque no consiguieron avanzar mucho. Seguían intentándolo cuando las llamó Don Lorenzo.
-Silvia, acaban de llamar de la comisaría de San Gregorio –les dijo sin poder disimular cierto nerviosismo-. Tienen retenido a un tío que llegó a primera hora preguntando por vosotras. No llevaba identificación, y se puso muy pesado, quería veros a toda costa. Les he pedido que lo traigan para que podamos hablar con él.
-¿No dijo para qué nos quería? –la voz de Silvia revelaba la tensión.
-No, y está a punto de llegar. Preparaos.
-¡Están aquí, comisario! –Gonzalo llegaba a la carrera.
-A la sala de interrogatorios. Primero entrará Montoya, para tantearlo; luego, si procede, vosotras, que conocéis todos los detalles a fondo, le apretáis las tuercas –explicó el comisario.
Fueron hasta la sala casi corriendo. Las chicas no podían creer que fuera tan fácil y prácticamente se hubiera entregado a la policía. Algo no cuadraba.
Lo descubrieron en cuanto entraron dos policías llevando en volandas al profesor Vázquez.
-¿Pero qué…? –dijo una Pepa totalmente descolocada.
-Este no es el asesino, papá, es el antropólogo –indicó Silvia.
-¿Cómo que el antropólogo? –Don Lorenzo no comprendía-. ¿Y qué hacía preguntando por vosotras?
-¡Los teléfonos! –dijo Pepa de pronto, dándose una palmada en la frente-. Claro, cambiamos los teléfonos para evitar a la prensa, pero no le dimos los nuevos números. Debe haber estado llamando para decirnos qué ha averiguado, y al no localizarnos ha ido a una comisaría.
-Joder, que metedura de pata –Gonzalo entró para indicar a los agentes que custodiaban a Vázquez que lo soltaran.
-Ya les dije que era un error… qué poca educación –decía Vázquez mientras se sacudía la chaqueta. Al verlas entrar a ellas se levantó con una gran sonrisa-. Señoritas, tengo buenas noticias, he estado revisando todo lo que había en el ordenador y los libros y he encontrado algo muy interesante.
-Enseguida le escuchamos, Enrique –Silvia le indicaba con las manos que se tranquilizara-, pero antes díganos: ¿Por qué fue a preguntar por nosotras a la comisaría de San Gregorio?
-Porque me dijeron que eran de esa comisaría –aseveró el profesor.
-No, le dijimos la de San Antonio –dijo Pepa.
-¿De veras? –dijo Vázquez-. Bueno no importa, es que para estas cosas me hago un lío, ¿saben?
-No se preocupe, y díganos qué ha averiguado –le animó Silvia.
-Repasé las frases célebres de varios tomos de citas, y algunos libros importantes, y encontré esto.
-Les tendió una hoja en la que aparecía escrito: "Quod homines, tot sententiae"
-Tendrá que explicarse mejor –le dijo Pepa-, porque esto para mí es un galimatías.
-Es una cita de Terencio. Significa "cuántos hombres, tantas opiniones" –dijo él con una sonrisa satisfecha.
-Ya… -Silvia no entendía nada, pero no sabía cómo hacérselo entender sin contrariarlo-. Continúe, por favor.
-Verán, esta cita, aunque es latina, fue adoptada como lema de las monarquías absolutas en la Europa del siglo XVII. Viene a decir que cada hombre tiene una opinión diferente. Viene a ser una queja por la multitud de voces discordantes que se escuchaban en la calle. El objetivo de aquellos reyes, como recordarán, era reinar sin reproches, sin rendir cuentas, sin tener que dar explicaciones. Tener que escuchar a un tipo que pensaba diferente a ellos lo consideraban muy molesto.
-¿Ahora va a decirme que es un rey el que va matando por ahí? –Pepa estaba muy perdida.
-No, pero deben entender la historia. El último de los reyes franceses, Luis XVI, quiso imponer su ley ignorando las demandas del pueblo. Eso hizo estallar la Revolución Francesa. Esta comenzó con la reunión de los representantes de la nobleza, el clero y el pueblo. Los últimos querían mejoras y derechos, y que se eliminaran las prebendas de los otros dos grupos, que siendo minoritarios, concentraban la riqueza en aquél país asolado por el hambre. Como pueden suponer, ni nobles ni Iglesia cedieron ni un ápice, con lo que aquello se convirtió en una farsa. El pueblo se volvió hacia el rey, exigiéndole que legitimara los trabajos de sus diputados, y en temor a que estallase una revuelta, Luis cedió. Sin embargo, los nobles siguieron poniendo trabas, incluso asesinando a diputados del Tercer Estado, es decir, del pueblo llano.
-Profesor, no quisiera resultar impertinente –dijo una impaciente Pepa-, pero ¿qué tiene que ver esta lección de historia con los asesinatos?
-Claro, claro… iré al grano –dijo él a modo de disculpa-. Entre los nobles se formó una facción que se alineó junto al rey y en contra del pueblo. Pretendían mantener las cosas tal y como estaban. Eran un grupo de espadachines, que se bautizaron con el nombre de Los Caballeros del Puñal, y adoptaron esa cita –señaló la hoja en que estaba escrita la frase en latín- como lema. Ese grupo continuó existiendo en el exilio, incluso después del asalto a la Bastilla y el triunfo de la Revolución. Se extendieron por el continente como un club selecto de luchadores, que seguía trabajando para mantener lo que ellos llamaban "el orden establecido". A pesar de ser prohibidos, son muchos los documentos que he encontrado que indican que siguieron existiendo en la clandestinidad, retando a duelo a cuántos consideraban traidores, maleantes o chusma, y dejaban en ellos su firma.
-Eso encaja en nuestra teoría del duelista –Silvia miraba a Pepa, que asintió.
-Un puñado de locos de la espada que se creen tan superiores, que retan a quién consideran innoble a duelo, para matarlo –añadió Vázquez.
-Profesor –Pepa aún tenía una duda-. ¿Usted cree que ese grupo sigue existiendo?
-No puedo asegurarlo. Los últimos datos históricos fiables sitúan a un grupo de ellos a finales del XIX, en el imperio Autro-Húngaro. Luego se les pierde la pista, y sólo hay breves referencias personales en libros de memorias y noticias escabrosas en periódicos de época. Pero no hay modo de comprobar si son verídicos.
-Es decir –Pepa repasaba la información-, que tenemos una secta elitista de espadachines. El problema será encontrarlos.
-Yo empezaría por los herreros –apuntó el profesor.
-¿Por qué? –preguntó Silvia.
-Porque el análisis de la punta decía que era nueva, y para eso hace falta alguien que la haga y la acople al arma, para lo cual se necesita a un herrero que cree nuevas puntas una vez usada la anterior.
-¿Un herrero? –dijo Pepa- ¿De los de yunque y martillo?
-Sí, aunque ahora trabajan con técnicas más modernas, claro –aclaró Vázquez.
-Enrique, me gustaría quedarme con estas hojas, la frase y que me repitiera algunos detalles para poder apuntarlos –Silvia rebuscó en su bolso, sacando todo lo que tenía metido en aquel saco, para encontrar el boli.
-¿Tiene problemas al dormir? –dijo el profesor al ver el libro que había dejado sobre la mesa.
-No se preocupe, no tiene que ver con el caso –dijo Silvia.
-Debería probar la tila alpina, es un remedio natural contra el insomnio.
Se despidieron de él en la puerta, con un sinfín de disculpas por el malentendido en la otra comisaría, y dejándole el teléfono nuevo de Silvia por si encontraba algo más.
Lo que sí habían encontrado ellas era más trabajo. Tenían que encontrar herreros que forjaran espadas de hierro, y no sabían en qué lugar del país trabajaba el que buscaban. Decidieron empezar a apuntarlos en una nueva lista, para poder llamar durante la siguiente semana. El fin de semana se les había echado encima.
