XII

Durante mucho tiempo permanecí como ausente, mentalmente anestesiada mientras me curaban el tobillo y las heridas y me sacaban de aquel lugar que ya siempre sería de tan infausto recuerdo. Tuvieron que darme una poción tranquilizadora para que me relajara un poco, pero la procesión iba por dentro y no había manera de que dejara de renegar de mí misma, de lo que yo era. No deseaba conjurar magia nunca más. En realidad, no deseaba vivir. Porque si yo no me hubiera lanzado en pos de aquel individuo nada de aquello habría ocurrido. Y esos pensamientos trágicos se entrelazaban peligrosamente con una serie de preguntas que me martilleaban el cerebro dolorosamente ¿Qué hacía mi abuela allí? ¿Cómo había llegado hasta aquel lugar, en aquel momento, precisamente?

Callejón, acompañado de un funcionario italiano, vino a verme al hotel en el que finalmente nos alojaron dentro del Foro mientras organizábamos el traslado del cadáver. Mejor dicho, mientras mi familia organizaba aquello. Sus palabras fueron un interrogatorio. Correcto, pero al fin y al cabo interrogatorio. Supongo que el hecho de que había ido a parar allí en misión oficial aunque me encontrara de baja sobrevenida pesó para que fuera él el que formulara las preguntas, aunque por supuesto no se podía prescindir de aquel auror transalpino, mal encarado como la mayoría, que no se molestaba en ocultar el malestar que le producía no ser él el que dirigiera la investigación.

Sus palabras cayeron en mi mente como una lluvia fina que creí que no dejaría huella una vez se evaporara. Mostraba una expresión cansina y ojeras pronunciadas, pero a pesar de su abatimiento yo no sentí la menor empatía con él. De alguna manera, le culpaba de lo que había pasado. No podía creer que hubiera sido totalmente sincero desde el principio, aunque tampoco tenía ninguna prueba ni razonamiento que lo avalara. En realidad, era una cuestión puramente visceral. No respondí a sus preguntas, solamente le miré como si estuviera alelada. Mi madre alegó que estaba todavía bajo el efecto del shock, como realmente ocurría. Tras un silencio violento, Callejón dijo que debería retirarme a descansar. Entonces mi hermana, sin decir palabra, me tomó por los hombros, me llevó a mi dormitorio y me ayudó a meterme en la cama.

Cecilia hasta ese momento mantuvo la fría calma que la caracterizaba en situaciones de crisis o estrés, algo que tenía bien practicado con tanto niño, pero fue entonces, cuando estábamos solas, cuando me abrazó con fuerza, sin decirme nada, y me di cuenta de que lloraba sin parar en silencio, sin emitir un solo sonido. Simplemente, las lágrimas fluían por su rostro como torrentes tras la lluvia. En aquellos momentos el vínculo fraternal con ella se antepuso a cualquier otro sentimiento, y fuimos las dos plenamente conscientes del dolor profundo que compartíamos y de la pérdida. Tras aquellos instantes tan intensos, mi hermana se sonó la nariz con un pañuelo de papel, se lavó la cara con una toallita húmeda de esas que llevaba siempre para limpiar caras y manos infantiles, respiró hondo y, para mi sorpresa, extrajo su varita y me la ofreció.

- Toma. Siempre llevo encima una de repuesto. Con mis hijos, nunca está de más.

- No hace falta que…

- Déjate de tonterías.- Tozuda, me hizo un gesto con la mano para que no siguiera hablando y la dejó sobre la mesita de noche. Volvió a sonarse la nariz, respiró hondo y con la compostura más o menos recuperada, salió de allí a toda prisa. Me había golpeado contra un muro encantado, me quedaría una cicatriz de por vida sobre la ceja izquierda, una nimiedad que apenas se vería y que además podía disimularse con maquillaje. Pero yo no quería ocultarla. Era una forma más de recordarle al mundo y a mí misma lo que había ocurrido.A pesar de que la frente me escocía me dormí enseguida porque estaba drogada.

Supe después que fue mi madre la que tuvo la entereza de contestar a Callejón. Dijo que probablemente habría sentido cierta llamada del deber para acercarme a la vertiente mágica del Muro Torto aquel día, puesto que venía mi Ministra. Comentó las razones por las que ellos estaban allí, y que alguno me vio de lejos. Fueron a buscarme y me vieron correr detrás de un sujeto sospechoso, se distribuyeron aún desconociendo el terreno y desde lejos contemplaron estupefactos cómo aquel delincuente nos torturaba con el hechizo de látigo. Mi abuela, más rápida que nadie, se lanzó a hacerle frente, mientras los demás lo rodeaban.

Con una habilidad digna de una gran estratega dialéctica, mi madre concluyó diciendo que yo había estado leyendo un librillo sobre los Veneziani durante mi convalecencia. Incluso presentó una copia de por lo menos quinta mano que a saber de dónde había sacado, debidamente subrayada. Mucho tiempo después fui capaz de abrirlo y me maravillé de lo bien que había seleccionado las frases, como si lo hubiera hecho yo misma. Probablemente, gracias a aquella lectura fortuita, el sujeto llamó mi atención. Fue magistral. Se lo tragaron todo y yo, indebidamente, quedé como la heroína de la historia. Genial.

También supe que, desgraciadamente, en un descuido de los interrogatorios el mago se zampó una cápsula de algo y falleció, por lo que no pudieron ir mucho más allá de lo que extrajeron de su varita. Los sanadores determinaron que era veneno de tejo, un remedio antiguo. De hecho, lo usaban los guerreros cántabros cuando se veían acorralados… un veneno preparado por sus magos.

Durante el día siguiente me dejé llevar por la familia, que me trasladó a Madrid mientras organizaban las exequias en Tudela. En casa de mi madre, cuando me quedé sola, encendí su ordenador y por Internet me compré un billete de avión a Pamplona y uno de autobús a Tudela para el día siguiente.

- Entonces... no vienes con nosotros.- Fue lo único que dijo cuando se lo comuniqué.

- No.

- No olvides esto.- Mi madre me envolvió en mi capa. Sabía que aquella cripta era un lugar frío.

Y después, aquel cementerio. Lo recordaba en invierno, barrido por el cierzo, de cuando enterraron a mi bisabuelo. Pero en pleno verano aquello era un completo achicharramiento. Recorrí el trayecto como un borrego, en medio de los parientes, la mayoría todavía conmocionados por los sucesos, hasta el panteón. Estaba en la parte más antigua, cerca de la tapia. Externamente era una tumba sencilla, de granito, coronada por una cruz de piedra muy simple y desgastada por los siglos a la intemperie, y en cuya lápida, ya algo borroso, simplemente decía Baygorri. La lápida se descorrió mágicamente y una serie de parientes masculinos la llevaron dentro. Los demás la seguimos, en silencio. Mi abuela Catalina me tomó de un brazo y me condujo a las profundidades, bajando por unas escaleras de granito que parecían recién colocadas, alumbradas por teas que se iban encendiendo según bajaba el féretro, hasta llegar al fondo, una cripta inmensa con un altar al fondo coronado por un fresco que representaba un Jesús entronizado y una Virgen María que acompañaba a las almas al cielo. Frente al altar, en el suelo, las dos tumbas más antiguas, las de los primeros antepasados mágicos que residieron en aquella ciudad con algunos símbolos que identifiqué como alquímicos aunque no fui capaz de identificar exactamente a qué correspondían, y un catafalco, donde la pusieron.

Tenía una expresión serena, envuelta en una capa negra, con un sencillo rosario de madera entre los dedos. A la luz de aquellas teas tenía un color menos cerúleo. Diría que hasta parecía más joven. Me estremecí al pensar que era posible que la incineraran. No me veía en absoluto capaz de contemplarla desaparecer entre las llamas y empecé a sollozar. Mi abuela Catalina me apretó el brazo y me condujo hacia uno de los bancos delanteros.

Había una especie de protocolo que regía la disposición de los familiares que todos parecían conocer menos yo. Mi abuelo Santiago estaba sentado en el extremo central del primer banco de la derecha. Al verme se decidió a romper aquel extraño orden y me hizo sentarme junto a el. Al contrario que ella, era como si le hubieran echado encima treinta o cuarenta años de golpe y porrazo. Su pelo se había vuelto completamente blanco y los hombros se le cargaban de manera que caminaba menos erguido que de costumbre. Junto a mi se sentó mi bisabuela, la madre de mi abuela.

Por su expreso deseo, la inhumación era exclusivamente familiar. Aún así, había muchísima gente que podía catalogar como completos desconocidos. Éramos una extraña muchedumbre de capas negras y algunos sombreros. Todos estábamos cariacontecidos, yo la que más. De hecho, no me causó la menor extrañeza que fuera Monseñor Rascini. Tampoco me enteré ni de las lecturas ni de la homilía ni de nada de nada, tan destrozada como estaba por dentro, ni pude contener el llanto en ningún momento.

Cuando terminó el oficio religioso cerraron la caja y la pusieron en uno de los nichos de la pared, junto a su padre y debajo de su hermana mayor. Fue algo rápido. Fue entonces, cuando a través de la húmeda cortina que velaba mis ojos pude ver a Stefano. Llevaba un apósito más discreto en la cabeza, y estaba acompañado de dos personas. Se trataba de un hombre de pelo blanco, bastante más bajo que él, con los hombros anchos y los ojos muy negros. Debía ser su abuelo. Los dos llevaban impecables trajes y corbatas oscuros. Junto a él, Chiara, su hermana, con un vestido negro bastante sobrio. Fernando se acercó y se puso a hablar con ellos. Supuse que estaría agradeciendo que hubieran asistido, aunque en realidad rompían el ámbito estrictamente familiar de aquel doloroso momento. En esas estaba pensando cuando me di cuenta de que me miraba fijamente, y fue entonces cuando sentí un escalofrío y me envolví en mi capa negra, girándome para darle la espalda. En aquella cripta hacía frío y me sentía invadida en la intimidad de mi dolor.

Mi abuela Catalina me tomó de nuevo del brazo y me llevó otra vez al interior de la cripta.

- Aquí están parte de tus raíces. Mira. Esos fueron los primeros que vinieron a Tudela. Martín de Baygorri, hijo de la condesa de Clèves, un squib que ganó la magia, y su mujer, Ane, que era hija de muggles agotes. Tuvieron siete hijas y un hijo. Prácticamente todos los magos y brujas con raíces en esta Tradición descienden de ellos. Pero Cecilia y tu tenéis una particularidad: descendéis de los ocho hijos Baygorri. Porque Sara descendía de tres hijas y del hijo, y yo de las otras cuatro. Ellos son los antepasados de tu tatarabuelo Zacarías Amatriaín.

Alrededor de aquel curioso matrimonio estaban los hijos. Leí los nombres: Beatriz, Anna, Cathelina, Miriamm, Ysabel, Mencía, Christina y Martín. Mi bisabuela se me acercó lentamente y se aferró a mi brazo. Despacito, me llevó a un aparte.

- Ellos conocieron a los Flammel. A Nicolás y Perenella. Ellos fueron los primeros portadores de las alianzas de oro alquímico.

- ¿Provenían de la piedra de Flammel? – pregunté con poco interés, como si fuera una obviedad. En ese momento, odiaba un poco a mi bisabuela. Ella renunció a conseguir la piedra filosofal. Si lo hubiera hecho, tal vez ahora no estaríamos en aquella cripta helada. Mi bisabuela me apretó el brazo.

- Hay un secreto que muy pocos, poquísimos fuera de los verdaderos alquimistas saben. Incluso los alquimistas llegan a conocerlo cuando han profundizado lo suficiente en el conocimiento y la transformación alquímica. Porque se revela al corazón, Almudena. Supongo que habrás pensado que yo habría podido... y en realidad no es así. No hubiera podido retener a ninguna de mis hijas, ni tampoco a su padre. La realidad es que el elixir de la vida, el bálsamo de fierabrás que cura todos los males, solamente sirve para el propietario de la piedra. Muy pocos lo saben, y aún menos sabiéndolo lo creen. Pero mira tu corazón y sabrás que es la verdad.

En ese momento me pareció una tontería, un blablablá de viejas brujas sin mucho sentido. No me paré a pensar en las implicaciones que eso tenía con respecto al famoso matrimonio Flammel, ese que llevaba muerto más de quince años, desde la destrucción de la piedra de Nicolás.

Sin decirme más, ambas se dieron la vuelta y me condujeron de nuevo hacia la salida. Allí, mi abuelo se zafó del círculo de gentes que lo rodeaban y se me acercó.

- Quiero que tengas esto.- Y me tendió una funda de seda negra, delgada y larga. Simplemente con tocarla supe de qué se trataba.

- ¿Por qué no la habéis partido en dos y la habéis dejado con ella?

Era lo que se solía hacer desde tiempos inmemoriales, partir la varita en dos. Se dice la varita debe ser personal e intransferible, porque guarda mucho de la personalidad de su propietario, como si se tratara de una extensión mágica del mismo. Las varitas, como las falcatas, se destruían y enterraban con su dueño o dueña. Aquello era algo extraordinario.

- Porque también era su deseo que tu la tuvieras. Me lo dijo muchas veces.

Ante aquella afirmación, no supe qué contestar. Inmediatamente alguien se acercó a él y dejó de charlar conmigo. Me quedé sola, aunque estaba rodeada de gente, mirando aquella funda negra que tenía entre las manos. Por fin reaccioné y busqué a mi hermana.

- Toma. Te devuelvo la varita que me dejaste.

- Pero si no has tenido tiempo de ir a Silvano.- Murmuró mientras bajaba la vista hasta la funda negra.

- ¡Ah! Bien, gracias.- Tomó su vara y no comentó nada más, comprendiendo.

Tenía planificado volver a Madrid en tren, sola, a pesar de que insistieron en que aquello era una barbaridad. Formaba parte de mi nueva vida. Una vida en la que la magia no tenía cabida, y así comencé a hacerlo. Sin embargo, para mi sorpresa, cuando ya estaba acomodada mirando por la ventanilla llegó él, cargado con una bolsa y una funda de trajes. No dijo nada, simplemente se sentó junto a mi.

- ¿Qué haces aquí?

- Acompañarte.

- ¿Quién te lo ha dicho?

- Tu hermana. En realidad, se venía ella. La convencí para que volviera con su familia y me pasó su billete.

- No me va a pasar nada por viajar sola en un tren.

- Ya lo se.

Durante un largo rato no volví a intercambiar ni una palabra con él. Me dediqué a mirar el paisaje sin registrar en absoluto lo que veía. La rápida sucesión de imágenes por la ventanilla, como si fuera una película de cine mudo, actuó como un sedante y empecé a dar cabezadas, hasta que cerré los ojos apoyada en la ventanilla. Noté que me colocaban algo mullido entre el cristal y la cara, como un jersey. Quise protestar, pero estaba demasiado cansada. Me quedé profundamente dormida.

Cuando desperté lo primero que vi fue la cabeza de Stefano levantándose del libro que leía para mirarme, como si hubiera tenido un radar que le hubiera indicado que yo ya no dormía. Me sonrió un poco, pero yo no fui capaz más que de mirarle fijamente. Se inclinó hacia delante y pude ver que se trataba de otro de aquellos volúmenes especializados, esta vez en alemán.

- ¿Tienes hambre?

- Tengo sed.

- Te traeré algo. ¿Qué te apetece?

- Me da igual.

Stefano dejó su libraco sobre el asiento y marchó hacia el vagón donde estaba la cafetería, mientras yo me quedaba sola con mis lóbregos pensamientos. Me trajo una Coca-Cola y un sandwitch bastante horrible, que comí con pocas ganas. No hablé nada, y él tampoco me forzó. Supongo que se percató de que intentar entrometerse en mi dolor no iba a ser agradecido precisamente, por lo que pronto volvió a su libro. Simplemente, estaba ahí.

Me acompañó en un taxi hasta mi casa y allí me despidió. Volvía a Roma, aunque me dijo que estaría de vuelta para el funeral, nueve días después. Durante un instante creí que me iba a besar la mejilla a modo de despedida. Afortunadamente, no lo hizo.

Subí hasta mi casa por las escaleras, regodeándome en mi dolor. Y allí, sobre la mesa de trabajo, dejé la funda negra y mi capa, y me fui hasta mi cama donde volví a echarme a llorar. Y así estuve unos diez minutos, porque sonó el teléfono. Era mi madre.

- ¿Has tenido buen viaje?

- Si.

- ¿Cómo te encuentras?

- Psss

- Ya. ¿Quieres que vaya a verte?

- Me da igual.

- Entonces estaré ahí en unos veinte minutos.

- Bueno...

Mi madre estaba pálida. Observé que su pelo, el mismo pelo castaño claro que yo había heredado, estaba lleno de canas. Me abrazó y me entregó una caja de cartón color naranja.

- ¿Qué es esto?

- Es el Ex Libris de tu abuela. Quería que lo tuvieras tú.

- Eso lo dijo sin pensar que se iba a morir al poco...

- Una no va pensando si se va a morir mañana o no, sobre todo si está bien de salud. Pero lo dijo muy claramente. Ya sabes que también quería que tuvieras sus libros.

Lo deposité en la mesa, junto con la funda de seda negra.

- ¿Tienes ya varita? – preguntó mi madre.

- Todavía no.

Mi madre suspiró.

- Una bruja necesita una varita.

- Lo se.

- Hija...

- Mira, mamá. No quiero hablar de ello ahora... no puedo hacerlo... – dije echándome a llorar. Ella me envolvió en sus brazos. Hundí la cabeza en su hombro y cerré los ojos con fuerza. Cuando, por primera vez en mi vida, me di cuenta de que olía como mi abuela sollocé aún más desolada.

- No puedo hacer magia. La magia la ha matado. Si yo no hubiera sido una bruja, esto no hubiera pasado.

- Shhhh. Si no hubieras sido una bruja. Si ninguno hubiéramos sido mágicos, tal vez habría llevado mucho tiempo muerta. Es la magia la que nos otorga más longevidad.

Mi madre me acarició la cabeza, exactamente igual que hacía cuando yo era niña y estaba enferma. Cuando me tranquilicé un poco me dejó sentada en el sofá y se fue a la cocina a prepararme algún tipo de infusión tranquilizante. Bebí sin ganas, pero también sin rechistar.

Nueve días después, por expreso deseo de mi abuelo, lo que celebramos fue una misa de Resurrección. Fue a las ocho de la tarde, de manera que cuando concluyó estaba ya oscuro. En esta ocasión había muchos muggles, vecinos de la sierra, conocidos varios... y Stefano, como había prometido, estaba entre ellos. Se mantuvo cerca todo el tiempo, mientras conocidos y parientes iban desfilando dándonos el pésame a los más íntimos, hasta que me sentí agotada.

- Mamá, ya no puedo más. Me marcho.

- Muy bien.- Dijo apretándome el brazo mientras me besaba la mejilla. - ¿Quieres que te acompañemos?

- No.

- Yo puedo acompañarla.- Interrumpió él.

- Te lo agradecería, Stefano.- fue mi madre la que contestó, dirigiéndole una mirada agradecida.

Yo no dije nada. Simplemente eché a andar con él a mi lado. Anduvimos en silencio a lo largo del paseo de Eduardo Dato. Al llegar al final, no se qué cable se me cruzó en la cabeza, pero aprovechando unos escalones de un bar, que me permitían salvar la diferencia de altura, le besé la mejilla, muy cerca de los labios. Stefano me miró fijamente, sorprendido, y sin pensármelo le besé en los labios con intensidad creciente. Stefano me arropó entre sus brazos y respondió a mis besos. Los dos estábamos tan necesitados…

- No te marches. Pasa la noche conmigo… - Murmuré en su oído, desesperada. Me besó aún un par de veces más, y entonces se separó de mi, no sin trabajo.

- No… no puede ser… tu no sabes… - Dijo mirándome fijamente.

- ¿Qué es lo que no se? ¿Qué eres víctima de la maldad perversa de una mujer como yo? Claro que lo se.

- ¿Cómo…?

- Me lo contó Carlo, el día que fue a visitarme en el hospital. Y después mi abuela indagó, y… y yo misma leí… ¡Oh, vamos! Lo se y basta.

- Entonces, no tengo que explicarte nada.

- ¿Cómo que no? ¡Me estás rechazando! ¿No merezco una explicación?

- Tu no eres malvada ni perversa…

- ¿Qué estás diciendo?

Negó con la cabeza, mientras su expresión se tornaba bastante desolada.

- No te estoy rechazando.- Dijo con un hilo de voz.

- Creí que te gustaba.

- Tu no sabes lo que yo… que yo...

Hizo un gesto con la mano y, incapaz de decir nada, me miró por última vez, se dio la vuelta y apresuró el paso hasta el bordillo mientras levantaba la mano para detener un providencial taxi que pasaba precisamente por allí.

Anonadada, ví partir el coche a toda velocidad mientras sus luces rojas traseras quedaban clavadas en mis retinas. Miré el reloj por pura inercia. Eran las doce en punto. La hora de las brujas. Pero mi brevísima noche mágica se había disuelto con la duodécima campanada, como una versión moderna de La Cenicienta. Ironía del destino. Extrañamente, no lloré. Caminé un poco y también me marché en un taxi.

Aquella noche, sentada en mi cama, me sentí muy miserable.

Al día siguiente fue mi madrina la que insistió en que me marchara unos días con mi tía Amaia. Supongo que pensó que me reconfortaría estar en la casa donde mi abuela pasó su infancia y creció. Donde, de aquella manera tan terrible, se casó. Donde dio a luz a sus hijas.

A regañadientes, me dejé llevar hasta aquel caserío en medio de un monte verde. Durante un par de días, mantuve mi insoportable postura, hasta que mi tía me cogió por banda, me sentó en su salita de estar y me dijo que tenía que escucharla.

-Tu abuela solía decir que el día más feliz de su vida fue el día en el que nací yo.- Comenzó contando.- Ya sabes cómo se casó, a prisa y corriendo porque mi padre estaba con un pie en el hoyo. A mis hermanos les solía decir que también fue muy feliz cuando ellos nacieron, pero que, obviamente, estaba la diferencia de la novedad, de coger por primera vez en los brazos a un bebé suyo. Pues bien, ella nunca lo dijo abiertamente, pero yo lo se. Los días más miserables y desgraciados de su vida también se los causé yo.

Miré a mi tía con asombro, sin entender muy bien qué era lo que quería decirme.

- Con diecisiete años recién cumplidos me encapriché de un hombre. Lo conocí en una fiesta de fin de año. Andoni tenía diez años más que yo, era guapo y tenía mucho don de gentes. Era un hijo de muggles, de un pueblo de Guipúzcoa. En septiembre le dije a mi madre que me casaba con él....

"- ¿Por qué no te tomas las cosas con más calma? No hay ninguna prisa...

- ¿Tu me dices eso? Tu fuiste novia de mi padre menos tiempo aún.

- Pero las circunstancias eran distintas. Tu padre y yo vivimos acontecimientos intensos. No se puede comparar...

- Mamá, o por las buenas o por las malas, tu eliges..."

- Mi madre cedió. ¿Qué iba a hacer, si su hija estaba empeñada? Nos casamos a principios de octubre.

- Entonces, el tío Fernando no es tu primer marido...

- No. La cosa con Andoni empezó a ir mal casi desde el principio. Traía a casa una gente que yo no conocía, la mayoría muggles. Hablaban en susurros, en principio de política. Pero después, de auténticas barbaridades. Pronto me pareció que aquello pasaba de castaño oscuro y le pedí explicaciones. Me dijo con malos modos que aquello no era asunto mío, y siguió con la misma actitud y las mismas reuniones. Me encaré con él muchas veces, y siempre decía lo mismo y acabábamos discutiendo. Hasta que llegó un momento en que me sentí la mujer más desgraciada del mundo. Lamenté no haber escuchado a tu abuela, y acabé por tomar una decisión. Me volvía con mis padres. Estaba recogiendo mis cosas cuando, inesperadamente, llegó a casa.

"- ¿Dónde te crees que vas?

- Esto no funciona. Creo que es mejor que lo dejemos un tiempo.

- ¿Cómo dices? Eres mi mujer.

- Déjame. Sabes que esto no marcha bien.

- ¿Me vas a dejar así, como si tal cosa?

- Andoni, por favor..."

- Me retorció el brazo, me llevó hasta el dormitorio y me arrojó sobre la cama. Me revolví e intenté alcanzar mi varita que estaba sobre la mesilla. El la apartó de un manotazo y me lanzó un hechizo para que no gritara. Me tumbó de espaldas.

"- Eres una zorra..."

- Me arrancó la falda. Te puedes imaginar el resto.

- Dios mío...

- Grité sin voz y lloré sin poder gemir. Le supliqué con la miserable voz que me había dejado que no me hiciera daño, pero fue inútil. Cuando terminó me dio un bofetón, se subió los pantalones y se largó. Me dejó en la cama, llorando y sangrando mucho. Me levanté como pude, cogí mi varita y me desaparecí. Vine a esta casa, la casa de mi bisabuela, donde yo había nacido. Graciana estaba ya mayor, pero sabría aliviarme. Eso hizo sin decir nada, con expresión muy seria. Después, como era su obligación, denunció a la policía mágica los hechos y declaró.

- Tía... yo...

- Déjame que continúe. Al principio, él lo negó todo. Pero ahí estaba la declaración de Graciana, que era partera de mucho reconocimiento. Le citaron para presentar su varita y extraer los hechizos. No se presentó. Se escapó a Francia y allí permaneció mucho, mucho tiempo. Yo, por mi parte, estaba destrozada física y moralmente. Me había desgarrado mucho. Graciana me cosió y curó lo mejor que pudo, pero también fue sincera: era posible que aquel bruto me hubiera dejado estéril. Moralmente, me sentía una fracasada. Dieciocho años, y la vida era como si hubiera terminado para mí.

- Es... es horrible...

- Imagínate cómo debían sentirse mis padres, especialmente tu abuela. Se reprochaba haberme fallado. ¡Ella, cuando había sido yo la que se empeño en la locura! Ella hubiera podido coger su varita y salir a buscarle, podría haber dado rienda suelta al odio que sentía. Tú conoces muy bien hasta dónde alcanzaba su magia.

Recordé una cosa que sabía de mi abuela, que había conjurado una vez una Cruciatus. Y lo había hecho con un odio frío y una fuerza destructora inusitados. A su favor, había que decir que en último momento cambió el destinatario y en lugar de proyectarla sobre un mago que había intentado abusar de una niña y que sin duda la merecía lo hizo sobre una enorme roca de granito que estalló en miles de pedazos. Mi abuela tenía el poder, pero también una ética muy sólida. Me la pude imaginar muy bien, conteniendo las ganas de lanzarse a por el primer marido de mi tía y deshacerlo con sus propias manos. Entendí una de las últimas cosas que me dijo: si por un solo instante hubiera tenido la menor duda sobre el comportamiento de Stefano, le habríamos recogido con una cucharilla.

-En su lugar, se centró en mí. – Mi tía continuó hablando ajena a mi divagación mental.- Me abrazó como a una niña y me dijo muy dulcemente.

"- Si sigues así, hundida, entonces verdaderamente ese cerdo habrá triunfado. Tu victoria pasa por que te sobrepongas. El tiempo y la justicia, te aseguro que lo pondrán en su sitio, mi niña."

- Respiré hondo y creí en sus palabras. De alguna manera, Fernando se había enterado. Nos conocíamos desde niños, habíamos jugado juntos tanto... A los dieciséis años él se había ido a estudiar a una escuela de cocina en Marsella. Un día apareció en el pueblo en una vespino y, sin quitarse el casco, vino a hablar conmigo.

"- Amaia, desde siempre he sabido lo que eras. Todos en mi casa sabían que los del caserío nuevo eran brujos benéficos. Se lo que te ha hecho ese hijo de puta, no me preguntes cómo me he enterado. No te voy a dejar sola a merced de que vuelva ese cabrón, por mucha magia que pueda hacer."

- Fernando me dejó sin palabras. Siempre había sido un buen amigo, pero nunca había sentido nada por él. Probablemente porque era tan joven que no valoraba otra cosa que no fuera alguien mágico. Fernando no me pidió nada, simplemente, estuvo ahí, recogiendo los pedazos y pegándolos todos juntos. Un día me di cuenta de lo muchísimo que me quería, y de que yo también lo quería tanto que no me imaginaba la vida sin él. Fue una curiosa mezcla de felicidad y dolor.

- ¿Porque seguías casada con ese otro?

- Seguía casada con Andoni, si, aunque tramitábamos una nulidad. Al fin y al cabo, me había ocultado muchas cosas, pero eso llevaría tiempo, en aquellos momentos los procesos en la Rota no iban tan rápidos como ahora. Pero no, lo que me dolía infinito era que, si Fernando se unía a mi, posiblemente no podría darle hijos. Ni siquiera sabía si podría hacer el amor con él sin sentir dolor, o darle placer. Decidí ser sincera. Se lo dije. Fernando contestó una cosa muy curiosa, dijo que lo descubriríamos cuando estuviéramos casados. No estaba dispuesto a llevarme a la cama sin un matrimonio de por medio.

- Se comportó con mucha generosidad. No quería que te echaras atrás.

- Entonces ocurrieron varias cosas. Alguien se hizo con la varita de Andoni y la envió anónimamente al periódico donde trabaja tu madre, de manera que el Ministerio no tuvo más remedio que dar prioridad al asunto, porque la opinión pública se le echaba encima. Fue un escándalo cuando la analizaron. Tales fueron las cosas que averiguaron que quedó claro que Andoni no podía volver a poner los pies a este lado de la frontera. Después ocurrió lo otro. Murió en Francia, manipulando lo que te puedes figurar y yo me convertí en su viuda.

- ¡Dios mío! Era un...

- Ni lo mentes. No lo merecen. Los únicos encantamientos desmemorizadores que aplico sin cuestionarme nada…

Mi tía hizo una pausa y tragó saliva.

- Le dije que si a Fernando, que me casaría con él. Fui a ver a Graciana, y le pedí consejo. Quería estar lo mejor posible en mi noche de bodas. Me contó que Fernando había estado allí, preguntando justamente cómo creía que debía tratarme para que fuera algo agradable para mí. No nos sorprendió que no vinieran niños, creíamos que yo era estéril. Bastantes años después de casados, cuando tu madre estaba embarazada de ti, resultó que nosotros tuvimos a tus primos, nuestros mellizos. Nacieron por cesárea, mi vagina podría no haber soportado un parto natural. Y Fernando dijo que prefería no volver a intentarlo, que todo había salido bien y no quería tentar a la suerte.

- El tío Fernando es un gran hombre.

- Extraordinario. Gracias a Dios, hay hombres como Fernando en el mundo. Más de los que te crees.... Almudena, atiende lo que te voy a decir, si ahora mismo pudieras escuchar a tu abuela, la estarías oyendo decir lo mismo que me dijo a mí: si te hundes, entonces el mal habrá ganado. Tú habrás perdido.

Y con esas, se levantó y me dejó sola con mis pensamientos. Me encaminé a la habitación que compartía con mi prima Lucía, y abrí el bolsillo lateral de la maleta. No sabía por qué, pero la había cogido, junto con la caja del Ex Libris, y me había llevado ambas cosas hasta allí. No tenía otra varita, pues ni siquiera me había acercado hasta Sileno Silvano, el fabricante de varitas desde tiempos inmemoriales, para reponer la mía. Miré la funda negra un largo rato, hasta que me decidí a sacarla. La hice caer sobre la cama, sin atreverme a tocarla, y la observé, aunque la conocía bastante bien.

Una varita apenas tallada, que podía confundirse perfectamente con una rama arrancada de un árbol. De madera de tejo, una madera extraña para una bruja de su Tradición. El Tejo era más propio de los de la Tradición del Norte. Sin embargo, algo me dijo de repente por qué: era un árbol que crecía a medio camino, entre la Galicia misteriosa de mi abuelo y la Navarra donde ella creció. El árbol de la vida y de la muerte… Se había escrito del tejo y de las varitas hechas de aquella madera tanto o más que las de saúco. El interior contenía escama de sugaar, o cuélebre. Algo tradicional en la familia.

No se parecía en nada a la mía. Mi varita, la que quedó destrozada en el Marginal de Roma estaba primorosamente pulida, aunque no era ostentosa, con su mango y su cuerpo recto y suave. Era de abedul. Aquello me había granjeado alguna que otra bromita por parte de mi hermana: era la madera del principiante, del aprendiz de brujo o de bruja. Y unicornio. La inocencia. La pureza. La virginidad.

La miré con veneración antes de atreverme a asirla. Era casi como pedirle permiso. O pedir permiso a mi abuela. Cuando finalmente la tomé entre mis manos sentí un calor súbito, de una intensidad como nunca me había ocurrido con las mías. Y la varita se puso a echar chispas de colores que causarían la envidia de la paleta de un pintor. Me aceptaba. Era sorprendente. Sorprendente... y a la vez no era tan extraño.

Con ella asida me desaparecí.

Mi abuelo estaba aparcando el volvo gris de mi abuela. Me sonrió cuando me vio. Me eché en sus brazos.

- Ha sido todo culpa mía... – le dije empezando a sollozar.- No debería haber ido...

- ¿Y haber dejado que ocurriera una matanza?

- Eso no lo sabemos.

- Es lo más probable. Vamos dentro.

- La abuela...

- Entre apagarse poco a poco en una cama, como ocurrió con su abuela Aisone, o hacerlo como lo ha hecho, te aseguro que ella lo tenía claro.

- Pero… te he privado de tu compañera…

- Tu no me has quitado nada.

- Si que lo he hecho.

- Como decía San Agustín, los muertos no son seres ausentes, solo son seres invisibles. La siento conmigo constantemente. Escucho su voz en mi interior, y a veces hasta casi percibo sus besos. No, Sara no se ha ido. Lo que yo echo de menos es mucho más mundano. Veras… cuando me doy la vuelta en la cama y estiro el pie no la rozo, no puedo abrazarla… ¿entiendes? Pero eso es realmente muy poco. El amor no se hace, Almudena, se da. Se da y se recibe, y en cada momento de una manera. Una pareja que se ama como nosotros no es solamente un tú y yo, es también una realidad llamada nosotros, que pervive por encima de todo. El amor es tanto o mas fuerte que la muerte. Sara está conmigo. Y está contigo. No tienes más que mirar con el corazón.

Y entonces se acercó hasta una estantería y cogió un pequeño cuaderno.

- Esto es tuyo.

- ¿Qué es?

- Es su Index. La relación de todos sus libros. No te dejes engañar por las apariencias. Es un volumen bastante gordo. También es un diario de sus lecturas, con comentarios.Y ya sabes que te dejó todos sus libros.

Volví a lloriquear y él me apretó contra su hombro mientras yo sorbía los mocos.

- Toma un pañuelo. No quiero que me ensucies una camisa limpia.

Sonreí como pude.

Permanecí con el un rato, hasta que me tranquilizó y hasta me hizo sonreir con alguna anécdota o algún comentario. Me despedí de él algo más reconfortada, aunque solamente un poco.

Cuando retorné a casa de mi tía Amaia me estaba esperando mi madrina. Mi tía Amparo me abrazó con fuerza.

- He hablado con tu madre. Necesita estar un tiempo tranquila. Tu padre se encargará de cuidarla y nosotras te cuidaremos a ti.

- Me encuentro algo mejor...

- De eso se trata. Tienes que levantar el ánimo.

- La tía Amaia me ha contado...

- Se lo que te ha contado.

- Debió ser espantoso…

- Cierto, pero no te quedes en las apariencias y busca la verdad, que está debajo. Y la verdad es que aunque entre todos fuimos reagrupando los pedazos rotos de su corazón, el que finalmente pronunció el Reparo no fue ningún mago. Mi hermana se sobrepuso, tiene a su lado a un hombre fantástico y dos hijos estupendos. No se plantea que ella pueda vivir sesenta años más que él. Deberías sacar conclusiones, sobrina.

Durante unos instantes, no dije nada. De repente se me despertó la curiosidad, un pequeño atisbo de que volvía a ser yo.

- ¿Tía?

- ¿Si?

- ¿Se sabe quién le quitó la varita a ese cerdo maltratador?

Mi tía Amparo sonrió.

- Oficialmente, no. Nunca se descubrió quién y cómo le quitó la varita y la envió a la prensa. Yo tengo una sospecha muy, pero que muy fundada. Poco antes fue visto por el pueblo una noche de verano. Por aquí estaban también un par de primos mágicos que, aparentemente, se llevaban rematadamente mal y siempre andaban a la gresca. Me di cuenta mucho después, pero desde aquella noche, aquellos dos empezaron a pasar mucho tiempo juntos sin que ninguno levantara la voz al otro, hablando en susurros. Un día, desde la ventana, los ví en el jardín. Ella temblaba, él la intentaba tranquilizar susurrándole cosas y frotándole los brazos. Me quedé alucinada cuando ella apoyó la cabeza en su pecho y él la rodeó protectoramente con sus brazos. No tuve ocasión de hablar con ella en privado durante todo aquel día. Al día siguiente, por la mañana, estalló la bomba: la tía Catalina los encontró besándose en el pajar y montó un escándalo.

- ¡No me digas!

- Estoy segura de que mi hermana pequeña, la rebelde y guerrera Ana, y mi primo José Ignacio, que siempre la andaba buscando para pelearse con ella, tuvieron algo que ver. Pero, puesto que parece que eso también forma parte de la historia de amor de tus padres, no voy a preguntarles. En fin, te he traído una cosa...

- ¿Una cosa?

- Si. Esto.

Me tendió un anillo con un brillante zafiro. Lo reconocí al punto. Había sido de ella. No era una joya ostentosa, ni cara, pero ella le tenía afecto.

- Creo que te gustará tenerlo. Es el primer regalo que le hizo mi padre después de casados. No tenía mucho dinero entonces, pero no es una mala piedra. Y ella le tenía mucho afecto.

Sonreí.

Aquella noche mi prima estaba de guardia en el hospital mágico, así que tenía el cuarto solo para mi. Tomé la cajita y la abrí. Así el sello, lo empapé en tinta azul y lo planté en una hoja en blanco del cuaderno de rayas que me había dado mi abuelo. El árbol de la vida perdía sus hojas… hasta que, de pronto, su nombre se volvió borroso y… en su lugar apareció el mío. Y entonces el árbol volvió a florecer.

Fue entonces cuando me ocurrió algo extraño. Sentí su presencia. Escuché su voz en mi interior.

"No me he puesto delante de una furia verde para esto, Almudena."

Recapitulé. Era evidente que Stefano compartía mis profundos sentimientos. De otro modo, habría accedido gustoso a acostarse conmigo. En su lugar, lo había visto partir, abrumado. Una bruja decimonónica que debía llevar décadas criando malvas se empeñaba en truncar mi felicidad. Yo estaba muy viva y ella estaba muerta. Muerta y amargada, allí donde estuviera, porque mi abuela que también estaba muerta, parecía mucho más realizada. Yo además, tenía detrás a mi familia. No me dejarían. Ellos me ayudarían.

Todo hechizo tiene su contrahechizo. Es la segunda regla que nos enseñan cuando, a los siete años, empiezan a enseñarnos a controlar la magia. La primera, por supuesto, es que con la magia no se juega. La dificultad está en encontrar el contrahechizo. Pero yo estaba completamente resuelta a hacerlo. Tracé mi plan. A las cuatro de la mañana, cuando lo tenía bien esbozado, lo único que podía hacer era dormir. Y eso hice. Me desperté a las diez. Había dormido seis horas, suficiente para estar en condiciones de ponerme en marcha. Me di una ducha rápida, me preparé un café que como casi siempre me salió terrible, me vestí y me desaparecí desde un rincón oculto de la terraza, habilitado precisamente para eso.

A las diez y media estaba en la Albufera, entrando por la puerta de Pociones Moltó, S.L..

- Necesito una lechuza comercial, para enviar un mensaje a Italia.- Le solté a mi tía Amparo nada más llegar.

- ¿Puedo saber de qué se trata o es mejor que lo ignore? – Preguntó mi tía. Le conté todo. Mi tía, correctísima, me escuchó atentamente durante quince largos minutos, sin interrumpirme ni para beber agua de la botella de cristal que solía tener sobre su mesa de trabajo. Cuando terminé, sólo fue capaz de articular una palabra. De cinco letras.

- ¡Joder!